The Project Gutenberg EBook of Silas Marner, by George Eliot

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Title: Silas Marner

Author: George Eliot

Release Date: March 13, 2008 [EBook #24823]

Language: Spanish

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BIBLIOTECA de LA NACIN

GEORGE ELIOT

SILAS MARNER

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




SILAS MARNER




I


En los tiempos en que las ruecas zumbaban activamente en las granjas, en
que las mismas grandes damas, vestidas de sedas y encajes, tenan sus
pequeas ruecas de encina lustrada, a veces se vea, ya sea en los
caminos de los distritos apartados, ya sea en el seno profundo de las
colinas, a ciertos hombres plidos y enclenques que, comparados con las
gentes vigorosas de los campos, parecan ser los ltimos vestigios de
una raza desheredada.

El perro del pastor ladraba furioso cuando uno de esos hombres de
fisonoma extraa apareca en las alturas, y su fisonoma extraa se
destacaba negra sobre el cielo, en el ocaso breve del sol de invierno;
porque, a qu perro no incomoda una persona encorvada bajo el peso de
un fardo? Y aquellos hombres plidos rara vez salan de su aldea sin
aquella carga misteriosa.

El propio pastor, bien que tuviera buenas razones para creer que la
bolsa slo contena hilo de lino, si no largas piezas de lienzo tejidas
con ese hilo, no estaba muy seguro de que aquel oficio de tejedor, por
indispensable que fuera, pudiera ejercerse sin el auxilio del espritu
maligno.

En aquella poca remota, la supersticin acompaaba a todo individuo o a
todo hecho un tanto extrao. Y para que una cosa pareciera tal, bastaba
que se repitiera peridica o accidentalmente, como las visitas del
buhonero o del afilador.

Nadie saba dnde vivan aquellos hombres errantes, ni de quin
descendan; y, cmo podra decirse quines eran, a menos de conocer a
alguien que supiera quines eran su padre y su madre?

Para los campesinos de antao, el mundo, ms all del horizonte de su
experiencia personal, era una regin vaga y misteriosa. Para su
pensamiento, que se haba quedado estacionario, una vida nmada era una
concepcin tan obscura como la existencia, durante el invierno, de las
golondrinas que volvan en primavera. Pero el extranjero que se
estableca definitivamente entre ellos, si proceda de una regin
lejana, no dejaba nunca de ser mirado con un resto de desconfianza. Esta
circunstancia hubiera hecho que las gentes no se sorprendieran
absolutamente, en el caso de que cometiera un crimen despus de largos
aos de conducta inofensiva, particularmente si tena cierta reputacin
de instruido, o si demostraba cierta habilidad en un oficio.

Todo talento, ya sea en el uso rpido de este instrumento de difcil
manejo, la lengua, ya sea en algn otro arte poco familiar a los
campesinos, era en s mismo sospechoso; las gentes honradas, nacidas y
criadas bajo la vista de todos, no eran, por lo general, ni muy
instruidas ni muy hbiles--por lo menos su ciencia no se extenda ms
all de los signos del cambio del tiempo--, y los medios de adquirir
rapidez o habilidad en un arte cualquiera eran tan desconocidos, que
esos talentos parecan tener algo de sortilegio. De ah que esos
tejedores dispersos--emigrados de la ciudad al campo--, eran
considerados durante toda su vida como extranjeros por sus vecinos
campesinos, y contraan generalmente los hbitos excntricos, inherentes
a una existencia solitaria.

En los primeros aos del siglo pasado, uno de esos tejedores, llamado
Silas Marner, ejerca su profesin en una choza construida de piedra,
situada en medio de cercos de avellanos, cerca de la aldea de Raveloe, y
no lejos de los bordes de una cantera abandonada. El ruido vago de su
telar, tan diferente del trote natural y alegre de la mquina de cerner
o del ritmo ms simple del trillo de mano, ejerca un encanto casi
terrible sobre los chicos de Raveloe, que con frecuencia dejaban de ir a
recoger avellanas o buscar nidos, para ir a mirar por la ventana de la
choza. El movimiento misterioso del telar les inspiraba cierto temor
respetuoso; sin embargo, ese temor era compensado por un sentimiento
agradable de superioridad desdeosa que sentan, burlndose de los
ruidos alternados de la mquina, as como del tejedor, cuya actitud se
pareca a la del preso empleado en el molino de la disciplina.

A veces suceda que Marner, al detenerse para arreglar algn hilo
irregular, notaba la presencia de los chicuelos. Aunque fuera avaro de
su tiempo, le desagradaba tanto que lo importunaran aquellos intrusos,
que bajaba de su telar, abra la puerta y fijaba en ellos una mirada que
bastaba siempre para nacerlos huir asustados. Porque, cmo podran
creer que aquellos ojos negros y saltones del plido rostro de Silas
Marner no vieran en realidad claramente ms que los objetos muy
prximos? Cmo no creer ms probable, que su mirada fija y espantosa
pudiera darle un calambre, el raquitismo a todo nio que se quedara
atrasado?

Quiz les haban odo decir a sus padres, a medias palabras, que Silas
Marner poda curar el reumatismo si quera, y agregar, ms
misteriosamente an, que, si se saba captarse a aquel diablo, poda
evitar los gastos de mdico.

Tales ecos extraos y retardados del antiguo culto del demonio podran
ser notados todava en nuestros das por quien escuchara hablar a los
campesinos de cabellos blancos; porque el espritu inculto asocia
difcilmente la idea de poder con la bondad.

La concepcin obscura de un poder del que se puede conseguir, mediante
mucha persuasin, que se abstenga de hacer dao, es la forma que el
sentimiento de lo invisible crea ms fcilmente en el espritu de los
hombres que han estado siempre ms urgidos por las primeras necesidades,
y cuya vida de duro trabajo no ha sido nunca iluminada por el entusiasmo
de ninguna fe religiosa.

El dolor y el infortunio ofrecen a esas gentes un dominio de
posibilidades mucho ms vasto que el de la alegra y el placer; el campo
de su imaginacin es casi estril en imgenes que alimenten los deseos y
las esperanzas, mientras que est cubierto de recuerdos que son el
eterno pasto del temor. No existe alguna cosa que os agradara
comer?, le preguntaron a un viejo campesino que estaba muy enfermo y
que haba rechazado todos los alimentos que su mujer le haba ofrecido.
No--contest--, nunca he estado acostumbrado ms que al alimento
ordinario; y ya no lo puedo comer. Su gnero de vida no haba
despertado en l ningn deseo de evocar el fantasma del apetito.

Y Raveloe era un lugar en que muchos antiguos ecos se haban retrasado,
sin que los ahogaran las voces nuevas. No es que fuera una de esas
parroquias estriles, relegadas en los confines de la civilizacin, en
las que vivan los flacos carneros y escasos pastores. Por el contrario,
era una aldea situada en la rica llanura central del pas que nos
complacemos en llamar la Alegre Inglaterra, en la que haba granjas que,
consideradas del punto de vista espiritual, pagaban al clero diezmos muy
deseables. Pero estaba situado en una hondonada tranquila y poblada de
bosques, a una buena hora de todo camino para jinetes, en un sitio a que
no podan llegar ni los toques del cuerno de la diligencia, ni los ecos
de la opinin pblica.

Era Raveloe una aldea de aspecto importante, en el corazn de la cual se
alzaban una bella y antigua iglesia, con un vasto cementerio, as como
dos o tres grandes edificios construidos de piedra y ladrillo, cuyos
techos estaban adornados con veletas y los huertos bien cercados de
paredes. Esas habitaciones estaban situadas junto al camino, y sus
fachadas se erguan con ms majestad que el presbiterio, cuya cima
emerga en medio de los rboles, del otro lado del cementerio. Raveloe
era una parroquia que indicaba en seguida la categora de sus
principales habitantes. Informaba al ojo experimentado que no haba gran
parque ni castillo en el vecindario, pero que contaba con varios jefes
de familia que podan, a su capricho, malbaratar sus tierras, sacando,
sin embargo, en aquellos tiempos de guerra, bastante dinero de su mala
explotacin, como para llevar vida holgada y celebrar alegremente las
fiestas de Navidad, de la de Pentecosts y de Pascuas. Haca ya quince
aos que Silas Marner viva en Raveloe. No era, cuando all lleg, ms
que un joven plido, de ojos negros, salientes y miopes, cuya fisonoma
no hubiera tenido nada de extrao para gentes de cultura y experiencia
comunes; pero para los campesinos, entre los que haba ido a
establecerse, tena algo de particular y misterioso que responda a la
naturaleza excepcional de su profesin, y a su llegada de una regin
desconocida, llamada el norte.

Lo propio pasaba con su modo de vivir; no invitaba nunca a nadie a que
salvara su umbral, y no sala nunca a vagar por la aldea para beber un
jarro de cerveza en la taberna del _Arco Iris_ o charlar en casa del
carretonero.

No buscaba nunca a hombre ni a mujer como no fuera para las necesidades
de su profesin, o a fin de proporcionarse lo que necesitaba, y las
mozas de Raveloe pronto se persuadieron de que jams obligara a ninguna
a casarse con l contra su voluntad, tal cual si las hubiera odo
declarar que no se casaran nunca con un muerto resucitado.

Esta manera de considerar la persona de Marner no era otro motivo que la
palidez de su rostro y sus ojos singulares, porque Jacobo Rodney, el
matador de topos, afirmaba lo que sigue: Una tarde, al volver a su casa,
haba visto a Silas apoyado contra una cerca, con el pesado fardo al
hombro, en lugar de colocarlo sobre la cerca, como hubiera hecho un
hombre que estuviera en su juicio; despus, al acercarse, vio que los
ojos del tejedor estaban inmviles como los de un muerto; en seguida le
habl, lo sacudi y not que sus miembros estaban rgidos, y que las
manos apretaban el saco como si fuesen de hierro; pero, precisamente en
el momento en que acababa de convencerse de que Marner estaba muerto,
ste recobr sus sentidos, le dio las buenas noches y se march.

Rodney juraba que haba sido testigo de todo esto; y era tanto ms
creble cuanto que agregaba que la cosa haba sucedido el mismo da en
que haba ido a cazar topos en la sierra del squire Gass, all cerca del
viejo foso de los aserradores.

Algunas personas decan que Marner deba haber tenido un ataque,
palabra que pareca explicar cosas de otro modo increbles; pero el
seor Macey, gran argumentador y chantre de la parroquia, sacuda la
cabeza con incredulidad, y preguntaba si se haba visto nunca a nadie
perder sus facultades sin que rodara al suelo. Un ataque era una
parlisis, no caba duda, y era propio de la parlisis privar en parte a
un individuo del uso de sus miembros, quedando a cargo de la parroquia,
si no tena hijos para ir en su ayuda.

No, no; una parlisis no deja a un hombre firme sobre las piernas, como
un caballo entre las varas de un carro, ni le dejara luego marcharse,
as que se le pudiera decir arre! Pero quiz hubiera algo as como
que el alma del hombre, que se librara del cuerpo, saliera y entrara, lo
mismo que un pjaro que sale y vuelve a su nido. As era como las gentes
se volvan muy instruidas, porque libres entonces de su envoltura
corporal iban a la escuela de los que podan ensearles ms cosas de las
que sus vecinos podan aprender con ayuda de sus cinco sentidos y del
pastor. Y, dnde haba adquirido maese Marner su conocimiento de las
plantas y tambin el de los hechizos, cuando se le ocurra darlos? No
haba nada en lo que contaba Jacobo Rodney capaz de sorprender a los que
haban visto cmo Marner haba curado a Sally Oates, y la haba hecho
dormir como un nio, cuando el corazn de aquella mujer lata como para
partirle el pecho desde haca dos meses y ms que la asista el doctor.
Marner era capaz de curar otras personas si quera; en todo caso era
bueno hablarle, con suavidad, siquiera para evitar que hiciera dao.

A ese temor vago deba Marner en parte el estar al abrigo de las
persecuciones que su singularidad hubiera podido atraerle; pero ms an
lo deba a una circunstancia particular. El viejo tejedor de Tarley,
parroquia prxima a Raveloe, haba muerto; por lo tanto, la profesin de
Silas, cuando se estableci, hizo que fuera el bien venido para las ms
ricas seoras de los alrededores, y aun para las campesinas ms
previsoras, que tenan, al fin del ao, su pequea provisin de hilo.

La utilidad que le reconocan, hubiera neutralizado toda repugnancia o
toda sospecha a su respecto, que no fuera conformada por falta en la
calidad o cantidad del tejido que les haca.

Transcurrieron los aos sin producir ningn cambio en la impresin que
causara en los vecinos, a no ser el paso de la novedad a la costumbre.
Al cabo de quince aos, las gentes de Raveloe decan de Marner
exactamente las mismas cosas que al principio; no las decan tan a
menudo, pero crean tan firmemente en ellas cuando les aconteca
decirlas. Los aos slo haban agregado un hecho importante, a saber:
que maese Marner haba juntado en algunas partes una bonita suma de
dinero, y que si quisiera podra comprar los bienes de los que se daban
ms importancia que l.

Pero, mientras que la opinin pblica haba permanecido casi
estacionaria a su respecto, y que los hbitos cotidianos no haban
presentado cambios apreciables, la vida interior del tejedor haba
tenido su historia o su metamorfosis, como la vida interior de toda
naturaleza ardiente, que ha buscado la soledad o que ha sido condenada a
ella, debe tener necesariamente la suya. Su existencia, antes de su
llegada a Raveloe, haba estado llena por el movimiento, la actividad
del espritu y las relaciones ntimas que en ese tiempo, como en
nuestros das, distinguan la existencia de un artesano incorporado
desde temprano en una secta religiosa, de miras estrechas, en que el
laico ms pobre tiene probabilidades de hacerse notar por el talento o
la palabra, y en la que por lo menos influye su voto silencioso en el
gobierno de la comunidad.

Marner era muy estimado por aquel pequeo mundo que, para sus miembros,
constitua el Patio de la Linterna. Se le consideraba como un joven de
vida ejemplar y de una fe ardiente; y un inters popular se haba
concentrado siempre en l, despus que en una reunin piadosa haba
cado en un estado misterioso de rigidez y de insensibilidad, estado en
que haba permanecido una hora o ms, y que haba credo fuera la
muerte.

Si se hubiera tratado de darle a aquel fenmeno una explicacin mdica,
aquello hubiera sido considerado por el mismo Silas, por el pastor y los
dems miembros de la congregacin, como un abandono voluntario del
significado espiritual, que poda explicar el hecho. Silas era
evidentemente un hermano elegido para un ministerio particular, y bien
que los esfuerzos para interpretar su naturaleza fueran desalentados por
la ausencia de toda visin espiritual durante su xtasis exterior, sin
embargo, crea como los dems que el resultado se manifestaba en su alma
por un aumento de luz y de fervor.

Un hombre menos sincero que Marner se hubiera sentido tentado a crear
en seguida una visin que tuviera apariencias de remembranza, y un
espritu menos sano hubiera podido creer en semejante creacin. Pero
Silas era a la vez sano de espritu y honrado; slo que en l, como en
muchos hombres fervientes y sinceros, la cultura intelectual no haba
trazado un curso particular al sentimiento religioso, de manera que ste
se esparca por la va reservada a la investigacin y a la ciencia.

Haba heredado de su madre un cierto conocimiento de las plantas
medicinales y de su preparacin, pequeo caudal de sabidura que ella le
haba transmitido como un legado solemne. Sin embargo, desde haca
algunos aos tena dudas respecto al derecho de usar de aquella ciencia,
creyendo que las plantas no podan hacer ningn efecto sin el rezo y que
el rezo deba bastar sin las plantas; as es que sus delicias
hereditarias de vagar por los campos para recoger la digital, el acnito
y el mastuerzo, comenzaron a revestir ante sus ojos las formas de la
tentacin.

Entre los miembros de su iglesia se encontraba un joven algo mayor que
l, con el que viva desde haca tiempo en una amistad tan ntima, que
los hermanos del Patio de la Linterna tenan la costumbre de llamarlos
David y Jonats. El verdadero nombre de ese amigo era William Dane. El
era considerado igualmente como un modelo de piedad juvenil, bien que
estuviera dispuesto a mostrarse un tanto severo con los hermanos ms
jvenes que l, y a deslumbrarse tanto con sus propias luces, que se
crea ms sabio que sus maestros.

Pero, sea cuales fueran las imperfecciones que otros descubrieran en
William, en el espritu de su amigo era perfecto, porque Marner era una
de esas naturalezas impresionables y que dudan de s mismas que, en la
edad de corta experiencia, admiran la autoridad y se forman un apoyo en
la contradiccin.

La expresin de sencillez confiada de la fisonoma de Marner--expresin
realzada por la ausencia de observacin propia, por la mirada sin
defensa, mirada de ciervo, que pertenece a los grandes ojos
prominentes--formaba un contraste chocante con la represin voluntaria
de la satisfaccin interior, que se disimulaba apenas en los pequeos
ojos oblicuos y en los labios contrados de William Dane. Uno de los
temas de la conversacin ms frecuente entre los dos amigos, era la
certidumbre de esa salvacin: Silas confesaba que no poda llegar nunca
ms que una mezcla de esperanza y de temor, y escuchaba a William con
una admiracin llena de deseo, cuando ste declaraba que haba tenido
siempre la conviccin inquebrantable de su salvacin, desde que en la
poca de su conversacin, haba soado que las palabras llamado y sin
duda elegido se presentaban ante sus ojos sobre una pgina blanca de la
Biblia abierta. Dilogos as han ocupado a ms de una pareja de
tejedores, de rostro plido, cuyas almas incultas parecan pequeas
criaturas recientemente aladas, revoloteando abandonadas en el
crepsculo.

Habale parecido al confiado Silas que su amistad no se haba enfriado,
aun despus que un nuevo afecto, de naturaleza ms ntima, haba brotado
en su corazn.

Desde haca algunos meses estaba comprometido con una joven sirvienta y
los dos no esperaban para casarse ms que el momento en que sus
economas fueran bastante grandes. Silas tena vivo placer en que Sara
no hiciera ninguna objecin a la presencia accidental de William durante
sus entrevistas de los domingos. Fue en esa poca de su vida que tuvo
lugar el ataque de catalepsia durante la reunin piadosa. Entre las
preguntas y las muestras de inters que los miembros de la congregacin
le dirigieron o le expresaron, slo la opinin sugerida por William
estuvo en desacuerdo con la simpata general, demostrada a un hermano
as elegido para un ministerio particular. Hizo observar que, a su
entender, aquel xtasis ms bien se pareca a una manifestacin de
Satans, que a una prueba del favor divino, y exhort a su amigo a que
buscara si no ocultaba nada maldito en su corazn.

Silas, sintindose obligado a aceptar la censura y la advertencia como
un servicio fraternal, no tuvo ningn resentimiento. Slo sinti al ver
las dudas que William alimentaba a su respecto. A esto vino a agregarse
una cierta inquietud, cuando descubri que la conducta de Sara para con
l comenzaba a traicionar una extraa fluctuacin: ora haca esfuerzos
para demostrarle mayor afecto, ora dejaba notar signos involuntarios de
repulsin y de hasto. Silas le pregunt si deseaba romper su
compromiso; pero ella dijo que no; el compromiso era conocido en la
iglesia y haba sido confirmado en las reuniones piadosas. Para romperlo
hubiera sido necesario hacer una encuesta severa, y Sara no tena
ninguna razn que dar, que pudiera ser sancionada por el sentimiento de
la comunidad.

Por esa poca, el decano de los diconos cay gravemente enfermo. Como
era viudo y sin hijos fue cuidado noche y da por los hermanos y
hermanas ms jvenes de la comunidad. Silas y William iban con
frecuencia a velar durante la noche, reemplazando el uno al otro a las
dos de la maana. El anciano, contra lo que todos crean, pareca estar
en vas de salvarse, cuando una noche Silas, sentado a la cabecera del
enfermo, not que la respiracin de ste, que era generalmente
perceptible, haba cesado. La vela estaba casi consumida; tuvo que
incorporarse para ver claramente el rostro del dicono. Aquel examen lo
persuadi de que el anciano estaba muerto, muerto desde haca algn
rato, porque sus miembros estaban rgidos.

Silas se pregunt si no se habra dormido y mir el reloj; eran ya las
cuatro de la maana. Cmo era que William no haba ido? Lleno de
inquietud fue a buscar socorro.

Muy luego, varios amigos, y entre ellos el pastor, se encontraron
reunidos en la casa. Por su parte, Silas volvi a su casa, sintiendo no
haber encontrado a William para saber el motivo de su ausencia. Pero a
eso de las seis de la maana, cuando pensaba en ir a buscar a su amigo,
lleg William, y el pastor junto con l.

Iban a invitar a Marner para que fuera al Patio de la Linterna, a la
asamblea de los miembros de la congregacin.

Como preguntara la causa de aquella convocatoria, se le dijo
simplemente: Ahora lo sabris.

No se pronunci una palabra ms, antes de que Silas estuviera sentado en
la sacrista, frente al pastor y bajo las miradas fijas y solemnes de
aquellos que, ante sus ojos, representaban al pueblo de Dios.

Entonces el pastor, sacando un cuchillo del bolsillo, se lo mostr a
Silas, preguntndole si recordaba dnde haba dejado aquel cuchillo.

Silas respondi que no recordaba haberlo dejado en otra parte ms que en
su bolsillo; sin embargo, aquella extraa interrogacin lo hizo
estremecer.

Se le exhort a que no ocultara su pecado, y que lo confesara y
arrepintiera. El cuchillo haba sido encontrado cerca del difunto
dicono, en el sitio en que haba depositado la bolsa que contena el
dinero de la iglesia, y que el propio pastor haba visto el da
precedente. Alguien se haba llevado la bolsa, y, quin poda ser, sino
aqul a quien perteneca el cuchillo? Durante un rato Silas permaneci
mudo de sorpresa. Despus dijo:

--Dios me justificar; nada s respecto de la presencia de mi cuchillo
en ese sitio, ni de la desaparicin del dinero. Registradme, registrad
mi casa: no encontraris ms que tres libras esterlinas y cinco
chelines, fruto de mis economas, suma que poseo desde hace seis meses,
como William lo sabe.

Al or estas palabras, William produjo un murmullo de desaprobacin;
pero el pastor le dijo a Silas:

--Las pruebas para vos son aplastadoras, mi hermano Marner. El dinero ha
sido sacado esta noche, y no haba ms persona que vos junto a nuestro
hermano difunto; porque William Dane nos ha declarado que una
indisposicin repentina le impidi ir a reemplazaros, como de costumbre.
Vos mismo declarasteis que no haba ido, y adems, abandonasteis el
cuerpo del difunto.

--Es forzoso que me haya dormido--dijo Silas--, o bien que haya estado
bajo la influencia de una manifestacin espiritual parecida a aquella de
que fui objeto ante los ojos de todos vosotros, de modo que el ladrn
debe haber entrado y salido mientras yo no estaba en mi cuerpo; pero s
mi cuerpo. Sin embargo, lo repito otra vez; buscad en mi casa, porque no
he ido a otra parte.

Se hizo el registro, el cual termin con el descubrimiento que hizo
Silas de la bolsa vaca y escondida tras de la cmoda, en el cuarto de
Silas. Despus de esto, William exhort a su hermano a confesar su
falta, y a no ocultarla ms largo tiempo. Silas dirigi a su amigo una
mirada de vivo reproche, dicindole:

--William, desde hace nueve aos que vivimos juntos, me habis odo
nunca decir una mentira? Pero Dios me justificar.

--Mi hermano--le dijo William--, cmo hubiera podido saber lo que
habis hecho en las celdas secretas de nuestro corazn, para darle a
Satans ventajas sobre vos?

Silas miraba a su amigo. De pronto un vivo sonrojo se esparci por su
rostro, e iba a hablar con impetuosidad, cuando una conmocin interior,
que disip aquel sonrojo y le hizo temblar, pareci detenerle de nuevo.
En fin, dijo con voz dbil, mirando fijamente a William:

--Ahora me acuerdo, el cuchillo no estaba en mi bolsillo.

William respondi:

--No s lo que queris decir.

Entretanto, las otras personas presentes se pusieron a preguntar a Silas
Marner dnde, segn l, se encontraba el cuchillo; pero no quiso dar
otra explicacin. Agreg solamente:

--Estoy cruelmente herido, no puedo decir nada. Dios me justificar.

La asamblea, de regreso en la sacrista, deliber nuevamente. Toda
apelacin a las medidas legales, con el fin de establecer la
culpabilidad de Silas, era contraria a los principios de la iglesia del
Patio de la Linterna. Segn esos principios, era prohibido recurrir a la
justicia contra los cristianos, aun cuando el hecho resultara menos
escandaloso para la comunidad. Sin embargo, era obligacin de sus
miembros el tomar otras medidas a fin de descubrir la verdad, y
resolvieron orar y echar la suerte.

Esta resolucin slo sorprender a las personas extraas a esa obscura
vida religiosa que se desarrolla en las callejuelas de nuestras
ciudades. Silas se arrodill junto con sus hermanos, contando con la
intervencin directa de la divinidad para probar su inocencia; pero
sintiendo que, a pesar de todo, tendra que sufrir aflicciones y
dolores, y que su confianza en la humanidad acababa de ser cruelmente
herida. La suerte declar que Silas Marner era culpable. Fue solamente
excluido de la secta, y se le compeli a devolver el dinero robado; slo
cuando confesara su falta, en seal de arrepentimiento, podra ser
recibido de nuevo en el seno de la Iglesia. Marner escuch en silencio.
Por ltimo, cuando todos se levantaron para marcharse, Silas se adelant
hacia William Dane, y, con voz que la agitacin haca temblar, dijo:

--La ltima vez que me serv de mi cuchillo, lo recuerdo bien, fue para
cortaros una tira de lienzo. No recuerdo haberlo vuelto a mi bolsillo.
Sois vos quien habis robado el dinero y urdido un complot para
atribuirme ese pecado. Pero a pesar de eso podris prosperar; no existe
un Dios de justicia que gobierne la tierra con equidad; slo existe un
Dios de mentira, que da falsos testimonios contra el inocente.

Aquella blasfemia produjo una impresin de horror general.

William dijo con humildad:

--Dejo a mis hermanos la tarea de que juzguen si sta es o no la voz de
Satans. Slo puedo rogar por vos, Silas.

El pobre Marner sali con esta desesperacin en el alma; con este
desengao en la confianza puesta en Dios y en la humanidad, que casi
raya en la locura de una naturaleza afectuosa. Con el corazn
amargamente herido, se dijo: Ella tambin me rechazar. Y pens que si
Sara no crea en el testimonio dado contra l, toda la fe de aquella
joven tena que subvertirse como la suya.

Para las personas acostumbradas a razonar respecto de las formas que sus
sentimientos religiosos han revestido, es difcil darse cuenta de ese
estado simple y natural en que la forma y el sentimiento no han sido
separados nunca por un acto de reflexin. Nos sentimos inevitablemente
inclinados a creer que un hombre, en la situacin de Marner, hubiera
comenzado por poner en duda la validez de un llamamiento hecho a la
justicia divina tirando a la suerte. Pero no hubiera sido para l un
esfuerzo de libre pensamiento tal como jams lo haba intentado; y
hubiera tenido que hacer ese esfuerzo en un momento en que toda su
energa se hallaba absorbida por las angustias de su fe perdida. Si hay
un ngel que registre los dolores y los pecados de los hombres, tiene
que saber cun numerosos e intensos son los pesares que causan las ideas
falsas, de que nadie es culpable.

Marner se volvi a su casa. Durante un da entero permaneci sentado,
solo, aturdido por la desesperacin, sin sentir ningn deseo de ir a ver
a Sara para tratar de hacerle creer en su inocencia.

El segundo da, busc un refugio contra la incredulidad que lo
amodorraba, sentndose en su telar y ponindose a trabajar sin reposo,
como de costumbre.

Pocas horas despus, el pastor, acompaado por uno de los diconos, iba
a llevarle un mensaje de Sara, informndole que ella consideraba roto su
compromiso con l. Silas recibi el mensaje en silencio. Apartando en
seguida la mirada que haba fijado en los mensajeros, volvi a ponerse
al trabajo.

Al cabo de un mes Sara cas con William Dane, y muy luego, los hermanos
del Patio de la Linterna supieron que Silas Marner haba abandonado la
ciudad.




II


Es algunas veces difcil, aun a las personas cuya existencia ha sido
amplificada por la instruccin, el mantener con firmeza sus opiniones
sobre la vida, su fe en lo invisible, y el sentimiento que realmente les
causaran las alegras y los pesares del pasado, cuando son bruscamente
trasladados a otro pas.

Porque all, las gentes que los rodean no saben nada a su respecto y no
comparten ninguna de sus ideas; all, adems, la madre tierra, presenta
otro seno, y la vida humana reviste otras formas que aquellas que
alimentaron sus corazones.

Las almas arrancadas a su antigua fe y a sus antiguos afectos, han
buscado quiz esa influencia del destierro, que, como el agua de Leteo,
borra el pasado. Ella lo torna confuso, porque aquellos smbolos se han
desvanecido, y tambin torna vago el presente, porque no lo sostiene
ningn recuerdo. Pero, ni aun la experiencia de esas almas les permite
figurarse claramente lo que sinti un simple tejedor como Silas Marner,
cuando abandon su pueblo y sus amigos para irse a establecer a Raveloe.

Nada ms distinto de su ciudad natal, situada en una de las faldas de
las colinas que se extendan a lo lejos, como aquella regin baja y
boscosa, en que los cercos y los rboles de follaje espeso la ocultaban
a la vista del cielo.

Cuando se levantaba, en la tranquilidad profunda de la maana, miraba
afuera las zarzas cubiertas de roco, y las matas vigorosas de hierbas;
no vea nada que pudiese tener relacin con aquella vida concentrada en
el Patio de la Linterna, aquella vida que antes era el santuario de las
altas dispensaciones en su favor. Los muros blanqueados; los pequeos
bancos, en que las personas que se tena costumbre de ver entraban
evitando el roce de sus vestidos, y donde una primera vez bien conocida,
y luego otra y otra, hacan su pequea oracin, cada una en su tono
particular, pronunciando frases ocultas y familiares, como el amuleto
llevado sobre el corazn; el plpito en que se postran, inclinndose
hacia un lado y otro, hojeando la Biblia segn su costumbre, dispersaba
una doctrina incontestada; hasta las pausas entre las estrofas del
himno, mientras que se lo lea, y la elevacin intermitente de la voz
durante el canto; todo eso haba sido para Marner el camino de las
influencias divinas; era el alimento y el refugio de sus emociones
religiosas, el cristianismo y el reino de Dios en la tierra.

Un tejedor que encuentra frases difciles de comprender en su libro de
himnos, no sabe nada de las abstracciones: es como el nio que nada sabe
del amor maternal, y no conoce ms que un rostro y un seno hacia los
cuales tiende los brazos para buscar en ellos un refugio y alimento.

Y qu cosa podr haber ms distinta en aquel mundo del Patio de la
Linterna que aquel mundo de Raveloe? Pastores que parecan vivir la
ociosidad en medio de una abundancia descuidada; la gran iglesia
rodeada de un vasto cementerio, y que los aldeanos miraban vagando
delante de sus puertas durante los oficios; los cortijeros de rostro
rubicundo, los unos caminando lentamente por las calles; los otros
entrando a la taberna del _Arco Iris_, habitaciones en que los hombres
cenaban copiosamente y dorman de noche a la luz del hogar, y donde, las
mujeres parecan acopiar una provisin de ropa para la vida futura.

No haba labios en Raveloe que pudieran dejar caer una palabra capaz de
despertar la fe adormecida de Marner, y hacer experimentar una sensacin
de dolor.

En las primeras edades del mundo, como es sabido, se crea que cada
territorio estaba habitado y gobernado por sus propias divinidades. As
es que un hombre que atravesara las alturas limtrofes, poda
encontrarse fuera del alcance de los dioses de su pas, cuya presencia
estaba confinada en las corrientes de agua, en las colinas y en el seno
de los sotos, en cuyo seno haba vivido desde su nacimiento. Y el pobre
Silas senta algo que no careca de parecido con los sentimientos de
esos hombres primitivos, cuando, impulsado por el miedo o por su humor
sombro, huan de ese modo las miradas de una divinidad enemiga.

Le pareca que el poder en que haba puesto en vano su confianza, en las
calles de su ciudad y en las reuniones piadosas, se encontraba muy lejos
de aquella tierra en que se haba refugiado, en que los hombres vivan
despreocupados, en la abundancia, sin saber nada y sin sentir la
necesidad de aquella confianza que para l se haba convertido en
amargura. Las pocas luces que posea esparcan sus rayos tan dbilmente,
que su creencia perdida formaba una niebla bastante espesa como para
formar en su alma las tinieblas de la noche.

Su primer movimiento, despus del choque, fue ponerse a trabajar.
Despus continu en la labor sin remisin. Ahora ya no se preguntaba
para qu haba ido a Raveloe; teja hasta altas horas de la noche para
acabar la pieza de lienzo de mesa que le encargara la seora Osgood
antes de la fecha prometida, sin pensar en el dinero que se le dara por
su trabajo.

Pareca tejer como la araa, por instinto, sin reflexin. El trabajo que
todo hombre prosigue con asiduidad, tiende, de ese modo, a volverse un
fin por s mismo, hacindole salvar de este modo los vacos sin
atractivos de su existencia. La mano de Silas se complaca en manejar la
lanzadera, y sus ojos se distraan al ver los pequeos cuadros del
tejido completarse bajo sus esfuerzos.

Adems, haba que satisfacer las exigencias del hambre, y Silas, en su
soledad, tena que proporcionarse su desayuno, su almuerzo, y su comida,
ir a buscar agua al pozo y poner la olla sobre el fuego. Todas esas
necesidades imperiosas, junto con el trabajo en el telar, contribuan a
reducir su vida a la actividad ciega de un insecto tejedor. Odiaba la
idea del pasado, nada lo impulsaba a amar a los extraos en medio de los
cuales viva, o asociarse con ellos; y el porvenir slo era tinieblas,
porque ningn amor invisible pesaba en l. Sus pensamientos estaban
detenidos por una perplejidad completa, ahora que su camino estrecho de
antao estaba cerrado, y sus efectos parecan haber sido aniquilados por
el golpe que haba lacerado sus fibras ms sensibles.

Por fin, el lienzo de mesa de la seora Osgood fue terminado, y Silas
recibi oro en pago. Su ganancia, en su ciudad natal, donde trabajaba
para un mayorista, era menos que en Raveloe; se le pagaba por semana, y
una gran parte de aquel salario hebdomadario se iba en obras de piedad y
de caridad. Ahora, por primera vez en su vida, le haban puesto cinco
hermosas guineas en la mano; nadie se propona compartirlas con l, y l
no quera lo bastante a ningn hombre para ofrecerle una parte. Pero,
qu valor tenan las guineas ante los ojos de Marner, que no vea ms
perspectiva que la de innumerables das de trabajo en su telar?

Era intil que se hiciera esta pregunta, porque le era agradable
recibirlas en el hueco de su mano y mirar sus efigies brillantes. Eran
suyas por completo: constituan otro elemento de su existencia, anlogo
al trabajo y a la satisfaccin del hombre, un elemento de naturaleza
completamente extrao a la vida de creencia y de amor de que estaba
privado.

El tejedor haba conocido el contacto del dinero penosamente ganado, aun
antes de que la palma de su mano se hubiera desarrollado por completo.
Durante aos, el dinero misterioso haba sido para l un smbolo de los
bienes terrenales y el objeto inmediato del trabajo.

Marner pareca estimarlo poco en los das en que cada penique tena para
l su destino; porque ese destino, lo amaba entonces. Pero ahora que
todo objeto haba desaparecido, aquel hbito de esperar el dinero y de
recibirle con el sentimiento del esfuerzo cumplido, formaba un suelo
bastante profundo para recibir las semillas del deseo; as fue que
Silas, al volver a su casa a travs de los campos, durante el
crepsculo, sac el dinero de su bolsillo y le pareci que brillaba ms
en la obscuridad creciente.

Por esta poca se produjo un incidente que pareci hacer posibles las
relaciones amistosas entre l y sus vecinos. Un da que llevaba a
remendar un par de zapatos, vio a la mujer del zapatero sentada junto al
fuego, presa de los sntomas terribles de una enfermedad al corazn y de
la hidropesa, sntomas que Silas haba observado en su propia madre, y
que haban sido los anunciadores de su muerte.

Aquella vista y aquel recuerdo le inspiraron un arranque de piedad.
Record el alivio que la enferma haba sentido tomando una preparacin
sencilla de digital, le prometi a Sally Oates que le llevara algo que
le hara bien, puesto que las medicinas del doctor no la mejoraban. Al
hacer aquel acto de caridad, Silas sinti por primera vez, desde su
llegada a Raveloe, un sentimiento que, al unir su vida presente a su
vida pasada, hubiera podido comenzar a librarlo de aquella especie de
existencia de insecto, en que su naturaleza haba degenerado.

Entretanto, la enfermedad de Sally Oates lo haba elevado al rango de un
personaje muy interesante, muy importante en el vecindario, y el hecho
de que haba mejorado bebiendo la droga de Silas, se volvi un tema
general de conversacin. Cuando el doctor Kimble recetaba una medicina,
era natural que produjera su efecto; pero cuando un tejedor, que vena
no se sabe de dnde, haca maravillas con un frasco de agua parda, el
carcter oculto del procedimiento se volva evidente. No se haba visto
nada parecido desde la muerte de la bruja de Tarley, y sta lo mismo se
serva de drogas que de hechizos. Todos iban a verla cuando los nios
tenan convulsiones. Silas Marner deba ser una persona como ella;
porque, cmo saba lo que le devolvera la respiracin a Sally Oates,
si no posea algo ms que eso? La bruja conoca palabras que murmuraba
muy despacio, de modo que no se le poda or nada. Si al mismo tiempo
ataba un hilo encarnado alrededor del dedo gordo del pie del nio, ste
quedaba libre de la hidropesa del cerebro. Haba adems en Raveloe unas
mujeres que haban usado unas almohadillas de la bruja, atadas al
cuello, lo que dio por resultado que nunca tuvieran un hijo idiota como
el de Ana Coulter. Silas Marner era probablemente capaz de hacer otro
tanto, y aun ms; ahora se vea muy bien por qu haba venido de un pas
desconocido, y por qu tena una fisonoma tan rara. Pero era preciso
que Sally Oates no se lo fuera a decir al seor Kimble, porque el doctor
no tomara a bien lo que haba hecho Marner. Siempre estaba irritado
contra la bruja, y amenazaba a los que iban a consultarle con no
volverlos a asistir.

Silas se vio entonces bruscamente asaltado en su choza, ya sea por
madres que deseaban que, por medio de sortilegios, les curara la tos
convulsa a sus hijos, o que a ellas mismas les hiciera bajar la leche;
ya sea por hombres que necesitaban drogas contra los reumatismos o los
nudos en los dedos.

Para evitar una negativa, los solicitantes llevaban dinero en el hueco
de la mano.

Silas hubiera podido hacer un proficuo comercio con sus hechizos
supuestos y su pequea lista de drogas; pero el dinero ganado de ese
modo no le tentaba.

Nunca haba tenido malas inclinaciones, y con irritacin creciente,
despeda a las gentes unas tras otras, porque la noticia de que era
brujo se haba esparcido hasta Tarley; as es que transcurri mucho
tiempo antes de que se dejara de hacer largos trayectos con el objeto de
pedirle ayuda.

Entonces, la esperanza en su poder oculto se convirti en temor. No se
le crea absolutamente cuando afirmaba que no conoca hechizos, y que
no poda hacer curas, y toda persona, hombre o mujer, que tena un
ataque o le ocurra un accidente despus de haberse dirigido a l,
atribua aquella desgracia a las miradas irritadas de maese Marner. De
modo que aquel movimiento de piedad por Sally Oates, que le haba
inspirado un sentimiento efmero de fraternidad, aument la repulsin
que exista entre l y sus vecinos, volviendo ms completo su
aislamiento.

Poco a poco las guineas, las coronas y las medias coronas se fueron
amontonando, y Marner fue sacando cada vez menos para sus necesidades,
tratando de resolver el problema de conservar bastantes fuerzas para
trabajar diez y seis horas diarias, gastando lo menos posible. No hay
hombres que, encerrados en la soledad de una crcel, han encontrado
alguna distraccin en marcar el curso del tiempo en las paredes,
trazando lneas rectas de cierto largo, hasta que el aumento de esas
lneas, formando tringulos, se volviera en ellas un objeto
predominante? No engaamos las horas de ocio o las impaciencias de la
espera repitiendo algn movimiento o algn sonido insignificante hasta
que esa repeticin crea en nosotros una necesidad, que es el origen de
un hbito?

Eso nos ayudar a comprender cmo la costumbre de juntar dinero se
vuelve una pasin absorbente en aquellos hombres, cuya imaginacin no
les muestra ms objetivo que su tesoro cuando empiezan a aglomerarlo.

Marner deseaba ver las pilas de a diez formar un cuadrado, luego un
cuadrado ms grande; y cada guinea agregada, siendo en s misma una
satisfaccin creaba un nuevo deseo. En este extrao mundo, que se haba
vuelto para l un enigma indescifrable, hubiera podido, si hubiera
tenido una naturaleza menos ardiente, sentarse frente a su bastidor y
trabajar sin tregua, pensando en la realizacin de su propsito y de su
tela, hasta olvidar el enigma y todo lo dems, excepto, las sensaciones
del momento; pero el dinero haba venido a dividir su trabajo en
perodos, y no solamente aquel dinero aumentaba, sino que se quedaba con
l. Comenz a creer que el metal, lo mismo que el telar, tena
conciencia de su poseedor, y por nada hubiera querido cambiar esas
monedas, que se haban vuelto sus ntimas, por otras de efigies
desconocidas.

Las apilaba, las contaba, hasta que su forma y su color produjeran en l
efecto agradable del aplacamiento de la sed. Sin embargo, slo era por
la noche, cuando haba concluido su trabajo, que las sacaba para gozar
de su compaa.

Haba sacado unos ladrillos del suelo, debajo del telar, y haba hecho
un agujero en el que coloc la olla de hierro que contena las guineas y
las monedas de plata. Cubra los ladrillos con arena siempre que los
volva a colocar en su sitio.

No era que la idea del robo se presentara a menudo o claramente a su
espritu. En esa poca, no era raro que en los distritos de provincia se
procediera como lo haca Marner; era cosa sabida que haba campesinos en
la parroquia de Raveloe, que guardaban sus economas en sus casas,
probablemente escondidas en sus colchones de lana; pero sus msticos
vecinos, bien que no fueran todos tan honrados como sus antecesores de
los tiempos del rey Alfredo, no tenan imaginacin bastante atrevida
como para premeditar un robo con efraccin. Y, cmo hubiera podido
gastar el dinero en su aldea sin traicionarse? Se hubieran visto
obligados a fugarse, resolucin tan ciega y tan temeraria como la de
viajar en globo.

As, ao tras ao, Silas Marner haba vivido en aquella soledad. Las
guineas haban ido aumentando en la olla de hierro, y su existencia se
haba limitado y endurecido de ms en ms, hasta no ser ms que una
simple pulsacin del deseo y de la satisfaccin, pulsacin que no tena
ninguna atinencia con ninguna otra criatura humana.

Su vida se haba limitado a la accin de tejer y de atesorar, sin tener
ningn fin a que tendiera su accin. Este mismo gnero de transformacin
lo han sufrido quiz hombres ms instruidos, cuando han visto
desvanecerse su fe o su amor; slo que en vez de concretarse a un oficio
y a un montn de guineas, han proseguido alguna investigacin erudita,
algn plan ingenioso, o alguna teora bien ingeniada.

El rostro y la estatura de Marner se contrajeron y se encorvaron de un
modo extrao y constante, para adaptarse mecnicamente a los objetos que
lo rodeaban, de modo que produca la misma impresin que una manija o un
tubo encorvado, accesorios que no significan nada cuando estn separados
del objeto de que forman parte. Los ojos prominentes, que antes parecan
confiados y soadores, se hubiese dicho ahora que no le haban sido dado
ms que para ver una sola especie de cosa muy pequea, como grano muy
menudo, que buscaban por todas partes; en fin, Marner estaba ajado y tan
amarillo, que, bien que no tuviera an cuarenta aos, los nios lo
llamaban siempre el viejo Marner.

Sin embargo, aun en esta faz de decrepitud, ocurri un incidente que
demostr que la savia del afecto no se haba agotado por completo en su
corazn. Una de sus tareas cotidianas era ir a buscar agua a un pozo que
estaba algo apartado de su casa. Con ese objeto, desde su llegada a
Raveloe tena un gran cntaro de barro pardo, que conservaba como el
utensilio ms precioso que poseyera entre las comodidades muy escasas
que se haba concedido. Ese cntaro haba sido su compaero durante doce
aos. Siempre haba estado parado en el mismo sitio, y siempre le haba
extendido el asa desde el amanecer, de suerte que la forma de aquel vaso
revesta a los ojos de Silas la expresin de una amabilidad solcita.
Adems, el contacto del asa en la palma de la mano, le proporcionaba un
placer inseparable del de tener agua fresca y limpia.

Un da, al volver del pozo, tropez contra la traviesa de una cerca, y
el cntaro de barro, al caer con fuerza sobre las piedras de la bveda
de un foso, se rompi en tres pedazos. Silas los recogi y los llev a
su casa muy apesadumbrado. El cntaro ya no poda servir; sin embargo,
arm los pedazos, y, como recuerdo, coloc aquella ruina en su sitio
acostumbrado.

Tal era la historia de Silas Marner hasta el decimoquinto ao de su
estancia en Raveloe. Todo el da se lo pasaba sentado frente al
bastidor, con los odos llenos de su ruido montono, y los ojos pegados
al lento progreso del lienzo uniforme y plomizo. El movimiento de sus
msculos se repeta a intervalos tan iguales, que sus pausas parecan
ser una molestia casi tan grande como la detencin de la respiracin.

Pero por la noche venan sus delicias; por la noche cerraba los
postigos, trancaba las puertas y sacaba su oro. Desde haca mucho tiempo
el montn se haba vuelto demasiado grande para caber en la olla de
hierro, y haba fabricado, para guardar las monedas, dos gruesas bolsas
de cuero, que no perdan sitio en su lugar de reposo, porque lo dctil
de la envoltura las haca adaptarse a todos los rincones.

Qu brillantes eran las guineas cuando corran la abertura negra del
cuero! La plata no entraba ms que en pequea proporcin, en el total de
la suma, comparada con el oro, porque las grandes piezas de tela que
formaban el trabajo principal de Silas, eran siempre pagadas en parte
con oro, y la plata la dedicaba a sus necesidades materiales, escogiendo
siempre los chelines, y los medios chelines para los gastos de esta
naturaleza.

Las guineas eran las que ms le gustaban; pero no quera cambiar las
monedas grandes de plata; las coronas y las medias coronas que haba
ganado l mismo, y que eran el fruto de su labor, tambin le agradaban.

Haca montones con las monedas y hunda en ellos las manos; despus las
contaba y formaba pilas regulares; apretaba la redondez de su contorno
entre el pulgar y los otros dedos, y pensaba con cario en las guineas
que todava estaban ganadas a medias con el tejido, como si fueran
criaturas que estuvieran por nacer; pensaba en las guineas que vendran
lentamente en los aos futuros, que vendran durante su existencia, cuyo
curso se extenda muy lejos frente a l y cuyo fin estaba completamente
velado por innumerables das de trabajo.

Habra de qu sorprenderse de que su pensamiento estuviera siempre
absorto por su telar y su tesoro, cuando tena que recorrer los campos y
los caminos para ir a llevar y traer trabajo, y que sus pasos ya no
vagaran por las orillas de los cercos, en busca de las plantas
familiares? Ellas tambin pertenecan a aquel pasado a que su vida se
haba substrado. As las aguas de un arroyo descienden mucho ms abajo
de los bordes herbosos que limitan el antiguo ancho de su lecho, para
volverse el trmulo hilo de agua que se traga un surco en la arena
estril.

Pero por el da de Navidad de ese decimoquinto ao, otro grande
acontecimiento se produjo en la existencia de Marner, y su historia se
confundi de un modo singular con la vida de sus vecinos.




III


El personaje ms importante de Raveloe era el squire Cass, que viva en
una gran casa roja que tena un bonito atrio al frente y altas
caballerizas al fondo, casi en frente de la iglesia.

Haba otros terratenientes en la parroquia, pero l era el nico honrado
con el ttulo de squire; porque bien que la familia del seor Osgood
fuera considerada tambin como de origen inmemorial--no habindose
atrevido nunca los habitantes de Raveloe a remontarse hasta el vaco
espantoso en que los Osgood no existan--, sin embargo, no haca ms que
poseer la granja que ocupaba, mientras que el squire Cass tena uno o
dos arrendatarios que se quejaban a l de los perjuicios que les
causaban las liebres como si hubiese sido un seor.

Se estaba todava en ese perodo glorioso de la guerra, considerada como
un favor especial acordado por la Providencia a los propietarios
territoriales. Entonces, los precios de los frutos no haban bajado
tanto como para precipitar a la raza de los pequeos squires y de los
arrendatarios en el camino de la ruina, hacia el cual sus hbitos de
prodigalidad y la mala explotacin de sus tierras los arrastraban
rpidamente.

Al decir esto aludo a la aldea de Raveloe y a las parroquias que se le
parecan, porque la vida de nuestros antiguos campesinos presentaba
aspectos diferentes. As ocurre con toda existencia que se ha esparcido
sobre una superficie variada, en la que soplan en direcciones diversas
una multitud de corrientes--desde los vientos del cielo hasta los
pensamientos de los hombres--que se mueven y se cruzan eternamente,
produciendo resultados incalculables.

Raveloe estaba situado en una hondonada, en medio de los rboles espesos
y de caminos surcados por huellas, lejos de las corrientes de la
actividad industrial y del fervor puritano; los ricos coman y beban a
sus anchas, aceptando la gota y la apopleja como cosas que se
trasmitan misteriosamente en las familias honorables, y los pobres
pensaban que los ricos estaban en su pleno derecho de llevar alegre
vida.

Por otra parte, los festines de stos daban por resultado multiplicar
las sobras, que eran la herencia de los primeros. Betti Jay senta el
olor de la coccin de los jamones del squire, pero el fuerte deseo que
senta de comerlos era calmado por el jugo untuoso en que se los haca
hervir; y cuando las estaciones traan la poca de las grandes reuniones
alegres, todo el mundo las consideraba como un excelente regalo para los
pobres.

En efecto, las fiestas de Raveloe estaban en relacin con las postas de
buey y los barriles de cerveza: se hacan con prodigalidad y duraban
mucho tiempo, principalmente en invierno.

Las damas que, habiendo empaquetado sus mejores vestidos y tocados en
cartones, se arriesgaban a vadear los arroyos en tiempos de lluvia y
nieve, sentadas a la turca sobre cojines y llevando su preciosa
carga--cuando no se saba hasta dnde llegara el agua--, no es de
suponer que contaran con que les esperaba un placer efmero.

Es por esta razn qu se tomaban disposiciones para que en la mala
estacin--poca en que haba poco trabajo y las horas parecan
largas--varios vecinos tuvieran sucesivamente mesa abierta. As que los
platos del squire Cass no eran tan frescos ni tan abundantes, sus
convidados no podan hacer mejor cosa que trasladarse a la casa del
seor Osgood, en los Huertos. All encontraban lomos y jamones intactos,
pasteles de cerdo que acababan de salir del horno y manteca fresca
recin hilada; en fin, todo lo que el apetito de gentes ociosas poda
desear, y de mejor calidad, quiz, que en casa del squire Cass, aunque
la abundancia no fuera mayor. Porque la mujer del squire haba muerto
haca tiempo, y la Casa Koja se vea privada de la esposa y de la madre,
cuya presencia es la fuente saludable del amor y del temor que deben
reinar en la familia y entre los servidores.

Esto contribua no slo a explicar por qu, en los das de fiesta, la
profusin de provisiones superaba a la calidad, sino tambin por qu el
orgulloso squire condescenda con tanta frecuencia a presidir en el
gabinete particular de la taberna del _Arco Iris_, antes que a la sombra
de los negros artesonados de su saln; as como quiz que sus hijos se
condujeran bastante mal.

Raveloe no era un sitio en que la censura de las costumbres fuera
severa; sin embargo, se miraba como una debilidad del squire que hubiera
conservado a todos sus hijos ociosos en la casa; y, bien que debe
concederse cierta licencia a los hijos de los padres que tienen medios,
las gentes meneaban la cabeza al ver la vida que llevaba el menor,
Dunstan, generalmente llamado Dunsey Cass, cuyas aficiones por la copa y
las apuestas podan volverse algo ms serio que un pasatiempo juvenil.

Poco importaba, ciertamente, decan los vecinos, lo que le sucediera a
Dunsey--un individuo pendenciero y burln, que pareca complacerse tanto
ms en beber cuanto ms sufran los otros de sed--, con tal, sin
embargo, que sus hechos no le acarreasen algn disgusto a una familia
como la del squire Cass, que tena un monumento en la iglesia, y copas
de plata ms antiguas que el rey Jorge III.

En cambio sera una gran lstima que el seor Godfrey, el mayor, guapo
mozo de fisonoma franca y de buen carcter, que un da heredara las
propiedades, se pusiera a seguir el mismo camino que el hermano, como
haba parecido haca poco. Si segua de aquel modo, la seorita Nancy
Lammeter acabara por romper con l; porque se saba muy bien que ella
le trataba con mucha reserva desde la pascua de Pentecosts del ao
precedente, poca en que haba hablado mucho, porque Godfrey haba
pasado varios das sin volver a su casa.

Pasaba algo que no estaba bien, algo que no era comn, era evidente,
porque el seor Godfrey estaba lejos de tener el color fresco y la
fisonoma abierta de antes.

En cierto momento todo el mundo deca: Qu hermosa pareja haran l y
la seorita Nancy!, y si ella llegara a ser la seora de la Casa Roja,
iba a haber un buen cambio, porque los Lammeter estaban criados de modo
que no podan soportar que se malgastara una pizca de sal. Sin embargo,
todas las gentes de su casa obtenan lo que haba de mejor, cada cual
segn su rango. Con una nuera as, el viejo squire realizara economas,
aun cuando no aportara un penique de dote; porque era de temer que, a
pesar de sus rentas, el squire Cass tuviera ms agujeros en el bolsillo
que aquel por donde meta la mano. Pero si el seor Godfrey no cambiaba
de conducta, poda decirle adis a la seorita Nancy Lammeter.

Era ese Godfrey, que antes daba tantas esperanzas, el que estaba con las
manos en los bolsillos de su saco y la espalda vuelta al juego, en el
saln de obscuro artesonado, un da de noviembre de este decimoquinto
ao de la residencia de Silas Marner en Raveloe. La luz gris y mortecina
iluminaba dbilmente las paredes adornadas de fusiles, de ltigos y de
colas de zorro; los abrigos y los sombreros arrojados sobre las sillas;
los jarros de plata que exhalaban un olor de cerveza aventada; el fuego
medio apagado, y las pipas colocadas en los ngulos de las chimeneas;
signos de una vida domstica desprovista de todo encanto superior, con
que la expresin de sombro fastidio del rostro rubio de Godfrey estaba
en triste armona. Pareca escuchar como si esperara a alguien. Muy
luego el ruido de pasos pesados, acompaados de silbidos, se hizo or a
travs del gran vaco de la entrada del vestbulo.

La puerta se abri y entr un joven fornido y vulgar; tena la cara
encendida y el aire gratuitamente vencedor que caracteriza la primera
faz de la embriaguez. Era Dunsey. Al verlo, el rostro de Godfrey perdi
parte de su aspecto sombro para tomar la expresin ms activa del odio.
El hermoso galgo negro que estaba acostado frente a la chimenea se
retir a un rincn, bajo una silla.

--Qu tal, maese Godfrey, qu me queris?--dijo Dunsey en tono
burln--. Sois mi hermano mayor y mi superior; tena, pues, que venir,
puesto que me habis hecho llamar.

--Pues bien; voy a deciros lo que quiero, pero antes sacudos la
borrachera, y escuchad, si os place--dijo Godfrey con acento furioso;
el mismo haba bebido ms de la cuenta, a fin de convertir su tristeza
en clera ciega--. Quiero deciros que es preciso que le entregue al
squire ese arriendo de Fowler, o que le advierta que os lo he dado;
porque amenaza con el embargo, y todo se descubrir, que yo lo informe o
no. Acaba de declarar que le iba a encargar a Cox que procediera si
Fowler no vena a pagar lo atrasado esta semana. El squire est sin
dinero y est de un humor como para no soportar tonteras. Ya sabis con
qu os ha amenazado si os sorprenda otra vez despilfarrando su dinero.
De modo que tratad de buscar esa suma, y lo ms pronto posible, habis
odo?

--Oh!--dijo Dunsey, riendo sardnicamente, mientras se acercaba a su
hermano mirndole a la cara--, supongamos que vos mismo os
proporcionarais el dinero, para evitarme esa molestia, qu os parece?
Puesto que fuisteis lo bastante bueno para entregrmelo, no me neguis
la amabilidad de devolverlo en mi lugar; ya sabis que fue por amor
fraternal que procedisteis as.

Godfrey se mordi los labios y apret los puos.

--No os acerquis mirndome de ese modo, porque os aplasto.

--Oh! no, serais incapaz de hacer eso--dijo Dunsey, girando sin
embargo sobre los talones para alejarse--; bien sabis que soy muy buen
hermano. Podra haceros arrojar de casa y de la familia, y haceros
desheredar cuando quisiera. S, yo le contar al squire cmo se cas su
hijo mayor con la linda Molly Tarren, y cun desgraciada ha sido, pero
que no ha podido vivir con esa esposa borracha; me deslizara en vuestro
lugar lo ms cmodamente posible. Pero ya lo veis, me callo; soy tan
conciliador y tan bueno. Estoy seguro de que lo haris todo por m.
Estoy seguro de que os proporcionaris por m esas cien libras
esterlinas.

--Cmo puedo proporcionarme ese dinero?--dijo Godfrey, trmulo de
rabia--. No tengo oficio ni beneficio. Y vos ments al decir que os
deslizarais en mi lugar; os harais echar vos tambin, nada ms. Porque
si vos os ponis a llevar chismes, yo har otro tanto. Bob es el hijo
favorito, lo sabis perfectamente. Mi padre se dara por muy satisfecho
con no volveros a ver.

--Poco importa--dijo Dunsey inclinando la cabeza hacia un costado,
mientras que miraba por la ventana--. Me sera muy agradable partir en
vuestra compaa; sois un hermano tan guapo, y siempre nos ha agradado
tanto disputarnos; no sabra qu hacer sin vos. Pero prefers que los
dos nos quedemos en casa, ya lo s. De manera que os arreglaris de modo
de conseguir esa pequea suma de dinero, y voy a deciros hasta la vista,
bien que deplore dejaros.

Dunstan se marchaba, pero Godfrey se precipit tras l y lo tom del
brazo, diciendo con un juramento:

--Os digo que no tengo dinero... que no puedo procurarme dinero.

--Pedidle prestado al viejo Kimble.

--Os digo que no quiere prestarme ms y que no lo pedir.

--Bueno, entonces vended a _Relmpago_.

--S, eso es fcil decirlo. Necesito el dinero inmediatamente.

--Pues bien, no tenis ms que montarlo en la cacera de maana. Bryce y
Keating estarn seguramente. Os harn ms de una oferta.

--Eso es, y volver a casa a las ocho de la noche, salpicado de barro
hasta las narices. Voy al baile que da la seora de Osgood celebrando su
da.

--Ah! ah!--dijo Dunsey, volviendo la cabeza de lado y tratando de
hablar con una vocecita aflautada--. Y la linda seorita Nancy estar
all, y bailaremos con ella, y le prometeremos no ser malo, y volveremos
a entrar en favor y...

--Tened la lengua al hablar de la seorita Nancy, pedazo de tonto--dijo
Godfrey rojo de clera--, u os estrangulo.

--Para qu?--dijo Dunsey, siempre con tono afectado, pero tomando un
ltigo de sobre la mesa y golpendose con el cabo en la palma de la
mano--. Se os presenta una buena ocasin. Os aconsejo que entris en sus
gracias; eso ahorrara tiempo, si Molly llegara a beber una gota de
ludano de ms, y os dejara viudo. Poco le importara a la seorita
Nancy ser la segunda, si lo ignorara. Y vos tenis un excelente hermano
que guardar bien vuestro secreto, y vos seris muy amable con l.

--Voy a deciros lo que pasa--dijo Godfrey trmulo y vuelto a ponerse
plido--. Mi paciencia est casi agotada. Si fuerais algo ms vivo,
sabrais que es posible llevar a un hombre demasiado lejos y hacerle tan
fcil franquear este o aquel obstculo. No estoy seguro de no
encontrarme ya en este punto; yo puedo tambin revelarle todo al squire.
Por lo menos, no me seguiris molestando, si no consigo otra cosa. Y, al
fin y al cabo, tendr que saber la verdad. Ella me ha amenazado con
venir a decrselo todo en persona. Por consiguiente, no os jactis de
que vuestro silencio valga el precio que se os ocurra asignarle. Me
arrancis mi dinero de tal modo que no me queda ninguno para apaciguar a
esa mujer y un da cumplir sus amenazas. Le dir todo a mi padre. En
cuanto a vos, idos al diablo.

Dunsey se dio cuenta de que haba ido ms all de lo que deba, y que
haba llegado a un extremo en que el propio Godfrey, el hombre
irresoluto, era capaz de tomar una resolucin. Sin embargo, dijo con
indiferencia:

--Como queris; pero ante todo, voy a beber un trago de cerveza.

Y despus de haber llamado, se recost en dos sillas y se puso a golpear
la repisa de la ventana con el mango del ltigo.

Godfrey haba permanecido de pie, con la espalda vuelta al fuego,
agitando los dedos con inquietud en medio del contenido de los bolsillos
de su saco, y con la mirada fija en el suelo. Su alto cuerpo musculoso
estaba lleno de coraje fsico; sin embargo, no le sugera ninguna
decisin cuando los peligros que haba que afrontar no consistan en
acogotar a alguien. Su irresolucin natural y su cobarda moral eran
exageradas por una situacin cuyas consecuencias temibles parecan hacer
presin de todos lados con la misma fuerza.

Su irritacin lo hubiera llevado en seguida a desafiar a Dunstan, y a
anticiparse a todas las denuncias, si las miserias que le acarreara el
proceder as no le hubieran parecido ms insoportables que el mal
actual. Los resultados de una confesin no eran dudosos, eran seguros,
mientras que la denuncia permaneca incierta.

De aquella incertidumbre, considerada de cerca, cay en la duda y en la
irresolucin con un sentimiento de reposo. El hijo desheredado de un
pequeo squire, igualmente poco dispuesto a trabajar la tierra y a
mendigar, se senta casi tan impotente como un rbol desarraigado que,
favorecido por el suelo y la atmsfera, se habra desarrollado
considerablemente en el propio sitio en que antes slo era un retoo.
Quiz hubiera llegado a considerar con cierta alegra el tener que
labrar la tierra, si le fuera dable obtener a Nancy Lammeter a ese
precio. Pero, puesto que tena que perderla sin remedio, hiciera lo que
hiciera, y la herencia tambin, puesto que tena que romper todo
vnculo, menos el que lo desagradaba y le quitaba todo motivo para
reformarse, no poda imaginar que le quedara, despus de la confesin de
su falta, otro porvenir ms que enrolarse como voluntario. Esa era la
determinacin ms desesperada, despus del suicidio, ante los ojos de
las familias honorables.

No! Ms vala para l fiarse al azar que a su propia resolucin; ms
vala seguir sentado al festn, bebiendo el vino que le agradaba, aun
con la espada suspendida sobre la cabeza y el terror en el corazn,
antes que precipitarse en las tinieblas en que todo placer quedara
perdido para siempre. La ltima concesin que pudo hacerle a Dunstan a
propsito del caballo, comenz a parecerle fcil al lado del
cumplimiento de la amenaza de su hermano. Sin embargo, su orgullo no le
consinti que reanudara la conversacin sin continuar la disputa.
Dunstan lo esperaba y beba la cerveza a sorbos ms pequeos que de
costumbre.

--Es muy propio de vos--exclam Godfrey con acento amargo--el hablar con
tanta indiferencia de la venta de _Relmpago_, la ltima cosa que me sea
lcito llamar ma, y el ms lindo animal que he tenido en mi vida. Si
tuvieseis un asomo de orgullo, os dara vergenza ver vacas nuestras
caballerizas y que todo el mundo se burle de ello. Pero tengo la
conviccin de que venderais vuestra propia persona aunque slo fuera
por tener el placer de hacerle sentir a alguien que ha hecho un mal
negocio.

--S--dijo Dunstan con mucha calma--, me estis haciendo justicia, a lo
que veo. Vos sabis que soy una perla cuando se trata de engatusar a las
gentes para realizar un negocio. Es por esta razn que os aconsejo que
me dejis a m el encargo de vender a _Relmpago_. Lo montar maana en
la cacera, reemplazndoos, con mucho gusto. No tendr tanta apostura
como vos en la silla, pero se admirar ms al caballo que al jinete.

--S, eso es... Confiaros mi caballo!

--Como gustis--dijo Dunstan ponindose a golpear otra vez el antepecho
de la ventana, con aire del todo indiferente--. Sois vos mismo quien
debe devolver el dinero a Fowler; eso no es cuenta ma. Vos recibisteis
ese dinero cuando fuisteis a Bramcote, y fuisteis vos mismo quien le
dijo al squire que no os haban pagado esa suma. Yo no tengo nada que
ver con eso; vos tuvisteis la bondad de darme ese dinero, dejad eso
quieto, a m me es indiferente. Yo slo trataba de serviros vendiendo el
caballo, saba que maana no es cmodo ir tan lejos.

Godfrey permaneci en silencio durante un rato. Quera arrojarse sobre
Dunstan, arrancarle el ltigo de la mano, darle de azotes hasta ponerlo
a dos dedos de la muerte, y ningn temor corporal lo hubiera detenido,
si otra suerte de miedo, alimentado por sentimientos que podan ms que
su ira, no hubieran dominado su voluntad. Cuando volvi a hablar fue en
tono casi conciliador.

--Bueno, no tenis en la cabeza ninguna locura respecto del caballo,
eh? Lo venderis bien lealmente y me entregaris el precio? De otro
modo, ya lo sabis, todo se lo llevar el diablo, porque no tengo otra
tabla de salvacin. Os agradar menos el desplomarme la casa encima,
sabiendo que tambin os apretar a vos.

--S, s, muy bien--dijo Dunstan, ponindose de pie--.Estaba cierto de
que acabarais por mostraros razonable. Yo soy hombre capaz de hacerle
tragar el anzuelo al viejo Bryce. Voy a conseguiros ciento veinte libras
esterlinas por vuestro caballo, tan fcilmente como conseguira un
penique.

--Pero quizs lluevan chispas como llovi ayer; en tal caso no podris
ir a la cacera--dijo Godfrey, sin darse cuenta de si deseaba o no que
surgiera ese impedimento.

--Llover!--exclam Dunstan--, nada de eso, siempre he tenido suerte con
el tiempo. Llovera, sin duda, si pensarais ir vos. Jams tenis
triunfos en vuestros juegos, bien lo sabis, porque yo los tengo todos.
Vos ponis la belleza y yo la muerte, de manera que tenis que guardarme
a vuestro lado como porte-bonheur. Bah! jams haris nada bueno sin
m.

--Que el diablo os confunda! Tened la lengua--dijo Godfrey
impetuosamente--. No vayis a emborracharos maana; de otro modo
podrais salir por las orejas al volver a casa y estropear a
_Relmpago_.

--Tranquilizad vuestro corazn sensible--dijo Dunstan--. Jams me habis
sorprendido bebiendo doble cuando tengo que hacer un trato; eso me
echara a perder la diversin. Por otra parte, cada vez que caigo, estoy
seguro de caer parado.

Dicho esto, Dunstan sali haciendo golpear la puerta.

Dej a Godfrey entregado a hacer amargas reflexiones sobre su situacin
personal, que se sucedan entonces de un da para el otro, cuando no
estaba excitado por el sport, la bebida, los naipes, o por el placer
ms raro, pero menos susceptible de ser olvidado, de ver a la seorita
Nancy Lammeter.

Los sufrimientos sutiles y variados, que nacen de la sensibilidad ms
delicada que acompaa a una cultura elevada, son quizs menos dignos de
lstima que esa hosca privacin de alegras y de consuelos
intelectuales, que obliga a los espritus ms groseros a permanecer
constantemente frente a frente con su pesar y su descontento.

La vida de aquellos rsticos antepasados, que nos sentimos inclinados a
considerar personajes prosaicos--de esos hombres cuya sola ocupacin era
cabalgar alrededor de sus propiedades, que se iban volviendo cada vez
ms pesados sobre sus monturas y pasaban el resto de sus das
satisfaciendo de un modo despreocupado sus sentidos embotados por la
monotona--, su vida, digo, tena, sin embargo, algo de pattica.

Las calamidades los heran a ellos tambin y sus primeros errores les
acarreaban duras consecuencias. Quizs un amor por una dulce joven,
imagen de pureza, de orden y de tranquilidad, haba abierto sus miradas
ante la visin de una existencia en que los das no hubieran parecido
demasiado largos, aun sin los excesos de la intemperancia. Pero la
doncella haba desaparecido y la visin se haba disipado. Entonces,
qu les restaba, sobre todo si se haban vuelto demasiado pesados para
la caza, a caballo, o para cargar un fusil a travs de los surcos? Nada,
si no es beber y alegrarse, o beber e irritarse, con tal de que no
fueran esclavos de la vanidad, y pudieran repetir largamente, con
caluroso nfasis, las cosas que ya haban contado muchas veces durante
el ao.

Seguramente que entre esos hombres, de tez rubicunda y mirada hosca
haba algunos que, gracias a su bondad natural, no se sentan siempre
impulsados a la brutalidad, an en medio de sus extravos. Esos, en la
poca en que sus mejillas estaban frescas, haban sentido la punta
acerada del pesar y del remordimiento. Haban sido heridos por las caas
en que se apoyaban, o bien, sin reflexionar, haban metido sus miembros
en cepos de los que nadie poda libertarles.

En esas tristes circunstancias, comunes a todos nosotros, era imposible
que el pensamiento de esos hombres no encontrara algn sitio de reposo,
fuera del crculo continuamente trillado de su historia insignificante.

Tal era, por lo menos, la condicin de Godfrey Cass, al cumplir los
veintisis aos. Un movimiento de remordimientos, secundado por esas
pequeas influencias indefinibles que todas las relaciones personales
ejercen sobre una naturaleza flexible, lo haba impulsado a contraer un
matrimonio secreto, que era un estigma en su existencia. Era una fea
historia de pasin vulgar, de ilusin y de desilusin, que no hay para
qu sacar de la celda secreta de los recuerdos amargos de Godfrey.

Este saba desde haca tiempo que le haba sido debida en parte a un
lazo que le tendi Dunstan, quien haba visto en aquel casamiento
degradante de su hermano el medio de satisfacer a su vez su odio celoso
y su codicia. Y si Godfrey hubiera podido considerarse simplemente como
una vctima, la irritacin que le causaba el freno de hierro que el
destino le haba puesto en la boca, le hubiera sido menos insoportable.

Si las maldiciones que pronunciaba a media voz, cuando estaba slo, no
hubiesen tenido otro objeto que la treta diablica de Dunstan, le
hubiera sido posible tener menos espanto a las consencuecias de su
confesin. Pero le restaba otra cosa que maldecir: su locura y sus
vicios personales, que ahora le parecan insensatos y tan inexplicables
como lo son casi todas nuestras locuras y nuestros vicios, cuando la
causa que los ha provocado ha desaparecido desde hace largo tiempo.

Durante cuatro aos haba pensado en Nancy Lammeter, y la haba buscado,
con un culto secreto y paciente, como a una mujer que lo haca soar
alegremente en el porvenir. Ella sera su esposa, y que su hogar fuera
encantador, ms encantador que el del squire en sus mejores das, y le
sera fcil, cuando ella estuviera siempre junto a l, hacer a un lado
aquellas estpidas costumbres que no eran placeres, sino slo una manera
febricitante de engaar la ociocidad.

Godfrey, cuyos gustos eran esencialmente domsticos, haba sido criado
en una casa cuyo hogar no tena sonrisas, y en la que los hbitos
cotidianos no eran rgidos por la presencia del orden interior. Su
carcter fcil le haba hecho adoptar sin resistencia el gnero de vida
de su familia, pero el deseo de algn afecto tierno y duradero, el deseo
ardiente de soportar alguna influencia que le facilitara la procura del
bienestar que prefera, hacan ante sus ojos que la limpieza, la pureza,
el buen orden y la liberalidad de la casa Lammeter--iluminada por la
sonrisa de Nancy--fuesen iguales a esas horas frescas y brillantes de la
maana, en que las tentaciones dormitan, y slo se oye la voz del ngel
bueno que invita al trabajo, a la sobriedad y a la paz.

Y, sin embargo, la esperanza de ese paraso no haba bastado para
salvarlo de los extravos que lo excluan siempre. En vez de apretar con
mano firme el slido cordn de seda, por medio del cual Nancy lo hubiera
llevado sano y salvo a las rientes riberas en que la marcha es fcil y
segura, se haba dejado llevar hacia atrs en medio del fango y del
lodo, y all, era intil debatirse. Se haba creado vnculos que le
vedaban todo mvil saludable de reaccin y que lo exasperaban sin cesar.

Sin embargo, haba una situacin peor an; la que le esperaba cuando el
vil secreto se descubriera; as es que el deseo que siempre triunfaba en
l de todos los dems, era alejar al desgraciado da en que tendra que
soportar las consecuencias del resentimiento violento de su padre por la
herida causada al orgullo de su familia, en la que tendra que renunciar
quizs a aquel bienestar y a aquella dignidad hereditaria que, al fin y
al cabo, era una razn para vivir, llevando consigo la incertidumbre de
que estaba proscripto para siempre de la vista y de la estima de Nancy
Lammeter.

Cuanto ms se prolongara el plazo, mayor era la probabilidad de verse
libre, por lo menos, de algunas de las consecuencias odiosas a que haba
librado su ser--ms ocasiones le quedaban de gozar el extrao placer de
ver a Nancy y de recoger las dbiles muestras de un resto de afecto por
l. Era impulsado hacia ese placer por accesos, y frecuentemente,
despus de haber pasado semanas enteras evitando a la joven; cuando la
vea a lo lejos como un ngel de alas brillantes--premio radioso cuya
vista lo excitaba a precipitarse hacia adelante--, senta ms que nunca
el peso de sus crueles cadenas.

Uno de esos accesos lo posea en aquel momento, y el ardor de su pasin
hubiera bastado para que confiara _Relmpago_ a Dunstan antes que
defraudar aquel deseo, si otra razn ms no hubiera para que tomara
parte en la cacera del da siguiente. Esa razn dependa de la
circunstancia de que la cita deba tener lugar cerca de Batterley, aldea
en que viva su desgraciada esposa, cuya imagen se le haca cada vez
ms odiosa. Para la imaginacin de Godfrey aquella mujer vagaba por
todos los alrededores. El yugo que un hombre se crea con sus malas
acciones, engendra el odio en las mayores naturalezas, y el alegre y
afectuoso Godfrey Cass se agriaba rpidamente. Crueles tentaciones lo
asediaban, pareciendo entrar y salir en su corazn como demonios que
haban encontrado en l alojamiento preparado.

Qu iba a hacer aquella tarde para pasar el tiempo? Al fin y al cabo,
por qu no ira a la taberna del _Arco Iris_ para ver qu se deca de
la ria de gallos? Todo el mundo iba all, y, en qu otra cosa poda
pasar el rato, bien que a l no le preocupara nada aquella diversin?
La pequea galga negra, que se haba parado frente a l y lo haba
mirado fijamente durante un buen rato, se impacient y salt a las
rodillas de su amo para recibir la caricia acostumbrada. Pero Godfrey la
rechaz sin mirarla y sali de la pieza. La perra lo sigui humildemente
y sin rencor, quiz porque no tena otra cosa en perspectiva.




IV


Dunstan Cass, al ponerse en marcha una maana fra y hmeda, al paso
tranquilo y mesurado de un cazador que tiene que ir a caballo al punto
de reunin de una cacera, tena que seguir el camino que, en su parte
terminal, pasaba por el terreno sin cercar llamado la Cantera, en que se
encontraba la casita--antes la cabaa de un picapedrero--que Silas
Marner habitaba haca quince aos.

El sitio pareca muy triste en aquella estacin, con la greda mojada y
barrosa que lo rodeaba y con el agua turbia y rojiza que haba alcanzado
un alto nivel en la cantera abandonada. Tal fue la primera impresin de
Dunstan al acercarse a aquel sitio. Record despus que el viejo tonto
del tejedor, el ruido de cuyo telar ya oa, tena mucho dinero oculto en
alguna parte. Cmo era posible que a l, Dunstan Cass, que haba odo
hablar muchas veces de la avaricia de Marner, no se le hubiese ocurrido
sugerirle a Godfrey que consiguiera del vejete, ya fuera asustndole, ya
fuera captndoselo hbilmente, que le prestara su dinero con la
excelente garanta de las esperanzas del squire? Este recurso se le
presentaba ahora como muy fcil y agradable de realizar. Pensaba que,
segn todas las probabilidades, el tesoro de Marner deba ser bastante
grande como para dejarle a Godfrey, despus que ste hubiera atendido a
las necesidades ms urgentes, un buen excedente que lo pondra en
condiciones de servir a su abnegado hermano. As es que tuvo tentaciones
de volver bridas hacia la casa. Godfrey estara bastante bien dispuesto
para aceptar la idea. Adoptara vidamente un plan que quiz le evitara
separarse de _Relmpago_. Pero cuando la reflexin de Dunstan lleg a
este punto, el deseo de proseguir la marcha se fortific y prevaleci.
No quera proporcionarle aquella satisfaccin a Godfrey; prefera que
maese Godfrey estuviera mortificado.

Adems, a Dunstan lo regocijaba la idea tan importante ante sus ojos de
tener que vender su caballo, y adems la ocasin de cerrar un trato, de
hacer el fanfarrn y probablemente de engaar a alguien. Poda gozar por
entero de todo el placer que resultara de la venta del caballo de su
hermano, sin privarse del gran placer de conseguir que Godfrey le
tomara dinero prestado a Marner. Sigui, pues, cabalgando hacia el
lugar de la cita.

Bryce y Keating estaban all, como Dunstan estaba seguro de ello; tena
tanta suerte!

--Hola--dijo Bryce, que desde haca tiempo codiciaba a _Relmpago_--,
vens montando el caballo de vuestro hermano; por qu ha sido eso?

--Nada, le he hecho un cambio--dijo Dunstan, cuyo placer en mentir, casi
independiente de la idea de utilidad, no iba a disminuir en mucho la
probabilidad de que su interlocutor lo creyera--. _Relmpago_ es ahora
mo.

--Cmo! Os lo ha cambiado contra vuestro viejo rocn de huesos
grandes?--dijo Bryce con la entera certidumbre de que obtendra en
respuesta otra mentira.

--No, tenamos que arreglar una pequea cuenta--respondi Dunstan con
indiferencia--, y _Relmpago_ ha saldado la diferencia. Le he hecho un
servicio a Godfrey tomndole el caballo. Lo hice contra mi gusto, porque
tena un capricho por una yegua de Jortin, animal de la sangre ms rara
que jams hayis montado. Pero ahora conservar a _Relmpago_, aunque el
otro da me ofreci por l ciento cincuenta libras un hombre all, en
Flitt; ese que compra para lord Cromleck, ese individuo que bizquea y
usa un chaleco verde. Pero no pienso deshacerme de _Relmpago_; no
encontrar fcilmente mejor animal para saltar cercos. La yegua de
Jortin tiene ms sangre, pero tiene las patas un poco menos fuertes.

Bryce, naturalmente, adivin que Dunstan quera vender el caballo, y
Dunstan se dio cuenta de que l lo adivinaba; el chalaneo slo es una de
las numerosas transacciones humanas conducidas de esta manera ingeniosa.
Ambos consideraban que el trato estaba en su primera faz, cuando Bryce
respondi con irona:

--Pues estoy sorprendido, y me sorprende que pensis conservar el
caballo, porque nunca he odo que un hombre se niegue a vender un animal
cuando le ofrecen la mitad ms de lo que vale. Tendris suerte si
consegus por l cien libras.

Entonces, habindose adelantado Keating, el trato se complic. Qued por
ltimo concertado, comprndolo Bryce por ciento veinte libras, pagaderas
a la entrega de _Relmpago_, sano y salvo, en las caballerizas pblicas
de Batterley.

A Dunsey se le ocurri que sera prudente que renunciase a la cacera,
se dirigiera inmediatamente a Batterley, y, despus de esperar el
regreso de Bryce, alquilar un caballo que lo llevara a su casa con el
dinero en el bolsillo.

Sin embargo, el deseo de hacer una partida de caza, estimulado por su
confianza y su buena estrella, as como por un trago de aguardiente
tomado a su frasco de bolsillo cuando cerraron el trato, no era fcil de
vencer, considerando, sobre todo, que montaba un animal que excitara la
admiracin de los cazadores al verle saltar los cercos.

Pero Dunstan salt uno de ms y empal su caballo en un poste. Su
persona inelegante y completamente invendible escap ilesa, mientras que
el pobre _Relmpago_, inconsciente de su calor, rod de costado y exhal
dolorosamente el ltimo suspiro.

Haba sucedido que, pocos minutos antes, Dunstan se haba visto obligado
a apearse para arreglar uno de los estribos. Lanz muchas imprecaciones
contra aquel retardo que lo relegaba a la cola de la cacera en el
momento del triunfo. Enceguecido por la desesperacin, salt
temerariamente los cercos, y estaba a punto de reunirse a la tralla
cuando ocurri el accidente fatal. De modo, pues, que se encontraba
entre los cazadores ardientes que iban adelante, que se preocupaban poco
de lo que suceda detrs de ellos y los retrasados, que lo mismo podan
pasar muy lejos y muy cerca del sitio en que haba cado _Relmpago_.

Dunstan, que se preocupaba siempre ms de las contrariedades del momento
presente que de sus consecuencias lejanas, no bien se vio de pie y
reconoci que _Relmpago_ estaba perdido, sinti cierto placer al pensar
que no haba sido visto en una situacin que ninguna fanfarronada
hubiera podido hacer envidiable.

Despus de haberse reconfortado de la sacudida con un poco de
aguardiente y muchos juramentos, se dirigi lo ms pronto posible a un
zarzal que estaba a su derecha. Se le ocurri que atravesando por all
encontrara medio de dirigirse a Batterley sin correr el riesgo de
encontrar a ninguno de los cazadores. Su primera intencin era alquilar
all un caballo que lo llevara inmediatamente a su casa; porque lo que
era hacer cierto nmero de millas a pie, sin un fusil en la mano, y a lo
largo de un camino pblico, no haba que esperarlo de su parte como de
la de ningn otro joven fogoso de su especie. Le era casi indiferente
llevar la noticia a Godfrey, puesto que al mismo tiempo le iba a ofrecer
el recurso de dinero de Marner, si Godfrey chillaba, como suceda
siempre que se le hablaba de contraer una nueva deuda, de lo que l slo
sacaba la menor parte; pues bien, no rezongara mucho rato. Dunstan
estaba seguro de que mortificando a Godfrey siempre le hara hacer lo
que quisiese. La idea del dinero se volva cada vez ms distinta en su
espritu, ahora que la necesidad se haba vuelto urgente. Pero la
perspectiva de tener que presentarse en Batterley con las botas
embarradas y de afrontar las preguntas burlonas de los mozos de cuadra,
contrariaba mucho su deseo impaciente de estar de regreso en Raveloe y
poner en ejecucin su feliz proyecto.

Al mismo tiempo, un registro que hizo en el bolsillo de su chaleco,
mientras iba reflexionando, le record que las dos o tres monedas
pequeas que encontr en su ndice, eran de un color demasiado plido
para pagar una pequea deuda, en defecto de cuyo pago, el caballerizo de
Batterley haba declarado que no hara ms negocios con Dunsey Cass. Al
fin y al cabo, considerando la direccin en que lo haba llevado la
cacera, no estaba mucho ms lejos de su casa que de Batterley. Sin
embargo, Dunsey no brillaba por su lucidez de espritu. No lleg a esa
conclusin sino al darse cuenta de que estaba obligado por otras razones
a tomar la resolucin sin precedente de volver a la casa a pie.

En ese momento eran cerca de las cuatro y empezaba a formarse la niebla;
cuanto antes saliera del camino sera tanto mejor. Record que lo haba
atravesado y que haba visto el poste indicador momentos antes que
_Relmpago_ se abatiera. Entonces, despus de abotonar su abrigo y atar
slidamente la zotera de su ltigo de caza al mango, golpe las vueltas
de sus botas con el aire de un hombre dueo de s mismo, como para
persuadirse de que estaba preparado para lo que iba a sucederle. Parti
en seguida, con la idea de que emprenda una notable proeza de actividad
fsica, que algn da no dejara de embellecer de un modo o de otro, en
medio de la admiracin de una sociedad selecta, en la taberna del _Arco
Iris_.

Cuando un joven seor como Dunsey se vea reducido a un medio de
locomocin tan excepcional como el de andar a pie, el ltigo llevado en
la mano es el paliativo deseable de un sentimiento demasiado
confuso--demasiado parecido a un sueo--que le hace experimentar su
situacin inusitada; y Dunstan, a medida que avanzaba a travs de la
niebla creciente, golpeaba siempre algo con su ltigo. Era el ltigo de
Godfrey. Le haba gustado tomarlo sin permiso, porque el mango tena
puo de oro. Naturalmente que no era posible notar, cuando Dunsey lo
llevaba en la mano, que el nombre de Godfrey Cass estaba grabado en el
puo: slo se vea que aquel ltigo era muy hermoso.

Dunsey no dejaba de temer que le ocurriese tropezar con algn conocido
ante los ojos del cual hara triste figura, porque la niebla no es un
velo bastante espeso cuando las personas se acercan. Pero, cuando al fin
se encontr en las calles de Raveloe que le eran bien conocidas, pens
que aquello era parte de su buena suerte habitual. Entretanto, la
niebla, ayudada por la obscuridad de la tarde, se haba vuelto un velo
ms espeso de lo que deseaba. Le ocultaba los baches en que sus pies
estaban expuestos a tropezar, le ocultaba todo, de modo que tuvo que
guiar sus pasos arrastrando el ltigo contra las hierbas que crecan al
pie de los cercos. Pensaba que pronto llegara al punto que daba acceso
a las canteras. Lo encontrara por medio de un portillo que haba en
aquella cerca. Pero fue debido a una circunstancia con la que no contaba
que se lo hizo descubrir; es decir, ciertos rayos de luz que
inmediatamente adivin que procedan de la choza de Silas Marner.
Durante el camino, aquella choza y el dinero que estaba oculto en ella
haban asediado continuamente su espritu, y haba imaginado distintas
maneras de halagar y seducir al tejedor, para que ste, seducido por el
cebo de los intereses, se separara sin demora del dinero que posea.

A Dunstan le pareca que no sera malo agregar algunas amenazas a las
proposiciones halagadoras, porque sus nociones de aritmtica no eran
bastante slidas como para darle una demostracin probatoria de los
provechos que daran los intereses. En cuanto a la garanta, la
consideraba vagamente como un medio de engaar a un hombre, hacindole
creer que va a ser reembolsado. En fin, la operacin que haba que
intentar sobre el espritu del avaro, era una tarea que Godfrey
confiara a su hermano, ms audaz y ms vivo que l. Dunstan estaba ya
decidido a este respecto, y en el momento en que vio brillar la luz a
travs de las rendijas de los postigos de Marner, la idea de tener una
conversacin con el tejedor se le haba vuelto tan familiar, que le
pareci lo ms natural abordarlo en seguida. Poda tener varias ventajas
el proceder as: entre otras, quizs el tejedor tuviera un farol de
mano, y Dunstan ya estaba cansado de buscar su camino a tientas.

Todava estaba a cerca de tres cuartos de milla de su casa y el suelo se
volva desagradablemente resbaladizo, porque la niebla se iba
convirtiendo en llovizna. Dobl, pues, hacia la casa, pero no sin cierto
temor de errar el buen camino, puesto que no saba exactamente si la luz
se vea al frente o en el costado de la choza. Sin embargo, ayudndose
con el mango de su ltigo para explorar el terreno, lleg al fin sano y
salvo a la puerta de la casa. Golpe con fuerza, sugirindole cierto
placer la idea del susto que le dara al vejete aquel estrpito
inesperado. Ninguna voz ni movimiento se dej or como respuesta: todo
era silencio en la choza. Se haba ido a acostar el tejedor? Para qu
habra dejado la luz encendida entonces? Extrao olvido de un avaro!
Dunstan volvi a golpear con ms fuerza, y luego, sin esperar que le
respondieran pas los dedos por el agujero de la puerta con la intencin
de sacudirla y, al mismo tiempo correr el pestillo por medio del cordel
y volverlo a dejar cerrar, no dudando de que la puerta deba estar
atrancada.

Con gran sorpresa vio que aquel doble movimiento la hizo abrir, y se
encontr frente a un fuego vivo que iluminaba todos los rincones de la
choza--el lecho, el telar, las tres sillas y la mesa--, y le permita
ver que Silas no estaba all.

Nada poda ser ms atrayente para Dunstan en aquel momento que el fuego
brillante sobre el fogn de ladrillos. Entr inmediatamente y se sent.
Delante del fuego tambin haba algo que, si la coccin hubiera estado
algo ms adelantada, no hubiera carecido de inters para un hombre cuyo
estmago estaba vaco. Era un pedazo de carne de cerdo suspendido del
gancho de la chimenea por medio de un cordel pasado por el anillo de una
gran llave de puerta, segn un mtodo conocido por los viejos dueos de
casa en que no hay asador. Desgraciadamente el asado haba sido colocado
en la extremidad del gancho, como para impedir que se fuera a quemar
durante la ausencia del dueo. De modo que este viejo tonto de ojos
saltones se permite cenar carne?--pens Dunstan--. Siempre se haba
dicho que viva de pan duro, para ponerle freno a su apetito. Pero,
dnde poda estar a aquella hora, con semejante tiempo y para qu haba
salido dejando su cena a medio cocer y sin trancar la puerta? La
dificultad con que el propio Dunstan acababa de encontrar su camino, le
sugiri la idea de que el tejedor haba salido quizs para buscar
combustible, o para cualquier otro menester anlogo y de corta
duracin, y que se haba resbalado dentro de la cantera. Esa era una
idea que interesaba a Dunstan y que implicaba consecuencias
completamente nuevas. Si el tejedor haba muerto, quin tena derecho a
su dinero?, quin saba que alguien haba entrado a tomarlo? No se
detuvo ms tiempo en las sutilezas de las pruebas; la cuestin urgente,
dnde est el dinero? se apoder de tal modo de su espritu que le hizo
olvidar por completo que la muerte de Marner no era una certidumbre. Un
espritu pesado, cuando llega a una conclusin que lo halaga, no
conserva la conciencia de que la idea de qu ha sacado aquella
conclusin era puramente problemtica. Y el espritu de Dunstan era tan
pesado como lo es generalmente el de un futuro criminal. Slo conoca
tres escondites, en que hubiera odo decir que los campesinos escondan
sus tesoros: el techo de paja, la cama y un agujero hecho en el suelo.
La choza de Marner no estaba techada con paja. Lo primero que hizo
Dunstan, despus de una sucesin de pensamientos acelerados por el
aguijn de la codicia, fue dirigirse al lecho, pero a la vez que
caminaba sus miradas recorrieron vidamente el suelo, cuyos ladrillos,
iluminados por el fuego, se vean a travs de la arena esparcida encima
de ellos. Sin embargo, no eran visibles en todas partes. Haba un sitio,
en efecto, uno slo que estaba por completo recubierto. Se distinguan
las huellas de los dedos, que, aparentemente, se haban cuidado de
cubrir de arena aquel espacio determinado. Ese sitio quedaba junto a los
pedales del telar. Dunstan corri hacia aquel sitio y escarb la arena
con el mango de su ltigo. Al introducir la punta del collado entre los
ladrillos, vio que stos estaban sueltos. Se apresur a quitar uno, y
vio que all estaba sin duda lo que buscaba, porque, qu poda haber
sino dinero en aquellas dos bolsas de cuero? Y a juzgar por su peso
deban de estar llenas de guineas.

Dunstan registr bien en el agujero para convencerse de que no contena
nada ms, y luego, volviendo a colocar en su sitio los ladrillos, los
recubri de arena. No haca ni cinco minutos que haba entrado a la
choza, pero aquel espacio de tiempo le pareci muy largo, y bien que no
saba que Silas poda estar vivo y volver de un momento a otro, se
sinti presa de un temor indefinible al ponerse de pie con los sacos en
las manos. Se apresur a salir, a guarecerse en la obscuridad y pensar
en seguida qu hara con las bolsas. Cerr inmediatamente tras de l la
puerta, para interceptar la salida de la luz: algunos pasos iban a
bastar para llevarlo ms all del peligro de ser traicionado por los
rayos que se filtraban a travs de las rendijas de los postigos y el
agujero de la alcoba. La lluvia y la obscuridad se haban vuelto ms
intensas; se regocij de esto, bien que fuera incmodo caminar con las
dos manos tan llenas, porque era a lo sumo si poda llevar el ltigo con
uno de los sacos. Pero as que hubiera dado dos pasos podra proceder
con toda calma. Se adelant, pues, resueltamente, en la obscuridad.




V


Cuando Dunstan Cass le volva la espalda a la choza, Silas Marner no
estaba ni a cien pasos de all. Volva penosamente de la aldea. Una
bolsa cargada al hombro le serva de sobretodo, y llevaba una linterna
de cuerno en la mano. Sus piernas estaban cansadas, pero su espritu,
que no presenta ningn cambio, se senta gil. El sentimiento de la
seguridad procede ms frecuentemente del hbito que de la conviccin;
por eso es que subsiste a menudo, cuando las condiciones se han
modificado de tal modo, que ms bien debieran dar lugar a esperar que se
volvieran una causa de alarma. El lapso de tiempo durante el cual cierto
acontecimiento no se ha producido, es, segn la lgica del hbito,
constantemente opuesto como la razn por la cual ese acontecimiento no
debe ocurrir nunca, aun mismo cuando ese lapso de tiempo es la condicin
nueva que lo hace inminente. Ese hombre os alega que ha trabajado
cuarenta aos en el interior de una mina, sin ser herido en un solo
accidente, como el motivo por el que no debe temer ningn peligro, bien
que el techo de la mina comience a ceder; y se observa a menudo que
cuanto ms vive un hombre, ms difcil le es conservar una firme
creencia en la idea de su muerte.

La influencia del hbito tena que ser necesariamente poderosa en un
hombre cuya vida era tan montona como la de Marner. No viendo a nuevas
gentes, y no oyendo hablar de ningn acontecimiento, no haba nada que
mantuviera despierto en l la idea de lo inesperado y del cambio. Eso
explica tambin de una manera bastante sencilla por qu su espritu
poda estar tranquilo, aunque hubiera dejado su casa y su tesoro ms
expuestos que de costumbre.

Silas pensaba en su cena con doble satisfaccin: en primer lugar sera
caliente y sabrosa; en segundo lugar, no le costaba nada. En efecto, el
pequeo trozo de cerdo era un regalo de la excelente duea de casa, la
seorita Priscila Lammeter, a quien haba ido a llevar aquella tarde una
linda pieza de hilo, y era slo en tales circunstancias que Marner se
permita comer carne asada. La cena era su comida favorita, porque
coincida con la hora deliciosa para l en que le alegraba su
contemplado tesoro.

Toda vez que llegaba a tener carne que asar, la reservaba para la
comida. Pero esa tarde, apenas hubo terminado la operacin consistente
en anudar fuertemente una cuerda alrededor del trozo de puerco, arrollar
a aqulla, segn las reglas, en la llave de la puerta, pasarla a travs
del anillo y atarla al gancho de la chimenea, cuando se acord de que le
era indispensable un ovillo de cordon muy fino para comenzar una pieza
en el telar, al da siguiente muy temprano. Se haba olvidado de eso
porque al volver de casa del seor Lammeter no haba tenido que
atravesar la aldea; en cuanto a salir a hacer compras por la maana no
haba que pensar. La niebla estaba muy fea para salir; pero haba cosas
que Silas prefera a sus comodidades. Subi, pues, el trozo de puerco a
la extremidad del gancho, y luego, armndose de una linterna y de una
bolsa vieja, se march a hacer aquella compra olvidada, que, con buen
tiempo, slo le hubiera tomado un cuarto de hora. No hubiera podido
cerrar la puerta sin desatar la cuerda bien anudada y retrasar de ese
modo la cena; no haba para qu hacer ese sacrificio. Qu ladrn
tomara el camino de las canteras con semejante noche, y por qu haba
de hacerlo precisamente esa noche, cuando no le haba sucedido eso nunca
en los quince aos precedentes? Estas preguntas no se presentaban
claramente al espritu de Marner. Slo sirven para indicar que vagamente
se daba cuenta de las razones que tena para estar exento de inquietud.

Muy contento con haber hecho la diligencia de la compra, lleg a su
puerta y la abri. Para sus ojos miopes todo estaba en el estado en que
lo haba dejado, a no ser que el fuego despeda una mayor y bien venida
cantidad de calor. Caminaba hacia una parte y otra del suelo, a la vez
que se iba desprendiendo de la linterna, del sombrero y de la bolsa
vieja; as es que sus zapatos herrados borraron las huellas que los pies
de Dunstan haban dejado en la arena. En seguida baj el trozo de cerdo
cerca del fuego, y se sent para proceder a la ocupacin agradable de
cuidar el asado y a la vez calentarse. Cualquiera que lo hubiese
observado mientras que la luz rojiza brillaba en su rostro plido, en
sus ojos extraos y dilatados y sobre su cuerpo flaco, hubiera quiz
comprendido la mezcla de piedad desdeosa, de temor y de sospecha con
que era mirado por sus vecinos de Raveloe. Sin embargo, pocos hombres
poda haber ms inofensivos que el padre Marner. En su alma ingenua y
sincera, ni aun la avaricia creciente y el culto de oro eran capaces de
engendrar un solo vicio capaz de perjudicar directamente a nadie.
Habindose apagado la luz de su fe, y habiendo agotado sus afectos, se
haba apegado con todas las fuerzas de su naturaleza a su trabajo y a su
dinero; y, como todos los objetos a que el hombre se consagra, esas
cosas lo haban plasmado para adaptarlo a ellas. Su telar, en el que
trabajaba sin reposo, haba reaccionado sobre l, fortificando a su
corazn el deseo de or la repuesta de su ruido montono. Y su tesoro,
mientras estaba inclinado sobre l y lo vea crecer, conjurara en su
alma la facultad de amar, la endureca y la aislaba como las monedas de
metal que lo componan.

As que sinti calor, se puso a pensar que sera muy largo esperar el
fin de la comida para sacar sus guineas, y que le agradara verlas en la
mesa mientras que se diera aquel regalo inslito; porque la alegra es
el mejor de los vinos, y las guineas de Marner eran un vino de esa
especie.

Se levant y coloc la vela en el suelo, cerca del telar, no sospechando
nada; despus quit la arena sin advertir ningn cambio, y sac los
ladrillos.

La vista del agujero vaco hizo latir su corazn con violencia; pero la
conviccin de que su oro ya no estaba all, no la tuvo de inmediato;
slo sinti terror. Pas la mano trmula por el escondite, tratando de
imaginarse que era posible que sus ojos lo hubiesen engaado; despus
meti la vela en el agujero e hizo una inspeccin minuciosa, temblando
cada vez ms. Por fin su agitacin fue tan violenta que dej caer la
vela y se llev las manos a la cabeza, tratando de sostenerla, con el
fin de poder pensar. Acaso, por una determinacin brusca, haba puesto
su tesoro en otra parte la noche precedente y, despus lo haba
olvidado?

El hombre que cae en aguas tenebrosas, trata momentneamente de hacer
pie hasta sobre las piedras resbaladizas, y Silas, procediendo como si
creyera en falsas esperanzas, aplazaba el momento de la desaparicin.
Busc por todos los rincones, deshizo su cama, la sacudi y la palp
toda, despus mir en el horno de ladrillo donde pona a secar la lea.
Cuando no qued ningn otro sitio que visitar, se arrodill de nuevo y
registr otra vez el agujero. No le quedaba ya ningn refugio
inexplorado que lo protegiera un momento ms contra la terrible verdad.

S, le quedaba una especie de refugio que se presenta siempre cuando el
pensamiento sucumbe bajo una pasin que lo abisma: era esa espera de las
imposibilidades, esa creencia en las imgenes contradictorias que es,
sin embargo, distinta de la locura, porque la realidad del hecho
exterior puede hacerla desaparecer. Silas se irgui trmulo sobre las
rodillas y mir alrededor de la mesa; no estara all su oro, al fin y
al cabo? La mesa estaba vaca. Entonces mir atrs suyo, recorri con la
vista toda la pieza, pareciendo dilatar sus pupilas negras para ver si,
por casualidad, las bolsas, no aparecan en los sitios en que las haba
buscado en vano. Poda distinguir todos los objetos de su choza, pero su
oro no estaba all.

Se llev de nuevo las manos trmulas a la cabeza y lanz un grito
salvaje y estrepitoso, el grito de la desesperacin. Despus, durante
algunos momentos, permaneci inmvil; pero aquel grito lo haba librado
de la primera opresin de la verdad, opresin que lo sofocaba, se
volvi, adelant vacilante hasta su telar y se sent en el banco en que
trabajaba habitualmente, buscando instintivamente aquel sitio, porque
era para l la ms grande certidumbre de la realidad.

Ahora que todas aquellas falsas esperanzas se haban desvanecido, y que
la primera certidumbre haba pasado, la idea de un ladrn comenz a
presentarse a su espritu. La acogi rpidamente, puesto que era posible
atrapar al ladrn y hacerle devolver el dinero. Aquel pensamiento le dio
nuevas fuerzas. Se precipit de su telar a la puerta. Al abrirla lo
azot una lluvia violenta, porque estaba lloviendo con fuerza cada vez
mayor. No haba que pensar en seguir la huella de los pasos con
semejante noche. Huellas de pasos! Pero, cundo haba estado all el
ladrn? Durante la ausencia de Silas, en el da, la puerta haba
permanecido cerrada con llave, y, cuando volvi antes de la noche, no
haba seales de fraccin. Tambin todo estaba como lo haba dejado
cuando regres de comprar el cordon. La arena y los ladrillos no
parecan haber sido movidos. Era realmente un ladrn el que haba
sacado los talegos? o era una potencia cruel, que ninguna mano podra
alcanzar, que se haba deleitado en sumirle por segunda vez en la
desesperacin? Retrocedi ante este terror ms vago, e hizo un violento
esfuerzo para confirmarse en la idea de que era un ladrn con manos, y
que las manos pueden agarrar.

En un relmpago, el pensamiento de Marner recorri a todos los vecinos
que le haban hecho observaciones o preguntas que pudieran ser ahora
interpretadas como motivos de sospecha.

All estaba Jacobo Rodney, cazador furtivo bien conocido, y que no
gozaba de buena reputacin, bajo otros respectos; se haba encontrado a
menudo con Marner, cuando ste tena que hacer algunas diligencias
atravesando campos y le haba hecho algunas bromas respecto del dinero.

Adems, haba irritado a Marner un da, que habiendo entrado a su choza
para encender la pipa, se haba demorado cerca del fuego, en vez de ir a
sus tareas. Jacobo Rodney era el ladrn; aquella idea le daba algn
alivio. Se poda encontrar a Jacobo y hacerle devolver el dinero. Marner
no quera castigarle, pero s slo recuperar el oro que se haba llevado
consigo, dejando su alma en un aislamiento parecido al del viajero
extraviado en un desierto desconocido. Haba que poner la mano sobre el
ladrn. Las ideas de Marner eran confusas; sin embargo, comprenda que
deba ir a denunciar el robo, y los grandes personajes de la aldea--el
pastor, el condestable y el squire Cass--le haran devolver a Jacobo
Rodney o a cualquiera otra persona el dinero robado.

Estimulado por la esperanza sali afuera, olvidando de cubrirse la
cabeza y sin preocuparse de cerrar la puerta, pues le pareca que ya no
tena nada que perder. Corri rpidamente hasta que la falta de
respiracin lo oblig a acortar el paso al entrar en la aldea, en la
vuelta del camino, cerca de la taberna del _Arco Iris_.

El _Arco Iris_, para los ojos de Marner, era un sitio suntuoso de
reunin para los maridos opulentos y corpulentos, cuyas esposas tenan
superfluas provisiones de lencera. Era el sitio en que tena que
encontrar probablemente a las autoridades y a los dignatarios de
Raveloe; donde podra anunciar con mayor rapidez el robo de que haba
sido objeto.

Lleg a la puerta, abri el pestillo y entr a la derecha en una
taberna, especie de cocina brillantemente iluminada, en que los clientes
menos considerados de la casa tenan la costumbre de reunirse. La pieza
particular de la izquierda estaba reservada a la sociedad escogida, y
all el squire Cass gozaba con frecuencia el doble placer de la buena
compaa y de la condescendencia. Pero aquella pieza estaba a obscuras
porque los principales personajes que constituan el ornamento del
crculo asistan todos--como Godfrey Cass--al baile dado por la seora
Osgood.

De ah resultaba que el grupo sentado en los bancos de alto respaldar de
la taberna era ms numeroso que de costumbre. Varios notables que, a no
ser aquella circunstancia, hubiesen sido admitidos a los honores del
gabinete particular y hubieran proporcionado la mejor ocasin a los que
eran de un rango ms elevado de echrselas de seores y tomar aires
protectores, se contentaban con variar de placer tomando grogs, all
donde ellos mismos podan darse importancia y mostrarse afables, en la
sociedad de simples bebedores de cerveza.




VI


La conversacin, que era en extremo animada cuando Silas lleg al _Arco
Iris_, haba sido como de costumbre lnguida e intermitente al empezar a
formarse la reunin.

Los clientes habituales haban comenzado por ponerse a fumar sus pipas
en un silencio rayano en la gravedad. Los ms importantes de ellos, los
que beban alcoholes y estaban sentados ms cerca del fuego, se miraban
los unos a los otros, como si hubieran apostado al que primero cerrara
los ojos.

En cuanto a los bebedores de cerveza, gentes vestidas en su mayor parte
con sacos de fustn o blancos, permanecan con los prpado cerrados y se
pasaban la mano por la boca. Se hubiera dicho que absorber sus tragos de
cerveza constitua para ellos un deber fnebre, que desempeaban con
afligente tristeza.

Por fin, el seor Snell, el tabernero, hombre dispuesto a ser neutral y
acostumbrado a permanecer alejado de las desinteligencias humanas, como
inherentes a seres que tenan todos a igual ttulo necesidad de beber,
rompi el silencio dicindole con tono indeciso a su primo el carnicero:

--Hay gentes que diran que es un lindo animal el que trajisteis ayer,
Bob?

El carnicero, hombre alegre, sonriente, de cabellos rojos, no era capaz
de responder inconsiderablemente. Lanz algunas bocanadas antes de
escupir y dijo:

--No se engaaran en mucho, Juan.

Despus de esta dbil e ilusoria tentativa de romper el hielo, el
silencio volvi a ser tan riguroso como antes.

--Era una vaca colorada de Durham?--dijo el herrador, reanudando el
hilo del discurso despus de varios minutos.

El herrador mir al tabernero y el tabernero mir al carnicero, como que
era la persona que deba asumir la responsabilidad de la respuesta.

--Era colorada--dijo el carnicero, con una voz de falsete alegre, pero
ronca--y era sin duda una vaca de Durham?

--Entonces no tenis para qu decirme a m a quin la habis
comprado--dijo el herrador mirando a su rededor con cierto aire de
triunfo--, conozco a las personas que tienen vacas coloradas de Durham
en las inmediaciones. Apostara dos peniques que tena una estrella
blanca en la frente?

El herrador se inclin hacia adelante, con las manos en las rodillas, al
hacer aquella pregunta, y sus ojos parpadearon con viveza.

--Pues bien, s, es posible--dijo el carnicero con lentitud,
considerando que haca resueltamente una respuesta afirmativa--. No digo
lo contrario.

--Estaba seguro--dijo el herrador con tono provocativo, echndose para
atrs--, si yo no conociera las vacas del seor Lammeter, quisiera saber
quin las conocera, nada ms. Y en cuanto a la vaca que habis
comprado, barata o no, yo estaba all cuando la purgaron; que me
contradiga el que quiera.

El herrador tena un aire amenazador, y el calor apacible que el
carnicero pona en la conversacin, se anim un poco.

--Yo no soy hombre que contradiga a nadie, estoy por la paz y la
tranquilidad. Hay personas que prefieren cortar las costillas largas.
Por mi parte, soy de los que las cortan cortas; pero yo no me disputo
con esas personas. Todo lo que digo es que es un lindo animal, y slo al
verlo a cualquier persona razonable se le llenan los ojos de lgrimas.

--Pues es la vaca que yo purgu, sea como sea--prosigui el herrador
colrico--, y era la del seor Lammeter; si no es as, habis mentido al
decir que era una vaca colorada de Durham.

--No miento--dijo el carnicero con la misma voz apacible y ronca de
antes--, y no contradigo a nadie. Ni aunque un hombre se pusiera azul de
clera, no lo contradecira; no le compro carne; no hago negocios con
l. Todo lo que digo es que es un lindo animal, y mantengo mi palabra;
pero no quiero pelear con nadie.

--No, realmente--dijo el herrador con amargo sarcasmo, echando una
mirada general sobre los circunstantes--, y puede que no seis testarudo
como una mula, y puede que no hayis dicho que la vaca no era una Durham
colorada, y puede que no hayis dicho que tena una estrella blanca en
la frente! Sostened ahora eso, ya que estis bien dispuesto.

--Vamos! vamos!--dijo el tabernero--, dejad a esa vaca tranquila. Los
dos tenis razn y los dos estis equivocados, esto es lo que sostengo
siempre. Y en cuanto a que la vaca fuera del seor Lammeter, no digo
nada; pero lo que sostengo, y que es preciso se recuerde, es que el
_Arco Iris_ es el _Arco Iris_. Y para volver al asunto, si la
conversacin ha de referirse a los Lammeter, vos, seor Macey, sois el
que mejor conocis ese captulo, no es cierto? Recordis la poca en
que el seor Lammeter vino a este paraje y arrend las Gazaperas?

El seor Macey era sastre y chantre de la parroquia. Sus reumatismos lo
haban obligado haca poco a compartir esta ltima funcin con un joven
de facciones delicadas que estaba sentado frente a l. Inclinando su
cabeza blanca hacia un costado y haciendo girar sus pulgares con un aire
de satisfaccin ligeramente acentuada con una pizca de crtica, sonri
con compasin en respuesta a la interpelacin del tabernero y dijo:

--S, s; es cierto, es cierto; pero dejo hablar a los dems. Ahora
estoy retirado de los negocios y he cedido el puesto a los jvenes.
Dirigid vuestras preguntas a los que han ido a la escuela de Tarley: han
aprendido la buena pronunciacin: eso se ha puesto de moda hace poco
tiempo.

--Si es a m a quien aluds, seor Macey--dijo el chantre suplente con
expresin de meticulosa urbanidad--, responder que no soy hombre que
hable cuando no debo. Como dice el salmo:

    Yo s lo que es justo; eso no basta,
    Practico tambin lo que s.

--Pues bien, entonces, me gustara que no os salierais del tono cuando
se os lo apunta. Si sois de los que practican, me gustara veros
practicar eso--dijo un hombre gordo y jovial, excelente carretonero de
oficio toda la semana, pero director del coro de la iglesia los
domingos.

Al mismo tiempo que hablaba hizo seas con los ojos a dos personas de la
reunin, que eran conocidos oficialmente con los nombres de trombn y
clarinete, con la seguridad de que expresaban la opinin del cuerpo
musical de Raveloe.

El seor Tookey, el chantre suplente, que comparta la impopularidad
comn a los suplentes, se enrojeci mucho, pero repiti con moderacin
discreta:

--Seor Winthrop, si queris decirme que lo hago mal, no soy hombre
capaz de decir que no cambiar. Pero hay personas que creen tener orejas
infalibles, y que esperan que el coro entero tome a sus personas por
modelo. Me parece que puede haber dos opiniones.

--S, s--dijo el seor Macey, muy contento con aquel ataque a la
juventud presuntuosa--, estis en lo cierto, Tookey; siempre hay dos
opiniones: hay la opinin que un hombre tiene de s mismo y la opinin
que los dems tienen de l. Habra dos opiniones sobre una campana
rajada si sta pudiera orse a s misma.

--Pero, seor Macey--dijo el pobre Tookey, que haba permanecido serio
en medio de la hilaridad general--, yo me he comprometido a llenar en
parte las funciones del chantre de la parroquia a pedido del seor
Crackenthorp, toda vez que vuestras molestias os incapaciten, y uno de
los privilegios de esas funciones es cantar en el coro; y, si no, por
qu no hicisteis vos otro tanto?

--Ah! pero el seor Macey y vos son dos cosas muy distintas--dijo Ben
Winthrop--. El seor tiene un don natural. Mirad, el squire tena la
costumbre de invitarlo a tomar una copa solamente para orle cantar el
Corsario rojo; no es cierto, seor Macey? Es un don natural. Si su
amiguito Aarn tiene tambin un don natural, puede cantaros un aire
cualquiera sin vacilar, como una alondra. Pero en cuanto a vos, maese
Tookey, harais bien en limitaros a vuestro amn. Vuestra voz no es mala
cuando la guardis en la nariz. Es vuestro interior el que est mal
dispuesto para la msica: no vale ms que el hueco de un zueco.

Esta especie de franqueza inflexible era la forma de broma ms picante
ante los ojos de la sociedad del _Arco Iris_, y el insulto de Ben
Winthrop fue considerado por todos como superior al epigrama del seor
Macey.

--Ya veo claramente de qu se trata--dijo el seor Tookey, incapaz de
permanecer tranquilo durante ms tiempo--. Hay una conspiracin para
echarme del coro, a fin de que no perciba mi parte del dinero de
Navidad. Eso es. Pero le hablar al seor Crackenthorp; no permitir que
nadie se burle de m.

--No, no, Tookey--dijo Ben Winthrop--. Os daremos vuestra parte para que
os retiris, eso es lo que haremos. Hay otras cosas que la mugre, que la
gente pagara de buena gana para verse libre de ellas.

--Vamos! vamos!--dijo el tabernero, que comprenda que pagar a la
gente por su ausencia era un principio social peligroso--; una broma es
una broma. Todos los que estamos aqu somos buenos amigos, me parece.
Debemos dar para recibir. Los dos tenis razn y los dos estis
equivocados; eso es lo que sostengo siempre. Yo opino como el seor
Macey que hay dos opiniones, y si me pidieran la ma, yo dira que l y
Winthrop los dos tienen razn. Tookey tiene razn y Winthrop tambin; no
tienen ms que cortar la pera en dos para estar de acuerdo.

El herrador fumaba su pipa con aire bastante hosco, con un cierto desdn
por aquella discusin trivial. El tampoco tena odo para la msica, y
no iba nunca a la iglesia porque perteneca al cuerpo mdico, y poda
ser requerido para las vacas en estado delicado. Pero el carnicero, que
era msico en el alma, haba escuchado la discusin haciendo a la vez
votos por la derrota de Tookey y la conservacin de la paz.

--Seguramente--dijo, entrando en las vistas conciliadoras del
tabernero--que queremos a nuestro viejo chantre. Cantaba antes muy bien
y tiene un hermano que goza fama de ser el mejor menestral de los
alrededores. Ah! es muy sensible que Salomn no viva en nuestro pueblo,
y que no pueda tocar alguna pieza cuando lo deseamos, no es cierto,
seor Macey? Le dara hgado y bofes de ternera gratis, palabra de
honor.

--S, s--dijo el seor Macey, en el colmo de la satisfaccin--. En
nuestra familia tenemos fama de msicos desde la poca ms remota. Pero
estas cosas se van, como yo le digo a Salomn todas las veces que
aparece por aqu; ya no hay voces como antao, y nadie se acuerda de lo
que nosotros nos acordamos, excepto de los viejos cuervos.

--S, os acordis del tiempo en que el padre del seor Lammeter vino a
establecerse aqu, verdad, seor Macey?--dijo el tabernero.

--Ya lo creo--repuso el viejo chantre, que ahora haba pasado por la
serie de halagos necesarios para llevarle a comenzar su narracin--. Era
un lindo viejo, tan guapo, o quizs ms, que el seor Lammeter existente
actualmente. Vena de un punto cercano, del lado del norte, segn pude
saber. Pero nadie conoce nada positivo acerca de esa regin; pero su
pueblo no deba estar muy al norte, y no deba sin duda ser muy distinto
de ste, porque el seor Lammeter trajo consigo una linda raza de
carneros, de modo que en aquella regin haba ciertamente apriscos y
todo lo que es razonable encontrar. Hemos odo decir que haba vendido
sus propias tierras para venir a arrendar las Gazaperas. Eso pareca
raro por parte de un hombre que tena propiedades suyas, que viniese a
alquilar una granja en un pas que no conoca. Pero se dijo que era a
causa de la muerte de su mujer, bien que haya en las cosas razones que
nadie conoce. Eso es ms o menos lo que pude saber. Pero hay personas
tan instruidas que encontraran en el acto cincuenta motivos
imaginarios. Mientras tanto, la verdadera razn est ah rompindoles
los ojos, y, sin embargo, no la ven. En fin, pronto nos dimos cuenta de
que haba un nuevo vecino que estaba al cabo de las cosas, tena una
casa bien puesta y era muy estimado de todos. Y el joven--es decir, el
seor Lammeter, existente actualmente, y que nunca tuvo hermana--se puso
en seguida a festejar a la seorita Osgood, es decir, la hermana del
seor Osgood actualmente existente. Era una joven tan bonita como no
podrais formaros idea. Pretenden que su joven hija se le parece; pero
de ese modo piensan las personas que no saben las cosas que pasaron
antes de que ellos nacieran. En cuanto a m, debo saberlo bien, porque
ayud al viejo pastor seor Drumlow.

Dicho esto, el seor Macey hizo una pausa. Despachaba su relato por
entregas, haciendo pausas para ser interrogado, segn la costumbre.

--S, y ocurri una cosa particular. No es cierto? De modo que vos,
seor Macey, es probable que os acordis de ese matrimonio--dijo el
tabernero en tono halagador.

--Ya lo creo, como que fue una cosa muy particular--respondi el seor
Macey inclinando la cabeza hacia un costado--. El seor Drumlow... yo lo
quera mucho al pobre viejo seor, a pesar de que tena la cabeza algo
confusa, tanto a causa de su edad como a que tomaba un trago de algo
caliente cuando el oficio de la maana tena lugar haciendo tiempo
fro... y el joven seor Lammeter quiso a todo trance casarse en enero,
mes que es, sin duda, poco razonable escoger, porque el casamiento no es
como un bautismo o un entierro que no se puede aplazar. Ahora bien,
cuando el seor Drumlow... el pobre viejo seor, yo lo quera... cuando
el viejo seor Drumlow lleg a las preguntas, las hizo en sentido
contrario, por as decirlo. Dijo: Queris tomar a este hombre por
vuestra mujer legtima? En seguida pregunt: Queris tomar esta mujer
por vuestro legtimo marido? Pero, lo mejor del caso, es que slo yo me
di cuenta de aquello, y que los novios contestaron en seguida s como
si yo mismo hubiera dicho amn cuando deba, sin haber escuchado lo que
preceda.

--Pero vos sabais bien lo que estaba pasando, verdad, seor Macey?
Vos no hacais odos sordos, no es cierto?--dijo el carnicero.

--Dios mo!--prosigui el seor Macey, haciendo una pausa y sonriendo
al ver la pobre imaginacin de su auditorio--; yo estaba tembloroso; yo
estaba, por as decirlo, como una levita tirada por los dos faldones,
porque no poda detener al pastor, no poda echarme encima esa
responsabilidad. Sin embargo, pensaba, y si no estuvieran bien casados,
porque las palabras han sido dichas al revs? Despus mi cabeza se puso
a trabajar como un molino, porque siempre ha sido extraordinaria para
volver y revolver las cosas, y encaminarlas por todos sus costados. En
seguida me dije: No ser ms bien el espritu que las palabras lo que
hace el matrimonio indisoluble? En efecto, el pastor proceda de buena
fe, y el novio y la novia tambin. Y entonces, cuando me puse a
reflexionar, vi que el espritu significaba bien poca cosa en la mayor
parte de los hechos, puesto que vos queris poder pegar varios objetos
juntos y la cola ser mala, y en ese caso, qu resulta? Entonces llegu
a esta conclusin: No es el espritu lo que vale, es la cola. Y me
senta tan atormentado como si tuviera tres campanas echadas a vuelo en
mi cabeza cuando pasamos a la sacrista, y se comenz a firmar. Pero
para qu sirven tantas palabras? Vosotros no podis imaginaros lo que
pasa en el espritu de un hombre inteligente.

--Sin embargo, os contuvisteis a pesar de todo?, seor Macey, no es
cierto?--dijo el tabernero.

--S, me contuve por completo, hasta que me encontr solo con el seor
Drumlow. Entonces se lo dije todo, respetuosamente, sin embargo, como
siempre. El pastor tom la cosa ligeramente, y dijo: Bah! bah! Macey,
tranquilizaos; no es el espritu ni la letra lo que vale: es el registro
del casamiento lo que resuelve el caso; sa es la cola. De modo que ya
veis que resolvi el caso fcilmente. Los pastores y los doctores lo
saben todo, por decirlo as, de memoria, y no los mortifica la
preocupacin de distinguir los lados buenos y malos de las cosas, como a
m me ha sucedido tantas veces. Y de lo que no cabe duda es que el
casamiento result feliz. Lo malo es que la pobre seora Lammeter, antes
seorita Osgood, muri antes de que sus hijos fueran grandes. Sea como
fuera, en lo que concierne a la prosperidad de todo lo que es honorable,
no hay familia que sea ms considerada que sa.

Todo el auditorio del seor Macey haba odo aquella historia repetidas
veces. Sin embargo, la oyeron como quien escucha un aire favorito, y en
ciertos pasajes dejaron un momento de fumar las pipas, a fin de
consagrar toda su atencin a las palabras que esperaban. Pero no haba
concluido an aquello, porque el seor Snell hizo a tiempo la pregunta
que deba motivar la continuacin del relato.

--A propsito, no se ha dicho que el viejo seor Lammeter posea una
bonita fortuna cuando vino a este pas?

--S, es exacto--repuso el seor Macey--; pero el seor Lammeter,
actualmente existente, no ha podido hacer otra cosa que conservarla
intacta, segn creo. Siempre se ha dicho que nadie poda enriquecerse en
las Gazaperas. Y, sin embargo, arrienda la propiedad barata, porque es
lo que se llama un bien de fundacin.

--S; hay pocas personas que sepan tan exactamente como vos cmo se
volvi esa tierra un bien de fundacin, no es cierto, seor
Macey?--dijo el carnicero.

--Y cmo lo sabran?--replic el viejo chantre con cierto desprecio--.
Pero mi abuelo hizo la librea de los _grooms_ de ese seor Cliff que
vino a edificar las caballerizas de las Gazaperas. Son caballerizas
cuatro veces ms grandes que las del squire Cass, porque Cliff slo
pensaba en caballos y en caceras. Era un sastre de Londres que, segn
decan algunas personas, se haba vuelto loco a fuerza de engaar a la
gente. No poda montar a caballo. Pretenden que no poda apretar el
caballo, como si sus piernas fueran tenacillas. Mi abuelo le oy contar
eso al viejo squire Cass repetidas veces. Sin embargo, quera andar a
caballo a todo trance, como si lo impulsara el demonio. Tena un hijo,
un mozo de diez y seis aos, y su padre no quera que hiciera otra cosa
ms que entregarse continuamente a la equitacin, bien que, segn
refieren, a ese joven lo asustara la equitacin.

Todos decan que el padre quera quitarle al hijo todo lo que tena ste
de sastre, para convertirlo en un gentilhombre a fuerza de hacerlo
montar a caballo. No es porque sea sastre; pero, considerando que Dios
me ha colocado en esta condicin, estoy orgulloso de ello, porque las
palabras Macey, sastre, fueron inscriptas encima de nuestra puerta,
antes de que la efigie de la reina Ana desapareciera de los chelines. En
cuanto a Cliff, tena vergenza de que lo llamaran sastre. Adems, lo
mortificaba cruelmente que se burlaran de su manera de montar, y ninguna
persona de distincin de la vecindad lo poda soportar. Entretanto, su
pobre hijo cay enfermo y muri. El padre no le sobrevivi mucho. Se
haba puesto ms extravagante que nunca. Cuentan que iba a sus
caballerizas a altas horas de la noche, provisto con una linterna y que
colocaba en ellas muchas velas encendidas. Haba llegado a no poder
dormir, y se lo pasaba all, haciendo chasquear el ltigo y mirando los
caballos. Tambin se ha dicho que es un milagro que las caballerizas no
quedaran reducidas a escombros, con los pobres animales encerrados en
ellas. Pero, por fin, muri delirando, y se encontr que haba dejado
sus propiedades--las Gazaperas y el resto--a una fundacin de Londres.
As fue cmo las Gazaperas se volvieron un bien de fundacin. Sin
embargo, por lo que concierne a las caballerizas, el seor Lammeter no
las ha usado nunca porque son de proporciones exorbitantes. Dios mo!
Si hiciera golpear las puertas habra en la mitad de la parroquia un
estruendo igual al del trueno.

--S; pero en esas caballerizas pasan ms cosas que las que pasan en
pleno da, no es cierto, seor Macey?--dijo el tabernero.

--S, s, pasad por all una noche obscura--dijo el seor Macey
parpadeando misteriosamente los ojos--, y despus haced creer, si
queris, que no habis visto luces en las caballerizas y que no habis
odo el piafar de los caballos ni el chasquear del ltigo, ni aullidos,
cuando empieza a clarear el da. Desde mi infancia, siempre o decir
que eso era la licencia de Cliff, pues ciertas personas pretendan
que, por decirlo as, se era el momento en que el demonio dejaba de
asarlo. Eso es lo que me cont mi padre, que era un hombre de buen
sentido, bien que ahora haya personas que sepan lo que pas antes que
ellas nacieran mejor de lo que entienden sus negocios.

--Qu decs de esto, eh, Dowlas?--dijo el tabernero, volvindose hacia
el herrador que arda de impaciencia por tomar la palabra--. Ah tenis
un buen problema para vos.

El seor Dowlas era el espritu escptico de la reunin, y estaba
orgulloso de ese ttulo.

--Lo que digo? Digo lo que dira un hombre de buen sentido que no
cerrara los ojos para mirar un poste indicador, si tuviera necesidad de
averiguar su camino; digo que estoy dispuesto a apostar diez libras
esterlinas con toda persona que quiera ir junto conmigo, durante
cualquier noche que haga buen tiempo, a los terrenos que quedan frente a
las caballerizas de las Gazaperas, y digo que no veremos luces y que no
oiremos ms ruidos que el soplar de nuestras narices. Eso es lo que
digo, y he dicho muchas veces. Pero no hay nadie que quiera arriesgar un
billete de diez libras por esos fantasmas de que se habla con tanta
seguridad.

--Pero, Dowlas, no es muy ingenioso en verdad hacer una apuesta en tales
condiciones--dijo Ben Winthrop--. Lo mismo podrais apostar con un
hombre que no atrapar un romadizo, si pasa la noche metido en el
charco, con el agua hasta el pescuezo, durante un tiempo glacial.
Tendra gracia que alguien se expusiera a morir por ganar una apuesta.
Las gentes que creen en la licencia de Cliff, no se atrevern jams a
acercarse a aquel lugar por diez libras esterlinas.

--Si el seor Dowlas quiere conocer la verdad sobre este asunto--dijo el
seor Macey con sonrisa sarcstica, golpendose los pulgares el uno
contra el otro--, no tiene para qu hacer apuestas; que vaya all solo,
nadie se lo impedir. Entonces podr decirles a los vecinos de la
parroquia que estn equivocados.

--Gracias! le quedo agradecido--dijo el herrador con un gruido de
desprecio--. Si las gentes son tontas, no es cosa ma. Yo no tengo
necesidad de averiguar la verdad sobre los aparecidos; ya lo s. Pero no
me opongo a una apuesta, con tal de que todo sea leal y sincero. Que
apuesten conmigo diez libras esterlinas a si voy a ver la licencia de
Cliff, e ir a estar all solo. No necesito compaa. Y lo hara con
tanta facilidad como cargo mi pipa.

--Pero quin os vigilar, Dowlas, para confirmar que estis all? La
apuesta no sera leal.

--La apuesta no sera leal?--replic el seor Dowlas con clera--.
Quisiera, que se presentara alguien que dijese que quiero apostar
deslealmente. Vamos, vamos, maese Lundy, quisiera oros decir eso.

--Muy probablemente lo querrais--dijo el carnicero--. Eso no es cuenta
ma. No tengo que hacer tratos con vos, y no voy a tratar de que me
hagis una rebaja. Si alguien desea haceros una oferta igual a vuestra
estimacin, que lo haga. Yo estoy por la paz y la tranquilidad, eso es.

--S, eso es lo que desea todo, perro que ladra as que se le amenaza
con el palo--dijo el herrador--. Pero yo no tengo miedo ni de un hombre
ni de un fantasma, y estoy pronto a apostar lealmente. Yo no soy un
gozquijo que dispara.

--S, pero ved lo que sucede, Dowlas--dijo el tabernero con una voz
llena de candor y de tolerancia--. Hay gentes, a mi entender, que no
pueden ver un fantasma, aunque stos se los pongan por delante como un
poste. Y esto tiene su razn de ser. Por ejemplo, ah tenis a mi mujer
que no huele nada, aunque le pongis bajo las narices el queso ms
fuerte. Yo nunca he visto fantasmas; pero entonces me digo: Muy
probablemente t no tienes el olfato necesario. Es decir, que pongo el
fantasma en lugar de un olor y viceversa. Por eso es que estoy por las
dos opiniones. Como siempre digo, la verdad est entre los dos. Si
Dowlas fuese a pasar la noche delante de las caballerizas y viniese a
decirnos que no ha visto el menor rastro de la licencia de Cliff, yo
estara con l; pero si alguien me dijese que, a pesar de ello, la
licencia de Cliff existe realmente, yo tambin estara con l, porque el
olfato es lo que me gua.

El argumento analgico del tabernero no fue bien aceptado por el
herrador, que era un hombre fundamentalmente opuesto a los trminos
medios.

--Bah! bah! bah!--dijo con nueva irritacin, dejando el vaso--, qu
tiene que ver aqu el olfato? Un fantasma le ha puesto nunca a nadie
negro el ojo? Eso es lo que deseara saber. Si los fantasmas quieren que
crea en ellos, que se dejen de deslizarse furtivamente en los sitios
obscuros y solitarios; que vengan a donde hay gente y luz.

--Como si a los aparecidos les importara que crea en ellos un hombre
tan ignorante como vos!--dijo el seor Macey, profundamente desalentado
de ver en el herrador aquella grosera incapacidad para comprender la
naturaleza de los fenmenos concercientes a los fantasmas.




VII


Un momento despus, sin embargo, pareci que los fantasmas fueran de
naturaleza ms condescendiente que lo que pretenda el seor Macey,
porque de pronto se vio la figura plida y flaca de Silas Marner. De pie
entre la luz clida de la pieza, no profera palabra, pero giraba por la
asamblea la mirada de sus ojos extraos y sobrenaturales. Las largas
pipas hicieron un movimiento simultneo, como el de las arterias de
insectos asustados. Todos los presentes, sin exceptuar al escptico
herrador, tuvieron la impresin de que vean a un aparecido y no a Silas
Marner en carne y hueso. En efecto, la puerta por que haba entrado
Silas estaba oculta por los bancos de alto respaldar, y nadie haba
advertido su llegada.

Se podra suponer que el seor Macey, sentado muy lejos del aparecido,
gozaba con el triunfo de sus argumentos, triunfos que deban tender a
neutralizar su parte en la alarma general. No haba dicho siempre que
cada vez que Silas Marner tena un extrao xtasis, su alma se libraba
de su cuerpo? La prueba estaba all. Sin embargo, todo bien considerado,
no hubiera estado menos satisfecho sin la aparicin. Durante algunos
instantes rein un silencio de muerte: el cansancio y el jadeo no le
dejaban hablar a Marner. El tabernero, impulsado por el sentimiento que
constantemente le animaba, que era su deber de tener casa abierta para
todos y confiando en la proteccin de su inconmovible neutralidad, tom
al fin sobre s la tarea de conjurar el espritu.

--Maese Marner--dijo con tono conciliador--, qu queris? qu vens a
traer aqu?

--Robado!--respondi Silas, jadeante--. He sido robado! Busco al
constable... y al juez... y al squire Cass... y al seor Crackenthorp.

--Sujetadlo, Jacobo Rodney--prosigui el tabernero, en quien se disipaba
la idea del fantasma--. Me parece que ha perdido la cabeza; est
empapado hasta los huesos.

Jacobo Rodney, sentado muy cerca de la entrada de la pieza, estaba al
alcance del sitio en que Marner segua de pie; pero neg sus servicios.

--Venid a sujetarlo vos mismo, seor Snell, si se os ocurre--respondi
Jacobo con bastante mal humor--. Ha sido robado y asesinado tambin a lo
que parece--agreg en voz baja.

--Jacobo Rodney!--dijo Silas, volvindose hacia l y clavando sus ojos
extraos en el hombre que sospechaba.

--Qu hay, maese Marner, qu me queris?--replic Jacobo, temblando un
poco y asiendo su jarro a manera de arma defensiva.

--Si sois vos quien me ha robado mi dinero--dijo juntando sus manos
suplicantes, y alzando la voz hasta gritar--, devolvdmelo y os... dar
una guinea.

--Yo... robado su dinero!--replic Jacobo, colrico--; os voy a tirar
este jarro a las narices si decs que soy... yo, el que ha robado
vuestro dinero.

--Vamos, vamos, maese Marner--dijo el tabernero, ponindose de pie
entonces con aire resuelto y tomando a Marner por un hombro--; si tenis
que hacer alguna denuncia, hacedla de un modo razonable y demostrad que
estis en vuestro buen sentido; de otro modo nadie os escuchar. Estis
empapado como una rata ahogada. Sentaos, secad vuestra ropa y hablad
con franqueza.

--Habis odo, viejo?--continu el herrador, que comenz a darse cuenta
de que no se haba portado de una manera digna de l y a la altura de la
situacin--. No sigis mirando fijamente a las personas y no gritis
ms, porque, si no, vamos a haceros maniatar como a un insensato. Por
eso fue que no habl en seguida, dicindome: este buen hombre est loco.

--S, s, hacedlo sentar--dijeron en coro varios de los asistentes, muy
contentos con que la existencia de los aparecidos quedara sin resolver.

El tabernero le oblig a Marner a quitarse el saco, y despus a sentarse
en una silla en medio de un crculo de modo que, apartado de las
personas, recibiera directamente el calor de la chimenea.

El tejedor, demasiado abatido para tener ms propsito claro que el de
conseguir auxilio, a fin de recuperar su dinero, se someti sin
resistencias. Los temores pasajeros de la reunin haban desaparecido,
sucedindoles un vivo sentimiento de curiosidad, y todas las fisonomas
estaban hacia Silas, cuando el tabernero, despus de volverse a sentar,
habl de nuevo.

--Bueno, veamos, maese Marner, qu es lo que tenis que decir... decs
que os han robado. Explicaos claramente.

--Hara bien en no volver a decir que soy yo quien lo ha
robado!--exclam Jacobo Rodney con energa--. Qu habra hecho con su
dinero? Tambin hubiera podido robar la sobrepelliz del pastor y ponerla
encima.

--Contened vuestra legua, Jacobo, y escuchemos lo que tiene que
decir--prosigui el tabernero--. Vamos, hablad, maese Marner.

Entonces Silas cont lo que le pasaba, y fue frecuentemente
interrumpido por las preguntas a medida que el carcter misterioso del
robo se volva evidente.

Aquella situacin extraa y nueva para l de tener que exponer sus
cuitas a los vecinos de Raveloe, de estar sentado al calor de un hogar
que no era el suyo, y de sentirse en presencia de fisonomas y de voces
que hacan nacer en l las primeras esperanzas de socorro, ejerci sin
duda alguna cierta influencia sobre Marner, a pesar de la viva
preocupacin que le causaba el infortunio. Nuestra conciencia no percibe
el principio de un desarrollo moral, como no percibe un desarrollo de la
naturaleza; la savia ha circulado ya muchas veces antes de que
descubramos el menor signo de un brote.

La ligera sospecha con que sus oyentes le haban escuchado al principio,
se disip gradualmente ante la sencillez convincente de su desgracia.
Les era imposible a aquellos vecinos dudar de la veracidad de Marner. No
podan, a decir verdad, basndose en la naturaleza de los hechos
relatados por l, afirmar inmediatamente que no tena motivos para
exponerlos con fealdad; pero, como lo hizo observar el seor Macey, no
es probable que personas que tienen al diablo en su favor, se abatieran
tanto como el pobre Silas. Ms bien, dada la circunstancia extraa de
que el ladrn no haba dejado rastro y haba sabido el momento oportuno
en que Silas haba salido sin cerrar la puerta, momentos que un oyente
mortal no hubiera podido calcular de ningn modo, la conclusin ms
natural que poda sacar pareca ser que la intimidad poco honorable del
tejedor con el diablo, si es que haba existido nunca, deba estar
destruida. Por lo tanto, aquel mal golpe le haba sido hecho a Marner
por alguien a quien en balde perseguira el constable. Qu motivo
habra tenido el ladrn sobrenatural para verse obligado necesariamente
a esperar que Silas se olvidara de cerrar la puerta con llave, no se le
ocurri a nadie.

--No ha sido Jacobo Rodney quien ha hecho eso, maese Marner--dijo el
tabernero--. No hay por qu sospechar del pobre Jacobo. Quiz hubiera
que arreglar una cuentecita con l a propsito de una lucha o dos, si
uno hubiera de estar siempre con los ojos bien abiertos y no cerrarlos
nunca. Pero Jacobo ha estado toda la tarde bebiendo aqu su jarro de
cerveza, como la persona ms honorable de la parroquia. Ya estaba aqu
antes de la hora en que, segn vuestra declaracin, salisteis de vuestra
casa, maese Marner.

--S, s--prosigui el seor Macey--; no acusemos al inocente. Eso es
contrario a la ley. Es preciso que haya personas que juren que un hombre
es culpable, antes que pueda ser detenido. No acusemos al inocente,
maese Marner.

La memoria de Silas no estaba tan dormida, que no fuera capaz de
despertar al or aquellas palabras. Bajo la influencia de un movimiento
de arrepentimiento, tan nuevo y extrao para l como lo hubiera sido
cualquiera otra cosa en la hora en que acababa de transcurrir, se alz
de su silla y se acerc a Jacobo para ver claramente la expresin de su
fisonoma.

--He hecho mal--le dijo--, s, s... deb reflexionar. No hay ninguna
prueba contra vos, Jacobo. Pero vos sois la persona que ms ha entrado
en mi casa. Por eso fue que os record. No os acuso. No quiero acusar a
nadie. Solamente--agreg con su ofuscacin desesperada, tomndose la
cabeza entre las manos y volvindose a mirar a los presentes--me
esfuerzo... me esfuerzo por imaginar dnde estn mis guineas.

--Ah, ah! han ido a donde hace bastante calor para fundirlas,
creo--dijo el seor Macey.

--Vamos!--repuso el herrador.

Y pregunt entonces con el aire de un juez que le hace al testigo
preguntas capciosas:

--Cunto dinero poda haber en los talegos, maese Marner?

--Doscientas setenta y dos libras esterlinas, doce chelines y medio
cheln, haba ayer noche cuando las cont--dijo Silas exhalando un
suspiro y volvindose a sentar.

--Bah! No era tan pesado de cargar. Entr el vagabundo, y se las llev.
En cuanto a la ausencia de pasos, y a los ladrillos y la arena que no
haban sido removidos, vuestros ojos son bastante parecidos a los de un
insecto, maese Marner; estis obligado a mirar de tan cerca, que no
podis ver muchas cosas a la vez. Me parece que si hubiese estado en
vuestro lugar, o vos en el mo--pues viene a ser lo mismo--, no os
habrais imaginado que todo estaba como lo habais dejado. He aqu lo
que propongo: que dos hombres de los ms sensatos aqu presentes vayan
con vos a casa del seor Kench, el constable--est enfermo en cama,
segn he odo--, para pedirle que nombre a uno de nosotros su suplente;
porque esa es la ley, y no creo que nadie piense en contradecirme sobre
este punto. No queda muy lejos de aqu lo del seor Kench. Entonces, si
soy yo el nombrado suplente, ir con vos, maese Marner, y examinar el
sitio. En caso de que alguien quiera contradecir esto, le agradecer que
se ponga de pie y lo diga con franqueza.

Con este discurso importante, el herrador haba recuperado su propia
estima, y esperaba que se le designara como uno de los hombres ms
sensatos.

--Veamos, entretanto, qu tiempo hace--dijo el tabernero, que se
consideraba como personalmente interesado en aquella proposicin--.
Pero si, sigue lloviendo a cntaros!--agreg en seguida de abrir la
puerta.

--Pues bien, yo no soy hombre que le tenga miedo a la lluvia--dijo el
herrador--. Har mal efecto cuando el juez Malam sepa que se nos ha
hecho una denuncia a gentes honorables como nosotros, y que no hicimos
nada para atenderla.

El tabernero fue de la misma opinin, y despus de haber pedido el
asentimiento de los presentes y de haber repetido debidamente una
pequea ceremonia conocida en el alto clero con el nombre de Nolo
episcopari (no quiero ser obispo), consinti en aceptar el refrigerante
honor de ir a casa del seor Kench. Pero, con gran espanto del herrador,
la proposicin que l hiciera de ser suplente de constable levant una
objecin de parte del seor Macey. Aquel viejo orculo, que pretenda
conocer la ley, declar que ningn mdico poda ser constable, que ese
hecho le haba sido transmitido por su padre.

--Y usted es mdico, me parece, aunque no sea usted ms que mdico
veterinario; porque una mosca es una mosca, aun cuando sea un
tbano--dijo para terminar el seor Macey, algo maravillado por su
sagacidad.

Un violento debate se produjo con este motivo. El herrador, por
supuesto, no quera renunciar a su ttulo de mdico, pero sostena que
un mdico poda ser constable si quera, que el sentido de la ley era
sencillamente que no se le poda obligar a ser constable si no lo
deseaba. El seor Macey consider esta interpretacin como un absurdo,
visto que la ley no poda tener ms diferencias con los mdicos que con
las dems personas. Agreg que si estaba en la naturaleza de los
mdicos el desear menos que los dems mortales el ser constable, cmo
era que el seor Dowlas deseaba tanto proceder en aquella calidad?

--Yo no deseo desempear el papel de constable--replic el herrador,
dominado por aquel razonamiento implacable--. Nadie puede decir que eso
me importa, si se ha de hablar sinceramente. Pero si ha de haber celosos
y envidiosos a propsito de esta diligencia acerca del seor Kench con
un tiempo semejante, que vaya el que quiera, no me haris ir a m, yo os
lo aseguro.

Sin embargo, mediante la intervencin del tabernero, todo se arregl.
As es que el pobre Silas, escoltado por sus dos compaeros y provisto
con unas ropas viejas, sali de nuevo bajo la lluvia, pensando en las
largas noches que aun faltaban por transcurrir, no como aquellos que
ansan descansar, sino como los que vean esperando la maana.




VIII


Cuando Godfrey Cass volvi de la fiesta de la seora Osgood, a media
noche, no lo sorprendi mucho el saber que Dunsey no haba vuelto a la
casa. Quiz no habra vendido a _Relmpago_ esperando otra ocasin;
quiz, a causa de la niebla de la tarde, haba preferido refugiarse en
la posada del _Len Rojo_ de Batterley, para pasar all la noche, si la
cacera lo haba retenido en las cercanas, porque no era muy probable
que se sintiera muy contrariado por dejar a su hermano en la
incertidumbre. El espritu de Godfrey estaba muy absorbido por los
atractivos y maneras de Nancy para con l, demasiado lleno de
exasperacin contra s mismo y contra su suerte--exasperacin que no
dejaba nunca de producirse en l, a la vista de aquella joven--, para
que pensara mucho en _Relmpago_ y en la conducta probable de Dunstan.

A la maana siguiente toda la aldea fue sorprendida por la historia del
robo.

Godfrey, como todos los dems, pas el tiempo en recoger y discutir las
noticias y en ir a visitar las canteras. La lluvia haba hecho
desaparecer toda probabilidad de distinguir los pasos; pero un examen
minucioso del sitio haba hecho descubrir, en direccin opuesta a la
aldea, una caja de yesca medio enterrada en el lodo y que contena un
eslabn y un pedernal.

No era la caja de yesca de Silas, porque la nica que hubiera posedo
nunca estaba an, sobre un estante, en su casa. La opinin generalmente
aceptada, fue que la caja encontrada en el foso tena alguna relacin
con el robo. Una pequea minora sacuda la cabeza y daba a entender que
aqul no era un robo respecto del cual pudieran arrojar mucha luz las
cajas de yesca.

En cuanto al de maese Marner pareca singular, y se haban conocido
casos en que un hombre, despus de haberse causado a s mismo algn
dao, haba despus requerido al juez para buscar al autor. Pero cuando
se asediaba a esas gentes preguntndoles los motivos de su opinin y el
provecho que tales falsos pretextos podan proporcionarle a maese
Marner, se contentaban con menear la cabeza como antes y hacan observar
que no siempre se estaba en aptitud de saber qu es lo que algunas
personas consideran un beneficio; adems, todo el mundo tena el derecho
de tener su opinin motivada o no, y el tejedor, como nadie lo
ignoraba, no tena el cerebro muy sano.

El seor Macey, bien que tomara la defensa de Marner contra toda
sospecha de superchera, pona tambin en ridculo la idea de la caja de
yesca. En verdad, la reputaba como una sugestin bastante impa,
tendiente a insinuar que todo deba de ser obra de manos humanas y que
no haba ningn poder sobrenatural capaz de hacer desaparecer las
guineas sin tocar los ladrillos. Sin embargo, se volvi contra el seor
Tookey con bastante violencia cuando aquel suplente adicto, viendo que
aquella interpretacin de los hechos sentaba particularmente a un
chantre de parroquia la llev ms lejos an, preguntndose si era
razonable hacer una encuesta sobre un robo cuyas circunstancias eran tan
misteriosas.

--Como si no hubiera nada ms--termin diciendo el seor Tookey--que
aquellas cosas que los jueces y los constables estn en aptitud de
descubrir.

--No vayis ahora, Tookey, ms all de donde se debe--repuso el seor
Macey, inclinando la cabeza hacia un costado, en seal de reprobacin.
As es cmo procedis siempre: si yo arrojo una piedra y doy en el
blanco, pensis que hay algo mejor que hacer y tratis de tirar otra vez
ms all de la ma. Lo que he dicho iba contra la caja de yesca; no he
dicho nada contra los jueces y los constables; porque han sido nombrados
por el rey Jorge y le sentara mal a un funcionario parroquial estallar
en invectivas contra el soberano.

Mientras estas discusiones tenan lugar en el grupo que se encontraba
frente a la taberna del _Arco Iris_, una deliberacin ms importante
tena lugar en el interior bajo la presidencia del seor Crackenthorp,
el pastor, asistido por el squire Cass y otras personalidades de la
parroquia. Se le acababa de ocurrir al seor Snell--que era, como lo
hizo observar, un hombre habituado a coordinar los hechos--el relacionar
con la caja de yesca, que en calidad de suplente del constable haba
tenido l mismo la honrosa distincin de encontrar, con ciertos
recuerdos de un buhonero. Este haba entrado en su taberna para beber
algo hara cosa de un mes, y haba declarado positivamente que llevaba
una caja de yesca que le serva para encender su pipa. Haba en aquello,
sin duda, una pista para seguir. Y como la memoria, cuando est
debidamente impregnada en los hechos comprobados, es algunas veces de
una fecundidad sorprendente, el seor Snell recobr gradualmente la viva
impresin del efecto que la fisonoma y la conversacin del buhonero
haban producido en l. La mirada de aquel hombre estaba llena de una
cierta expresin que haba chocado de un modo desagradable al sensible
organismo del seor Snell. Seguramente que nada de particular haba
salido de su boca--no, nada, excepto la frase relativa a la caja de
yesca--; pero lo que un hombre dice, no es lo que vale, lo importante es
cmo lo dice. Adems tena un color moreno extico que anunciaba su poca
honradez.

--Llevaba aros en las orejas?--pregunt el seor Crackenthorp, que
tenia algn conocimiento de las costumbres extranjeras.

--Bueno... esperad... veremos--respondi el seor Snell como un
somnmbulo dcil que quisiera realmente no equivocarse, si fuera
posible.

Despus de haber distendido los ngulos de su boca y contrado los
ojos--se hubiera dicho que trataba de ver los aros--, pareci renunciar
al esfuerzo y dijo:

--Recuerdo que llevaba en su caja aros para vender; es, pues, natural
suponer que tambin los usara. Pero como recorri casi todas las casas
de la aldea, quiz alguna persona se los haya visto en las orejas, bien
que yo no pueda afirmar eso.

El seor Snell tena razn al suponer que alguna otra persona se
acordara de los aros en las orejas; porque, prosiguiendo la pesquisa en
la parroquia, se hizo saber, con una energa cada vez ms viva, que el
pastor deseaba ser informado si el buhonero usaba aros, y se estableci
una corriente de opinin de que era muy importante que el hecho fuera
dilucidado. Naturalmente que todos los que oyeron la pregunta y que no
se haban formado ninguna imagen exacta del buhonero sin aros, se lo
representaron inmediatamente con aros en las orejas, ms o menos
grandes, segn el caso. La imagen fue muy pronto tomada por un recuerdo
vivo. En consecuencia, la esposa del vidriero, mujer de buenas
intenciones y que no era aficionada a mentir y cuya casa era una de las
ms ordenadas de la aldea, se mostr dispuesta a declarar que, tan
cierto como que haba de comulgar para la prxima Navidad, que haba
visto unos grandes aros, de la forma del creciente de la luna nueva, en
las dos orejas del buhonero. Al mismo tiempo Juana Oates, la hija del
zapatero--nia dotada de una imaginacin muy viva--, afirmaba no slo
que los haba visto, sino que se haba estremecido de horror, como se
estremeca todava al hablar de eso.

Por otra parte, a fin de arrojar ms luz sobre esta pista de la caja de
yesca, se recogi en las diferentes casas todos los artculos comprados
al buhonero y se los llev a la taberna del _Arco Iris_ para ser
expuestos all pblicamente. En fin, la conviccin general en la aldea
fue que, a fin de poner en claro la cuestin del robo, era preciso hacer
muchas cosas en el _Arco Iris_. Adems, ningn marido tena necesidad
de excusarse con su esposa para ir a aquella taberna, a tal punto se
haba convertido aquel sitio en la escena de rigurosos deberes pblicos.

Qu decepcin--y quizs tambin qu indignacin--se manifest al saber
que Silas Marner, interrogado por el squire y el pastor, haba
respondido que no haba conservado ningn recuerdo del buhonero, salvo
que ste se haba allegado a su choza, pero sin entrar en ella. Se haba
alejado inmediatamente, cuando Silas, entreabriendo la puerta, le dijo
que no necesitaba nada. Tal haba sido la declaracin del tejedor.

Sin embargo, Silas se aferraba fuertemente a la idea de que el buhonero
era el culpable probablemente por la nica razn que sta le presentaba
la imagen clara de un sitio en que poda estar su oro, despus de haber
sido quitado del escondite: le pareca verlo ahora en la caja del
buhonero.

Todas las gentes de la aldea hicieron notar con cierta irritacin que
todo el mundo, salvo una criatura ciega como Marner, hubiera visto al
hombre merodeando por all. En efecto, cmo explicara que hubiese
dejado su caja de yesca en el foso, al lado de la choza, si no hubiese
andado vagando por all? Sin duda alguna, haba hecho sus observaciones
al ver a Marner en la puerta. Todo el mundo poda darse cuenta--con slo
verlo--que el tejedor era un avaro medio loco. Era sorprendente que el
buhonero no lo hubiese asesinado. Muchas y muchas veces se haba
descubierto que la gente de esa especie, con aros en las orejas, eran
asesinas. No haca tanto tiempo que uno de esos individuos haba sido
juzgado, para que no hubiera gentes que lo recordaran.

Es cierto que habiendo entrado Godfrey Cass en la taberna del _Arco
Iris_ durante una de las frecuentes repeticiones que daba el seor Snell
de su deposicin, hizo poco caso del testimonio del tabernero. Declar
que l mismo le haba confiado un cortaplumas al buhonero, y que ste le
haba parecido ser un tipo alegre, a quien le gustaba chancear. Segn
l, todo lo que decan de la mirada atravesada de aquel hombre no tena
sentido. Pero en la aldea aquellas palabras fueron consideradas como el
habladero irreflexivo de un joven, pues no era slo el seor Snell quien
haba encontrado que haba algo de raro en la persona del buhonero. Por
el contrario, haba por lo menos media docena de testigos que estaban
prontos para dirigirse al juez Malam para llevarle pruebas mucho ms
convincentes que ninguna de las que el tabernero poda dar. Era de
desear que el seor Godfrey no fuera a Tarley a fin de echar agua fra
sobre lo que el seor Snell haba dicho delante del juez de esa aldea, e
impedir de ese modo que el magistrado librara una orden de arresto. Se
le sospechaba que tena esta intencin cuando se le vio partir por la
tarde a caballo y en la direccin de Tarley.

Pero en aquel momento el inters que a Godfrey le inspiraba el robo se
haba desvanecido en presencia de su ansiedad creciente respecto de
Dunstan y de _Relmpago_. No se iba a Tarley sino a Batterley, porque se
senta incapaz de permanecer ms tiempo en esta incertidumbre a ese
respecto. La posibilidad de que Dunstan le hubiese hecho la mala pasada
de marcharse con _Relmpago_, para volver al cabo de un mes, despus de
haber perdido su precio en el juego o de haberlo disipado, de otra
manera, era un temor que lo importunaba todava ms que la idea de un
accidente desgraciado. Ahora que el baile de la seora Osgood haba
pasado; estaba furioso por haberle confiado su caballo a Dunstan. En
lugar de tratar de calmar sus temores, los alentaba con esta idea
supersticiosa e inherente a cada uno de nosotros de que cuando ms se
espera el mal resueltamente, menos probable es que suceda; as fue que
cuando oy que se acercaba un caballo al trote y vio que un sombrero
sobrepasaba la cerca ms all del codo del sendero, le pareci que su
conjuro haba tenido xito. Sin embargo, no bien estuvo el animal a la
vista, su corazn se oprimi de nuevo, porque no era _Relmpago_. Y
momentos despus se dio cuenta de que el caballero no era Dunstan, sino
Bryce, que detuvo su montura para conversar con l. La fisonoma de
aqul no anunciaba nada de nuevo.

--Qu trae, seor Godfrey, qu suerte la de su hermano, maese Duncey,
verdad?

--Qu queris decir?--replic vivamente Godfrey.

--Cmo? No ha vuelto todava a su casa?--dijo Bryce sorprendido.

--A casa? no. Qu ha sucedido? Hablad pronto. Qu hizo de mi caballo?

--Ah! bien pensaba yo que era siempre vuestro, bien que l dijera que
se lo habais cedido.

--Lo hizo rodar y lo manc?--dijo Godfrey, rojo de clera.

--Peor todava--dijo Bryce--. Imaginaos que yo me haba comprometido a
comprarle el caballo por ciento veinte libras esterlinas, un precio
loco, pero siempre me haba gustado ese caballo. Y no va y lo ensarta!
Precipitarse por encima de una cerca en que haba postes de hierro, en
la cima de su talud que tena un foso delante! Haca mucho tiempo que el
caballo estaba muerto cuando se lo descubri. Desde entonces Dunsey no
ha vuelto a la casa, verdad?

--A casa? no--replic Godfrey--, y hara bien en no volver. Qu
imbcil soy, me lleve el diablo! Debiera de haber sabido que las cosas
iban a concluir as.

--Pues bien, para deciros la verdad--continu Bryce--, despus de
cerrado el trato se me ocurri la idea de que vuestro hermano haba
podido montar el caballo para venderlo sin que vos lo supierais, porque
no cre que fuera suyo. Yo saba que maese Dunsey haca de las suyas
algunas veces. Pero, adnde puede haber ido? No se lo ha vuelto a ver
en Batterley. No se debe haber hecho dao, porque no tena ms remedio
que marcharse a pie.

--Dao?--dijo Godfrey amargamente.--Jams se har dao; ha nacido para
hacerlo a los dems.

--Y vos lo habais autorizado realmente para vender el
caballo?--pregunt Bryce.

--S, quera deshacerme de l; siempre tuvo la boca algo dura para
m--respondi Godfrey, cuyo orgullo se sobresaltaba al pensar que Bryce
adivinaba que la necesidad lo haba obligado a separarse de su
montura--. Iba a ver qu ha sido de _Relmpago_; me imaginaba que haba
sucedido alguna desgracia. Ahora voy a retroceder--agreg, haciendo
volver la cabeza al caballo, con el deseo de poder librarse de Bryce,
porque comprenda que la gran crisis de su vida, crisis tanto tiempo
tornada, estaba prxima--. Vens a Raveloe, verdad?

--No, ahora no--dijo Bryce--. Dirigindome a Flitton hice esta vuelta
con la idea de que no sera malo que entrara de paso en vuestra casa,
para deciros todo lo que saba respecto al caballo. Supongo que maese
Dunsey no ha querido mostrarse antes de que la mala noticia se hubiera
disipado un poco. Quiz haya ido a hacerle una visita a la posada de
las _Tres Coronas_, cerca de Whithbridge; s que le gusta esa casa.

--Es muy posible--dijo Godfrey distradamente.

Despus, sacudiendo su preocupacin, agreg, esforzndose por mostrarse
indiferente:

--Hemos de or hablar de l muy luego, podis estar seguro.

--Bueno, ste es mi camino--dijo Bryce, sin que lo sorprendiera ver que
Godfrey estaba bastante abatido--. Bueno, me despido haciendo votos
porque pueda traeros mejores noticias otra vez.

Godfrey puso su caballo al paso. Se imaginaba la escena en que tendra
que confesrselo todo a su padre, escena que comprenda era ya
inevitable. Tena que hacer la revelacin relativa al dinero al otro da
por la maana. Suponiendo que ocultara el resto, como Dunstan no
tardara en volver, si ste se vea obligado a soportar la violencia de
la clera del padre, lo contara todo por despecho, aunque no sacara de
eso ningn provecho.

Exista todava otro medio para conseguir el silencio de Dunstan y
aplazar el mal da: Godfrey poda decirle a su padre que l mismo haba
gastado el dinero que le haba entregado Fowler. Como nunca haba
cometido semejante falta, el asunto se disipara despus de un poco de
tormenta. Pero era incapaz de resolverse a eso. Comprenda que al darle
el dinero a Dunstan haba cometido un abuso de confianza apenas menos
culpable que el de haber gastado l mismo el dinero en su provecho...
Sin embargo, haba entre esos dos actos una diferencia que le haca ver
al segundo como tan odioso, que la idea de acusarse de l era
insoportable.

--No pretendo ser irreprochable--se deca--; pero, sin embargo, no soy
un pillo; por lo menos estoy resuelto a contenerme. Prefiero soportar
las consecuencias de mi propia conducta y no hacer creer que soy el
autor de un acto que nunca habra cometido. Jams se me hubiera ocurrido
gastar ese dinero para divertirme... slo ced a una tortura.

Durante todo el resto del da, Godfrey, salvo algunas fluctuaciones
accidentales, permaneci firmemente resuelto a confesrselo todo al
padre y aplaz la historia de la prdida de _Relmpago_ hasta el da
siguiente, a fin de que sirviera de introduccin a un asunto ms
importante. El viejo squire estaba acostumbrado a ver qu Dunstan se
ausentara con frecuencia de la casa; as es que no pens que valiera la
pena de hacer una observacin respecto de la desaparicin de su hijo y
de la del caballo.

Godfrey se repiti muchas veces que si dejaba escapar aquella ocasin
favorable para confesarlo todo, jams se le presentara otra; y hasta la
revelacin podra producirse de una manera ms odiosa que por la
perversidad de Dunstan, si la otra se presentaba ella misma, como ya lo
haba amenazado con hacerlo Godfrey.

Entonces, para prepararse para la escena que iba a tener lugar, trat de
imaginarla; resolvi mentalmente cmo pasara la confesin de la
debilidad en que haba incurrido dndole el dinero a Dunstan al hecho
que ste lo tena tan agarrado, que haba tenido que renunciar a
hacrselo largar, como adems tendra que proceder con su padre para que
ste se preparara para algo muy grave antes de revelarle el hecho mismo.

El viejo squire era un hombre implacable; tomaba resoluciones durante
una clera violenta y no haba medio de hacrselas abandonar, ni aun
cuando esa clera se hubiera disipado. As son las lavas ardientes de
los volcanes que se endurecen y forman una roca cuando se enfran. Como
muchos hombres inflexibles y violentos dejaba que el mal creciera al
favor de su propia negligencia, hasta que se accediera con una fuerza
que lo exasperaba. Entonces se volva de un rigor feroz, y su dureza se
tornaba inexorable. Ese era su sistema con los arrendatarios; los dejaba
atrasarse en sus pagos, descuidar las cercas, reducir su material y su
ganado, vender la paja y hacer todo lo que no deban; despus, cuando
estaba escaso de dinero a causa de su indulgencia, tomaba contra ellos
las medidas ms severas y se volva sordo ante sus splicas. Godfrey
saba todo eso y lo comprenda tanto ms cuanto que haba tenido el
fastidio de ser testigo de los accesos de clera brusca e implacable de
su padre, accesos ante los cuales su irresolucin habitual lo privaba de
toda simpata. Pero no criticaba la indulgencia culpable que los
preceda; esa indulgencia le pareca bastante natural. Sin embargo, como
Godfrey lo pensaba, apenas haba una probabilidad de que el orgullo de
su padre consideraba aquel casamiento desde un punto de vista que lo
inclinara a mantenerlo secreto, antes que echar a su hijo y hacer hablar
de la familia en el pas, a diez leguas a la redonda.

Tal fue el aspecto bajo el cual Godfrey consigui encarar las cosas
hasta media noche. En seguida se durmi, pensando que ya haba
deliberado bastante consigo mismo. Pero, cuando despert en la
obscuridad de la maana apacible, encontr que le era imposible recordar
sus ideas de la noche precedente. Se hubiera dicho que estaban en exceso
fatigadas y no podan volver a ser reanimadas para un nuevo trabajo. En
lugar de argumentos en favor de una confesin, era incapaz ahora de
representarse otra cosa que las deplorables consecuencias que aquella
acarreara. Entonces volvi el antiguo temor del deshonor--el antiguo
horror de pensar en levantar una valla infranqueable entre l y Nancy--,
su antigua inclinacin a contar con las probabilidades capaces de serle
favorables y evitarle una denuncia.

Porque, al fin y al cabo, impedira con sus actos personales las
esperanzas que da el ayer? Se haba puesto a considerar la vspera su
situacin desde un falso punto de vista. Estaba furioso contra Dunstan,
y no haba pensado ms que en una ruptura completa de su convenio mutuo.

Lo ms cuerdo que poda hacer era tratar de atenuar la clera de su
padre contra Dunsey, y conservar lo ms posible las cosas en su antiguo
estado. Si Dunstan no volva hasta dentro de algunos das--y Godfrey
supona que aquel pcaro tena bastante dinero en el bolsillo como para
poder prolongar su ausencia bastante tiempo--, todo podra disiparse.




IX


Godfrey se levant y se desayun ms temprano que de costumbre, pero se
qued en el pequeo saln artesonado hasta que sus hermanos menores
acabaran de desayunarse y salieran. Esperaba a su padre, quien siempre
haca un paseo con el mayordomo antes de almorzar. Nadie coma a la
misma hora por la maana en la Casa Roja. Era siempre el ltimo, a fin
de dar a un apetito bastante dbil mayores probabilidades, antes de
ponerlo a prueba. Haca casi dos horas que la mesa estaba guarnecida con
platos suculentos esperando su llegada.

El squire Cass era un sexagenario alto y corpulento. Sus cejas crespas y
la mirada bastante dura de sus ojos parecan no estar en armona con su
boca cada y su energa. Su persona tena las trazas de una negligencia
habitual y su traje estaba mal cuidado. Sin embargo, haba en el aire
del viejo squire algo que lo distingua de los agricultores de la
parroquia. Estos eran quiz, bajo todo respecto, tan refinados como l,
pero se haban arrastrado penosamente por el camino de la vida con la
conciencia de estar en la vecindad de hombres que les eran superiores.
Les faltaba, por lo tanto, esa posesin de s mismos, esa autoridad de
la palabra y ese empaque que distinguen al hombre que considera a las
personas que les son inferiores como tan apartadas de s, que no tienen
que hacer con ellas menos que con el Gran Turco.

El squire haba estado acostumbrado toda su vida, a recibir el homenaje
de todas las gentes de la parroquia y a pensar que su familia, sus copas
de plata y todo lo que le perteneca era lo ms antiguo y lo mejor; y
como no frecuentaba nunca a la burguesa de esfera ms elevada que la
suya, su opinin no admita cotejo.

Al entrar en la pieza, ech una mirada sobre su hijo y le dijo:

--Cmo es eso, seor! Tampoco vos habis almorzado?

No cambiaron ninguno de esos saludos amables de la maana, no porque
hubiera entre ellos alguna enemistad, sino porque la flor suave de la
cortesa no prosperaba en residencias como la Casa Roja.

--S, mi padre, he almorzado; pero os esperaba para hablaros.

--Ah! bueno--repuso el squire, dejndose caer pesadamente en su silln
y hablando con una voz pesada y catarrienta, lo que era considerado en
Raveloe como una especie de privilegio de su rango, mientras cortaba un
trozo del buey y se lo daba al perro corredor que haba entrado con
l--. Llamad para que me traigan mi cerveza, queris? Los negocios de
vosotros los jvenes son generalmente vuestros placeres personales;
pero, si vosotros tenis prisa por realizarlos, a los dems no les pasa
otro tanto.

La vida del squire era tan ociosa como la de sus hijos; sin embargo, era
una ficcin mantenida por l y su contemporneos en Raveloe que la
juventud era exclusivamente el perodo de la locura y que su vieja
cordura era un espacio continuo de sufrimiento que el sarcasmo
dulcificaba. Antes de volver a hablar, Godfrey esper que la cerveza
fuera servida y la puerta vuelta a cerrar. Durante este tiempo, rpido
el perro corredor consumi tajadas del buey en cantidad suficiente como
para formar la comida de un pobre en da de fiesta.

--Ha ocurrido un maldito accidente con _Relmpago_--comenz diciendo--;
sucedi anteayer.

--Cmo! Se ha mancado?--dijo el squire, despus de beber un trago de
cerveza--. Pensaba que sabais montar mejor, seor. Jams he estropeado
un caballo en mi vida. Si lo hubiese hecho, en balde hubiera pedido
otro, porque mi padre no estaba tan dispuesto para desatar los cordones
de su bolsa como otros padres que yo conozco. Pero es preciso que stos
cambien de tono, es imprescindible. A causa de las hipotecas y de los
pagos retrasados, estoy tan falto de dinero como un mendigo. Y ese tonto
de Kimble dice que los diarios hablan de pago. Si eso sucediera, el pas
no podra sostenerse: los precios se vienen abajo como las pesas de un
asador, y jams conseguir que se me paguen los atrasos, ni aunque haga
vender todo lo que esos individuos poseen. Y ese maldito Fowler... no
quiero tolerar ms tiempo su morosidad; le he dicho a Winthrop que vaya
hoy mismo a verlo a Cosc. Ese bribn mentiroso me prometi entregarme
sin falta el mes pasado cien libras esterlinas. Se aprovecha de que
ocupa una granja apartada y piensa que lo voy a perder de vista.

El squire acab de despachar su discurso tosiendo e interrumpindose;
pero, sin embargo, sin hacer pausas bastante largas que pudiesen
servirle de pretexto a Godfrey para volver a hablar. Este vio que su
padre tena la intencin de eludir todo pedido pecuniario motivado por
la desgracia ocurrida a _Relmpago_. Adems adivin que el tono de
insistencia empleado por el squire al hablar del poco dinero de que
dispona y de los deudores morosos deba de producir en su espritu la
disposicin menos favorable para escuchar las confesiones de su hijo.
Sin embargo, era preciso que prosiguiera ahora que haba comenzado.

--Es algo ms grave; el caballo se ensart en un poste y se mat--dijo
en seguida que su padre se detuvo y comenz a comer--. Pero no tena la
intencin de pediros que me comprarais otro; slo pensaba en que no me
sera posible reembolsaros con el precio de _Relmpago_ como me
propona. Dunsey lo llev a una cacera para venderlo, y despus de
haber cerrado el trato con Bryce por ciento veinte libras esterlinas,
sigui la tralla y dio algunos saltos insensatos, uno de los cuales
despach al caballo. Sin esa circunstancia, os hubiera entregado cien
libras esterlinas esta maana.

El squire haba dejado el cuchillo y el tenedor y miraba a su hijo
fijamente y con estupefaccin. Su espritu no era bastante sutil como
para adivinar qu causa haba podido causar aquella extraa inversin
de las relaciones entre el padre y el hijo que importaba aquella
intencin de Godfrey de darle cien libras esterlinas.

--La verdad es, mi padre... lo siento mucho... que hice muy mal. Fowler
pag como dijo las cien libras esterlinas. Me las entreg cuando fui
all, el mes pasado. Pero Dunsey me atorment tanto para que le diera
ese dinero que se lo facilit porque esperaba entregroslo en seguida...

El squire, que se haba puesto rojo de clera antes de que su hijo
hubiese acabado de hablar, consigui ms que expresar con dificultades:

--Vos le dejasteis el dinero a Dunsey, seor? Y desde cundo sois tan
ntimo con vuestro hermano que os veis obligado a asociaros con l para
disponer de mi dinero? Estis en camino de volveros un pcaro. Os digo
que no tolerar esto. Echar a la calle toda vuestra secuela y me
volver a casar. Quisiera, seor, que os acordarais de que mi propiedad
no es un bien inalienable. Desde la poca de mis bisabuelos, los Cass
pueden disponer de sus tierras como mejor les parece. No olvidis eso,
seor. Le entregasteis el dinero a Dunsey? Y por qu se lo
entregasteis? Tiene que haber en esto una mentira.

--No hay ninguna mentira, mi padre--prosigui Godfrey--. Yo no hubiera
gastado el dinero para m; pero Dunsey me presion tanto que hice la
tontera de entregrselo. Pero yo tena la intencin de entregroslo,
que l me lo devolviese o no. Eso es todo. Nunca pens en apropiarme ese
dinero. Jams me habis sorprendido hacindole una mala partida a mi
padre.

--Dnde est Dunsey, entonces? Por qu os estis aqu hablando. Id a
buscar a Dunsey, os digo, y que explique por qu necesit ese dinero y
qu hizo de l. Se arrepentir. Lo arrojar a la calle. He dicho que
quera hacerlo y lo har. No me volver a faltar. Id a buscarle.

--Dunsey no ha vuelto, mi padre.

--El qu? Se ha roto el pescuezo entonces?--dijo el squire mostrndose
algo descontento con la idea de que, si as era, no podra poner en
prctica sus amenazas.

--No, no se ha hecho dao, creo, porque el caballo fue encontrado
muerto, y Dunsey debi poder marcharse a pie. Supongo que pronto lo
volveremos a ver. No s dnde est.

--Y por qu tuvisteis que darle mi dinero? Respondedme a esto--continu
el padre, atacando de nuevo a Godfrey, puesto que no tena a Dunsey a su
alcance.

--La verdad, mi padre, es que no s--respondi Godfrey con vacilacin.

Era aqul un dbil subterfugio, pero a Godfrey no le gustaba mentir, y
como saba que ninguna duplicidad puede prosperar mucho tiempo sin la
ayuda de palabras falsas, no tena a su disposicin ningn efugio
imaginado de antemano.

--Que no lo sabis? Yo voy a deciros por qu ha sido, seor. Habis
hecho de la vuestra, y para eso comprasteis su silencio--dijo el squire
con una penetracin brusca.

Godfrey se estremeci. Sinti que su corazn palpitaba con violencia al
ver que su padre casi haba adivinado. Esta alarma repentina le impuls
a hacer un paso ms, una impulsin muy ligera basta para eso cuando se
est en un plano inclinado.

--Pues bien, s, mi padre--prosigui; y trataba de hablar en tono fcil
y despreocupado--; haba un pequeo asunto entre Dunsey y yo; no tiene
ninguna importancia ms que para l y para m. No vale la pena de
mezclarse en las locuras de los jvenes... eso no os hubiera perjudicado
en nada, mi padre, y yo no hubiese tenido la mala suerte de perder a
_Relmpago_. Hoy os hubiera entregado el dinero.

--Locuras! Bah! Sera tiempo que acabaran las vuestras. Quisiera
convenceros, seor, de que es preciso realmente ponerles trmino--dijo
el squire frunciendo las cejas y lanzndole a su hijo una mirada
irritada--. Vuestras proezas no son tales que me permiten conseguir
dinero. Mirad, mi abuelo tena sus caballerizas llenas de caballos; su
mesa era tambin una buena mesa--y en tiempos peores que el nuestro--, a
lo que yo s al menos. Yo podra hacer otro tanto si no tuviera cuatro
ganapanes que se me prenden como sanguijuelas. Yo he sido un padre
demasiado bueno para con todos vosotros, eso es lo que hay. Pero en
adelante voy a tener las riendas cortas.

Godfrey permaneci silencioso. No es probable que fuera muy penetrante
en sus juicios; sin embargo, siempre haba comprendido que la
indulgencia de su padre no era bondad, y haba suspirado vagamente por
alguna disciplina que dominara su debilidad vagabunda y secundar sus
mejores intenciones. El squire comi el pan y la carne rpidamente,
bebi un buen sorbo de cerveza, y luego, volviendo la espalda a la mesa,
prosigui:

--Ser tanto peor para vos, sabedlo; ms os valiera que tratarais de
ayudarme y conservar lo que tenemos.

--Pues bien, mi padre, a menudo me he ofrecido para tomar la gestin de
los negocios, pero vos sabis que siempre interpretasteis mal esto, y
que parecisteis creer que deseaba suplantaros.

--No me acuerdo de vuestros ofrecimientos ni de haberlos interpretado
mal--dijo el squire, cuyos recuerdos consistan en ciertas impresiones
vivas que los detalles no haban modificado--; lo que yo s es que en
cierta poca pareci que pensabais en casaros, y yo no trat de cerraros
el camino como algunos padres lo habran hecho. No me agradara ms
veros casar con la hija de Lammeter que con cualquier otra. Supongo que
si os hubiera dicho no, hubierais persistido en vuestra intencin; a
falta de contradiccin habis cambiado de parecer. Sois como una veleta;
heredasteis de vuestra pobre madre. Jams tuvo carcter. Es verdad que
eso no le hace falta a una mujer si su marido es un hombre como debe
ser, pero esa cualidad le sera muy necesaria a la vuestra, porque
apenas tenis la voluntad necesaria para hacer caminar a las dos piernas
en la misma direccin. Esa joven no ha dicho definitivamente que no os
aceptaba, verdad?

--No--dijo Godfrey, sintiendo que un vivo sonrojo le suba a la cara y
sintindose molesto--; pero no creo que guste de m.

--Qu no creis! Por qu no habis tenido el valor de preguntrselo?
Siempre deseis vos casaros con ella? Esta es la cuestin.

--No deseo casarme con otra--respondi Godfrey, de un modo evasivo.

--Pues bien, entonces, dejadme hacer el pedido en vuestro lugar, si no
tenis valor para hacerlo vos mismo, y asunto concluido. No es probable
que Lammeter vea con malos ojos que su hija se case en mi familia, me
parece. En cuanto a la linda muchacha, no ha querido aceptar a su primo
y no veo que otro pretendiente hubiera podido soplaros la dama.

--Preferira dejar las cosas tranquilas, si as os place, mi
padre--prosigui Godfrey asustado--. Creo que est un poco enojada
conmigo en este momento y deseara hablarle yo mismo. De estas cosas es
necesario ocuparse personalmente.

--Pues entonces hablad y ocuparos, y tratad de cambiar de conducta. Eso
es lo que necesita hacer un hombre cuando piensa en casarse.

--No veo cmo me sera posible hacerlo ahora, mi padre. No querris
establecerme en una de vuestras granjas, supongo, y no creo que ella
consintiera en venir a vivir en esta casa junto con todos mis hermanos.
Aqu se lleva una vida muy distinta de aquella a que est acostumbrada.

--Que no consentira en venir a vivir en esta casa? No me digis eso.
Preguntdselo y veremos--repuso el squire con una risa breve e irnica.

--Preferira dejar las cosas quietas por el momento, mi padre--dijo
Godfrey--. Espero que no trataris de precipitar las cosas diciendo cosa
alguna.

--Har lo que me plazca--replic el squire--, y os har ver que yo soy
quien manda; de otro modo podis marcharos de esta casa e ir a buscar
morada en otra parte. Id a ver a Winthrop y decidle que no vaya a lo de
Cass y que me espere... ordenad que me ensillen mi caballo. Ah!
esperad; tratad de vender la vieja jaca de Dunsey y de entregarme ese
dinero; habis odo? Ya no mantendr ms caballos a mi costa. Y si
sabis dnde se ha metido--vos lo sabis sin duda--, podis decirle que
no se d el trabajo de volver a la casa. Que se haga mozo de cuadra y
gane con qu vivir. Ya no me pesar ms encima.

--No s, padre, dnde est, y si lo supiera no me correspondera a m
decirle que no vuelva ms--dijo Godfrey dirigindose hacia la puerta.

--Que el diablo os confunda, seor; no os quedis ah perdiendo tiempo
e id a decir que me ensillen mi caballo--prosigui el squire, tomando
una pipa.

Godfrey sali, dndose apenas cuenta si estaba ms tranquilo por haber
terminado la entrevista sin haber modificado su posicin, o ms inquieto
al pensar que se haba enredado an ms en los subterfugios y los
artificios. Lo que haba pasado con motivo del pedido de la mano de
Nancy le haba causado al joven una mera alarma: el temor de que el
squire fuera a deslizarle al seor Lammeter, de sobremesa, algunas
palabras que fueran capaces de ponerlo a l, Godfrey, en la necesidad
absoluta de renunciar a Nancy en el momento mismo que pareca estar a su
alcance. Recurri entonces a su refugio ordinario, a la esperanza de
algn golpe imprevisto de la fortuna, de alguna coyuntura favorable que
le ahorrara consecuencias penosas y hasta perjudicara su falta de
sinceridad, convirtindola en prudencia.

En lo que concierne a contar con algn tiro de dados de la fortuna,
apenas puede decirse que Godfrey fuera de la vieja escuela. La
casualidad favorable es el Dios de todos los hombres que siguen sus
propias impulsiones, en lugar de obedecer una ley en la cual no creen.
Si un hombre distinguido de nuestra poca consigue una posicin que
tiene vergenza de hacer conocer, su espritu buscar todas las salidas
imaginables capaz de librarlo de los resultados que esa posicin deja
prever. Si gasta ms de lo que tiene, si evita el trabajo honesto y
resuelto que proporciona su salario, en seguida se pone a soar en la
posibilidad de encontrar un bienhechor, un tonto a quien sabr halagar,
a fin de poder usar su influencia en su favor, en imaginarse un estado
de espritu posible en alguna persona probable que todava no ha dado
seales de aparecer. Si descuida las obligaciones de su empleo, echa
inevitablemente su ancla al azar, con la esperanza de que aquello que no
ha hecho no tendr la importancia supuesta. Si traiciona la confianza de
un amigo, adora esa misma complejidad sutil que llama al azar, que le da
esperanza de que ese amigo no lo sabr jams. Si abandona un honrado
oficio para buscar las distinciones de una profesin a la que nunca ha
sido llamado por la naturaleza, su religin es infaliblemente el culto
de una casualidad favorable, en la que cree como en un poderoso, creador
del xito. El mal principio rechazado por esta religin es el orden
natural de la sucesin de las cosas, de acuerdo con el cual las semillas
producen una cosecha de su especie.




X


El juez Malam era considerado, naturalmente, en Tarley y en Raveloe,
como un personaje de vasta inteligencia, visto que era capaz de sacar
sin pruebas conclusiones mucho ms profundas que las que se podan
esperar de sus vecinos que no eran magistrados.

No era posible que semejante hombre descuidara el indicio de la caja de
yesca.

As, pues, se dio comienzo a una pesquisa que tena por objeto un
buhonero: nombre desconocido, cabellos negros y crespos, color moreno de
un extranjero, mercader de cuchillera y bisutera que llevaba en un
cajoncito, y grandes aros en las orejas.

Pero, ya sea que las diligencias de las pesquisas se hicieron con
demasiada lentitud, ya sea que aquella filiacin conviniera a tan grande
nmero de buhoneros que no fuera posible hacer una eleccin entre
ellos, lo cierto es que transcurrieron las semanas y no se obtuvo ms
resultado concerniente al robo, que el cese gradual de la agitacin que
haba causado en Raveloe.

La ausencia de Dunstan Cass fue apenas objeto de una observacin: ya
antes, a causa de un disgusto con su padre, se haba marchado, quin
sabe a dnde. Al cabo de seis semanas haba vuelto a su antiguos
cuarteles sin encontrar oposicin, y tan fanfarrn como antes. Su propia
familia, que esperaba aquel desenlace con la nica diferencia que esta
vez el squire estaba resuelto a prohibirle la vuelta a los mencionados
cuarteles, no aluda nunca a su ausencia, y, cuando su to Kimble y el
seor Osgood la notaron, el hecho de que haba matado a _Relmpago_ y
cometido ofensa contra su padre, bast para impedir que causara
sorpresa.

Relacionar el hecho de la desaparicin de Dunsey con el robo ocurrido el
mismo da era cosa que estaba muy lejos del curso ordinario de los
pensamientos de todos, an de los de Godfrey, que tena mejores razones
que nadie para saber de qu cosas era capaz su hermano. No recordaba que
Dunsey y l hubieran hablado nunca del tejedor desde haca doce aos,
poca de su infancia, en que se divertan burlndose de l.

Adems, su imaginacin encontraba siempre una coartada para Dunstan; se
lo imaginaba siempre en algn escondrijo en armona con los gustos que
le conoca, y hacia el cual deba haberse dirigido despus de haber
abandonado a _Relmpago_. Lo vea viviendo a expensas de las relaciones
fortuitas y pensando en volver a la casa para divertirse en mortificar a
su hermano mayor como antes.

Aun cuando una persona de Raveloe hubiera sido capaz de relacionar los
dos hechos antedichos, dudo que una combinacin tan injuriosa para la
honorabilidad hereditaria que tena un monumento mural en la iglesia y
copas de plata tan venerables, no hubiera permanecido secreta a causa de
su tendencia malsana. Pero los _puddings_ de Navidad, la carne de cerdo
cocida y especiada y la abundancia de licores espirituosos precipitan la
originalidad del espritu en el camino de la pesadilla y son grandes
preservativos contra la peligrosa espontaneidad del espritu.

Cuando se habl del robo en la taberna del _Arco Iris_ y fuera de all,
en la buena sociedad la balanza sigui oscilando entre la explicacin
racional basada en la caja de yesca y en la teora de un misterio
impenetrable que pona las pesquisas en ridculo. Los partidarios de la
creencia en la caja de yesca y de un buhonero consideraban a sus
adversarios como una coleccin de gentes crdulas de cerebro
desequilibrado que teniendo la vista perturbada, se imaginaban que todos
vean como ellos; y los que estaban por lo inexplicable, se limitaban a
dar a entender que sus antagonistas eran unos voltiles dispuestos a
cantar antes de encontrar grano; verdaderas espumaderas en cuanto a
capacidad y cuya clarividencia consista en suponer que no haba nada
tras de la puerta de una granja porque no podan ver a travs de ellas.
Por lo tanto, bien que esta controversia no sirviera para poner en claro
el robo, descubran ciertas opiniones verdaderas o importantes, pero que
no tenan nada que ver con el asunto.

Entretanto, mientras que la prdida que as haba sufrido serva para
activar la dbil corriente de la conversacin de Raveloe, al pobre Silas
lo consuma la desesperacin que le causaba aquella privacin de que sus
vecinos hablaban a sus anchas. Cualquiera que lo hubiese observado
antes de la desaparicin del oro, hubiera podido figurarse que un ser
tan desgastado y marchito tendra apenas la fuerza de soportar alguna
magulladura o que no sera capaz de sufrir algn debilitamiento sin
sucumbir en seguida.

En realidad, su vida haba sido una vida ardiente, ocupada por un fin
inmediato que lo separaba de la inmensidad desconocida y triste; su vida
haba sido tenaz y, bien que el objeto alrededor del cual las fibras de
su vida se haban entrelazado, fuese una cosa aislada e inerte, ese
objeto daba satisfaccin a la necesidad de Marner de tener una afeccin
cualquiera. Pero ahora la separacin protectora estaba destruida,
suprimido el sostn. Los pensamientos de Silas no podan seguir girando
en el antiguo crculo. Se encontraba desorientado por un vaco parecido
al que la hormiga laboriosa encuentra cuando se ha desmoronado la tierra
en el sendero que conduce a su nido. El telar estaba all, y el tejido y
el dibujo creciente de la tela; pero el brillante tesoro del escondite
ya no estaba bajo sus pies; la perspectiva de palparlo y de contarlo no
exista ya; la noche no tena ya sus visiones de delicias para calmar
los deseos ardientes de aquella pobre alma. La idea del dinero que
ganara con el trabajo del momento no le proporcionaba ninguna
satisfaccin, porque aquella imagen mezquina no haca ms que recordarle
de nuevo su infortunio; y esas esperanzas haban sido aplastadas con
demasiada violencia por el brusco golpe para que su imaginacin se
detuviera en la idea de ver acumularse su nuevo tesoro con aquel pequeo
comienzo.

Aquel vaco estaba colmado por su dolor. Mientras estaba ocupado en
tejer, gema con frecuencia, muy quedo, como un alma en pena: era sea
de que su pensamiento haba vuelto al abismo abrupto, a las horas
inertes de la noche. Y durante esas horas, sentado junto a la soledad de
su triste fuego, apoyaba los codos en las rodillas, se apretaba la
cabeza entre las manos, y gema an ms despacio, como si tratara de no
ser odo.

Sin embargo, no estaba tan completamente abandonado en su desgracia. La
aversin que haba inspirado siempre a los vecinos se haba disipado en
parte, gracias al huevo aspecto en que su infortunio lo haba
presentado. En lugar de un hombre dotado con ms habilidades de las que
las gentes honestas pueden poseer, y, lo que es ms grave, nada
dispuesto a usarlas como buen vecino, ahora era evidente que Silas no
tena siquiera bastante habilidad para conservar lo que le perteneca.
Se hablaba generalmente de l como de una pobre criatura bien
quebrantada, y ese alejamiento para con su prjimo, que se haba
atribuido en un principio a su mala voluntad y a la peor de las
relaciones, era actualmente considerado como una simple locura.

Esa vuelta a mejores sentimientos se manifestaba de distintas maneras.

El aire estaba impregnado con el olor de la cocina de Navidad, y era la
estacin en que las sobras del cerdo y de la morcilla sugieren la
caridad a las familias acomodadas. Las desgracias que le haban sucedido
a Silas lo colocaban en primera fila en los espritus de las dueas de
casas tales como la seora Osgood. Tambin el seor Crackenthorp, al
mismo tiempo que adverta a Silas que probablemente su dinero le haba
sido quitado porque pensaba demasiado en l y no iba nunca a la iglesia,
reforzaba su doctrina regalndole unos pies de cerdo; medio excelente de
disipar los prejuicios mal fundados que existen sobre la reputacin del
clero. Los vecinos que slo podan dar consuelos, se mostraban
inclinados no slo a saludar a Silas y discutir con bastante detencin
su infortunio cuando lo encontraban en la aldea, sino que iban tambin a
verlo en su choza y le hacan repetir todos los detalles del robo en el
sitio en que haba sido cometido. Despus trataban de alentarlo,
dicindolo: Qu tal, maese Marner, no sois ms desgraciado que los
otros pobres, al fin y al cabo; y si llegarais a quedar imposibilitado,
la parroquia os dara socorro.

Supongo que una de las razones porque somos incapaces de consolar al
prjimo con palabras, es que nuestras intenciones se corrompen a pesar
nuestro antes de pasar por nuestros labios. Podemos mandar morcillas y
patas de cerdo sin darles el sabor de nuestro egosmo; pero el lenguaje
es una corriente que casi siempre tiene el gusto del cauce impuro por
que corre. Haba una porcin razonable de bondad en el corazn de las
gentes de Raveloe, pero ejercan esa bondad con la franqueza torpe de la
embriaguez, empleando las formas en que menos se revelan la amabilidad y
el disimulo.

El seor Macey, por ejemplo, fue una noche expresamente para decirle a
Silas que los acontecimientos recientes le haban dado la ventaja de que
se lo considerara con ms fervor un hombre cuya opinin no se haba
formado a la ligera. Con este fin, as que hubo unido sus pulgares,
comenz la conversacin diciendo:

--Vamos! Maese Marner, vamos, no tenis para qu permanecer ah sentado
y gimiendo. Es mejor para vos que hayis perdido vuestro dinero que el
que lo hubieseis conservado valindoos de viles medios. Yo pens en un
principio, cuando vinisteis ac, que no erais mejor de lo preciso. Erais
mucho ms joven de lo que sois ahora; pero siempre habis sido una
criatura plida y azorada, parecindoos en cierto modo a un ternero de
cabeza blanca, si me es lcito expresarme as. Sin embargo, uno puede
equivocarse. No es solamente el demonio el que ha hecho todos los seres
de aspecto raro. Quiero referirme a los sapos y otras alimaas
parecidas, porque con frecuencia son inofensivas; y hasta son tiles
para destruir los insectos. Algo parecido acontece con vos, al menos por
lo que puedo apreciar, bien que lo que concierne a vuestro conocimiento
de la plantas y las drogas apropiadas para restablecer la respiracin,
si las habis trado de un pas apartado, hubierais podido mostraros un
poco ms generoso. Y si esos conocimientos haban sido adquiridos donde
no se deba hacerlo, nada os impeda que compensarais esto yendo a la
iglesia regularmente. En efecto, los nios que la bruja de Tarley
hechizaba, los vi bautizar ms de una vez y recibir el agua bendita tan
bien como los dems. Y as tiene que ser, considerando que si el demonio
desea hacer un poco de bien para poder descansar, si me es lcito
expresarme as, quin tiene que poner reparos a esto? Tal es mi
opinin. Hace cuarenta aos que soy chantre de esta parroquia, y yo s
que cuando el pastor y yo denunciamos la clera celeste el mircoles de
ceniza, no se pronuncia ningn anatema contra aquellos que desean ser
curados sin mdico, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por
consiguiente, maese Marner, como os lo deca hace un momento, las cosas
tienen tantas vueltas, que os ocurren, como acaba de sucederme, que sois
arrastrado hasta el ltimo captulo del libro de oraciones antes de
volver al asunto; mi opinin es que no debis desalentaros. En cuanto a
imaginarse que sois un personaje maligno y que hay ms ciencia en
vuestra cabeza de la que podrais revelar, no soy absolutamente de ese
parecer, y eso es lo que les repito a los vecinos. Vosotros
pretendis--les digo--que maese Marner habra forjado un cuento; pues
bien, eso es absurdo, en verdad. Se requerira realmente un hombre
inteligente para inventar una historia como sa; y, adems, la noche que
vino a la taberna pareca ms asustado que una liebre.

Durante este discurso sin dilacin, Silas haba permanecido inmvil en
su primera actitud, apoyando los codos en las rodillas y oprimindose la
cabeza entre las manos. El seor Macey se detuvo, no dudando que haba
sido escuchado. Esperaba alguna apreciacin como respuesta; pero Marner
permaneci silencioso. Tena la impresin de que el anciano quera serle
agradable, y tena a su respecto intenciones de buen vecino;
desgraciadamente aquella bondad caa sobre Silas como los rayos del sol
sobre el hombre miserable; sintiendo que estaba muy lejos de l, no
tena nimo para gozarla.

--Vamos, maese Marner, no tenis qu responder, a esto?--dijo al fin el
seor Macey con un tono lentamente impasible.

--Ah!--respondi Marner con lentitud, sacudiendo la cabeza entre las
manos--, os doy las gracias, os doy las gracias con todo corazn.

--S, s, ciertamente, estaba seguro de que me darais las gracias--dijo
el seor Macey--, y soy de opinin que... A propsito, tenis ropa que
vestir los domingos?

--No--dijo Marner.

--Eso pensaba--dijo el seor Macey--. Ahora dejadme aconsejaros que os
proporcione un traje. Tookey es un hombre diablo, pero se ha hecho cargo
de mi sastrera, y lo he habilitado con algn dinero. Os har un traje
completo, barato y fiado. Entonces podris venir a la iglesia y ser algo
sociable con vuestros vecinos. Cmo!  No me habis odo decir amn
desde vuestra llegada a este pueblo? Os recomiendo que no perdis
tiempo, porque ser algo deplorable cuando Tookey me reemplace por
completo. Puede muy bien que pasado otro invierno no tenga ms fuerzas
para estar de pie junto al rgano.

Dicho esto, el seor Macey hizo una pausa, esperando quizs algn signo
de emocin por parte de su interlocutor. Viendo que Marner no deca
nada, prosigui:

--Y en cuanto al dinero para el traje completo, debis ganar con vuestro
telar una libra esterlina por semana, maese Marner, y todava sois
joven, me parece, aunque parezcis muy agobiado. Pero no debais, tener
veinticinco aos cuando vinisteis a estableceros aqu, verdad?

Silas se estremeci ligeramente cuando el seor Macey tom aquel tono de
interrogacin, y respondi con suavidad:

--No lo s, no lo podra decir con exactitud; hace de eso tanto tiempo!

Despus de recibir semejante respuesta, no es de extraar que el seor
Macey hiciera notar ms tarde, en la velada del _Arco Iris_, que Marner
tena la cabeza perdida, y que no saba probablemente cundo era
domingo, lo que demostraba que era ms pagano que muchos perros.

Adems del seor Macey, otra persona que consolaba a Silas fue a verlo
con el corazn lleno de los mismos pensamientos. Era la seora Winthrop,
la mujer del carretero.

Los habitantes de Raveloe no iban a los oficios con regularidad
escrupulosa. Quiz hubiera sido difcil encontrar a alguien en la
parroquia que no pensara que los fieles que frecuentaban la iglesia
todos los domingos del calendario, manifestaban un deseo vido de estar
bien con el Cielo, y de obtener indebidamente una ventaja sobre sus
vecinos, un deseo de ser mejores que el comn de los mortales,
implicando ste una cierta censura para las gentes que, habiendo tenido
como ellos padrinos y madrinas, posean derecho igual al servicio
fnebre. Al mismo tiempo era cosa entendida que todos, excepto los
sirvientes y los jvenes, deban recibir el sacramento de la eucarista
en una de las grandes fiestas. El propio squire Cass comulgaba en
Navidad; mientras que los que eran considerados buenos cristianos, iban
a la iglesia ms a menudo, pero con moderacin, sin embargo.

La seora Winthrop se contaba entre estas ltimas. Era de todo punto una
mujer concienzuda y escrupulosa. Pona tal ardor en cumplir sus deberes,
que la vida pareca no presentrselos con tanta frecuencia, cuando no se
levantaba a las cuatro y media de la maana. Eso disminua, es cierto,
las tareas de las horas que seguan, y este inconveniente representaba
para ella un problema que constantemente trataba de resolver.

Sin embargo, no tena el carcter atrabiliario que se supone va
necesariamente asociado con tales costumbres. Era una mujer muy suave y
bondadosa que buscaba por temperamento todos los elementos ms tristes y
ms serios de la vida para nutrir su espritu, era la persona en quien
se pensaba en Raveloe cada vez que haba un enfermo o un muerto en una
familia, cuando haba que aplicar sanguijuelas y que no se poda
conseguir una enfermera.

Mujer servicial, de buen semblante, cutis fresco, tena los labios
siempre ligeramente apretados como si creyera estar en el cuarto de un
enfermo en presencia del mdico o del pastor. Pero no lloriqueaba nunca;
nadie la haba visto nunca derramar lgrimas. No se observaba en ella
ms que una gravedad y una disposicin a menear la cabeza y a suspirar
de un modo casi imperceptible, como una plaidera que no es parienta del
difunto. Pareca sorprendente que Ben Winthrop, que gustaba del jarro de
cerveza y de decir chistes, viviera tan de acuerdo con Dolly; pero es
que ella aceptaba las ocurrencias y la jovialidad de su marido con tanta
paciencia como las dems cosas. Se deca que los hombres son siempre
as, hgase lo que se haga, y ante sus ojos las personas del sexo fuerte
eran criaturas que al cielo le haba placido hacerlas naturalmente
fastidiosas, como los gansos y los pavos.

Aquella mujer buena y caritativa no poda dejar de sentirse fuertemente
atrada por Silas Marner, ahora que lo vea bajo un aspecto de una
persona que sufre. Un domingo por la tarde tom a su pequeo Aarn
consigo y se dirigi a casa de Silas. Llevaba en la mano algunos
bizcochos, hechos de pasta liviana y que eran muy estimados en Raveloe.
Aarn, un nio de siete aos, cuyas mejillas semejaban manzanas y cuyo
cuello limpio y almidonado pareca ser el plato que contena aquellas
frutas, tuvo que recurrir a toda audacia de su curiosidad para vencer el
temor de que el tejedor de ojos saltones no le fuera a dar algn dao
fsico. Su aprensin creci mucho cuando, al llegar a las canteras, l y
su madre oyeron el ruido misterioso del telar.

--Ah! Era como yo lo pensaba!--dijo tristemente la seora de Winthrop.

Tuvieron que golpear con fuerza antes de que Silas los oyera; sin
embargo, cuando se asom a la puerta no demostr ninguna impaciencia
como hubiera hecho antes al recibir una visita que no era ni esperada ni
solicitada. Antes su corazn era como un cofrecillo cerrado con llave y
que contena un tesoro; pero ahora el cofrecillo estaba vaco, y la
cerradura rota. Abandonado en las tinieblas y buscando en ellas sus
caminos a tientas, falto por completo de su apoyo, Silas tena
inevitablemente el sentimiento--sentimiento triste, en verdad, y que
casi rayaba en la desesperacin--de que si algn socorro le llegaba no
poda ser sino de afuera. As es que senta una ligera emocin de
esperanza a la vista de sus semejantes. Tena una vaga idea de que deba
contar con la benevolencia de ellos.

Abri la puerta enteramente para dejar pasar a Dolly; sin embargo, no le
devolvi su saludo ms que haciendo adelantar la silla algunas pulgadas
para indicarle que poda sentarse. As que Dolly se sent, quit la
servilleta que cubra los bizcochos y dijo con la mayor gravedad:

--Maese Marner, ayer hice cocer en el horno estos bizcochos, y estn
mejores que de costumbre. Vena a pediros que aceptis algunos si lo
tenis a bien. A m no me agradan estas cosas, porque lo que prefiero de
un extremo del ao al otro es un pedazo de pan; pero los hombres tienen
un estmago tan caprichoso que necesitan cambiar; s, necesitan, lo s;
que Dios los ayude.

Dolly suspir suavemente ofrecindole los bizcochos a Silas. Este le dio
las gracias con bondad y mir el presente muy cerca, distradamente,
porque estaba acostumbrado a examinar as todo lo que tomaba en las
manos. Entretanto, los ojos redondos, brillantes y sorprendidos del
pequeo Aarn estaban fijos en l; el nio se haba parapetado tras de
la silla de su madre y desde all lanzaba sus miradas furtivas.

--Tienen encima impresas unas letras--dijo Dolly--. Yo no s leerlas y
nadie, ni aun el seor Macey sabe exactamente lo que quieren decir; pero
tienen un buen significado, puesto que son las mismas que se ven en el
tapiz del plpito, en la iglesia. Qu letras son, Aarn, hijo mo?

Aarn se escondi completamente detrs de su trinchera.

--Oh, vamos, no seas malo!--le dijo su madre con suavidad--. Bueno,
sean cules fueran esas letras, tienen un buen significado. Ben dice que
es una marca que se ha usado siempre en su familia desde cuando era
nio. Su madre tena la costumbre de ponerla en los bizcochos, y yo
tambin siempre la he puesto; porque si hay algn bien en ello nos hace
falta en el mundo.

--Es I.H.S. (In hoc salus)--dijo Silas.

Ante aquella prueba de saber, Aarn lanz una nueva mirada furtiva por
detrs de la silla.

--S, la verdad es que las habis podido leer fcilmente--dijo Dolly--.
Ben me la ha ledo muchas veces, pero se me van de la cabeza. Es tanto
ms sensible cuanto que son buenas letras; de otro modo no estaran en
la iglesia. Por eso las pongo en todos los panes y en todos los
bizcochos, bien que a veces se borran porque la masa crece, porque, como
deca, si podemos conseguir algn bien lo necesitamos en este mundo, os
lo aseguro. Espero que os lo proporcionarn, maese Marner. Es con esa
intencin que os he trado los bizcochos, y ya veis que las letras han
salido mejor que de costumbre.

Silas era tan incapaz de interpretar las letras como Dolly; sin embargo,
no era posible, al or las dulces palabras de la seora Winthrop,
equivocarse sobre el deseo que tena de hacer un bien. Respondi, pues,
con ms sentimiento que antes:

--Gracias, gracias de todo corazn.

Sin embargo, puso a un lado los bizcochos y se sent distradamente
triste e inconsciente del bien que pudieran hacerle los bizcochos, las
letras y hasta la bondad de Dolly.

--Ah! Si hay un bien en algo, lo necesitamos--repiti Dolly, que no
abandonaba fcilmente una frase til.

Y continu hablando mientras miraba a Silas con compasin:

--Pero no osteis las campanas de la iglesia esta maana, maese Marner?
Conque ignorabais que hoy es domingo? Viviendo aqu tan solitario os
olvidis del da que es, me parece; adems, con el ruido del telar, no
os las campanas, que, por otra parte, ahora sofoca el aire fro y
hmedo que reina.

--S, s, las he odo--respondi Silas, para quien el sonido de las
campanas era un simple incidente que no tena ninguna relacin con la
santidad del da. No haba campanas en el Patio de la Linterna.

--Dios mo!--dijo Dolly, detenindose antes de seguir hablando--. Es
lstima que trabajis el domingo y que no cuidis vuestro traje, aunque
no vayis a la iglesia. Si tuvieseis un asado al fuego se comprendera
que no pudierais salir, viviendo solo. Pero el horno est ah cerca. No
tendrais ms que resolveros a gastar de cuando en cuando una moneda de
cuatro peniques para que os asaran la carne, no todas las semanas, por
supuesto; a m mismo no me agradara eso. Podrais vos mismo llevar
vuestra pequea cena a cocer, porque es razonable tener algn trozo de
algo caliente el domingo. Deberais de tratar que la comida de ese da
no fuera igual a la del sbado. Pero ahora se acerca la Navidad, el
santo da de Navidad, y si llevarais a asar vuestra cena y si fuseis a
la iglesia para verla adornada con murdago y follaje, or el oficio y
comulgar en seguida, os sentirais mucho mejor. Sabrais a qu ateneros
y podrais poner vuestra confianza en Aquel que sabe ms que nosotros,
puesto que habrais cumplido con lo que es el deber de todos.

Esta larga exhortacin de todos, que le haba costado un extraordinario
esfuerzo de palabras, fue pronunciada con el tono dulce y persuasivo con
que se trata de conseguir que un enfermo tome su medicina o una taza de
caldo que le inspirara repugnancia. Hasta entonces Silas no haba
sufrido presin tan directamente a propsito de su ausencia de la
iglesia. El hecho haba sido considerado simplemente como un rasgo del
carcter general de su naturaleza extraa, y Marner era demasiado franco
y sencillo para eludir el llamamiento de Dolly.

--No, no--dijo--. Yo no s nada de la iglesia. Nunca he ido a la
iglesia.

--Nunca!--repuso Dolly, con el tono quedo de la sorpresa.

Entonces, recordando que Silas proceda de un pas desconocido, agreg:

--Ser porque no haba iglesia en el pas en que nacisteis?

--Oh, s!--dijo Silas con aire meditativo, sentado, segn su costumbre,
con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos--.
Haba iglesia, haba costumbres. Era una gran ciudad, pero yo no las
conozco; siempre iba a la capilla.

Dolly, muy perpleja al or aquella expresin nueva, no se atrevi a
llevar ms lejos sus preguntas por temor de que la palabra capilla
significara algn antro de maldad. Despus de un instante de reflexin,
dijo:

--Pues bien, maese Marner, nunca es demasiado tarde para cambiar de
conducta. Si nunca habis frecuentado la iglesia, no os imaginis el
inmenso bien que os hara el ir a ella. Yo me siento ms a mi gusto y
ms feliz que nunca cuando voy a or las oraciones y los cnticos en
homenaje y gloria de Dios, que el seor Macey entona, y las buenas
palabras que pronuncia el seor Crackenthorp, principalmente los das de
comunin. Si me ocurre alguna contrariedad siento que la puedo soportar,
porque he ido a buscar ayuda donde deba. Yo me he abandonado a Aquel a
quien debemos todos abandonarnos en fin, y si hemos hecho nuestro deber,
no hay que creer que Aquel que est all arriba vale menos que nosotros
y no har el suyo.

La exposicin que hizo la pobre Dolly de la sencilla teologa de Raveloe
hiri los odos de Silas sin que entendiera palabra; en efecto, ninguna
de aquellas frases poda evocar un recuerdo de la religin que haba
practicado, y su espritu quedaba del todo desconcertado. Marner
permaneci silencioso. No se senta dispuesto a dar su asentimiento a la
parte del discurso que comprenda por completo: la recomendacin de ir a
la iglesia. En verdad, Silas estaba tan poco acostumbrado a hablar,
excepto para hacer preguntas y dar las respuestas breves indispensables
para la negociacin de sus pequeos negocios, que las palabras no se le
ocurran con facilidad si no eran solicitadas por un objeto determinado.

Pero ahora el pequeo Aarn, que se haba acostumbrado a la presencia
del terrible tejedor, se haba colocado junto a su madre, y Silas,
pareciendo verlo por primera vez, trat de rehur las muestras de
bondad de Dolly ofrecindole al nio una parte de los bizcochos. Aarn
retrocedi un poco y se frot la cabeza contra el hombro de su madre.
Sin embargo, pens que el bizcocho vala la pena que se extendiera la
mano para obtenerlo.

--Ah! Aarn!--dijo Dolly tomndolo sobre las rodillas--; no necesitis
comer bizcochos por ahora. Tiene un apetito maravilloso--agreg con un
ligero suspiro--, maravilloso, Dios lo sabe. Es el menor y lo mimamos de
un modo deplorable; porque ya sea yo, ya sea su padre, es preciso
absolutamente que uno de los dos lo tenga bajo sus ojos, absolutamente.

Acarici la cabeza de Aarn, pensando que la vista de aquel amor de nio
deba de hacerle bien a maese Marner; pero ste, sentado al otro lado
del hogar, no vea el rostro rosado, de rasgos bien acusados, ms que
como la bola obscura de dos pequeos puntos negros en la superficie.

--Y tiene una voz como la de un pjaro--prosigui Dolly--; sabe cantar
un canto de Navidad que su padre le ha enseado. Para m es un signo de
que ser bueno el que haya podido aprender tan ligero un aire religioso.
Vamos, Aarn, paraos y cantadle vuestra cancin a maese Marner, vamos.

Aarn, por toda respuesta, se frot la frente contra el hombro de su
madre.

--Oh! eso est mal--dijo Dolly con suavidad--. Hay que levantarse
cuando mam lo manda, y dadme un bizcocho para que os lo tenga, hasta
que hayis concluido.

No le repugnaba a Aarn lucir sus talentos, aun delante de un ogro,
siempre que se sintiera en seguridad. Por lo tanto, despus de algunos
ademanes de falsa vergenza, consistentes principalmente en restregarse
los ojos con las manos y en mirar a Marner por entre los dedos para ver
si ste deseaba ardientemente orlo cantar, se dej al fin poner erguida
la cabeza. Entonces se par detrs de la mesa, de la que slo sobresala
a partir del cuello. Pareca as una cabeza de querubn libre de la
traba del cuerpo. Por fin, con la voz clara de un pjaro comenz la
siguiente meloda, cuyo ritmo era martillado y laborioso:

    Que Dios os de paz, alegres gentileshombres,
    Que nada os espante,
    Porque Jesucristo, vuestro Salvador,
    Vino al mundo para Navidad.

Dolly escuchaba con aire piadoso, dirigindole miradas a Marner con
cierta confianza de que aquellos acentos contribuiran a atraerlo a la
iglesia.

--Esto es lo que se llama msica de Navidad--dijo cuando Aarn hubo
acabado y volvi a entrar en posesin de su bizcocho--. No hay msica
que est a la altura de la msica de Navidad... Y ya podis imaginaros
lo que debe ser eso en la iglesia, maese Marner, con el acompaamiento
del rgano y el coro. No se puede dejar de creer que ya se est en un
mundo mejor. No quisiera hablar mal de ste, visto que Aquel que nos ha
puesto en l sabe algo ms que nosotros; pero cuando se piensa en la
embriaguez y en las rias, as como en las enfermedades y en las
angustias de los moribundos--cosas que he visto tantas y tantas veces--,
complace or hablar de una mansin ms feliz. El nio canta bien, no es
verdad, maese Marner?

--S, muy bien--respondi Silas distradamente.

El canto, con su ritmo martillado, haba resonado en sus odos como una
msica extraa, completamente distinta de la del himno, y no poda de
ningn modo producir el efecto que Dolly esperaba. Pero Silas quera
demostrarle que estaba agradecido y lo nico que se le ocurri fue
ofrecerle otro bizcocho a Aarn.

--Oh, no! muchas gracias, maese Marner--dijo Dolly, conteniendo las
manos prontas a Aarn--. Ahora es preciso que nos volvamos a casa. Por
consiguiente le digo hasta la vista, maese Marner. Si alguna vez os
sents con algn mal interior, que no os permita trabajar, yo vendr a
hacer un poco de limpieza y os buscar un poco de alimento, con toda
buena voluntad. Pero os pido y os ruego que dejis de tejer el domingo;
eso es malo para el alma y para el cuerpo. El dinero que se consigue as
es un mal lecho de reposo en los ltimos momentos, si no se disipa como
la escarcha quin sabe dnde. Disculpad que me haya tomado esta libertad
con vos, maese Marner, porque os quiero bien en verdad. Aarn, haced
vuestra reverencia.

Silas le dijo hasta la vista a Dolly, y le dio las gracias cordialmente
abriendo la puerta. Sin embargo, a pesar suyo se sinti aliviado cuando
ella se hubo marchado, satisfecho de poder volver a tejer y gemir a su
gusto. Aquella manera simple de comprender la vida y el bienestar por
medio del cual Dolly haba tratado de alentar a Silas, no era para l
ms que un ruido lejano de objetos desconocidos que su imaginacin era
incapaz de representarle. Las fuentes del amor al prjimo y de la fe en
el amor divino no se haban abierto todava, y su alma era como un
pequeo arroyo desecado. No haba ms que una dbil diferencia, y es que
el dbil surco trazado en la arena estaba bloqueado, y el agua corra al
azar hacia tenebrosos obstculos.

Y as es que, a pesar de las palabras honradas y persuasivas del seor
Macey y de Dolly Winthrop, Silas pas el da de Navidad en la sociedad
comiendo su cena con el corazn entristecido, bien que le hubiera sido
ofrecida por una buena vecina. Por la maana mir la helada negra que
pareca oprimir cruelmente cada rama de hierba, mientras que el viento
haca rizar la charca roja, helada a medias. Pero al llegar la noche la
nieve se puso a caer y le vel hasta aquella lgubre perspectiva,
encerrndolo estrechamente con su pena concentrada. Y durante toda la
velada permaneci sentado en su choza despojada de su tesoro, no
preocupndose de cerrar los postigos ni la puerta, oprimindose la
cabeza entre las manos y gimiendo, hasta que lo tom el fro y le
advirti que su fuego no era ms que una ceniza gris.

Nadie en este mundo, excepto l, saba que Silas era el mismo hombre que
habiendo amado antes a su prjimo con tierno afecto haba tenido
confianza en una bondad invisible. Aun para sus ojos, aquella
experiencia de la vida pasada se haba vuelto algo obscura.

Entretanto, en la aldea de Raveloe las campanas repicaban alegremente y
la iglesia estaba ms llena que durante el resto del ao por fieles
cuyos rostros bermejos aparecan en medio de las profusas ramas de un
verde obscuro--fieles preparados para un oficio ms largo que el de
costumbre, gracias a un almuerzo perfumado de tostadas y cerveza.
Aquellas verdes ramas, el humo y la plegaria que no se oan ms que en
Navidad, y hasta el Credo de San Anastasio--que slo se distingua de
los otros en que era ms largo y tena virtud excepcional, puesto que no
se le lea ms que en ciertas ocasiones--producan un vago sentimiento
de que algo grande y misterioso se haba realizado para ellos all en el
cielo, y aqu abajo en la tierra, algo que se apropiaba con su
presencia. Despus los fieles de rostros bermejos se volvieron a su casa
a travs del fro negro y picante, sintindose libres, durante el resto
del da, de comer, de beber y de regocijarse, usando sin temor de
aquella libertad cristiana.

En la reunin de familia en casa del squire Cass celebrada ese da,
nadie habl de Dunstan--nadie senta la ausencia, y tema que fuera a
ser larga. El doctor y su mujer, el to y la ta Kimble, estaban
presentes.

La conversacin anual de la fiesta de Navidad tuvo lugar sin ninguna
omisin. Alcanz su punto culminante cuando el seor Kimble cont lo que
haba visto y odo en la poca en que estudiaba medicina en los
hospitales de Londres, treinta aos atrs, no omitiendo las ancdotas
notables concernientes a su profesin, que haba recogido entonces. En
seguida vinieron las partidas de los naipes con la mala suerte
tradicional de la ta Kimble para hacer parejas; despus la
irascibilidad del to Kimble a propsito del trick en el whist.
Cuando no estaba de su parte, no se lo explicaba sin hacer una
inspeccin general de todas las bazas para asegurarse de que haban sido
hechas de acuerdo con los verdaderos principios. El todo estaba
acompaado por el fuerte olor de los grogs humeantes.

Pero la reunin del da de Navidad era puramente una reunin familiar
que no representaba la fiesta brillante por excelencia de la estacin de
la Casa Roja. Esta era el gran baile de la vspera del da del Ao Nuevo
que haca la gloria de la hospitalidad del squire, como haba hecho la
de la hospitalidad de los antepasados del squire desde tiempo
inmemorial. Esa era la ocasin en que todos los miembros de la sociedad
de Raveloe y de Tarley--ya fueran antiguas relaciones separadas por
largos caminos llenos de zanjas, ya fueran relaciones enfriadas por
disidencias relativas a la posesin de terneras escapadas, o ya las
relaciones establecidas por una condescendencia intermitente--, contaban
encontrarse y conducirse segn las conveniencias recprocas. Esa era la
ocasin en que las bellas damas que iban a caballo mandaban de antemano
cajas que contenan algo ms que sus trajes del baile. La fiesta, en
efecto, no deba durar slo una noche, como las mezquinas diversiones de
la ciudad, en que todas las provisiones de boca son puestas de una sola
vez en la mesa, y en que la lencera es insuficiente. La Casa Roja
estaba aprovisionada como para resistir un sitio. En cuanto a los
colchones de pluma disponibles, prontos para ser tendidos en el suelo,
eran tan numerosos como poda esperrselo en una familia que haba
matado gansos durante muchas generaciones.

Godfrey Cass suspiraba por esa vspera del da de Ao Nuevo con la
impaciencia loca e irreflexiva que lo volva medio sordo a las
importunidades de su compaera, la ansiedad.

--Oh! no volver quiz a casa antes de la vspera de Ao
Nuevo--responda Godfrey--. Entonces estar sentado al lado de Nancy,
bailar con ella y he de obtener, quiralo ella o no, alguna dulce
mirada.

--Pero hay alguien que necesita dinero--deca la ansiedad con voz ms
fuerte--; cmo vas a conseguirlo sin vender el alfiler de diamantes de
tu madre? Y si no puedes obtenerlo?

--Puede que ocurra algn acontecimiento que facilite las cosas. De todos
modos, hay para m un placer que est prximo: Nancy viene al baile.

--Es cierto, pero suponte que tu padre lleve las cosas a tal punto que
te veas obligado a comprometerte con ella y tener que dar las razones.

--Corta tu lengua y no me mortifiques. Puedo ver los ojos de Nancy tales
como me mirarn y ya siento su mano en la ma.

Sin embargo, la ansiedad sigui hablando, bien que fuera en medio de la
ruidosa reunin de Navidad; se neg a callar por completo, ni aun con
mucha bebida.




XI


Algunas mujeres, lo confieso, no apareceran ventajosamente si
cabalgaran a la grupa, vestidas con un abrigo de viaje color marrn y la
cabeza cubierta con un sombrero de castor tambin color marrn, cuya
copa se parece a una pequea cacerola.

En efecto, un vestido que recuerda la hopalanda de un cochero, y que ha
sido cortado en un pequeo retazo de pao con el cual no se han podido
cortar capuchas en miniatura, no es muy aparente para ocultar los
defectos de las formas. Por otra parte, el marrn no es un color
apropiado para hacer resaltar vivamente las mejillas plidas. Era un
triunfo tanto ms grande la belleza de la seorita Nancy Lammeter
aparecer del todo seductora en semejante traje, cuando sentada a la
grupa sobre un cojn, tras de su padre alto y derecho, ella le tomaba la
cintura con uno de sus brazos y miraba hacia abajo, con ansiedad
vigilante, los charcos de agua, cubiertos por una nube traidora que
lanzaba salpicaduras formidables bajo los golpes de los cascos de
_Dobbin_. Un pintor la hubiera preferido quiz en uno de esos momentos
en que ella no tena conciencia de s misma; pero sin duda que esas
mejillas haban alcanzado su ms alto grado de contraste con la tela
marrn de que iba revestida, cuando lleg a la puerta de la Casa Roja y
vio a Godfrey Cass dispuesto para ayudarla a bajar del caballo. Hubiera
deseado que su hermana Priscila hubiese ido a la grupa detrs del
sirviente al mismo tiempo que ellos, porque entonces se hubiera
arreglado para que el seor Godfrey bajara a Priscila primero. En ese
intervalo ella hubiera convencido a su padre de que la diera la vuelta
hasta el apeadero, en lugar de dirigirse al pie de la escalera. Es muy
penoso, cuando se le ha dado a entender claramente a un joven que se
tiene la resolucin de no casarse con l, por ms que l deseara esa
unin, verlo seguir, sin embargo, teniendo atenciones especiales. Y
adems, por qu no tena siempre las mismas atenciones, si realmente
eran sinceras de su parte, en vez de mostrarse tan incoherente como lo
era el seor Godfrey Cass? Proceda a veces como si no quisiera
hablarla, y no se ocupaba de ella durante varias semanas; despus, de
repente, casi le haca de nuevo la corte. Adems, era bien evidente que
no le profesaba verdadero afecto; de otro modo no dejara que las gentes
dijeran lo que decan de l. Supona acaso que la seorita Nancy
Lammeter poda ser conquistada por cualquiera, squire o no, que llevara
mala vida? No era eso lo que estaba acostumbrada a ver en la persona de
su padre, el hombre ms sobrio y bueno de los alrededores, cuyo nico
defecto era ser algo brusco y arrebatado, de cuando en cuando, si las
cosas no eran hechas en el acto.

Todos estos pensamientos atravesaron rpidamente el espritu de la
seorita Nancy en su orden habitual, entre el momento en que se advirti
al seor Godfrey Cass de pie en la puerta, y aquel en que lleg junto a
l. Felizmente, el squire tambin sali a recibirles y dirigi ruidosos
saludos al padre de Nancy. Se vio entonces protegida en cierto modo por
aquel ruido, envolvindose en l su confesin y su descuido de toda
regla conforme con la etiqueta, cuando los vigorosos brazos del joven la
ayudaban a bajar del caballo, pareciendo juzgarla ridculamente pequea
y liviana. Haba las mayores razones, adems, para entrar en la casa
cuanto antes, pues la nieve comenzaba a caer, amenazando con un viaje
desagradable a los invitados que estaban an en camino. Estos
constituan una pequea minora, porque ya la tarde comenzaba a declinar
y no tardaran en llegar las damas que venan de mayores distancias.
Tenan que ataviarse y estar prontas antes del t, que se tomara
temprano, y que deba animarles para el baile.

Cuando la seorita Nancy entr, hubo por toda la casa un murmullo de
voces, que se confundi con el ruido de un violn que estaba preludiando
en la cocina. Pero la llegada de los Lammeter tena evidentemente tan
preocupadas a las gentes, que se asomaron a la ventana para verles
llegar. En efecto, la seora Kimble, que haca los honores de la Casa
Roja en estas grandes ocasiones, vino al vestbulo a recibir a la
seorita Nancy y la llev a los altos. La seora Kimble era la hermana
del squire y la mujer del doctor, doble dignidad con la cual su dimetro
estaba en razn directa. As es que como un viaje al primer piso la
fatigaba bastante, accedi al pedido de la seorita Nancy de que le
permitiera dirigirse sola hacia el cuarto azul, donde haban sido
colocadas las cajas de las seoritas Lammeter cuando llegaron por la
maana.

Hubiera sido difcil encontrar un dormitorio en la casa, en el que las
mujeres no estuvieran ocupadas en cumplimentarse y en prepararse. El
atavo de cada una estaba ms o menos adelantado, y se prosegua en un
espacio reducido por las camas suplementarias tendidas en el suelo. La
seorita Nancy, al entrar en el cuarto azul, tuvo que hacer una pequea
reverencia ceremoniosa a un grupo de seis damas. Hacia una parte haba
dos que eran nada menos que las seoritas Gunn, las hijas del negociante
en vinos de Lytherley, vestidas a la ltima moda, con las faldas ms
ceidas y las batas ms cortas de talle. Las estaba examinando la
seorita Ladbrook--de los Prados Viejos--con una vergenza fingida no
exenta de una contrariedad secreta. La seorita Ladbrook comprenda que
las seoritas Gunn deban considerar su falda como de una amplitud
exagerada; pero, en cambio, no era sensible que las seoritas Gunn
estuvieran desprovistas de la sensatez que les hubiera indicado la
conveniencia de no ajustarse tanto a la moda. Por otra parte, estaba la
seora Ladbrook, que de cofia y con un turbante en la mano haca una
reverencia y sonrea con dulzura, diciendo: De ningn modo; yo
esperar; a otra dama que se hallaba en la misma posicin que ella y
que atentamente le ofreca la precedencia frente al espejo.

Pero apenas la seorita Nancy hizo su reverencia, una dama de cierta
edad se adelant. El fich de muselina extremadamente blanco de aquella
dama y la papalina que cubra sus bucles de cabellos grises y lacios,
formaba un contraste chocante con los trajes de raso amarillo y los
tocados aparatosos de sus vecinas. Se acerc a la seorita Nancy con
mucha afectacin y le dijo lentamente, con voz aguda y suave:

--Espero, sobrina, que estis en buena salud.

La seorita Nancy bes respetuosamente la mejilla de su ta, y
respondi con igual afectacin de amabilidad:

--En muy buena salud, mi ta, y espero que vos estis lo mismo.

--Gracias, mi sobrina; mi salud se conserva por ahora. Cmo est mi
cuado?

Estas preguntas y estas respuestas respetuosas no cesaron hasta que se
hubo averiguado que todos los Lammeter estaban en tan buena salud como
de costumbre, lo mismo que los Osgood; adems, la sobrina Priscila deba
seguramente de estar por llegar, y que no era muy agradable viajar a la
grupa con tiempo de nieve, bien que una capa de viaje abrigara mucho.
Entonces, Nancy fue presentada a los visitantes de su ta, la seora
Gunn. Estos fueron anunciados como las hijas de una dama conocida de la
seora Lammeter, bien que ellas mismas no se hubieran resuelto nunca a
hacer un viaje a aquellos parajes. Quedaron tan sorprendidas de
encontrar una fisonoma y maneras tan encantadoras en un sitio apartado
de la campaa, que empezaron a sentir cierta curiosidad por saber qu
traje se pondra Nancy despus que se quitara el abrigo. La atencin de
la seorita Nancy estaba siempre fija en la cortesa y moderacin que se
observaba siempre en sus maneras. Se puso a observar que las seoritas
Gunn tenan ms bien facciones groseras y que la idea de ponerse trajes
escotados como los suyos hubiera podido ser atribuida a la vanidad si
tuviesen lindos hombros. Sin embargo, teniendo semejantes hombros, haba
que suponer sensatamente que aquellas seoritas no lo hacan por el
deseo de exhibirlos, sino ms bien a causa de una obligacin que no era
incompatible con el buen sentido y la modestia.

Tena la conviccin al abrir la caja que contena su traje que sa
sera la opinin de la seora Osgood, porque el espritu de la seorita
Nancy se pareca de un modo extraordinario al de su ta. Todo el mundo
deca que era una cosa sorprendente, puesto que el parentesco proceda
por el lado del seor Osgood; y bien que la forma ceremoniosa de sus
saludos no lo hubiera hecho suponer, haba un afecto, una admiracin
recproca entre la ta y la sobrina. Ni aun la negativa de la seorita
Nancy de aceptar la mano de su primo Gilberto Osgood--simplemente a
causa de que era su primo--no haba enfriado absolutamente la
preferencia que haba determinado a la seora Osgood, a pesar del gran
disgusto que aquella negativa le haba causado, a dejarle a Nancy varias
alhajas de familia, cualquiera que fuese la esposa futura de su hijo.

Tres damas se retiraron muy luego; pero no las seoritas Gunn, que el
deseo de la seora Osgood de esperar a su sobrina, les diera motivo para
quedarse, a ver el traje de aquella belleza rstica. Hubo para ellas un
verdadero placer, desde el momento en que se abri la caja en que todo
ola a alhucema y hojas de rosas, hasta que el pequeo collar de corales
qued ceido a su fino cuello blanco. Todas las cosas pertenecientes a
la seorita Nancy eran de una limpieza y de una pureza delicadas: ni un
solo pliegue dejaba de tener su razn de ser; ni la ms pequea pieza de
sus ropas careca de la blancura que se supondra deba tener; hasta los
alfileres de su almohadilla estaban clavados segn un modelo de que
tena la prolijidad de no apartarse; y, en cuanto a su misma persona,
daba la idea de una elegancia tan invariable y exquisita como la de un
pequeo pjaro.

Es cierto que sus cabellos obscuros estaban cortados en la nuca como los
de un muchacho, y estaban dispuestos adelante en cierto nmero de bucles
chatos que se apartaban mucho de su rostro. Pero no haba peinado que
no hiciera encantadores el cuello y las mejillas de Nancy. Cuando por
fin apareci completamente vestida, con su traje de seda cruzada color
plata, con su cuello de encajes, su collar y sus pendientes de coral,
las seoritas Gunn no encontraron nada que criticarle, a no ser sus
manos.

Estas tenan las huellas dejadas por la fabricacin de la manteca, del
queso y aun de alguna otra tarea ms grosera. La seorita Nancy no se
avergonzaba, por su parte, de esto. En efecto, a la vez que se vesta,
la joven contaba a su ta cmo haban hecho su hermana Priscila y ella
para poner sus ropas en las cajas la vspera, porque esa maana tenan
que amasar, y limpiar la casa. Era, pues, conveniente que dejaran adems
una buena provisin de fiambres para los sirvientes. Al terminar estas
observaciones, la seorita Nancy se volvi tambin hacia las seoritas
Gunn a fin de evitar la falta de cortesa de no dirigirse a ellas al
mismo tiempo.

Las seoritas Gunn sonrieron con tiesura y pensaron que era lstima que
aquellas personas ricas de la campaa que tenan medios de comprar tan
ricos trajes--en verdad, el encaje y la seda de Nancy eran de gran
precio--fueran criadas en la completa ignorancia y la vulgaridad. La
seorita Nancy, deca, en efecto, _descote_, por _escote_, _naguas_ por
_enaguas_ y _haiga_ por _haya_, faltas que chocaban necesariamente a los
odos jvenes que frecuentaban la buena sociedad de Lytherley. Estas
hablaban lo mismo en la intimidad de la familia, pero pocas veces decan
_haiga_ delante de los extraos. La seorita Nancy, en verdad, nunca
haba visto ms escuela que la de la maestra Tedman. Sus conocimientos
de la literatura profana no iban ms all de los versos que haba
bordado en una gran tapicera, bajo el pastor y la pastora; y para
arreglar una cuenta tena que hacer la resta quitando chelines y medios
chelines metlicos y visibles de un total metlico y visible. Apenas hay
en nuestros das una sirvienta que no sea ms instruida de lo que estaba
la seorita Nancy. Sin embargo, sta tena las cualidades esenciales de
una joven bien educada: un gran amor por la verdad, un sentimiento
delicado del honor de sus actos, deferencias para con los dems y
costumbres personales refinadas. Pero por temor de que estas cualidades
no bastan para convencer a las bellas gramticas, de que los
sentimientos de Nancy se parecan nada a los suyos, agregar que era un
poco orgullosa y exigente, y tan constante en su aferramiento en una
opinin errnea como en su afecto por un supirante infiel.

La inquietud de Nancy por su hermana Priscila, que haba llegado a ser
bastante intensa en el momento en que se prenda el collar de corales,
ces felizmente al ver entrar a aqulla de carcter alegre; entr con
una cara vivamente coloreada por el fro y la humedad. Despus de las
primeras preguntas y los primeros saludos, Priscila se volvi hacia
Nancy y la contempl de pies a cabeza; despus la hizo dar media vuelta
para convencerse de que, vista de espaldas, estaba igualmente
irreprochable.

--Qu pensis de estos vestidos, ta Osgood?--dijo Priscila, mientras
Nancy la ayudaba a quitar la saya.

--Muy hermosos, en verdad, sobrina--respondi la seora Osgood,
acentuando ligeramente el tono ceremonioso que usaba de ordinario.

Siempre haba considerado a su sobrina Priscila como demasiado
ordinaria.

--Me veo obligada a usar el mismo traje que Nancy, aunque tengo cinco
aos ms que ella, y eso me hace parecer amarilla. No quiere tener nunca
una cosa sin que yo tenga otra exactamente igual; desea que nos crean
gemelas. Yo le digo que las personas van a considerar esto como una
debilidad de mi parte imaginndome que me pondr bonita el usar ropas
que a ella le sientan bien. Porque yo soy fea, no cabe duda, tengo las
facciones de la familia de mi padre. Pero a m eso qu me importa, y a
vosotras?

Priscila en ese momento, sin cesar de hablar, se volvi hacia las
seoritas Gunn. Estaba demasiado preocupada por el placer de hablar para
darse cuenta de que su candor no era apreciado.

--Hay bastantes flores para atraer a las mariposas; las mujeres bonitas
alejan a los hombres de nosotras. Tengo mala opinin de ellos, seorita
Gunn; no s si vosotras la tendris buena. Y en cuanto a atormentarse y
mortificarse a propsito de lo que piensan de una y amargarse la vida
pensando en lo que hacen cuando no estn a vuestro lado, como siempre le
digo a Nancy, es una locura en que ninguna mujer debiera incurrir si
tiene un buen padre y un buen hogar. Que deje eso para las que no tienen
fortuna y no saben cmo salir de apuros. As es que yo siempre digo, el
seor Haz-tu-gusto es el mejor marido y el solo a que deseo obedecer. Yo
s que no es agradable cuando se ha estado acostumbrado a vivir
holgadamente y a cuidar los barriles de cerveza, as como otras cosas
parecidas, el ir a meter las narices en casa ajena o sentarse sola a la
mesa, delante de un cogote de carnero o de un jarrete de buey. Pero, a
Dios gracias, mi padre es sobrio. Es probable que vivir mucho, y hay un
hombre sentado junto al fuego, poco importa que est chocho; no tiene
por qu abandonar su puesto.

La forma cuidadosa con que Priscila se pasaba la falda por la cabeza,
sin despeinar sus bucles lisos, oblig a la seora a suspender su rpido
examen de la vida humana. La seora Osgood aprovech la coyuntura para
ponerse de pie y decir:

--Bien, sobrina, vosotras nos seguiris. Las seoritas Gunn han de estar
deseosas de bajar.

--Hermana ma--le dijo Nancy a Priscila cuando estuvieron solas--,
habis ofendido sin duda alguna a las seoritas Gunn.

--Por qu, hija ma?--respondi Priscila bastante alarmada.

--Les habis preguntado si no les importaba ser feas; decs las cosas
con demasiada crudeza.

--Dios mo, es cierto! Se me escap sin pensarlo, y gracias al Cielo
que no dije algo ms. Yo no puedo vivir entre personas que temen la
verdad. Pero en cuanto a ser fea, miradme un poco con este traje de seda
color plata. Ya os haba dicho lo que iba a suceder. Parezco tan
amarilla como una calndula. Cualquiera dira que habis querido hacer
de m un espantapjaros.

--No, Priscila; no hablis as. Yo os ped y rogu que no eligierais esa
seda si hubiera otra que os conviniera ms. Quera que fueseis vos la
que escogiera, bien lo sabis--respondi Nancy con vivo deseo de
justificarse.

--Vamos, vamos! nia; vos sabis que esta tela os agradaba y tenais
buenas razones para ello, puesto que vuestro rostro es del color de la
crema. Estara bueno que llevarais lo que a m me sentara bien. Lo que
no apruebo es vuestra idea de que me vista como vos. Pero hacis de m
lo que queris. As ha sido siempre, desde cuando comenzasteis a
caminar. Cuando querais ir hasta el fin del campo, ibais, y no haba
qu pensar en castigaros, porque siempre parecais tan graciosita e
inocente como una malva.

--Priscila--dijo Nancy con suave voz, al ceir el cuello de su hermana,
tan distinto al de ella, un collar de corales exactamente igual al
suyo--, os aseguro que estoy dispuesta a ceder en todo lo que es
razonable; pero, quines deben de vestirse iguales a no ser dos
hermanas? Querrais que cuando salimos no pareciramos de la misma
familia, nosotras, nosotras que no tenemos madre ni otra persona en el
mundo? Yo no har sino lo que sea conveniente, aunque tenga que ponerme
un vestido amarillo color canario, y preferira que fuerais vos la que
eligierais y me dejarais llevar lo que os place.

--Ya estis otra vez con el mismo tema! No cambiarais de tono aunque
hablarais la semana entera. Va a ser muy divertido ver cmo manejaris a
vuestro marido si no alza nunca ms la voz que una caldera de agua
hirviendo. A m me agrada ver llevar a los hombres de las narices.

--No hablis as--dijo Nancy sonrojndose--. Bien sabis que no tengo la
intencin de casarme.

--Oh! No tenis absolutamente la intencin de hacer esa
tontera!--dijo Priscila doblando el vestido que acababa de quitarse y
colocndolo en la caja--. Para quin habra trabajado yo entonces,
cuando muera nuestro padre, si se os pone en la cabeza quedaros
solterona, porque ciertas personas no son mejores de lo que debieron
ser? Ya se me est agotando la paciencia a vuestro respecto, vindoos
siempre empollando un huevo huero, como si no hubiera otros en el mundo.
Conque no se case una de las dos hermanas basta, y yo har honor al
celibato, porque Dios me puso en el mundo para eso. Vamos! ahora
podemos bajar. Estoy realmente tan bien entrazada como puede estarlo un
espantajo. Ahora que me he puesto los aros no me falta nada para asustar
a los cuervos.

Cuando las dos seoritas Lammeter entraron al saln de recepcin, el que
no hubiera conocido el carcter de cada una de ellas hubiera podido sin
duda suponer que la razn que haba inducido a Priscila, de acciones
vulgares, retaca y mal hecha, a vestir un traje igual al de su linda
hermana, era su ciega vanidad o la maliciosa ocurrencia de Nancy para
realzar de ese modo su singular belleza fsica.

Pero la alegra inconsciente y la excelente naturaleza de Priscila, as
como su buen sentido, pronto hubieran hecho desaparecer la primera de
estas sospechas; mientras que la calma modesta de la conversacin y de
las maneras de Nancy anunciaban claramente un espritu exento de todo
artificio reprochable.

Para el t los sitios de honor fueron reservados a las seoritas
Lammeter, junto a la cabecera de la mesa principal, en el saln
artesonado. Aquella pieza pareca entonces tener una frescura agradable,
con sus decoraciones de follaje procedentes de la vegetacin abundante
del antiguo jardn.

Nancy sinti entonces una agitacin interior que no pudo dominar la
firmeza de su propsito al ver adelantarse al seor Godfrey Cass para
conducirla a su sitio colocado entre el suyo y el del seor
Crackenthorp; mientras que Priscila fue invitada del otro lado, entre su
padre y el squire. Nancy no poda pensar sin alguna emocin que el
pretendiente a que haba renunciado era el joven que ocupaba ms alto
rango entre las personas de la parroquia, encontrndose en su casa, en
un saln venerable y nico que la experiencia de aquella joven
representaba el apogeo de la grandeza, saln en que ella, la seorita
Nancy, podra ser un da la duea de casa, y pensaba que hablando de
ella la llamaran la seora Cass, la esposa del squire.

Estas particularidades realzaban ante sus ojos el drama de su corazn y
reforzaban la energa con que se deca que la posicin ms deslumbradora
no la decidira a aceptar por marido un hombre cuya conducta demostraba
el poco caso que haca de su propia reputacin. Pero agregaba que no
amar ms que una vez y amar siempre era la divisa de una mujer sincera
y pura, as es que ningn hombre tendra jams el derecho de destruir
las flores secas que conservaba y conservara siempre como un tesoro por
el amor de Godfrey Cass. Y Nancy era capaz de sostener en las
circunstancias ms penosas la palabra que se daba a s misma. Nada, a no
ser un sonrojo hesitante, traicion la emocin causada por los
pensamientos que se agolpaban a su espritu, cuando acept sentarse
junto al seor Crackenthorp, porque era instintivamente tan exacta y
hbil en todos sus actos y sus lindos labios se cerraban con una firmeza
tan tranquila, que le hubiera sido difcil parecer agitada.

El pastor no tena la costumbre de dejar disipar un sonrojo encantador
sin hacer un cumplimiento oportuno. No era nada orgulloso ni
aristocrtico. Era sencillamente un hombre de grandes ojos sonrientes,
de rasgos poco caracterizados y cabellos grises, cuyo mentn estaba
sostenido por las numerosas vueltas de una amplia corbata blanca.
Aquella corbata pareca eclipsar todas las otras partes de su persona,
y, por decirlo as, comunicar un relieve particular a las observaciones
que haca; as es que considerar su amenidad independientemente de esa
parte de su traje hubiera importado un esfuerzo de abstraccin penoso si
no peligroso.

--Ah! seorita Nancy--dijo, haciendo girar la cabeza dentro de aquella
corbata y sonriendo agradablemente al mirar a la joven--, si alguien
llegara a pretender que este invierno es riguroso, yo le dira que he
visto florecer las rosas la vspera de ao nuevo; decidme, Godfrey, no
sois de mi misma opinin?

Godfrey no respondi y evit el mirar a Nancy con fijeza; porque bien
que aquellos personalismos elogiosos fueran considerados como de muy
buen gusto en la vieja sociedad de Raveloe, el amor reverente tiene una
urbanidad particular que ensea a los hombres cuya instruccin es
defectuosa bajo otros respectos.

Pero al squire lo apen que su hijo se mostrara un festejante tan
infeliz. A aquella hora avanzada del da estaba siempre de mejor humor
del que le vimos en el almuerzo, y se senta muy satisfecho al cumplir
con el deber, hereditario en su familia, de mostrarse protector ruidoso
y jovial. La gran tabaquera de plata estaba en servicio positivo, y, de
tiempo en tiempo, era ofrecida invariablemente a todos sus vecinos,
cualquiera que fuese el nmero de veces que ya hubiesen rechazado aquel
favor.

Hasta aqu el squire no haba dado la bienvenida de un modo sealado ms
que a los jefes de familia a su llegada; pero siempre, a medida que
avanzaba la tarde, su hospitalidad irradiaba con ms amplitud, hasta que
golpeaba las espaldas de los invitados ms jvenes y manifestaba la
particular satisfaccin que le proporcionaba su presencia. Crea
firmemente que stos deban de sentirse dichosos de vivir en una
parroquia que contaba con un hombre tan cordial como el squire Cass que
los invitaba a su casa y los quera bien. Aun en aquella primera fase de
su humor jovial era natural que deseara suplir las imperfecciones de su
hijo mirando y hablando por l.

--S, s--comenz a decir, presentando su tabaquera al seor Lammeter,
que por segunda vez inclin la cabeza e hizo sea con la mano para
rechazar obstinadamente el ofrecimiento del squire--, s, nosotros los
viejos bien podemos desear ser jvenes esta noche al ver el ramo de
murdago suspendido, en el saln blanco. Es cierto que la mayor parte de
las cosas han retrogradado en estos ltimos treinta aos. El pas
periclita desde que nuestro rey Jorge III cay enfermo. Pero cuando miro
a la seorita Nancy, aqu presente, comienzo a creer que las jvenes
conservan sus encantos. Que me ahorquen si recuerdo haber visto belleza
que le sea comparable, aun en la poca en que yo era un guapo mozo,
dicho sea esto sin ofenderos, seora--agreg, inclinndose hacia la
seora Crackenthorp, sentada a su lado--; a vos ni os conoca cuando
erais joven como la seorita Nancy aqu presente.

La seora Crackenthorp, pequea mujer que pestaeaba un ojo y agitaba
continuamente sus encajes, sus cintas y su cadena de oro, volviendo la
cabeza a derecha e izquierda, haciendo as ruidos reprimidos que se
parecan mucho al gruido de un cerdo de la India cuando contrae el
hocico y monologa ante cualquier reunin, la seora Crackenthorp, digo,
pestae entonces y continu agitndose al volverse hacia el squire;
despus, por fin, respondi:

--Oh, no; no me ofendis!...

Aquel cumplimiento expresivo dirigido por el squire a Nancy, fue
considerado por todos, menos por Godfrey, como un acto de diplomacia; y
el padre de aquella joven se irgui un poco ms, mirndola a travs de
la mesa con seria satisfaccin. Aquel anciano, grave y regular en sus
actos, no iba a comprometer en un pice su dignidad, mostrndose
henchido de orgullo ante la idea de una unin entre su familia y la del
squire. Le halagaba todo honor tributado a su familia; sin embargo, era
preciso que viera un cambio bajo todos respectos antes de acordar su
consentimiento. Su cuerpo flaco, pero robusto, y su rostro de rasgos
acentuados que pareca no haber sido nunca encendido por los excesos,
formaban un contraste chocante, no slo con la persona del squire, sino
con los propietarios de Raveloe en general, lo que estaba de acuerdo con
su dicho favorito: que la raza primaba la dehesa.

--La seorita Nancy se parece de un modo sorprendente a su finada madre;
no es cierto, doctor Kimble?--dijo la gorda seora de este apellido
buscando con los ojos por todas partes a su marido.

El doctor Kimble--los boticarios de campaa gozaban antiguamente de
aquel ttulo sin la sancin de un diploma--, hombre esbelto y gil
corra de un extremo a otro de la pieza con las manos en los bolsillos.
Se haca agradable a sus clientes del bello sexo con la imparcialidad de
un hombre de su posicin, y en todas partes era el bien venido en su
calidad de doctor por derecho hereditario. No era uno de esos boticarios
desgraciados que van en busca de una clientela a las localidades nuevas
y que gastan todo su haber en hacer morir de hambre a su nico caballo;
por el contrario, era un hombre de posicin acomodada, tan capaz de
sostener una mesa superabundante como el ms rico de sus clientes.

Desde tiempo inmemorial, el doctor de Raveloe era un Kimble. Kimble era
esencialmente un apellido de doctor, as es que era difcil imaginar en
esta triste realidad que el Kimble actual no tena hijo, y que, por lo
tanto, su clientela podra ser transmitida un da a un sucesor que
llevara el incongruente apellido de Taylor o de Johnson. Pero, en tal
caso, los vecinos ms razonables de Raveloe llamaran al doctor Blick de
Flitton, lo que sera ms natural.

--Me habis hablado, querida?--dijo el digno doctor dirigindose
rpidamente al lado de su mujer.

Sin embargo, como si previera que ella estara demasiado jadeante para
repetir la observacin que acababa de hacer, prosigui inmediatamente:

--Ah! seorita Priscila, vuestra presencia reaviva el gusto de este
superfino pastel de cerdo. Hago votos porque la hornada est lejos de
agotarse.

--En verdad, lo est, doctor--respondi Priscila--; sin embargo,
garantizo que la prxima ser tan buena como sta. Mis pasteles de cerdo
no salen buenos por casualidad.

--No sucede as con vuestras curas, verdad, Kimble? Slo salen bien,
es cierto?, cuando los enfermos se olvidan de tomar vuestros
remedios--dijo el squire que consideraba a la medicina y a los mdicos
como muchos hombres lealmente religiosos consideran a la iglesia y al
clero.

Saboreaba una burla dirigida contra los doctores y su ciencia cuando
estaba en buena salud, pero reclamaba su auxilio con impaciencia as que
senta algo. Golpe la tabaquera y ech una mirada a su rededor con aire
de triunfo.

--Ah! en verdad que tiene espritu sutil, mi amiga Priscila--prosigui
el doctor, prefiriendo atribuir el chiste a una dama antes que reconocer
la ventaja que al hacerlo haba tomado el squire sobre su cuado--.
Deja a un lado un poco de pimienta para sazonar la conversacin; por
eso es que no la hay en exceso en sus platos! Aqu tenis a mi mujer
que, por el contrario, nunca tiene la respuesta en la punta de la
lengua; desgraciadamente, si llego a ofenderla no deja de quemarme la
garganta con pimienta al otro da, o si no me da clicos con legumbres
refrescantes. Es una venganza atroz.

Y al decir esto, el gil doctor hizo una mueca expresiva.

--Habis odo nunca cosa semejante?--dijo la seora Kimble riendo de
muy buen humor por encima de su doble sotabarba, a la seora
Crackenthorp, que parpadeaba de un ojo, meneaba la cabeza y tena la
amable intencin de sonrer.

Pero esta intencin se perdi en ligeros rezongos y ruidos.

--Supongo, Kimble, que sa es la especie de venganza adoptada en vuestra
profesin si os irritis contra un enfermo--dijo el pastor.

--Nunca nos enojamos con nuestros enfermos, sino cuando nos
dejan--respondi el doctor Kimble--. Y entonces ya no tenemos ocasin de
hacerles prescripciones. Ah! seorita Nancy--prosigui ponindose de
golpe al lado de ella, dando saltitos--, no vayis a olvidar vuestra
promesa. Tenis que reservarme una pieza, ya lo sabis!

--Vamos, vamos, Kimble; no os apresuris tanto!--dijo el squire--.
Dejad a los jvenes las oportunidades de triunfar. Aqu est mi hijo
Godfrey que os arrojar el guante si os apoderis de la seorita Nancy.
La ha invitado para la primera pieza, estoy seguro. No es cierto,
seor? Qu me decs?--continu, echndose hacia atrs para mirar a
Godfrey--. No le habis pedido a la seorita Nancy que os acompae para
abrir el baile?

Godfrey estaba lo ms molesto a causa de aquella insistencia
significativa respecto de la seorita Nancy. Asustado al pensar qu fin
tendra todo aquello cuando su padre, segn su costumbre, hubiera dado
el ejemplo hospitalario de beber antes y despus de la cena, no se le
ocurri cosa mejor que volverse hacia Nancy y decirle lo mejor que pudo:

--No, todava no se lo he pedido; pero confo que aceptar, si otra
persona no se ha presentado ya.

--No, todava no me he comprometido--contest Nancy con tranquilidad,
aunque sonrojndose. (Si el seor Godfrey fundaba algunas esperanzas en
que Nancy consintiera en bailar con l, pronto se iba a desengaar; pero
no haba razn alguna para que no se mostrara atenta.)

--Entonces, espero que no tendris ningn motivo para no bailar
conmigo--prosigui Godfrey, comenzando a no darse ya cuenta de que haba
algo de molesto en aquel arreglo.

--No, ningn motivo--respondi Nancy con frialdad.

--Ah! En verdad que tenis suerte, Godfrey--dijo el to Kimble--. Pero
sois mi ahijado, y por eso no quiero soplaros la dama. Por lo dems, no
estoy tan viejo, querida, no es cierto?--prosigui, volvindose a
saltitos al lado de su mujer--. No os importara nada que os diera una
sucesora, en caso de que desaparecierais, con tal de que antes llorara
mucho?

--Vamos, vamos, tomad una taza de t y retened vuestra lengua, os
ruego!--dijo la alegre seora Kimble, sintiendo cierto orgullo de tener
un marido que la reunin deba considerar como de los ms hbiles y
divertidos.

Lstima que fuera tan irritable cuando jugaba a la baraja!

Mientras que aquellas personalidades inofensivas, bien puestas a prueba
ya, animaban el t de aquel modo, las notas de un violn se acercaron
bastante como para que se las oyera claramente. Entonces los jvenes se
miraron con expresin simptica en que se lea la impaciencia de que
terminara la colacin.

--Ya est Salomn en el vestbulo--dijo el squire--, y me parece que
toca mi aire favorito: El pequeo labrador de cabellos rubios. Nos
quiere insinuar que no nos damos bastante prisa para orlo tocar.
Bob--agreg dirigindose a su tercer hijo, mozo de largas piernas que
estaba en el otro extremo de la mesa--, abrid la puerta y decidle a
Salomn que entre. Que nos toque aqu una pieza.

Bob obedeci y Salomn entr tocando, porque por nada del mundo quera
detenerse a mitad de un aire.

--Aqu, Salomn--dijo el squire con un tono alto y protector--. Aqu, mi
viejo. Ah! ya saba yo que tocabais El pequeo labrador de cabellos
rubios. No hay aire ms hermoso.

Salomn Macey, viejecito todava fuerte, con copiosos cabellos blancos
que le descendan casi hasta los hombros, se adelant hacia el sitio
designado. Hizo una profunda reverencia sin dejar de tocar como para
hacer comprender que tena respeto a la reunin pero que respetaba an
ms la msica. As que hubo terminado la pieza y bajado el violn, se
inclin de nuevo ante el squire y ante el pastor, diciendo:

--Espero que veo a vuestro honor y vuestra reverencia en buena salud; os
deseo larga vida y un buen y feliz ao nuevo. Y a vos igualmente, seor
Lammeter, y a los dems seores y a las damas y a los jvenes.

Al pronunciar estas ltimas palabras Salomn se inclinaba hacia todos
lados con solicitud, temeroso de faltar al respeto que deba. Despus se
puso inmediatamente a preludiar, y pas luego a tocar el aire que saba
que el seor Lammeter considerara como un cumplimiento personal.

--Gracias, Salomn, gracias--dijo el seor Lammeter, cuando el violn se
detuvo de nuevo--; tocis en las colinas, de lejos, muy lejos. Mi
padre me deca siempre que oamos esa msica: Ah, hijo mo, yo tambin
vengo de allende las colinas, de lejos, muy lejos! Hay muchos aires que
no tienen para m pies ni cabeza; pero se me habla como el silbido del
mirlo. Supongo que eso depende del nombre: el nombre de una pieza dice
muchas cosas.

Pero Salomn arda ya por preludiar de nuevo, y sin tardanza atac con
bro Sir Roger de Coverley. En seguida se oy el ruido de las sillas y
un murmullo de risas.

--S, s, Salomn, ya sabemos lo que eso significa--dijo el squire
ponindose de pie--. Ya es tiempo de que comience el baile, verdad? Id
delante, todos vamos a seguiros.

Entonces Salomn, inclinando sobre el hombro su cabeza blanca y tocando
con vigor, se adelant, seguido del alegre cortejo, hacia el saln en
que estaba suspendido un ramo de murdago.

Una multitud de velas de sebo brillaba en medio de las ramas de brezo
cubiertas de bayas. Se reflejaban en los espejos ovalados a la moda
antigua, fijado en los tableros blancos, en los que producan un efecto
bastante lucido. Extrao cortejo! El viejo Salomn con sus ropas radas
y sus cabellos blancos pareca arrastrar a aquella honesta compaa con
los mgicos acentos de su violn; arrastraba a las matronas prudentes,
que llevaban tocados en forma de turbantes; a la propia seora
Crackenthorp, que tena la cabeza adornada con una pluma perpendicular
cuya punta llegaba al hombro del squire; arrastraba a las bellas
jvenes que pensaban con satisfaccin en sus talles cortos y en sus
ropas sin pliegues adelante; arrastraba a sus padres corpulentos que
vestan chalecos abigarrados y a los hijos rubicundos, en su mayor parte
avergonzados y cohibidos, con pantaln corto y frac de largos faldones.

El seor Macey y algunos otros aldeanos privilegiados a quienes se
permita ser espectadores de esas grandes ocasiones, estaban ya sentados
en bancos colocados con ese objeto cerca de la puerta. Grandes fueron la
admiracin y la satisfaccin de stos cuando las parejas se fueron
formando para la danza, y el squire y la seora de Crackenthorp abrieron
el baile, haciendo vis a vis y dando las manos al pastor y a la seora
Osgood.

As es como deban hacerse las cosas; a este espectculo es que todo el
mundo estaba acostumbrado y la corte de Raveloe pareca renovarse para
esta ceremonia. No se consideraba as como una ligereza indecorosa que
las personas viejas y las de cierta edad bailaran un poco antes de
sentarse a jugar a los naipes; esto era ms bien considerado como una
parte de sus deberes oficiales. Porque, en qu consistan esos deberes
si no era en divertirse en tiempo oportuno; en trocar visitas y saludos
tan a menudo como era preciso; en dirigirse recprocamente viejos
cumplimientos con frases tradicionales; en dar bromas bien puestas a
prueba para no ofender a nadie; en obligar, hospitalariamente, a los
invitados a comer y a beber con exceso, en la casa del vecino, para
demostrar que se apreciaban sus manjares?

El pastor daba, naturalmente, el ejemplo de esos deberes sociales;
porque a los espritus de Raveloe no les hubiera sido posible, sin una
revelacin divina particular, el pensar que un eclesistico deba ser
un plido momento de las solemnidades del culto en lugar de ser un
hombre dotado de defectos razonables, cuya autoridad exclusiva de leer
las oraciones y de predicar, de bautizar, casar y enterrar, coexista
necesariamente con el derecho de venderos el terreno para inhumaros, y
de percibir el diezmo en especias. Respecto a este ltimo punto haba,
como es consiguiente, algunas recriminaciones; pero, sin embargo, no
llegaban hasta la impiedad. No tenan un significado ms profundo que
las protestas contra la lluvia; murmuraciones que no iban acompaadas
por un espritu de desconfianza irreligiosa, sino por el deseo de que la
plegaria que deba traer el buen tiempo fuera dicha inmediatamente.

Puesto que el pastor bailaba, no haba, pues, razn alguna para que ese
acto no fuera aceptado como una parte del orden de las cosas, lo mismo
que si se tratara del squire. Tampoco la haba por otra parte, para que
el respeto oficial que el seor Macey deba al pastor, le impidiera
someter el modo de bailar de su superior a esa crtica que los espritus
de la penetracin extraordinaria son llamados necesariamente a ejercer
sobre la conducta de sus semejantes.

--El squire es bastante gil, dado su peso--dijo el seor Macey--, y su
manera de golpear con el pie absolutamente notable. Pero el seor
Lammeter vence a todo el mundo por su parte. Fijaos bien, yergue la
cabeza como un soldado y no es gordo como la mayor parte de los
burgueses que entran en aos y tienen la pierna bien formada. El pastor
no carece de gracia; pero su pierna no tiene nada de notable. Es algo
gruesa por dems hacia abajo y sus rodillas podran juntarse algo ms;
sin embargo, podra ser peor formado bien que no tenga esa soberbia
manera del squire para manejar la mano.

--Hablis de agilidad, mirad entonces a la seora Osgood--dijo Ben
Winthrop, que sostena a su hijo Aarn entre las rodillas--; agita tan
ligeramente sus pies que no se puede ver cmo camina; parece que tuviera
ruedecitas bajo los pies. No parece haber envejecido un da desde el ao
pasado. No hay una mujer mejor formada que ella, est donde est la que
la siga.

--No me preocupa de saber si las mujeres son bien formadas--dijo el
seor Macey con cierto desprecio--. No llevan casaca ni pantaln, de
modo que no es posible juzgar sus formas.

--Pap--dijo Aarn, cuyos pies estaban ocupados en tamborilear el comps
de la msica--, cmo se sostiene esa pluma tan larga en la cabeza de la
seora Crackenthorp? Tendr un agujerito para meterla como en mi
volante?

--Cllate, nio, cllate. As es como se visten las damas, s en
verdad--respondi el padre, que agreg, sin embargo, a media voz,
dirigindose al seor Macey--. La verdad es que eso le da un aspecto
singular. Casi se parece a una botella de cuello corto con una gran
pluma adentro. Ah tenis, a la fe ma, al joven squire que comienza a
bailar con la seorita Nancy. Esa s que est a vuestro gusto. Parece un
ramo de rosa y blanco. Nadie imaginara que pudiera haber otras tan
bonitas. No me sorprendera que un da llegara a ser la seora de Cass,
al fin y al cabo. Ninguna joven sera ms digna de eso, porque sera una
linda pareja. No podis tener nada que observar a la figura del seor
Godfrey, os apuesto dos peniques, en verdad.

El seor Macey contrajo los labios, inclin ms todava la cabeza hacia
un costado y sus pulgares se pusieron a girar con un movimiento rpido,
mientras que sus ojos seguan a Godfrey a travs del baile. Por ltimo
resumi su opinin:

--Es bastante bien hacia abajo; pero sus espaldas son demasiado
redondas. Y en cuanto a esas ropas que encarga al sastre de Flitton, son
de un corte bastante pobre para ser pagadas el doble.

--Ah! seor Macey, vos y yo somos dos--dijo Ben, ligeramente indignado
por aquella crtica meticulosa--. Cuando tengo delante de m un jarro de
cerveza, me gusta beberlo y hacerle bien a mi estmago, en lugar de oler
el lquido y de mirarlo con los ojos muy abiertos para ver si no tengo
algo que observarle a su fabricacin. Quisiera que me mostraseis un
joven ms apuesto que maese Godfrey; un joven ms robusto o que tuviera
mejor cara que l cuando est despierto y de buen humor.

--Bah!--dijo el seor Macey, provocando a criticar con ms severidad--.
Todava no ha tomado su verdadero color; est ms o menos como un pastel
cocido a medias. Tengo idea de que tiene el cerebro un poco dbil, si
no, por qu se dejara engaar por ese pcaro de Dunsey, a quien nadie
ha visto ltimamente, y por qu lo dej matar a ese lindo caballo de
caza de que todos hacan elogios? Y durante un tiempo siempre andaba
buscando a la seorita Nancy y despus todo se desvaneci, por decir
as, como el olor de la sopa cuando se enfra. Yo no proceda as, yo,
en los tiempos en que haca la corte.

--Ah! quiz la seorita Nancy se haya retirado, y no os sucedi eso con
vuestra novia.

--Seguramente--respondi el seor Macey con aire significativo--. Antes
de decir cric, yo tena mucho cuidado de saber si ella dira crac, y
sin andar con rodeos, adems. Yo no iba a abrir la boca como un perro
para cazar moscas y luego cerrarla sin atrapar nada.

--Pues me parece que la seorita Nancy se est mostrando menos
insensible con l--prosigui Ben--, porque el seor Godfrey no parece
tan desalentado en este momento. Veo que la va a llevar a sentarse,
ahora que la danza ha terminado. Me parece realmente que eso se llama
cortesa.

La razn por la cual Godfrey y Nancy haban salido del baile no era tan
tierna como Ben se lo imaginaba. A causa de la aglomeracin de las
parejas, le haba ocurrido un ligero accidente al vestido de Nancy. La
falda, que era bastante corta de adelante para dejar ver el tobillo, era
bastante larga por detrs como para caer bajo el peso majestuoso del pie
del squire. Este accidente haba ocasionado la rotura de algunos puntos
en el talle de Nancy, as como una gran agitacin en el espritu de su
hermana Priscila, como una inquietud seria en el de Nancy. Nuestro
pensamiento puede absorberse en los conflictos del amor, pero rara vez
llega esto a punto de hacerlo casi insensible a un cambio general de las
cosas.

Nancy, apenas ejecutada la figura que bailaba con Godfrey, le dijo a
ste sonrojndose profundamente que se vea obligada a ir a sentarse
hasta que Priscila pudiera reunrsele; porque las dos hermanas ya haban
cambiado una frase en voz baja y una mirada significativa.

Ninguna razn menos urgente que aquella hubiera sido capaz de determinar
a Nancy a darle a Godfrey aquella ocasin de estar solo con ella. En
cuanto a Godfrey, se senta tan feliz, estaba tan sumido en el olvido
bajo el encanto prolongado de la contradanza que acababa de bailar con
Nancy, que la confusin de la joven le dio bastante audacia como para
querer llevarla directamente, sin pedirle permiso, al pequeo saln de
al lado en que las mesas de juego estaban preparadas.

--Ah! no, gracias--dijo Nancy framente, as que se dio cuenta a donde
la llevaba--. Voy a esperar aqu hasta que Priscila pueda venir a
buscarme. Siento haceros salir del baile y causaros una molestia.

--Pero all estaris completamente sola--respondi el astuto Godfrey--.
Voy a dejaros all hasta que llegue vuestra hermana.

Dijo aquellas palabras con acento indiferente.

Era una proposicin agradable y exactamente lo que Nancy deseaba;
entonces, por qu se sinti algo ofendida de que el seor Godfrey se la
dirigiera?

Entraron, y ella se sent en una de las sillas contra las mesas de
juego, considerando aquella posicin como la ms decente y la ms
inaccesible que pudiera escogerse.

--Gracias, seor--dijo la joven inmediatamente--. No quiero causaros ms
molestias. Siento que os haya tocado una compaera de tan poca suerte.

--Es una maldad de vuestra parte--dijo Godfrey, permaneciendo de pie
junto a ella, sin manifestar la menor intencin de partir--que deploris
el haber bailado conmigo.

--Oh! no, seor, no tengo la intencin de decir nada malo--replic
Nancy coqueteando y linda hasta hacer perder la cabeza--. Cuando los
caballeros tienen tantas distracciones, una pieza de baile es bien poca
cosa para ellos.

--Vos sabis bien que no es as. Vos sabis que bailar una pieza con vos
me interesa ms que todos los otros placeres del mundo...

Haca tiempo, mucho tiempo, que Godfrey no haba expresado algo tan
positivo. Nancy se estremeci. Pero su dignidad natural y su repugnancia
instintiva a dejar traslucir ninguna emocin, la permitieron permanecer
completamente tranquila en su silla. Solamente que fue en un tono algo
ms indeciso que dijo:

--No, realmente, seor Godfrey, no lo s, y tengo muy buenas razones
para pensar lo contrario; sin embargo, si es cierto, no deseo saberlo.

--No me perdonaris entonces jams, Nancy? No tendris nunca una buena
opinin de m, suceda lo que suceda? No pensis que el presente pueda
llegar a rescatar el pasado aun cuando yo me corrigiese por completo y
renunciara a todo lo que os desagrade?

Godfrey apenas tena conciencia de que aquella ocasin inesperada de
hablar con Nancy y a solas lo haba puesto fuera de s; y un sentimiento
ciego se haba apoderado de su lengua.

Nancy experiment realmente una agitacin extrema ante la posibilidad
que sugeran las palabras de Godfrey. Sin embargo, la misma fuerza de
aquella emocin que estaba en peligro de encontrar demasiado violenta,
reanim todo el imperio que la joven tena sobre s.

--Me sentira muy feliz al ver en cualquier persona un cambio favorable,
seor Godfrey--respondi con un cambio de tono apenas sensible--; pero
ms valdra, sin embargo, que ese cambio no fuera necesario.

--Sois muy cruel, Nancy--dijo Godfrey contrariado--. Podrais alentarme
a volverme mejor. Me siento muy desgraciado; pero vos no tenis corazn.

--Creo que tienen menos los que comienzan por proceder mal--respondi
Nancy, dejando percibir de pronto y a pesar suyo un pequeo rasgo de
indignacin.

Godfrey qued encantado con aquel leve arranque. Hubiera querido
continuar para que Nancy se irritara contra l; era una tranquilidad y
una firmeza tan exasperantes. Pero al fin y al cabo todava no le era
indiferente.

La entrada de Priscila, que se precipit diciendo: Dios mo! Dios,
veamos, hija, qu tiene ese vestido, le quit a Godfrey la esperanza de
una querella.

--Supongo que ahora debo irme--le dijo a Priscila.

--A m me es igual que os vayis o que os quedis--le respondi aquella
franca seorita, a la vez que buscaba algo con precipitacin en el
bolsillo.

--Y vos, deseis que me vaya?--dijo Godfrey, mirando a Nancy, que
estaba de pie junto a Priscila.

--Como gustis--dijo Nancy, tratando de recobrar toda su frialdad,
bajando atentamente la vista hacia el ruedo de su falda.

--Entonces, prefiero quedarme--prosigui Godfrey, con la determinacin
irreflexiva de conseguir aquella noche tanta felicidad como pudiera, sin
preocuparse del maana.




XII


Mientras Godfrey Cass beba a grandes sorbos el dulce brebaje del olvido
en presencia de Nancy y perda voluntariamente todo recuerdo del vnculo
secreto que en otros momentos lo obsesionaba y atormentaba, llegando
hasta exasperarlo en medio de los rayos sonrientes del sol, su esposa se
adelantaba a pasos lentos e inciertos, a travs de las callejuelas
cubiertas de nieve de Raveloe, llevando una criatura en los brazos.

Aquel viaje de la vspera del Ao Nuevo era un acto de venganza
premeditada que su corazn siempre haba alimentado desde el da en que
Godfrey, en un acceso de clera, le haba dicho que antes preferira
morir a reconocerla por su mujer. Deba haber una gran fiesta en la Casa
Roja la vspera del Ao Nuevo, ella lo saba; su marido sonreira y le
sonreiran. Escondera la existencia de ella en el rincn ms obscuro de
su corazn. Pero ella ira a turbar, su felicidad; ira cubierta de
harapos sucios, con su rostro demacrado que antes no ceda en belleza a
ninguno; ira con su hijo, que tena los ojos y los cabellos de su
padre, a declararle al squire que era la mujer de su hijo mayor.

Pocas veces los miserables pueden dejar de considerar su situacin como
un mal que le es infligido por aquellos cuya miseria es menor. Molly
saba que si vesta harapos sucios no era por culpa de la negligencia de
su marido, sino del demonio Opio, del que era esclava en cuerpo y alma,
y slo un resto de amor materno haca que no sacrificara por completo al
monstruo la vida de su hijo hambriento. Ella lo saba muy bien, y, sin
embargo; en los momentos en que su miserable conciencia no estaba
amodorrada, el sentimiento de sus necesidades y de su degradacin se
transformaba continuamente en acritud contra Godfrey. El viva en la
holgura, l, y si sus derechos de esposa fueran reconocidos, ella
tambin vivira rodeada de comodidades. La conviccin de que Godfrey
estaba arrepentido de su casamiento y que sufra pensando cmo poderlo
romper, apuraba el rencor de Molly.

Las reflexiones sanas que impulsan al culpable a censurarse
interiormente no acuden con bastante energa, aun en el aire ms puro y
ante las mejores lecciones del cielo y de la tierra. Cmo era posible
que esas delicadas mensajeras de alas blancas pudieran llegar hasta la
celda emocionada del corazn de aquella mujer, celda habitada slo por
recuerdos tan poco nobles como los de una moza de posada que suea en su
paraso de antao con sus cintas color de rosa y con las bromas de los
seores?

Haba partido temprano, pero se haba retrasado en el camino. Su
indolencia la dispona a creer que la nieve dejara de caer si esperaba
bajo un abrigo caliente. Se haba detenido ms tiempo del que pensaba, y
ahora que la noche la haba sorprendido en las largas callejuelas
rugosas y cubiertas de nieve, ni siquiera el ardor de la venganza poda
impedir que su coraje desmayara.

Eran las siete. En aquel momento no estaba muy lejos de Raveloe, pero
aquellos senderos montonos no le eran bastante familiares para saber
qu prximo estaba el trmino de su viaje. Tena necesidad de consuelo,
pero no conoca ms que uno; el demonio familiar oculto en su seno. Sin
embargo, vacil un momento antes de llevar a sus labios el resto que le
quedaba de aquella substancia negra.

En ese instante el amor materno alz su voz; antes un doloroso estado de
conciencia que el olvido; antes la continuacin del sufrimiento causado
por la laxitud, que el amodorramiento de los brazos que la imposibilidad
de seguir oprimiendo y sintiendo la preciosa carga. Algunos segundos ms
tarde Molly arroj algo; no era la materia negra, era un frasco vaco.
Prosigui su camino bajo una nube negra que se desgarraba, por donde
surga de tiempo en tiempo la luz de una estrella que se velaba
rpidamente porque se haba levantado un viento glacial desde que dejara
de caer la nieve. Pero Molly segua caminando adormecindose cada vez
ms a cada paso que daba, oprimiendo al nio contra su seno con la
inconsciencia cada vez mayor.

Lentamente y a su manera el demonio cumpla su obra. El fro, y la
fatiga le iban en ayuda. Muy luego Molly slo sinti un deseo supremo e
irresistible que le vel por completo el porvenir: el deseo imperioso de
extenderse en el suelo y dormir. Haba llegado en un sitio en que sus
pasos ya no eran guiados por las cercas de las callejuelas, y vag al
azar, incapaz de distinguir ningn objeto a pesar de la inmensa capa
blanca que la rodeaba y la creciente luz de las estrellas. Se dej caer
contra una mata aislada de retama. Era una almohada bastante blanda, y
el lecho de nieve era tambin bastante suave. No se dio cuenta de la
frialdad de aquella cama. No se preocup de si la criatura despertara y
llamara a su madre llorando. Sin embargo, los brazos seguan ejerciendo
su presin instintiva y la pequea criatura continuaba durmiendo tan
tranquilamente como si estuviera mecida en una cuna guarnecida de
encajes.

Por ltimo lleg el anonadamiento completo; los dedos perdieron su
fuerza; los brazos se distendieron. Entonces la pequea cabeza rod del
seno en que estaba apoyada y los ojos azules se dilataron contemplando
la fra luz de las estrellas. Primero la criatura exhal el pequeo
grito plaidero de ma-ma, e hizo un esfuerzo para refugiarse en el
brazo y el seno en que descansaba. De pronto, en que el pequeo ser
rodaba de las rodillas de la madre, hmedas de nieve, una viva luz que
reflejaba la blancura del suelo, atrajo su mirada. Con esa rapidez de
transicin caracterstica en la infancia, su espritu fue inmediatamente
absorbido por la vista de aquella cosa brillante y animada que corra
hacia ella sin alcanzarla nunca. Era preciso que atrapara aquella cosa
brillante y animada. En un instante la pequea criatura se desliz con
los pies y las manos y en seguida tenda una de aqullas tratando de
asir los rayos de luz. Pero los sutiles rayos no quisieron dejarse
aferrar y la pequea cabeza se alz para ver de dnde venan. Salan de
un sitio muy brillante; entonces, el pequeo ser sigui sobre sus
piernecitas y avanz titubeando por la nieve, arrastrando tras de s el
chal en que haba estado envuelto, mientras que su sombrero abollado
caa a su espalda; as avanz titubeando hacia la puerta abierta de la
choza de Silas Marner, dirigindose derecho, al hogar caliente, en el
que haba un fuego vivo de leas y astillas. El fuego haba recalentado
la vieja bolsa--el sobretodo de Silas--extendido sobre los ladrillos
para que se secase. La criatura, acostumbrada a quedar sola largas horas
sin que su madre reparase en ella, se sent en el saco y extendi sus
manecitas frente a la llama, llena de gusto, balbuceando y dicindole
largos discursos inarticulados al alegre fuego, como un patito
recientemente nacido que comienza a encontrarse bien al sol. Entretanto,
el calor no tard en producir un efecto somnfero; la linda cabecita de
cabellos rubios cay sobre la vieja bolsa y los ojos azules fueron
velados por sus prpados semitransparentes.

Pero, dnde se encontraba Marner en el momento en que aquella extraa
visita acuda a su hogar? Estaba en la choza, pero no haba visto a la
criatura. Durante las pocas semanas que haban transcurrido desde que
se cometiera el robo, haba tomado la costumbre de abrir la puerta y de
mirar de tiempo en tiempo hacia afuera, como si pensara que su plata
haba de volverle de un modo o de otro, o que algunos indicios, algunas
noticias de su tesoro se encontraran misteriosamente en marcha y fueran
susceptibles de ser apercibidos de los esfuerzos de su mirada o la
intencin de su odo. Era principalmente al caer la noche cuando no
estaba ocupado con su telar, que se pona a repetir aquel acto maquinal,
al que hubiera sido incapaz de asignar un fin determinado y que no poda
ser comprendido sino por aquellos que han sentido el dolor enloquecido
de verse separados del objeto supremamente amado. En el crepsculo de la
tarde, y aun despus, cuando la noche no era obscura, Silas miraba la
breve perspectiva que rodeaba las canteras. Velaba y escuchaba
atentamente, no con esperanza, pero s con un deseo inquieto e
irresistible.

Esa maana, algunos de sus vecinos le haban dicho que era la vspera
del Ao Nuevo y que era preciso que esa noche velara para or tocar la
partida del ao viejo y la llegada del nuevo, porque eso daba suerte y
podra hacer volver su dinero. Aqulla no era ms que una broma amistosa
de los vecinos de Raveloe, para divertirse un poco de las singularidades
medio insensatas de un avaro. Eso habra contribuido quizs a poner a
Silas en un estado de agitacin mayor que de costumbre. Desde el
comienzo del crepsculo abri las puertas varias veces, pero para
volverlas a cerrar inmediatamente cada vez al ver que toda perspectiva
era velada por la cada de la nieve. Sin embargo, la ltima vez que la
abri ya no nevaba y las nubes se separaban de cuando en cuando.
Permaneci largo rato de pie observando y escuchando. Haba entonces
realmente algo en el camino, que se adelantaba hacia l, pero no pudo
distinguir nada. La calma y la sbana inmensa de nieve y sin huellas
parecan estrechar su soledad y su deseo inquieto rozaba en la
desesperacin. Entr de nuevo y torn el pestillo de la puerta con la
mano derecha para cerrar. No cerr; lo detuvo, como ya le haba sucedido
desde la desaparicin de su tesoro, la varilla invisible de la
catalepsia. Permaneci como una estatua tallada, con los ojos dilatados
por la visin, manteniendo la puerta abierta, incapaz para resistir, sea
al bien, sea al mal, que pudiera entrar en su casa.

Cuando Marner volvi en s, prosigui la accin suspendida y cerr la
puerta, inconsciente de la ruptura de la ilacin de sus ideas,
inconsciente de que hubiera ocurrido ningn cambio, a no ser que la luz
del da se haba obscurecido y que se senta helado y desfallecido. Se
imagin que haba permanecido largo tiempo mirando hacia fuera. Se
volvi hacia el hogar, en que los dos troncos de lea haban cado
separndose y no esparciendo ms que un fulgor rojizo y dudoso, y luego
se sent en su silla junto al fuego.

Tras de un rato, al agacharse a atizar las astillas, le pareci que sus
ojos turbios vean en el suelo, delante del hogar, algo que tena la
apariencia de oro. Del oro!--su oro--devultole tan misteriosamente
como le haba sido robado. Entonces sinti que su corazn se pona a
latir con violencia, y durante algunos instantes fue incapaz de avanzar
la mano para tomar el oro recuperado. El montn de oro pareca brillar y
crecer bajo su mirada agitada. Se inclin por fin y tendi la mano hacia
adelante, pero en lugar de las monedas duras de contorno familiar y
resistente, sus dedos encontraron rizos sedosos y clidos. En su extrema
sorpresa Silas se dej caer de rodillas y agach profundamente la
cabeza para examinar la maravilla: era una criatura dormida, una linda
criatura regordeta, con la cabeza toda cubierta de rizos rubios y
sedosos. Era posible que fuera su hermanita que le volviera en su
sueo, su hermanita que l haba llevado en brazos durante un ao, antes
de que muriera, cuando l mismo slo era un nio sin medias ni zapatos?
Tal fue la primera idea que se le ocurri a Silas, estupefacto de
sorpresa. Sin embargo, era aquello un sueo? Se puso de pie, aproxim
los tizones, y echando encima algunas virutas y hojas secas consigui
levantar llama, pero la llama no hizo desaparecer la visin: no hizo ms
que iluminar ms distintamente la pequea forma regordeta de la
criatura, as como sus miserables ropas. Se pareca mucho a su
hermanita. Silas se dej caer desfallecido en la silla, bajo el doble
golpe de una sorpresa inexplicable y de un torrente rpido de recuerdos.
Cmo y cundo haba podido entrar aquella criatura? El no haba salido
ms all de la puerta. Pero junto con aquella pregunta, y apartndola
casi por completo, naca en su alma la visin de su antigua casa y la de
las viejas calles que conducan al Patio de la Linterna. Y aquella
visin contena otra; la de los pensamientos que haba tenido cuando
ocurrieron aquellas escenas lejanas. Aquellos pensamientos le parecan
extraos hoy, tal sucede con las antiguas amistades que es imposible
hacer revivir. Sin embargo, tena una vaga idea de que aquella criatura
era en cierto modo un mensajero que le llegaba de aquella vida del
tiempo antiguo. Aquel pequeo ser reanimaba fibras que haban
permanecido insensibles en Raveloe; antiguos estremecimientos de
ternura, antiguas impresiones del temor respetuoso causado por el
presentimiento de que algn poder presida su destino; porque su
imaginacin no se haba desprendido todava del sentimiento misterioso
producido en l por la presencia brusca de la criatura, no habiendo
supuesto ninguna causa ordinaria y natural que hubiera podido producir
el suceso.

Pero un grito se hizo or frente al hogar. Marner se inclin para tomar
la criatura sobre sus rodillas. Esta se agarr a su cuello y lanz con
una fuerza cada vez mayor esos gritos inarticulados, mezclados con la
palabra ma-ma por medio de los cuales los nios expresan su
perplejidad al despertar. Silas la oprimi contra su corazn, y profiri
casi inconscientemente voces cariosas para calmarla. Al mismo tiempo le
ocurri que una parte de su sopa, que se haba enfriado junto al fuego
moribundo, podra servir de alimento a la criatura, con tal que hiciera
calentarla un poco.

Tuvo mucho que hacer durante la hora siguiente. La sopa, endulzada con
un poco de azcar procedente de una antigua provisin que se haba
abstenido de usar para l, detuvo los gritos de la pequea, hizo alzar
los ojos azules hacia Silas y contemplarlo con una larga mirada
tranquila cuando le puso la cuchara en la boca. En seguida se desliz de
las rodillas de Marner al suelo y se puso a andar de aqu para all, a
pasitos cortos, pero titubeando tan graciosamente que Silas se levant
de golpe para seguirla, de miedo que fuera a golpearse contra algo que
le hiriera. Pero slo cay sentada, y all, con la cara llorosa y
mirando a Marner; se puso a tirar de los zapatitos como si le hicieran
dao. El tejedor volvi a tomarla en las rodillas. Sin embargo, slo fue
un rato despus que al espritu lento del soltern Silas se le ocurri
que eran los zapatos mojados los que causaban el dolor de la criatura,
apretndole los tobillos recalentados. Le quit los zapatos con
dificultad y Beb se ocup inmediatamente con delicia del misterio de
sus zapatitos, todava nuevos para ella, invitando a Marner, con muchas
carcajadas alegres y sofocadas, a que considerara l tambin el
misterio. Los zapatos mojados le sugirieron, por fin, a Silas, la idea
de que Beb haba caminado en la nieve. Esta circunstancia le record
que no haba pensado en ningn medio natural para hacer entrar o traer
la criatura en la casa. Bajo la impresin de este nuevo pensamiento, y
sin detenerse a formar conjeturas la tom en los brazos y se dirigi
hacia la puerta. En seguida que la abri, la pequea repiti de nuevo el
grito de ma-ma, que Silas no le haba odo hasta el momento en que el
hambre la despert. Agachndose pudo distinguir las huellas de los
pequeos pies en la nieve inmaculada, y sigui su rastro hasta las matas
de retama. Ma-ma!, repiti la criatura varias veces, echndose hacia
adelante, como para escapar de los brazos del tejedor antes de que ste,
que tena un arbusto por delante, viera que haba all un cuerpo humano,
cuya cabeza estaba profundamente hundida entre las ramas y a medias
recubierta por la nieve levantada por el viento.




XIII


La cena, que comenzara temprano en la Casa Roja, haba terminado, y la
fiesta haba llegado en ese momento en que la misma timidez se convierte
en alegra natural, el momento en que los seores que tienen conciencia
de sus extraordinarios talentos acaban por dejarse persuadir de que
deben bailar un hornpipe.

Era tambin la hora en que el squire prefera hablar en voz alta,
repartir rap y palmear las espaldas de los invitados a seguir sentado
frente a la mesa de whist. Esta preferencia exasperaba al to Kimble
que, estando siempre alegre en las horas de los negocios serios, se
pona grave y hasta violento cuando se trataba de jugar y beber
aguardiente. Barajaba entonces los naipes antes de la jugada de su
adversario con una mirada irritada y recelosa, y volva un triunfo
pequeo con un aire de aversin inexpresable como si en el mundo en que
tales cosas se producen no valiera ms echarlo todo al diablo... Cuando
la fiesta haba llegado a ese grado de libertad y animacin, era
costumbre que los servidores, despus de haber terminado el servicio
pesado de la cena, tuvieran su parte de diversin y vinieran a mirar el
baile, de modo que las piezas del fondo de la casa quedaban solitarias.

Dos puertas ponan en comunicacin el vestbulo del saln blanco. Se las
haba dejado abiertas las dos para tener aire; pero la del fondo estaba
obstruida por los servidores y los vecinos del pueblo; slo la primera
haba quedado libre. Bob Cass ejecutaba las figuras de un hornpipe.
Muy orgulloso con la agilidad de su hijo, el squire declar repetidas
veces que Bob era exactamente lo que haba sido l en su juventud, con
un tono de voz que implicaba que aquella habilidad era el rasgo supremo
de mrito en la mocedad. Se encontraba en el centro de un grupo que se
haba situado frente al ejecutante, bastante cerca de la primera puerta.
Godfrey estaba inmediato, no para admirar el talento de su hermano, pero
s para no perder de vista a Nancy, que estaba sentada en el grupo cerca
del seor Lammeter. Se mantena apartado porque quera evitar las
bromas paternales del squire sobre la belleza de la seorita Nancy y
sobre el matrimonio en general, bromas que probablemente iban a volverse
cada vez ms explcitas. Adems tena la perspectiva de bailar otra vez
con ella cuando terminara el hornpipe. Mientras tanto le era muy
agradable a Godfrey el poderle dirigir a Nancy largas miradas sin ser
observado por nadie.

Entretanto, al alzar los ojos, despus de una larga mirada, su vista
encontr un objeto que en aquel momento le hizo estremecer tanto como si
fuera una aparicin de ultratumba. Era realmente una aparicin de esa
vida oculta y situada como un pasaje obscuro tras de una fachada
adornada con elegancia que recibe la luz del sol y las miradas de los
honorables visitantes. Era su propia hija en los brazos de Silas Marner.
Tal fue su impresin inmediata e indudable, bien que no hubiera visto a
su hija desde haca varios meses. Pero en el momento en que comenzaba a
concebir una vaga esperanza de que quizs se haba equivocado, el seor
Crackenthorp y el seor Lammeter, sorprendidos por aquella extraa
visita, ya se haban adelantado hacia Silas. Godfrey se les reuni en
seguida, incapaz de permanecer quieto y sin recoger la menor palabra.
Trataba de dominarse; sin embargo, tena conciencia de que, si era
observado, no dejaran de notar su agitacin y la palidez de sus labios.

Pero en aquel momento todos los que estaban en la entrada de la sala
tenan los ojos fijos en Silas. El propio squire se haba puesto de pie
y le preguntaba con acento irritado:

--Qu pasa? Qu significa esto? Por qu entris aqu de esa manera?

--He venido a buscar al doctor; necesito ver al doctor--le dijo
Silas--; ante todo, al seor Crackenthorp.

--Qu sucede, Marner?--dijo el pastor--. El doctor est aqu; pero
antes decid tranquilamente para qu lo necesitis.

--Es para una mujer--contest Silas con voz baja y casi sin resuello,
precisamente en el momento en que Godfrey se le acercaba--. Est muerta,
me parece... muerta entre la nieve... en las canteras... cerca de mi
puerta.

Godfrey sinti que el corazn le lata con violencia. Haba en aquel
momento un terror en su alma: era que la mujer no estuviera realmente
muerta; terror culpable, husped demasiado odioso para que encontrara
refugio en el alma buena de Godfrey. Pero la naturaleza de ningn hombre
puede protegerlo contra los malos deseos, cuando su dicha depende de la
duplicidad.

--Bueno, bueno--dijo el seor Crackenthorp--, salid al vestbulo. Yo voy
a ir a buscar al doctor. Ha encontrado, una mujer en la nieve y cree que
est muerta--agreg en voz baja al squire--. Vale ms hablar de esto lo
menos posible; molestara a las damas. Decidles solamente que una pobre
mujer sufre del fro y hambre. Voy a buscar a Kimble.

Entretanto, las damas se haban adelantado ya curiosas por saber qu
habra podido llevar all al solitario tejedor en circunstancias tan
extraas e interesndose por la preciosa criatura. Esta, medio atrada y
medio alarmada por la brillante iluminacin y la numerosa sociedad,
frunca el ceo y se cubra la cara a su alrededor, hasta que el
fruncimiento de cejas, contradas por un contacto o una palabra de
cario, le hiciera ocultar su rostro con nueva resolucin.

--Qu criatura es sa?--dijeron varias damas a la vez, entre otras
Nancy Lammeter, que se diriga a Godfrey.

--No lo s; creo que es la hija de una pobre mujer que han encontrado
entre la nieve--fue la respuesta que Godfrey se arranc del corazn con
terrible esfuerzo.

--Al fin y al cabo, estoy cierto?--se apresur a decirse a s mismo,
para tranquilizar su conciencia.

--Entonces harais bien en bajar la criatura aqu--dijo la excelente
seora Kimble, vacilando, sin embargo, en poner en contracto las ropas
manchadas de la nia con su bata de raso--. Voy a decirle, a una de las
sirvientas que venga a tomarla.

--No, no, no puedo separarme de ella; no puedo darla--dijo Silas
bruscamente--. Vino espontneamente hacia m; tengo el derecho de
guardarla.

Esta proposicin de sacarle la criatura haba sido dirigida a Silas sin
que l la esperara absolutamente, y aquellas palabras, pronunciadas bajo
la influencia de la impulsin fuerte y brusca, fueron casi como una
revelacin que se hizo a s mismo. Un minuto antes no tena ninguna
intencin precisa respecto a la criatura.

--Habis odo nunca cosa semejante?--le dijo la seora Kimble, algo
sorprendida, a su vecina.

--Ahora, seoras, os ruego que me dejis pasar--dijo el doctor Kimble,
saliendo de la sala de juego, bastante fastidiado por la interrupcin;
pero estaba avezado por el largo ejercicio de su profesin a obedecer a
los llamados desagradables, aun cuando haba bebido con exceso.

--Qu fastidio, Kimble, el tener que salir en ste momento, eh?--dijo
el squire--. Bien poda haber ido a buscar a vuestro ayudante, el
aprendiz... Cmo se llama?

--Hubiera podido? pero para qu decir que hubiera podido!--gru el
to Kimble, apresurndose a salir junto con Marner, seguido por el seor
Crackenthorp y por Godfrey.

--Queris buscarme un par de zapatos gruesos, Godfrey? Pero, esperad...
que vaya alguien corriendo a Casa de Winthrop a buscar a Dolly; es la
mejor mujer que puede darse. Ben estaba aqu antes de la cena, se ha
marchado ya?

--S, seor--me he cruzado con l--dijo Marner--; pero no tuve tiempo de
detenerme a decirle otra cosa sino que iba en busca del doctor, y l me
respondi que ste estaba en casa del squire. Me ech entonces a correr,
y como al llegar no encontr a nadie en los fondos de la casa, me dirig
donde la sociedad estaba reunida.

La nia, cuya atencin no era ya distrada por el brillo de las luces y
las caras sonrientes de las damas, se puso a llorar y a llamar ma-ma,
bien que se prendiera siempre de Marner, que pareca haberse captado por
completo su confianza. Godfrey haba vuelto con el calzado. Al or los
gritos de la nia su corazn se oprimi, como si alguna fibra ntima se
hubiera tendido con fuerza.

--Voy a ir--dijo precipitadamente, impaciente por moverse un poco--, voy
a ir a buscar esa mujer, a la seora Winthrop.

--Oh! bah! mandad a otra persona--dijo el to Kimble, que se apresur
a salir con Marner.

--Hacedme saber si puedo ser til para algo, Kimble--dijo el seor
Crackenthorp.

Pero el doctor ya estaba demasiado lejos para que pudiera orlo.

Tambin Godfrey haba desaparecido. Haba ido rpidamente a buscar su
sombrero y su sobretodo, conservando slo la presencia de espritu
necesaria para darse cuenta de que no deba pasar por un insensato; pero
se lanz a caminar en la nieve sin preocuparse de su calzado de baile.

Minutos despus se diriga rpidamente a las canteras en compaa de
Dolly. A la vez que pensara que era muy natural que ella misma desafiara
el fro y la nieve a fin de ir a hacer una obra de misericordia, aquella
mujer estaba, sin embargo, muy afligida al ver a un joven que se mojaba
los pies por obedecer una impulsin semejante.

--Harais mucho mejor en volveros, seor--dijo Dolly con compasin
respetuosa--. No tenis para qu tomar fro. Pero os dira que de paso
le dijerais a mi marido que venga; est en el _Arco Iris_, creo; si es
que os parece que no ha bebido demasiado para poder ser til. En ese
caso, la seora Snell podra mandarnos a su pequeo sirviente para hacer
los mandados, pues probablemente habr que ir a buscar algo a casa del
mdico.

--No; ahora que he salido no me volver; voy a quedarme aqu
afuera--dijo Godfrey, cuando llegaron frente a la posada de Marner--.
Podis venir a decirme si puedo servir para algo.

--En verdad, seor, que sois muy bueno; tenis un corazn tierno--dijo
Dolly, dirigindose hacia la puerta.

Godfrey estaba demasiado penosamente preocupado para sentir algn
remordimiento por aquel elogio inmerecido. Iba y vena sin darse cuenta
de que se hunda hasta los tobillos en la nieve. No tena conciencia de
nada, a no ser de la agitacin febril causada por su incertidumbre
respecto a lo que pasaba en la choza y de la influencia que cada uno de
los desenlaces tendra sobre su destino futuro. No; no estaba por
completo sin conciencia de otra cosa ms. En lo profundo de su corazn y
medio sofocado por el deseo apasionado y el temor, estaba el sentimiento
de que no deba esperar aquellos desenlaces, que tendra que aceptar las
consecuencias de sus actos, reconocer a su msera esposa y devolver sus
derechos a su hija abandonada. Sin embargo, no tena bastante valor
moral para encarar la posibilidad de renunciar voluntariamente a Nancy.
Tena slo bastante conciencia y corazn para estar constantemente
atormentado por la debilidad que le impeda ese renunciamiento. Y en
aquel instante su espritu se libertaba de toda traba y se exaltaba con
la perspectiva imprevista de verse libre de su larga esclavitud.

--Habr muerto?--deca la voz que predominaba en su corazn sobre las
dems--. Si ha muerto me podr casar con Nancy; entonces, ser una buena
persona en el porvenir y no tendr ms secretos. En cuanto a la
criatura, se cuidar de ella de un modo o de otro.

Pero en medio de esta visin se presentaba la otra alternativa:

--Vive, quiz; en este caso, pobre de m!

Godfrey no supo jams cunto tiempo transcurri hasta que se abri la
puerta de la choza y sali el doctor Kimble. Se adelant hacia su to.
Acababa de prepararse para dominar la emocin que no dejara de sentir,
cualesquiera que fuesen las noticias que iba a saber...

--Os estaba esperando, puesto que vine hasta aqu--dijo anticipndose al
doctor.

--Bah! es un absurdo que hayis salido; por qu no mandasteis uno de
los sirvientes? No hay nada que hacer... est muerta... muerta desde
hace varias horas, creo.

--Qu clase de mujer es?--dijo Godfrey, sintiendo que la sangre le
suba a la cara.

--Una mujer joven, pero demacrada, con largos cabellos negros. Alguna
vagabunda... toda cubierta de harapos; tiene, sin embargo, en un dedo
una alianza. Maana van a llevarla al asilo de los pobres. Bueno, vamos.

--Deseo verla--dijo Godfrey--. Creo que ayer vi una mujer como sa. Os
alcanzar dentro de un minuto o dos.

El seor Kimble sigui su camino y Godfrey se volvi a la choza. Slo
ech una mirada sobre el rostro inanimado que descansaba sobre la
almohada, rostro que Dolly haba arreglado de un modo conveniente. Pero
se le grab de tal modo aquella ltima mirada lanzada sobre la esposa
detestada que, diez y seis aos despus, cada uno de los rasgos de la
fisonoma marchita estaba an presente en su espritu, cuando cont en
todos sus detalles la historia de aquella noche.

Se volvi inmediatamente hacia la estufa, donde Silas Marner estaba
meciendo a la nia. Ahora estaba muy tranquila, pero no dorma. Estaba
slo apaciguada por la sopa azucarada y por el calor. Sus ojos haban
tomado esa expresin serena que nos da a los humanos de ms edad, presa
de agitaciones interiores, un cierto respeto mezclado de terror cuando
estamos en presencia de una criatura. Tal es el sentimiento que
experimentamos al contemplar alguna belleza tranquila y majestuosa del
cielo y de la tierra, un planeta que brilla apaciblemente, un rosal en
plena floracin o bien la bveda formada por los rboles encima de un
sendero silencioso. Los ojos azules, muy abiertos, miraban los de
Godfrey sin ninguna timidez ni signo de reconocerle. La criatura no
poda hacer ningn llamado visible ni inteligible a su padre, y ste se
encontr bajo la impresin de una extraa mezcla de sentimientos; de un
conflicto de pesares y de alegras viendo en aquel pequeo corazn que
no responda con ningn latido a la ternura medio celosa del suyo,
mientras que los ojos azules se alejaban de los de l y se fijaban en la
extraa cara del tejedor. Habindose inclinado mucho Marner para
mirarlos, la pequea mano se puso a tirarle la mejilla flcida y a
deformarla con delicia.

--Vais a llevar maana la nia al asilo de los pobres?--pregunt
Godfrey, hablando con toda la indiferencia que le era posible.

--Quin ha dicho eso?--respondi Marner bruscamente--. Me obligarn a
llevarla?

--Cmo! vos querrais guardarla... un viejo soltero como vos?

--Hasta que me demuestren que tienen el derecho de quitrmela, la
guardar--dijo Marner--. La madre ha muerto y supongo que no tiene
padre: est sola en el mundo. Mi plata se fue a dar no s dnde... No s
nada... Casi ni s dnde estoy.

--Pobre criatura!--dijo Godfrey--. Dejadme que os d algo para
comprarle ropas.

Acababa de llevarse la mano al bolsillo y de sacar media guinea. La
coloc en la mano de Silas y se apresur a salir de la choza para
alcanzar al seor Kimble.

--No; esa mujer no es la que encontr--dijo cuando se le reuni--. La
nia es preciosa; parece que el viejo la quiere guardar; es extrao en
un avaro como l. Le he dado una bagatela para ayudarlo. No es probable
que la parroquia se empee en querer quitrsela.

--No; sin embargo, hubo un tiempo en que yo se la hubiera disputado a
Marner; pero ahora es demasiado tarde. Si la nia se cayera sobre el
fuego, vuestra ta es demasiado gruesa para socorrerla; no podra ms
que quedar sentada y gruir como una cerda asustada. Pero, qu loco
sois, Godfrey, en salir as con medias y zapatos de baile, vos, uno de
los elegantes de la fiesta y de una fiesta que se da en vuestra casa!
Qu significan estos arranques? Se ha mostrado cruel la seorita Nancy
y queris contrariarla estropeando vuestros carpines?

--Oh! todo ha sido desagradable para m esta noche. Estaba harto de
saltar en el baile y de mostrarme amable y de soportar exigencias a
propsito de los hornpipes. Y todava tena que bailar con la seorita
Gunn--dijo Godfrey aprovechando el subterfugio que su to le haba
sugerido.

Las escapatorias y las mentiras inocentes causan en los corazones que
ambicionan conservarse puros una mortificacin igual a la que causan a
un gran pintor los toques falsos que slo su ojo sabe descubrir. Pero
son tan livianos como un simple adorno una vez que los actos se han
vuelto mentirosos.

Godfrey reapareci en el saln blanco con los pies secos, y, puesto que
hay que decir la verdad, con un sentimiento de alivio y de alegra,
sentimiento demasiado intenso para que los pensamientos dolorosos
pudieran combatirlo. Porque, no poda ahora arriesgarse cuantas veces
se le presentara la ocasin de decirle las cosas ms tiernas a Nancy
Lammeter, prometerle, as como l mismo, que sera siempre lo que ella
quisiera? No haba algn peligro de que su finada esposa fuera
reconocida. No era una poca de activas pesquisas y de grandes rumores
pblicos; y, en cuanto al acta de su casamiento, estaba muy lejos,
escondida en pginas que nadie hojeaba; que nadie, excepto l, tena
inters en consultar. Dunsey, si reapareca, sera capaz de
traicionarlo; pero se poda comprar el silencio a Dunsey.

Y cuando los acontecimientos resultan tanto ms felices para un hombre
cuanto mayor ha sido la razn para tenerlos, no es sa una prueba de
que su conducta ha sido mucho menos censurable de lo que hubiera podido
parecer de otro modo? Cuando somos bien tratados por la suerte, se nos
ocurre naturalmente la idea de que no estamos del todo exentos de
mrito; y que es razonable que la usemos bien en nuestro favor, sin
echar a perder la feliz coyuntura. Dnde estara, por otra parte, para
Godfrey, la utilidad de confesarle su pasado a Nancy y alejar de l la
felicidad, ms an, de alejar la felicidad de Nancy, porque tena, casi
la certeza de ser amado? En cuanto a la criatura, velara porque se la
cuidara, hara todo por ella, excepto reconocerla. Quiz as fuera
igualmente feliz en la vida, puesto que nadie poda decir cmo se
desenvolveran las cosas, y, se necesita otra razn ms? pues bien, que
el padre sera mucho ms feliz si no confesaba la paternidad.




XIV


En Raveloe hubo en esa semana el entierro de una persona pobre; y en la
callejuela Kench, en Batterley, se supo que la madre de la criatura
rubia, la mujer de cabellos negros que haba ido recientemente a vivir
all, se haba marchado. No se hizo ninguna otra observacin particular
con motivo de la desaparicin de Molly de la vista de los hombres. Pero
esta muerte no llorada, que, para la suerte de la humanidad, pareca
tan insignificante como la cada de una hoja de esto, estaba cargada
con la fuerza del destino para ciertas almas que conocemos, y deba
crear las alegras y las tristezas de toda la vida.

La resolucin de Silas Marner de guardar la hija de la vagabunda fue
un acto que no sorprendi menos a la gente de la aldea que el robo de su
dinero, y las conversaciones versaron con frecuencia sobre este asunto.
Al cambio de los sentimientos del pblico a su respecto, que deba a su
desgracia, a las sospechas y a la aversin que se haban transformado en
una piedad bastante despreciativa para un ser aislado y dbil de
espritu como aqul, vena ahora a agregarse una simpata ms activa,
principalmente por parte de las mujeres. Las buenas madres, que saban
el trabajo de conservar a las criaturas sanas y lindas; las madres
indolentes, que conocan el fastidio de ser molestadas, cuando se
cruzaban los brazos o se rascaban los codos por las predisposiciones de
los chicos, que slo empiezan a mantenerse firmes en las piernas, se
tomaban el mismo inters que hacer conjeturas. Se preguntaban cmo se
las iba a componer un hombre solo con una criatura de dos aos en los
brazos y estaban igualmente dispuestas a sugerirle a Marner buenos
consejos. Las buenas madres le hablaban, sobre todo, de lo que sera
preferible que hiciera y las madres indolentes le decan con insistencia
lo que no conseguira nunca hacer.

Entre las buenas madres, Dolly Winthrop era aquella cuyos buenos
servicios aceptaba Silas de mejor grado porque se los prestaba sin
ostentacin. Silas le haba mostrado la media guinea de Godfrey y le
haba preguntado cmo podra arreglarse para comprarle ropas a la
criatura.

--Ah! maese Marner--dijo Dolly--, no tenis necesidad de comprarle ms
que un par de zapatos; tengo las enaguas que Aarn llevaba hace cinco
aos, y no valdra la pena emplear el dinero en comprar ropas de
criatura, porque la nia--que Dios la bendiga--va a crecer como la
hierba en el mes de mayo, podis estar cierto.

El mismo da, Dolly llev un paquete y extendi delante de Marner las
ropitas una por una en su orden natural de sucesin. La mayor parte
estaba zurcida y remendada, pero muy limpita y agradable, como las
plantas que comienzan a crecer. Esto sirvi de introduccin a una gran
ceremonia practicada con agua y jabn, de la que la criatura sali
revestida con una nueva belleza. Sentada en seguida en las rodillas de
Dolly la niita comenz a jugar con los pies, a acariciarse las manitas
o a golpearlas la una contra la otra, pareciendo haber hecho varios
descubrimientos en s misma que expresaba por medio de sonidos
alternados el gug, gug, gag y de ma-ma, no era el grito de la
necesidad ni el del malestar. Beb se haba acostumbrado a pronunciar,
sin esperar a que se le respondiera con una palabra o un gesto de
cario.

--Nadie podra creer que los ngeles sean ms lindos en el cielo--dijo
Dolly, acaricindola y besndole los rizos rubios--. Y decir que estaba
cubierta con esos harapos sucios y que su pobre madre muri de fro!
Pero est Aquel que cuid de ella y la trajo a vuestro umbral, seor
Marner. La puerta estaba abierta y ella entr pasando por la nieve, como
un petirrojo muerto de fro y de hambre. No me dijisteis que la puerta
estaba abierta?

--S--dijo Silas con aire pensativo--, s; la puerta estaba abierta. El
dinero se me fue no s dnde, y esta nia me vino no s cmo.

Marner no le haba dicho a nadie que ignoraba cmo haba entrado la
nia. Retroceda ante las preguntas que podran conducir al hecho que l
mismo supona, es decir, que haba sido presa de una de sus crisis.

--Ah!--dijo Dolly con dulce gravedad--, es como la noche y la maana,
el sueo y la vigilia, la lluvia y la cosecha; una cosa se va, la otra
viene, y nosotros no sabemos ni cmo ni cundo. Podemos trabajar con
tesn, luchar y sufrir; pero nuestra labor es bien insignificante al fin
y al cabo; las grandes cosas vienen y se van sin esfuerzo de nuestra
parte; s, no cabe dudarlo. Sin embargo, yo creo que hacis bien en
quedaros con la criatura, maese Marner, puesto que os ha sido enviada,
aunque haya personas que no sean de este parecer. Os incomodar un poco
quiz mientras sea pequea; pero yo vendr con gusto y la cuidar en
vuestro lugar. Siempre dispongo de un rato todos los das; porque,
cuando se madruga, el reloj parece detenerse a eso de las diez antes de
que llegue el momento de ir a buscar las provisiones. De modo que, os lo
repito, vendr a cuidar a la nia en vuestro lugar, con mucho gusto.

--Muchsimas gracias...--dijo Silas vacilando un poco--. Os agradecer
mucho que me digis lo que debo hacer.

Despus, mientras se inclinaba hacia adelante para mirar a la nia--no
sin un poco de celos--, y sta echaba la cabeza contra el brazo de Dolly
y observaba de lejos a Silas con satisfaccin, el tejedor agreg con
aire inquieto:

--Pero deseo atender yo mismo a la nia. De otro modo podra querer ms
a otra persona y no acostumbrarse a m. He estado acostumbrado a hacer
todo en mi casa; puedo aprender, aprender.

--Ah! seguramente--dijo Dolly con voz suave--. He visto hombres muy
hbiles para atender las criaturas. Los hombres son casi siempre torpes
y testarudos--que Dios los ayude--; sin embargo, cuando no estn ebrios
no carecen de sentimientos, aunque no sepan poner vendas ni
sanguijuelas: son demasiado bruscos e impacientes. Fijaos, primero se
pone esto sobre el cuerpo--prosigui Dolly, tomando una camisita y
ponindosela a la nia.

--S--dijo Marner dcilmente, mirando de muy cerca, a fin de iniciar sus
ojos en los misterios.

Despus, la nena le tom la cabeza entre sus bracitos y le puso sus
pequeos labios contra el rostro, hacindole caricias.

--Ya lo veis--dijo Dolly con el tacto delicado de una mujer--, a vos es
a quien quiere ms. Quiere que la tomis sobre las rodillas, estoy
segura. Vamos, linda, vamos. Tomadla, maese Marner; ponedle las ropitas;
despus podris decir que hicisteis todo lo preciso por ella, desde su
principio.

Marner la tom sobre las rodillas, temblando con una emocin misteriosa
para l, emocin causada por algo desconocido que comenzaba a apuntar en
su existencia.

Sus pensamientos y sus sentimientos eran tan confusos que, si hubiera
tratado de expresarlos, slo hubiese podido decir que la nia le haba
venido en lugar de su dinero--que su oro se haba vuelto una criatura.
Tom las ropas de manos de Dolly y, bajo su direccin, se las puso a la
nia. Esta interrumpi entonces, naturalmente, sus ejercicios
gimnsticos.

--Ya lo veis! os desempeis a maravilla, maese Marner--dijo Dolly--;
sin embargo, qu vais a hacer cuando estis obligado a permanecer
sentado en vuestro telar? Porque se va a volver ms movediza y traviesa
de da en da, seguramente, que Dios la bendiga. Es una suerte que
tengis este hogar elevado en vez de una parrilla; el fuego est as
menos a su alcance; sin embargo, si tenis algo que pueda derramarse o
romperse o lastimarle los dedos, en seguida tratar de agarrarlo, y es
razonable que estis advertido.

Silas, quedando algo perplejo, reflexion un instante.

--La atar al pie del telar--dijo por fin--; la atar con una faja larga
y slida.

--Bueno, quiz eso baste, porque es una nia, porque es ms fcil
persuadir a las nias que se queden quietas que a los varones. Yo s
cmo son stos; he tenido cuatro--s, cuatro, sbelo Dios--, y si se los
ocurriera atarlos se agitaran y gritaran como los cerdos cuando se les
pone un anillo en el hocico. Pero os traer mi sillita con unos retazos
de tela colorada y otros chiches para que pueda jugar con ellos. Se
sentar y les hablar como si estuvieran vivos. Ah! si no fuera un
pecado querer ver los hijos de otro modo que como son--que Dios los
bendiga--, hubiera deseado que uno de ellos fuera mujer; y decir que
hubiera podido ensearle a zurcir, a remendar, a tejer y muchas otras
cosas. Pero, en fin, podr ensearle eso a esta nia cuando sea ms
grande, no es cierto, maese Marner?

--Pero ser ma y no de otros--dijo Marner con bastante vivacidad.

--S, naturalmente, tenis el derecho de guardarla si sois para ella un
padre y la criis como conviene. Sin embargo--agreg Dolly llegando a un
punto que haba resuelto tocar de antemano--, tenis que criarla como
los hijos de las gentes bautizadas, llevarla a la iglesia y hacerle
aprender el catecismo. Mi pequeo Aarn puede repetirlo perfectamente;
os reza el credo y lo dems as como los mandamientos, lo mismo que si
fuera un nio del coro. Eso es lo que tenis que hacer, maese Marner, si
queris cumplir con vuestro deber para con esta huerfanita.

El plido rostro de Marner se sonroj sbitamente bajo la influencia de
aquella nueva ansiedad. Su espritu estaba harto preocupado, tratando de
darle una explicacin definida a las palabras de Dolly, para que pensara
en contestarle.

--Creo--agreg la buena mujer--que esta pobre criatura no ha sido nunca
bautizada y es conveniente advertir al pastor. En caso de que no tengis
nada que observar le hablar de eso hoy mismo al seor Macey. Porque si
la criatura acabara mal por una razn o por la otra y vos no hubierais
cumplido con vuestro deber para con ella, maese Marner--si descuidarais
de hacerla vacunar u omitierais cualquier otra cosa para preservarla del
mal--, eso vendra a ser una espina en vuestro lecho mientras
estuvierais de este lado del sepulcro. Yo no creo que le sea fcil a
ningn hombre el poder descansar tranquilo en el otro mundo, si no ha
llenado su deber para con las criaturas infortunadas que le han tocado
en suerte sin haberlas pedido.

La propia Dolly estaba dispuesta a guardar silencio durante un tiempo,
porque aquellas palabras brotaban de las profundidades de su sencilla
creencia y estaba ansiosa por saber si produciran en Silas el efecto
deseado. Este estaba confuso e inquieto, porque aquellas palabras de
Dolly de que la nia no haba sido bautizada no tenan sentido claro
para l. No conoca ms que el bautismo de los adultos y nunca haba
odo hablar del bautismo de los nios.

--Qu quieren decir vuestras palabras de que la nia no ha sido nunca
bautizada?--dijo al fin con timidez--. Las personas no sern buenas con
ella si no hace eso?

--Dios mo! Dios mo, maese Marner!--dijo Dolly con el tono dulce de
la compasin--, no habis tenido nunca padre ni madre que os hayan
enseado a rezar y que hay palabras buenas y buenas cosas para
preservarnos del mal?

--S--dijo Silas en voz baja--; s muchas cosas a ese respecto, a lo
menos saba muchas. Pero nuestros hbitos son diferentes: mi pas queda
muy lejos de aqu.

Se detuvo unos instantes; despus agreg con tono ms firme:

--Sin embargo, deseo hacer todo lo posible en favor de la criatura. Todo
lo que sea conveniente para ella y que juzguis sea bueno, no dejar de
conformarme a ello, si vos queris decrmelo.

--Pues bien, entonces, maese Marner, voy a pedirle al seor Macey que le
hable al pastor; y tendris que decidiros por un nombre, porque ser
preciso drselo a la nia cuando se la bautice.

--El nombre de mi madre era Hephtsiba--dijo Silas--, y mi hermanita
llevaba su nombre.

--Pero es un nombre difcil de pronunciar--dijo Dolly--, y no estoy
segura que sea un nombre de bautismo.

--Es un nombre que se encuentra en la Biblia--dijo Silas, volvindole a
la memoria sus antiguas ideas.

--Entonces no tengo ninguna razn para oponerme--repuso Dolly algo
asustada por los conocimientos de Silas en este captulo--; sin embargo,
qu queris, yo soy poco instruida y me cuesta comprender las palabras.
Mi marido dice que yo ando siempre como si diera una en el clavo y tres
en la herradura--eso es lo que dice, porque es muy sutil--, que Dios lo
ayude. Pero no sera cmodo llamar a vuestra hermanita con un nombre tan
difcil de pronunciar cuando no tenais nada importante que decirle, me
parece a m, no es cierto, maese Marner?

--La llambamos Eppie--respondi Silas.

--Pues bien, siempre que no sea malo acortar el nombre sera mucho ms
cmodo. Entonces, voy a marcharme, maese Marner, y hablar del bautismo
antes de la noche. Os deseo mucha suerte y tengo confianza en que as
ser, si cumpls con vuestro deber para con la pequea hurfana...
Adems, hay que pensar en hacerla vacunar. En cuanto al lavado de sus
ropitas, no tenis que dirigiros sino a m, porque puedo hacer eso sin
esfuerzo cuando preparo la leja. Ah! querido angelito. Me permitiris
que traiga a mi pequeo Aarn uno de estos das; le mostrar el carrito
que su padre le ha fabricado y el perrito negro y blanco que est
criando.

La nia fue, pues, bautizada, habiendo decidido el pastor que un doble
bautismo era el riesgo menos grande que se poda correr. Con este
motivo, Silas, despus de vestirse lo ms limpio y elegante que pudo,
apareci por primera vez en la iglesia y tom parte en las prcticas que
sus vecinos consideraban como sagradas.

Le era imposible, segn todo lo que vea y oa, identificar su antigua
fe con la religin de Raveloe. Si hubiera sido capaz de ello en lo
pasado, hubiese sido bajo la influencia de un sentimiento intenso,
pronto a vibrar con simpata antes que por medio de una comparacin de
frases y de ideas; pero ahora, desde haca ya muchos aos, aquel
sentimiento se haba adormecido.

No tena una nocin clara al respecto del bautismo de los nios y de la
frecuentacin de la iglesia, a no ser lo que Dolly le haba dicho que
eso sera bueno para la nia. De este modo, a medida que las semanas
formaban meses, la nia creaba sin cesar vnculos nuevos entre la
existencia de Marner y de las personas que siempre haba evitado hasta
entonces para aislarse de un modo ms completo. Contrariamente al oro,
que no tena necesidad de nada y que tena que ser adorado en una
soledad por completo secreta, oculto a toda luz, sordo al canto de los
pjaros, que no se estremeca al son de ninguna voz humana, Eppie era
una criatura cuyas necesidades eran infinitas, y sus deseos siempre eran
crecientes.

Era una criatura que amaba y buscaba la luz del sol, el ruido y los
movimientos de la vida, que todo lo ensayaba teniendo fe en las alegras
nuevas, y que haca nacer la bondad en los ojos de todos los que la
miraban. El oro haba confinado los pensamientos de Silas en un crculo
siempre igual y que no conduca a ninguna parte ms all de sus propios
lmites; Eppie, criatura formada de cambios y esperanzas, obligaba ahora
a sus pensamientos a ir hacia adelante. Ella los arrastraba muy lejos de
aquel objeto a que se dirigan siempre antes y los llevaba hacia nuevas
cosas que deban venir con los aos futuros, cuando la joven hubiese
aprendido a comprender qu padre abnegado haba sido Silas para ella.

La nia haca buscar a Marner las imgenes de ese porvenir en los
vnculos y las obras caritativas que unan entre s a las familias de
sus vecinos. El oro lo haba obligado a prolongar cada vez ms su
trabajo, los ojos y los odos cerrados a todas las cosas que no fueran
la monotona de su telar y la uniformidad de su tejido. Pero Eppie lo
distraa de su trabajo, hacindole considerar todas las interrupciones
como momentos de felicidad. Su vida nueva despertaba los sentidos de
Silas a punto de reanimar la alegra de ste, aun a la vista de las
viejas moscas adormecidas por el invierno que salan con esfuerzo
arrastrndose al sentir los primeros rayos del sol de primavera. La nia
reavivaba la alegra del tejedor, porque ella misma era alegre.

Cuando el sol se hizo ms vivo prolongndose ms el da y los botones de
oro esmaltaban la pradera, se poda ver a Silas--sea a medioda, sea al
declinar la tarde, en el momento en que las sombras de los cercos se
alargaban--, se poda ver a Silas que sala de su casa con la cabeza
descubierta, llevando a pasear a Eppie ms all de las canteras, a los
sitios en que crecan aquellas flores. Se detena cerca de alguna loma
favorita que le permita sentarse, mientras que Eppie iba titubeando a
recoger los botones de oro, interpelando a las criaturas aladas que
murmuraban felices encima de sus ptalos brillantes y atrayendo
continuamente la atencin de pap cuando le traa su cosecha. Despus
prestaba odo al canto brusco de algn pjaro, y Silas aprenda a
divertirla, hacindole sea de callarse, a fin de que pudieran escuchar,
a la espera de los acentos que iban a recomenzar. Y cuando volvan, ella
alzaba los hombros y rea gorjeando su triunfo. Sentados de este modo
entre el follaje, Silas se puso de nuevo a recoger las plantas que le
eran antes familiares. Al ver las hojas con sus contornos y nervaduras
inmutables en el hueco de su mano, sinti renacer una multitud de
recuerdos que rechazaba con timidez. Sus pensamientos buscaban entonces
refugio en el pequeo mundo de Eppie, el cual slo pesaba ligeramente en
su cerebro debilitado.

A medida que el espritu de la nia creca en saber, el espritu de
Silas creca en recuerdos; a medida que la vida se desarrollaba, el alma
del tejedor, largo tiempo aletargada en una fra y estrecha prisin, se
desarrollaba tambin, y, toda trmula, volva a una plena conciencia de
s mismo.

Era una influencia que ira adquiriendo fuerza con cada nuevo ao
transcurrido.

Los sonidos infantiles que agitaban el corazn de Silas se articularon y
reclamaron respuestas ms precisas; las formas y los ruidos se tornaron
ms claros para los ojos y los odos de Eppie; y hubo cosas nuevas que
le pidi a pap con tono imperativo que observase y le explicase.
Adems, cuando Eppie cumpli tres aos despleg el lindo talento de
hacer travesuras o de encontrar medios ingeniosos para causar molestias,
talento que proporcionaba mucho ejercicio, no slo a la paciencia de
Silas, sino tambin a su ciencia y sagacidad.

En estas ocasiones, el pobre Marner se vea puesto en conflictos por las
exigencias incompatibles del deber y del cario. Dolly Winthrop le deca
entonces que los castigos le haran bien a Eppie, y que no era posible
educar una criatura si ciertas partes blandas y que no corren ningn
riesgo por esto, no le escocan de cuando en cuando.

--Adems, podrais hacer otra cosa, maese Marner--agreg Dolly con aire
pensativo--, y sera encerrarla alguna vez en la carbonera. Fue as como
he procedido con Aarn, porque era tan dbil para con mi nio menor, que
no poda soportar la idea de castigarlo. No tena alma para dejarlo ms
de un minuto en la carbonera, pues era lo bastante para tiznar por
completo al nio, de modo que haba que lavarlo y vestirlo de nuevo. Eso
le haca tanto bien como el ltigo, podis creerme. Pero dejo a vuestra
conciencia la tarea de decidir, maese Marner, porque tenis que elegir
una cosa o la otra--el ltigo o la carbonera--; de otro modo se va a
volver tan voluntariosa que no habr medio de dominarla.

Silas qued convencido de la triste verdad de esta ltima observacin;
pero su energa de carcter, lo abandon ante las dos nicas especies de
castigos que le proponan. No slo le era penoso castigar a Eppie, sino
que temblaba de estar en desacuerdo con ella un solo momento, temiendo
que fuera a disminuir el afecto que ella le tena. Si un Goliat
afectuoso se encaria por una criatura delicada y teme tirar del vnculo
que a ella lo une, y teme, sobre todo, que se rompa ese vnculo,
decidme, os ruego, cul ser el amo de los dos? Era evidente que Eppie,
con sus pequeos pasos vacilantes, haca vacilar a su gusto a su pap
Silas cualquier da en que las circunstancias favorecieran su travesura.

Por ejemplo; l haba elegido una ancha faja de lienzo a fin de atar a
Eppie a su telar cuando estaba muy ocupado. Aquella faja formaba un
cinturn alrededor del talle de la criatura y era bastante larga para
que sta pudiera llegar hasta su pequeo lecho y sentarse en l, pero
era lo bastante corta como para que Eppie no ensayara alguna ascensin
peligrosa. Ahora bien, una maana Silas estaba ms atareado que de
costumbre porque estaba armando una pieza en el telar, y tuvo que
recurrir para esto a las tijeras. Este instrumento, gracias a una
advertencia especial de Dolly, haba estado siempre cuidadosamente fuera
del alcance de Eppie. Sin embargo, su ruido peculiar tuvo una atraccin
particular para su odo, y, despus de haber espiado los resultados de
aquel ruido, sac la consecuencia filosfica de que la misma causa deba
producir el mismo efecto.

Silas se haba sentado en su telar y el ruido del aparato haba
recomenzado; pero dej las tijeras en un punto que el trnsito de Eppie
poda alcanzar. Entonces, como un ratn que acecha el momento oportuno,
sali furtivamente de su rincn, se apoder de aquel objeto y volvi
dando traspis hasta su cama, alzando los hombros como para ocultar su
hurto. Tena una intencin decidida en lo que concerna al uso de las
tijeras. Despus de haber cortado la faja de tela de un modo irregular,
pero eficaz, se dirigi en dos segundos hacia la puerta abierta adonde
la llamaba el brillo del sol, mientras, que el pobre Silas la crea ms
preciosa que de costumbre. Fue slo cuando volvi a necesitar las
tijeras que lo sorprendi la terrible realidad. Eppie se haba escapado
sola, quizs se haba cado en la cantera. Silas, agitado por el temor
ms grande que poda asaltarlo, se precipit hacia afuera gritando:
Eppie!, y corri rpidamente hacia el espacio sin cerco, explorando
las cavidades secas en que hubiera podido caer e interrogando en seguida
con los ojos asustados la superficie lisa y rojiza del agua. Gotas fras
de sudor le mojaron la frente. Cunto tiempo hara que haba salido? Le
quedaba una esperanza: que se hubiera deslizado a travs de la cerca
para ir a las praderas, donde tena la costumbre de llevarla a dar una
vuelta. Pero la hierba estaba alta y no haba medio de descubrir si
Eppie estaba all, sino buscndola atentamente, lo que hubiera sido un
delito en el planto del seor Osgood. Sin embargo, haba que
resignarse; as es que el pobre Silas, despus de haber sondeado bien
con la mirada los alrededores de las cercas, atraves la hierba,
creyendo, con su vista corta, distinguir a Eppie tras de cada mata de
acedera roja, vindola continuamente alejarse a medida que se
aproximaba. Busc en vano en la pradera; entonces, salv el cerco y se
encontr en la propiedad vecina. Fij la vista con una ltima esperanza
en un pequeo estanque que el verano haba secado en parte, dejando un
ancho borde de lava viscosa. Era all, sin embargo, que Eppie estaba
sentada, conversando animadamente con su zapatito que le serva de balde
para acarrear agua a la huella profunda de una pata de caballo, mientras
que su pequeo pie desnudo estaba cmodamente apoyado en un cojn de
lodo verdoso. Un ternero de cabeza roja la observaba, indeciso y
alarmado, a travs del cerco opuesto.

Haba en aquello, tratndose de una criatura bautizada, un caso
indiscutible de aberracin que exiga un tratamiento severo, pero Silas,
dominado por la alegra convulsiva de haber hallado su tesoro, no supo
hacer otra cosa ms que cargar a Eppie vivamente y cubrirla de besos
entrecortados por sollozos. Fue slo despus de llevarla a la casa y de
haber procedido al lavatorio necesario que se acord de la necesidad de
castigar para que la nia se acordara. La idea de que poda escapar de
nuevo y hacerse dao lo impuls a realizar un acto extraordinario y por
primera vez se determin a recurrir a la carbonera, pequea alacena
situada junto al hogar.

--Mala, mala Eppie--comenz a decir Silas de pronto, tenindola sobre
las rodillas y mostrndole que tena los pies y las ropas cubiertos de
barro--; mala, que cort la faja y se fue. Ahora Eppie tiene que entrar
en la carbonera porque es mala. Pap va a encerrarla en la carbonera.

Medio crea que aquellas palabras produciran una impresin bastante
fuerte para que Eppie se pusiera a llorar. En vez de esto se puso a
brincotear en las rodillas de Marner como si ste le propusiera una
novedad agradable. Viendo que era necesario recurrir a los extremos, la
meti en la carbonera y cerr la puerta temblando de que empleara una
medida excesiva. Durante el primer momento no oy nada; pero en seguida
oy un pequeo grito:

--Abe, abe!

Y Silas la hizo salir, diciendo:

--Ahora, Eppie va a ser buena; de otro modo va a ir a la carbonera, al
rincn negro.

El telar permaneci silencioso largo rato esa maana porque hubo que
lavar a Eppie y ponerle ropas limpias; sin embargo, era de esperar que
este castigo tendra un efecto duradero y ahorrara tiempo en el
porvenir. Quiz, sin embargo, hubiera sido preferible que Eppie llorara
algo ms.

En una media hora estuvo limpia, habiendo Silas vuelto la espalda para
ver qu hara con la faja de lienzo; la tir al suelo, pensando que
Eppie se quedara quieta el resto de la maana sin que fuera preciso
atarla. Se volvi en seguida para sentar a la nia en su sillita cerca
del telar, cuando sta se le apareci con la cara y las manos tiznadas
otra vez, y diciendo:

--Eppie e la carbonera!

Este completo fracaso de la pena disciplinaria de la carbonera destruy
la confianza que tena Silas en la eficacia de los castigos.

--Lo tomara siempre a broma--le dijo a Dolly--si no la castigo, y soy
incapaz de hacerlo, seora Winthrop. Las mortificaciones que me causa
las puedo soportar y no tiene malas costumbres, de las que no puede
librarse algn da.

--S, es cierto en parte, maese Marner--dijo Dolly con simpata--, y si
no tenis las fuerzas de resolveros a impedir que toque los objetos
asustndola, es preciso que os arreglis de modo que no queden a su
alcance. As es como tengo que hacer con los perritos que mis chicos
siempre estn criando. Hagis lo que hagis, esos animales siempre
mordisquean y roen; y lo mordisquean y lo roen todo, hasta la cofia del
domingo, si est colgada a su alcance. Para ellos tanto da, que Dios los
ayude. Es la denticin lo que los pone as, eso es.

De modo que Eppie fue criada sin castigos, soportando en cambio el peso
de sus fechoras su padre Silas. La choza de piedra se convirti para
ella en un dulce nido acolchado con el plumn de la paciencia; y en el
mundo que estaba ms all de aquella morada, tampoco conoci miradas
severas ni responsos.

A pesar de la dificultad de llevarla al mismo tiempo que el hilo y el
tejido, Silas la conduca casi siempre consigo cuando tena que ir a las
granjas. No quera dejarla en casa de Dolly Winthrop, bien que sta
estuviera siempre dispuesta a guardarla. La pequea Eppie, de cabellos
crespos, la nia del tejedor, se volvi, pues, un tema de inters para
los habitantes de varias casas apartadas, lo mismo que para las de la
aldea. Hasta aqu se haba tratado a Marner casi como si fuera un gnomo
o un brujo til, como si fuera un ser extravagante e incomprensible que
no era posible mirar sin una mezcla de sorpresa o de aversin.

Siempre se deseaba cambiar con l los saludos y ajustar los tratos lo
ms pronto posible; pero al mismo tiempo se proceda con l de un modo
propiciatorio, y a veces hacindole un regalo de carne de cerdo o de
productos del jardn, porque sin su ayuda no haba medio de hacer tejer
lino. Pero ahora Silas encontraba rostros francos y sonrientes y se le
hablaba con tanto placer como a una persona cuyas satisfacciones y
pesares podran ser comprendidos. En todas partes tena que sentarse y
hablar de la nia, y siempre se estaba dispuesto a dirigirle palabras de
inters.

--Ah, maese Marner! tendris suerte si le da temprano un ligero
sarampin, o si no; en verdad que pocos hombres solteros hubieran
adoptado una criatura como sta; pero supongo que el tejer os hace ms
diestro que a los hombres que trabajan en el campo. Sois casi tan hbil
como una mujer, porque el tejer viene despus del hilar.

Dueos y dueas de casa, sentados en anchos sillones de cocina,
observaban desde all los acontecimientos y meneaban la cabeza a
propsito de lo difcil que era criar los nios. Sin embargo, si
llegaban a tocar los brazos y las piernas rollizos de Eppie tenan que
reconocer su notable dureza y le decan a Silas que si sala buena--lo
que no era posible saber--, sera muy bueno que tuviera a su lado una
joven seria que se ocupara de l cuando estuviera demasiado viejo para
poder trabajar.

Las sirvientas se entretenan en llevarla a que viera las gallinas y los
pollos o a recoger algunas cerezas en el huerto. Y los nios y las
chiquillas se le acercaban lentamente, con movimientos prudentes, y las
miradas fijas--como perritos que avanzan hociquito contra hociquito
hacia otro compaero--hasta que la atraccin alcanza el punto en que los
suaves labios se ofrecen para recibir un beso. Ninguna criatura tena
miedo de acercarse al tejedor cuando Eppie estaba a su lado. La
presencia de Marner ya no tena nada de repulsiva, ni para los jvenes
ni para los viejos, porque la nia haba conseguido atarle de nuevo al
mundo entero. Haba entre l y Eppie un amor que los confunda en un
solo ser, y haba amor entre la nia y el mundo, desde los hombres y las
mujeres que tenan para ella palabras y miradas de padre y de madre,
hasta las caccinelas rojas y los guijarros redondos.

Silas se puso a considerar la existencia de Raveloe, desde empunto de
vista exclusivo de Eppie. Quera proporcionarle a su hija todo lo que se
consideraba un bien en la aldea; y escuchaba con docilidad, a fin de
llegar a entender mejor lo que era esa vida, de la que haba permanecido
alejado durante cinco aos, como si hubiera sido una cosa extraa con la
que no pudiera tener nada de comn. As procede el hombre que tiene una
planta preciosa a la que quiere dar asilo y alimento, en un suelo nuevo
para ella: piensa en la lluvia, en el sol, en todas las influencias con
relacin a su pupila. Trata de conocer asiduamente todo lo que pudiera
serle til, sea para satisfacer las necesidades de las races
penetrantes, sea para proteger la hoja y el botn contra la agresin
peligrosa. El empeo de atesorar haba sido por completo destruido por
Marner desde que perdiera el oro que acumulaba durante tanto tiempo. Las
monedas que haba ganado en seguida le parecan tan intiles como
piedras aportadas para terminar una casa bruscamente sepultada por un
temblor de tierra. El sentimiento de la prdida que haba sufrido era
para l un peso demasiado grave para que las antiguas fruiciones de la
satisfaccin se despertaran otra vez al contacto de las monedas
nuevamente adquiridas. En adelante algo haba venido a reemplazar su
tesoro, algo que, dando a sus ganancias un fin creciente, arrastraba
siempre hacia adelante, ms all del dinero, sus esperanzas y sus
alegras.

En los antiguos das haba ngeles que venan a tomar a los hombres por
las manos y los alejaban de la ciudad de la destruccin. Ahora ya no
vemos mensajeros alados, pero, sin embargo, los hombres son todava
conducidos lejos de la destruccin inminente; una mano les toma la suya
y los conduce suavemente hacia una tierra apacible y resplandeciente, de
suerte que no miran ms tras de s, y esa mano puede ser la de un nio.




XV


Haba una persona--se la adivinar sin esfuerzo--que ms que cualquiera
otra observaba con viva, con secreta solicitud el desarrollo prspero de
Eppie, bajo la influencia de los cuidados del tejedor. Esa persona no se
atreva a hacer nada que diera a suponer que tena inters especial por
la hija adoptiva de un pobre hombre y no el que deba esperarse de la
bondad de un joven squire, al que un encuentro fortuito sugera la idea
de gratificar con un pequeo presente al pobre viejo mirado por todos
con benevolencia. Pero esa persona se deca que llegara el da en que
podra hacer algo por aumentar el bienestar de su hija sin exponerse a
las sospechas. Entretanto, lo mortificaba mucho la imposibilidad en que
estaba de darle a aquella nia sus derechos de nacimiento? No sabra
decirlo. Eppie era bien atendida. Sera feliz probablemente como lo son
a menudo las gentes de humilde condicin, ms feliz quiz que las que
son criadas en el lujo.

Aquel famoso anillo que pinchaba al prncipe toda vez que olvidaba sus
deberes para entregarse al placer, yo me pregunto si lo pinchaba
vivamente cuando parta para la caza, o bien si le haca entonces una
leve picadura y no lo hera en carne viva sino cuando la cacera haba
terminado haca tiempo y la esperanza, replegando las alas, miraba
hacia atrs y se converta en placer...

En cuanto a Godfrey, sus mejillas y sus ojos estaban ahora ms
brillantes que nunca. Tena propsitos tan decididos que su carcter
pareca haberse vuelto firme. Dunsey no haba reaparecido; se crey por
la generalidad que se haba enrolado voluntario o que se haba ido al
extranjero, nadie tena la idea de pedirle datos precisos a una familia
honorable sobre un asunto tan delicado. Godfrey haba dejado de ver la
sombra de Dunsey atravesada en su camino, y este camino lo conduca
entonces directamente hacia la realizacin de sus deseos predilectos,
los deseos que ms largo tiempo haba acariciado.

Todo el mundo deca que el seor Godfrey haba tomado el buen camino y
era bastante fcil adivinar cmo acabaran las cosas, pues pocos eran
los das de la semana en que no se le vea dirigirse a caballo a las
Gazaperas. El propio Godfrey, cuando le preguntaron bromeando si ya
estaba fijado el da, sonrea con la sensacin agradable de un
pretendiente que hubiera podido responder s si as lo hubiera
querido. Se senta transformado, libre de la tentacin y la visin de su
vida futura se le apareca como una tierra prometida por la que no tena
necesidad de combatir. Se vea en el porvenir con toda felicidad
concentrada alrededor de su hogar, mientras que Nancy le sonrea y l
jugara con los nios.

Y aquella otra criatura sin sitio en la morada paterna, no la
abandonara. Velara por que fuese feliz. Ese era su deber de padre.




XVI


Era un hermoso da de otoo, diez y seis aos despus que Silas Marner
haba descubierto su nuevo tesoro ante el hogar de su choza. Las
campanas de la vieja iglesia de Raveloe repicaban alegremente anunciando
que haba terminado el oficio de la maana. Por la puerta abovedada de
la torre iban saliendo lentamente, detenidos por los saludos y preguntas
amistosas, los ms ricos feligreses que haban considerado aquella
hermosa maana del domingo muy apropiada para ir a la iglesia. Era
costumbre habitual en esa poca que los miembros ms importantes de la
congregacin fueran los primeros que salieran. Mientras tanto, sus
vecinos de condicin ms humilde esperaban y miraban llevndose la mano
a las cabezas inclinadas, o haciendo reverencias para saludar a todo
mayor contribuyente que se volva para mirarlos.

En la primera fila de esos grupos de gentes bien vestidas que avanzaban
hay algunos personajes que reconoceremos a despecho del tiempo, cuya
mano ha pasado sobre todas ellas. Ese hombre de cuarenta aos, alto y
rubio, no tiene rasgos muy distintos de los de Godfrey Cass a los
veintisis aos; slo est algo ms grueso y ha perdido la expresin
indefinible de la juventud, prdida que se manifiesta aun cuando la
vista se mantenga brillante y no hayan aparecido todava las arrugas.
Quizs esta linda mujer que no es ms joven que l y que se apoya en su
brazo est ms cambiada que su marido; el encantador sonrojo que antes
coloreaba constantemente sus mejillas quizs no reaparezca ms que
momentneamente bajo la influencia del aire fresco de la maana o de
alguna gran sorpresa.

Sin embargo, para aquellos que gustan tanto ms de la fisonoma humana
cuanto mejor se lee en ella la experiencia de la vida, la belleza de
Nancy ofrece un inters mayor. A menudo el alma llega al completo
desarrollo de su bondad cuando la vejez la ha recubierto con una fea
envoltura; es por esto que la mirada no basta para adivinar la
excelencia de un justo. Pero los aos no han sido tan crueles para con
Nancy. Su boca roja pero tranquila y la mirada lmpida y franca de sus
ojos pardos, dicen ahora que su naturaleza ha sufrido y ha conservado
sus ms nobles cualidades. Tambin su traje, de una elegancia graciosa y
de una pureza delicada, es ms expresivo ahora que las coqueteras de la
juventud no intervienen para nada.

El seor y la seora Godfrey Cass--todo otro ttulo ms elevado expir
en los labios de la gente de Raveloe el da en que el viejo squire fue a
unirse con sus mayores, y en que su herencia fue repartida entre sus
hijos--se volvieron para ver llegar a un hombre alto y anciano y a una
mujer sencillamente vestida que estaban ms atrs, habiendo observado
Nancy que deban esperar a pap con Priscila. Ahora todos doblan por
un sendero ms estrecho que atraviesa el cementerio y conduce a una
pequea puerta situada frente a la Casa Roja. No los seguiremos porque
en este momento quizs haya otras personas en esa congregacin que sale
de la iglesia que nos agradara volver a ver, ciertas personas que no se
encontrarn probablemente entre las vestidas con elegancia, y que puede
que no sea tan fcil reconocer como al dueo y la duea de la Casa Roja.

Sin embargo, no es posible equivocarse respecto a Silas Marner. Como
sucede con las personas que han sido miopes en su juventud, sus grandes
ojos negros parecan haber adquirido una vista ms larga, tienen una
mirada menos vaga y ms simptica.

Todo el resto de su persona atestigua, en cambio, una constitucin muy
debilitada por el lapso de diez y seis aos. Sus espaldas encorvadas y
sus cabellos blancos le dan casi el aire de un anciano, bien que no
tenga ms que cincuenta y cinco aos. Pero la flor ms fresca de la
juventud est a su lado: una rubia jovencita, de diez y ocho aos, de
rostro hoyuelado, que en vano ha tratado de alisar y recoger sus rizos
bajo el ala de su sombrero obscuro. Aquellos rizos ondulan con tanta
obstinacin como un pequeo arroyo bajo la brisa de marzo y se escapan
de la peineta que se empea en recogerlos detrs de la cabeza. Eppie no
deja de estar mortificada por esto, porque ninguna joven de Raveloe
tiene cabellos parecidos a los suyos y se imagina que los cabellos
tienen que ser lacios. No le gusta dar qu decir ni aun en las ms
pequeas cosas, y por eso ved con qu esmero ha envuelto su libro de
oraciones en su pauelo floreado.

Ese joven de buena planta que viste un traje nuevo de fustn, que camina
detrs de ella, no est bien al cabo de esta cuestin de los cabellos
cuando Eppie se la propone. Piensa quiz que puede ser que los cabellos
lacios sean preferibles, pero no desea que los de Eppie sean de otro
modo. Ella adivina que alguien se adelanta detrs de ellos, alguien que
piensa en ella de un modo particular y que apela a todo su coraje para
ponerse a su lado as que penetren en la callejuela. De otro modo, por
qu parecera algo intimidada y cuidara de no volver la cabeza mientras
que le murmuraba a su padre Silas breves frases relativas a los que
estaban y a los que no estaban en la iglesia y a la belleza del fresco
rojo de la montaa que se asoma tras del muro del presbiterio?

--Me gustara mucho, pap, que nosotros tambin tuviramos un jardn con
margaritas dobles; como el de la seora Winthrop--dijo Eppie cuando
entraron en la callejuela--. Lo malo es que dicen que eso exigira mucho
trabajo para cavar y traer tierra buena... y vos no lo podrais hacer,
verdad, pap? En todo caso no me gustara que lo hicierais, porque
sera un trabajo demasiado penoso para vos.

--No creis eso, hija ma. Si deseis tener un jardincito, yo me ocupar
estas largas tardes en cercar un pequeo retazo de tierra inculta, como
para que tengis un cantero o dos de flores. Adems, me ser fcil
remover un poco de tierra por la maana antes de ponerme al trabajo.
Por qu no me dijisteis antes que deseabais tener un jardincito?

--Yo podra puntiaros esa tierra, maese Marner--dijo el joven con traje
de fustn que se haba puesto al lado de Eppie y se mezcl en la
conversacin sin ceremonias--. Ser para m una distraccin, cuando haya
terminado mi tarea o en cualquier otro momento perdido, cuando escasee
el trabajo. Os traer tierra del jardn del seor Cass. Me lo permitir
de buen grado.

--Oh Aarn, hijo mo! habais estado all?--dijo Silas--. No os haba
advertido, porque cuando Eppie me habla de algo me abstraigo por
completo en lo que dice. Pues bien, s, si vos me vais a ayudar a cavar,
tanto ms pronto le haremos un pequeo jardn.

--Entonces, si os parece bien, yo vendr esta tarde a las Canteras.
Resolveremos qu terreno conviene cercar y maana me levantar una hora
ms temprano que de costumbre para dar comienzo al trabajo.

--Pero a condicin, pap, que me prometis no cavar--dijo Eppie--;
porque yo no os hubiera hablado de-esto--agreg con una expresin
reservada y traviesa--si la seora Winthrop no me hubiese dicho que
Aarn tendra la bondad de...

--Podais saber eso sin que mi madre os lo dijera--interrumpi Aarn--;
maese Marner creo que tambin sabe que estoy dispuesto a prestarle mi
ayuda de buena gana. No me querr desairar quitndome esta tarea de
entre las manos.

--Bueno, entonces, pap, vos no trabajaris en el jardn hasta que sea
muy fcil--dijo Eppie--, y vos y yo nos pondremos a trazar los canteros
y hacer agujeros y a poner plantas en ellos. Las Canteras se volvern un
sitio mucho ms alegre cuando tengamos algunas flores, porque a m se me
ocurre que las flores pueden vernos y comprender lo que decimos. Y yo
deseara tener un poco de romero, de cardamomo y de tomillo; esas
plantas huelen bien; pero creo que alhucemas no hay ms que en los
jardines de los burgueses.

--No es una razn para que no tengis vos, porque puedo traeros gajos de
cualquier planta; estoy obligado a cortar muchas cuando podo y tengo que
tirarlas casi todas. Hay un gran cantero de alhucema en la Casa Roja: a
la seora le gusta mucho.

--Est bien--dijo Silas con gravedad--, siempre que no nos dediquis
demasiado tiempo o que no pidis en la Casa Roja nada que tenga algn
valor. El seor Cass ha sido tan bueno con nosotros hacindonos
construir la nueva pieza de la choza y dndonos camas y otros objetos,
que no podra soportar la idea de molestarle por productos de su jardn
o cualquier otra cosa.

--No; no le molestaris--dijo Aarn--. No hay un jardn en la parroquia
donde se pierde una porcin de cosas por falta de quien las utilice? Yo
me digo algunas veces que nadie carecera de vveres si se sacara mejor
partido de la tierra, y si una cosa fuera lo que fuera encontrara una
boca para comerla. El trabajar en el jardn hace pensar sin duda en
esto. Pero es preciso que me vuelva, porque, si no, mi madre estar
inquieta con mi ausencia.

--Traedla con vos esta tarde, Aarn--dijo Silas--, ha de tener algo que
indicarnos para que las cosas se hagan mejor.

Aarn se fue y ascendi hacia la aldea, mientras que Eppie y Silas
siguieron por el sendero solitario bajo la bveda de las encinas.

--Oh papato!--comenz Eppie cuando estuvieron solos, tomando y
oprimiendo los brazos de Silas a la vez que saltaba a su alrededor para
darle un beso--. Oh mi pap viejo! qu contenta estoy! Creo que no nos
faltar nada cuando tengamos un pequeo jardn; y yo saba que Aarn nos
lo trabajara--prosigui con aire malicioso y de triunfo--; lo saba muy
bien.

--Sois en realidad una gatita muy bribona--dijo Silas, cuya fisonoma
respiraba la felicidad tranquila de la vejez, coronada por el amor--;
pero vais a quedar en una gran deuda con Aarn.

--Oh, no, absolutamente!--dijo Eppie, riendo y loqueando--; eso le va a
gustar mucho.

--Vamos, vamos, dejadme llevar vuestro libro de oraciones, pues lo vais
a dejar caer, saltando de ese modo.

Eppie se dio cuenta de que su conducta era observada; sin embargo, el
observador no era ms que un benvolo burro que paca con una traba
atada a la pata, un asno apacible que no criticaba desdeosamente las
debilidades humanas, y que, por el contrario, se felicitaba cuando se lo
admita a compartirlas hacindose rascar cuando poda. Eppie, a fin de
complacerlo, no dej de darle esta muestra vulgar de atencin, lo que
dio el desagradable resultado que se vieran acompaados por el asno que
los sigui penosamente hasta la puerta de su habitacin.

Pero el ruido de un ladrido agudo en el interior de la choza en el
momento en que Eppie pona la llave en la cerradura, cambi las
intenciones del animal, y, sin ms invitaciones, se march cojeando. El
ladrido agudo era el signo de la acogida animada que les preparaba un
ratonero negro inteligente. El perro, despus de bailar alrededor de las
piernas de su amo de un modo desordenado, se precipit haciendo un
barullo desagradable hacia un pequeo gato atigrado que estaba escondido
bajo el telar; despus volvi de un salto, dando otro ladrido agudo,
como diciendo: He cumplido con mi deber con esta dbil criatura.
Mientras tanto, la honorable mam del gatito, sentada en la ventana, se
calentaba al sol su pecho blanco y volva la cabeza con aire dormido,
esperando recibir caricias pero nada dispuesta a darse el menor trabajo
para obtenerlas.

La presencia de aquellos animales que vivan all felices, no era el
nico cambio que hubiera ocurrido en el interior de la choza. Ya no
haba cama en la pieza comn y el pequeo espacio estaba bien guarnecido
de muebles decentes, todos cuidados y limpiecitos como para agradar a
las miradas de Dolly Winthrop. La mesa de encina y la silla de tres pies
de la misma madera no eran de lo que podra esperarse de tan pobre
habitacin. Haban ido de la Casa Roja con el lecho y otros objetos,
porque el seor Godfrey Cass, como todos lo decan en la aldea, se
mostraba muy bueno para el tejedor. Al fin y al cabo, no era justo que
aquellos a quienes sus medios se lo permitan fueran en ayuda de aquel
hombre? No haba criado una hurfana y no haba sido para ella un
verdadero padre? Adems, habiendo sido despojado de su dinero, no posea
ms que lo que ganaba con su trabajo cada semana, y adems era una poca
en que el tejido estaba decayendo, porque se hilaba el lino cada vez
menos. En fin, maese Marner ya no era nada joven. Nadie le tena celos
al tejedor porque era considerado como un hombre excepcional que tena
ms derecho que otro alguno a la ayuda de los vecinos de Raveloe. La
supersticin que subsista a su respecto haba tomado un tinte ms
diferente. El seor Macey, que era ahora un dbil anciano de ochenta, y
seis aos que nunca se le vea sino junto al fuego y tomando el sol en
el umbral de su puerta, emita el parecer de que, cuando un hombre haba
procedido como Silas con la hurfana, era una seal de que su dinero
reaparecera o de que por lo menos el ladrn tendra que dar cuenta de
l. No haba que dudarlo, porque el seor Macey agregaba que, en lo que
le concerna personalmente, sus facultades nunca haban sido ms
lcidas.

Silas se sent entonces y contempl a Eppie con una mirada satisfecha
mientras que ella pona el mantel limpio y colocaba sobre la mesa el
pastel de patatas, recalentado lentamente en una terralla bien seca,
encima del fuego que se apagaba insensiblemente y segn el mtodo
prudente empleado el domingo. Era lo que poda reemplazar mejor el
horno, puesto que Silas no haba consentido nunca que agregaran uno ni
tampoco una parrilla a sus exiguas comodidades. Quera a su viejo fogn
de ladrillos como haba querido a su cntaro de barro negro. No fue
delante de aquella hornalla que encontr a Eppie? Los dioses del hogar
existen todava para nosotros. Que toda nueva fe tolere este
fetiquismo, si no quiere de otro modo perjudicar sus races!

Silas comi ms silenciosamente que de costumbre y pronto puso a su lado
su tenedor y su cuchillo para seguir con la vista medio distrada a
Eppie que jugaba con el ratonero _Snap_ y con la gata, lo que prolongaba
mucho el almuerzo de la joven. Pero aquel espectculo era muy capaz de
contener las ideas vagabundas. Eppie, con las ondulaciones radiantes de
sus cabellos, con su mentn y su cuello contorneados, cuya blancura era
realzada por su traje de algodn azul obscuro, rea alegremente mientras
que el gatito, prendindose con las cuatro patas del hombro de la joven,
formaba, por decirlo as, el modelo del asa de un jarrn. Al mismo
tiempo, _Snap_, del lado derecho, y la gata del otro, tendan el hocico
o las patas hacia un trozo que Eppie mantena fuera del alcance de los
dos. _Snap_ desista a intervalos a fin de observar la glotonera de la
gata y la futilidad de su conducta, haciendo or un gruido ruidoso y
desagradable, hasta que la joven, dejndose enternecer, los acariciaba a
los dos y les reparta el pedazo.

Por fin, Eppie ech una mirada al reloj de pared e interrumpi el
entretenimiento, diciendo:

--Mi papato quiere ir a fumar su pipa al sol. Pero antes tengo que
levantar la mesa, para que todo est bien limpio en la casa cuando
llegue madrina. Voy a apresurarme... En seguidita va a estar...

Silas se haba puesto a fumar en una pipa todos los das durante los dos
aos que acababan de transcurrir. Los ancianos de Raveloe le haban
aconsejado mucho que hiciera uso de aquella cosa excelente, cosa contra
los ataques. Esta opinin haba sido aprobada por el doctor Kimble, a
causa de que no hay inconveniente en aconsejar una cosa que no puede
hacer dao, principio que le ahorraba a aquel seor mucho trabajo en el
ejercicio de la medicina. A Silas no le agradaba mucho fumar, y lo
sorprenda a menudo la pasin de sus vecinos a este respecto; pero un
humilde acatamiento a toda cosa considerada como buena, se haba vuelto
un fuerte hbito en la nueva personalidad que se haba desarrollado en
l, desde que haba encontrado a Eppie junto al fuego de su hogar. Este
acatamiento fue la nica gua que prest su apoyo al espritu
desorientado de Silas, mientras que se encariaba con aquella tierna
criatura que le haba sido mandada desde las tinieblas adonde se haba
marchado su oro. Mientras que Marner indagaba lo que era til a Eppie y
tornaba parte en el efecto que toda cosa produca en ella, haba acabado
por apropiarse las formas de las costumbres y de las creencias, que
formaban el molde de la vida de Raveloe. Y como con el despertar de los
sentimientos la memoria tambin se despertaba, comenz a meditar sobre
los elementos de la antigua fe y a mezclarlos a sus nuevas impresiones,
hasta recobrar la conciencia de una relacin entre el pasado y el
presente.

La creencia de una bondad tutelar y la confianza de la humanidad que
nacen con toda paz y toda alegra pura, haban producido en l la idea
vaga de que algn error, alguna equivocacin haba arrojado una sombra
tenebrosa sobre los das de sus mejores aos. Adems, se le volva cada
vez ms fcil abrir su corazn a Dolly Winthrop; as fue que le comunic
poco a poco a aquella nueva amiga todo lo que poda contar de su
juventud. Esta confidencia fue necesariamente una operacin lenta y
difcil, porque la pobre elocuencia de Silas no era secundada por la
facilidad de comprensin de Dolly, a quien su limitada experiencia del
mundo exterior no le daba clave alguna de las costumbres extranjeras. A
causa de esto, toda idea nueva era un motivo de sorpresa que los haca
detenerse en cada punto de la narracin. Slo fue a fragmentos y con
intervalos que le permitieran a Dolly meditar sobre las cosas que haba
odo, hasta que se le hubieran vuelto bastante familiares, que Silas
lleg al fin al punto culminante de su triste historia: la tirada a la
suerte y el juicio falso que haba sido su consecuencia. Tuvo que
repetir aquello en varias entrevistas, a propsito de nuevas preguntas
hechas por Dolly, sobre la naturaleza de aquel mtodo de descubrir al
culpable y de justificar al inocente.

--Y vuestra Biblia es la misma que la nuestra, estis bien seguro,
maese Marner? La Biblia que trajisteis de aquella comarca es igual a la
que tenemos en la iglesia y a la que le sirve a Eppie para aprender a
leer?

--S--dijo Silas--; es de todo punto igual; y en la Biblia se tira la
suerte, no lo olvidis--agreg en tono ms bajo.

--Oh Dios mo! Dios mo!--dijo Dolly con voz apesarada, como si
recibiera malas noticias sobre el estado de un enfermo.

Despus permaneci un rato silenciosa, y por ltimo prosigui:

--Hay gentes instruidas que quizs saben el fondo de todo esto. El
pastor lo sabes estoy cierta; pero se necesitan grandes palabras para
decir estas cosas, palabras que las gentes humildes no son capaces de
comprender. Yo no puedo saber nunca exactamente el sentido de lo que
oigo en la iglesia, a no ser el de algunas frases salteadas; pero, sin
embargo, yo s que son buenas palabras, estoy cierta. Lo que os pesa en
l corazn, maese Marner, es esto; si Aquel que est en lo alto hubiera
hecho su deber para con vos, no os habra dejado nunca arrojar como un
ladrn perverso, siendo, como erais, inocente.

--Oh!--dijo Silas, que ahora haba llegado a comprender la fraseologa
de Dolly--, eso fue lo que cay sobre m como un hierro rojo, porque ya
lo veis, nadie me quera, nadie me tena lstima ni en el cielo, ni en
la tierra. Y aquel con quien haba vivido diez aos y ms, desde que
ramos nios y que lo compartamos todo... mi amigo ntimo en quien yo
tena confianza, alz el pie contra m y trabaj en mi ruina.

--Oh! pero era un malvado. No creo que haya otro que se le
parezca--dijo Dolly--. Sin embargo, estoy muy perpleja, maese Marner; me
parece que me acabo de despertar y que no s si es de da o es de noche.
Tengo, por decirlo as, la certidumbre de que se encontrara justicia en
lo que os ha sucedido, si se pudiera descubrirla; as como a veces estoy
segura de haber puesto una cosa en un sitio, aunque, no consiga dar con
l. No tenais por qu desesperaros como lo hicisteis. Pero de esto
hablaremos otra vez, porque hay cosas que se me ocurren cuando aplico
cataplasmas o pongo sanguijuelas o alguna otra tarea parecida, cosas en
que sera incapaz de pensar si estuviera tranquilamente sentada.

Dolly era una mujer demasiado sutil para no tener ocasiones de recibir
luces de la naturaleza de aquellas de que haba hablado, de modo que no
permaneci mucho tiempo sin volver a tratar el asunto.

--Maese Marner--dijo Dolly un da que haba ido a llevar a la choza
unas ropas de Eppie--, he estado preocupadsima con vuestras
cavilaciones y con la echada a la suerte; y la cosa se enred en mi
espritu en todos sentidos, de modo que acab por no saber cmo
considerarlo. Pero una noche la volv a ver completamente clara, por
decir as, la noche en que velaba a la pobre Bessey Fawkes, que muri
dejando a sus hijos en esta tierra--que Dios los ayude--; el asunto que
digo, se me apareci tan claro como la luz del da. Sin embargo, el que
lo comprenda bien ahora o el que est en estado de poderla traer de
algn modo a la punta de mi lengua, eso es otra cuestin, porque a
menudo tengo muchas cosas en la cabeza que no quieren salir. Y por lo
que hace a las gentes de vuestro pas que, segn vuestro propio
testimonio, no dicen nunca oraciones de memoria, ni con su libro, es
preciso que sean prodigiosamente hbiles. Yo, si no supiera el
Padrenuestro y algunas migajas de buenas palabras que puedo recoger en
la iglesia, por ms que me pusiera de rodillas todas las noches no
sabra qu decir.

--Sin embargo, seora Winthrop, siempre podis decir alguna cosa que yo
soy capaz de comprender--observ Silas.

--Pues entonces, maese Marner, el asunto se me present de este modo:
soy incapaz de comprender una palabra de la echada a la suerte y de la
respuesta falsa que dio por resultado. Quiz habra que recurrir al
pastor para explicar esto, y no podra hacerlo sino con grandes
palabras. Pero lo que me vino al espritu tan claro como el da,
mientras velaba a Bessy Fawkes--siempre se me ocurren estas cosas cuando
comparto las penas de mi prjimo, y que comprendo que no puedo hacer
mayor cosa por l, ni aunque me levantara en medio de la noche--, lo que
me vino al espritu es que Aquel que est all arriba tiene un corazn
ms blando que el mo; porque yo no podra de ningn modo ser mejor que
Aquel que me ha creado, y si hay cosas que me es difcil entender, es
porque hay otras cosas que ignoro. A este respecto, hay sin duda muchas
que me son desconocidas. Lo que s es muy poco seguramente. As es que
mientras pensaba en esto, os presentasteis a mi espritu, maese Marner,
y entonces todo lo que voy a decir entr, de golpe: si yo he sentido en
m misma lo que hubiera sido justo y razonable para con vos, y si oraron
y echaron a la suerte, todos, excepto aquel malo, si esos, digo,
estuvieron dispuestos a hacer por vos lo que era justo en el caso en que
lo hubieran podido, no debemos contar con Aquel que nos ha creado,
visto que sabe ms que nosotros y tiene mejores intenciones? De esto es
de lo que estoy segura; el resto es para m una cuestin complicada
cuando pienso en ello; porque vino la fiebre y se llev mis hijos
grandes y me dej los ms dbiles; hay los miembros rotos; hay aquellos
que, queriendo obrar bien y no beber con exceso, tienen que sufrir a
causa de los que son diferentes. Oh! hay penas en este mundo, y hay
cosas que jams las podemos entender! Todo lo que podemos hacer es tener
confianza, maese Marner, y cumplir con nuestro deber, tanto como nos sea
posible. Ahora bien: si nosotros que ignoramos tantas cosas estamos en
condiciones de darnos cuenta de que existen algn bien y alguna
justicia, estemos seguros de que hay ms bien y ms justicia de las que
somos capaces de concebir: y siento en m misma que no puede ser de otro
modo. Y si hubierais podido seguir teniendo confianza no hubierais huido
de vuestros semejantes, maese Marner, y no hubierais sido abandonado
hasta este punto.

--Ah, pero, sin embargo, eso hubiera sido difcil!--dijo Silas con voz
baja--; hubiera sido difcil tener confianza entonces.

--No cabe duda--dijo Dolly casi con contricin--que es ms fcil decir
estas cosas que hacerlas, y casi me da vergenza hablar de ellas.

--No, no, seora Winthrop--dijo Silas--, tenis razn. Existe algn bien
en este mundo, ahora lo comprendo; y esto nos convence de que hay ms
del que podemos pretender, a pesar de los disgustos y la maldad. Esa
costumbre de echar a la suerte es obscuro, pero la nia no ha sido
enciada; hay designios, s, hay designios a nuestro respecto.

Este dilogo tuvo lugar en tiempo de los primeros aos de Eppie cuando
Silas tena que separarse de ella dos horas por da para que fuera a
aprender a leer con la maestra de escuela. Haba tratado en vano de
guiar l mismo los primeros pasos de su hija adoptiva para la
instruccin. Ahora que era grande, Silas haba tenido ocasin a menudo,
en esos momentos de apacible confidencia que se presentan a las personas
que viven juntas en un afecto perfecto, de hablar tambin del pasado con
ella; de decirle cmo y por qu haba vivido solo hasta que ella fuera
enviada. Aun cuando se contara con la reserva ms delicada respecto de
este punto de parte de las comadres de Raveloe en presencia de Eppie,
las preguntas que sta hiciera al crecer, relativamente a su madre, no
hubieran podido ser evitadas sin enterrar por completo el pasado y
establecer entre sus corazones una separacin dolorosa.

As es que Eppie saba desde haca tiempo cmo su madre haba muerto
sobre la tierra cubierta de nieve, y cmo ella misma haba sido
encontrada junto al hogar por su padre Silas, que haba credo que los
rizos de oro eran sus guineas que le haban devuelto. El efecto tierno y
particular con que Eppie habase criado bajo sus ojos, en una intimidad
casi inseparable, ayudado por la soledad de su habitacin, la haba
preservado de la influencia perniciosa de las conversaciones y de los
hbitos de las gentes de la aldea. Este afecto le haba conservado en el
alma esa frescura que se considera a veces, pero errneamente, como una
cualidad esencial de la rusticidad.

El amor perfecto encierra un perfume de poesa que puede ennoblecer las
relaciones de los seres humanos menos cultivados, y Eppie estaba rodeada
por ese perfume desde el da en que haba seguido el brillante rayo de
luz que la gui hasta el hogar de Silas. No hay por qu sorprenderse si,
bajo otros aspectos, sin hablar de su belleza delicada, no era por
completo una aldeana comn y posea asomos de elegancia y un calor de
alma que no eran sino los frutos naturales de sus sentimientos de pureza
cultivados por el cario. Era demasiado nia y demasiado ingenua para
que su imaginacin se extraviara en preguntas respecto de su padre
desconocido. Durante mucho tiempo ni aun se la haba ocurrido que deba
tener un padre. La idea de que su madre deba de haber tenido un marido
slo se le present al espritu el da en que Silas le mostr el anillo
que haba sido quitado del dedo de la muerta y cuidadosamente guardado
por l en una caja de laca barnizada que tena la forma de un zapato.
Haba confiado aquella caja al cuidado de Eppie cuando sta fue grande y
ella la abra con frecuencia para mirar el anillo; pero, a pesar de
esto, casi no pensaba en el padre de que aquella sortija era smbolo.
No tena acaso uno a su lado que quera ms de lo que todos los padres
verdaderos de la aldea parecan querer a sus hijas? Por el contrario, la
cuestin de saber quin era su madre y cmo sta haba llegado a morir
en semejante abandono, preocupaba a menudo su espritu.

Por lo que saba de la seora de Winthrop, su mejor amiga despus de
Silas, comprenda que una madre deba ser muy preciosa; y muchas y
muchas veces le haba pedido a Marner que le dijese cmo era la
fisonoma de su madre, a quin se pareca aquella pobre mujer, y cmo la
haba encontrado contra la mata de retama, guiado hasta aquel sitio por
las huellas de los pequeos pasos y de los bracitos echados hacia
adelante. La mata de retama todava estaba all, y aquella tarde, cuando
sali con Silas al sol, eso fue el primer objeto que atrajo y concentr
las miradas y los pensamientos de Eppie.

--Pap--dijo la joven con un tono de dulce gravedad que, como una
cadencia triste y lenta, interrumpa a veces su alegra--, vamos a
cercar la mata de retama; as se encontrar en el ngulo del jardn, y
alrededor voy a plantar margaritas y crocus, porque Aarn dice que esas
plantas no mueren y se desarrollan cada vez ms.

--Ay, hija ma!--dijo Silas, siempre dispuesto a hablar cuando tena su
pipa en la mano, causndole evidentemente ms placer el dejar de fumar
que el arrojar bocanadas--, no estara bien que dejramos sin cercar la
mata de retama. A mi entender, no hay cosa ms bonita cuando est
cubierta de flores amarillas. Lo que hay es que me pregunto cmo haremos
para tener una cerca. Quiz Aarn pueda darnos un consejo. Necesitamos
poner una, porque, si no, los asnos y las otras bestias lo estropearn
todo. Y no es fcil hacer una cerca, segn tengo entendido.

--Ah, se me ocurre una idea, papato!--dijo Eppie de pronto, juntando
las manos, despus de reflexionar un minuto--. Aqu hay una gran
cantidad de piedras desparramadas. Algunas no son grandes: podramos
colocarlas unas encima de otras y hacer una pared. Vos y yo colocaramos
las pequeas y Aarn cargara las otras, estoy segura.

--Pero, tesoro mo--dijo Silas--, no hay bastantes piedras para rodear
todo el jardn, y en cuanto a que las carguis vos no hay ni qu
pensarlo. Con vuestras manitas serais incapaz de cargar una mayor que
una patata. Sois de una constitucin delicada, querida ma--agreg con
voz suave--; eso es lo que dice la seora de Winthrop.

--Oh! yo soy ms fuerte de lo que os imaginis, pap--repuso Eppie--, y
si no hay bastantes piedras para cercar todo el jardn, servirn para
proteger una parte. Despus ser ms fcil conseguir palos u otras cosas
para el resto. Fijaos cuntas piedras hay alrededor de la cantera
grande!

Corri hacia aquella parte para levantar una de aquellas piedras y
demostrar su fuerza; pero de pronto retrocedi muy sorprendida.

--Ah! pap--exclam--, venid a ver cmo ha bajado el agua desde ayer.
La cantera estaba ayer tan llena!

--Es cierto--dijo Silas, ponindose junto a ella--. Ah! es el drenaje
que han comenzado a hacer despus de la cosecha en las praderas del
seor Osgood. Me parece que sea eso. El que dirige los trabajos nos dijo
das pasados cuando yo pasaba cerca de los obreros: Maese Marner, no me
extraara que fusemos a dejar nuestro pequeo campo ms seco que un
hueso. Es el seor Godfrey Cass quien se ha puesto a drenar; ha
readquirido esos prados del seor Osgood.

--Qu raro nos va a parecer el ver seca la vieja cantera!--dijo Eppie,
mientras que se volva y agachaba para levantar una piedra bastante
grande.

--Ved, papato, que puedo cargar muy bien sta--agreg dando algunos
pasos con mucha firmeza, pero dejando en seguida caer la piedra.

--Ah! qu forzuda sois, eh?--repuso Silas, mientras que Eppie, a quien
los brazos le dolan, los sacuda riendo--. Vamos, vamos, no volvis a
alzar piedras y venid a sentaros conmigo junto al barranco. Podrais
lastimaros, hija ma. Necesitarais de alguien que trabajara por vos, y
mi brazo no es ya bastante vigoroso.

Silas pronunci esta ltima frase lentamente, como si ella implicara
otra cosa que lo que iba a herir el odo. Cuando estuvieron sentados,
Eppie se arrim contra su padre y tomndole con ternura el brazo que ya
no era muy vigoroso lo mantuvo sobre sus rodillas mientras que Silas
fumaba su pipa concienzudamente, lo que le ocupaba el otro brazo. Tras
de Marner y su hija, un fresno de la cerca formaba una pantalla
recortada que los protega contra los rayos del sol y proyectaba sombras
felices y alegres alrededor de ellos.

--Pap--dijo Eppie muy dulcemente, despus que hubieron quedado
silenciosos un instante--, si yo llegara a casarme, me pondran la
sortija de mi madre?

Silas se estremeci de un modo casi imperceptible, bien que la pregunta
estuviera conforme con la corriente secreta de sus pensamientos en aquel
momento.

Entonces dijo bajando la voz:

--Cundo se os ocurri, Eppie, esa idea?

--Solamente la semana pasada, pap--dijo Eppie ingenuamente--, cuando
Aarn me habl de eso.

--Y qu fue lo que os dijo?--agreg Silas bajando siempre la voz, como
si temiera decir la menor palabra que no fuera para el bien de Eppie.

--Me dijo que deseara casarse, porque va a cumplir veinticinco aos y
tiene mucho trabajo en los jardines desde que el seor Mott se ha
retirado. Va regularmente dos veces por semana a casa del seor Gass,
una vez a casa del seor Osgood y van a tomarlo tambin en el
presbiterio.

--Y con quin se quiere casar?--dijo Silas sonriendo con bastante
tristeza.

--Pero, conmigo, naturalmente, papato--respondi Eppie con una sonrisa,
que acentuaba sus hoyuelos; y besndole las mejillas a Silas, agreg--:
como si se le pudiera ocurrir casarse con otra!

--Y vuestra intencin, Eppie, es ser suya?--continu Silas.

--S, ms adelante--respondi Eppie--. No s cundo. Aarn dice que
todos se casan un da u otro; pero yo le hice notar que eso no era
cierto, porque le dije: Fijaos en pap, que no se ha casado nunca.

--No, hija ma--dijo Silas--; vuestro padre vivi solo hasta que le
fuisteis enviada.

--Pero ahora nunca os quedaris solo, pap--repuso Eppie con ternura--.
Aarn me dijo: Jams se me ocurrir, Eppie, la idea de separaros de
maese Marner. Y yo le respond: Sera intil que pensarais en eso,
Aarn. Quiere que vivamos juntos, a fin de que no tengis que seguir
trabajando, pap, a menos que sea por vuestro gusto. Ser para vos un
hijo, son sus propias palabras.

--Y eso os agradara, Eppie?--repuso Silas mirndola.

--A m me dara lo mismo, pap--respondi Eppie con naturalidad--. Me
gustara que las cosas se arreglaran de manera que vos no tuvierais que
trabajar. Sin embargo, si no fuese por eso, me gustara ms que no
hubiera ningn cambio. Me encuentro muy feliz as; me agrada que Aarn
me quiera y venga a vernos con frecuencia y que se conduzca bien con
vos; a la verdad que siempre se conduce bien con vos, no es verdad,
pap?

--S, hija ma; nadie podra portarse mejor--dijo Silas--. Es el digno
hijo de Dolly.

--En cuanto a m, no deseo ningn cambio--prosigui Eppie--. Me gustara
seguir mucho tiempo, pero mucho tiempo, igual como estamos. Pero Aarn
no piensa como yo, y me hizo llorar un poco. Oh, un poquito no ms!
porque me dijo que yo no lo quera, porque de otro modo deseara la
unin como la desea l.

--Pero, querida hija ma--dijo Silas dejando su pipa a un lado, como si
fuera intil el seguir fingiendo que fumaba--, sois demasiado joven para
casaros. Le preguntaremos a la seora de Winthrop, le preguntaremos a la
madre de Aarn qu es lo qu piensa ella. Si hay un buen camino que
seguir, ella lo encontrar. Sin embargo, hay que pensar en esto, Eppie;
las cosas cambian necesariamente, que lo queramos o no; no persistirn
mucho tiempo en el estado en que las vemos hoy sin sufrir modificacin.
Me volver ms viejo y ms dbil y probablemente ser una carga para
vos, si no os dejo por completo. No quiero decir que vos pudierais
llegar a considerarme como una carga algn da; yo s bien que no, pero
sera un grave peso para vos. Cuando pienso en eso me agrada suponer que
contaris con otra persona que yo, algo joven y fuerte que me sobreviva
y cuidara de vos hasta el fin.

Silas hizo una pausa y colocando las manos sobre las rodillas las alz
y baj alternativamente, fijando la mirada en el suelo.

--Entonces, os agradara verme casada, pap?--dijo Eppie con la voz
algo trmula.

--Yo no soy un hombre capaz de decir que no, hija ma--respondi Silas
con acento enrgico--. Pero se lo preguntaremos a vuestra madrina. Ella
desear vuestro bien y el de su hijo.

--Ah vienen, precisamente--dijo--. Vamos a recibirlos. Oh, la pipa!
no querris volver a encontrarla, pap?--agreg la joven recogiendo del
suelo aquel aparato medicinal.

--No, querida ma--respondi Silas--. Basta por hoy. Me parece que fumar
poco a la vez me sienta mejor que fumar mucho.




XVII


Mientras que Silas y Eppie estaban sentados en el banco de csped
conversando a la sombra recortada de una encina, la seorita Priscila
Lammeter se resista a aceptar los argumentos de su hermana. Esta
pretenda que valdra ms tomar el t en la Casa Roja y dejar que
durmiera una buena siesta el seor Lammeter, que parta para las
Gazaperas con el cabriol as que terminara la comida. Los miembros de
la familia--cuatro personas solamente--estaban sentados alrededor de la
mesa, en el saln de sombro artesonado. Tenan por delante el postre
del domingo, compuesto de avellanas verdes, de manzanas y peras, bien
adornadas de hojas por la mano de Nancy, antes de que las campanas de la
iglesia llamaran al oficio.

Un gran cambio haba tenido lugar en aquel saln de sombros artesonados
desde que lo vimos en el tiempo en que Godfrey era soltero, y que el
viejo squire reinaba viudo. Hoy todo reluce en l y no se deja que el
menor polvo de la vspera empae ningn objeto, desde la franja de
mosaico de encina que rodea la alfombra, hasta el fusil, los ltigos y
los bastones del viejo squire, escalonados en las astas del ciervo
encima de las campanas de la chimenea. Todos los otros atributos de
sport y de ocupaciones exteriores haban sido relegados por Nancy a otra
pieza. Pero haba trado a la Casa Roja el hbito de la veneracin
filial y conservado religiosamente en un sitio de honor aquellas
reliquias del difunto padre de su marido. Las copas de plata siguen
siempre sobre el aparador, pero su metal repujado no est empaado por
el tacto y no hay en su fondo residuos que afecten el olfato; el nico
olor predominante es el del espliego y el de las hojas de rosas que
llenan los vasos de alabastro ingls. Todo respira pureza y orden en
aquella pieza, antes triste, porque un nuevo espritu tutelar entr en
ella hace quince aos.

--Bueno, pap--dijo Nancy--, es en verdad necesario que os volvis a
tomar el t a vuestra casa? No podrais quedaros con nosotros en una
tarde que parece va a ser tan hermosa?

El viejo seor Lammeter acababa de hablar con Godfrey del impuesto
creciente para los pobres y de la ominosa poca actual, de modo que no
haba odo la conversacin de sus hijas.

--Hija ma, preguntadle eso a Priscila--dijo con la voz firme de antao,
pero ahora algo quebrada--. Ella dirige la granja y a su padre.

--Tengo buenas razones para dirigiros, pap, porque de otro modo os
matarais atrapando reumatismos. Y por lo que hace a la granja, si algo
no marcha bien--lo que no es posible evitar en los tiempos en que
vivimos--, nada mata ms ligero a un hombre que el no tener a quien
dirigir reproches como no sea a s mismo. La mejor manera de ser amo es
hacer dar la orden por otros y reservarse el derecho de censurar. Ms de
una persona se evitara un ataque procediendo as; esta es mi opinin.

--Bueno, bueno, querida--dijo el padre riendo tranquilamente--; yo no he
dicho que no dirigierais para bien de todos.

--Entonces, Priscila, dirigid de modo que os quedis a tomar el t--dijo
Nancy posando afectuosamente la mano sobre el brazo de su hermana--.
Ahora venid, vamos a dar una vuelta por el jardn, mientras pap echa su
siesta.

--Mi querida hermana, har un sueo esplndido en el cabriol, como que
soy yo quien guiar. En cuanto a que nos quedemos a tomar el t, no
puedo o hablar de eso, porque la muchacha lechera, que se va a casar
para el da de San Miguel, lo mismo derramara la leche fresca en la
batea de los cerdos que en los lebrillos. As son todas; se imaginan que
el mundo va a ser hecho de nuevo porque ellas tengan marido. Bueno, voy
a ponerme el sombrero y podremos dar una vuelta por el jardn mientras
atan el caballo.

Cuando las dos hermanas se pusieron a recorrer los senderos del jardn
prolijamente limpios, rodeados de cspedes cuyo verde claro contrastaba
agradablemente con el tinte sombro de las pirmides y de las bvedas y
con el de los cercos de boj que se elevaban como murallas de verdura,
Priscila dijo:

--Estoy muy contenta con que vuestro marido haya hecho esa permuta de
terreno con el primo Osgood y que comience a ocuparse en una lechera.
Es una gran lstima que no lo hayis hecho antes. As tendris algo en
que ocupar el espritu. Cuando las personas quieren hacer algo, no hay
nada como una lechera para pasar el tiempo. En efecto, si se trata de
limpiar los muebles, pronto se acaba. Una vez que podis miraros en una
mesa como en un espejo, no hay nada ms que hacer; pero en una lechera
siempre hay alguna ocupacin nueva, y adems, hasta en el rigor del
invierno se siente cierto placer en vencer a la mantequilla y obligarla
a formarse, quieras que no. Mi querida--agreg Priscila, estrechando
afectuosamente la mano de su hermana, yendo la una junto a la otra--,
nunca estaris triste cuando tengis una lechera.

--Ah! Priscila.--dijo Nancy devolvindole el apretn de manos y
dirigindole una mirada agradecida de sus ojos lmpidos--, eso no ser
una compensacin para Godfrey; una lechera es poca cosa para un hombre;
yo estara contenta con lo que tenemos si l lo estuviera tambin.

--Me ponen fuera de m estos hombres con su manera de proceder--dijo
Priscila impetuosamente--; siempre y siempre estn deseando algo y nunca
estn contentos con lo que tienen. Son incapaces de quedarse quietos en
su silla cuando no tienen dolores ni disgustos; es preciso que se
encajen una pipa en la boca para aumentar su bienestar, o que beban algo
muy fuerte, aunque tengan que apurarse antes que llegue el momento de la
comida. Y si a Dios le hubiera complacido haceros fea como a m, de modo
que los hombres no os hubieran andado detrs, nos hubiramos podido
limitar a nuestra familia sin tener que habrnoslas con esos seores que
tienen sangre turbulenta en las venas.

--Oh! no hablis as, Priscila--dijo Nancy, arrepintindose de haber
provocado aquella explosin--; nadie tiene motivos para censurar a
Godfrey. Es natural que lo disguste no tener hijos, porque a los hombres
agrada tener hijos por quienes trabajan y ahorran y siempre haba
contado jugar con los suyos mientras fueran pequeos. Muchos otros en su
lugar se lamentaran ms que l. Es el mejor de los maridos.

--Oh! ya conozco--dijo Priscila con una sonrisa sarcstica--esa manera
de ser de las mujeres casadas; os incitan a hablar mal de sus maridos y
luego se vuelven contra vos y os hacen el elogio de esos seores, como
si los tuvieran para vender. Pero pap debe estarnos esperando;
volvmonos.

El gran cabriol, tirado por el viejo y tranquilo caballo gris, estaba
estacionado delante de la puerta de entrada, y el seor Lammeter estaba
ya en el vestbulo recordndole a Godfrey las buenas cualidades de
_Tordillo_, en la poca en que su amo lo montaba.

--A m me ha gustado siempre tener un buen caballo--deca el viejo
seor, no gustndole que la poca de su juventud fogosa se borrara por
completo de los ms jvenes que l.

--No os olvidis de llevar a Nancy a las Gazaperas, antes del fin de la
semana, seor Cass--fue la ltima recomendacin que hizo Priscila en el
momento de la partida, mientras que tomaba las riendas y las sacuda
ligeramente, manera amistosa de incitar a _Tordillo_.

--Voy a dar una vuelta por los prados, cerca de las Canteras, Nancy,
para ver cmo va el drenaje--dijo Godfrey.

--Estaris de vuelta para el t, amigo mo?

--Oh! s, estar de vuelta dentro de una hora.

Era costumbre de Godfrey ocupar la tarde del domingo en un paseo de
agricultura contemplativa. Nancy lo acompaaba raras veces, porque las
mujeres de su generacin, a menos que se pusieran a dirigir las
relaciones exteriores, como Priscila, no tenan la costumbre de pasear
fuera de su casa y de su jardn. Encontraban un ejercicio suficiente en
sus ocupaciones domsticas. De modo que cuando estaba sola, Nancy se
sentaba generalmente con la Biblia de Mant por delante y, despus de
haber seguido con la vista el texto algunos momentos, dejaba vagar poco
a poco sus pensamientos en la imposibilidad de concentrarlos.

Sin embargo, el domingo esos pensamientos estaban casi siempre en
armona con el fin piadoso y reverente que el libro abierto haca
suponer implcitamente.

Nancy no era lo bastante instruida en teologa para discernir claramente
las relaciones que existan entre su vida sencilla y obscura y los
documentos sagrados de los primeros tiempos, que consultaba sin mtodo.
Pero el espritu de rectitud y la conviccin de que era responsable de
los efectos de su conducta en los dems, que eran los elementos
poderosos de su carcter, le haban hecho contraer el hbito de escrutar
los sentimientos y las acciones de su pasado con los cuidados minuciosos
de un examen de conciencia. Como su espritu no era solicitado por una
gran variedad de temas, llenaba los momentos de intervalo reviviendo sin
cesar interiormente todos los hechos de su existencia que le volvan a
la memoria, como aquellos, sobre todo, de los quince aos transcurridos
desde su casamiento y durante los cuales la vida y su fin se haban
duplicado ante sus ojos. Recordando los pequeos detalles, las frases,
los tonos de la voz y las miradas en las escenas crticas que le haban
abierto una era nueva, sea dndole un conocimiento ms profundo de las
resoluciones y de las pruebas de este mundo, sea invitndola a algn
pequeo esfuerzo de indulgencia o de adhesin penoso a un deber
imaginario o real, ella se preguntaba continuamente si haba sido
censurable en algo. Este exceso de reflexin y este examen de conciencia
exagerado son quiz una costumbre mrbida, inevitable en un espritu de
una gran sensibilidad moral, privado de su fuente legtima de actividad
exterior y no pudiendo entregarse a los cuidados maternales reclamados
por su afecto, inevitable en una mujer de noble corazn cuando no tiene
hijos y su condicin es muy limitada. Puedo hacer tan poco; lo habr
hecho enteramente bien? Tal era el pensamiento que volva
perpetuamente. Ninguna voz viene a distraer a aquella mujer de su
soliloquio, ni ninguna exigencia absoluta puede mitigar la intensidad de
sus vanos pesares y de sus escrpulos superfluos.

Haba en la vida matrimonial de Nancy una sucesin importante de
experimentos dolorosos a la que se vinculaban ciertas escenas que la
haban impresionado profundamente y que su memoria haca revivir con ms
frecuencia que las otras.

El corto dilogo de Nancy con su hermana en el jardn, la tarde de aquel
domingo, haba llevado a su espritu hacia direccin que tornaba con
frecuencia. As que sus pensamientos se hubieron alejado del texto
sagrado que se esforzaba en seguir religiosamente con la mirada y con
los labios silenciosos, fue para agrandar el sistema de defensa
establecido por ella contra la censura que las palabras de Priscila
implicaban. La justificacin del objeto amado es el mejor blsamo que el
afecto pueda encontrar para sus propias heridas: Un hombre tiene que
tener tantas cosas en la cabeza! He aqu la creencia que le permite a
una mujer conservar a menudo una fisonoma alegre, a pesar de las
respuestas bruscas y de las palabras crueles de su marido. Y las heridas
ms profundas de Nancy procedan todas de la conviccin de que Godfrey
consideraba la ausencia de hijos en su hogar como una privacin a la que
no poda acostumbrarse.

Sin embargo, era de imaginar que la dulce Nancy sentira ms vivamente
que l todava la negativa de un bien con que se haba contado,
entregndose a las esperanzas diversas y a los preparativos a la vez
solemnes, graciosos y ftiles de una mujer afectuosa cuando espera que
va a ser madre. No haba acaso un cajn relleno de objetos--trabajo
delicado de sus manos--que no haban sido nunca usados ni tocados,
exactamente en el mismo orden en que ella los haba colocado catorce
aos antes, exactamente, salvo que faltaba un vestidito, con el que se
haba hecho la mortaja? Pero Nancy haba soportado sin quejas y con
tanta firmeza aquella prueba que la afectaba directamente, que de
pronto, y desde haca muchos aos haba renunciado al hbito de mirar
aquel cajn, por temor de halagar as el deseo de poseer lo que no le
haba sido dado.

Quizs era esa severidad misma con que reprima todo abandono lo que
Nancy consideraba en su corazn como un pesar culpable, lo que le
impeda el mismo principio que era su ley moral. Es muy diferente... es
mucho ms duro para un hombre el sentir ese disgusto; una mujer puede
siempre ser feliz sacrificndose a su marido; pero un hombre necesita
algo que lo haga llevar sus miradas al porvenir; porque, estar sentado
junto al hogar es mucho ms triste para l que para una mujer. Siempre
que Nancy llevaba a este punto sus reflexiones--esforzndose con
simpata preconcebida por ver todas las cosas como las vea Godfrey--,
siempre se entregaba a un nuevo examen de conciencia. Haba hecho
realmente todo lo que estaba en su poder para mitigarle aquella
privacin a Godfrey? Tena realmente razn, seis aos antes y de nuevo
dos aos despus, para oponer aquella resistencia que le haba costado a
ella tantos dolores, aquella resistencia al deseo que tena su marido de
adoptar una criatura. La adopcin chocaba ms con las ideas y costumbres
de aquellos tiempos que con las de los nuestros. Sin embargo, Nancy
tena su manera de ver a este respecto. Le era tan necesario el haberse
formado una opinin sobre todos los asuntos no concernientes
exclusivamente al hombre, como el asignar un lugar bien determinado a
cada objeto que le era propio. Y esas opiniones eran siempre principios
de acuerdo con los cuales proceda invariablemente. Aqullas eran
firmes, no a causa de sus fundamentos, sino porque ella los sostena con
una tenacidad inseparable de la actividad de su espritu.

En lo que se refiere a todos los deberes y todas las prcticas de la
vida, desde la conducta filial hasta los arreglos del traje de la tarde,
la linda Nancy Lammeter, en la poca en que cumpli los veintitrs aos,
posea su cdigo inimitable, y haba formado cada uno de sus hbitos
segn ese cdigo. Llevando en s sus juicios definitivos con la mayor
discrecin posible, aqullos se arraigaban en su espritu y crecan en
l tan tranquilamente como la hierba en las praderas.

Muchos aos antes, como ya sabemos, insista en vestirse como Priscila,
porque era razonable que dos hermanas se vistiesen del mismo modo, y
que hara una cosa justa si para eso se pusiera un vestido amarillo
color queso. Ese es un ejemplo trivial, pero caracterstico, de la
manera cmo estaba reglamentada la vida de Nancy.

Uno de esos principios rgidos, y no un sentimiento mezquino de egosmo,
haba sido el motivo de la resistencia obstinada que Nancy haba opuesto
al deseo de su marido. Recurrir a la adopcin, porque les haba sido
negado el tener hijos, era tratar de elegir su suerte a pesar de la
Providencia. La criatura adoptada, estaba convencida, nunca acabara
bien. Sera una causa de maldicin para los rebeldes que hubieran
buscado deliberadamente un bien que--en virtud de alguna suprema
razn--era evidentemente mejor que no lo poseyeran. Si una cosa no deba
existir, deca Nancy, era un deber estricto el renunciar hasta al deseo
de conseguirla.

Y la verdad es que los hombres ms sabios no sabran expresar en mejores
trminos los principios de Nancy. Lo que hay solamente es que las
condiciones que la inclinaban a considerar como manifiesta que una cosa
no deba ser, dependa en ella de un modo muy particular de pensar.
Hubiera renunciado a comprar algo en un sitio determinado, si tres veces
seguidas la lluvia o cualquier otra causa enviada del cielo se hubiera
opuesto a ello; y temido ver acaecerle la fractura de un miembro o algn
otro gran infortunio a la persona que persistiera contra tales indicios.

--Pero, qu es lo que os autoriza a pensar que la criatura acabara
mal?--le deca Godfrey, hacindole objeciones--. Ha prosperado en casa
del tejedor todo lo que una criatura puede prosperar, y l la ha
adoptado. No hay otra nia en toda la aldea que sea ms bonita ni que
merezca ms la suerte que queremos darle. En qu se puede basar la
probabilidad que sera una maldicin para nadie?

--S, mi querido Godfrey--deca Nancy, sentada y con las manos
estrechamente unidas, expresando su pesar con el ardiente afecto de su
mirada--, es posible que la nia no acabe mal en casa del tejedor, pero
l no fue a buscarla como nosotros lo haramos. Sera mal hecho, lo
comprendo, estoy cierta. No recordis lo que aquella dama que
encontramos en las aguas de Royston nos ha dicho respecto de la criatura
que su hermana adoptara? Es el nico caso de adopcin de que he odo
hablar; la criatura fue deportada a los veintitrs aos. Querido
Godfrey, no me pidis que consienta en lo que s es malo; no volvera
jams a ser feliz. Comprendo que la cosa es muy penosa y que a m me es
ms fcil soportarla; pero es la voluntad de la Providencia.

Podr parecer singular que Nancy, con su teora religiosa, formada pieza
por pieza con tradiciones sociales estrechas, con fragmentos de
doctrinas de la Iglesia imperfectamente comprendidas y con razonamientos
infantiles basados en su propia experiencia hubiese llegado por s sola
a tener un modo de pensar tan parecido al de muchas personas piadosas,
cuyas creencias son profesadas en la forma de un sistema que le era
completamente desconocido. Eso podra parecer singular, en efecto, si no
supiramos que las creencias humanas, lo mismo que todos los desarrollos
naturales, escapan a los lmites de los sistemas.

Godfrey haba designado primero a Eppie, que entonces tena unos doce
aos, como una criatura que les convendra adoptar. No se le haba
ocurrido nunca que Silas preferira perder la vida a separarse de su
hija. Seguramente que el tejedor querra lo mejor para la nia porque se
haba dado tanto trabajo, y estara contento de que una suerte tan
grande le cayera a Eppie. Esta misma le quedara siempre reconocida a
su padre adoptivo y ste sera bien atendido hasta el fin de su vida,
como lo mereca por su noble conducta para con la criatura.

No era una cosa bien hecha que gentes de un rango superior quitaran una
pesada carga de las manos de un hombre de condicin ms humilde?

Aquello le pareca muy conveniente a Godfrey por razones que l solo
conoca, y, siguiendo un error comn, se imaginaba que aquella medida
sera fcil de tomar porque tena motivos particulares para desearlo.
Era sa una forma algo grosera de apreciar las relaciones que existan
entre Silas y Eppie. Pero conviene recordar que muchas de las
impresiones que Godfrey poda recoger respecto de la clase obrera de su
vecindad, eran tales como para favorecer en l la opinin de que los
afectos profundos no se armonizaban con las manos callosas y los dbiles
medios de la existencia del pueblo. Por otra parte, no haba tenido
ocasin--suponiendo que hubiera sido capaz de esto--de penetrar
ntimamente todo lo que era excepcional en la vida del tejedor. Slo una
falta de informacin suficiente poda determinar a Godfrey a alimentar
deliberadamente un proyecto tan brbaro. Su bondad natural haba
sobrevivido a la poca depresiva de sus crueles deseos, y el elogio que
Nancy haca de su marido no reposaba del todo en una ilusin voluntaria.

--He tenido razn--se deca cuando rememoraba todas las escenas de
discusin--, comprendo que tuve razn en responderle que no, bien que
eso me fuera lo ms penoso; pero, qu bien se ha comportado Godfrey a
este respecto! Muchos maridos se hubieran enojado conmigo por haber
resistido a sus deseos. Hubieran sido capaces de insinuar que haban
tenido mala suerte al casarse conmigo. Godfrey, sin embargo, no ha sido
capaz de dirigirme una palabra dura. Slo demuestra su disgusto cuando
no lo puede ocultar; todo le parece tan vaco, ya lo s; y las
tierras... qu cosa tan distinta sera para l cuando va a vigilar su
explotacin si hiciera todo eso pensando en los hijos que van creciendo.
Sin embargo, yo no me puedo quejar; quizs si se hubiera casado con otra
mujer que le hubiera dado hijos le habra mortificado de otro modo.

La idea de esta posibilidad era el principal consuelo de Nancy. A fin de
fortalecer esa idea se ingeniaba en tener por Godfrey una ternura ms
perfecta que la de que hubiera sido capaz cualquier otra esposa. Muy a
pesar suyo se haba visto obligada a afligirlo con la nica negativa.
Godfrey no permaneca insensible a los esfuerzos de aquel cario, y no
era injusto respecto a los motivos de la obstinacin de Nancy. Era
imposible que hubiera vivido con ella quince aos, sin saber que los
rasgos principales del carcter de su mujer eran un apego desinteresado
a lo que es justo y una sinceridad pura como el roco formado sobre las
flores. En realidad, Godfrey senta aquello con tanta mayor intensidad
cuanto que su naturaleza indecisa, adversa a afrontar las dificultades
por ser stas francas y sinceras, tena un cierto temor respetuoso por
aquella dulce esposa que espiaba los deseos de su marido con el deseo
ardiente de obedecerle. Le pareca que no le podra revelar jams a
Nancy la verdad concerniente a Eppie. Jams se repondra de la repulsin
que le causara la historia de aquel primer matrimonio si se la revelaba
ahora, despus de haber guardado el secreto tanto tiempo.

Y la joven, pensaba Godfrey, sera un objeto de repulsin para ella; la
sola presencia de Eppie le sera penosa. Y quizs hasta el golpe
asestado a la altivez de Nancy--altivez mezclada con su ignorancia del
mal del mundo--sera demasiado fuerte para su constitucin delicada.
Puesto que se haba casado con ella teniendo un secreto en el corazn,
era preciso que guardara ese secreto hasta el fin. Hiciera lo que
hiciera, deba abstenerse de abrir un abismo infranqueable entre l y la
mujer que amaba desde haca tantos aos.

Sin embargo, por qu no poda acostumbrarse a ver sin hijos un hogar
que tal esposa embelleca? Por qu su espritu diriga su vuelo
inquieto hacia ese vaco, como si fuera la nica causa por la cual su
vida no era completamente feliz? Supongo que lo mismo les ocurre a todos
los hombres y a todas las mujeres que llegan a cierta edad sin darse
cuenta clara de que la felicidad completa no puede existir en la vida.

En la vaga tristeza de las horas sombras del crepsculo, el hombre
descontento busca un objeto definido y lo encuentra en la privacin de
un bien del que nunca ha gozado. El hombre descontento si est sentado,
meditando en su hogar, piensa con envidia en el padre cuya vuelta es
acogida con voces infantiles, y si est sentado a su mesa, alrededor de
la cual las pequeas cabezas se elevan las unas por encima de las otras
como plantas de almcigos, ve una negra preocupacin cernerse tras de
cada una de ellas y piensa que las impulsiones que impelen a los hombres
a abandonar su libertad y a buscar cadenas, no son seguramente otra cosa
ms que un acceso de locura. En lo que concierne a Godfrey, haba otras
razones, para que esos pensamientos fueran continuamente infortunados
por aquella circunstancia particular, por aquel vaco de su destino.

Su conciencia, que no estaba nunca en completo reposo con respecto a
Eppie, le haca ver ahora su hogar sin hijos bajo el aspecto de una
justa retribucin. Y como el tiempo transcurra y Nancy se negaba
siempre a adoptar a Eppie, toda reparacin de la falta de Godfrey se
volva cada vez ms difcil.

Haca ya cuatro aos la tarde de aquel domingo, que no se haba hecho
alusin alguna a la adopcin, y Nancy supona que aquel asunto estaba
enterrado para siempre.

--Me pregunto si pensar ms o menos en ello al envejecer--se deca
Nancy--; tengo miedo de que piense ms. Las personas de edad sufren con
no tener hijos: qu sera de mi padre sin Priscila? Y si muero yo,
Godfrey quedara muy solo... l, que frecuenta tan poco a sus hermanos.
Pero no quiero atormentarme en exceso, ni tratar de prever los
acontecimientos: es preciso que haga lo mejor que pueda en el presente.

Al asaltarla este ltimo pensamiento, Nancy se despert de su meditacin
y volvi la mirada hacia la pgina abandonada durante mucho ms tiempo
del que imaginaba; porque muy luego la sorprendi la entrada de la
sirvienta que llevaba el t. En realidad, era algo ms temprano que de
costumbre; pero Juana tena sus razones.

--El seor ha entrado ya al patio, Juana?

--No, seora, todava no--respondi Juana, acentuando ligeramente su
respuesta, sin que su seora reparara en ello--. No s si lo habris
notado, seora--prosigui Juana despus de un corto silencio--; pero la
gente pasa corriendo frente a la ventana de la calle y todos se dirigen
hacia el mismo lado. Me parece que ha sucedido algo. No hay ningn
sirviente en el patio y por eso no he mandado ver lo que pasa. Sub
hasta la buhardilla ms alta pero no pude distinguir nada a causa de los
rboles. Espero que no le haya sucedido nada malo a nadie, sin embargo.

--No ha de ser hada grave, espermoslo--dijo Nancy--. Quizs se haya
vuelto a escapar el toro del seor Snell como el otro da.

--Ojal no le d una cornada a nadie, entonces--dijo Juana no
despreciando del todo una hiptesis cargada de calamidades imaginarias.

--A esta muchacha le da siempre por asustarme; me agradara que Godfrey
estuviera de vuelta.

Se encamin a la ventana del frente, dirigi sus miradas lo ms lejos
que pudo con una inquietud que consider muy luego como una niera. En
efecto, no se vea ya en el camino ninguna de las seales de agitacin
de que haba hablado Juana, y era probable que Godfrey, en vez de seguir
por la carretera, volviera ms bien cortando los campos.

Permaneci, sin embargo, de pie mirando el apacible cementerio; las
sombras de las tumbas se alargaban sobre los tmulos de csped brillante
y, ms lejos, los rboles del presbiterio estaban revestidos por los
vivos colores del otoo. Ante una belleza tan tranquila de la
naturaleza, la presencia de un temor vano que haca sentir vivamente era
como un cuervo que agita lentamente las alas surcando el aire lleno de
sol. Nancy deseaba cada vez ms el regreso de Godfrey.




XVIII


Alguien abri la puerta, en el otro extremo de la pieza; Nancy tuvo el
presentimiento de que era su marido. Volvi la espalda a la ventana con
los ojos llenos de alegra, porque el temor ms grande de la esposa se
haba desvanecido.

--Amigo mo, me alegro de que estis de vuelta--dijo adelantndose hacia
l--. Comenzaba a estar...

Nancy se detuvo bruscamente, porque Godfrey se quitaba el sombrero con
las manos trmulas y se volva hacia su mujer con el rostro plido y la
mirada extraa y fra como si la viera realmente, como si la viera
desempeando un papel en una escena que ella misma no viera. Nancy pos
una mano sobre el brazo de su marido, no atrevindose a seguir hablando.
Godfrey, sin embargo, no repar en aquel movimiento y se dej caer en su
silln.

Juana ya estaba en la puerta con la hirviente caldera.

--Decid que se retire, queris?--repuso Godfrey.

Y cuando la puerta se volvi a cerrar, trat de hablar con ms claridad.

--Sentaos, Nancy... aqu...--indicando una silla frente a l--. He
vuelto as que pude, para impedir que alguna otra persona os contara lo
sucedido. He experimentado una gran sacudida, pero temo ms lo que vais
a sentir vos.

--No se trata de mi padre o de Priscila?--dijo Nancy con los labios
trmulos y juntando sus manos con fuerza sobre las rodillas.

--No, no se trata de una persona viva--dijo Godfrey, incapaz de usar de
la habilidad prudente con que hubiera querido hacer su revelacin--. Se
trata de Dunstan... mi hermano Dunstan, a quien perdimos de vista hace
diez y seis aos. Lo hemos encontrado... hemos encontrado su cuerpo...
su esqueleto.

El terror profundo que la mirada de Godfrey le haba causado a Nancy,
hizo que ella encontrara un alivio en aquellas palabras. Se sent
relativamente tranquila, para or lo que l tena todava que decir.

Godfrey prosigui:

--La cantera se ha secado bruscamente, supongo que a causa de un
drenaje; y estaba all... estaba all desde hace diez y seis aos;
encajado sobre dos piedras... con su reloj y su sello, con mi ltigo de
caza de pomo de oro, que tiene mi nombre grabado. Lo tom sin pedrmelo
el da en que mont a _Relmpago_, para ir de caza, la ltima vez que lo
vi.

Godfrey se detuvo; no era igualmente fcil revelar lo dems.

--Pensis que se ahog?--dijo Nancy, casi sorprendida de que su marido
estuviera tan profundamente impresionado por lo que haba pasado hace
tantos aos a un hermano al que no quera, respecto del cual s haba
augurado algo peor.

--No, cay en la cantera--dijo Godfrey con voz baja, pero claramente,
como si quisiera expresar que el hecho implicaba algo ms.

Poco despus agreg:

--Dunstan fue quien rob a Silas Marner.

La sorpresa y la vergenza hicieron afluir la sangre al rostro y al
cuello de Nancy, que haba sido educada en la creencia de que eran un
deshonor hasta los crmenes de los parientes lejanos.

--Dios mo, Godfrey!--dijo con tono compasivo, porque inmediatamente
pens que su marido deba sentir el deshonor ms vivamente an que ella.

--El dinero estaba en la Cantera--prosigui Godfrey--, todo el dinero
del tejedor. Todo ha sido recogido y en este momento llevan el esqueleto
al _Arco Iris_. Pero yo me vine a controslo todo; no he podido
contenerme, era preciso que lo supierais.

Permaneci silencioso, mirando al suelo durante largos minutos. Nancy
hubiera pronunciado algunas palabras para mitigar aquella vergenza de
familia, si no hubiera sido contenida por el sentimiento instintivo de
que Godfrey tena todava algo que decirle. Muy luego alz los ojos y
mir fijamente a Nancy, diciendo:

--Todo se descubre, Nancy, tarde o temprano. Cuando el Todopoderoso lo
quiere, nuestros secretos son revelados. Yo he vivido con un secreto en
el corazn; pero no quiero seguroslo ocultando. No quisiera que os
fuese revelado por otra persona que yo, no quisiera que lo descubrieseis
despus de mi muerte. Voy a decroslo ahora mismo. Nunca tuve para ello
bastante fuerza de voluntad; pero ahora sabr cumplir mi resolucin.

El extremado terror de Nancy haba vuelto. Sus ojos, llenos de espanto,
se encontraron como en una crisis en que el efecto se hubiera
suspendido.

--Nancy--dijo Godfrey lentamente--, cuando nos casamos, yo os ocult
algo... algo que deb deciros. Aquella mujer que Marner encontr muerta
entre la nieve... la madre de Eppie... aquella msera mujer... aquella
mujer era mi esposa. Eppie es mi hija.

Se detuvo temiendo el efecto de su confesin. Sin embargo, Nancy
permaneci completamente tranquila en su asiento, salvo que sus miradas
se dirigieron hacia el suelo, dejando de encontrarse con las de Godfrey.
Estaba plida y serena como una estatua de la meditacin, con las manos
unidas sobre las rodillas.

--Nunca volveris a tener por m la misma estima--dijo Godfrey un
momento despus, con voz algo trmula.

Nancy permaneci silenciosa.

--No deb dejar a la nia sin reconocerla; no deb ocultaros este
secreto. Me era imposible soportar la idea de renunciar a vos, Nancy. Me
vi obligado a casarme con aquella mujer, y eso me hizo sufrir mucho.

Nancy segua siempre silenciosa, con la mirada baja. Godfrey casi
esperaba verla ponerse de pie inmediatamente y decir que iba a volverse
a casa de su padre. Cmo podra mostrarse piadosa para con faltas que
deban parecerle tan negras, dada la sencillez y serenidad de sus
principios?

En fin, Nancy alz los ojos hacia su marido y habl. No haba ninguna
indignacin en su voz, slo haba la expresin de un profundo pesar.

--Godfrey, si me hubierais dicho esto hace seis aos, hubiramos podido
cumplir en parte nuestro deber para con la nia. Creis que me hubiera
negado a recibirla, sabiendo que era nuestra hija?

En aquel momento Godfrey sinti toda la amargura de un error que no
haba sido solamente intil, sino que haba fallado su propio objeto. No
haba sabido apreciar a aquella mujer con la que haba vivido tanto
tiempo. Pero ella habl de nuevo y con ms agitacin que antes.

--Y adems, Godfrey, si la hubisemos trado entonces, si vos os
hubierais encariado con ella como debais, ella me hubiera querido como
a una madre y vos hubierais sido ms feliz conmigo. Me hubiera sido ms
fcil soportar la muerte de mi nene y nuestra vida hubiera podido
parecerse ms a lo que antes pensbamos que sera.

Las lgrimas de Nancy empezaron a correr y ella ces de hablar.

--Pero entonces no hubierais querido casaros conmigo, Nancy, si os lo
hubiera dicho--replic Godfrey, impulsado por la severidad de los
reproches de su conciencia, a probarse a s mismo que su conducta no
haba sido una locura completa--. Ahora os parece que me hubierais
aceptado por esposo, pero no lo hubierais hecho en aquel momento con
vuestra altivez y la de vuestro padre; os hubiera repugnado el tener
relaciones conmigo, despus de las revelaciones que os hubiera hecho.

--No sabra deciros cul hubiera sido mi decisin a ese respecto,
Godfrey. En todo caso, nunca me hubiera casado con otro. Pero yo no
mereca que se hiciera dao a causa de m; nada lo merece en este mundo.
Ninguna cosa es tan buena como lo parece a primera vista; nuestra misma
unin no lo es, ya lo veis.

Pas una dbil y triste sonrisa por la fisonoma de Nancy cuando
pronunci estas ltimas palabras.

--Soy un hombre peor de lo que pensabais, Nancy. Podris perdonarme
algn da?

--El mal que me habis causado no tiene mucha importancia, Godfrey, y ya
est reparado; habis sido bueno conmigo durante quince aos. Es para
con otra que sois culpable, y temo que vuestras faltas para con ella no
puedan ser nunca borradas por completo.

--Pero nada nos impide adoptar a Eppie ahora--dijo Godfrey--. Ahora me
importa poco que se sepa todo. Ser franco y sincero el resto de mi
vida.

--Su presencia en casa no ser ya lo que hubiera sido, ahora que Eppie
es grande--dijo Nancy meneando tristemente la cabeza--. Pero tenis el
deber de reconocerla y de asegurar su suerte. Yo tambin cumplir el
deber para con ella y rogar a Dios para conseguir que me quiera.

--Entonces, los dos iremos a casa de Silas Marner esta misma tarde,
cuando todo est ya tranquilo en las Canteras.




XIX


Aquella noche, entre las ocho y las nueve, Eppie y Silas estaban
sentados solos en su choza. Despus de la gran sobreexcitacin causada
al tejedor por los sucesos de la tarde, haba deseado vivamente aquella
tranquilidad y hasta les haba rogado a la seora Winthrop y a Aarn,
que se haban quedado all, naturalmente, cuando todos se marcharon, que
lo dejaran solo con su hija. Aquella sobreexcitacin no se haba
disipado todava. No haba hecho ms que alcanzar ese grado en que la
sensibilidad se vuelve tan delicada que hace intolerable todo
estimulante exterior; ese grado en que no se siente fatiga sino ms bien
una intensidad de vida interior, bajo el imperio de la cual es imposible
conciliar el sueo. Todo el que haya observado tales momentos en otras
personas, recuerda el brillo de su mirada y la nitidez extraa que se
esparce hasta sobre las facciones groseras a causa de esa influencia
pasajera. Es algo como si gracias a una nueva sutileza del odo, capaz
de percibir todas las voces espirituales, vibraciones de efectos
maravillosos hubieran atravesado la pesada armazn mortal, como si la
belleza nacida del murmullo de los sonidos hubiera pasado por la
fisonoma del que los escucha.

El rostro de Silas anunciaba esa especie de transfiguracin cuando al
quedar solos se puso a mirar a Eppie, sentado en su silln. La joven
haba acercado su silla cerca de las rodillas de Marner y se haba
inclinado hacia adelante teniendo ambas manos de su padre adoptivo entre
las suyas y con los ojos alzados hacia l. Prximo a ellos, en la mesa,
iluminada por una vela, se encontraba el oro recobrado, el oro tanto
tiempo amado, dispuesto en pilas regulares, como Silas tena costumbre
de ponerlo en los das en que aquel metal era su nica alegra. Acababa
de mostrarle a Eppie cmo tena la costumbre de contarlo todas las
noches y cul haba sido la desolacin extrema de su alma hasta que su
hija le fue enviada.

--En un principio--le deca en voz baja--tena de tiempo en tiempo como
el presentimiento de que vos podrais tomar la forma de mi oro; porque
adondequiera que volviera la cabeza me pareca ver mi tesoro, y pensaba
que me sentira feliz si pudiera tocarlo y convencerme de que haba
vuelto. Pero esto no dur. Al cabo de poco tiempo hubiera pensado que me
haba herido una nueva maldicin, si el oro os hubiera alejado de m.
Haba llegado a tanto la necesidad de vuestras miradas, de vuestra voz y
del tacto de vuestros pequeos dedos. Vos no sabais cuando erais muy
pequea, vos no sabais lo que vuestro viejo padre Silas senta por vos.

--Pero ahora lo s, padre mo--dijo Eppie--. Si no hubiera sido por vos
me hubieran llevado al asilo de los pobres y no hubiera habido nadie que
me quisiera.

--Ah! querida ma, la bendicin ha sido para m. Si vos no me hubierais
sido enviada para salvarme, hubiera descendido a la tumba con mi
miseria. El dinero me fue quitado a tiempo, y ya veis que ha sido
conservado, hasta que lo necesitramos para vos. Es maravilloso...
nuestra vida es maravillosa.

Silas permaneci sentado, en silencio, contemplando durante algunos
instantes el tesoro.

--Ahora ya no me seduce--dijo con aire pensativo--; no, ciertamente que
no. Me pregunto si volvera a tener ese poder en el caso, Eppie, en que
os perdiera, y lo dudo. Pero podra ser inducido a creer que ha sido de
nuevo abandonado y a perder el sentimiento de que Dios ha sido bueno
para conmigo.

En aquel instante golpearon a la puerta y Eppie se vio obligada a
levantarse sin responderle a Silas. Qu bella pareca! Lgrimas de
ternura le llenaban los ojos y un ligero sonrojo tea sus mejillas
cuando se adelant para abrir. Aquel sonrojo se hizo ms intenso al ver
al seor Godfrey Cass y a su seora. Hizo su ligera reverencia rstica y
abri del todo la puerta para dejarlos pasar.

--Os venimos a molestar muy tarde, querida--dijo la seora Cass, tomando
la mano de Eppie, mirndole el rostro con expresin admirativa y de vivo
inters.

La misma Nancy estaba plida y trmula.

Eppie, despus de haber acercado sillas para el seor Cass y su seora,
fue a ponerse de pie junto a Silas y frente a ellos.

--Qu tal, Marner?--dijo Godfrey, tratando de hablar con plena
seguridad--, es para m un gran consuelo al volveros a ver en posesin
del dinero de que bebais sido privado hace tantos aos. Fue un miembro
de mi familia el que os caus ese dao; eso agrava mi pesar y me siento
obligado a repararlo por todos los medios de que dispongo. Todo lo que
haga por vos no ser ms que saldar una deuda, aun cuando slo
considerara el robo. Pero hay otras cosas, Marner, por las que estoy y
estar siempre grato.

Godfrey se detuvo. El y su mujer haban convenido que el asunto de la
paternidad no sera abordado sino con mucha prudencia y si era posible
que la revelacin quedara reservada para ms tarde, de manera de no
hacrsela ms que gradualmente a Eppie. Nancy haba insistido respecto a
ese punto, porque presenta vivamente el aspecto doloroso bajo el cual
la joven no dejara de considerar las relaciones que haban existido
entre su padre y su madre.

Silas, siempre cohibido cuando le dirigan la palabra superiores tales
como el seor Cass--hombres grandes, poderosos, de tez fuertemente
encendida y que se vean sobre todo a caballo--, respondi con alguna
dificultad:

--Seor, tengo que agradeceros ya muchas cosas. En cuanto al robo, no lo
considero como una prdida para m. Y, si lo hiciera, vos no tendrais
nada que ver en ello: vos no tenis responsabilidad alguna.

--Vos tenis el derecho de considerar el asunto de ese modo, Marner;
pero yo no lo podr hacer nunca. Espero que me dejaris proceder de
acuerdo con mis sentimientos de justicia. Yo s que vos os contentis
fcilmente: sois un hombre que ha trabajado duro toda su vida.

--S, seor--dijo Marner con acento meditativo--. No hubiera sido feliz
sin mi trabajo: eso fue lo que me sostuvo cuando todo lo dems me
abandon.

--Ah!--dijo Godfrey aplicando exclusivamente las palabras de Marner a
las necesidades materiales del tejedor--. Vuestro oficio ha sido til en
este pas, porque hay muchos tejidos que hacer; pero habis llegado a
una edad algo avanzada para ese trabajo asiduo, Marner. Es tiempo de que
os retiris y descansis un poco. Parecis muy quebrantado aunque no
seis un anciano, me parece.

--Tengo cincuenta y cinco aos, casi seguramente--dijo Silas.

--Oh, entonces, podis vivir todava treinta aos! Fijaos en el viejo
Macey! Y ese dinero que tenis sobre la mesa es al fin y al cabo poca
cosa. No durar mucho de una manera o de otra, que lo coloquis a
inters o que lo vayis gastando. No durara mucho, aunque no tuvierais
que pensar sino en vos... y tenis que sostener dos personas desde hace
muchos aos. Deseamos ayudaros.

--Ah! seor--dijo Silas, insensible a todo lo que deca Godfrey--, no
temo la necesidad, Eppie y yo siempre hemos de saber vencer las
dificultades. Hay pocos obreros que cuenten con tantas economas. Yo s
lo que representa este dinero para la gente acomodada; pero a mis ojos
es mucho, es demasiado. Y nosotros dos necesitamos muy poca cosa.

--Solamente un jardincito, pap--dijo Eppie sonrojndose en seguida
hasta las orejas.

--Un jardn os agradara, querida?--dijo Nancy, pensando que aquel
cambio de tema pudiera serle favorable a su marido--. Nos podramos
entender sobre ese punto... yo consagro mucho tiempo al nuestro.

--Ah! se trabaja mucho en los jardines de la Casa Roja--dijo Godfrey,
sorprendido por lo difcil que le era abordar una proposicin que, de
lejos, le haba parecido muy fcil--. Os habis conducido muy bien con
Eppie, Marner, desde hace diez y seis aos. Os agradara mucho verla en
una situacin cmoda, verdad? Parece una hermosa muchacha, en buena
salud, pero incapaz de soportar ninguna fatiga. No parece una moza
vigorosa, hija de padres obreros. Os sera agradable verla objeto de los
cuidados de aqullos que pueden darle fortuna y hacer de ella una dama.
Es ms apta para eso que para una existencia penosa, como la que poda
tener que llevar dentro de algunos aos.

Un ligero sonrojo se esparci por el rostro de Marner y desapareci como
una luz efmera. Eppie slo se sorprenda de que el seor Cass hablara
as de cosas que no tenan nada de comn con la realidad. En cuanto a
Silas, se senta incomodado y ofendido.

--No veo, seor, adnde queris ir a parar--respondi, no ocurrindosele
las palabras adecuadas para expresar los sentimientos complejos que
experimentara mientras oa hablar al seor Cass.

--Pues bien, he aqu lo que quiero decir, Marner--replic Godfrey,
resuelto a abordar el caso--. Mi mujer y yo, ya lo sabis, no tenemos
hijos. No tenemos a nadie quien pueda aprovechar la holgura de nuestra
casa y todo lo que poseemos adems de eso, que es ms de lo que
necesitamos. Quisiramos, pues, tener a alguien que nos sirviera de
hija. Desearamos tener a Eppie y tratarla bajo todos conceptos como si
fuera nuestra. Me parece que sera un gran consuelo para vuestra vejez
al ver su fortuna asegurada de este modo, despus de haberos sacrificado
tanto para criarla tan bien. Nada ms justo que seis plenamente
recompensado. Y Eppie, estoy seguro, os amar siempre, y siempre os
quedar agradecida. Vendr a veros a menudo y no dejaremos escapar
ninguna ocasin de hacer cuanto podamos para que seis feliz.

Un hombre sencillo, como era Godfrey Cass, al hablar bajo la influencia
de alguna dificultad, balbucea necesariamente expresiones ms groseras
que sus intenciones y que tienen que rozar sentimientos delicados.
Mientras que l hablaba, Eppie haba posado tranquilamente su brazo tras
de la cabeza de Silas y su mano cariosa se haba apoyado en su hombro;
de modo que sinti que el viejo temblaba con violencia.

Cuando el seor Cass hubo terminado, el tejedor permaneci silencioso
durante unos momentos, habiendo perdido toda energa en un conflicto de
emociones, todas igualmente penosas. El corazn de Eppie se oprima al
pensar que su padre estaba afligido. Estaba a punto de inclinarse para
hablarle, cuando una angustia violenta domin por fin todas las que
luchaban en el alma de Silas. Entonces dijo con voz dbil:

--Eppie, hija ma, hablad. Yo no quiero impedir vuestra felicidad. Dad
las gracias al seor y a la seora Cass.

Eppie quit el brazo de atrs de la cabeza del tejedor y adelant un
paso. Sus mejillas estaban encendidas, pero no era de falso rubor: la
idea de que su padre estaba sumido en la duda y, la angustia le haba
quitado esa especie de conciencia de s misma. Hizo una profunda
reverencia primero a la seora Cass, luego al seor Cass y les dijo:

--Gracias, seora; gracias, seor; pero yo no puedo separarme de mi
padre, ni reconocer a nadie que me fuera superior que l. Tampoco deseo
ser una dama. Gracias de todos modos--Eppie hizo al llegar aqu una
reverencia--, y no podra abandonar a las gentes con que me he habituado
a vivir.

Los labios de Eppie se pusieron a temblar un poco al decir las ltimas
palabras. Se retir otra vez tras de la silla de su padre, le pas el
brazo alrededor del cuello, mientras que Silas, reprimiendo un sollozo,
tenda la mano para oprimir la de su hija.

Nancy tena los ojos llenos de lgrimas, pero su simpata por Eppie se
mezclaba naturalmente con la angustia que le causaba la situacin de su
marido. No se atrevi a hablar, preguntndose qu pasara en el espritu
de Godfrey. Este senta esa especie de irritacin que se manifiesta
inevitablemente en casi todos nosotros cuando encontramos un obstculo
imprevisto. Se haba sentido penetrado de arrepentimiento y con la
resolucin necesaria para reparar su falta, en toda la medida que el
tiempo podra consentrselo. Era movido por sentimientos del todo
excepcionales que deban fincar en una regla de conducta determinada de
antemano, y que haba escogido por parecerle la ms justa, as es que no
estaba dispuesto a apreciar con satisfaccin los sentimientos ajenos que
venan a contrariar sus resoluciones virtuosas. La agitacin bajo cuya
inspiracin habl de nuevo no estaba exenta de un asomo de clera.

--Pero yo tengo sobre vos, Eppie, el ms grande de todos los derechos.
Tengo el deber, Marner, de reconocer a Eppie como hija ma y darle la
situacin que le corresponde. Es mi hija: su madre era mi esposa. Tengo
sobre ella un derecho legtimo.

Eppie se haba estremecido con violencia y se puso intensamente plida.
Silas, por el contrario, se sinti aliviado por la respuesta de Eppie
del terrible temor de que sus intenciones fueran opuestas a las de su
hija. Sinti que el espritu de resistencia se haba pronunciado en l,
no sin provocar, sin embargo, un ligero movimiento de clera paternal.

--Entonces, seor--respondi con un acento de amargura que haba quedado
callado en su alma desde el da memorable en que haban quedado
destruidas las esperanzas de su juventud--; entonces, seor, por qu no
dijisteis eso hace diez y seis aos? Por qu no la reclamasteis antes
de que llegase a quererla, en lugar de venir a tomrmela en este
momento? Lo mismo podrais quererme arrancar el corazn del pecho. Dios
me la dio porque vos la abandonasteis como hija; no tenis ningn
derecho sobre ella. Cuando un hombre aleja un bien de su puerta, ese
bien es de los que lo recogen en su casa.

--Tenis razn, Marner: hice mal, me he arrepentido de mi conducta a
ese respecto--dijo Godfrey, que no pudo menos que sentir el filo de las
palabras de Silas.

--Me alegro de saberlo--dijo Marner, cuya agitacin aumentaba--; pero el
arrepentimiento no puede modificar lo que ha durado diez y seis aos.
Viniendo a decir ahora yo soy su padre, no destrus los sentimientos
de nuestros corazones. A m es a quien ha llamado padre desde que pudo
pronunciar esta palabra.

--Me parece que podrais considerar el asunto de un modo ms justo,
Marner--dijo Godfrey, a quien las palabras verdaderas y formales del
tejedor acababan de sorprender y de infundir un sentimiento
respetuoso--. No es como si os la fuese a quitar por completo y no
debierais volverla a ver. Estar muy cerca de vos y vendr aqu muy a
menudo. Tendr siempre para vos los mismos sentimientos.

--Exactamente los mismos sentimientos--repuso Marner con ms amargura
que nunca--. Cmo podra tener los mismos sentimientos que hoy cuando
comemos los mismos bocados, bebemos en la misma copa y pensamos en las
mismas cosas desde el principio hasta el fin del da? Exactamente los
mismos sentimientos. Esas son vanas palabras! Nos cortaramos en dos.

Godfrey, a quien la experiencia no haba preparado para comprender todo
el alcance de las sencillas palabras de Marner, volvi a ser presa de
una gran irritacin. Le pareci que el tejedor era muy egosta, juicio
que fcilmente forman aquellos que no han puesto nunca a prueba su
fuerza de renunciamiento al oponerse a un acto que, sin duda alguna,
deba de hacer la felicidad de Eppie, y sinti que tena el deber de
manifestar su autoridad, por amor a su hija.

--Yo hubiera pensado, Marner--dijo con tono severo--, que vuestro
afecto por Eppie os hara ver con regocijo una cosa de que depende su
felicidad, aunque eso os obligara a hacer algn sacrificio. Debierais
acordaros de que vuestra vida es incierta y que Eppie ha llegado ahora a
una edad en que su suerte puede pronto resolverse de una manera muy
distinta de lo que sucedera en casa de su padre. Si llega a casarse con
algn humilde obrero, entonces, haga lo que hiciera por ella, ya no
depender de m el hacerla feliz. Vos le cerris el camino del
bienestar, y aunque me sea penoso ofenderos despus de lo que vos habis
hecho y yo no hice, comprendo que ahora tengo la obligacin de insistir
en velar por mi hija. Quiero cumplir con ese deber.

Es difcil decir quin se sinti ms profundamente agitado: si Silas o
Eppie, con las ltimas palabras de Godfrey. Los pensamientos de Eppie se
haban sucedido muy activos, mientras que oa la discusin entre el
padre a quien amaba desde haca mucho tiempo y aquel nuevo padre
desconocido, aquel nuevo padre que bruscamente haba venido a ocupar el
sitio de la sombra negra e indecisa que haba puesto el anillo nupcial
en el dedo de su madre.

Su imaginacin se haba transportado al pasado y al porvenir y se haba
entregado a conjeturas y a previsiones para comprender lo que
significaba aquella paternidad revelada. Adems, en las ltimas palabras
de Godfrey haba algunas que contribuan a definir claramente aquellas
previsiones. No era que sus pensamientos sobre el pasado o el porvenir
hubieran tenido una influencia decisiva sobre la resolucin de Eppie,
porque esa resolucin haba sido fijada por los sentimientos que
vibraban al sonido de cada una de las palabras proferidas por Silas.
Pero, aun fuera de estos sentimientos, la doble corriente de las
reflexiones de la joven hizo nacer en ella una repulsin por la suerte
que se le ofreci y por aquel padre que se acababa de revelar.

La conciencia de Silas, por otra parte, se senta de nuevo atormentada.
Lo embargaba el temor de que la acusacin de Godfrey fuera cierta y que
su propia voluntad se elevara como un obstculo ante la felicidad de
Eppie. Durante algunos instantes permaneci silencioso, luchando consigo
mismo, porque quera dominarse antes de hablar. Por fin, las palabras
salieron trmulas de su boca:

--No dir nada ms. Ser como queris. Habladle a la nia. Yo no quiero
impedir nada.

La propia Nancy, a pesar de toda la sensibilidad delicada de su corazn,
comparta la opinin de su marido de que el deseo de Marner de guardar a
Eppie no era justificado, despus que el verdadero padre de sta se
haba hecho reconocer. Comprenda que la prueba era muy dura para el
tejedor, pero sus principios personales no le permitan dudar que un
padre legtimo no tuviera derechos superiores a los de un padre
adoptivo, sea quienquiera. Por otra parte, Nancy, que haba sido
acostumbrada a no carecer de nada y a gozar de los privilegios de una
posicin honorable, no poda apreciar los placeres que la primera
educacin y los primeros hbitos asocian con todos los fines y todos los
esfuerzos de los pobres de nacimiento. Ante sus ojos, Eppie, al recobrar
los derechos de la sangre, entraba en posesin de un bienestar
incontestable, del que haba estado privada demasiado tiempo. Por esto
oy las ltimas palabras de Silas con alivio y haba pensado, como
Godfrey, que su deseo iba a quedar satisfecho.

--Eppie, mi querida--dijo Godfrey, mirando a su hija, no sin cierta
confusin al pensar que tena bastante edad para juzgarla--, nosotros
desearamos que siempre demostrarais afectos y gratitud a un hombre que
os ha servido de padre durante tantos aos, y nos esforzaremos en
ayudaros a hacerle feliz. Pero esperamos que llegaris a amarnos como le
amis, y bien que yo no haya sido lo que un padre debiera ser para vos
desde mucho tiempo, quiero hacer todo lo que pueda por vos hasta mi
muerte, y dotaros como a mi hija nica. Tendris en mi mujer la mejor de
las madres; es sa una felicidad que no habis conocido desde que estis
en edad de poder apreciarla.

--Mi querida, seris un tesoro para m--dijo Nancy con su voz suave--.
No nos faltar nada cuando tengamos a nuestra hija.

Eppie no volvi a adelantarse para inclinarse otra vez ante el seor
Cass y su seora. Tena la mano de Silas en la suya, oprimindola con
fuerza; era una mano de tejedor, cuya palma y la yema de los dedos eran
sensibles a tal presin. Al mismo tiempo, la joven habl con tono ms
decidido y ms fro que antes.

--Gracias, seora; gracias, seor, por vuestros ofrecimientos; son muy
hermosos y muy por encima de mis deseos; pero no podra tener un momento
de alegra en la vida si me viera obligada a separarme de mi padre y si
lo supiera sentado en nuestra casa pensando en m y sufriendo en la
soledad. Hemos, estado acostumbrados a ser felices juntos todos los
das, y no puedo concebir ninguna felicidad sin l. El dice que no tena
a nadie en el mundo antes de que yo le fuese enviada, y que no tendra a
nadie si yo lo dejara. Cuid de m y me quiso desde el principio; yo le
quedar adicta mientras viva, y nadie se interpondr entre l y yo.

--Pero es preciso que estis segura, Eppie--dijo Silas en voz baja--, es
preciso que estis segura de que jams os arrepentiris de haber
preferido quedaros entre pobres gentes que no poseen ms que malas ropas
y cosas mediocres, cuando de vos dependa el obtener todo lo que hay de
mejor.

Su susceptibilidad a este respecto haba aumentado, mientras escuchaba
las palabras sinceras y afectuosas de Eppie.

--Nunca podr arrepentirme, padre mo--dijo la joven--. No sabra en qu
pensar ni qu desear vindome rodeada de bellas cosas a que no he estado
acostumbrada. Y sera para m una triste tarea el vestir hermosas ropas,
ir en cabriol y sentarme en un sitio reservado en la iglesia, si todo
eso hiciera pensar a aquellos a quienes amo, que mi compaa no les
conviene. En qu podra entonces interesarme?

Nancy interrog a Godfrey con una mirada dolorosa; pero los ojos de ste
estaban fijos en el suelo, en el sitio en que agitaba la punta de su
bastn, como si estuviera ocupado distradamente en algo. Entonces pens
que haba una frase que sentara mejor en sus labios que en los de su
marido.

--Lo que decs es natural, querida criatura; es natural que tengis
cario a aquellos que os han criado--dijo con dulzura--; sin embargo,
tenis un deber que llenar para con vuestro padre legtimo. Quiz no
slo no tengis que resignaros a hacer un sacrificio. Desde que vuestro
padre os abre su casa, me parece que no es razonable que vos la huyis.

--Yo no puedo figurarme que tengo otro padre que el mo--dijo Eppie con
impetuosidad, saltndosele las lgrimas de los ojos--. Mi sueo ha sido
siempre tener un pequeo hogar en el que l estara sentado junto al
fuego, mientras que yo trabajara y hara todo lo necesario por l. No
puedo imaginarme otra casa ms que la nuestra. No he sido criada para
ser una dama y no puedo acostumbrarme a esta idea. Amo a los obreros,
su alimento y sus costumbres--y termin con acento vehemente, mientras
que sus lgrimas caan--: Soy la novia de un obrero que vivir junto con
mi padre y que me ayudar a cuidarle.

Godfrey fij la vista en Nancy; tena el rostro encendido y sus ojos
dilatados le ardan. Aquel fracaso de un proyecto que haba acariciado
con la alta idea de que iba en cierto modo a rescatar la gran falta de
su vida, le hizo encontrar sofocante el aire de la pieza.

--Vmonos, Nancy--dijo en voz baja.

--No hablaremos ms de esto por hoy--dijo Nancy ponindose de pie--. Os
tenemos mucho cario a vos, mi querida, y a vos tambin, Marner.
Volveremos a veros, ahora se hace tarde.

De este modo justific la brusca partida de su marido, porque Godfrey se
haba dirigido derecho hacia la puerta, incapaz de decir una palabra
ms.




XX


Nancy y Godfrey se volvieron a su casa en silencio, bajo la luz de las
estrellas. Cuando entraron al saln artesonado de encina, Godfrey se
dej caer en su silln, mientras que Nancy, despus de haberse quitado
su sombrero y su chal, fue a colocarse a su lado junto a la estufa
porque no quera separarse de l ni aun algunos minutos. Sin embargo,
tema proferir alguna palabra que pudiera rozar los sentimientos de su
esposo. Por ltimo, Godfrey volvi la cabeza hacia Nancy y sus ojos se
encontraron y quedaron fijos sin que el uno ni la otra hicieran ningn
movimiento. Aquella mirada tranquila y recproca del marido y de la
esposa que tienen confianza mutua, era como el primer momento de reposo
o de seguridad despus de una gran fatiga o de un gran peligro. No deba
ser turbado ni por palabra ni por ademanes que impidieran sentir los
primeros goces del apaciguamiento.

Pero muy luego Godfrey le tendi la mano, y al entregarle Nancy la suya,
atrajo a su mujer hacia s, y dijo:

--Todo ha concluido!

Siempre de pie al lado de l, Nancy se inclin para darle un beso; luego
le dijo:

--S, temo que nos veamos obligados a renunciar a la esperanza de
tenerla por hija. No sera razonable que quisiramos hacerla venir a
nuestra casa contra su voluntad. No podemos cambiar su educacin ni el
resultado de ella.

--No--respondi Godfrey con un acento claro y decisivo que contrastaba
con su palabra generalmente negligente y floja--. Hay deudas que no es
posible pagar como las deudas de dinero, dando una compensacin por los
aos transcurridos. Mientras que yo difera continuamente, los rboles
han crecido... Ahora es demasiado tarde. Marner tena razn en lo que
deca respecto del hombre que aleja de su puerta una bendicin; esa
bendicin le toca a otra persona. Antes, Nancy, quise pasar por no tener
hijos. Hoy pasar contra mi voluntad por no tenerlos.

Nancy no habl en seguida, pero un momento despus pregunt;

--No dirs entonces que Eppie es vuestra hija?

--No; qu bien resultara de eso para nadie?... al contrario, sera un
mal. Har por ella todo lo que pueda en la condicin que ha escogido.
Pero es necesario que sepa con quin tiene la intencin de casarse.

--Si no hay utilidad en decir eso--repuso Nancy, que ahora se crea
autorizada, para aliviarse, a dar paso a un sentimiento que haba
tratado de sofocar hasta entonces--, os agradecer que le evitis a pap
y a Priscila el pesar de saber las cosas del pasado, salvo lo
concerniente a Dunsey, porque esto no se puede evitar...

--Lo dir en mi testamento... creo que lo dir en mi testamento. No me
agradara que se descubriera nada despus de mi muerte; como ese asunto
relativo a Dunsey--dijo Godfrey con aire meditabundo--. Pero slo vera
surgir dificultades si hablara ahora. Es necesario que haga lo posible
para que Eppie sea feliz a su manera. Se me ocurre una idea--agreg,
despus de detenerse un instante--. Aarn Winthrop es su novio, es a l
a quien quiso referirse. Recuerdo que vi a ese joven volviendo de la
iglesia con ella y con Marner.

--Pues bien; es muy sobrio y laborioso--dijo Nancy, tratando de encarar
las cosas del modo ms favorable que era posible.

Godfrey volvi a caer en sus reflexiones. En seguida mir a Nancy con
tristeza y dijo:

--Es una joven muy graciosa y bonita, no es verdad, Nancy?

--S, amigo mo, tiene vuestros cabellos y vuestros ojos; me sorprendi
que eso no me hubiera llamado la atencin antes.

--Me parece que me tom aversin al saber que era su padre; not que
cambiaba de actitud al or mi declaracin.

--Le fue imposible soportar la idea de no considerar a Marner como su
padre--dijo Nancy, que no deseaba confirmar la dolorosa impresin de su
marido.

--Ella se imagina que yo proced con su madre as como con ella misma.
Me cree peor de lo que soy. Pero no hay medio de impedir que as lo
crea; jams podr saberlo todo. Es una parte de mi castigo, Nancy, que
mi hija sienta aversin por m. No hubiera tenido nunca estos disgustos
si hubiera sido sincero para con vos; si no hubiera sido un insensato.
Yo no tena derecho a esperar sino males de semejante casamiento, sobre
todo evitando el cumplir mis deberes de padre.

Nancy permaneca silenciosa; su espritu lleno de rectitud no le
permita que tratara de embotar la punta aguda de lo que consideraba
como un justo remordimiento; un acento de cario templaba el tono que
haba tomado para acusarse a s mismo.

--Y os obtuve, a pesar de todo, Nancy. Sin embargo, he murmurado, he
estado descontento porque me faltaba otro bien, como si lo mereciera.

--Jams faltasteis a vuestro deber para conmigo, Godfrey--dijo Nancy con
una sinceridad tranquila--. Mi sola pena desaparecer si os resignis a
la suerte que os ha tocado.

--Pues bien, quizs sea tiempo an de que me reforme bajo ese respecto;
bien que sea demasiado tarde para hacer ciertas cosas, a pesar de lo que
dice el porvenir.




XXI


Al da siguiente, cuando estaban almorzando, Silas dijo a Eppie:

--Hay una cosa, Eppie, que tengo la intencin de hacer desde hace dos
aos. Ahora que el dinero nos ha vuelto, la podemos poner en ejecucin.
He reflexionado en ello mil veces esta noche, y como los das hermosos
duran todava, me parece que partiremos maana. Dejaremos la casa y todo
lo dems al cuidado de vuestra madrina; haremos un pequeo equipaje y
nos pondremos en camino.

--Para ir a dnde, papato?--dijo Eppie muy sorprendida.

--A mi antiguo pas... a la ciudad en que nac... al Patio de la
Linterna. Deseo ver al seor Paston, el pastor; quiz se haya
descubierto algn indicio que haya permitido reconocer que yo era
inocente del robo. El seor Paston era un hombre que tena muchas luces.
Quiero conversarle tambin de la costumbre de echar a la suerte.
Tambin me gustara hablar de la religin de aqu, porque me inclino a
creer que no la conoce.

Eppie se puso muy contenta. Haba para ella no slo la perspectiva de la
sorpresa y del placer de ver un nuevo pueblo, sino la de volver a
contarle a Aarn todo lo que hubiera visto y odo. Aarn era tanto ms
instruido que ella en todas las cosas, que le sera muy agradable tener
esa pequea ventaja respecto de l. La seora Winthrop, que tena un
temor vago de los peligros inherentes a un viaje tan largo, exigi que
le dieran la seguridad de que los viajeros no iran ms all de las
regiones servidas por las diligencias y las lentas carretas. Estaba muy
contenta, sin embargo, de que Silas volviera a ver su pueblo y descubrir
si lo haban justificado de la falsa acusacin de que haba sido objeto.

--As tendrais el espritu ms tranquilo durante el resto de vuestra
vida, maese Marner--dijo Dolly--, estoy segura. Y si hay medio de
obtener algunas luces en el Patio de la Linterna de que hablis, como
tenemos necesidad de ellas en este mundo, yo misma me alegrar de que
podis traerlas con vos.

En fin, cuatro das despus Silas y Eppie, vestidos con sus ropas del
domingo y con un lo envuelto en un pauelo de tela azul, atravesaban
las calles de una gran ciudad manufacturera. Silas, desorientado por los
cambios que un lapso de treinta aos haba introducido en su ciudad
natal, acababa de detener sucesivamente a varias personas para
preguntarles el nombre de la ciudad y convencerse de que no estaba bajo
la influencia de un error.

--Preguntad dnde queda el Patio de la Linterna, padre, preguntdselo a
ese seor que tiene agujetas en el hombro y que est parado en la puerta
de esa tienda. No est apurado como los otros--agreg Eppie, bastante
afligida por la perplejidad de su padre, y, adems, bastante cohibido en
medio del ruido, del movimiento y de la multitud de fisonomas extraas
e indiferentes.

--Ah! hija ma, no sabr decir nada--dijo Silas--; las gentes de la
burguesa no iban nunca al Patio de la Linterna, pero quiz alguien sepa
decirme dnde queda la casa de la Prisin, en la que se encuentra la
crcel. Conozco mi camino desde all, como si lo hubiese visto ayer.

Llegaron con bastante dificultad a la calle de la Prisin, despus de
dar muchas vueltas y preguntando muchas veces el camino. Los muros
repulsivos de la crcel fue el primer objeto que correspondiera con
alguna imagen en la memoria de Silas, dndole la alegre certidumbre que
no le haba proporcionado ninguna seguridad relativa al hombre de la
ciudad, que estaba en el lugar de su nacimiento.

--Ah!--dijo respirando largamente--, sa es la crcel, Eppie; no ha
cambiado nada; ahora yo no estoy inquieto. Es la tercera calle a la
izquierda, ms all de las puertas. Este es el camino que debemos
seguir.

--Oh! qu feo sitio tan sombro!--dijo Eppie--. Cmo oculta el cielo!
Es peor que el asilo de pobres de Raveloe. Me alegro mucho de que no
vivis ms en esta ciudad, padre. El Patio de la Linterna es como esta
calle?

--Mi querida hija--dijo Silas sonriendo--; no es una calle ancha como
sta. Yo tampoco me sent nunca a gusto en esta calle grande; pero me
gustaba el Patio de la Linterna. Aqu me parece que estn cambiadas
todas las tiendas; no las reconozco, pero reconocer la calle porque es
la tercera. Esta es--dijo con acento de satisfaccin al llegar a un
pasaje estrecho--. Ahora tenemos que tomar de nuevo a la izquierda y
despus seguir derecho durante un corto trecho, subiendo la calle de los
Zapatos; entonces estaremos en la entrada del Patio, junto a la ventana
saliente. En ese sitio hay un arroyo en la calle para permitir que corra
el agua. Ah! me parece que veo todo eso!

--Oh! pap, me siento como si me ahogara. No hubiera podido creer que
hubiese gente que viviera de este modo, tan aglomerada. Qu lindas nos
van a parecer las Canteras al regresar!

--Hija ma, a m tambin me parece esto feo ahora, y adems hay mal
olor. No puedo convencerme de que el olor fuera antes tan desagradable.

Aqu y all, la cara lvida y sucia de algn vecino miraba a los
extranjeros desde el paso obscuro de las puertas, y aumentaba la
inquietud de Eppie. De modo que sinti un alivio que desde haca rato
deseaba cuando salieron de los pasajes estrechos para penetrar en la
calle de los Zapatos, en la que se vea una faja ms ancha de cielo.

--Oh! Dios mo!--dijo Silas--; esas gentes salen del Patio de la
Linterna, como si volvieran de la capilla, a esta hora del da, a las
doce, un da de trabajo.

De pronto se estremeci y permaneci inmvil, con la mirada perdida y
desesperada que alarm a Eppie. Se encontraban delante de una entrada,
frente a una gran manufactura. De aquella entrada salan oleadas de
hombres y de mujeres, que iban a hacer su comida de medioda.

--Padre--dijo Eppie, tomndole de los brazos--, qu os sucede?

Pero tuvo que hablarle varias veces seguidas antes de que l acertara a
responderle.

--Ha desaparecido, hija--dijo al fin, con una agitacin violenta--. El
Patio de la Linterna ha desaparecido. Es aqu donde deba alzarse,
porque sta es la ventana salediza. La reconozco, no la han cambiado;
pero han hecho esa nueva entrada; y, adems, esa gran manufactura. Todo
el Patio ha desaparecido, la capilla y todo lo dems.

--Venid a sentaros en esta tienda de cepillos, pap, os lo
permitirn--dijo Eppie, siempre sobre el quin vive, con el temor de que
su padre fuera a ser presa de uno de sus extraos ataques--. Quizs los
dueos puedan deciros todo lo que ha pasado.

Pero ni el vendedor de cepillos que viva en la calle de los Zapatos
desde haca diez aos, cuando la fbrica ya haba sido construida, ni
ninguna otra persona a quien Silas tuvo ocasin de dirigirse, pudieron
darle el menor dato sobre sus antiguos amigos del Patio de la Linterna,
o sobre el seor Paston, el pastor.

--Toda la vieja plaza ha desaparecido--dijo Silas a Dolly Winthrop, la
tarde que regresaron--, el pequeo cementerio y todo lo dems. Mi
antigua casa ya no existe, ahora no tengo ms que sta. Nunca sabr si
se descubri la verdad respecto del robo, ni si el seor Paston hubiera
sido capaz de darme algunos esclarecimientos sobre la costumbre de echar
a la suerte. Todo eso est obscuro para m, seora Winthrop y mucho me
temo que as suceda hasta el fin.

--Pues, s, maese Marner--dijo Dolly, que estaba sentada escuchndole,
con su rostro tranquilo, ahora encuadrado de cabellos canos--, yo
tambin temo; es la voluntad de Aquel que est all arriba, que muchas
cosas permanezcan obscuras para nosotros; pero hay algunas que nunca lo
han estado para m; son principalmente las que me vienen al espritu
durante el trabajo del da. Habis sido duramente puesto a prueba esta
vez, maese Marner, y me parece que nunca sabris la verdadera razn; sin
embargo, eso no quita que esa razn exista, bien que la cosa sea obscura
para vos y para m.

--No--dijo Silas--, no; eso no quita que exista. Desde la poca en que
la nia me fue enviada y en que comenc a quererla como si fuera ma,
recib bastantes luces para tener confianza, y ahora que ella dice que
no me dejar nunca, creo que tendr confianza hasta mi muerte.




CONCLUSIN


En Raveloe haba una poca del ao que era considerada como
particularmente conveniente para casarse. Era cuando las grandes lilas y
los grandes evnimos de los jardines a la moda antigua lucan sus ricos
tintes de oro y de violeta por encima de los muros coloreados por los
lquenes, y que haba terneros bastante jvenes como para reclamar los
grandes baldes de leche perfumada. Las gentes estaban menos ocupadas de
lo que estaran ms adelante, cuando llegara la poca de fabricar los
quesos y la siega. Adems, en esta poca una novia poda estar cmoda
con un traje liviano, y que le permitiera lucirse.

Felizmente, el sol derramaba rayos ms clidos que de costumbre sobre
las matas de lilas la maana del casamiento de Eppie, porque su traje
era muy liviano. Ella haba pensado a menudo, bien que fuera con una
idea de renunciamiento, que un traje de novia para ser perfecto deba
ser de algodn blanco, sembrado a largos trechos con florecitas rosadas
minsculas. As es que cuando la seora Godfrey Cass le quiso dar uno y
le pidi que eligiera, Eppie estaba preparada por una reflexin anterior
para dar sin hesitacin una respuesta decisiva.

Vista a cierta distancia, en el momento en que caminaba a travs del
cementerio y descenda a la aldea, Eppie pareca vestida de blanco
inmaculado, y sus cabellos producan el efecto de esos reflejos de oro
que se ve en las azucenas. Una de sus manos se apoyaba en el brazo de su
marido y con la otra oprima la de su padre Silas.

--Vos no vais a darme a otro, padre mo!--haba dicho antes de que
partieran para la iglesia--; no haris ms que adoptar a Aarn como
hijo.

Dolly Winthrop segua detrs con su marido, y se era todo el cortejo
nupcial. Haba muchos ojos que los miraban y la seorita Priscila estaba
muy contenta de que ella y su padre se hubieran encontrado, al llegar en
coche a la puerta de la Casa Roja, a tiempo precisamente para ver aquel
lindo espectculo. Haban ido a acompaar a Nancy ese da, porque el
seor Cass se haba visto obligado, por razones particulares, a ir a
Lytherley. Esto pareca ser una gran lstima, porque de otro modo
hubiera podido ir, como el seor Crackenthorp y el seor Osgood no
dejaran de hacerlo, a ver la comida de bodas que haba sido encargada
en la taberna del _Arco Iris_, en razn del gran inters que le
inspiraba naturalmente el tejedor, perjudicado por un miembro de su
familia.

--Yo hubiera deseado mucho que Nancy hubiera tenido la suerte de
encontrar una nia como sa para criarla--dijo Priscila a su padre,
estando sentados en el cabriol--. Yo hubiera podido pensar entonces en
algo joven, adems de los corderos y los terneros.

--S, querida, s--dijo el seor Lammeter--; se siente eso cuando se
entra en aos. La vida les parece triste a los ancianos. Necesitaran
tener algunos rostros jvenes a su alrededor para estar seguros de que
el mundo siempre es como antes.

Nancy se asom entonces para recibir a su padre y a su hermana; pero el
cortejo ya haba pasado frente a la Casa Roja y se diriga hacia la
parte ms humilde de la aldea.

Dolly Winthrop fue la primera en adivinar que el anciano seor Macey,
cuyo silln haba sido colocado delante de la puerta, esperaba que se
tendra con l alguna atencin particular, puesto que era demasiado
viejo para asistir a la comida de bodas.

--El seor Macey espera alguna palabra de nuestra parte--dijo Dolly--;
se ofendera de que pasramos sin decirle nada... a l, que est tan
mortificado por el reumatismo.

Se aproximaron, pues, para darle un apretn de manos al anciano. Haba
contado con esta circunstancia y premeditado su discurso.

--Qu tal, maese Marner?--dijo con voz que temblaba un poco--; he
vivido para ver mis palabras realizarse. Fui yo el primero que dijo que
erais inofensivo, bien que vuestra mirada no os fuese favorable, y fui
yo tambin el primero que os dijo que encontrarais vuestro dinero y
slo es justicia que os haya vuelto. Yo hubiera respondido de buena gana
los amn en el santo oficio del casamiento; pero hace ya mucho tiempo
que Tookey me reemplaza; espero que las cosas no saldrn peor por eso.

En el patio, al aire libre, delante de la taberna del _Arco Iris_, ya
estaba reunido el grupo de los invitados, aunque todava faltara una
hora para el momento en que se dara comienzo a la comida. Pero de ese
modo, cada cual poda esperar agradablemente la llegada de su placer.
As se poda adems hablar con calma de la extraa historia de Silas
Marner, y de llegar poco a poco a la justa conclusin de que se haba
atrado una bendicin, conducindose como un padre con una criatura que
haba quedado sin madre y abandonada. El propio herrador no rechazaba
esta opinin; por el contrario, la consideraba como particularmente
suya, e invit a toda persona valiente entre los que estaban presentes a
combatirla. Pero no encontr ningn contradictor, y todas las
disidencias de los concurrentes desaparecieron en la aceptacin unnime
del seor Snell, de que cuando un hombre haba merecido su buena suerte,
era un deber de todos sus vecinos felicitarlo.

Al aproximarse el cortejo nupcial una aclamacin cordial se elev en el
patio de la taberna, y Ben Winthrop, cuyas bromas haban conservado su
sabor agradable, opin que era conveniente entrar para recibir las
felicitaciones. No senta la necesidad de entrar a descansar un momento
en las Canteras, como le haban propuesto, antes de reunirse a los
invitados.

Eppie tena ahora un jardn mucho ms grande de lo que nunca haba
esperado poseer, y el propietario, seor Cass, haba hecho muchas
mejoras para responder a las necesidades de la familia Silas, vuelta ms
grande. Porque tanto sta como Eppie haban declarado que preferan
seguir viviendo en las Canteras a ir a ocupar otra casa. El jardn haba
sido cercado con piedras por ambos costados; pero al frente haba una
verja, a travs de la cual las flores brillaban con alegra para
contribuir a la felicidad de las cuatro personas unidas que discurran
frente a ellas.

--Padre mo--dijo Eppie--, qu linda casita tenemos! No creo que se
pueda ser ms feliz que nosotros.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Silas Marner, by George Eliot

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SILAS MARNER ***

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