Project Gutenberg's Los enemigos de la mujer, by Vicente Blasco Ibez

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Title: Los enemigos de la mujer

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: August 20, 2011 [EBook #37139]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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V. BLASCO IBAEZ

LOS ENEMIGOS

DE LA MUJER

OBRAS COMPLETAS

DE

V. BLASCO IBAEZ


LOS ENEMIGOS DE LA MUJER


                      OBRAS DEL AUTOR

     CON EL NMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAA[*]
       DE CADA UNA DE ELLAS, HASTA NOVIEMBRE DE 1924


    CUENTOS VALENCIANOS                      60.000 ejemplares.
    LA CONDENADA (cuentos)                   64.000     id.
    EN EL PAS DEL ARTE (viajes)             64.000     id.
    ARROZ Y TARTANA (novela)                 68.000     id.
    FLOR DE MAYO (novela)                    80.000     id.
    LA BARRACA (novela)                     104.000     id.
    SNNICA LA CORTESANA (novela)            56.000     id.
    ENTRE NARANJOS (novela)                  88.000     id.
    CAAS Y BARRO (novela)                   64.000     id.
    LA CATEDRAL (novela)                     72.000     id.
    EL INTRUSO (novela)                      56.000     id.
    LA BODEGA (novela)                       60.000     id.
    LA HORDA (novela)                        44.000     id.
    LA MAJA DESNUDA (novela)                 49.000     id.
    ORIENTE (viajes)                         52.000     id.
    SANGRE Y ARENA (novela)                 186.000     id.
    LOS MUERTOS MANDAN (novela)              56.000     id.
    LUNA BENAMOR (novelas)                   48.000     id.
    LOS ARGONAUTAS (novela).--Dos tomos      48.000     id.
    LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS      164.000     id.
    MARE NOSTRUM (novela)                   104.000     id.
    LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela)       100.000     id.
    EL MILITARISMO MEJICANO (artculos)      40.000     id.
    EL PRSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas)      44.000     id.
    EL PARASO DE LAS MUJERES (novela)       36.000     id.
    LA TIERRA DE TODOS (novela)              66.000     id.
    LA REINA CALAFIA (novela)                60.000     id.
    NOVELAS DE LA COSTA AZUL                 20.000     id.
    LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA      40.000     id.


            NOVELAS DE PRXIMA PUBLICACIN

                    EL PAPA DEL MAR.

                   LOS PIES DE VENUS.

               LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.

                   EL ORO Y LA MUERTE.

[*] En muchas repblicas de la Amrica de habla espaola se han
publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.




OBRAS COMPLETAS DE VICENTE BLASCO IBAEZ


LOS

ENEMIGOS

DE LA MUJER

(NOVELA)


97.000 EJEMPLARES


[Illustration: colofn]


PROMETEO

Germanas, 33.--VALENCIA

(Published in Spain)

ES PROPIEDAD.--Reservados todos
los derechos de reproduccin, traduccin
y adaptacin.

Copyright 1919, by V. Blasco Ibez.




AL LECTOR


En 1918, casi al final de la guerra europea, ca repentinamente enfermo
por exceso de trabajo.

Haba realizado un esfuerzo enorme escribiendo para los peridicos de
Espaa y Amrica numerosos artculos, un cuaderno todas las semanas de
mi _Historia de la Guerra_ y dos novelas, _Los cuatro jinetes del
Apocalipsis_ y _Mare nostrum_. Adems hice muchas traducciones y otras
labores literarias obscuras para la propaganda en favor de los Aliados.

Durante cuatro aos trabaj doce horas diarias, sin ningn da de
descanso. Hubo semanas extraordinarias en las que an fu ms larga mi
jornada.  esta tarea excesiva y abrumadora, que lentamente iba agotando
mis fuerzas, haba que aadir las privaciones  inquietudes de la vida
anormal que llevbamos los habitantes de Pars: mala comida, escasez de
carbn, alumbrado defectuoso, noches en vela por las seales de alarma y
el bullicio de la gente al anunciarse un ataque areo de los Gothas.

El fro de dos inviernos crudos, pasados casi sin calefaccin, y el
exceso de trabajo, acabaron con mi salud, y por consejo de los mdicos
me traslad  la Costa Azul. No por tal cambio de ambiente dej de
trabajar. Como en Pars escaseaba el combustible, fu en busca del calor
del sol que nunca falta  orillas del Mediterrneo. Esto fu todo.

Me instal en Niza, por unas semanas nada ms. Como necesitaba seguir
trabajando, me sent atrado por la soledad brava del Cap-Ferrat,
pennsula que avanza en el mar su lomo cubierto de pinos. Durante unos
meses viv en el Gran Hotel del Cap Ferrat como en un convento
abandonado. Muchos das fu su nico husped, llevando una vida de
familia con su director y sus escasos domsticos.

Acababa de escribir _Mare nostrum_, y la soledad de esta costa junto al
frecuentado camino de Niza  Monte-Carlo pareca armonizarse con los
recuerdos de mi novela reciente. Pero las noticias del gran choque
europeo nos llegaban con enorme retraso, como si procediesen de un mundo
lejansimo. Adems, las privaciones, generales en toda Francia, an
resultaban mayores y ms penosas en este olvidado rincn.

Al fin me traslad al Principado monegasco, que vea diariamente desde
mis ventanas, avanzando su doble ciudad de Mnaco y Monte-Carlo sobre la
llanura azul del mar. Como era pas neutral, libre de los severos
reglamentos impuestos por la guerra, las gentes afluan  l en busca de
una existencia menos dura. Adems, los administradores de su clebre
Casino procuraban que los vveres, el carbn y la luz fuesen ms
abundantes que en las vecinas poblaciones francesas.

Apenas instalado en Monte-Carlo, vi con mis ojos de novelista un mundo
anormal que viva al margen de la guerra, queriendo ignorarla, para
mantener tranquilo su egosmo. Me admir la tenacidad y la ceguera de
los jugadores, que en das de alegra  incertidumbre, cuando se
disputaba sobre los campos de batalla el porvenir del mundo, slo
pensaban en sus combinaciones y sistemas favoritos, como si no
existiese en la tierra nada ms interesante.

Fu estudiando de cerca esta sociedad extraordinaria, que luego se ha
modificado exteriormente al volver los tiempos de paz, y as empez mi
composicin de LOS ENEMIGOS DE LA MUJER.

Casi todos los personajes que aparecen en la presente novela tienen algo
 mucho de real. Fueron observados directamente y son reflejos, ms 
menos fieles, de personas que an viven  murieron hace pocos aos.

Esto no significa que el lector deba creerlos exactamente iguales  los
tipos que me sirvieron de modelos, por haberlos copiado yo con una
minuciosidad material. El novelista es un pintor y no un fotgrafo. Las
ms de las veces, con varios personajes observados en la realidad
moldeamos uno solo. En otras ocasiones, un tipo complejo, estudiado
directamente, lo descomponemos en varios, repartiendo sus diversas
facultades entre numerosos hijos de nuestra imaginacin.

Con arreglo  la conocida frmula, copi la realidad vindola  travs
de mi temperamento,  ms claramente dicho, la interpret como me
pareci mejor, con arreglo  mis ideas y gustos.

Las desfiguraciones que impuse  la realidad no han impedido  ciertos
habitantes de la Costa Azul reconocer el origen de mis personajes.

Muchos de los que frecuentan el Casino de Monte-Carlo sealan  un gran
seor de origen ruso, y afirman que es el prncipe Lubimoff de LOS
ENEMIGOS DE LA MUJER. En un cementerio que existe junto al camino de
Monte-Carlo  La Turbie, muestran la tumba de la duquesa Alicia. Un
_gentleman_ aviejado y cada vez ms flaco, que juega y pierde en los
primeros das de todos los meses, dice con desesperacin  los que le
escuchan, cuando ve desaparecer sobre el tapete sus ltimas fichas:

--Yo soy el lord Lewis que aparece en ese libro sobre Monte-Carlo,
escrito por Ibanez, el novelista espaol.

V. B. I.

1923.




LOS ENEMIGOS DE LA MUJER




I


El prncipe repiti su afirmacin:

--La gran sabidura del hombre es no necesitar  la mujer.

Quiso seguir, pero no pudo. Temblaron levemente los amplios ventanales,
cortados en su parte baja por el intenso azul del Mediterrneo. Entr en
el comedor un estrpito amortiguado que pareca venir de la otra fachada
del edificio, frente  los Alpes. Esta vibracin, ensordecida por muros,
cortinajes y alfombras, era discreta, lejana, como el funcionamiento de
una mquina subterrnea; pero un clamoreo humano, una explosin de
gritos y silbidos dominaba el rodar del acero y los bufidos del vapor.

--Un tren de soldados!--exclam don Marcos Toledo abandonando su
asiento.

--Este coronel, siempre hroe, siempre entusiasta de las cosas de su
profesin--dijo Atilio Castro con sonrisa burlona.

El llamado coronel se coloc casi de un salto,  pesar de sus aos,
junto  la ventana lateral ms prxima. Alcanzaba  ver sobre el follaje
del gran jardn en declive una pequea seccin del ferrocarril de la
Cornisa sumindose en la boca ahumada de un tnel. Luego volva 
reaparecer al otro lado de la colina, entre las arboledas y los
sonrosados palacetes del Cap-Martin. Los rieles ondulaban luminosamente
bajo el sol como dos regueros de metal lquido. An no haba llegado el
tren  este lado, pero su estrpito creciente pareca animar el paisaje.
Las ventanas de las casas de campo, las terrazas de las villas, se
punteaban de negro con la salida de las gentes que abandonaban la mesa
del almuerzo. Banderas de diversos colores empezaron  ondear en
edificios y tapias  ambos lados de la va, desde media falda de la
montaa hasta la ribera del mar.

Don Marcos corri  la ventana opuesta. Aqu, el paisaje era urbano.
Todo lo que alcanzaba la vista estaba bajo techo, sin otra concesin 
las expansiones del suelo que los aislados mechones verdes de los
jardines irguindose entra masas de tejas rojas. Era como un decorado de
teatro, partido en varios trminos: primero las villas sueltas
rodeadas de rboles, con balaustres blancos y chorreando flores sus
murallas; luego el ncleo de Monte-Carlo, sus hoteles enormes erizados
de cpulas y torrecillas, y en el fondo, esfumados por la distancia y el
polvo dorado flotante en la atmsfera, el pen de Mnaco y sus paseos,
la enorme masa del Museo Oceanogrfico, la catedral, de un blanco crudo
y reciente, y las torres cuadradas y almenadas del palacio del Prncipe.
La edificacin suba desde la ribera martima  la mitad de las
montaas. Era un Estado sin campos, sin tierra libre, todo cubierto de
casas de una frontera  otra.

Pero don Marcos llevaba muchos aos de familiaridad con esta vista, y
busc inmediatamente lo que haba en ella de extraordinario. Un tren
enorme, interminable, avanzaba lentamente por la costa. Cont en voz
alta ms de cuarenta vagones, sin poder llegar al trmino del convoy,
oculto an por una revuelta.

--Debe ser un batalln... todo un batalln en pie de guerra. Ms de mil
soldados--dijo con autoridad, satisfecho de mostrar su buen ojo
profesional ante los compaeros de mesa, que no le oan.

El tren estaba repleto de hombres, pequeas figuras de un gris
amarillento que llenaban las ventanas de los vagones y ocupaban las
portezuelas y los estribos, con las piernas colgando sobre la va. Otros
se agolpaban en los furgones de ganado  se mantenan de pie sobre las
plataformas descubiertas, entre los carros militares y las
ametralladoras enfundadas. Muchos se haban subido  los techos de los
vagones, y saludaban abiertos de brazos y piernas como una X. Casi todos
se haban puesto en cuerpo de camisa, con las mangas dobladas sobre los
brazos, lo mismo que los marineros cuando se preparan para una maniobra.

--Son ingleses!--exclam don Marcos--. Ingleses que van  Italia!

Esta indicacin fu mal acogida por el prncipe, que le tuteaba  pesar
de la diferencia de edad.

--No seas tonto, coronel. Cualquiera los conoce. Son los nicos que
silban.

Asintieron los otros tres sentados  la mesa. Todos los das pasaban
trenes militares, y desde lejos se poda adivinar la nacionalidad de los
hombres que los ocupaban.

--Los franceses--dijo Castro--pasan callados. Llevan tres aos y pico de
lucha en su propio suelo. Son silenciosos y sombros, como el deber
montono  interminable. Los italianos que vienen al frente francs
cantan y adornan sus trenes con ramajes y flores. Los ingleses gritan
como un colegio en libertad, y silban, silban para expresar su
entusiasmo. Son los muchachos de esta guerra; van  la muerte con un
entusiasmo pueril.

Se aproxim la silba, con una estridencia de aquelarre. Fu pasando
entre la montaa y los jardines de Villa-Sirena; luego se alej por el
lado opuesto, con direccin  Italia, disminuyendo paulatinamente al ser
tragada por el tnel. Toledo, que era el nico que presenciaba el paso
del tren, vi cmo se animaban casas, jardines y pequeas huertas  los
dos lados de la va. Braceaban las gentes agitando pauelos y banderas
para contestar  los silbidos de los ingleses. Hasta en la orilla
mediterrnea, los pescadores, puestos de pie en los bancos de sus botes,
tremolaban las gorras mirando al lejano tren. El inquieto odo de don
Marcos adivin un leve correteo en el piso superior. La servidumbre
abra sin duda las ventanas para unirse con un entusiasmo silencioso 
esta despedida.

Cuando slo quedaban visibles unos pocos vagones en la boca del tnel,
el coronel volvi  ocupar su asiento en la mesa.

--Mas carne al matadero!--dijo Atilio Castro mirando al prncipe--.
Pas el escndalo. Contina, Miguel.

Dos criados jvenes, dos muchachos italianos, imberbes y de ademanes
torpes, vestidos con unos fracs que les venan algo grandes, sirvieron
los postres del almuerzo, bajo la mirada autoritaria de Toledo.

Este examinaba igualmente la mesa y los tres convidados, como si temiera
notar de pronto un olvido, algo que demostrase la improvisacin del
almuerzo. Era el primero que se daba en Villa-Sirena despus de dos
aos.

La vspera haba llegado de Pars el dueo de la casa, el prncipe
Miguel Fedor Lubimoff, que ocupaba ahora la cabecera de la mesa.

Era un hombre todava joven, con el cuidado vigor que proporciona una
vida de ejercicios fsicos: alto, membrudo y esbelto, la tez morena,
grandes ojos grises y el rostro largo, completamente afeitado. Las canas
esparcidas en sus sienes--que an parecan ms numerosas al contrastar
con el negro azulado de su cabeza--, unas cuantas arrugas precoces en
las comisuras de sus ojos y dos surcos profundos que se abran desde las
alillas de su nariz, demasiado ancha, hasta tocar los extremos de su
boca, parecan denunciar el primer cansancio de un organismo poderoso
que ha vivido con demasiada intensidad, por considerar sus fuerzas sin
lmites.

El coronel le llamaba Alteza, como si fuese de una familia reinante y
no un simple prncipe ruso. Pero esto era cuando haba alguien presente,
por una costumbre adquirida en tiempos de la difunta princesa Lubimoff,
y para sostener el prestigio del hijo, al que conoca desde nio. En la
intimidad, cuando estaban solos, prefera llamarle marqus, marqus de
Villablanca, sin que el prncipe consiguiera torcer con sus burlas este
orden establecido por don Marcos en las categoras de su respeto. El
principado ruso era para los dems, para las gentes que se deslumbran
con la amplitud de los ttulos, sin saber apreciar su mrito y su
origen; l prefera, como algo ms noble, el marquesado espaol,  pesar
de que todos lo ignoraban en Espaa, por carecer de consagracin
oficial.

A los tres convidados del prncipe Miguel los conoca Toledo.

Atilio Castro era un compatriota, un espaol que haba pasado la mayor
parte de su existencia fuera de su pas. Trataba al prncipe con gran
confianza y hasta le tuteaba,  causa de un parentesco lejano. El
coronel tena una vaga idea de que haba sido cnsul en alguna parte,
pero por breve tiempo. Continuamente le haca objeto de sus burlas, que
l tardaba en descubrir. Pero no senta rencor por ellas, viendo que Su
Alteza las celebraba mucho.

--Hermoso corazn!--deca al hablar de Castro--. Ha llevado una vida
poco ejemplar, es un terrible jugador... pero un caballero, lo que se
llama un caballero!

Miguel Fedor defina de otro modo  su pariente:

--Tiene todos los vicios y ningn defecto.

Don Marcos nunca pudo entender esto, pero lo acept como un nuevo motivo
para apreciar  Castro.

Slo contaba el prncipe dos  tres aos ms que l, y sin embargo
parecan separados por una diferencia de edad mucho mayor. Castro iba
ms all de los treinta y cinco aos, y algunos le suponan veintitrs.
Su rostro, de ingenua expresin, algo aniado, slo adquira cierta
respetabilidad viril gracias  un bigote rubio obscuro, recortado como
un cepillo de dientes. Este exiguo bigote y la raya correcta que parta
sus cabellos en dos masas idnticas y lustrosas eran los detalles ms
visibles de su fisonoma en momentos de tranquilidad. Si se alteraba su
humor--lo que ocurra muy de tarde en tarde--, el brillo de sus ojos, la
contraccin de su boca, las arrugas precoces de sus sienes, le daban un
aspecto inquietante, y diez aos ms caan sobre l de golpe.

--Malo para enemigo--afirmaba el coronel--. Es hombre que no conviene
tenor enfrente.

Y no por miedo, sino por espontnea admiracin, celebraba sus talentos.
Haca versos, pintaba acuarelas, improvisaba romanzas en el piano, daba
consejos sobre muebles y trajes, conoca las antigedades. Don Marcos no
encontraba lmites  su inteligencia.

--Lo sabe todo--deca--. Si pudiera fijarse en una sola cosa!... Si
quisiera trabajar!

Vestido siempre con elegancia, viviendo en hoteles caros y sin ninguna
renta conocida, el coronel sospechaba una serie de emprstitos amistosos
hechos al prncipe. Pero ste haba permanecido ausente de Monte-Carlo
casi desde el principio de la guerra, y don Marcos encontraba  Castro
todos los inviernos instalado en el Hotel de Pars, apuntando en el
Casino, tratndose con gentes ricas. Unas cuantas veces, al verse junto
 la ruleta, le haba pedido prestados diez luises, necesidad
imperiosa de jugador que acaba de quedar limpio y ansa desquitarse;
pero, con ms  menos retraso, se los haba devuelto siempre. Su vida
tena un fondo misterioso, segn don Marcos.

Los otros dos convidados le parecan de una existencia menos complicada.
El ms antiguo en la casa era un joven moreno, casi cobrizo, pequeo de
cuerpo, con luengas y lacias melenas. Tefilo Spadoni, famoso pianista,
hijo de italianos--esto era indiscutible--, pero nacido, segn l, unas
veces en el Cairo, otras en Atenas  en Constantinopla, en todas las
ciudades adonde haba emigrado su padre, pobre sastre napolitano. Tales
vaguedades y distracciones no resultaban extraordinarias en este
ejecutante prodigioso, que as que se levantaba del piano era una
especie de sonmbulo, incapaz de adaptarse regularmente  ninguna
funcin de la vida. Luego de dar conciertos en las grandes capitales de
Europa y Amrica del Sur, se haba quedado en Monte-Carlo, con una
inmovilidad que l atribua  la guerra y don Marcos achacaba  su
aficin al juego. El prncipe le conoca por haberle llevado  bordo de
su gran yate _Gaviota II_, en un viaje alrededor de la tierra, formando
parte de su orquesta.

Al lado del dueo estaba el ltimo convidado, el ms reciente en la
casa, un joven plido, larguirucho y miope, que miraba  todos lados con
timidez, conteniendo sus movimientos. Era un profesor espaol, un doctor
en ciencias, Carlos Novoa, pensionado por el gobierno de su pas para
hacer estudios de la fauna martima en el Museo Oceanogrfico. El
coronel, que viva muchos aos en Monte-Carlo sin tropezarse con otros
compatriotas que los que encontraba alrededor de las mesas de ruleta,
haba sentido un orgullo patritico al conocer  este profesor, dos
meses antes.

--Un sabio!... un famoso sabio!--exclamaba al hablar de su nuevo
amigo--. Para que digan luego que todos los espaoles somos brutos...

No poda explicar qu sabidura era la de su compatriota. Es ms: desde
sus primeras conversaciones haba adivinado que el profesor era de ideas
opuestas  las suyas. Un descredo de los que no tienen ms Dios que la
materia, se dijo. Pero aadi  guisa de consuelo: Todos estos sabios
son as: liberales  impos. Qu hacerle!... En cuanto  su fama, la
tena por indiscutible. Slo as poda comprender que lo hubiesen
enviado  aquel Museo de Mnaco, enorme y blanco como una catedral,
cuyas salas haba visitado una sola vez, con un respeto que le impeda
volver.

Cuando el profesor iba de tarde en tarde  Monte-Carlo, encontrndose en
el Casino con don Marcos, ste lo presentaba  sus amigos como una
celebridad nacional. As haba conocido  Castro y  Spadoni, los cuales
se limitaron  preguntarle si ganaba mucho en el juego.

Al anunciar el prncipe su llegada, Toledo oblig  su ilustre
compatriota  acompaarle  la estacin, para presentarlo sin perder
tiempo.

--Una gloria de nuestro pas... Su Alteza, que ama tanto las cosas de
Espaa!

Miguel Fedor haba pasado en los mares una parte considerable de su
vida, y simpatiz con este joven modesto al conocer la especialidad de
sus estudios.

Hablaron largamente de oceanografa, y el da anterior, el prncipe
Miguel, que estaba habituado  tener una gran mesa por la que desfilaban
los comensales ms diversos, dijo  su chambeln:

--Muy simptico tu sabio. Invtalo  almorzar.

Los convidados hablaban todos el espaol. Spadoni poda seguir la
conversacin con lo que haba aprendido en Buenos Aires, Santiago de
Chile y otras capitales de la Amrica del Sur cuando segua dando
recitales de piano  un empresario que al fin se cans de explotarle
y de luchar con su inconsciencia.

Al empezar el almuerzo, haba notado el coronel en el rostro de su
prncipe la preocupacin de una idea fija. Hablaba preferentemente con
el profesor Novoa, asombrndose de la exigua retribucin que le valan
sus estudios. Castro y Spadoni slo atendan  los platos. Ya no eran
obra de un cocinero famoso al que daba el prncipe Miguel el sueldo de
un presidente de Consejo de ministros. El maestro haba sido
movilizado por la guerra, y  la sazn haca la cocina de un general en
el frente francs. Toledo haba sabido descubrir despus  una
cincuentona, menos variada en sus combinaciones que el artista
arrebatado por la guerra, pero ms clsica, ms slida y substanciosa,
y los dos coman con ese regodeamiento de los eternos abonados 
restoranes y hoteles cuando se ven ante una mesa sin economa y engaos.

Cerca de los postres, la conversacin, que era ya general, recay sobre
las mujeres, como ocurre en toda comida de hombres solos. Toledo tuvo la
sospecha de que el prncipe haba empujado dulcemente  sus comensales 
hablar de esto. De pronto, Miguel resumi su opinin diciendo por dos
veces:

--La gran sabidura del hombre es no necesitar  la mujer.

Y  continuacin haba pasado el tren de soldados ingleses como una nube
de gritos y silbidos.

Atilio Castro dej que se perdiese en el tnel el ltimo vagn, y dijo
con una sonrisa algo irnica:

--Esos silbidos parecen un comentario  tu hermosa frase; pero no hagas
caso de opiniones groseras. Lo que has dicho me interesa. T abominando
de las mujeres, que las has tenido  miles!... Contina, Miguel.

Pero el prncipe torci el curso de la conversacin. Habl de sus
impresiones al llegar  Villa-Sirena despus de una larga ausencia. De
la vida anterior  la guerra slo quedaban el edificio y los jardines.
Toda la servidumbre masculina estaba movilizada: unos en el ejrcito
francs, otros en el italiano. Al da siguiente de su llegada,
maquinalmente haba pedido el automvil para ir  Monte-Carlo. No le
faltaban vehculos. Tres de las mejores marcas estaban como olvidados en
su _garage_. Pero los mecnicos tambin hacan la guerra, y adems no
haba esencia y era necesario un permiso para correr por los caminos...
Total: que haba tenido que esperar el tranva de Mentn ante la verja
de su jardn. Una novedad para l, un medio de locomocin interesante.
Crey caer en un mundo olvidado al verse entre los pasajeros populares.
Le molestaba la curiosidad general. Todos se repetan en voz baja su
nombre; hasta el conductor mostr cierta emocin al ver en su coche al
propietario de Villa-Sirena.

--Y lo peor de todo, queridos amigos, es que estoy arruinado.

Spadoni abri desmesuradamente sus ojos negros, como si oyese algo
inaudito y absurdo. Castro sonri con incredulidad.

--Arruinado t?... Me contentara con la dcima parte de tus escombros.

El prncipe asinti. Era como esos enormes trasatlnticos que, al
naufragar, hacen la fortuna con sus despojos de todo un pueblo de
miserables instalado en la orilla. Pero esta relatividad de la suerte no
evitaba que su ruina fuese cierta.

--Por lo que dir despus, necesito no ocultar mi situacin. Hace unas
semanas he vendido en Pars el palacio que construy mi madre. Me lo ha
comprado un nuevo rico. Yo, con la guerra, voy  ser un nuevo pobre.
T sabes, Atilio, lo que me pasa desde que empez esta pelea de
naciones. A los primeros caonazos me enviaron de Rusia la octava parte
de las rentas que tena en tiempos de paz: luego, mucho menos. La
revolucin todava recort de un modo alarmante mis ingresos. Ahora, con
el compaero Lenine y la bandera roja, no llega nada, absolutamente
nada. No conozco siquiera la suerte de mis casas, de mis campos, de las
minas... Nada s tampoco de los que administraban all mi fortuna. Sin
duda los han asesinado...

El coronel levant los ojos al techo: La revolucin!... La falta de
un amo!

--Un rico como t--dijo Castro--siempre tiene reservas en los Bancos,
siempre encuentra quien le preste hasta que lleguen tiempos mejores.

--Tal vez; pero eso para m casi representa la miseria. Mi administrador
me ha dicho, al salir de Pars, que debo limitar mis gastos, vivir con
arreglo  mis ingresos actuales. Cunto tengo?... No lo s. El mismo
tampoco lo sabe. Est haciendo un balance de mi situacin, cobrando 
unos, pagando  otros, pues, segn parece, yo tena muchas deudas. A los
millonarios nadie les exige con premura el pago de lo que deben... En
fin, tendr que vivir como un prncipe arruinado, con trescientos mil
francos al ao; tal vez ms... tal vez menos. No s.

Castro y Spadoni hicieron un gesto nostlgico al oir dicha suma. Novoa
mir con respeto  este hombre que se llamaba su amigo y se crea en la
miseria con trescientos mil francos anuales.

--Mi administrador--continu el prncipe--me habl de vender
Villa-Sirena lo mismo que el palacio de Pars. Parece que el nuevo
rico quiere quedarse con todo lo mo. Liquidacin completa!... Pero yo
me he opuesto. Este rincn es mo; lo he formado yo. Adems, la vida
resulta imposible en el mundo, la guerra lo amarga todo. La existencia
en Pars es triste. No hay gente, no hay luz: los Gothas tienen
inquietas y nerviosas  las personas de nuestro mundo y las hacen
emigrar... Y he pensado instalarme aqu hasta que termine la demencia
europea.

--Va para largo--dijo Castro.

--As lo creo. Este es un rincn agradable, un refugio dulce, que an
hace ms grato la egosta consideracin de que  estas horas sufren toda
clase de penalidades millones de hombres y mueren unos cuantos miles por
da... Pero de todos modos, no es lo mismo que antes. Hasta el
Mediterrneo resulta otro. Apenas se oculta el sol, mi buen coronel
tiene que enmascarar con negros cortinajes las ventanas y puertas que
dan al mar, para que los submarinos alemanes no se guen por nuestras
luces... Ay! Dnde estn los hermosos das de la paz? Las fiestas que
hemos dado aqu! Las veladas en el _Gaviota II_ cuando estaba anclado
en el puerto de Mnaco!...

Castro qued con los ojos vagos, como si soase despierto. Vi en su
imaginacin los jardines de Villa-Sirena dulcemente iluminados,
envueltos en un halo lcteo que se desplomaba sobre las invisibles olas
lo mismo que un reflejo lunar. Los ventanales estaban rojos, esparciendo
en la clida lobreguez de la noche risas, gritos, suspiros de violines,
romanzas amorosas que denunciaban un cuello femenil, blanco y
voluptuoso, hinchado por el deseo y por la msica. Las gotas de luz
perdidas en el infinito cambiaban sus parpadeos con las estrellas
elctricas medio ocultas en los negros follajes. Parejas enlazadas y de
paso lento desaparecan en las penumbras del jardn. Todas haban pasado
por all: artistas clebres de Pars, de Londres  de Viena; hermosas
_snobs_ de los dos hemisferios; seoras del gran mundo, sonrientes como
esclavas ante el potentado que poda saldar sus deudas con una firma.
Ah, las noches pompeyanas de Villa-Sirena!...

Spadoni vea el _Gaviota II_, palacio  hlice, que, cuando anclaba en
el gracioso puerto de La Condamine, pareca llenarlo por entero,
empequeeciendo el yate del prncipe de Mnaco y los de los millonarios
americanos; alczar de _Las mil y una noches_ rematado por dos
chimeneas, que paseaba por todos los mares del planeta sus gabinetes con
fuentes y estatuas, su biblioteca enorme, su saln de fiestas con un
estrado-escenario en el que cincuenta msicos, muchos de ellos clebres,
daban conciertos para un solo oyente visible, el prncipe Miguel, medio
tendido en un divn, mientras la brisa de los trpicos entraba por las
altas ventanas, acariciando las cabezas de los oficiales y altos
empleados del buque que se agolpaban en sus alfizares. El pianista vea
los puertos solitarios de los pases histricos y muertos, con sus
rondas de gaviotas sobre la tranquila copa azul; las bahas gigantescas
llenas de humo y actividad de la Amrica del Norte; las riberas
antillanas, con sus bosques de cocoteros, negros sobre un cielo
enrojecido por el ocaso; las islas del Pacfico, de duro coral, formando
un anillo en torno de un lago interior... Y aquel mago omnipotente
confesaba la prdida de sus riquezas!...

El prncipe, como si adivinase sus pensamientos, aadi:

--Todo eso ha terminado: no s si por muchos aos  para siempre... Y
aunque vuelvan  ser las cosas algn da como fueron antes de la guerra,
cunto tendremos que esperar!... Tal vez muera yo antes... Por eso voy
 hacer una proposicin.

Se detuvo un momento, apreciando la curiosidad en los ojos de sus
oyentes.

Luego pregunt  Atilio:

--Ests contento de tu vida actual?...

A pesar de su tranquilidad sonriente y burlona, Castro hizo un
movimiento de sorpresa, como si le escandalizase esta pregunta. Su vida
era insufrible. La guerra haba trastornado sus costumbres y placeres,
esparciendo  todos los vientos sus amistades. Ignoraba la suerte de
cientos de personas de diversa nacionalidad que llenaban su existencia
aos antes y sin las cuales hubiera credo imposible vivir.

--Adems, tengo menos dinero que nunca. Permanezco en Monte-Carlo porque
aqu juego; y aunque siempre acabo por perder (como pierden todos), algo
me queda entre las uas que me ayuda  vivir... Pero qu existencia!

Mir  Novoa como si le inspirase recelo su reciente amistad, pero luego
hizo un gesto de resolucin.

--Debo hablar con entera confianza. El profesor nos deca hace poco lo
que gana: unas quinientas pesetas al mes; menos que cualquier empleado
del Casino. Yo voy  ser franco igualmente. Vivo en el Hotel de Pars:
Atilio Castro no puede estar alojado en otra parte: debe conservar sus
amistades. Pero paso grandes apuros muchas semanas para pagar mi cuarto,
y como en malos restoranes, en bodegones italianos, cuando no me
convidan. La cama me cuesta tres  cuatro veces ms que la mesa. Las
tardes malas, en que pierdo hasta la ltima ficha, me contento con un
emparedado de jamn  crdito en el _bar_ del Casino. Yo soy de la
escuela de un jugador de Madrid al que llambamos el maestro, y que
nos deca: Jvenes, el dinero se ha hecho para jugar: y lo que quede,
para comer.

--Y sin embargo, t amas la buena mesa--dijo el prncipe.

Las lamentaciones de Castro tomaron una gravedad cmica. Con la guerra
se haban olvidado las buenas costumbres. Nadie tena casa; todos vivan
en el hotel, y las escaseces del momento servan de pretexto para que
los dueos de los Palaces lujosos diesen comidas de fign, escasas y
malas. Un convite slo serva para engaar el hambre.

--Hace muchos meses, tal vez aos, que no he comido como hoy, y eso que
me he sentado  las mesas de todos los grandes hoteles de la Costa Azul.
Ya no crea que existiesen en el mundo pollos como los que nos han
servido. Los consideraba pjaros de ensueo, aves mitolgicas.

El coronel sonri, inclinando la cabeza como si recibiese un elogio.

--Y t, Spadoni--sigui preguntando el prncipe--, vives bien?

--Alteza... yo... yo...--dijo el msico balbuceando ante la repentina
pregunta.

Castro intervino para sacarle adelante.

--El amigo Spadoni, como pianista, encuentra siempre mesa franca en las
villas de unas cuantas seoras valetudinarias y melmanas que habitan
en Cap-Martin. Le convidan tambin con frecuencia unos ingleses de Niza.
Tampoco tiene que preocuparse de pagar hotel. Dispone de toda una
villa, grande, elegante, bien amueblada, que le dan como sepulturero.

Novoa hizo un movimiento de asombro al oir esto.

--As es--continu Atilio--. Disfruta de una casa magnfica,  cambio de
guardar una tumba.

--Oh, seor profesor!... No le haga caso--gimi el msico con una
expresin de vctima.

--Pero  todas estas ventajas--sigui diciendo Castro--une un terrible
inconveniente: es ms jugador que yo. En el Casino tiene un mote: el
seor del 5. No juega otro nmero. Todo lo que pilla lo pone al 5, y lo
pierde. Yo soy el seor del 17, y me va tan mal como  l... Adems,
tiene  sus amigos los ingleses. Unos tipos! Todos los das vienen de
Niza en un land de dos caballos, y como si no tuviesen bastante con el
juego del Casino, se colocan una tabla forrada de verde sobre las
rodillas y sacan la baraja. Jugar al _poker_ ante el paisaje de la
Cornisa, que las gentes vienen  ver de todas las partes del mundo!... Y
nuestro artista, cuando hace el cuarto con los dos ingleses y una vieja
_miss_, pierde ante el Mediterrneo, dorado por la puesta de sol, todo
lo que le ha producido algn concierto en Cannes  en Monte-Carlo.

Spadoni intent hablar, pero se contuvo viendo que el prncipe se
diriga  Novoa.

--A usted no le pregunto: conozco su situacin. Vive en el viejo Mnaco,
en la casa de un empleado del Museo, y su alojamiento no debe ser gran
cosa. Adems, como deca Atilio, gana usted mucho menos que un
_croupier_ del Casino.

Y mirando  sus convidados, aadi:

--Lo que yo quiero proponerles es que vivan conmigo. La invitacin
resulta egosta, no lo oculto. Pienso permanecer aqu hasta que se
restablezca la tranquilidad de Europa y la vida vuelva  ser agradable.
Slo con mi coronel, acabaramos por odiarnos los dos. Ustedes me
acompaarn en mi agujero.

Quedaron los tres estupefactos por la inesperada proposicin. Novoa fu
el primero en recobrar la palabra.

--Prncipe, usted apenas me conoce. Nos vimos por primera vez hace tres
das... No s si debo...

Le interrumpi el prncipe con voz algo seca y un ademn imperioso de
hombre acostumbrado  no admitir objeciones.

--Nos conocemos hace muchos aos; nos conocemos toda la vida.

Luego aadi con un tono halagador:

--No es gran cosa lo que ofrezco. La servidumbre resulta escasa. No hay
ms criados que mi viejo ayuda de cmara y esos dos monigotes italianos
que ha podido reclutar el coronel. Todo el resto del servicio lo hacen
mujeres... Pero aun as, nuestra vida ser agradable. Nos aislaremos del
mundo, que est loco; no hablaremos de la guerra. Llevaremos una
existencia plcida y cmoda, como en aquellas abadas que durante la
Edad Media fueron frescos oasis de tranquilidad y de estudio en medio de
violencias y matanzas. Comeremos bien; el coronel me responde de ello.
La biblioteca del yate est aqu: al vender el buque orden  don Marcos
que la instalase en el ltimo piso. El amigo Novoa va  encontrar libros
que tal vez no conoce. Cada uno har lo que quiera; monjes libres, sin
otra obligacin que la de acudir  la hora de refectorio. Y si el seor
del 5  el seor del 17 quieren dar una vuelta por el Casino, podrn
hacerlo, y alguien se encargar de llenarles los bolsillos. Hay que dar
algo al vicio, qu diablo! Sin los vicios, la vida no valdra la pena
de ser vivida.

Un silencio de aprobacin acogi estas palabras del dueo de
Villa-Sirena.

--Lo nico que exijo--continu el prncipe despus de una larga
pausa--es que vivamos solos, entre hombres. Nada de mujeres! La mujer
debe quedar excluda de nuestra existencia en comn.

El pianista abri los ojos con asombro; Castro se removi en su asiento;
Novoa se quit los lentes con un gesto maquinal de sorpresa, volviendo
en seguida  montarlos en su nariz.

Hubo otro silencio.

--Eso que propones--dijo al fin Atilio sonriendo--me recuerda una
comedia de Shakespeare. Nada de mujeres! Y el protagonista acaba por
casarse.

--La conozco--contest el prncipe--; pero no acostumbro  ajustar mi
vida  las comedias, ni creo en sus enseanzas. Puedo asegurarte que no
me casar, aunque con ello desmienta  Shakespeare y al rey francs de
cuya crnica sac el argumento de su obra.

--Pero lo que pretendes es absurdo--prosigui Castro--. Yo no s lo que
pensarn los dems, pero impedirme  m que...!

Y con el gesto complet su protesta.

Despus, al ver que el prncipe haba quedado pensativo, aadi:

--Cmo se conoce que ests harto!... Has conseguido en tu vida cuanto
deseaste, y ahora quieres imponernos...

El prncipe, como si no le hubiese escuchado durante su ensimismamiento,
le interrumpi:

--Ya que no puedes vivir sin eso... sea! No tengo empeo en
martirizarte. Contina siendo esclavo de una necesidad que es obra ms
de la imaginacin que del deseo. Ahora que conozco verdaderamente la
vida, me asombro de que los hombres hagan tantas necedades por el
descubrimiento y posesin de treinta centmetros de piel oculta. Puedes
satisfacer tu fantasa cuando gustes... pero nada de mujeres!

Los tres oyentes se miraron con asombro, y hasta el coronel, que se
mantena impasible siempre que hablaba su seor, mostr en sus ojos
cierta sorpresa. Qu quera decir el prncipe?...

--T no ignoras, Atilio, lo que es una mujer. En la mayor parte de los
pueblos de la tierra slo existen hembras: jvenes y viejas, pero no hay
mujeres. La mujer, la verdadera mujer, es un producto artificial de las
civilizaciones maduras, algo como las flores de invernadero, de una
belleza complicada y perversa. Slo en las grandes ciudades que llegan 
ser decadentes, porque no pueden ir ms all, se encuentra  la mujer.
No siendo madre, como lo son las pobres hembras, da todo su tiempo al
amor, prolonga maravillosamente su juventud y piensa en inspirar
pasiones  la edad en que las otras viven como abuelas. A esa es  la
que yo temo! Si entra aqu, se acab nuestra sociedad, nuestra vida
tranquila y dulce.

Se levant de la mesa el prncipe, y todos hicieron lo mismo. El
almuerzo haba terminado y pasaron al _hall_ inmediato, donde estaba
servido el caf. Mir el coronel en torno con inquietud, examinando las
cajas de habanos, la enorme licorera con sus frascos de diversos colores
puestos en fila.

Mientras cortaba la punta de un cigarro, Lubimoff continu, dirigindose
siempre  Castro:

--Cuando desees... eso, te bastar con elegir en los alrededores del
Casino. Cien francos  doscientos; y luego, adis!... Pero las otras!
Las mujeres! Esas penetran en nuestra existencia, acaban por
dominarnos, quieren que nuestra vida se moldee en la suya. Su amor por
nosotros no es en el fondo mas que una vanidad igual  la del
conquistador que ama la tierra que ha hecho suya con violencia. Todas
ellas han ledo (casi siempre  tontas y  locas, pero han ledo), y las
tales lecturas dejan en su voluntad un residuo de deseos indefinidos, de
caprichos absurdos, que sirven para esclavizarnos  nosotros, que
tambin nos movemos  impulsos de viejas lecturas... Las conozco. He
encontrado demasiadas en mi vida. Si entran aqu mujeres de nuestro
mundo, se acab la paz. Me buscarn  m por curiosidad y por codicia,
pensando en mi historia y mi fortuna; os perturbarn entablando
rivalidades entre vosotros; ser imposible la vida que yo deseo...
Adems, somos pobres.

Atilio protest sonriendo: Oh! pobres!

--Pobres para hacer las locuras de antes--continu el prncipe--; y para
el amor se necesita dinero. Eso del amor desinteresado es una invencin
de las pobres gentes, que se consuelan con embustes. La moneda brilla en
el fondo de todo amor. Al principio no se piensa en tal cosa: el deseo
nos ciega; slo vemos lo inmediato, la dominacin de la persona
dulcemente adversaria. Pero en todo amor que se prolonga, se acaba por
dar dinero  por tomarlo.

--Tomar dinero de una mujer!... Nunca!--dijo Castro, perdiendo su
sonrisa irnica.

--Acabars por tomarlo si andas entre mujeres, siendo pobre. Las de
nuestra poca no tienen otra preocupacin que el dinero. Cuando su
amante es un hombre rico, se lo piden aunque posean una gran fortuna.
Creeran valer menos si no lo hiciesen. Y si les gusta un pobre, le
fuerzan  que reciba sus ddivas. Lo dominan mejor envilecindolo:
sienten con ello la satisfaccin egosta del que hace una limosna. La
mujer, eterna mendiga del hombre, experimenta el mayor de los orgullos,
se cree un ser extraordinario, una herona, cuando  su vez puede dar
dinero  uno del sexo que la ha mantenido siempre.

Novoa, con una taza en la mano, escuch atentamente al prncipe. Hablaba
de un mundo desconocido para l. Spadoni, con los ojos vagos, pensaba en
algo distante mientras sorba su caf.

--Ya lo sabes, Atilio--continu Lubimoff--: nada de mujeres!... As
llevaremos la gran vida. La maana libre; slo nos veremos  la hora del
almuerzo. Abajo, en nuestro puertecito, quedan varios botes. Pescaremos
 las horas de sol, remaremos. En las tardes, irs  tu Casino; tal vez
salga yo tambin para asistir  algn concierto. Se acerca la primavera.
Por las noches, sentados en una terraza, bajo las estrellas, el amigo
Novoa, sabio de nuestro convento, nos explicar las melodas del cielo;
y Spadoni, nuestro msico, se sentar al piano para deleitarnos con la
msica terrestre.

--Magnfico!--dijo Castro--. Casi eres un poeta al describir nuestra
vida futura. Me has convencido. Vamos  ser felices. Pero no olvido tu
permiso para la hembra y tu prohibicin de la mujer. Nada de faldas en
Villa-Sirena! Hombres nada ms, monjes con pantalones, egostas y
tolerantes, que se reunen para vivir dulcemente mientras arde el mundo.

Atilio se mantuvo pensativo unos instantes, y continu:

--Nos falta un nombre: nuestra comunidad debe tener un ttulo. Nos
llamaremos... nos llamaremos Los enemigos de la mujer.

Miguel sonri.

--Que el ttulo quede entre nosotros. Si lo saben fuera de aqu, podran
creer otra cosa.

Novoa, animado por su reciente confianza con unos hombres tan distintos
 los que haba tratado hasta entonces, acept el ttulo con aplauso.

--Yo confieso, seores, que, segn la distincin hecha por el prncipe,
no he conocido jams  una mujer. Pobres hembras... y pocas! Pero me
gusta el ttulo, y acepto ser uno de los enemigos de la mujer, aunque
la tal mujer no se pondr nunca ante mi paso.

Spadoni, como si despertase de pronto, se encar con Castro, continuando
en alta voz sus pensamientos.

--...Es una martingala que invent un lord ya difunto y que le hizo
ganar millones. Ayer me lo explicaron. Primeramente, pone usted...

--Ah, no, pianista del demonio!--clam Atilio--. Ya me explicar eso en
el Casino, si es que tengo la curiosidad de oirle. Me ha hecho usted
perder mucho con sus martingalas. Mejor es que siga con su nmero 5.

El coronel, que haba escuchado en silencio la conversacin sobre las
mujeres, pareci ligar dos ideas cuando Castro mencion el juego.

--Ayer tarde--dijo al prncipe con un tono algo misterioso--encontr en
el Casino  la duquesa...

Un gesto de muda interrogacin cort sus palabras. Qu duquesa?

--Haces bien en preguntarle, Miguel--dijo Atilio--. Tu chambeln es el
hombre mejor relacionado de la Costa Azul. Conoce duquesas y princesas 
docenas. Lo he visto comiendo en el Hotel de Pars con toda la vieja
nobleza de Francia que viene  Monte-Carlo para consolarse de lo que
tardan en volver sus antiguos reyes. En las salas privadas del Casino
besa manos llenas de arrugas y hace reverencias ante una porcin de
momias horribles con nombres antiguos y famosos. Unas le llaman
simplemente coronel; otras se lo presentan con el ttulo de ayudante
de campo del prncipe Lubimoff.

Don Marcos se irgui, ofendido por el tono zumbn con que se hablaba de
su gloria, y dijo altivamente:

--Seor de Castro, soy un viejo soldado de la legitimidad, he derramado
mi sangre por la santa tradicin, y nada tiene de particular que...

El prncipe, sabiendo por experiencia que su coronel no conoca el valor
del tiempo cuando empezaba  hablar de la legitimidad y de sangre
derramada, se apresur  interrumpirle.

--Bueno; ya lo sabemos. Pero qu duquesa es la que encontraste?...

--La seora duquesa de Delille. Me ha preguntado muchas veces por Su
Alteza, y al decirle yo que acababa de llegar, me di  entender que se
propone hacerle una visita.

Lubimoff contest con una simple exclamacin, quedando luego silencioso.

--Bien empezamos--dijo Castro riendo--. Nada de mujeres! E
inmediatamente el coronel nos anuncia la visita de una de ellas, y de
las ms temibles. Porque reconocers que la tal duquesa es una mujer de
las que t nos has pintado.

--No la recibir--dijo el prncipe resueltamente.

--Esa duquesa es prima tuya, segn creo.

--No hay tal parentesco. Su padre fu hermano del segundo marido de mi
madre. Pero nos hemos conocido de nios, y guardamos recprocamente un
recuerdo detestable. Cuando yo viva en Rusia se cas con un duque
francs. Sinti el mismo deseo que muchas ricas de Amrica: un gran
ttulo nobiliario para dar envidia  las amigas y brillar en Europa. Al
poco tiempo se separ, sealando al duque una pensin, que es lo que
deseaba tal vez el noble marido. No tengo por mujer apetecible  la tal
Alicia... Adems, ha vivido la vida  su gusto... casi tanto como yo. Su
reputacin se iguala con la ma. Hasta le atribuyen amores con personas
que no ha visto nunca, lo mismo que hacen conmigo... Me han dicho que en
los ltimos aos se exhiba con un muchachito, casi un nio... Ay! Nos
hacemos viejos!

--Yo los he visto en Pars--dijo Castro--; fu antes de la guerra.
Luego, en Monte-Carlo, la he encontrado siempre sola, sin divisar  su
jovenzuelo por ninguna parte. Debi ser un capricho... Lleva tres
inviernos aqu. Cuando llega el verano se traslada  Aix-les-Bains  
Biarritz; pero apenas el Casino recobra su esplendor, vuelve de las
primeras.

--Juega?...

--Como una condenada. Juega fuerte y mal, aunque los que creemos jugar
bien acabamos perdiendo lo mismo. Quiero decir, que pone el dinero en la
mesa aturdidamente, en varios sitios  la vez, y luego ni se acuerda de
qu puestas son las suyas. Revolotean en torno de ella los levantadores
de muertos, y cuando gana, siempre se le llevan algo de lo suyo. Ha
estado dos aos jugando nada ms que con fichas de quinientos y de mil.
Ahora slo juega con las de cien. Pronto usar las rojas, las de veinte,
como este servidor.

--No la recibir--insisti el prncipe.

Y tal vez para no decir ms de la duquesa de Delille, se separ
repentinamente de sus amigos, saliendo del _hall_.

Atilio, deseoso de hablar, interrog  don Marcos, que conversaba con
Novoa, mientras el pianista segua soando, con los ojos abiertos, en la
martingala del lord.

--Ha visto usted ltimamente  doa Enriqueta?

--Me pregunta usted por la Infanta?--contest el coronel gravemente--.
S; ayer la encontr en el atrio del Casino. Pobre seora! Si esto no
es una lstima!... Una hija de rey!... Me cont que sus hijos no tienen
qu ponerse. Ella debe doscientos francos de cigarrillos en el _bar_ de
los salones privados. No encuentra quien le preste. Tiene adems una
mala suerte espantosa: todo lo pierde. Estos tiempos son fatales para
las personas de sangre real. Casi llor escuchando sus miserias, y sent
no poder darle ms. Una hija de rey!...

--Pero su padre reneg de ella cuando se fu con un artista
obscuro--dijo Atilio--. Y adems, don Carlos no era rey de ninguna
parte.

--Seor de Castro--repuso el coronel, irguindose como un gallo--,
tengamos la fiesta en paz. Usted sabe mis ideas: he derramado mi sangre
por la legitimidad, y el respeto que le tengo  usted no debe servir
para...

Novoa, queriendo tranquilizar  don Marcos, intervino en la
conversacin.

--Este Monte-Carlo es una playa  la que llegan toda clase de despojos,
vivos y muertos. En el Hotel de Pars hay otro individuo de la familia,
pero de la rama triunfante, de la que gobierna y cobra.

--Lo conozco--dijo riendo Atilio--. Es un joven de exuberancias
calpigas, que va  todas partes con su gentil secretario. Siempre
encuentra alguna seora vetusta que, deslumbrada por su parentesco real,
se encarga de mantenerlo  todo lujo... No s qu demonios puede dar 
cambio de esa proteccin! El secretario, de vez en cuando, le pega para
hacer constar sus antiguos derechos.

Don Marcos permaneci silencioso. A l no le interesaban las gentes de
esta rama.

--Tambin--continu maliciosamente Castro--conoc en el Casino, antes de
la guerra,  don Jaime, el rey actual de usted. Un mozo valiente para
jugar. Arriesga  puados los miles de francos: maneja muchsimo
dinero. En el Casino todos contaban que se lo envan de Madrid,  cambio
de que no deje un hijo y mueran con l las pretensiones al trono.

--Y pensar--murmur Novoa, sin darse cuenta de que hablaba en voz
alta--que por unos y otros se han matado all tantos hombres!... Pensar
que por una cuestin de herencia entre esas gentes nos hemos retrasado
un siglo en la vida europea!...

--Usted tambin!--clam el coronel, nuevamente indignado--. Un sabio
decir eso... Parece mentira!




II


Al terminar la segunda guerra carlista, un espaol se vi para siempre
lejos de su patria, en la pobreza y la obscuridad del vencido. Los
diarios de Madrid le llamaban simplemente el cabecilla Saldaa, no
anteponiendo  su nombre adjetivos infamatorios, sin duda para
diferenciarle de otros jefes de partidas que en Aragn, Catalua y
Valencia haban hecho durante cinco aos una campaa de saqueos y
fusilamientos. Para los suyos, era el general don Miguel Saldaa,
marqus de Villablanca. El pretendiente don Carlos le haba dado este
ttulo por ser Villablanca el nombre del pueblo en que Saldaa casi
aniquil  una columna del ejrcito liberal. Los conocimientos
topogrficos de su jefe de Estado Mayor--un cura del pas, que durante
toda su existencia se haba limitado  decir misa los domingos, pasando
el resto de la semana en los montes con su escopeta y su perro--le
permitieron sorprender descuidado al enemigo, obteniendo una victoria
ruidosa.

Cuando pas fugitivo la frontera, por no reconocer  los Borbones
constitucionales, el cabecilla tena veintinueve aos. Segundn de una
familia orgullosa y arruinada, se haba visto obligado  luchar con las
tradiciones de su casa, que le destinaban  la Iglesia. Estaba
terminando sus estudios en el Colegio Militar de Toledo, cuando la
revolucin de 1868 le hizo desistir de ser oficial por no obedecer 
unos generales que acababan de suprimir el trono. Al levantarse en armas
don Carlos, fu de los primeros en ponerse  su servicio; y su paso por
una escuela militar, as como su educacin, le permitieron sobresalir
inmediatamente entre los dems guerrilleros del llamado ejrcito del
Centro, propietarios rurales, escribanos de villorrio, clrigos
montaraces.

Era de un valor temerario, aunque poco afortunado. Atacaba siempre  la
cabeza de sus hombres, y de casi todos los combates sala herido. Pero
eran heridas de suerte, como dicen los soldados, que dejaban en su
cuerpo gloriosas seales sin destruir su vigorosa salud.

Vindose solo en Pars, donde nicamente poda contar con la admiracin
de algunas viejas legitimistas del _faubourg_ San Germn, se march 
Viena. All su rey tena parientes y amigos. Su juventud y sus hazaas
le valieron ser admitido en el mundo de los archiduques como un hroe de
la monarqua tradicional. La guerra entre Rusia y Turqua le arranc de
esta dulce existencia de parsito interesante. Hombre de espada y
catlico, crey que su deber era combatir al turco; y recomendado por
sus protectores austriacos, pas  la corte de Petersburgo. El general
Saldaa fu simple comandante de escuadrn en el ejrcito ruso. Los
oficiales hablaban con l en francs. Sus jinetes harto le entendan
cuando se colocaba ante el escuadrn y, desenvainando el sable, galopaba
el primero contra el enemigo.

Varias cargas afortunadas y dos heridas ms de suerte le dieron algn
renombre. Al terminar la guerra contaba con numerosos amigos entre la
oficialidad noble, y fu presentado con los salones ms aristocrticos.
Una noche, en el baile de una gran duquesa, vi de cerca  la mujer de
moda,  la joven que ms daba que hablar en aquel invierno  las gentes
de la corte: la princesa Lubimoff.

Tena veintitrs aos, era hurfana, y su fortuna la apreciaban como una
de las ms grandes de Rusia. El primer prncipe Lubimoff, pobre y
hermoso cosaco, que no saba leer, logr llamar la atencin de la gran
Catalina, figurando  la cabeza de sus amantes de segundo orden. En los
aos que dur el capricho imperial, el nuevo prncipe tuvo que buscar su
fortuna lejos de la corte, pues los favoritos anteriores se haban
llevado todo lo que estaba ms  mano. La zarina le di cuanto quiso
escoger sobre el mapa de su inmenso Imperio: territorios lejanos, al
otro lado de los Urales, que su nuevo poseedor no haba de visitar
nunca, as como los ms de sus sucesores. Al crearse los ferrocarriles,
enormes riquezas fueron surgiendo de estas tierras escogidas por el
cosaco: en unas se descubran venas de platino: en otras, canteras de
malaquita, yacimientos de lapislzuli, abundantes pozos de petrleo.
Adems, docenas de miles de siervos recin emancipados por el zar
seguan trabajando la tierra, lo mismo que antes, para los descendientes
de Lubimoff. Y toda esta fortuna enorme, que casi se doblaba por ao con
nuevos descubrimientos, perteneca por entero  una mujer, la joven
princesa, que se consideraba como de la familia imperial por obra de su
ascendiente, y haba preocupado ms de una vez al soberano,  causa de
las excentricidades de su carcter.

Era una virgen guerrera, caprichosa, incoherente en actos y palabras,
desorientando  todos con los violentos contrastes de su conducta.
Trataba como camaradas  los oficiales de la Guardia, fumando y bebiendo
lo mismo que ellos y entrometindose, en sus ejercicios de equitacin;
pero de pronto se encerraba en su palacio semanas enteras, para
arrodillarse, ante los santos iconos en una crisis de misticismo,
pidiendo  gritos el perdn de sus pecados. Veneraba al emperador como
representante de Dios y al mismo tiempo simpatizaba con los nihilistas.

Los personajes de la corte se escandalizaban al recordar cmo,
acompaada de una doncella que la polica consideraba sospechosa, haba
ido una maana  una pobre casita de las afueras de la capital,
confundindose con la canalla revolucionaria de artesanos y estudiantes.
Con ellos haba desfilado por una estrecha habitacin, ante un fretro
prximo  volcarse bajo los empujones de la muchedumbre triste y
curiosa.

El muerto se llamaba Fedor Dostoiewsky. La princesa haba deshojado un
ramo carsimo de rosas sobre la frente abombada y las barbas ascticas
del novelista. Y esa misma Nadina Lubimoff golpeaba en su palacio  los
criados como si an fuesen siervos, haca arrodillarse  sus pies  las
doncellas en momentos de clera, lo pona todo en conmocin con su
tempestuosa irascibilidad, hasta el punto de que cierto viejo prncipe
que era su tutor por orden imperial deseaba verla casada cuanto antes,
aunque con ello perdiese el manejo de una fortuna inmensa.

Inspiraba miedo  sus enamorados. Todos teman la burla cruel como
respuesta  una peticin matrimonial. Por dos veces haba anunciado su
casamiento con seores de la corte, y  ltima hora ella misma pidi al
zar que negase su permiso. Ningn hombre osaba ya solicitar su mano, por
temor  las risas y los comentarios. Y  pesar de las libertades 
inconveniencias de su conducta, nadie pona en duda su virginidad.

Saldaa pens al verla en una nyade septentrional surgiendo de un ro
verde en el que flotasen bloques de hielo. Era alta, de aspecto
majestuoso, algo abultada de formas, lo mismo que las divinidades
pintadas al fresco en los techos; pero de una blancura esplendorosa, las
pupilas grises con una lenteja verde en el centro, la cabellera de un
rubio flcido y desteido, como si acabase de surgir de un intenso
lavado. Su carne tal vez resultaba un poco blanda,  causa de su
maravillosa blancura, pero esparca un perfume fresco, ola  agua
corriente, segn la expresin de sus admiradores. Una nariz demasiado
ancha, cuyas aletas se agitaban en momentos de emocin con un
estremecimiento caballuno, recordaba  su glorioso ascendiente el viril
cosaco de la zarina.

Pas una gran parte del baile sin fijarse en el espaol. Eran tantos
los oficiales que la rodeaban, acogiendo con sonrisas de gratitud sus
chistes atroces y sus palabras gruesas!... De pronto, Saldaa, que
estaba entre dos puertas, se estremeci al oir una voz femenil de tono
imperioso.

--Su brazo, marqus.

Y antes de que l se lo ofreciese, la joven princesa se lo tom, tirando
de l hacia el saln donde estaba el _buffet_.

Nadina se bebi una gran copa de _volka_, prefiriendo este aguardiente
popular al champaa que servan prdigamente los criados. Luego,
sonriendo  su acompaante, lo llev hasta el hueco de una ventana casi
oculta por sus cortinajes.

--Las heridas!... Quiero ver las heridas!

El espaol qued estupefacto ante la orden de esta gran dama,
acostumbrada  imponer sus ms raros caprichos. Ruborizndose, como un
soldado que slo ha vivido entre hombres, acab por recogerse la manga
izquierda de su uniforme, mostrando un antebrazo moreno, velludo, con
gruesos tendones, hondamente surcado por la cicatriz de un balazo
recibido all en Espaa.

Admir la princesa este miembro atltico, de piel obscura cortada por la
blanca tortuosidad de la carne nueva.

--Las otras!... Quiero ver las otras!--orden, clavando en l unos
ojos agresivos como si fuese  morderle, mientras se doblaba hacia abajo
el arco de su boca con llorosa humedad.

Le haba agarrado el brazo con una mano trmula, mientras la otra
avanzaba sobre el pecho del dolmn, pretendiendo deshacer sus cordones
de oro.

El soldado se ech atrs, balbuceando. Oh, princesa!... Lo que
pretenda era imposible. Las otras heridas no podan mostrarse  una
dama...

Sinti en su nica cicatriz visible el contacto de unos labios. Nadina,
inclinando su orgullosa cabeza, le besaba el brazo.

--Oh, hroe!... Hroe mo!

Despus de esto volvi  erguirse fra y serena, sin ms que una leve
palpitacin en las alillas de su nariz. Ya no la inquietaba el deseo de
conocer inmediatamente aquellas cicatrices espantosas que le haban
descrito los camaradas del valeroso soldado. Estaba segura de verlas 
su placer todo el tiempo que quisiera.

A los pocos das empez  circular el rumor de que la princesa Lubimoff
se casaba con el espaol. Ella misma haba lanzado la noticia, sin
cuidarse de conocer antes la voluntad de su futuro marido. Las razones
con que pretenda justificar su decisin no podan ser de ms peso. Ella
era rubia y Saldaa moreno; los dos haban nacido en los pases ms
apartados de Europa. Todas estas condiciones bastaban para hacer un
matrimonio feliz. Adems, la princesa estaba convencida de que siempre
haba amado  Espaa, aunque no poda sealar con exactitud su situacin
en el mapa. Haca memoria de unos versos de Heine que nombran  Toledo,
de otros versos de Musset  las marquesas andaluzas de Barcelona,
tarareaba una romanza sobre los naranjos de Sevilla... Su hroe deba
ser forzosamente de Toledo  andaluz de Barcelona.

En vano algunos personajes de la corte le hablaron de que el zar no
autorizara esta unin. Una gran heredera casndose con un soldado
extranjero desterrado de su pas!... Pero la princesa, por el mismo
conducto, hizo saber su voluntad al soberano.

--O me caso con l,  debuto como bailarina en un teatro de Pars.

Se habl de la prxima expulsin de Saldaa.

--Mejor: ir  juntarme con l y ser su querida.

El viejo prncipe encargado de su tutela lament las exigencias de la
corte. De no existir esta oposicin, el capricho por Saldaa hubiese
durado unos das nada ms, como tantos otros. Se dijo que el emperador
tal vez la desterrase  sus vastas propiedades de Siberia para doblar su
voluntad, y la nieta del cosaco contest  la amenaza prometiendo 
gritos su suicidio antes que obedecer.

Al fin, el soberano dej prudentemente que cumpliera su deseo.
Casndose, tal vez renunciase  sus excentricidades, y la corte de
Rusia, prdiga en escndalos, tendra uno menos. El viaje de bodas de la
princesa Lubimoff se prolong toda su vida. Slo dos veces volvi 
Rusia por asuntos relacionados con su enorme fortuna. La Europa
occidental era ms favorable  su carcter libre que la corte de un
autcrata. Al ao de su matrimonio, estando en Londres, tuvo un hijo, el
nico. Permiti que se llamase Miguel, como su padre, pero impuso el
segundo nombre de Fedor, tal vez en memoria de Dostoiewsky, su novelista
favorito, cuyos personajes contradictorios le inspiraban una simpata de
parentesco.

Nadie pudo saber ciertamente si don Miguel Saldaa se consider feliz en
su nueva situacin de prncipe consorte, que le permita gozar todos
los placeres y suntuosidades de una inmensa riqueza. A uso espaol,
quiso imponer su voluntad de marido y de varn fuerte, para impedir los
excentricidades de su esposa. Vano empeo! Aquella mujer,  ratos
sentimental, que gema sobre las desigualdades sociales y las miserias
de los pobres, era una fuerza explosiva capaz de agrietar el carcter
ms abroquelado y duro.

Saldaa acab por resignarse, temiendo las acometividades de la nieta
del cosaco. Deseoso de conservar su prestigio de gran seor, celoso del
respeto de la servidumbre y de la consideracin de sus convidados, temi
las escenas violentas que poblaban de aullidos femeninos los salones y
hasta las escaleras de su lujosa residencia. No quiso que la princesa
volviera  enviar por segunda vez contra un muro del comedor con solo un
golpe de pie--la mesa de roble y todos sus servicios de porcelana y
cristalera, que se hicieron aicos con estrpito de catstrofe.

Cuando los arquitectos de Pars hubieron dado forma  los encargos de la
princesa, la familia abandon el castillo que ocupaba en las cercanas
de Londres. Un grupo de ricos parisienses, en su mayor parte banqueros
judos, cubra en aquel momento de hoteles particulares la llanura de
Monceau en torno del parque. La princesa Lubimoff se hizo construir en
este barrio un palacio enorme, con un jardn que resultaba inaudito por
sus proporciones dentro de una ciudad. Hasta instal en el fondo de la
arboleda una pequea granja, y sin salir de su casa pudo darse el gusto
de desempear el papel de campesina, batir leche y fabricar manteca,
pensando en Mara Antonieta, que tambin jugaba  la pastorcita en el
Pequeo Triann.

Algunas voces pareca doblarse bajo una rfaga de ternura y admiraba 
su esposo, acataba sus rdenes, extremando su humildad de un modo
inquietante. Hablaba  sus visitas de las campaas del general, de sus
proezas all en Espaa, tierra que le infunda un inters novelesco y
por lo mismo no deseaba ver nunca. De pronto interrumpa sus elogios con
una orden:

--Marqus, mustrales tus heridas.

Y daba una prueba de su ternura dejando de enfadarse al ver que su
marido no quera obedecerla.

Le llamaba siempre marqus, no se sabe si por conservar para ella sola
su calidad de princesa  por creer que no deba despojarlo de un ttulo
ganado con su sangre. El marqus jams fij su atencin en esta
anomala. Eran tantas las de su mujer! Al ao de casados, cuando lleg
 Londres la noticia de que Alejandro II haba muerto destrozado por una
bomba de los revolucionarios, corri como una loca por sus habitaciones
y hubo de guardar cama despus de una tremenda crisis de indignacin.

--Infames! Un hombre tan bueno!... Han matado  su padre!

Al entrar ahora Saldaa en su lujosa vivienda de Pars, se tropezaba
muchas veces con extraos visitantes que parecan llevar fijas en sus
espaldas las miradas de asombro de los lacayos de calzn corto. Eran
muchachas desgarbadas y con anteojos, el pelo cortado al rape y un
cartapacio bajo el brazo; hombres de luengas melenas y barbas
enmaraadas, con unos ojos inquietantes de visionarios; rusos del Barrio
Latino vigilados por la polica; terroristas que jams imploraban en
vano la generosidad de la princesa y tal vez empleaban su dinero en
fabricar mecanismos infernales para expedirlos  su pas.

Cuando el prncipe Miguel Fedor se remontaba hasta los recuerdos de la
infancia, vea  su padre tenindolo sobre las rodillas y acaricindole
con sus duras manos. El pequeo se fijaba en su rostro de moro y sus
luengos bigotes que venan  unirse con unos patillas cortas. No poda
afirmar si la acuosidad de sus ojos negros  imperiosos era de lgrimas;
pero despus que aprendi el espaol, estaba seguro de que haba
murmurado muchas veces, mientras le pasaba la mano por la cabeza:

--Pobrecito mo!... Tu madre est loca.

A los ocho aos, el problema de su educacin hizo que la princesa se
mostrase por unas semanas maternalmente grave. Uno de aquellos
visitantes que tanto inquietaban  la servidumbre traslad sus libros y
sus rados trajes desde una callejuela vecina al Panten  la vivienda
seorial de los Lubimoff, instalndose en ella. Era un joven taciturno,
dedicado al estudio de la qumica, y que no poda volver a su pas. El
mismo da de su instalacin, un agente de la polica secreta vino 
hacer preguntas al portero del palacio.

--Quiero que mi hijo sepa el ruso--dijo la princesa--. Adems, aprender
mucho con Sergueff. Es un verdadero sabio, digno de mejor suerte.

Saldaa exigi que tuviese igualmente un maestro espaol, y ella no se
opuso. Todos los de su familia posean en un grado extremo esa capacidad
de los eslavos para aprender fcilmente los idiomas.

--El prncipe Miguel Fedor--dijo la madre--es marqus de Villablanca y
debe conocer la lengua de su segunda patria.

Esto hizo que el general volviera  buscar el contacto con los antiguos
compaeros de armas que an quedaban dispersos en Pars. La fama de sus
enormes riquezas le haba atrado muchas peticiones, hasta de las
personas ms veneradas por l en otro tiempo. Pero aunque la princesa,
generosa hasta la inconsciencia, le dejaba el manejo de sus bienes,
Saldaa, con una rigidez caballeresca, se consideraba sin derechos sobre
el dinero de su esposa, y poco  poco haba hudo de los pedigeos. Un
gran cambio pareca haberse efectuado en este hombre silencioso durante
sus viajes por Europa. El antiguo soldado de la monarqua absoluta
admiraba ahora  Inglaterra y su historia constitucional.

--Las cosas se ven de otro modo corriendo el mundo--se limitaba 
decir--. Si todos los de mi pas hubiesen viajado!...

Un da se present en el palacio el nuevo maestro. Tena doce aos menos
que Saldaa, pero haba estado  sus rdenes al final de la guerra, y en
vez de darle el ttulo de marqus  de prncipe, repiti  cada momento,
con orgullo, mi general.

El general no guardaba el menor recuerdo de l; pero daba detalles
exactos de la ltima parte de la campaa, y las recomendaciones de
varios amigos no le permitan dudar de su veracidad. Deba ser uno de
aquellos chicuelos escapados de sus casas que se agregaban  las
partidas carlistas, formando una fuerza llamada requet,  la que
Saldaa haba amenazado ms de una vez con el fusilamiento en masa, no
queriendo tolerar sus habituales tropelas. El maestro afirmaba, que el
mismo general lo haba nombrado alfrez en los ltimos meses de la
guerra, por ser ms instrudo que sus desarrapados camaradas.

As entr Marcos Toledo en el palacio de los Lubimoff. El grave marido
de la princesa ri con una alegra juvenil al conocer sus andanzas de
emigrado en Pars. Como en los primeros meses ignoraba el francs,
detena en la calle  los clrigos para hablarles en latn. Haba
malvivido siendo maestro de guitarra y dando conferencias en un
Instituto Polglota, cuyo pblico no conceda la menor atencin al tema,
buscando nicamente acostumbrar su odo  la pronunciacin espaola.
Siete francos y medio por hablar hora y media! Pero Toledo compensaba
lo escaso de la retribucin con el placer de discursear sobre los
tiempos felices de Felipe II, superiores  los presentes de liberalismo.

--Ahora slo tengo una ambicin, mi general--terminaba diciendo--: poder
algn da vestir bien.

Este deseo suntuario provena de su adolescencia de guerrillero, cuando
robaba zagalejos amarillos y rojos  las campesinas para confeccionarse
uniformes. En Pars, ms que la parquedad de su nutricin, le
atormentaba el ir con trajes que no pertenecan  ninguna moda conocida.

Cuando qued instalado en el ltimo piso del palacio, lo mismo que el
maestro ruso, y el general hubo escogido para l varias prendas en su
abundante guardarropa, Toledo crey cumplidos todos los ensueos que se
haba forjado mientras corra Pars como tenaz comisionista de mil cosas
invendibles.

Sus compatriotas, antiguos compaeros de miseria, le admiraban al verle
vestido como un rico y ocupando muchas veces un carruaje de los
prncipes. Su condicin de maestro la consider poco honrosa para un
antiguo guerrero, y deca modestamente:

--Soy ahora el ayudante de campo del general Saldaa. Creo que no
tardaremos en echarnos otra vez al monte.

El pequeo prncipe admir al maestro ruso porque su madre afirmaba que
era un sabio, pero senta cierto miedo en su presencia. En cambio,
trataba al espaol con una superioridad protectora y cariosa. Toledo
haca reir  su padre, y esto bast para que lo considerase como un ser
inferior, pero digno de aprecio por su docilidad y su paciencia.

--D: es cierto que ibas  ser cura?--le preguntaba Miguel Fedor--. Es
verdad que al abandonar el seminario fuiste mancebo de botica?

--Prncipe--contestaba el maestro con dignidad--, yo soy don Marcos de
Toledo. Mi apellido dice mi nobleza,  pesar de todo lo que cuenten los
envidiosos, y tengo derecho  usar el _don_, porque el seor marqus me
hizo oficial.

Al poco tiempo, el discpulo hablaba correctamente el espaol. Pareca
haberlo aprendido con rapidez para burlarse mejor de su hidalgo maestro.

El padre contribua tambin  la educacin del heredero de los Lubimoff
con lo nico que l poda ensearle. Todas las maanas, despus de las
lecciones del maestro ruso, de las que sala el pequeo con un rostro
grave, Saldaa lo esperaba en una amplia sala del piso bajo.

--Prncipe, en guardia!

Y l, que haba sido el primer sable del ejrcito carlista y llevaba
sobre su conciencia una cabeza partida hasta la mandbula en un duelo
durante la campaa contra los turcos, sonrea orgulloso al ver cmo este
muchacho de once aos se mantena firme durante la leccin de esgrima,
evitando sus duros golpes y devolvindoselos con xito al menor
descuido. Iba  ser un hermoso hombre de combate, un digno descendiente
del cosaco y del guerrillero de las montaas espaolas.

Pero esta satisfaccin fu corta. De todas sus heridas de suerte, que
slo le molestaban ligeramente al cambiar las estaciones, una le afliga
de tarde en tarde con dolorosas crisis. Llevaba muchos aos dentro del
cuerpo una bala espaola que no le haban podido extraer los curanderos
de su partida. Cuando los cirujanos de Londres y Pars intentaron la
operacin, ya era tarde.

Y una maana, el ayuda de cmara, al entrar en su dormitorio, lo
encontr muerto.

Miguel Fedor se acordaba de su propia emocin, de los suntuosos
funerales ordenados por la princesa--idnticos  los de un soberano
fallecido en el destierro--, pero an tena ms presentes los extremos
de dolor de su madre. Tambin ella quera morir. Las doncellas rusas
tuvieron que arrancar de sus manos un frasco de ludano, recibiendo por
su abnegacin unos cuantos puetazos ms que de costumbre. Luego corri
como una demente, aullando y con el cabello suelto, ante todos los
retratos del general. Ah, su hroe! Ahora saba verdaderamente cunto
lo amaba...

Durante varios meses recibi  sus visitas en un saln con muebles y
cortinajes negros. Vistiendo sueltas ropas de luto, estaba medio tendida
en un sof ante un retrato de Saldaa de cuerpo entero. Sus sables, sus
uniformes y hasta una silla rusa de montar figuraban en este saln
convertido en museo del difunto.

--Ha muerto como lo que fu!--gema la viuda--. Le han matado sus
heridas.

En este perodo se inici la ltima evolucin de la grandeza de don
Marcos Toledo. El sabio ruso haba quedado en segundo lugar. Cierta
parte de la gloria del muerto se reflej sobre este compatriota humilde
que haba presenciado sus hazaas. Una tarde, la princesa, que
conversaba en su saln-museo con unos nobles parientes llegados de
Rusia, llor tanto al recordar  su esposo, que quiso ausentarse un
momento.

--Coronel, el brazo.

Toledo estaba presente acompaando  su discpulo, y mir en torno de l
con extraeza, lo que di lugar  que la orden se repitiese en un tono
ms imperioso. El coronel era l!... Durante algn tiempo crey don
Marcos en un capricho de la princesa. El da que menos lo esperase le
retirara el coronelato.

Pero cuando, pasados los primeros meses de luto y cansada de su
retraimiento, se lanz la viuda  hacer visitas, quiso ser acompaada
por Toledo, presentndolo  sus amistades del mundo aristocrtico.

--Es el ayudante de campo del difunto marqus.

Lo mismo que l haba inventado para darse importancia ante sus
compaeros de hambre! No dud ms de su graduacin. Ya que la princesa
lo presentaba como ayudante de su marido, bien poda ser coronel. Y lo
fu hasta para el joven prncipe, que al principio le daba este ttulo
con cierta sorna y acab por llamarle coronel maquinalmente.

Sus deseos de lujosa y abundante indumentaria se realizaron
esplndidamente. Con la princesa no haba que temer los escrpulos que
mostraba algunas veces Saldaa, enemigo del despilfarro. La gran seora
hasta senta desprecio por las personas que se aprovechaban parcamente
de su generosidad. Don Marcos pudo cambiar de traje varias veces al da
y sostuvo largas conferencias con sastres de renombre. Buscaba una
elegancia personal; quera ser un seor distinguido, pero que denuncia
en su modo de llevar la ropa  un hombre acostumbrado al uniforme: algo
as como el aire de un mariscal napolenico obligado  vestir el frac.
Su cabeza fu objeto igualmente de grandes retoques. Imit el peinado de
su general, con la raya de la frente  la nuca, mechones en las sienes
alisados hacia adelante y bigotes unidos con las patillas,  la rusa.
Acompaando  la princesa, se habitu  besar la mano  las seoras con
una gracia de viejo cortesano; aprendi tambin  sostener largas
conversaciones sin decir nada,  mantenerse aparte y casi invisible
mientras hablaban las gentes de origen superior.

Cuando la princesa, una vez terminado el primer ao de viudez, volvi
resueltamente  su palco de la Opera, don Marcos la acompa, quedando
discretamente en el fondo, como el chambeln de una reina. Una noche,
durante un entreacto, al pasar ella al antepalco, oy cmo el coronel
contaba  un viejo general francs amigo de la casa el combate de
Villablanca.

--...y el marqus me dijo: Ahora te toca  ti, Toledo;  ver cmo
cargas  la bayoneta. Entonces, yo desnud el sable, y  la cabeza de
mi regimiento...

--Es un verdadero soldado--interrumpi la princesa--. Un digno compaero
de mi hroe... El marqus me habl muchas veces de l.

Y estaba segura en aquel momento de haber odo contar al taciturno
Saldaa las proezas de su ayudante de campo.

El maestro ruso, que era para Toledo un hombre antiptico  inquietante,
abandon de pronto el palacio Lubimoff. Tal vez senta celos de la
influencia creciente del coronel; tal vez asuntos misteriosos lo atraan
lejos de Pars. La princesa no experiment ninguna pena con esta
desaparicin del sabio. Haba olvidado  sus rusos de aspecto sedicioso:
ya no les daba dinero: otras eran ahora sus aficiones.

De pronto, mostr deseos de vivir una larga temporada en Londres, y esto
la hizo ceder  la peticin de su hijo, que ansiaba realizar un viaje
solo por toda Europa.

--Ya eres un hombre; vas  tener catorce aos. Viaja, no repares en
gastos; piensa siempre que eres el prncipe Lubimoff... El coronel ir
contigo: ser tu ayudante, como lo fu del heroico marqus.

Su primer viaje fu  Espaa. Miguel Fedor deseaba conocer la tierra de
su padre. Toledo crey del caso mostrar cierta inquietud para que le
admirase el joven prncipe. Un coronel carlista que no haba querido
acogerse  indulto ni acataba  la dinasta reinante!... Pero viajaron
tres meses por Espaa, sin que se fijasen en ellos mas que por la
largueza de sus propinas. Bien es verdad que Toledo evit ponerse en
contacto con sus antiguos camaradas. Se consideraba ya de otro mundo;
senta interiormente el mismo cambio que su general.

Cuando Miguel Fedor saci su primer entusiasmo por las corridas de
toros, continuaron el viaje  travs de Europa, hasta llegar  Rusia,
mucho despus de las numerosas cartas de presentacin dirigidas por la
Lubimoff  sus parientes. Un ao permaneci all el prncipe, visitando
sus propiedades menos lejanas, conociendo  todas las grandes familias
amigas de su madre. El coronel habl gravemente de cosas de guerra con
varios generales que le acogieron como un igual. Era el ayudante, el
compaero de herosmos de Saldaa, al que haban conocido, de jvenes,
en la guerra contra Turqua siendo oficiales.

Las antiguas amigas de la princesa Lubimoff dieron al hijo una noticia
inesperada. Su madre pretenda casarse con un seor ingls y haba
escrito al zar solicitando su autorizacin. Esta noticia slo impresion
 Miguel Fedor. Los tiempos de la extravagante Nadina estaban muy lejos.
Sus actos no producan eco alguno. Otras princesas jvenes la haban
borrado con aventuras todava ms ruidosas. Slo algunas damas de la
antigua corte, cuando olvidaban sus preocupaciones de madres, hacan
memoria de la princesa Lubimoff, recordando con esto  la perdida
juventud, siempre ms interesante que los tiempos actuales.

Al volver el joven al palacio de Pars encontr  su madre tan princesa
como siempre, pero casada con un seor escocs, sir Edwin Macdonald.

--T me dejars algn da--dijo ella con su voz trgica de los grandes
momentos--. Un prncipe Lubimoff debe vivir en la corte, servir  su
emperador, ser oficial de la Guardia; y yo necesito un compaero, un
apoyo. Sir Edwin es la distincin personificada; pero no creas que
olvido  tu padre. Nunca!... Hroe mo!

Miguel Fedor vi  un seor que, efectivamente, era la distincin
personificada; atento con todos, muy digno en sus ademanes, parco en
las palabras, y que pasaba encerrado largas horas, estudiando, segn
deca la princesa. Le preocupaba la poltica de su pas, y su ilusin
era volver al Parlamento, de donde le haba hecho salir una derrota
electoral.

Este hombre fro, de plida sonrisa y una correccin extremada hasta en
los actos ms insignificantes, no le inspir antipata como padrastro,
ni simpata como amigo. Fu un hombre poco molesto y algo borroso que se
acostumbr  encontrar todos los das ocupando el antiguo lugar de su
padre, y que le hubiese sorprendido no ver de pronto.

Otras personas penetraron en el palacio Lubimoff con toda la confianza
del parentesco,  causa de este matrimonio.

Un hermano de sir Edwin haba tenido que lanzarse por el mundo para
ganar su vida, como todos los segundones de las familias britnicas.
Despus de una existencia de aventuras, haba acabado por instalarse en
el Sur de los Estados Unidos, junto  la frontera de Mjico, y de pronto
se encontr mucho ms rico que su hermano mayor, al casarse con una
heredera del pas.

Su esposa era mejicana. Posea famosas minas de plata tierra adentro y
extensas llanuras en la frontera. Slo tuvieron una hija; y cuando sta
iba  cumplir ocho aos, Arturo Macdonald muri  consecuencia de una
cada del caballo. La viuda, con su pequea Alicia, se traslad  Europa
para vivir en Londres, cerca de su cuado sir Edwin, miembro entonces
del Parlamento, y admirado por la mejicana como uno de los directores
del mundo. Luego se instal en Pars, por ser esta capital ms de su
gusto y poder encontrar en ella  numerosos compatriotas.

La princesa Lubimoff trataba bien  esta parienta, pero su amistad
sufra bruscas alteraciones, pasando por cariosos entusiasmos y
repentinos desvos.

Ella y doa Mercedes podan hablar de minas y vastsimas propiedades,
aunque ninguna de las dos conoca con certeza su fortuna, aprecindola
nicamente por las enormes rentas--millones al ao--que enviaban los
lejanos administradores, y que consuman ambas sin saber cmo. Otro
motivo de simpata para la Lubimoff en sus das de benevolencia: ella
era rubia y la criolla conservaba los restos de una belleza
hispano-azteca, con la tez de un moreno algo verdoso, los ojos enormes,
rasgados, oblicuos, en forma de almendra, y una cabellera asombrosa por
su intensa negrura, su brillo y su longitud.

Pero una rivalidad instintiva amargaba frecuentemente las relaciones de
las dos multimillonarias. La princesa estaba segura de que su fortuna
era enormemente superior. Cuando doa Mercedes hablaba de la plata
mejicana, la Lubimoff aluda al platino de Rusia. Y qu vale la plata
comparada con el platino! Para acabar de aplastarla, haca la historia
de su familia. A partir del remoto abuelo cosaco, que casi se converta
en esposo legtimo de Catalina la Grande, iban desfilando generales,
mariscales de palacio, _halemanes_ seguidos por sus mesnadas de jinetes
medio salvajes, prncipes y embajadores. La mujer de sir Edwin hablaba
como si perteneciese  la familia reinante, dando  entender que su
famoso abuelo haba intervenido en la formacin de algn zar. Por eso en
la corte la haban tratado siempre  ella con una predileccin especial.

Vejada interiormente doa Mercedes por tanta grandeza, sonrea, sin
embargo, con una dulzura de india, como diciendo: Todo eso est muy
lejos y tal vez sea mentira.

De pronto, empezaba  hablar en su francs rpido y caprichoso,
revestido para siempre de una coraza de adherencias espaolas.

--Mam era ntima amiga de Eugenia... No sabe usted qu Eugenia? La
emperatriz, la esposa de Napolen III. Cuando anunciaban en las
Tulleras  madama Barrios (que era mam), las puertas se abran de par
en par... Pap fu de los que hicieron emperador  Maximiliano.

Y frente  las grandezas aristocrticas de Petersburgo elevaba la imagen
de la corte mejicana, del breve Imperio que haba tenido por eplogo el
fusilamiento del archiduque Maximiliano y la locura de su esposa
Carlota. La buena seora lo contaba todo tal como lo haba odo  su
madre. El emperador quera establecer la rancia etiqueta austriaca, pero
las matronas mejicanas, al visitar  la joven emperatriz, le decan
maternalmente, con una llaneza criolla: Cmo le va, Carlotita?... Qu
le parece este pas, hija ma?

A impulsos de una franqueza semejante, doa Mercedes terminaba diciendo:

--Pap, al ver que el Imperio iba mal, reconoci  Jurez y se fu con
los republicanos. Haba que salvar nuestras minas.

Luego hablaba de los Barrios, procedentes, segn ella, de la ms vieja
aristocracia espaola. Todos los nobles de Madrid resultaban parientes
suyos: era cosa sabida. De nia haba visto en su casa muchos papeles
que probaban su derecho  un ttulo de marqus; pero por las
revoluciones del pas y por sus viajes, ya no saba dnde encontrarlos.

Si la princesa alababa las magnificencias de su palacio, la criolla
haca alusin inmediatamente al elegante hotel particular comprado por
ella en los Campos Elseos. La llegada del coronel Toledo, hroe
decorativo que volva  dar  la vivienda principesca un prestigio
militar, no intimid  doa Mercedes. Tambin ella tena su espaol: un
clrigo aragons, que era algo as como su capelln de honor, y al que
consideraba un sabio, porque, aburrido de su sinecura, se haba dedicado
 la astronoma elemental, instalando un telescopio en el tejado de la
casa.

Cada vez que la mejicana su atreva  imitar las fiestas, los carruajes
 los vestidos de la princesa, sta lamentaba que Pars no estuviese en
Rusia, para llamar al general de la Polica y recordarle el respeto que
debe guardarse  las castas superiores. Pero  continuacin de sus
cleras, senta un fulminante cario por doa Mercedes, asegurando que,
aunque iletrada, era mujer de talento natural y la nica con quien poda
hablar horas enteras.

Entre estas dos bellezas descendentes, que se haban visto solicitadas y
adoradas en otros tiempos, exista un motivo de unin, algo que las
conmova como una msica amada y lejana, como un recuerdo nostlgico de
la juventud: la hija de doa Mercedes, la vivaracha Alicia Macdonald.

La madre crea ver en ella su propia hermosura repitindose con nueva
savia, y se engaaba. Alicia haba unido  su moreno esplendor la ligera
esbeltez, la soltura un poco amuchachada de su origen paterno. La
princesa, ante la independencia de su carcter, crea verse tambin  s
misma cuando empez  escandalizar  la corte imperial. Otro error. Ella
haba podido seguir los impulsos de su voluntad, sin miedo  los
comentarios. Todo lo posea. Adems de sus inmensas riquezas, contaba
con los privilegios del nacimiento, pudiendo elevar hasta ella 
cualquier hombre, por bajo que estuviese. Alicia tena una ambicin:
unir  su fortuna un gran ttulo de vieja aristocracia para figurar en
una corte, y este deseo lo persegua  los quince aos con una glacial
tenacidad, disimulada por aturdimientos aparentes. Doa Mercedes le
haba hablado desde la infancia de matrimonios de leyenda; de prncipes
que en otros tiempos se casaban con pastoras y ahora buscaban  las
millonarias.

Miguel Fedor se sinti algo intimidado al encontrar en su palacio  esta
muchacha que le miraba descaradamente, con ojos de dominacin, como si
todo lo existente debiera doblarse ante su paso.

Era hermosa, con una belleza ms perturbadora que correcta. Su tez
levemente dorada con el color de la naranja, sus ojos rasgados y algo
subidos en su vrtice, la abundante cabellera, que pareca retorcerse y
vivir como un haz de serpientes negras escapndose de la opresin de las
horquillas, le daban un encanto extico. El resto de su cuerpo revelaba
la educacin fsica moderna, los miembros giles y endurecidos por los
continuos deportes.

Doa Mercedes pareci empujarlos  los dos desde los primeros
encuentros.

--Hblense de t--dijo maternalmente--. Son ustedes primos.

Aunque Miguel no llegaba  comprender este parentesco, tute  la joven,
mientras la criolla sonrea viendo ya  Alicia con una corona de
princesa haciendo reverencias ante el zar. La de Lubimoff estaba en una
de sus buenas pocas; no crea por el momento en castas y privilegios;
hasta habra dado dinero  los melenudos que la visitaban aos antes, y
acept con silenciosa tolerancia los desmesurados planes de su amiga.

El prncipe iba comunicando sus impresiones al coronel.

--Demasiado seorita. Me gustan ms las otras.

Don Marcos, compaero de largos y regocijados viajes, saba quines eran
las otras para este muchacho que haba empezado muy pronto  picar en
los racimos de la vida.

Otras veces le irritaba que se pareciese demasiado  las otras, con sus
atrevimientos de virgen loca.

--Es peor que un muchacho. Si supieras, coronel, lo que me dice!...

Alicia, por su parte, tampoco pareca contenta. Los otros hombres se
esforzaban por adularla y serle gratos, mientras que Miguel mostraba un
carcter imperioso, semejante al suyo, discutiendo con ella,
atrevindose  contrariarla.

Algunas vecen salan juntos  caballo para galopar por el Bosque de
Bolonia bajo la vigilancia de Toledo. Un tormento para don Marcos. El
haba sido hroe de montaa; pero el grado impone deberes, y cabalgaba
todo lo mejor que puede hacerlo un coronel de infantera.

Ella era una amazona infatigable. En el hotel de los Campos Elseos,
doa Mercedes tena que buscarla muchas veces en las caballerizas, donde
permaneca entre palafreneros y cocheros, hablando con una autoridad
profesional, mientras vigilaba el cuidado de los animales. Luego, al
subir al saln, su cabellera suelta esparca un fuerte olor  cuadra.
All en su tierra se haba sostenido agarrada  las crines de un caballo
antes de saber andar. En Pars se meta audazmente entre los vehculos y
atropellaba  los transeuntes, vindose atajada por la polica en sus
locos galopes. El coronel intentaba seguirla silenciosamente, pero con
el corazn oprimido. El prncipe protestaba de estas carreras, buenas
para los prados natales, y sus recriminaciones establecan entre los dos
un alejamiento hostil. A ella no le chillaba ni su madre. Ya era mayor
de edad para saber lo que debe hacerse... Y tena quince aos.

Una maana, al llegar  una encrucijada del Bosque, Alicia ech su
caballo por la avenida que le pareci preferible, sin consultar  su
acompaante.

--No; por aqu--dijo imperiosamente Miguel.

--No me da la gana; por aqu!--contest ella con tono enfurruado.

Intent el prncipe cerrarla el paso cruzando su caballo en el camino, y
ella lanz el suyo contra el de Miguel con un impulso que hizo doblar
las patas delanteras de las dos bestias. Toledo, que iba detrs, vi que
mediaban entre ambos miradas iracundas acompaadas de duras palabras.
Alicia levant su latiguillo, golpeando al prncipe en un hombro.

--A m!... A m!

El descendiente del cosaco Lubimoff cambi de rostro, adquiriendo una
fealdad salvaje. Su nariz pareci ensancharse an mas. Levant  su vez
el ltigo y tir un golpe. Pero el coronel haba metido su caballo entre
los dos, recibiendo parte del fustazo en una mejilla, que empez 
sangrar. La vista de la sangre y la consideracin de que el golpe era
para ella enloqueci de clera  la joven.

--Bruto! Salvaje!... Ruso!

Le pareci esto poco, y se mantuvo silenciosa un segundo, buscando una
injuria mayor. Los recuerdos de la niez le dieron ayuda; las leyendas
odas all en sus tierras  los mestizos le sugirieron un nuevo insulto,
como si Miguel Fedor fuese Hernn Corts.

--Espaol!... Asesino de indios!

Y temiendo un segundo fustazo despus de tales palabras, hizo dar vuelta
 su caballo, huyendo en una carrera frentica que no se detuvo hasta el
Arco de Triunfo.

Despus de este incidente, doa Mercedes perdi toda esperanza de que su
hija fuese una Lubimoff.

--Princesa rusa!--deca Alicia con desprecio--. Pero si en Rusia todo
el mundo es prncipe!... Vale mas un simple barn ingls, un conde de
Francia  de Espaa.

Miguel no se mostr mas acomodaticio al sermonearle el coronel.

--No quiero saber nada de esa p...

La princesa, en uno de sus saltos de humor, encontr muy justa la
apreciacin. Estas parientas de sir Edwin siempre le haban parecido
gente ordinaria. Tambin encontraba natural que su hijo pensase en
volver  Rusia para seguir sus destinos de prncipe. La vida de
privilegios y castas de all era ms adecuada  su rango que la
existencia democrtica de Pars, donde unas indias americanas, porque
tenan millones, podan creerse iguales  un Lubimoff.

Hasta los veintitrs aos estuvo en Rusia el prncipe Miguel. Sus
estudios militares fueron brillantes, segn Toledo, distinguindose
entre los ms famosos oficiales de la caballera de la Guardia. Alcanz
premios en los concursos hpicos, parti  pistoletazos monedas
sostenidas por sus camaradas  cincuenta pasos, manej el sable con una
maestra que hubiese admirado al general Saldaa y  su abuelo el
cosaco. Todos los das, en un patio de su palacio de Petersburgo, le
esperaba un monigote de tamao natural hecho con la arcilla pegajosa y
compacta que emplean los escultores, y permaneca ante l media hora
ejercitndose. Lo importante no era asestar un golpe al enemigo, sino
darlo bien, con la mayor profundidad y fuerza posibles. Y la cabeza y
los miembros del monigote volaban segados por la hoja de acero. El
estudio de las ciencias militares quedaba para los de infantera y
artillera, hijos de empleados y de mercaderes.

El coronel se mostr asombrado al principio de las magnificencias y
derroches de la vida rusa; luego acab por encontrarla regular, como si
estuviese acostumbrado  algo semejante desde su niez. Piensa, hijo
mo, en el nombre que llevas--escriba la princesa--. No lo deshonres.
Gasta con arreglo  lo que eres. Y el hijo segua fielmente sus
consejos, sin pedirle nada  ella, entendindose directamente con los
administradores rusos. Segn los clculos de don Marcos, el teniente de
la Guardia gastaba unos tres millones por ao. Su cuadra de caballos de
carrera era la ms clebre de la capital. Muchas bellezas famosas de la
corte y de los teatros tenan algo que ver con el prncipe Miguel Fedor.
Sus cenas en el palacio Lubimoff  en los restoranes de moda eran
buscadas por toda la juventud aristocrtica. Verse invitado  ellas
representaba un honor extraordinario, algo as como ser individuo de una
academia de superhombres. Mujeres clebres acababan bailando desnudas
sobre la mesa  las primeras luces del alba, para no desairar al
anfitrin.

A veces se cortaban estas fiestas con una disputa de borrachos,
mezclndose el vino y la sangre. El coronel haba visto al final de una
de estas escenas un duelo  pistola entre dos convidados, en el jardn
del palacio, cuando empezaba  amanecer. Un muerto. Sus mejores amigos
haban llevado el cadver hasta un muelle del Neva, colocando un
revlver al lado para que la polica admitiese la hiptesis de un
suicidio.

No; don Marcos no gustaba de estas fiestas nocturnas. Las consideraba
peligrosas. Un gran duque joven, completamente ebrio, se haba
entretenido en embadurnarle las patillas con caviar, hasta que, cansado
de esta confianza, el espaol meti  su vez la mano en el plato,
ensuciando igualmente de verde el angosto rostro. El borracho dud un
momento si deba matarlo, pero acab por abrazarse  l, cubrindole de
besos y declarando  gritos que era su padre.

Toledo prefera las tranquilas amistades con los antiguos compaeros de
armas de su general: graves personajes que le hablaban de futuras
guerras y de la poltica del mundo. Adems, las larguezas de su prncipe
le permitan diversiones secretas menos ruidosas y dulcemente modestas.

Una noche, al volver al palacio Lubimoff pasadas las dos, vi que haba
una cena en el gran comedor de gala. Los convidados eran unos cincuenta,
y en el curso de la noche fueron llegando muchos ms. Pareca como que
hubiese corrido una noticia por los lugares de placer de la capital,
atrayendo  toda la juventud libertina.

Frente al prncipe estaba sentado un teniente de cosacos, pequeo,
felino, negruzco, con ojos asiticos. Su uniforme sucio revelaba un
viaje reciente. Miguel Fedor tena con l las mayores atenciones, como
si fuese el nico invitado. Toledo, conocedor de todos los amigos de la
casa, no logr dar un nombre  este cosaco rstico que pareca llegar de
una guarnicin remota de Siberia. Alguien quiso sacarle de dudas, y se
estremeci al saber que era el hermano de una dama de la corte que
precisamente andaba en lenguas por su excesiva confianza con Miguel
Fedor. Los dos hombres se miraban con inters, brindndose mudamente los
vasos enormes de champaa. En el fondo del comedor geman incesantemente
los violines de unos ziganos. Varias muchachas morenas, con delantales 
rayas de diversos colores, danzaban en torno de la mesa. Pero  pesar de
esto, don Marcos husmeaba algo lgubre en el ambiente.

--Len, los sables!

El prncipe se haba puesto de pie, despus de mirar su reloj, dando
esta orden al criado de confianza, que estaba detrs de l. Todos los
convidados se precipitaron  las puertas con la confusin del pblico
que asalta un teatro. Cada uno deseaba llegar el primero al jardn. Ya
no haba por qu fingir: ansiaban el espectculo anunciado... Y el
coronel encontr finalmente quien le hablase con claridad.

--Ha llegado al anochecer, para pedir al prncipe que se case con su
hermana. Un viaje de treinta y ocho das... El prncipe no quiere...
Pocas veces se ver esto... Es el primer sable de Siberia.

El jardn estaba cubierto de nieve. An era de noche, y la luna fugitiva
lo iluminaba con unos rayos diagonales, extendiendo desmesuradamente la
sombra de los rboles. Ms de cien hombres formaron dos masas negras en
los bordes de una avenida. El coronel vi llegar  varios criados: uno
traa los sables, los dems llevaban grandes bandejas con botellas y
copas.

Miguel Fedor se inclin ante el enemigo con los ojos brillantes de
amabilidad y de alcohol.

--Quiere usted beber algo mas?

Di las gracias el cosaco en voz baja y Toledo lo vi de pronto
despojarse de su larga levita con el pecho adornado de cartucheras. A
continuacin se quit la camisa, quedando sin ms que los pantalones y
las altas botas. Luego se inclin, y agarrando dos puados de nieve,
empez  frotarse el tronco, un poco angosto, y los brazos nervudos.

El prncipe se estremeci de sorpresa y de fro, lo mismo que muchos de
los espectadores. Pero consideraba indispensable imitar  este rudo
adversario, para que las condiciones del combate fuesen iguales.
Mientras se despojaba de la parte superior de su uniforme, se abrieron
en la penumbra lunar del jardn las rojas estrellas de varias antorchas.

Don Marcos vi  los dos hombres frente  frente, desnudos de cintura
arriba, brillndoles los bustos con la humedad de la reciente frotacin,
cimbreando en sus manos unos sables con filos de navaja de afeitar.
Adelante! Alguien diriga el combate.

Pero esto es una barbaridad!--pens el espaol--. Estos hombres son
unos salvajes.

No se atreva  decirlo en voz alta porque era un coronel; pero toda su
vida se acord de esta escena.

Cruzaban sus sables, se esquivaban, se atacaban, el prncipe con paso
firme, el otro con una agilidad felina. Toledo, vindolos rojos, crey
que era un efecto de la luz de las antorchas. Al aproximarse  l en una
de las evoluciones de su juego mortal, se di cuenta de que estaban
cubiertos de sangre. Sobre sus troncos se extendan unas casacas de
prpura partidas en harapos que temblaban con incesante chorreo. Sus
brazos surgan blancos de esta vestidura caliente y hmeda. El prncipe
llevaba la peor parte. Toledo lo vi de pronto con un profundo corte en
la frente; luego crey distinguir que una de sus orejas estaba medio
despegada del crneo. Aquel gato salvaje de las estepas se escurra bajo
su sable. Nadie osaba intervenir; el duelo era sin misericordia, sin
descanso, sin otra condicin definida que la muerte de uno de los dos.
Se confundan, formando un solo cuerpo erizado de relmpagos blancos en
la penumbra de los rboles; se mostraban luego despegados y buscndose
en el crculo de incendio de las antorchas.

Oy de pronto el coronel un maullido de dolor, un alarido de pobre
bestia sorprendida. Lubimoff era el nico que estaba de pie. Con un
golpe de punta haba cortado la yugular  su adversario. Luego de
permanecer inmvil un segundo, lo abandon la fuerza sobrehumana que le
haba sostenido hasta entonces, sinti caer de golpe sobre l todo el
cansancio de la lucha, toda la prdida de sangre de sus heridas, y se
desplom  su vez, pero en los brazos de varios amigos. No haba un solo
mdico entre los espectadores: nadie haba pensado en esto. Consideraban
intil su presencia en un encuentro que slo poda terminar la muerte.

Todos los curiosos abandonaron el jardn siguiendo al desmayado
prncipe. Slo unos criados permanecieron junto al cuerpo del cosaco,
tendido de bruces, viendo respetuosamente cmo se agitaban por ltima
vez sus piernas, cmo se iba vaciando lentamente por el cuello, cmo se
extenda una mancha negra en la nieve, que empezaba  azulear bajo la
lividez del alba.

Este suceso tuvo gran resonancia en la corte, que ya se haba ocupado
muchas veces de las ruidosas aventuras del prncipe. Sus duelos, sus
amores, sus escandalosas fiestas, irritaban al joven emperador, empeado
en moralizar las costumbres de sus allegados. En las reuniones
aristocrticas volvieron  recordarse las extravagancias de la casi
olvidada Nadina Lubimoff. El joven cosaco estaba emparentado con
personajes influyentes y su muerte contribua al descrdito total de la
hermana.

An no haba convalecido Miguel Fedor completamente de sus heridas,
cuando recibi la orden de salir de Rusia. El zar lo desterraba por
tiempo indefinido. Poda vivir en Pars al lado de su madre.

--Est bien, ya que respeta la fortuna del prncipe--dijo el coronel
como nico comentario.

Al llegar  Pars, Miguel Fedor se convenci de que la princesa estaba
loca, cosa que sospechaba haca tiempo al leer sus largas cartas. Sir
Edwin haba muerto en Inglaterra, tres aos antes, casi repentinamente,
 continuacin de una derrota electoral. El palacio del barrio de
Monceau haba sufrido una transformacin interior que representaba un
gasto de millones. Su duea dedicaba  esto todo su tiempo. Los salones
rabes, persas, griegos  chinos, cuya construccin y adorno haban
hecho la fortuna de dos arquitectos y de varios comerciantes de
antigedades, acababan de desaparecer, esparcindose cual residuos sin
valor los muebles adquiridos en otro tiempo como piezas rarsimas.
Aunque el palacio se mantena lo mismo por fuera,  partir de la
escalinata imitaba el interior de un castillo antiguo. No quedaba una
ventana sin vidriera de colores, ni una pieza que no estuviese en una
penumbra de bodega. Todo el gtico convencional inventado por los
constructores modernos era empleado en esta restauracin deseada por la
princesa. Los tres pisos de un ala entera haban sido echados abajo para
formar una nave de catedral.

Lubimoff vi  una mujer alta, enjuta, con las manos largas y
transparentes, los ojos agrandados  inquietantes, que avanzaba hacia
l. Iba vestida de negro, con mangas sueltas que casi barran el suelo y
un bonete blanco encaonado bajo los tules de luto. A pesar de que
tena un rosario en la mueca y adoptaba al hablar una expresin de
vctima, su hijo crey ver  una cantante de pera.

La expulsin del prncipe no le haba causado extraeza ni pena.

--Esos Romanoff nos han tenido siempre mala voluntad. No pueden olvidar
 tu ilustre abuelo, que, segn cuentan, le daba palizas  Catalina al
pillarla con otros.

Su pensamiento volaba por encima de estas miserias terrenales. Ella, que
nunca se haba preocupado de las religiones, declar  su hijo que ahora
era catlica. Prescinda, por considerarlos intiles, de los actos
pblicos de conversin, pero deba adoptar esta creencia; lo exiga su
nueva y definitiva personalidad.

--Tu padre lo aprueba. Hablo con el hroe muchas noches, y est contento
de verme en el buen camino.

Miguel Fedor y el coronel se dieron cuenta, apenas llegados, de los
extraos visitantes que frecuentaban el palacio. A los melenudos
terroristas de otros tiempos haban sucedido numerosas echadoras de
cartas, pitonisas, videntes y ttricos profesores de ciencias ocultas.
Un velador modesto y viejo, que pareca haber subido solo de la
habitacin del portero, saltaba  todas horas, hablando por medio de sus
patas, en el dormitorio de la princesa.

Un da se decidi sta  comunicar  su hijo el gran secreto de su
existencia. Al fin saba quin era; las revelaciones de los espritus le
permitan conocer su verdadera personalidad. En una de sus muchas vidas
anteriores haba sido una reina desgraciada y hermosa; la mas
romntica de las reinas. El alma de Nadina Lubimoff, princesa rusa,
viva ya siglos antes en el cuerpo de Mara Estuardo.

--Siempre sent una predileccin especial por la historia de la reina
infeliz. Ahora me explico cmo al ver  sir Edwin en Londres me enamor
inmediatamente de l de un modo irresistible. Sus antepasados fueron
escoceses.

Estas razones resultaban tan incontestables como todas las que haban
guiado su existencia. Y para honrar el alma regia reencarnada en ella,
cuya autenticidad reconocan todos sus visitantes misteriosos, quiso
vivir como la decapitada soberana de Escocia, imitando sus vestidos tal
como los haba visto en los cuadros, convirtiendo su palacio en un
castillo, comiendo  solas en vajillas antiguas los manjares que un
profesor de Historia se encargaba de buscar en las viejas crnicas.

Rara vez entraba un carruaje en el patio de honor del palacio. La gran
escalinata criaba musgo entre sus peldaos, mientras por la escalera de
los proveedores suban diariamente aquellos profesionales del ms
all, mal vestidos y de aspecto inquietante, que explotaban  la
princesa, generosa como una reina--lo que era--,  cambio de ayudarla en
el manejo del velador y de evocar fantasmas histricos que movan los
tapices, hacan caer los cuadros de las paredes, cambiaban los sillones
de sitio y cometan otras diabluras pueriles para hacer constar su muda
presencia.

Doa Mercedes evitaba las visitas  la princesa. Su sencillez de buena
creyente la haca sentir miedo por las reinas que duran siglos y por
aquellos salones obscuros con muebles viejos que parecan palpitar 
impulsos de una vida misteriosa. Prefera la conversacin plcida y
saludable con los sacerdotes mantenidos por ella. El cura aragons se
haba dejado arrebatar por otra devota millonaria, fatigado sin duda de
las exageradas comodidades que le proporcionaba su penitente y de las
observaciones astronmicas sobre los tejados de los Campos Elseos.
Ahora tena alojado en su vivienda  un monseor, obispo _in prtibus_,
que canalizaba el dinero de la viuda hacia muchas obras pas de su
invencin.

Alicia se haba casado con un duque francs que tena veinte aos mas
que ella, y  los pocos meses de matrimonio daba mucho que hablar  las
gentes. Doa Mercedes, ofendida, la castigaba vindola muy de tarde en
tarde, con la esperanza de que este desvo hiciese imitar finalmente 
la duquesa de Delille las tradiciones maternales. Mientras tanto,
concentraba todos sus afectos de familia en monseor, un santo y un
hombre de mundo, que por las noches, para no ser una nota discordante,
se despojaba de su sotana para sentarse  la mesa puesto de _smoking_,
mientras un enjambre de pjaros mecnicos contaban y aleteaban en la
gran jaula dorada del comedor de la criolla.

Miguel Fedor encontr dos veces  Alicia en el palacio Lubimoff. Ella no
senta el miedo de su madre, y hasta consideraba muy originales 
interesantes las manas de la princesa. Cuando la visitaba, en tardes de
aburrimiento, pareca creer en su velador y en sus protegidos de gestos
misteriosos. Tambin consultaba  stos para saber si sera feliz, y
sobre todo si la amaran mucho, aunque sin decir nunca quin deba
amarla. Otras veces preguntaba al trpode, con una ansiedad de celosa,
lo que estara haciendo  aquellas horas un personaje incgnito cuyo
nombre no se atreva  pronunciar, pero que unos meses era moreno y
otros meses rubio. Ella y el velador se entendan.

--Siempre he dicho que esta nia tiene ms talento que su
madre--afirmaba la princesa.

Al encontrarse Alicia con el prncipe, rompi  reir y casi le abraz.

--Te acuerdas cmo nos odibamos?... Te acuerdas del da que nos
pegamos en el Bosque?...

Le miraba con inters, examinndolo de arriba  abajo, sin encontrar
nada del jovenzuelo antiptico de otra poca. Conoca sus aventuras en
Rusia, sus amores, sus duelos, su expulsin. Un hombre interesante! Un
personaje byroniano!... Adems, algo brbaro con las mujeres.

--Ven  verme. Debemos ser amigos... Acurdate que somos parientes.

Lubimoff la examin tambin, pero con cierta gravedad. Al llegar  Pars
le haban hablado mucho de ella. En los tres aos que llevaba de
matrimonio, el duque haba querido divorciarse por dos veces. Le era
penoso gozar de una enorme fortuna  cambio de que esta mujer llevase su
nombre. Cuando estrechaba la mano de un amigo, nunca estaba seguro de lo
que poda ser ste con relacin  su esposa. Pero Alicia se haba casado
para ser duquesa, y al fin llegaron  un arreglo prctico. La mitad de
su renta fu para el duque, que viajaba  viva en Pars en casa de una
antigua amante, mientras Alicia poda hacer su voluntad en su palacete
blanco de la Avenida del Bosque, ostentando una corona ducal un sus
ropas interiores, en sus vajillas y en las portezuelas de los
automviles.

La pequea amazona de las cabalgadas matinales era ahora una mujer de
soberbia belleza. Miguel pens en un fruto de California esplendoroso y
dorado, con un perfume intenso de dulce savia. Vacil interiormente
mientras sostena la mirada de aquellos ojos negros, invitadores y
dominantes, seguros de su poder... Pero no! Se acordaba de varios
hombres que le eran antipticos y segn la pblica murmuracin le haban
precedido. Estaba interesado adems por una actriz francesa que haba
encontrado en el tren al regreso de Rusia. Con un salto de su
imaginacin, volvi  ver  Alicia lo mismo que aos antes. Slo haba
cambiado exteriormente. Estaba acostumbrada  manejar los hombres con
una mano varonil,  cambiarlos como caballos de relevo. Se pelearan 
la segunda entrevista: tal vez acabaran pegndose...

Y no la vi ms. Nuevas preocupaciones torcieron el curso de sus
pensamientos. Un da encontr en la calle  un ruso que pareca viejo y
enfermo: Sergueff, su antiguo maestro. Deba tener unos cuarenta aos y
pareca un setentn, con la barba de un blanco sucio, el pelo triste,
como apolillado, y un rostro de profundas arrugas, sin ms vida que la
de los agujeros verdes de sus ojos. Andaba algo encogido; tosa al
contar su historia. De Petersburgo lo haban enviado  un presidio de
Siberia. Al fugarse de l, haba atravesado media Asia, solo y  pie,
hasta un puerto chino, y all se embarc para los Estados Unidos,
viniendo luego  Pars. Esta vuelta al mundo la relataba con pocas
palabras, como un simple paseo.

Miguel Fedor lo trajo  su palacio, y el coronel pareci achicarse en su
presencia, con una retractilidad hostil, recordando, sin duda, sus
nobles relaciones con personajes de la corte rusa, algunos de ellos
antiguos generales de la Polica.

El hijo de la princesa Lubimoff convers muchas veces con el fugitivo.
El recuerdo de su expulsin de la corte le hizo simpatizar obscuramente
con este otro desterrado. Adems, renaca en su interior una parte de
la voluntad de la madre, con sus incoherencias y sus deseos confusos.
El oficial de la Guardia prest una atencin de escolar  las doctrinas
del revolucionario.

--Estos hombres tienen razn!--exclam con el mismo apasionamiento que
pona la princesa en toda idea nueva.

Sinti en los primeros das el ansia de sacrificio, la voluntad del
renunciamiento, la abnegacin mstica de los hombres de su raza. Record
 muchos prncipes como l, educados en la corte, con altas situaciones
sociales, que haban distribudo sus bienes para vivir entre los pobres
y dedicar su existencia al triunfo de la verdad y la justicia. El hara
lo mismo, resucitando  la verdadera vida, y estaba seguro de la
aprobacin de su madre. Haba dado su sangre el general Saldaa por la
reconstitucin del pasado; l perdera la suya allanando el camino del
porvenir. Los tiempos cambian. El pasado son unos cuantos siglos y el
porvenir es infinito.

Pero no era un ruso verdadero. El sensualismo latino despert en l
apenas quiso llevar  la prctica su decisin heroica. La vida es buena
y ofrece cosas agradables. El rbol de su existencia estaba todava
repleto de savia: an le quedaban muchas primaveras de hojas, muchos
estos de frutos. Ms tarde, tal vez; cuando fuese lea seca...

Lo nico positivo  inmediato que sac de esta resurreccin fu el
convencimiento de su ignorancia y del vaco de su existencia. En el
mundo haba algo ms que saber idiomas y el manejo de las armas y los
caballos. El hombre debe buscar la conciencia de su grandeza en empresas
ms serias que los amores, los desafos y las apuestas. La suerte le
haba eximido de la dura ley del trabajo dndole la riqueza, pero no por
esto deba prescindir de marcar su trnsito por la vida con una
actividad cualquiera, como lo haban hecho miles de predecesores, como
seguiran hacindolo millones de descendientes.

Busc por primera vez la compaa de los libros, y de estas lecturas
preliminares fu surgiendo un deseo nuevo. Quiso conocer el mundo, ver
pases raros, luchar con las fuerzas ciegas que son los latidos del
planeta, vivir las aventuras gruesas y rudas de los hombres que van de
puerto en puerto. Su padre le haba hablado de remotos ascendientes que
alcanzaron nobleza y fortuna tendiendo su vela en humildes puertos
espaoles para lanzarse como gaviotas por el Ocano Tenebroso, en busca
de tierras de misterio, detrs de los primeros derroteros de Coln y los
Pinzones. Un ascendiente suyo haba sido descubridor de los modernos
Estados Unidos al desembarcar con el viejo Ponce de Len en la Florida,
buscando la legendaria Fuente de la Juventud. El primer Saldaa noble
haba obtenido el _don_ al fundar un pueblo en las cercanas de Panam.
El sera navegante como sus antecesores, marino vagabundo, gozador de
placeres exticos, y tal vez consiguiera arrancar de paso algn secreto
al gran misterio de las llanuras azules.

La vida en aquel palacio afeado por las manas de su madre le resultaba
incmoda y penosa, impulsndolo  huir. La princesa, no hizo la menor
objecin al enterarse de que su hijo deseaba comprar un yate para
navegar por todos los mares. Poda hacerlo: era un placer de gran seor
digno de l. Estaban cada vez ms ricos. El petrleo, el platino, todos
los yacimientos preciosos de su propiedad, y el producto de sus tierras,
vastas como Estados, formaban una renta enorme. El ao anterior haba
llegado  diez y seis millones: ms de un milln por mes. Para un
particular era fabuloso. Y la Lubimoff, que por unos momentos haba
recobrado su buen sentido, aadi luego con modestia:

--Pero para una reina no es gran cosa.

Miguel adquiri en Inglaterra un yate velero, de proa afilada y
arboladura audaz, con mquina auxiliar, y le puso un nombre de ave
marina, pero en espaol: _Gaviota_.

Deseaba prolongar en el Ocano su vida terrestre, seleccionando de ella
todo lo ms interesante, y por esto quiso embarcar  Sergueff. El
maestro pareca melanclico, como si le pesasen lo mismo que un
remordimiento las comodidades que le proporcionaba el prncipe y sus
larguezas pecuniarias. Tena ocupaciones ms urgentes que navegar 
capricho en un buque de lujo. Y desapareci para volver  Rusia, como
si la horca tirase de l, como si deseara, en caso de mejor suerte, dar
por segunda vez la vuelta  la tierra.

El coronel tuvo que embarcarse como ayudante de campo del prncipe.
Nunca se haba separado de l. Pero ay! no tena el pie marino, y menos
an el estmago: era un hroe de montaa; y desde un puerto del Brasil
hubo que reexpedirlo  Pars.

Cinco aos duraron las navegaciones del _Gaviota_. En el segundo, crey
Miguel Fedor que iba  interrumpirse su carrera de navegante. Acababa de
estallar la guerra entre Rusia y el Japn, y l cablegrafi desde una
escala del Pacfico pidiendo su antiguo puesto en la Guardia. La
contestacin fu dilatoria. El zar an estaba enojado con l y mantena
su destierro.

Mejor!, acab por decirse una vez extinguida su clera. Adivinaba lo
que iba  ocurrir: la suerte final de aquellos bravos de sable afilado
frente  los hombrecillos astutos y amarillos que se haban ido
apropiando en silencio el arte de matar de los occidentales.

Sus aventuras en los puertos, su trato con mujeres de todas razas y
colores, bastaban para llenar su existencia. Hago estudios de geografa
amorosa, escriba  don Marcos despus de preguntarle por la salud de
su madre.

Tuvo que interrumpir de pronto sus cruceros para visitar  la princesa.
Los mdicos la haban hecho abandonar el palacio de Pars, con su
lgubre decorado que excitaba su locura, envindola  la Costa Azul para
que se saturase de sol y de aire libre. Y la pobre Mara Estuardo, de
riguroso incgnito, iba de gran hotel en gran hotel, ocupando un piso
entero con su cortejo de domsticos rusos acostumbrados  los golpes, de
adivinas y maestros en evocaciones, siendo la desesperacin de los
hoteleros, que la vean partir con gusto  pesar de que pagaba ella sola
ms que el resto de los huspedes.

Lubimoff la vi como un espectro dentro de sus flotantes vestiduras de
luto, ms flaca, ms alta, con los ojos de una fijeza alarmante. Su tez,
haba perdido la antigua blancura, ennegrecindose como si la tostase un
fuego interior. Por el momento, su nica preocupacin era construir un
palacio en la Costa Azul. Haba comprado en territorio francs,  la
vista de Monte-Carlo, un pequeo cabo, un espoln de tierra y rocas que
avanzaba sobre las olas con el lomo cubierto de olivos seculares y pinos
retorcidos. La entretena luchar con la testarudez de un matrimonio de
viejos rsticos que se negaban  venderle la punta extrema del
promontorio. Adems llevaba gastados muchos miles de francos en planos
del futuro palacio. Pintores, arquitectos y jardineros-paisajistas
trabajaban incesantemente para ella, exprimiendo su imaginacin y
haciendo estudios en el pasado. Quera plantar ante el Mediterrneo un
enorme castillo escocs, lo ms escocs que pudiera idearse: una novela
de Wlter Scott hecha de piedra, resuma la princesa.

El hijo se asust. Iba  repetirse la suntuosa mazmorra de Pars frente
al mar luminoso, en uno de los paisajes ms sonrientes de la tierra.
Habl  espaldas de su madre con todos los que trabajaban para la futura
Villa-Sirena. La princesa haba ideado este nombre, segura de que en las
noches de luna vendran  visitarla las hijas de las profundidades
marinas, cantando en los escollos al pie de sus ventanas. No podan
hacer menos por ella. El misterio se abra cada vez ms ampliamente ante
sus ojos, permitindole ver lo que no vean los dems.

Don Marcos, que, abandonado por su discpulo, segua  la princesa,
recibi iguales recomendaciones. Deba evitar que la pobre seora
perpetrase este sacrilegio mediterrneo. Pero qu poda el infeliz
coronel con aquella demente que pasaba semanas enteras sin hablarle,
como si no le reconociese!...

Volvi el prncipe  su yate, y un ao despus le alcanz la noticia
triste y esperada, hallndose en el Norte de Noruega, al regreso de una
excursin por los mares rticos. Su madre haba muerto cuando empezaban
 elevarse entre los olivos y los pinos del rosado promontorio unos
muros enormes de piedra falsamente negruzca, como las tablas pintadas de
los anticuarios, y que parecan prximos  derrumbarse de puro viejos
apenas salidos de la tierra.




III


Miguel lleg  tiempo para recibir el cuerpo de la princesa en Pars.
Antes de morir se haba sentido iluminada por ese chisporroteo de razn
que anuncia el fin de los grandes desequilibrados, dejando escritos en
varios papeles los prstamos hechos  determinadas personas y juiciosas
indicaciones al hijo para el buen manejo de la enorme fortuna. Quera
ser enterrada junto  su marido, el primero, el hroe, en el
cementerio del Pre Lachaise. En sus ltimos aos de permanencia en
Pars, tocada una vez ms del afn de construccin, se haba ocupado en
preparar su morada definitiva, levantando junto al mausoleo del marqus
de Villablanca, cuya imagen ceuda  indomable tena en la mano una
espada rota, otro monumento no menos ostentoso, con una estatua que ella
crea su exacto retrato y no era mas que una reproduccin de la infeliz
reina de Escocia tal como aparece en las estampas de la poca romntica.

Durante las ceremonias fnebres, Miguel Fedor volvi  encontrarse con
muchos antiguos visitantes del palacio Lubimoff que l crea muertos.
Doa Mercedes le abraz llorando. Estaba extraordinariamente obesa, con
la indinica tez aclarada por una blancura jugosa y monacal. Pareca la
superiora de un noble convento de canonesas. A su lado, el monseor, con
sotana de seda y gesto compungido, mova los labios por la salvacin de
la difunta. Hijo mo! Todos tenemos nuestras penas. Y la pobre
seora, al hablar as, mir  otra enlutada elegante que se mantena en
el cementerio  cierta distancia de ella, y pareca anonadada por una
ceremonia que la haba obligado  salir del lecho antes de medioda.

Tambin la duquesa de Delille vino  l, estrechndole las dos manos y
envolvindolo en una mirada extraa.

--Tu madre me quera de verdad... En los ltimos aos nos hemos visto
mucho.

Miguel asinti mudamente. Lo saba. La princesa Lubimoff era el nico
sostn de esta apasionada sin escrpulos que se iba  fondo en la
consideracin de las gentes. Ella la haba defendido cuando las otras
mujeres del gran mundo, cediendo al instinto de conservacin, le hacan
la guerra y le cerraban la entrada de sus casas, temiendo por la
fidelidad de sus maridos. Como jugaba en Monte-Carlo todos los
inviernos, haba acompaado  la princesa hasta sus ltimos instantes.

--Me quera ms que mi madre... Tal vez se acordaba de que pude ser su
hija.

El prncipe se alej, como molestado por esta alusin. Le haban dicho
tantas cosas de ella!... Pero su imagen le fu acompaando durante el
resto de la ceremonia. Continuaba siendo hermosa, mas con una belleza
extraa. Haba perdido su dorado cutis de fruto sazonado, y era plida,
con una blancura pajiza de papel japons. Sus ojos, abiertos
desmesuradamente, tenan unos reflejos metlicos; miraban con una
tenacidad molesta y al mismo tiempo parecan vagorosos, como si se
tendiese ante ellos una telaraa invisible. Sus enemigas menos
implacables la acusaban de cierta propensin  los licores. Beba, como
un cliente asiduo de _bar_, toda clase de mezclas americanas. Otras
atribuan su palidez y sus ojos eternamente asombrados  la morfina, al
opio,  todos los lquidos y perfumes del estupor, creadores de
parasos artificiales. La pequea Alicia de otros tiempos apuraba su
vida  grandes tragos, hasta el fondo de la copa.

Lubimoff crey no verla ms, pero  los pocos das empez  recibir
cartas de ella. Estaba solo, deba sentirse triste, y le invitaba 
comer, sin ceremonia, como parientes que eran. Sus excusas provocaron
nuevas invitaciones por telfono. El prncipe, como el que cumple un
aburrido deber social, acab por ir un anochecer  su palacete de la
Avenida del Bosque, una de las numerosas imitaciones del Pequeo Triann
que existen en el mundo.

La duquesa de Delille estaba orgullosa de este edificio y su reducido
jardn, ante cuyas verjas de lanzas doradas pasaba todo el Pars
elegante. Miguel conoca sus salones sin haber estado nunca en ellos.
Los peridicos ilustrados que se ocupan de modas y de la vida de los
ricos llevaban publicadas muchas fotografas del interior de esta casa
en Europa y en Amrica. Los comentarios de la gente le haban enterado
de la singular existencia de Alicia. De pronto senta un deseo furioso
de recibir visitas, de ser admirada, de asombrar con sus dispendios, y
organizaba grandes fiestas, lamentando que el Municipio de Pars no le
permitiese iluminar  sus expensas, como en una fiesta nacional, toda la
Avenida de los Campos Elseos y el Arco de Triunfo, para que los
invitados llegasen hasta su puerta entre fulgores de apoteosis. Haba
dado una _garden-party_ en una seccin del Bosque de Bolonia, con juegos
nuticos, danzas de bailarinas sagradas tradas de Asia y un _buffet_
para tres mil invitados. Otra vez gast medio milln transformando una
gran parte de su hotel en interior de palacio persa, para un solo baile
de trajes, volviendo el da siguiente  restaurar los salones en su
primitivo estado.

De pronto desapareca. Las gentes comentaban su ocultamiento con guios
maliciosos. Algn nuevo amor; y sus amores casi siempre eran andantes,
necesitando el viaje largo y el cambio de horizontes. Tal vez estaba en
Constantinopla  en Egipto; tal vez se ocultaba en uno de los enormes
hoteles de Nueva York. A veces era cierto; en otras ocasiones, los ms
ntimos de la duquesa afirmaban que no haba salido de Pars. El
automvil permaneca ante su puerta.

Esta era otra de las originalidades de Alicia. A todas horas del da y
de la noche, uno de sus diversos vehculos de lujo se hallaba
estacionado frente  la escalinata. Tres mecnicos se repartan el
servicio, permaneciendo en el pabelln del portero; y apenas sonaba el
timbre, no tenan mas que correr  su carruaje ponindose los guantes y
dar la vuelta  la manivela de marcha. La seora senta deseos de salir
 las horas ms extraordinarias: cuando acababa de llegar de un baile,
muchas veces despus de haberse acostado,  en las primeras horas de la
maana, que eran para ella lo que son las horas de profundo sueo para
los dems mortales.

En otras temporadas, los chfers se relevaban durante semanas enteras
sin franquear la verja del palacete. La duquesa no quera salir. Ya no
experimentaba repentinos deseos de correr sin objeto por el Pars
dormido, de hacer visitas  horas intempestivas  deslizarse por los
bosques de los alrededores en plena tormenta. Y los automviles parecan
envejecer en su inmovilidad, unas veces con las ruedas hundidas en la
nieve del patio, otras cubiertos de lgrimas por la lluvia oblicua que
se deslizaba bajo la amplia marquesina de cristales. La inquieta y
rebullente Alicia pasaba mientras tanto los das en el lecho, afirmando
 sus ntimos que para conservar la belleza era excelente hacer de vez
en cuando una cura de reposo. Invitaba  comer  los amigos sin
moverse de la cama. La mesa era servida lujosamente en el gran
dormitorio, y ella, metida entre sbanas, con los platos  su alcance
sobre un velador, rea y conversaba con los convidados. Transcurran
para ella meses enteros sin ver el exterior de su casa, olvidando los
costosos objetos que su capricho haba amontonado en las habitaciones.
Le bastaba con la vanidad de haber fabricado un riqusimo estuche para
albergue de su pereza.

El prncipe la encontr en un saloncito del piso bajo. Verdaderamente,
le reciba con absoluta confianza. Iba vestida con una tnica negra de
su invencin, mezcla de peplo y de kimono. Los brazos se escapaban
desnudos de esta seda floja, que pareca vivir apretndose sobre su
cuerpo. Se adivinaban debajo de ella los relieves y el calor perfumado
de la carne, sin velos interiores. Miguel mir su _smoking_ y su
brillante pechera como si hubiese cometido una falta.

Mientras iban hacia el ascensor, blanco y acolchado como una caja de
guantes, ella le dej entrever los salones del piso bajo, ostentosos,
pero en una penumbra que casi era obscuridad: el gran comedor, desierto
y enfundado; el pequeo comedor, en el que no se vea preparativo
alguno... Adnde le llevaba?... Estara la mesa puesta en su
dormitorio?...

El ascensor pas ante el primer piso sin detenerse.

--Vamos  mi estudio--dijo Alicia--. T eres de confianza. All es donde
como cuando estoy sola.

Lubimoff se asombr del llamado estudio, una vasta pieza que ocupaba
gran parte del segundo piso, y en el que no pudo ver otros libros que
los de un pequeo estante. El decorado era de falso Extremo Oriente:
un amontonamiento de muebles de laca negra y sin adornos, de sedas de
colores desledos  de un azul negruzco, de dolos espantables. Una luz
difusa y verdosa descenda del techo: la luz de los teatros en una
escena de noche. Un biombo cubierto de figuras de oro formaba como una
segunda habitacin, ms ntima, con el suelo alfombrado de pieles
blancas de largos y sedosos pelajes, sobre las cuales se amontonaban
docenas de almohadones de diversos colores, con reptiles alados y flores
inverosmiles.

Un olor extico y penetrante ara el olfato del invitado. Conoca este
perfume. Y mir  la duquesa con severidad.

--Sintate--dijo ella--; van  servirnos.

Y como el prncipe mirase en torno, sin ver ninguna silla, Alicia le di
ejemplo dejndose caer en un montn de cojines. Miguel se sent de igual
modo junto  una mesilla de ncar del tamao de un taburete. Sobre ella,
una lmpara de pantalla obscura esparca su redondel de luz suave. El
prncipe empez  sentirse agitado por una clera sorda al pensar en su
noche malograda.

--T habrs comido as muchas veces--continu ella--. Has viajado ms
que yo. Debes conocer esta decoracin.

S; conoca esta decoracin con toda autenticidad, y por eso no le
placa volver  encontrarla imitada. Adems, obligarlo  comer en el
suelo en plena Avenida del Bosque!... _Snob!_

Pero al poco rato fu modificando su opinin. Indudablemente, mereca
este nombre; pero su snobismo era ya algo habitual que haba acabado por
formar en ella una segunda existencia. Adivin en los menores detalles
que todo esto no haba sido preparado para l, que Alicia viva y coma
cuando estaba sola lo mismo que en el presente, dominada por un deseo de
diferenciarse de los dems hasta cuando nadie poda observarla.

Un domstico de color de cobre sucio y cados bigotes, con _smoking_
negro, una tela blanca arrollada  las piernas lo mismo que una falda y
una enorme cabellera de mujer sostenida por un peine de concha, era el
encargado de servir la comida. Este asitico fu colocando sobre el
suelo enormes bandejas que contenan los manjares: unas de plata antigua
repujada  martillo, otras de laca multicolor  de materias
semitransparentes que imitaban la esmeralda, el topacio y el lacre rojo.

Miguel se imagin la locura de un gran maestro de cocina que en pleno
delirio dispusiera el orden de un banquete. No haba un solo plato que
recordase el armnico curso de una comida ordinaria. El paladar influa
en la imaginacin, evocando recuerdos de remotos viajes, visiones de
pases antitticos. Las confituras exticas alternaban con los platos
calientes: las pasteleras aderezadas con violentos perfumes eran
servidas al mismo tiempo que ciertas salsas agrias, picantes  de
intensa amargura.

Alicia estaba casi tendida en los cojines, mirando los platos con
inapetencia, y slo avanzaba un brazo perezoso sobre los manjares ms
raros y de sabor ardiente, demostrando la honda perversin de su
paladar. Ella misma se encargaba de ir llenando el vaso del convidado
con una bebida de su invencin,  base de champaa, que anestesiaba la
boca con araazos de frescura y de cauterio y haca subir  las fosas
nasales un perfume de flores raras y especias asiticas.

Hablando de la difunta princesa, acab por mencionar  su propia madre.
Vivan las dos en abierta hostilidad. Sus ojos tomaron un brillo
agresivo al recordar  doa Mercedes confinada en los Campos Elseos
con su corte de sotanas y mostrndose en pblico nicamente para la
organizacin de obras devotas. Quera matar de hambre  su nica
hija!... Y como Miguel sonriese ante este grito colrico, ella explic
sus quejas.

--No me da casi nada; una miseria: medio milln. Y yo tengo que entregar
 mi marido doscientos mil francos por ao: una querida algo cara, que
evito ver. T eres verdaderamente rico, hijo mo, y no comprendes estas
cosas... Como toda la fortuna es de ella, me sitia por hambre y guarda
su dinero para derrocharlo con los curas... Pobre seora! No puede
encontrar ya otros admiradores que ese monseor y otros igualmente
pedigeos... Y yo, que soy su hija, la suplico como una mendiga para
que me d unas migajas con acompaamiento de sermones... Ay, si no
hubiese sido por tu madre! Esa s que era una gran seora: nunca le
llor en vano; hasta me daba ms que yo peda. T sabes indudablemente
que le debo algn dinero. Un poco... No s cunto... De veras que no lo
sabes?... Yo te lo pagar cuando herede.

Y con una franqueza brutal exterioriz su pensamiento:

--Cundo me dejara en paz esa beata!... Los viejos deberan ceder su
puesto  los jvenes. Qu placer pueden encontrar en seguir viviendo?

Haban terminado de comer. Ella sigui llenando los vasos de los dos con
aquella bebida. Al principio repugnaba  Miguel, pero haba acabado por
seducirle con su frescura olorosa que perturbaba dulcemente los
sentidos, como si su embriaguez fuese de perfumes.

--T fumars indudablemente la pipa--dijo Alicia con sencillez.

El hizo un gesto negativo y record el olor que haba asaltado su olfato
al entrar all. Saba qu pipa era sta, y extendi su mirada por el
estudio. En algn rincn oculto deba estar el fumadero.

--Un hombre como t!--continu ella--. Un navegante!... Y yo que me
haba hecho la ilusin de que fumaramos juntos!

Hasta di  entender que la esperanza de proporcionarle este goce
perseguido era la causa principal de su invitacin. Se resign al
enterarse de que el vigoroso prncipe sufra nuseas cada vez que
intentaba saborear esta depravacin asitica. Y mientras l encenda un
habano, Alicia sac de una caja de plata los cigarrillos que fumaba en
presencia de los no iniciados: tabaco oriental, pero bien rociado de
opio.

De pronto tuvo Miguel la certeza de algo que haba presentido desde que
entr all,  mejor an, desde que se cruzaron sus miradas en el
cementerio. La vi medio incorporada en sus almohadones, con un
encogimiento felino, como si fuese  saltar sobre l. Era el mpetu
reconcentrado de la bestia hermosa y segura de su fuerza que no puede
esperar ni conoce el disimulo. Se haba quedado con la tacita de caf
olvidada en una mano, mirndole fijamente. La punta de azul elctrico
danzante en sus pupilas la conoca Lubimoff. Era la mirada de oferta de
los silencios femeninos, la invitacin  la violencia,  la toma de
posesin, que tantas veces haba encontrado ante su paso de millonario
vencedor.

Necesitaba hablar cuanto antes para romper el maleficio mudo de esta
hermosa bruja, que, convencida de su triunfo final, le enviaba sonriendo
las bocanadas de humo de su cigarrillo. Y Miguel aludi  la fama
amorosa de ella, al gran nmero de amantes que le atribuan, como si con
esto pudiera crear una honda separacin entre los dos.

--Ah! t tambin?...--dijo Alicia, riendo con una expresin varonil--.
Supongo que tu moral no es la de mam, y que no irs  sermonearme por
mi conducta. Aunque, en realidad, mam no me censura por lo que hago. Lo
que la indigna es mi falta de miedo al qu dirn, y algunas veces el
origen obscuro de los hombres en que pongo mis ojos. Pobre seora! Si
yo tuviera relaciones con un rey  un prncipe heredero, tal vez
permitira que nos viramos en su casa, y hasta su monseor montara la
guardia.

Pas un rato silenciosa, con los ojos inquietantes fijos en Miguel.

--Bueno; he tenido muchos hombres. Y t? Crees que no conozco tus
vagabundeos por el planeta en busca de mujeres inditas y sensaciones
nuevas?... Los dos hemos hecho lo mismo; slo que yo no he necesitado
correr tanto mundo para saber lo mismo que t sabes... Y no tendrs la
pretensin de imaginarte, como ciertos hombres, que nuestros casos no
son exactamente comparables por pertenecer yo  otro sexo.

El prncipe la escuch silenciosamente exponer sus ideas. Amaba mucho la
vida, y  cambio de este amor reclamaba de ella todo cuanto pudiera
darle... Otras mujeres sentan preocupaciones de orden material: el
ansia de riqueza, la conquista del lujo, los apuros de familia... Ella
lo posea todo; ninguna inquietud entenebreca su maana; ni siquiera la
de su belleza, sostenida por una salud magnfica y que pareca crecer
con la edad y el abuso de sus fuerzas. Y en esta existencia de vanidades
satisfechas hasta el hartazgo, slo una cosa le interesaba, por su
variedad infinita, por sus fases, que parecan repetirse montonas, pero
en realidad eran distintas para los inteligentes de exquisito paladeo:
el amor.

--Comprndeme, Miguel; no te ras en tus adentros. Me conoces demasiado
para imaginar que yo puedo creer en el amor como la mayora de los
mujeres. S que es necesario un poco de ilusin para sazonar su
materialidad; todos ponemos en l un poco de mentira, para gozar de esa
mentira aunque sepamos que lo es: pero en el fondo, yo me ro del amor
tal como lo entiende el mundo, as como me ro de tantas otras cosas
veneradas por las gentes... Yo no quiero enamorados; quiero admiradores.
No busco inspirar amor; me place ms la adoracin.

Estaba orgullosa de su belleza. Habl de Venus como de un personaje
real. Admiraba su serenidad olmpica dndose  los dioses y  los
hombres, sin dejar de ser superior aun en el momento en que sufra el
despotismo del sexo asaltante. Ella se consideraba como una
superbelleza, ms all de los vulgares lmites del vicio y la virtud,
una obra de arte viviente, y el arte no es moral ni inmoral, pues le
basta con ser hermoso.

--Poetas, pintores y msicos buscan entregarse al mayor nmero de
admiradores; se esfuerzan por engrandecer el crculo del deseo pblico;
procuran, con una coquetera femenil, atraer nuevos solicitantes. Yo soy
como ellos. No necesito crear belleza, pues, segn dicen, la llevo en m
misma; mi obra soy yo; pero amo la gloria, necesito la admiracin, y por
eso me doy generosamente, satisfecha de la felicidad que proporciono,
pero sin dejarme dominar por aquellos que busco, conservando mi pblico
 mis pies.

Miguel pens que por la vida de esta mujer deban haber pasado varios
artistas. Se notaba en sus palabras, en las imgenes con que pretenda
expresar el entusiasmo por su propio cuerpo. El orgullo de su belleza
era inmenso. Qu valan las ambiciones perseguidas por los hombres,
comparadas con la satisfaccin de verse hermosa y deseada? Unicamente la
gloria de los guerreros, de los conquistadores sanguinarios, cuyos
nombres son conocidos hasta en los lugares salvajes, poda igualarse con
el dominio universal de la mujer.

--Para m--continu Alicia--, lo ms hermoso y exacto que se ha escrito
es lo del banco de los viejos.

El prncipe hizo un gesto de extraeza, y ella continu. Eran los viejos
troyanos de la _Ilada_, que protestan del largo sitio de su ciudad, de
la sangre de miles de hroes, de la miseria, todo por culpa de una
mujer... Pero pasa Helena ante el banco de los viejos, majestuosa de
belleza, arrastrando sus tnicas de oro, y todos ellos quedan absortos
de admiracin, lo mismo que si la divina Afrodita acabase de descender 
la tierra, y murmuran como una plegaria: Bien merece lo que por ella
sufrimos. Es tan hermosa!

--Me gusta que los hombres padezcan por m. Qu gloria si yo pudiese
ser la causa de una gran matanza, como esa abuela inmortal!... Siento un
orgullo profundo cuando noto que  mis espaldas mugen la envidia y el
despecho, lanzando todas esas murmuraciones que enfurecen  mi madre.
Slo las personas extraordinarias levantamos tempestades... Y luego, en
los salones, los mismos personajes austeros que han hecho coro  sus
esposas y sus hijas me miran al pasar con unos ojos disimulados y
admirativos; unos enrojecen, otros se ponen plidos. Adivino que no
tendra mas que hacer una sea  su muda admiracin... Yo tambin tengo
mi banco de los viejos.

Se di cuenta Lubimoff repentinamente de que ella, mientras hablaba, se
haba ido aproximando, de almohadn en almohadn, apoyndose en los
codos. Casi estaba  sus pies, con la cabeza en alto, pretendiendo
envolverle en el efluvio magntico de su mirada ascendente y fija.
Pareca una serpiente negra y blanca estirndose poco  poco entre los
cojines; iba saliendo de ellos como si fuesen peascos de diversos
colores.

--El nico hombre que me ha hecho pensar un poco--continu con una voz
de susurro--, el nico que me ha parecido distinto  los otros, eres
t... No te alarmes: no es amor. No voy  invertir los trminos,
hacindote una declaracin. Tal vez ha sido porque de muchachos nos
aborrecimos, porque nunca te inspir deseos; y esto resulta tan
extraordinario en mi vida, que basta para interesarme.

Sus manos se apoyaron en las rodillas de l como si fuera 
incorporarse.

--Cuando nos encontramos en el cementerio, despus de tantos aos, me
acord de todo lo que he odo contar de ti. Muchas mujeres que yo
conozco han sido tus amantes, y yo me dije: Por qu no yo tambin?
Luego pens en los hombres que han pasado por un vida, y aad: Por
qu no l?...

Ahora eran los codos de Alicia los que se apoyaban en sus rodillas, y
como el prncipe estaba sentado sobre dos almohadones nada ms, casi
quedaban al mismo nivel sus ojos y sus bocas. El aliento de ella, al
hablarle, se esparca sobre su rostro como una brisa de selva asitica
susurrante bajo la luna. Las especias y las flores que saturaban el vino
parecan voltear en esta caricia flida.

Intent l repelerla, pero una mano de Alicia se haba posado ya en uno
de sus hombros. Se limit  hacer con la cabeza un gesto negativo.

--No temas--aadi ella, extremando su susurro acariciador--. Conmigo no
hay compromiso. Me dejars cuando quieras; tal vez te deje yo antes...
Te deseo desde hace unos das: t debes desearme como los otros...
Vivamos el momento presente como personas que conocen el secreto de la
existencia y saben lo que sta puede darnos... Luego, si nos cansamos el
uno del otro, adis! sin rencor y sin nostalgia.

Al recordar el prncipe de tarde en tarde esta escena, senta cierta
molestia. Estaba seguro de haberse mostrado brutal y ridculo. El, que
con tanta facilidad realizaba el gesto de amor en sus viajes,
experimentando muchas veces una comezn de repugnancia ni pensar en sus
copartcipes, se rebel con un pudor irritado ante los avances de la
duquesa. No; con ella, nunca! Despert en su interior la misma
antipata que le haba hecho levantar el ltigo siendo adolescente.

Se vi de pie en el centro del estudio, mirando con inquietud hacia la
puerta, murmurando estpidas excusas. Debo irme: es tarde. Me esperan
unos amigos... Ella se haba serenado. Tambin estaba de pie, y le mir
con asombro  ira.

--T eres el nico que podas hacer esto--dijo, al despedirle, con un
acento cortante--. Ahora veo claro. Te odio como t me odias. Mi
capricho era estpido. Te has permitido un lujo que nadie en el mundo
podr imitar. Si fuese ms joven, te dara otro latigazo como el del
Bosque; pero  falta de l, hazte cuenta que te repito lo que dije
entonces.

No se vieron ms.

Cuando el prncipe hubo puesto en orden todo lo concerniente  la
herencia de su madre, pens en reanudar sus viajes, pero con mayor
suntuosidad. Ya no necesitaba pedir dinero  la princesa. Era uno de los
grandes ricos del mundo. Los hombres que estaban al frente de la
administracin de sus bienes--una oficina con numerosos empleados, casi
un Ministerio de pequeo Estado--le anunciaban que los diez y seis
millones anuales de la princesa iban muy pronto  ser veinte, por el
desarrollo de los ferrocarriles rusos, que permitira una explotacin
ms intensa de sus minas.

El coronel recibi el encargo de echar abajo los muros feudales,
construyendo Villa-Sirena de acuerdo con los gustos del prncipe. Este
odiaba las resurrecciones arquitectnicas. No poda sufrir ciertos
edificios que pretenden copiar la Alhambra, los palacios de Florencia 
las construcciones ordenadas y solemnes de Versalles, para orgullo de
sus propietarios.

--Los muebles tendran que ser idnticos  los de la poca--deca
Miguel--y habra que vivir en esas casas lo mismo que se viva en el
siglo que produjo el estilo, vestir y comer como en otras edades... Qu
disparate la reconstruccin de uno de esos cascarones histricos para
instalarse en su interior como hombres modernos, incurriendo  cada paso
en un anacronismo!...

Recordaba el intento de un millonario amigo suyo, miembro del instituto,
que haba hecho levantar en la Costa Azul una casa romana, exactamente
romana. Los invitados  la inauguracin tuvieron que dormir en camas de
correas, comieron acostados, y para sus excedencias digestivas slo
encontraron un agujero en el suelo, lo mismo que los antiguos Csares. A
las veinticuatro horas todos fingan haber recibido telegramas
llamndoles con urgencia  Pars, y el mismo dueo, pasados unos meses,
dej su casa al cuidado de un conserje para que la ensease como un
museo.

Miguel amaba la arquitectura presente, cuyas catedrales son las
galeras de mquinas y las grandes estaciones de ferrocarril. Aplicada
 la vivienda, le placa por su falta de estilo: paredes blancas, pocas
molduras, rincones semicirculares, carencia absoluta de ngulos, para
perseguir el polvo hasta en sus ltimas madrigueras, amplias aberturas
que daban entrada  la brisa  al sol, dobles muros por cuyos huecos
poda circular el aire caliente  fro y el agua  diversas
temperaturas.

--Hasta ahora, el hombre--afirmaba el prncipe--vivi en magnficos
estuches de arte y de porquera. Los arquitectos modernos han hecho ms
en treinta aos por la dulzura de vivir que hicieron en tres mil los
constructores-artistas tan admirados por la Historia. Han declarado
indispensable el cuarto de bao, que no conocan los reyes de hace un
siglo, y las aguas corrientes; han inventado la calefaccin central y el
_water-closet_. Que no me hablen de los magnficos palacios de
Versalles, donde no haba un solo gabinete de necesidad, y todas las
maanas los lacayos vaciaban doscientos sillicos del rey y de los
cortesanos. Algunas veces, para terminar ms pronto, arrojaban su
contenido por las majestuosas ventanas, y vena  caer sobre la litera y
el squito de una delfina  de un embajador.

Toledo se dedic  vigilar la construccin de Villa-Sirena, blanca, lisa
y sin estilo definido, con arreglo  los deseos del prncipe. Este se
encargara de hacer arte cuando llegase su hora, colocando el cuadro
clebre, la estatua, el tapiz  la alfombra all donde diesen ms placer
 sus ojos. La casa slo deba ser una envoltura de lneas puras y
simples, en cuyos flancos estuviesen almacenados el calor  la frescura,
segn la estacin, el agua pronta  correr por todas partes, la
electricidad escapando en chorros luminosos  agitando la atmsfera con
el aleteo de la brisa.

Le fu ms fcil transformar con rapidez su vivienda errante sobre los
mares. Vendi el _Gaviota_, que le recordaba su dependencia como hijo de
familia, y fu  los Estados Unidos atrado por un anuncio. Cierto
multimillonario haba empezado tres aos antes la construccin de un
yate, con el deseo de que fuese superior en lujo y tonelaje  los de
todos los soberanos de Europa. Cuando vea prximo  realizarse este
triunfo de los reyes republicanos de la industria sobre los reyes
histricos del viejo mundo, el americano muri en un accidente de
automvil y sus herederos no saban qu hacer del tal Leviatn, que slo
poda servir  un viajero inmensamente rico y adems, en su opinin,
algo loco. Pensaban ofrecerlo al kaiser Guillermo II, resignados 
sufrir sus exigencias de aprovechado comerciante, cuando se present el
prncipe Lubimoff. Una semana despus, la blanca popa del buque y las
dos caras de su proa ostentaban un nombre en letras de oro, repetido
adems en los rollos salvavidas y en las diversas embarcaciones
secundarias, balleneras, botes  vapor, botes automviles: _Gaviota II_.

Tena el tonelaje de un pequeo trasatlntico y la velocidad de un
torpedero. Por su doble chimenea se escapaba diariamente la fortuna de
un hombre. Su presencia en ciertos archipilagos lejanos dejaba limpios
los depsitos de carbn. Un vapor de carga alquilado por el prncipe
sala al encuentro del _Gaviota II_ en los mares ms remotos para llenar
sus bodegas de combustible.

Puertos tranquilos se iluminaron por la noche como si hubiese salido el
sol. El prncipe Lubimoff daba una fiesta  bordo, y su buque se
dibujaba, desde la lnea de flotacin hasta los topes, ribeteado de
bombillas elctricas de diversos tonos, mientras los potentes
reflectores lanzaban chorros movibles de luz, sacando de las entraas de
la noche las olas, las playas, el casero de la ciudad. Otras veces, el
fuego blanco de sus ojos monstruosos resbalaba sobre muros de hielo que
se perdan en las altas tinieblas, y los pinginos, las focas y los osos
polares interrumpan su sueo, asustados por este monstruo luminoso y
jadeante que parta como un relmpago el misterio de la noche.

Ser dueo del movible palacio que al anclar frente  las ciudades haca
correr  las muchedumbres como un espectculo raro no era suficiente
para Miguel Fedor. Y cre algo ms interesante an que los salones
lujosos y las refinadas comodidades del _Gaviota II_: su orquesta.

La sensualidad de la msica era para l la ms preciosa de las
emociones. Con el odo harto de msica suculenta, buscaba autores
ignorados y muchas veces extravagantes que excitaban su curiosidad; pero
siempre volva  exigir como platos fuertes de estos banquetes auditivos
los maestros de sus primeras adoraciones, y entre todos ellos,
Beethoven.

Tratados como si fuesen oficiales, retribudos  su placer y con el
aliciente de visitar una gran parte de la tierra, se presentaban msicos
de todos los pases solicitando su ingreso en la orquesta del yate.
Concertistas de fama y jvenes compositores entraron en ella como
simples ejecutantes. Unos estaban enfermos, y buscaban su salud en un
viaje alrededor del mundo con verdadero lujo y sin dispendios; otros se
embarcaban por amor  las aventuras, por ver gentes nuevas desde este
alczar flotante, donde todo pareca organizado para una eterna fiesta.
Nunca eran menos de cincuenta.

Mi orquesta es la primera del mundo, contestaba con orgullo el
prncipe cuando le cumplimentaban sus invitados; pero slo de tarde en
tarde, estando en los puertos, permita que la gente de tierra viese 
sus msicos.

En las noches tibias del trpico, bajo una luna enorme de color de miel
que converta el mar en planicie de azogue, los ejecutantes, vestidos de
frac y sentados en la cubierta superior ante las filas de atriles
iluminados por lamparillas elctricas, iban desarrollando en una
atmsfera dormida--que guardaba tal vez los primeros vagidos del
nacimiento del planeta--las melodas ms originales, las combinaciones
de sonidos ms refinadas que engendr el sublime delirio del artista
hecho dios. La msica iba quedando detrs del buque, en el misterio
ocenico, como una cinta que se estira, se rompe y se pierde en
fragmentos lo mismo que el humo de las chimeneas. Durante las pausas de
la orquesta surga el sordo y lejano rodar de las hlices levantando un
zumbido de espumas; luego, de tarde en tarde, el lento badajeo de la
campana anunciando el paso del tiempo,  el grito del viga acurrucado
en el nido del palo mayor, revelando su vigilancia con una melopea
igual  la del muecn en lo alto de su minarete. Y esta msica montona
del mar comunicaba una sensacin de noche y de inmensidad  la msica de
los hombres.

Al pie de las escaleras  en los salientes de las cubiertas inferiores
se agrupaban los oficiales y los empleados del prncipe para oir el
nocturno concierto. En la proa, la marinera, puesta en cuclillas,
escuchaba con el religioso silencio de los hombres simples ante algo que
no comprenden, pero que les infunde respeto. Arriba no haba ms oyente
que Miguel Fedor, lejos de los msicos, de espaldas  ellos, mirando 
sus pies las aguas espumosas y partidas que escapaban como un doble ro
 lo largo del buque, llevndose  la boca el cigarro, que haca surgir
por un momento de la sombra, coloreado de rojo, su rostro pensativo.

El yate guardaba otra corporacin ms silenciosa. Los que conseguan
subir  l en los puertos siempre alcanzaban  distinguir de lejos
alguna dama con zapatos blancos, falda azul, chaqueta cruzada con
botones de oro, corbata y cuello masculinos, gorra de oficial. Nadie
saba con certeza cuntas eran. Los hombres de la tripulacin tenan
vedado el acceso  los departamentos centrales del buque y su cubierta
superior. Algunos, al contravenir por descuido la orden, se haban
encontrado con las compaeras del prncipe ms ligeras de ropa que
cuando llevaban su elegante uniforme marino,  con trajes ricos y
exticos, como figurantas de baile. En los grandes puertos saltaban 
tierra por unas horas estas tripulantes misteriosas, vestidas con
discreta elegancia y expresndose en diversos idiomas.

Cuando el _Gaviota II_ tornaba  anclar en una baha visitada el ao
anterior, los curiosos encontraban completamente renovado este harn
errante. Algunas veces llegaban  reconocer  una  dos de las damas,
pero tenan la expresin melanclica y paciente de la odalisca venida 
menos, que se considera contenta en el lujo y el olvido.

Miguel Fedor cortaba algunos aos sus viajes, durante el verano, para
instalarse en las playas de moda. Las mujeres de las largas travesas
quedaban  bordo con todas los comodidades y despilfarros  que estaban
acostumbradas. Otras veces las despeda como se licencia  una
tripulacin al desarmar un buque, finalizada su campaa.

Le interesaban de pronto las mujeres de vida sedentaria, la sociedad de
tierra firme, los intrigas veraniegas en los balnearios clebres, y
permaneca en un hotel costero, mientras su yate se balanceaba
gallardamente sobre las aguas azules como un palacio de misterios y
suntuosidades, hacia el que convergan todas las imaginaciones
femeninas.

Viviendo en Biarritz intim con Atilio Castro al descubrir que eran
parientes por el general Saldaa. El espaol admir la fascinacin que
ejerca el prncipe sobre todas las mujeres, muchas veces sin desearlo.

Jams en ninguna poca haba sentido la hembra ms aficin al lujo ni
menos escrpulos para conseguirlo. Esta era la opinin de Castro. Las
grandes ostentaciones, que en otros siglos slo estaban al alcance de
contadas familias, pertenecan ahora  todo el mundo. Slo se necesitaba
dinero para poseerlas. Adems, haba que tener en cuenta los adelantos
materiales del tiempo presente, que hacen la vida ms cmoda, pero
aumentan nuestros deseos...

--El automvil y el collar de perlas llevan hechas ms vctimas que las
guerras de Napolen--deca Atilio.

Eran estas dos cosas como el uniforme de gala de la mujer, y las que
carecan de ellas se juzgaban infelices y maltratadas por la suerte. Su
doble imagen turbaba las ilusiones de las vrgenes y la fidelidad de las
esposas. Las madres burguesas, con el gesto melanclico de la que ha
malgastado torpemente su existencia, aconsejaban  las hijas: Para
casaros que sea con automvil y collar de perlas. Y ms all del
matrimonio modesto se prolongaba este deseo, robustecido por el consejo
maternal. El lujo, sea como sea; el lujo democratizado, al alcance de
todos, conseguido por el dinero, que no tiene sabor, ni olor, ni marca
de origen.

--T eres el omnipotente que puede dar el auto de buena marca y la
sarta de perlas--continuaba Castro--. T eres el sultn de las
magnificencias. Te basta poner tu firma en un cheque para que una lluvia
de oro doble una cabeza. Aprovchate! Tu poca te ha preparado el
camino.

Y el prncipe, que no necesitaba tales consejos, segua su marcha de
vencedor por un mundo en el que se desvanecan  su paso las virtudes
ms acreditadas. Hasta las resistencias sinceras acabaron por parecerle
tiles malicias para retrasar la cada, aumentando el deseo y su precio.
Los millones llegados de Rusia se esparcan y desmenuzaban sosteniendo
el bienestar y la ostentacin de muchas casas, fomentando la elegancia
de numerosas seoras, sirviendo de alimento  las industrias del lujo.
Algunas damas se sentan interesadas verdaderamente por la persona de
Miguel Fedor  causa del prestigio misterioso de sus viajes en un buque
del que se hablaba como de un palacio encantado,  causa tambin de sus
aventuras con mujeres clebres del teatro  del gran mundo, que le
hacan mas deseable. Pero una vez satisfechas su vanidad y su
imaginacin, dejaban hablar al egosmo. Por qu he de ser yo menos
egosta que las otras?...

No necesitaban de astucias y circunloquios para formular su peticin.
Algunas,  la segunda entrevista, se mostraban melanclicas y aludan 
las tristes realidades de la existencia. Pero el generoso prncipe se
anticipaba  sus deseos. Quera pagar  sus amantes, abrumarlas con sus
regalos, verlas como esclavas favoritas cubiertas de joyas. As era ms
fcil el rompimiento; poda alejarse cuando quisiera, satisfecho de su
conducta, sin emocin ante las quejas y las lgrimas. De sus
ascendientes rusos, medio orientales, haba heredado una gran capacidad
sensual que le haca buscar  la mujer, y al mismo tiempo un desprecio
inalterable por ella. La mimaba, pero no poda amarla; la adoraba, y se
revolva indignado siempre que pretenda colocarse  su mismo nivel. Era
capaz de perder su fortuna por ella, de afrontar peligros de muerte,
pero apartndola  continuacin con el pie si intentaba influir en su
existencia. Las ambiciosas que fingan una gran pasin con la inaudita
esperanza de un matrimonio, las sentimentales que pretendan interesarle
con refinamientos psicolgicos, las que traan al adulterio sus
entusiasmos de madre y susurraban en su odo la felicidad de tener un
hijo que se le pareciese, le esperaban en vano al da siguiente. Ni
grandes pasiones, ni hijos!... El yate echaba de pronto dos chorros de
humo, llevando  su dueo  otro puerto, tal vez  otro continente: y si
quera huir de una ciudad del interior, ordenaba el enganche de su vagn
especial en el primer tren que partiese.

Estas fugas no eran nunca sin un generoso recuerdo. La magnificencia de
Miguel Fedor continuaba existiendo para las abandonadas. Su presupuesto
se iba cargando todos los aos con nuevos nombres, como el de una casa
real que distribuye pensiones  los servidores olvidados. Pero las
pensiones del prncipe Lubimoff eran para el mantenimiento del lujo y no
de la vida. Las ms modestas pasaban de treinta mil francos anuales. El
tipo medio era de doble cantidad.

--Alteza, habr que hacer una revisin--deca el administrador.

Miguel examinaba la lista de nombres, vacilando ante algunos. No poda
recordar bien las personas que los llevaban. Luego sonrea, paladeando
ciertas visiones despertadas en su memoria. Era inmensamente rico: por
qu no mantener un lujo que era la suprema ilusin de todas ellas?... No
le ofenda que de este lujo disfrutasen sus sucesores.

Experimentaba un orgullo de dios al hacer sentir  todas horas su
generosidad sin dejarse ver. En Pars, una joyera dirigida por un judo
de origen espaol trabajaba solamente para los regalos del prncipe. Sus
alhajas, de un valor slido  intrnseco, sin aagazas de artfice,
tenan cierto aire de familia, algo as como un perfume imaginario que
haca reconocerse  las mujeres que las ostentaban. A lo mejor, en un
_hall_ de hotel,  la hora del t, en un balneario elegante  en un
baile, dos seoras que acababan de reconocerse se examinaban en silencio
las orejas  el pecho, hasta que la ms atrevida, enrojeciendo
invisiblemente bajo sus coloretes, preguntaba con sencillez: Ha
conocido usted al prncipe Lubimoff?...

Atilio Castro admiraba  su pariente, ms que por su riqueza y sus
xitos, por su inalterable salud.

--Qu cosaco!... Es un legtimo heredero del protegido de Catalina.

Sin embargo, muchas veces escapaba el yate mar afuera, emprendiendo
largos viajes, sin que su dueo se viese forzado  huir de una pasin
complicada y peligrosa. Se alejaba de s mismo, de sus excesos de
tierra, de su imaginacin perversa y curiosa, que le haca buscar y
tentar  nuevas mujeres, perturbando su tranquilidad, sin que
experimentase un verdadero deseo. Emprenda los ms extraordinarios
viajes, buscando la paz del mar y su atmsfera reconfortante, la
orquesta iba con l; pero el harn quedaba en tierra. Haba dado la
vuelta al planeta siguiendo la ruta ms corta; luego repiti esta
circunnavegacin por dos veces, pero en zigzag, queriendo conocer todas
las costas de la tierra. Ahora emprenda viajes caprichosos; navegaba de
un hemisferio  otro por el placer de visitar una pequea isla que
haba visto descrita en los libros, una de esas islas perdidas en el
Pacfico, y tan exiguas, que aparecen en las cartas como un simple punto
 continuacin de su largo nombre trazado sobre la superficie pintada de
azul.

A la vuelta de una de estas excursiones, que le hacan correr el mundo
como si fuese su propiedad, recibi por el telgrafo sin hilo la noticia
de que Alemania acababa de declarar la guerra  Rusia y  Francia.

No experiment gran extraeza. Conoca personalmente  Guillermo II. El
era la causa de que el prncipe Lubimoff evitase navegar en verano por
las costas de Noruega.

Al ao siguiente de la adquisicin del _Gaviota II_ se haba tropezado
en dichos parajes con el yate imperial. El kaiser, como un vecino
entremetido y omnisciente, vino  verle para curiosear en su buque,
examinndolo todo, dando consejos, pasando revista  los hombres y  las
cosas, disertando sobre las mquinas  interrumpindose para aconsejar
variaciones en el uniforme de la tripulacin. Despus de un almuerzo en
su propio yate y un _lunch_ en el del emperador, el prncipe Miguel
qued harto de esta inesperada amistad. El Lohengrin con casco de
aletas, capa blanca y las dos manos en la empuadura del sable resultaba
menos insufrible que este seor de enhiestos bigotes y dientes de lobo
vestido de marino, que rea con una risa falsa y brutal y desempeaba el
papel de hombre sencillo, de monarca sin ceremonias, cuando encontraba
en el mar  un multimillonario de Amrica  de Europa. El dinero
inspiraba una gran veneracin al hroe de leyenda, al mstico nutrido
con sublimidades. Nunca haba participado Miguel del entusiasmo que el
emperador alemn inspiraba  los _snobs_. Sonrea ante sus gustos
escnicos, sus bravatas guerreras y sus ambiciones cerebrales que
intentaban abarcarlo todo.

--Es un comediante--dijo al recibir la noticia de la guerra--, un
comediante que al sentirse viejo va  hacer llorar al mundo... Y que la
suerte de los hombres dependa de l!...

Miguel Fedor se consideraba aparte de los hombres. Lament la guerra
como algo terrible para los dems, pero que no poda influir en su
propia suerte. Ya que Europa haba cado en una demencia sanguinaria, l
seguira navegando por los mares lejanos. Gracias  su riqueza, poda
mantenerse al margen de la lucha.

Pero los tiempos cambiaban rpidamente; la vida era otra: todos los
valores haban perdido su antiguo aprecio. El _Gaviota II_,  pesar de
su bandera rusa, se vi detenido por los torpederos ingleses, que lo
sometieron  una minuciosa inspeccin, no comprendiendo que se navegase
por gusto cuando todos los mares estaban convertidos en un campo de
batalla. A la altura de las Azores tuvo que forzar sus mquinas para
librarse de un corsario alemn.

Adems, escaseaba el carbn. Los depsitos esparcidos en las costas lo
guardaban para los buques de guerra. Noticias importantes llegaban con
frecuencia al yate por el telgrafo sin hilo desde el lejano Pars,
donde estaba el primer apoderado del prncipe. Se haba roto la
comunicacin entre l y las administraciones de la fortuna Lubimoff
establecidas en Rusia. No llegaba dinero de all, y los Bancos de Pars,
con las cajas cerradas por el _moratorium_, facilitaban secretamente
dinero  un millonario como el prncipe, pero no tanto como exigan sus
necesidades.

El yate fu  amarrarse en el puerto de Mnaco, y Miguel Fedor, al
llegar  Pars, casi ri como en presencia de un cambio grotesco de las
leyes naturales. El heredero de los Lubimoff necesitando dinero y
teniendo que esforzarse por adquirirlo, lo que no haba hecho en toda su
existencia; solicitando adelantos horriblemente usurarios con la
garanta de sus lejanas y famosas riquezas, que por primera vez eran
menospreciadas!...

Cuando se restablecieron las comunicaciones de un modo intermitente
entre la Europa occidental y la Rusia casi aislada, el administrador
mostr un gesto desesperado, la recaudacin haba descendido un ochenta
por ciento.

--Segn eso, voy  ser pobre?--preguntaba Lubimoff, riendo: tan
inverosmil y disparatada le pareca la noticia.

Resultaba muy difcil enviar dinero  Pars, y el valor de los rublos
descenda vertiginosamente. Los millones pasaban  ser en Francia
simples centenas de mil. La movilizacin militar haba dejado las minas
sin brazos; los productos no obtenan salida; los _mujiks_, viendo sus
hijos en el ejrcito, se negaban  pagar y hasta  trabajar. El gobierno
ruso, para que el dinero quedase en el pas, limitaba los envos
monetarios  los compatriotas residentes en el extranjero.

--El zar sometindome  una pensin!--deca asombrado el prncipe--.
Mil  dos mil francos al mes!... Qu absurdo!

Ya no rea. Su clera contra la corte rusa, que se haba ido aglomerando
de un modo inconsciente desde su lejana expulsin de Petersburgo,
estall ahora  impulsos del egosmo. El zar y sus consejeros, deseosos
de rusificar toda la Europa oriental, eran los culpables de la guerra.
Bien podan haberse mantenido en paz con Alemania. Por qu turbar la
tranquilidad del mundo  causa de un pequeo pueblo balknico?...

Se burl framente de algunos amigos que, siguiendo rutas extraviadas 
travs de Europa y de los mares glaciales, volvan  Rusia para
recuperar sus antiguos puestos en el ejrcito. El no quera morir por el
zar. Le importaba poco que su pas fuese gobernado por alemanes. Hasta
en ciertos momentos lo juzgaba preferible, siempre que la paz se
restableciese rpidamente, permitindole disfrutar otra vez de sus
riquezas y reanudar la vida de meses antes, que ahora le pareca  medio
siglo de distancia.

Los dos aos siguientes transcurrieron para Lubimoff como en una
pesadilla. Qu mundo era ste?... Sus antiguas amistades desaparecan.
Algunas de las mujeres frvolas que haban amenizado su existencia
contemplaban los acontecimientos con una tranquilidad inconsciente; pero
otras se mostraban abnegadas y heroicas, olvidando sus actos anteriores,
sintiendo formarse dentro de ellas un alma nueva.

El prncipe se vi arrastrado por los sucesos de un modo brusco. Una
fuerza misteriosa  irresistible le empujaba, le haca perder el
equilibrio en lo ms alto de aquella vida tan dulce, tan amplia,
coronada de un halo de gloria. Despus rod solo, por su propia inercia,
y cada escaln le reservaba un golpe ms fuerte, una sorpresa ms
dolorosa. Hasta dnde llegara en su derrumbamiento?... Qu podra
encontrar al final de esta cada ilgica?...

Las entrevistas con su administrador de Pars le parecieron algo que
transcurra en otro planeta, sometido  leyes absurdas. Estas
conferencias las terminaba siempre dando la misma orden:

--Busque usted dinero. Pida prestado... Yo soy el prncipe Lubimoff, y
esto no puede durar. Venzan unos  venzan otros (me da lo mismo), el
orden se restablecer, y yo pagar inmediatamente  mis acreedores.

Pero el administrador le contestaba con un gesto de desaliento.
Encontrar dinero sobre bienes que estaban en Rusia?... Valindose del
antiguo prestigio del prncipe, haba podido realizar varios
emprstitos; mas transcurra el tiempo y los intereses enormes iban
acumulndose. Lubimoff,  pesar de haber simplificado sus gastos y
suprimido sus pensiones, necesitaba mucho dinero para vivir.

La cada del zarismo fu una esperanza para este magnate que odiaba al
gobierno imperial. Con la Repblica se acelerar el fin de la guerra y
volveremos al buen orden. Su egosmo le hacia concebir una Repblica
preocupada, ante todo, de devolver sus riquezas  los seres dichosos por
su nacimiento. Los delgados hilillos de su fortuna que an llegaban con
intermitencias hasta Pars se cortaron de pronto: la fuente de su
riqueza estaba seca. El desmoronamiento de todo un mundo haba cegado su
boca, tal vez para siempre.

--Hay que vender, Alteza--deca el administrador--; hay que desprenderse
de todo lo superfluo. Liquidemos  tiempo. Quin sabe hasta cundo
durar lo presente!

El yate estaba inmvil en el puerto de Mnaco. Casi toda su tripulacin,
compuesta de italianos, franceses  ingleses, lo haba abandonado para
ir  servir en las flotas de sus naciones. Slo unos cuantos espaoles
continuaban  bordo, para mantener la limpieza del buque.

El _Gaviota II_ fu rebautizado por el Almirantazgo ingls antes de
cederlo  la Cruz Roja. Miguel Fedor, al firmar la escritura de venta,
crey que abdicaba de todo su pasado. El prestigio novelesco de su
existencia iba  desvanecerse; el palacio de las _Mil y una noches_ se
converta en un hospital... Qu mundo!

Los millones ingleses le proporcionaron un ao de tranquilidad. Su
administrador pag deudas enormes, y l pudo mantenerse en Pars sin
hacer economas; en un Pars que terminaba su tercer ao de guerra con
inexplicable confianza, reanudando sus placeres, como si todo peligro
hubiese pasado. Sus amores con dos grandes seoras cuyos maridos haban
sido llamados  las armas--aunque no estaban en el frente--le hicieron
pasar unos meses en Biarritz, en la Costa Azul y en Aix-les-Bains.

Turb su apoderado estas delicias. Siempre repeta el mismo consejo:
Hay que vender. La fortuna del prncipe era ya un barco viejo y sin
rumbo. El administrador haba cegado las antiguas brechas con el
producto de la ltima venta, pero adverta  cada momento nuevas vas de
agua.

Miguel Fedor acab por acostumbrarse  la desgracia, acogindola con
serenidad.

La venta del palacio construdo por su madre le produjo menos emocin
que la del yate.

Un cambio se inici al mismo tiempo en sus deseos. Se sinti fatigado de
las empresas sensuales, que parecan ser la nica finalidad de su
existencia. Aquel vigor siempre fresco y renovado que asombraba  Castro
se derrumb de pronto. Pero esto obedeca  una preocupacin, ms que al
desgaste fsico.

Se consideraba pobre, y l estaba acostumbrado  pagar regiamente sus
amores. No pudiendo recompensar  la mujer con el lujo, huira de ella,
para no ser su deudor y someterse  sus caprichos. Prefera domar al
deseo  dejar de satisfacerlo con la grandeza de un seor oriental.
Adems, estaba tan cansado del amor y de todo lo agradable que puede
encontrar un hombre sobre la tierra!...

Pens en su amigo Atilio, en el coronel, en Villa-Sirena, blanca 
irisada por el sol del Mediterrneo, entre olivos y cipreses.

--El diluvio cae sobre el mundo. Tal vez las antiguas tierras vuelvan 
emerger; tal vez queden sumergidas para siempre... Vamos  esperar,
refugiados en nuestra Arca.




IV


Despus de pasear una mirada de satisfaccin por la enorme masa de
Villa-Sirena, sus dependencias y las arboledas inmediatas, el coronel
dijo  Novoa:

--Aqu cost menos lo que se ve que lo que no se ve. Hay mucho dinero
enterrado.

Y volviendo la espalda al edificio, don Marcos seal los jardines que
se extendan en diversos planos, unos casi al nivel de los techos de la
villa, otros escalonndose en descenso hasta cerca de las olas.

Recordaba el promontorio tal como era cuando la difunta princesa tuvo la
humorada de adquirirlo: un antiguo refugio de piratas; una lengua de
rocas batidas y desordenadas en los das de viento mistral, con
profundas cuevas abiertas por el oleaje roedor, que hacan desmoronarse
las tierras superiores y amenazaban fraccionar su longitud en una cadena
de isletas y escollos.

--Las murallas que hemos levantado!--continu--. La piedra que hemos
metido aqu!... Basta para cercar  toda una ciudad.

Haba muros de ms de veinte metros que descendan en suave pendiente
desde los jardines al mar. En unos lugares, estos muros tenan como
cimiento visible las rocas que emergan como verdosas cabezas, lavadas
incesantemente por las espumas; en otros, bajaban hasta perderse en la
profundidad acutica, lo mismo que los diques de los puertos, cubriendo
las antiguas oquedades del promontorio, las cuevas, las caletas en
formacin, todos los ngulos entrantes que haban sido rellenados con
tierra vegetal.

Estos trabajos enormes de albailera eran el orgullo de Toledo por su
costo y su grandeza. Llamaba la atencin de su compatriota sobre las
proporciones de las murallas, dignas de un monarca de la antigedad.

--Y no slo son fuertes--continu--. Fjese, profesor: todas son
artsticas.

Los bloques de piedra haban sido cortados en grandes exgonos
regulares, y formaban, incrustados unos en otros, un mosaico uniforme,
marcndose cada pieza por su reborde de cemento. A trechos se abran en
los muros largas aspilleras para que la tierra expeliese su humedad;
pero cada una de estas ventanas cegadas tena una planta silvestre, una
planta de vida dura y acre perfume, que se esparca con la
indestructible voluntad de vivir del parasitismo, derramndose muro
abajo, cubierta de flores la mayor parte del ao. Las espesas arboledas
de la cima, los interminables balaustres blancos con arcos de clemtides
color de vino, parecan chorrear una vida inferior florida y verde por
estos desgarrones de las murallas, envindola al mar.

--Cuando vea esto desde abajo, en una barca, lo apreciar usted mejor.
El seor de Castro dice que se acuerda de la reina Semramis y de los
jardines colgantes de Babilonia... Son comparaciones que slo se le
ocurren  l. Lo nico que yo puedo decir es lo que ha costado todo
esto. La piedra que ha habido que traer! Toda una cantera. Y las
barcazas de tierra vegetal para rellenar los huecos, nivelar el suelo y
hacer un jardn decente!...

Le entusiasmaban los parterres modernos en torno del edificio y entre
ste y la verja lindante con el camino de Mentn, por su armona
elegante, por las reglas majestuosas  que estaban sometidos rboles y
plantas. El entenda as los jardines, como todas las cosas de la
existencia: mucho orden, respeto  las jerarquas, cada uno en su sitio,
sin ambiciones que producen confusin. Pero tema exponer sus gustos de
hombre rancio, acordndose de las burlas del prncipe y de Castro.
Estos preferan el parque, lo que el coronel llamaba en sus adentros el
jardn salvaje.

Haban aprovechado los vetustos olivos existentes en el promontorio como
base de este parque. Eran rboles que no podan ser llamados viejos, por
resaltar mezquina  insuficiente esta denominacin; eran simplemente
antiguos, sin edad visible, con un aire de inmutable eternidad que los
haca contemporneos de las rocas y de las olas. Ms que rboles
parecan ruinas, muros de lea negra deformados y derrumbados por una
tormenta, montones de madera encorvada y ahuecada por el chamuscamiento
de un incendio extinguido. Tambin en ellos era ms importante lo
invisible que lo expuesto  la luz. Sus races, gruesas como troncos,
desaparecan serpenteando en la tierra roja para volver  surgir treinta
 cuarenta metros ms all. Haban muerto por un lado y resucitaban
vigorosamente por el otro. Lo que quinientos aos antes era tronco
apareca ahora como un mun negro en forma de mesa, cortado por el
hacha  el rayo; y la raz,  flor de tierra, floreca  su vez,
convirtindose en rbol, para continuar una existencia sin lmites
visibles, en la que los siglos se contaban como aos. Otros olivos
tenan el corazn rodo, vaciado; sostenan simplemente la mitad de su
coraza de corteza, como una torre partida por una explosin; pero en lo
alto ostentaban su inverosmil cabellera vegetal, unos puados de hojas
plateadas  lo largo de las ramas sinuosas y negras. A sus pies, la
madera de las races, que pareca guardar en sus nudos las primeras
savias del planeta, abarcaba un radio mucho ms grande que el ocupado
por el ramaje en el espacio. Algunos olivos que slo contaban
trescientos  cuatrocientos aos se erguan con una arrogancia de
juventud, frondosos y exuberantes, tendiendo sobre el suelo su sombra
ligera, inquieta, casi difana, una sombra de cristal empolvado que
cambiaba de sitio segn el capricho del viento.

--Su Alteza dice que hay olivos aqu que fueron conocidos por los
romanos. Lo cree usted, profesor? Algn rbol de stos ser del tiempo
de Jesucristo?...

Ante la indecisin de Novoa, continu sus explicaciones. Caminaban,
entre muros de vegetacin recortada, hacia el final del parque.

--Mire usted: el jardn griego.

Era una avenida de laureles y cipreses, con bancos curvos de mrmol, y
teniendo por fondo una columnata en semicrculo.

--A m me hubiese gustado plantar palmeras, muchas palmeras, de Africa,
del Japn y del Brasil, como las que hay en los jardines del Casino.
Pero el prncipe y don Atilio las aborrecen. Dicen que son un
anacronismo, que jams han existido en esta tierra, y las han importado
los ricos de gustos ordinarios que edifican desde hace cincuenta aos en
la Costa Azul. Ellos slo admiten el antiguo jardn provenzal 
italiano, olivos, laureles y cipreses, pero no cipreses como los de
Espaa, copudos, enormes y fnebres, para adorno de calvarios y
cementerios. Mrelos usted: son ligeros y finos como plumas. Para que no
los tumbe el viento hay que plantar dos  tres juntos, y forman un solo
penacho.

Haban llegado al fondo del parque, donde estaban los olivos ms
frondosos. Marchaban por senderos abiertos  travs de altas masas de
vegetacin silvestre y olorosa que poda desafiar con su savia brava el
ambiente martimo cargado de sal. Eran plantas de hoja dura que
exhalaban perfumes exticos  intensos. Novoa, al aspirarlos, evoc
lejanas visiones geogrficas. Un olor de incienso y de arroz sazonado
con _karri_ flotaba sobre este jardn selvtico. De un rbol  otro se
tendan una especie de lianas. Estas guirnaldas naturales haban
empezado  florecer en pleno invierno, bajo el soplo de una primavera
precoz, destacndose con una magnificencia de fiesta galante sobre el
verde severo y plido de los olivos.

--Don Atilio dice que todo esto le hace pensar en una sinfona de
Mozart.

El Mediterrneo estaba  sus pies, profundamente azul, peinndose con
lentos cabeceos en una fila de escollos puntiagudos que sacaban de sus
hilos acuticos borbollones de espuma. Se bifurcaba el promontorio aqu,
formando los dos brazos de una horquilla desigual. El ms corto era una
prolongacin del parque, llevando aguas adentro la magnfica arboleda
que abullonaba su dorso. El otro descenda hasta el mar como un caos de
rocas y tierras sueltas, sin ms que algunos pinos retorcidos que se
aferraban al suelo, empeados tenazmente en prolongar su agona. La
miseria y el abandono de esta lengua de tierra arrancaban una mueca
dolorosa al coronel cada vez que tenda su vista por encima del muro
divisorio. La punta ruinosa, mordida por el mar, con cuevas que
amenazaban convertirse en estrechos, sin entrada fija, aislada de tierra
firme por los jardines de Villa-Sirena y defendida por una pared hostil,
representacin inexpugnable del derecho de propiedad, era para don
Marcos un motivo de indignacin y de escndalo.

Sin duda por esto le volvi la espalda, dirigiendo sus miradas ms all
del pen en que est asentada Mnaco.

--Eso es hermoso, profesor: uno de los panoramas ms dulces que existen.
Por algo viene aqu la gente de todos los extremos de la tierra.

Fij su vista en unas montaas de color violeta que avanzaban sobre el
mar en ltimo trmino, como el final de un mundo. Eran las llamadas
Montaas de los Moros, con la punta del Esterel, una desviacin de los
Alpes Martimos, un sistema montaoso aparte, que se mete aguas adentro.
Al otro lado exista un pedazo de la llamada Costa Azul que empieza en
Toln y Hyres; pero este fragmento no interesaba al coronel. Lo que l
vea, con su imaginacin mas que con los ojos, recorrindolo  vuelo de
pjaro, era la verdadera Costa Azul, la suya, la de las gentes bien
nacidas y ricas,  las que visitaba en sus villas elegantes  en los
hoteles de gran precio.

Los Alpes Martimos formaban una muralla paralela al mar. En algunos
lugares descenda rpidamente sobre el Mediterrneo, con el ligero
declive de un baluarte, sin ninguna alteracin que disimulase su
derrumbe. En otros puntos su cada era ms suave, creando un oleaje de
piedra, montaas filiales que avanzaban sobre las olas, dibujando cabos
y suaves golfos. Y en estos remansos martimos, desde el Esterel  la
frontera de Italia, las gentes ricas y friolentas llegadas todos los
inviernos haban acabado por convertir en capitales de fama mundial
adormiladas ciudades de provincia. Las aldeas de pescadores se
transformaban en pueblos elegantes; los grandes hoteles de Pars y
Londres edificaban sucursales enormes en las desiertas bahas; las
tiendas ms lujosas del bulevar instalaban su filial en villorrios donde
algunos aos antes todo el mundo andaba descalzo.

Toledo recorra con el pensamiento la ondulante lnea de localidades
clebres asomndose al mar en la punta de los promontorios 
encogindose en la herradura de los pequeos golfos para recibir mejor
la refraccin del sol invernal enviada por las murallas rojas de los
Alpes: Cannes, que le inspiraba respeto por su silenciosa
distincin--los tsicos y los valetudinarios ilustres slo queran morir
all--; Antibes, con su puerto cuadrado y sus baluartes, que, segn
Atilio Castro, recordaba las marinas romnticas pintadas por Vernet;
Niza, la capital adonde converga toda la gente para gastar su dinero,
remedando la vida de Pars; la profunda baha de Villafranca, refugio de
acorazados; el Cap-Ferrat y su hermosa excrecencia de la punta de San
Hospicio, antiguo refugio de piratas africanos: Beaulieu, con sus
palacetes tunecinos habitados por multimillonarios norteamericanos de
mesa siempre abierta, que haban invitado  almorzar muchas veces al
coronel; Eze, el villorrio feudal agarrado tenazmente  una ladera de
los Alpes y cayndose en ruinas en torno de su cariado castillo,
mientras abajo forman los trnsfugas un nuevo pueblo al borde del golfo
que sus antecesores llamaban orgullosamente el Mar de Eze; Cap-d'Ail,
que es como el atrio del principado inmediato; la roca de Mnaco,
llevando sobre su lomo una ciudad amurallada; enfrente, el flamante
Monte-Carlo; ms all, el Cap-Martin, de sombra vegetacin, cerrado y
seorial, ltimo asilo de reyes destronados; y finalmente, tocando 
Italia, el dulce Mentn, dominio de los ingleses, otro lugar de enfermos
distinguidos, donde debe terminar sus das todo tsico que se respeta.

--El dinero que se ha gastado aqu!--dijo don Marcos.

El ferrocarril de la Cornisa haba sido considerado cincuenta aos antes
como una obra extraordinaria, al abrirse paso en esta regin de
montaas; pero la misma obra se repeta ahora en todas direcciones, para
comodidad de los invernantes. Caminos de suaves curvas, limpios y firmes
como el piso de un saln, se extendan por el borde del mar  ascendan
 las cumbres de los Alpes, pasando de cresta en cresta por viaductos de
atrevidos arcos. Las carreteras se suman en largos tneles. Donde la
roca vertical no permita abrir una cornisa, el constructor la inventaba
con taludes de muchos metros cuya base se perda en las olas.

Una nueva ilusin haba venido  agregarse  todas las que pueden
realizar los felices de la tierra. Poseer una casa en la Costa Azul!...
Y en cincuenta aos, todos los caprichos arquitectnicos, todas las
fantasas de los ricos que desean asombrar con su ostentosidad, cubran
esta ribera del Mediterrneo de villas y palacetes griegos, rabes,
persas, venecianos, toscanos y de otros estilos conocidos 
indescifrables. La palmera se aclimataba como algo indgena.

--Se han invertido enormes fortunas; se han arruinado tres generaciones
y enriquecido otras tantas. Pensar lo que era esto hace un siglo!...
Ver lo que es ahora!...

Habl el coronel de la tumba de una inglesa completamente abandonada en
la punta extrema del Cap-Ferrat. Era una precursora de los invernantes
actuales, una joven contempornea de Lord Byron, seducida por la belleza
del Mediterrneo y de unas montaas sin caminos, casi inexploradas. Al
morir, la haban enterrado en el promontorio desierto, por ser
protestante. Los pescadores y los cultivadores de esta costa solitaria
repelan al extranjero, negndole hospitalidad hasta en sus cementerios.

--Esto ocurri an no hace un siglo... Y qu pobreza! Todos los
productos del pas eran naranjas cortezudas, limones y estos olivares,
muy hermosos, muy decorativos, pero que producen una aceituna
pequesima, puntiaguda, toda hueso. Al lado de las nuestras de
Andaluca, profesor!... Ahora hay en la Costa Azul millonarios hijos del
pas, que no han hecho mas que vender los pobres campos de sus abuelos.
La tierra roja abundante en piedras se compra  metros hasta en los
rincones ms desiertos: lo mismo que los solares de las grandes
ciudades. A lo mejor, en un camino, le gusta  usted una casucha con
unos cuantos terruos en torno de ella. El edificio tiene la techumbre
combada y las paredes con grietas, por las que pasa el viento. Los
dueos duermen con las gallinas, el cerdo y el caballo: la miseria y el
descuido de los rsticos en casi todos los pases. Se le ocurre  usted
que con poco dinero podra crearse all un retiro campestre. Estas
buenas gentes no deben pedir mucho, por exageradas que sean sus
pretensiones. Y cuando uno pregunta, despus de largas consultas y
dudas, acaban por decir con tranquilidad: Ciento cincuenta mil francos
 doscientos mil. A la protesta y el asombro responden, sealando las
montaas, el sol, el mar: Y la vista, seor?...

La tierra roja de Los Alpes representaba poco por su fuerza productora;
era la situacin lo que constitua su valor. Y los naturales se haban
enriquecido vendiendo  metros la luz del sol, el azul del Mediterrneo,
el anaranjado de las montaas, las nubes de apoteosis  la hora del
ocaso, el abrigo de la lejana roca, que desva como un biombo el soplo
helado del mistral.

--Y la tenacidad inexplicable de algunas de estas gentes!...

Don Marcos se volvi hacia aquella tierra miserable que pareca clavada
como una maldicin en los jardines de Villa-Sirena, sealndosela 
Novoa. La princesa Lubimoff, con todos sus millones, no haba podido
comprar esta punta del promontorio. Era de un matrimonio viejo y sin
hijos.

--Aquella es su casa--aadi sealando una especie de cubo amarillento
en mitad de la montaa, al borde de un camino que cortaba la ladera roja
y negra.

La princesa, despus de adquirir el promontorio para su castillo
medioeval, haba considerado como asunto insignificante la adquisicin
de este pequeo extremo de su propiedad. Deles usted lo que pidan,
dijo  su hombre de negocios. Y  pesar de su indiferencia por el
dinero, se asombr al saber que se negaban  aceptar doscientos
cincuenta mil francos por unas rocas socavadas por las olas y dos
docenas de pinos moribundos.

--Yo presenci las entrevistas con los viejos. El enviado de la princesa
ofreci quinientos mil, seiscientos mil, sin que el matrimonio pareciera
enterarse de lo que representaban estas cifras... La princesa se
impacient, lamentando que esto no ocurriese en Rusia y en sus buenos
tiempos. Hasta habl de encargar  Italia un asesino (como lo haba
ledo en algunas novelas) para que la desembarazase de los dos viejos
testarudos. Su Alteza era as... Pero tan buena! Al fin, un da nos di
una orden  gritos: Ofrzcanles un milln, y acabemos!... Imagnese,
profesor, ms de dos mil francos por metro! como en el centro de las
grandes capitales!... Subimos  su casucha. Ni pestaearon al oir la
cifra. La vieja, que era la ms inteligente, dej que el apoderado y el
notario de Su Alteza le explicasen lo que era un milln. Mir  su
marido largamente,  pesar de que ella sola pensaba en la casa, y al fin
acept, pero con la condicin de que la princesa elevara en la punta
extrema de su propiedad una capilla  la Virgen. Era un deseo de su
imaginacin simple que haba acariciado toda su vida. Sin la capilla no
aceptaba el milln. Vaya por la capilla!, dijimos. El da de la firma
de la escritura vimos  los dos viejos, sentados juntos y con la vista
baja, en el despacho del notario. Este nos recibi agitando las manos y
mirando  lo alto con desesperacin. No aceptaban: era intil insistir.
Queran conservar las cosas como las haban recibido de sus antecesores.
Qu vamos  hacer con un milln!--gimi la vieja--. Terrible vida la
nuestra! Intentamos hablar de la capilla para convencerla, pero huyeron
los dos, como el que se ve en perversa compaa y teme malas
proposiciones.

El coronel mir otra vez el muro divisorio.

--Su Alteza, que era de humor guerrero, levant inmediatamente esta
pared antes de abrir los cimientos de la villa. Como usted puede ver
desde aqu, los viejos, para entrar en su propiedad, slo podan hacerlo
por el borde de la playa, y en das de tormenta hay que meterse en las
olas hasta las rodillas. No importa; despus de aquello le tomaron ms
gusto  su tierra, y descendan de su montaa todos los domingos para
sentarse al pie de la pared. A fuerza de medir la punta, acabaron por
descubrir un error del arquitecto, aturdido por las prisas de la
princesa. Se haba equivocado en cincuenta centmetros, y la mitad del
grosor del muro estaba en tierra de los viejos. La campesina, que
experimentaba ante las gentes de justicia un miedo supersticioso,
amenaz, sin embargo, con un pleito, aunque tuviera que vender su
casucha y su campo de la montaa. Hubo que derribar todo el muro y
volver  construirlo medio metro ms ac. Unos sesenta mil francos
perdidos; nada para Su Alteza, pero yo sospecho  veces si esto pudo
acelerar su muerte.

Don Marcos crey necesario hacer una pausa respetuosa en honor de la
difunta.

--La vieja tambin ha muerto--continu--, y su marido slo viene aqu de
tarde en tarde. Si encuentra que uno de sus pinos se ha venido abajo por
el movimiento de las tierras, se sienta junto  l, lo mismo que si
velase  un cadver. Otras veces pasa las horas mirando el mar y los
peascos, como si calculase lo que tardarn las olas en partir  trozos
su propiedad. Una tarde, yendo  pie de La Turbie  Roquebrune, tropec
con l cerca de su casucha, cuando estaba apacentando unas ovejas. Tiene
barbas de patriarca; siempre lo he visto lo mismo, apoyado en su bastn,
una boina mugrienta en la cabeza y envuelto en un capote spero. Adems,
lleva una pipa entre los dientes; pero rara vez humea... El milln est
esperando--le dije por bromear--. Cuando usted quiera puede venir 
recogerlo. No pareci entenderme. Me sonrea como  alguien que se
recuerda con vaguedad, pero tal vez creyndome, otro. Fijaba sus ojos en
Monte-Carlo, que estaba  nuestros pies,  vista de pjaro. As debe
pasar las horas y las semanas. Su cara es de palo, de arcilla cocida;
habla poco, y nadie puede adivinar sus impresiones. Pero yo creo que
todos los das experimenta la renovacin de idntico asombro, y que
morir sin salir de l. Ve el mar que es siempre lo mismo, las montaas
eternamente iguales, la casa que construyeron sus abuelos y que ya era
vieja cuando l naci, los olivos, los peascos... pero esa ciudad que
ha surgido, siendo ya l hombre, de una meseta cubierta de matorrales,
horadada de cuevas, y que cada ao se agranda con nuevos hoteles, con
nuevas calles, con ms cpulas y torrecillas!...

El coronel olvid repentinamente al viejo campesino. Al lado de su
compatriota Novoa se senta locuaz, se imaginaba pensar con ms vigor y
amplitud,  consecuencia de este comercio con un sabio. Adems,
experimentaba cierto orgullo al poder hablar, como antiguo habitante del
pas, de muchas cosas que ignoraba el recin llegado.

--Esto ha sido casi de nosotros--continu, sealando el castillo de
Mnaco--. Durante siglo y medio, esa fortaleza ha tenido una guarnicin
espaola. Nuestro gran Carlos V--y el viejo legitimista puso un profundo
respeto en su voz al evocar este nombre--ha dormido all... Y tambin
all.

Volvindose, seal en la montaa, encima del Cap-Martin, el pueblo de
Roquebrune aglomerado en torno de su castillo ruinoso.

--El archivero del prncipe de Mnaco estudia las numerosas cartas que
posee de nuestro gran emperador dirigidas  los Grimaldi. Cuando los
historiadores del principado quieren hacer constar la indiscutible
independencia de este pedazo de tierra, evocan como orgenes los
tratados firmados en Burgos, Tordesillas y Madrid.

Resucitaba con breves palabras la historia de este pequeo Estado nacido
en torno de un pequeo puerto. Los navegantes semitas le daban el nombre
de Melkar (el Hrcules fenicio), y dicho nombre se converta poco  poco
en el actual de Mnaco. Los gelfos y gibelinos de Gnova se disputaban
el dominio de su castillo, hasta que un Grimaldi disfrazado de monje
entraba por sorpresa en su recinto, abriendo las puertas  sus amigos y
haciendo para siempre del antiguo Puerto Hrcules una propiedad de su
familia.

--Ese fraile, espada en mano--continu don Marcos--, es el que figura 
ambos lados del escudo de Mnaco. Despus, la historia de los Grimaldi
fu semejante  la de todos las familias soberanas de aquellos tiempos.
Hicieron la guerra  los vecinos, se pelearon entre ellos, y hasta hubo
hermano que asesin  su hermano... Los navegantes de Mnaco se
dedicaron  corsarios, y su bandera sirvi  veces para dar personalidad
 piratas de otros pases... La alianza de los Grimaldi con Espaa les
permiti titularse prncipes. Hasta entonces slo haban sido marqueses.
Carlos V les llamaba en sus cartas amados primos, con otros ttulos
honorficos... Este pen era de gran importancia para los monarcas de
Espaa, que tenan posesiones en Italia y necesitaban conservar seguro
el camino. Los reyes de Francia ambicionaban, por su parte, suprimir el
obstculo, atrayndose  los Grimaldi. Durante ciento cincuenta aos hay
que reconocer que se mantuvieron fieles  sus compromisos, y eso que
desde Madrid slo de tarde en tarde les enviaban los subsidios
prometidos. Dos galeras monegascas figuraban siempre en las armadas de
Espaa... Slo cuando la decadencia de los Austrias empez  hacernos
perder nuestra influencia europea nos abandonaron los Grimaldi, con la
precipitacin del que huye de una casa que se viene abajo. Richelieu
haca en aquellos momentos la grandeza de Francia, y se fueron con l.
Una noche de relmpagos y truenos, cuando la guarnicin, compuesta en su
mayor parte de italianos al servicio de Espaa, dorma sin cuidado, la
sorprendieron, la desarmaron, despus de matar  algunos que pretendan
resistirse, y acabaron por enviarla cortsmente al virrey espaol de
Miln con la noticia de que la alianza quedaba rota para siempre.

Los prncipes de Mnaco, feudatarios de Francia, vivan despus en
Versalles, haciendo oficio de cortesanos  sirviendo en los ejrcitos
del rey. La Revolucin los persegua, como  todos los monarcas,
guillotinando  una hermosa dama de la familia. Napolen los haba
tenido como edecanes un su squito militar, y la larga paz del siglo XIX
les haca volver  instalarse en su exiguo principado.

--Eran tan pobres!--sigui diciendo Toledo--. Tenan que mantener el
boato de una corte, pues en los Estados pequeos, donde se vive como en
familia, resulta preciso exagerar la etiqueta para que el prncipe sea
respetado. Haba que sufragar los mismos gastos de una nacin grande,
justicia, administracin, hasta un ejrcito diminuto para la seguridad
interior, y todo el principado no produca mas que limones y olivas...
Mire usted si eran pobres y si se veran apurados, no sabiendo de dnde
sacar recursos, que bajo el reinado de Florestn I, abuelo del prncipe
actual, hubo un intento de revolucin por haber decretado el soberano
que toda la oliva del pas slo poda molerse en los molinos de su
propiedad.

Despus, bajo Carlos III, an resultaba ms angustiosa la situacin. El
principado se disolva. Los dos pueblos Mentn y Roquebrune,
dependientes de Mnaco, se emancipaban de l, entusiasmados por la
revolucin italiana, incorporndose  la monarqua de los Saboyas. Poco
despus, al adquirir Napolen III el antiguo condado de Niza, se hacan
franceses. Y Mnaco quedaba aislado dentro de Francia, con su soberana
bien reconocida; pero la tal soberana no abarcaba mas que una ciudad
nica en la meseta de un pen, un pequeo puerto y unos alrededores
cubiertos de plantas parsitas: casi el terreno que recorre un burgus
pacfico en su paseo despus del almuerzo. Cmo iba  sostenerse el
minsculo Estado?...

--El juego lo salv. No crea usted, como algunos, que esto fu una
iniciativa del soberano de Mnaco. Muchos prncipes alemanes haban
apelado  la misma industria para el sostenimiento de sus dominios. Es
una invencin germnica. Mas el juego  orillas del Mediterrneo, bajo
un sol invernal que rara vez se muestra infiel, resulta otra cosa que en
un Estado del centro de Europa... Al principio no march el negocio.
Establecieron un miserable Casino en el Mnaco viejo, frente al palacio,
en lo que hoy es cuartel de los carabineros del prncipe. Los puntos
eran muy contados. Haba que venir en diligencia por lo alto de los
Alpes, siguiendo la antigua va romana, y descender desde La Turbie por
caminos como barrancos. Se necesitaban verdaderos deseos de jugar.
Luego, el Casino baj al puerto, donde hoy est el barrio de La
Condamine: igual fracaso. Los arrendatarios del juego quebraban, sin
poder cumplir sus compromisos con el prncipe... Pero se abri el
ferrocarril de la Cornisa, quedando Mnaco en el camino de Pars 
Italia, y todos los jugadores, todos los desocupados del mundo,
afluyeron aqu en pocos aos... Qu transformacin!

El coronel volvi  acordarse del viejo campesino que, apacentando sus
ovejas en la ladera alpina, pasaba las horas con los ojos fijos en la
maravillosa ciudad extendida  sus pies, en el mismo lugar que haba
visto de joven cubierto de matorrales.

--Entonces naci Monte-Carlo. Frente al pen de Mnaco, formando la
otra ribera del puerto, haba una meseta abandonada. No hace de esto mas
que unos sesenta aos. An quedan diseminados un los jardines de la
plaza, entre los rboles tropicales, algunos pobres olivos de aquel
tiempo, que han sido respetados como recuerdos de la poca de miseria.
Donde hoy vemos el Casino, los grandes hoteles y las casas de t ms
elegantes, existan cavernas de la poca prehistrica, que en tiempos
menos remotos sirvieron tambin de guaridas de ladrones. Esta meseta
salvaje era apodada, por sus grutas, Las Espeluncas. Algo de lo que ha
visto usted en el Museo Antropolgico de Mnaco: hachas de piedra,
restos humanos, etc., procede de esas cavernas... Y la meseta abandonada
se convirti, en una docena de aos, en la gran ciudad de Monte-Carlo,
de fama mundial, dejando obscurecido y casi olvidado en el pen de
enfrente al histrico Mnaco, que no es ya mas que uno de sus arrabales.
Ha crecido tanto este Monte-Carlo, que se extiende de una punta  otra
del principado: todo el suelo nacional est bajo techo, y cada ao se
desborda fuera de las fronteras. En territorio francs se llama
Beausoleil. No hay mas que atravesar la plaza del Casino, sus jardines
en pendiente, y subir una escalinata hasta el llamado bulevar del Norte,
para encontrarse con uno de los espectculos ms raros de Europa. Una
acera es del prncipe de Mnaco y la de enfrente de la Repblica
francesa. Los tenderos pagan distintas contribuciones y obedecen 
distintos reglamentos, segn tienen sus escaparates  la derecha   la
izquierda.

Toledo qued pensativo un momento.

--Los milagros de la ruleta!--continu--. El poder mgico del negro
y el rojo! El Casino dicen que es un portento de mal gusto, pero
chorrea oro como una iglesia rica. Su teatro estrena peras que despus
se hacen clebres en el mundo. Los hoteles, innumerables, son palacios.
Monte-Carlo est erizado de cpulas y torrecillas lo mismo que una
ciudad oriental. Las calles parecen salones, con un pavimento
escrupulosamente cuidado, sin la ms leve suciedad. Y los jardines?...
Los Alpes forman aqu una magnfica mampara: vivimos en un agujero
asoleado, casi un invernculo. Pero  veces sopla el mistral, hace fro,
y yo no comprendo cmo pueden vivir tan lozanos, tan frescos, todos esos
rboles tropicales, todas esas plantas que nacieron en atmsferas de
horno. Los pobres olivos veteranos deben sentir tanto asombro como yo al
verse en semejante compaa... El guano poderoso del treinta y
cuarenta! Tengo la certeza de que, si el juego cesase, toda esa
vegetacin tropical se disolvera inmediatamente como un ensueo.

El silencioso Novoa acogi con una sonrisa estas palabras.

--Y qu transformacin en las gentes!--continu el coronel--. Fjese en
el pblico del domingo: todos seores, todos igualmente bien vestidos.
Las nias del pas copian lo que ven  las mundanas elegantes, y
figrese usted si vienen aqu mujeres de esa clase!... No se ve un
mendigo ni un haraposo. Nacer aqu significa algo: da la certeza de
tener la vida asegurada. El Casino cuida de todos; nunca falta un puesto
para un hijo del pas en las salas de juego, en los jardines, en el
teatro; y cuando no, en la polica, en las oficinas administrativas, en
lo que depende del prncipe, y es pagado igualmente con dinero de la
Sociedad. Llegar  jefe de mesa es el mariscalato de un monegasco.
Puede ganar hasta mil francos al mes y adems las propinas: lo que tal
vez no ganar usted nunca, profesor. Y acaba construyendo su villa en
lo alto de Beausoleil, donde cuida su jardn viendo  sus pies el
Casino, la casa de la buena madre... Todos comen, con tal que sepan
callar y no se mezclen en lo que no les importa. Un viejo cochero que me
sirve algunas veces se atrevi  ser franco una noche, porque estaba
algo borracho. Su mujer lleva treinta y tantos aos en los
_water-closets_ del Casino (seccin de seoras), sus hijas trabajan en
la limpieza, sus hijos estn empleados en el teatro. Todos cobran. Los
viejos tienen su jubilacin, los enfermos perciben un socorro, viudas y
hurfanos cobran pensiones por el empleado muerto. Esto es un gran
pas, seor--me deca el cochero--; el mejor del mundo. Aqu todos
viven, siempre que sepan ser discretos y no tengan mala cabeza... Y
discretos lo son todos. Adems, se vigilan entre ellos y tienen miedo 
que los denuncie su mejor amigo si hablan del escndalo ltimo  de un
suicidio de jugador. Para el extranjero, ninguno de ellos sabe nada.

--Y cuando alguien habla?--pregunt Novoa--. Y si alguna es de mala
cabeza?

--Lo destierran. Este es un despotismo paternal que no se atreve 
mayores castigos. La polica del prncipe le hace atravesar media calle
y lo pone en la acera francesa... No se ra usted: esta pena es cruel.
Los desterrados de otros pases acaban por acostumbrarse  su desgracia,
porque viven lejos y slo ven  su patria con el pensamiento, pero el de
aqu casi puede tocarla con la mano: no tiene mas que atravesar el ancho
de una calle. Como todo est en pendiente, contempla su casa unos
cuantos tejados ms all. De la chimenea sale el humo del almuerzo, y l
no puede ir  sentarse  su mesa; la familia est en las ventanas, y
tiene que hablarla por seas. Adems, y esto es lo peor, ve cmo los
dems que fueron prudentes siguen su vida dulce  la sombra del Casino,
y el tiene que buscar una nueva profesin, un trabajo mas duro... Tan
intolerable resulta este martirio, que acaba por huir  una ciudad
lejana, para que transcurran unos cuantos aos y le perdonen.

Don Marcos volvi  hacer el elogio de Monte-Carlo. Las gentes que
perdan su dinero en el Casino guardaban un mal recuerdo; pero dnde
encontrar una ciudad ms tranquila, plcida y limpia, con su temperatura
primaveral en pleno invierno?...

--Todo el mundo pasa por aqu: mucho pillo, pero tambin se ven gentes
ilustres y puede uno gozar de una sociedad distinguida.... Yo apenas
juego, y por esto aprecio la hermosura del pas. Es ms: siento  veces
la satisfaccin del que disfruta gratis las cosas; y cuando contemplo
los paseos hermosos, cuando asisto  los conciertos y  las peras y
gozo la dulce paz de una ciudad en la que no hay miseria ni
revolucionarios desesperados, me digo: Esto lo pagan los jugadores y yo
lo disfruto. Ellos pierden para que yo viva bien.

Mientras Novoa sonrea otra vez, el coronel insisti en su admiracin.

--Parece imposible que la ruleta haga tantos milagros!... Y slo
podemos hablar de lo que esta  la vista. El juego ha costeado ese
puerto de La Condamine tan bonito: un puerto de yates, con sus muelles
elegantes que son paseos. Debe haber intervenido igualmente en la
restauracin del castillo de los prncipes. Hasta contribuye al fomento
de la vida espiritual y al prestigio de la religin. Antes de la ruleta
no haba mas que simples curas en Mnaco; desde que triunf el Casino
existe un obispo y cannigos, y se ha levantado una hermosa catedral
bizantina que slo necesita, segn dice Castro, que el tiempo la
ennegrezca un poco. La misa de los domingos figura entre las grandes
diversiones del principado. Los diarios de Niza publican el programa de
lo que cantar la capilla junto con el programa del concierto en el
Casino: canto llano de los maestros mas clebres, de Palestina  de
nuestro Vitoria...

Novoa le interrumpi:

--Hay, adems, el Museo Oceanogrfico. El solo basta para justificar y
purificar todo el dinero procedente del Casino.

Dijo esto con la voz dulce y el gesto algo desmayado que lo eran
habituales, pero haba en sus palabras la firmeza mstica del creyente.

El coronel asinti. El Museo que entusiasmaba al profesor era obra del
prncipe soberano; y l senta un profundo respeto por Alberto, como
le llamaba familiarmente. Haba sido oficial en la Armada espaola;
haba navegado como teniente de navo por las costas de Cuba; elogiaba
en sus libros  los viejos marinos espaoles, sus primeros maestros en
el arte de navegar. Qu ms para que lo venerase don Marcos?...

--Siempre que asiste  una ceremonia en su principado viste el uniforme
de almirante espaol... Y es un hombre de ciencia: eso lo sabe usted
mejor que yo...

Dej hablar  Novoa. Tres cuartas partes del planeta estaban cubiertas
por los mares, y la humanidad haba permanecido siglos y siglos sin
deseos de conocer la misteriosa vida oculta en el abismo de las aguas.
Los navegantes, al deslizarse por su superficie, iban guiados por la
rutina  por experiencias fragmentarias, sin llegar  abarcar las leyes
fijas y regulares de las corrientes de la atmsfera y las corrientes
marinas. La ciencia, que lleva realizados tantos descubrimientos en solo
un siglo de existencia, se detena desalentada ante las orillas del
Ocano. Los sabios, en sus laboratorios, slo necesitaban para sus
trabajos aparatos fciles de adquirir; pero estudiar los mares, vivir
en ellos aos y aos!... Para esto era preciso disponer de buques,
fabricar un material costoso y nuevo, mandar hombres, gastar millones,
errar pacientemente por los desiertos ocenicos, sin ambicin, sin
prisa, esperando que el gran azul librase sus secretos casualmente;
exponer muchsimo para conseguir muy poco. Slo un soberano, un rey,
poda hacer esto; y el antiguo oficial de la marina espaola, llegado 
prncipe, lo haba hecho.

--Gracias  l--prosigui Novoa--, la oceanografa, que apenas era nada,
aparece hoy como un estudio serio. Sus yates han sido laboratorios
flotantes, cruceros de la ciencia, que poco  poco han realizado las
primeras conquistas de la profundidad. Con sus flotadores errantes ha
afirmado de un modo cierto los viajes circulares de las corrientes
atlnticas; con sus sondajes minuciosos revel los misterios de la vida
submarina en los diversos pisos de la masa ocenica. Los sabios han
podido navegar y estudiar sin apremios de economa gracias  l. Por su
munificencia se han publicado hermosos libros, se han abierto museos, se
han hecho excavaciones en la tierra que aclaran el origen del hombre.

--Y todo eso--interrumpi el coronel, persistiendo en su anterior
admiracin--con dinero del Casino. El juego costea los cruceros
cientficos, el carbn y el personal de las lejanas expediciones, la
impresin de libros y revistas, las subvenciones  los jvenes que
desean perfeccionar sus estudios, el Instituto Oceanogrfico de Pars,
el Museo Oceanogrfico de Mnaco donde usted trabaja, el Museo
Antropolgico... Y hay que contar que todo esto no es mas que una
propina que abandonan los accionistas... Lo que produce ese palacio que
muchos encuentran horrible!...

--Nada importa la procedencia de las cosas cuando resultan tiles--dijo
el profesor con dureza--. Nadie pregunta  los gobiernos, al recibir su
ayuda para una obra benfica, cul es el origen del dinero. Muchas veces
lo han extrado con ms crueldad y violencia que lo sacan en este lugar,
adonde todos acuden voluntariamente. Bueno es que el dinero de los
ambiciosos, de los ilusos, de los que sienten un vaco en su vida que no
saben cmo llenar, sirva por primera vez para algo grande y humano.
Fjese en lo que lleva hecho por la ciencia en pocos aos este prncipe
de un Estado minsculo. Si los grandes emperadores dedicasen  empresas
semejantes la inmensa fuerza de que disponen! Si Guillermo hubiese
hecho lo mismo, en vez de preparar la guerra toda su vida!... Lo que
tendra adelantado la humanidad!

El coronel, por considerarse hombre de guerra, slo admiti  medias
estas palabras del profesor. La espada, la gloria militar, eran algo: el
mundo resultara feo sin ellas... Pero se call, no atrevindose 
turbar el entusiasmo de su amigo.

--Todos los pecados de un lado se redimen al otro.

Novoa, al decir esto, sealaba la masa del Casino irguiendo sus cpulas
y torrecillas policromas sobre la meseta de Monte-Carlo. Luego su ndice
trazaba una raya en el aire pasando por encima del puerto,  iba 
apuntar sobre la eminencia de la izquierda,  sea el pen de Mnaco, un
edificio cuadrado y enorme que descenda sus muros hasta las olas, un
palacio nuevo, cuya piedra guardaba an la blancura de la estearina en
esta atmsfera pocas veces rayada por la lluvia: el Museo Oceanogrfico.

Don Marcos sonri ante este contraste.

--Lo mismo que don Atilio. Cada vez que contempla desde aqu el
panorama, se fija en esos dos palacios separados por la boca del puerto
y que ocupan los dos promontorios. Dice que el uno justifica al otro, y
aade que son... cmo dice l? una anttesis?... No: es otra cosa.

A travs de los rboles lleg desde Villa-Sirena el mugido metlico de
un _gong_ llamando  los huspedes, esparcidos en el parque  ocultos
todava en sus habitaciones. El coronel lo escuch con placer. El
almuerzo.

Lanz una ltima mirada  los dos enormes edificios, el uno erizado de
remates agudos y multicolor, el otro cuadrado y de una blancura
uniforme. Entre ambos promontorios,  ras del agua, venan  encontrarse
las dos escolleras nuevas que cerraban el puerto, con dos torrecillas
octgonas que flanqueaban la boca, rematadas por linternas de faro: la
una de vidrios verdes, la otra de vidrios rojos.

El coronel se di un golpe en la frente y sonri  su compatriota:

--Ah, s, ya recuerdo!... Dice que el Casino y el Museo forman un
smbolo.

       *       *       *       *       *

Quince das llevaba de existencia, sin desacuerdos ni obstculos,
aquella asociacin que Atilio haba titulado de los enemigos de la
mujer. Libertad completa! Villa-Sirena era de todos, y su dueo
pareca un invitado ms.

Al levantarse Castro, bien entrada la maana, vea en un rincn del
jardn al prncipe, despechugado y con los brazos desnudos, manejando
una azada. El complemento de la nueva vida era para l cultivar una
pequea huerta, dndose la satisfaccin de comer legumbres y oler flores
que fuesen producto de su trabajo. Este hombre que haba tenido un
batalln de servidores en torno de l para las necesidades de su
existencia, deseaba ahora bastarse  s mismo, conocer la seguridad
orgullosa del que slo confa en sus brazos. Resultaban vanas sus
invitaciones  Castro para que imitase este ejercicio sano y provechoso,
que era al mismo tiempo una vuelta  la primitiva sencillez.

--Gracias: no me gusta Tolstoi. Como vida simple, prefiero sta.

Y se tenda en el musgo, al pie de un tronco, mientras el prncipe
segua cavando su huerta. Hablaban de los compaeros. Novoa estaba en la
biblioteca  vagaba por el parque. Algunas maanas tomaba el tranva 
primera hora para ir  Mnaco y continuar sus estudios en el Museo. En
cuanto  Spadoni, nunca se levantaba antes de medioda, y muchas veces
el coronel golpeaba su puerta para que no llegase con retraso  la mesa
del almuerzo.

--Slo se duerme al amanecer--dijo Atilio--. Pasa la noche consultando
sus apuntaciones sobre la marcha del juego. A veces se mete en mi cuarto
cuando estoy durmiendo, para comunicarme una de las innumerables
martingalas que acaba de descubrir, y tengo que amenazarle con una
zapatilla. Guarda en su habitacin, entre los cuadernos de msica,
rimeros de hojas verdes que contienen da por da todo un ao de juego
en las diversas mesas del Casino... Est loco.

Pero Castro se guardaba de aadir que muchas veces peda prestado 
Spadoni su archivo para comprobar los propios clculos, y  pesar de
burlarse de sus invenciones, arriesgaba sobre ellas algn dinero, por
una supersticin de jugador que cree en el instinto de los inocentes.

Despus del almuerzo, los dos se apresuraban  marcharse al Casino. El
prncipe, si no asista  un concierto, se quedaba con Novoa y el
coronel en una _loggia_ del piso alto, contemplando el mar. La guerra
haba poblado esta parte del Mediterrneo. En tiempos normales era un
mar desierto y montono, sin otros incidentes que el revuelo de las
gaviotas, los espumosos saltos de los delfines y algn que otro trapo de
barca pescadora. Los vapores y los grandes veleros apenas si se marcaban
como una pequea sombra en el horizonte, navegando rectamente de
Marsella  Gnova, sin contornear el extenso golfo de la Costa Azul.
Pero ahora el peligro submarino haba obligado  la navegacin comercial
 deslizarse al amparo de las costas. Casi todos los das pasaban
convoyes: vapores de carga de diversas nacionalidades pintarrajeados
como cebras para disminuir su visibilidad y escoltados por torpederos
franceses  italianos.

Estos rosarios de buques, navegando tan cerca de la costa que podan
leerse sus ttulos y distinguir  sus capitanes erguidos en el puente,
hacan hablar al prncipe y al profesor de los horrores de la guerra.

Intervena el coronel  veces en el dilogo, pero era para lamentarse de
los obstculos que opona la tal guerra  sus funciones de intendente.
Cada da resultaba ms difcil su gestin. No encontraba nada que
valiese la pena de ser presentado en una mesa como la del prncipe, y
eso que los precios pagados por l le producan indignacin al
compararlos con los de los tiempos de paz. Y la servidumbre!... Haba
hecho venir criados de Espaa, ya que todos los del pas estaban en el
ejrcito, pero se los sonsacaban inmediatamente los dueos de los
hoteles. Todos preferan servir en cafs  alojamientos de continuo
trnsito, seducidos por el azar de las propinas y el roce con las
camareras de blanco delantal.

Haba improvisado un servicio de comedor con aquellos dos muchachos
italianos de Bordighera cuyas familias estaban instaladas en Mnaco. El
mayor, ms avispado, se apellidaba Pistola, y trataba despticamente 
su compaero, largndole hipcritas patadas y coscorrones en pleno
comedor cuando el coronel estaba de espaldas. Atilio, por la atraccin
del consonante, haba apodado Estola al compaero de Pistola, y todos en
la casa aceptaban el nombre, hasta el propio interesado.

--Lo que me ha costado adecentarlos y educarlos!--gema Toledo--. Y
ahora parece que los van  llamar de Italia para que sean soldados...
Ms hombres  la guerra! Hasta estos chicuelos, que an no tienen la
edad!... Qu haremos cuando se vayan Estola y Pistola?

Muchas noches,  la hora de comer, sufra quebrantos la disciplina de la
comunidad. El primero que falt fu Spadoni. Llegaba despus de media
noche, diciendo que haba comido con unos amigos. Otras veces no volva;
y transcurridos varios das, se presentaba tranquilamente, como si
hubiese salido horas antes, con la serena inconsciencia de un perrillo
vagabundo. Nadie poda saber con certeza dnde haba estado. El mismo lo
ignoraba. Encontr  unos amigos... Y en el curso de media hora, estos
amigos eran los ingleses de Niza  una familia de Cap-Martin, como si
hubiese vivido en los dos lugares al mismo tiempo.

Atilio tambin faltaba. Un compaero de juego le haba enseado en el
Casino los pequeos cartones partidos en columnas que sirven para marcar
las alternativas del rojo y el negro. Varias damas extraan de sus
sacos de mano, entre el pauelo, la caja de polvos, el lpiz para los
labios, los billetes de Banco y las fichas de diversos colores, que son
el dinero del juego, unos documentos de igual clase. Todos los textos
estaban acordes. Por la maana y por la tarde perdan los puntos y
ganaba la casa; pero  partir de las ocho de la noche, una fortuna loca
sonrea  los jugadores. Las estadsticas no podan ser ms claras:
imposible la duda. Y Castro renunciaba  la buena mesa de Villa-Sirena,
contentndose con un _bock_ y un emparedado en el _bar_. Luego regresaba
 media noche en un carruaje de alquiler, pagando  manos llenas al
cochero asombrado. Otras veces, de pie ante la verja, rebuscaba en su
portamonedas antes de reunir el precio de la carrera. Los hados haban
mentido. Los augures de los cartoncitos estaban  aquellas horas tan
limpios como l.

Toledo mascullaba protestas. Este desorden le haca lamentar una vez ms
la escasez de personal. La servidumbre se levantaba tarde,  causa de
sus esperas nocturnas. Por esto el coronel senta la satisfaccin de un
gobernador de fortaleza que ve todas las poternas cerradas y siente las
llaves en su bolsillo, las noches en que no faltaba ningn compaero del
prncipe. Despus de la comida escuchaban  Spadoni. Sentado ante un
gran piano de cola, haca msica  su capricho  segua las rdenes del
prncipe, melmano de gustos pervertidos por un excesivo refinamiento,
que slo deseaba obras de autores extravagantes y obscuros.

Castro, que era pianista, no poda  veces ocultar su entusiasmo ante
los prodigios de este ejecutante.

--Y pensar que es un imbcil!--exclamaba con la franqueza de la
emocin--. Todas sus facultades las ha deformado y aglomerado,
concentrndolas en la msica, sin dejar nada para los dems... No
importa; es un idiota... pero un idiota sublime.

Algunas noches, Spadoni se quedaba con un codo en el teclado y la frente
en la diestra, como si la msica le ensimismase, cuando, en realidad, lo
que danzaba debajo de sus melenas eran cuadrados rojos y negros, muchos
naipes y treinta y seis nmeros formando tres filas presididas por el
cero. El prncipe, molestado por este silencio, se diriga  Castro.

--Cuntanos algo de tu abuelo don Enrique.

Este abuelo haba sido casado con una ta del general Saldaa; y aunque
Atilio no alcanz  conocerle, hablaba con frecuencia de l como de un
personaje curioso que le inspiraba cierto orgullo  amargas ironas,
segn el estado de su nimo. Era un hombre de belicoso humor y sombros
entusiasmos, que haba acabado de dilapidar la fortuna de la familia, ya
quebrantada por los antecesores. Emparentado con un gran nmero de
aristcratas, termin por negar este parentesco, como si fuese algo
vergonzoso. Los ttulos de nobleza de su familia dej que los tomasen
otros. El lema que figuraba, desde siglos en el escudo de los Castro lo
haba reemplazado con uno de su invencin, que resuma su vida entera:
Maana ms revolucionario que hoy. Durante treinta aos no hubo en
Espaa insurreccin triunfante  abortada en la que no interviniese este
caballero de gesto sombro, quisquilloso, espadachn, que trataba  los
hombres como un dspota y estaba dispuesto  morir por la libertad del
gnero humano.

--Un don Quijote rojo!--deca Castro.

De nio recordaba haber jugado con su sable, fabricado en Toledo: un
arma repujada de oro, con arabescos copiados de la vieja espada del
descubridor y conquistador Alvaro de Castro, que haba sido Adelantado
en las Indias. Pero en lo alto de la hoja, donde los abuelos ponan su
mote de fidelidad  Dios y al rey, l haba hecho grabar Viva la
Repblica!. Sin este sable caballeresco, se negaba  tomar parte en
una revolucin. Lo haba llevado de Sicilia  Npoles siguiendo 
Garibaldi para destronar  los Borbones. Maana ms revolucionario que
hoy; y sus compaeros le parecan de pronto unos reaccionarios, lo que
le haca buscar nuevas doctrinas que colmasen su insaciable deseo de
destruccin y renovacin. Al fin, este descendiente de Adelantados y
Virreyes acab por ingresar en la primera Internacional de
trabajadores. Y lo ms extraordinario fu que su primitiva educacin,
sus altiveces y sus acometividades paladinescas le acompaaron en esta
vida nueva, hacindole convertir la ms insignificante divergencia de
doctrina en un asunto de honor.

Por discusiones de comit se haba batido en Pars con un camarada
obrero. Apenas cruzaron los sables, el trabajador recibi un corte en la
cabeza.

--Es justo--dijo el herido limpindose la sangre--. El marqus, que ha
podido aprender el manejo de las armas, debe pegarle al hijo del pueblo.

Don Enrique palideci ante esta irona, y por restablecer la igualdad,
por suprimir sus ventajas histricas, levant el sable, dndose una
feroz cuchillada en el crneo, mientras corran los testigos  sujetarle
para que no reincidiese.

Despus de seguir por segunda vez  Garibaldi en la guerra de 1870,
batindose contra los prusianos en Dijn, el movimiento insurreccional
de la Commune le atrajo  Pars.

--Creo que lo hicieron general--deca Atilio--. En aquella mascarada
trgica debi sufrir mucho. Lo cierto es que lo fusilaron las tropas del
gobierno y nadie sabe dnde fu enterrado.

La admiracin por este abuelo de vida novelesca se amortiguaba al pensar
en su madre. Pobre, hurfana y olvidada de sus parientes, haba tenido
que casarse con un hombre que casi poda ser su padre, llevando fuera de
Espaa la vida errabunda de las familias del cuerpo consular. Atilio
haba nacido en Liorna, recibiendo el mismo nombre de su padrino, un
viejo seor italiano amigo del cnsul de Espaa. El recuerdo de su
abuelo vena  entenebrecer de vez en cuando la existencia de su pobre
madre, resignada y devota. En Roma, los espaoles de paso, todos gentes
de sanas ideas que llegaban para ver al Papa, torcan el gesto al
enterarse de su origen. Ah! Usted es la hija de Enrique de
Castro!... Y ella pareca encogerse, pedir perdn con sus ojos tristes
y humildes.

--Yo no reniego de mi abuelo--aada Atilio--. Me hubiese gustado
conocerle. Lo nico que lamento es que nos dejase tan pobres; aunque sus
antecesores ya haban hecho ms que l para arruinarnos.

Los das en que haba perdido se mostraba ms quejumbroso, recordando
las inmensas posesiones de los Castro de la conquista americana.

--Hay ahora inmensas ciudades en campos que di el rey  mis
antecesores. Uno de mis remotos abuelos apacentaba sus caballos y
construa su barraca colonial donde existen actualmente jardines,
monumentos y grandes hoteles. Eran centenares de millones de metros: 
una peseta el metro, imagnate, Miguel! Sera ms rico que t, ms rico
que todos los millonarios del mundo... Y no soy mas que un mendigo bien
trajeado. Ira de Dios! Por qu no guardaron mis abuelos sus tierras,
en vez de dedicarse  servir al rey  al pueblo? Por qu no hicieron lo
que cualquier patn que conserva religiosamente lo que le entregaron sus
antecesores?...

Otras noches, sentados en la _loggia_, escuchaba el prncipe  Novoa
ante el nocturno espectculo del cielo y del mar. No haba ms luz que
el velado resplandor que llegaba desde un saln lejano. La costa estaba
obscura. La silueta de Monte-Carlo y de Mnaco se recortaba sobre el
fondo estrellado, sin un solo punto rojo. Eran escasos los reverberos en
la ciudad, y adems tenan los vidrios pintados de azul. Los farolones
de la escalinata del Casino estaban enfundados como las linternas de un
coche fnebre. La amenaza de los submarinos alemanes mantena  todo el
principado en la obscuridad, lo mismo que las costas de Francia. Slo 
la entrada del puerto de Mnaco las dos torrecillas octogonales tenan
en sus cimas un faro rojo y un faro verde, que derramaban sobre las
aguas un zigzag de rubes y otro de esmeraldas.

En esta penumbra, puesto de pie y mirando  los astros, Novoa hablaba de
la poesa de la inmensidad, de las distancias que dan el vrtigo al
clculo humano. A Spadoni le era imposible imitar la atencin del
prncipe y de Castro. Qu poda importarle la llamada estrella
tricolor? Los millones de millones de leguas de que hablaba el sabio
despertaban su bostezo; y por una asociacin de ideas, se dedicaba 
jugar mentalmente, suponiendo que acertaba cincuenta veces seguidas,
siempre doblando.

Pona una simple moneda de cinco francos--la puesta menor que admiten en
el Casino--, y  los veinticinco golpes se detena con espanto. Haba
ganado treinta y tres millones y medio de duros: ms de ciento sesenta y
siete millones de francos. Solamente en veinticinco minutos!... El
Casino cerraba sus puertas, declarndose en quiebra; pero esto no
consegua sacarle de su delirio. La prodigiosa pieza de cinco francos
continuaba sobre el pao verde al lado de una montaa de dinero que
segua creciendo y creciendo. Haba que completar los cincuenta golpes,
siempre doblando. Di cinco ms en su imaginacin y se detuvo. Ya haba
ganado mil setenta y tres y pico de millones de duros: ms de cinco mil
millones de francos. Tendran que entregarle el principado entero de
Mnaco, y aun esto tal vez no alcanzase  cubrir la deuda. Al golpe
treinta y cinco, el simple napolen se haba convertido en treinta y
cuatro mil millones de duros: ciento setenta y un billones de francos.
No le iban  pagar; estaba seguro de ello. Sera necesario que se
reuniesen todas las grandes potencias de Europa, que se aliasen como
para una gran guerra, y aun as tal vez no hiciesen honor al crdito que
les presentaba el pianista Tefilo Spadoni.

Ya no poda calcular mentalmente. A los veinte golpes tuvo que valerse
del lpiz que le serva en el Casino para marcar la marcha del juego y
de aquellos cartones divididos en columnas que facilitaban los
empleados. El dorso resultaba estrecho para sus ganancias, que se
ensanchaban, formando cantidades quimricas. Sigui su juego triunfador.
En el golpe cuarenta se detuvo. Cinco millones de millones de francos.
Decididamente, no le podan pagar ni en Europa ni en el mundo entero.
Las naciones tendran que ponerse en venta, el globo terrqueo saldra 
pblica subasta, los hombres seran esclavos, todas las mujeres se
alquilaran para entregarle el producto de su deshonor; y aun as, sera
preciso que solicitasen un plazo de unos cuantos miles de aos para
quedar bien con l, acreedor del universo, sentado en su banqueta de
pianista como sobre un trono.

Aunque tena la certeza de que le engaaban, de que nadie en la tierra
ni el cielo poda afianzar  la banca, sigui jugando. Slo quedaban
diez golpes. Y cuando di el que haca cincuenta, tuvo un rasgo
magnnimo. Regal con el pensamiento  los empleados del Casino los
centenares, los miles, los millones y los millones de millones. El se
quedaba simplemente con la cifra que figuraba  la cabeza de la
ganancia, y escribi en su cartoncito:

    5.000.000.000.000.000 de francos

Cinco mil billones!... Como producto de cincuenta minutos de trabajo,
no estaba mal.

Llam de pronto su atencin el silencio con que el prncipe y Castro
escuchaban  Novoa, y fij en ste sus ojos de visionario todava
deslumbrados por el revoloteo ureo de la Quimera.

Tambin el sabio hablaba de millones de millones, de cifras que no poda
abarcar con palabras y detallaba repitiendo uno tras otro docenas de
ceros. El pianista crey entender que profetizaba la vejez del sol
dentro de un plazo (aqu una cifra interminable), la desaparicin de la
vida presente, la fuga del astro hacia una constelacin remotsima, su
apagamiento y su muerte (otra cifra que infunda miedo).

Sonri Spadoni con desprecio. El sol, la constelacin de Hrcules adonde
ste se dirige, los cien mil millones de millones de aos que necesita
para llegar  ella, los diez y siete millones de aos que tardar en
apagarse, dejando de calentar la vida de la tierra, todos los clculos
de este sabio, miseria, pura miseria! Si l dejaba su moneda sobre la
mesa cincuenta veces ms, las cifras de la astronoma iban  resultar
despreciables y ridculas al lado de una ganancia obtenida en cien
minutos. Slo Dios poda ser su banquero, pagndole con estrellas como
si fuesen monedas; y quin sabe si el mismo Dios sera capaz de
resistir el centsimo golpe de cinco francos, siempre doblando, y no
tendra que declararse en quiebra?...

Se sumi por algn tiempo en la contemplacin interna de su grandeza. Al
volver  la vida exterior, la voz de Novoa segua sonando con cierto
misterio ante el obscuro horizonte, perforado arriba por las punzadas de
las estrellas, ondeado abajo por la fosforescencia de las olas.

El prncipe le haba impulsado  hablar del mar como regulador y origen
de la vida. El pianista se enter de que los ocanos cubren las tres
cuartas partes del globo, y como representan una fuerte mayora sobre
los continentes, stos viven sometidos  aqullos, aunque se crean
superiores, como los gobiernos tienen que sufrir la influencia del
sufragio universal y acatar la fuerza de las mayoras. Todas las grandes
leyes atmosfricas se establecen, no en la reducida superficie de las
tierras, rugosa y quebrada, sino en la limpia extensin de los ocanos,
que permite  las molculas obedecer libremente  las leyes mecnicas de
los flidos.

Spadoni toc en un codo  Castro. Quera comunicarle en voz baja la
inaudita ganancia que acababa de realizar. Pero Atilio repeli su mano
sin volver la vista y sigui escuchando.

Novoa hablaba ahora de las aguas ardientes condensadas en la atmsfera
primitiva del globo, que se haban precipitado sobre su corteza en
formacin, disolviendo  arrastrando cuanto encontraban en esta
superficie acabada de nacer.

--Con la sal que hay en los ocanos--dijo Novoa--se podra construir
todo el relieve del continente africano.

El pianista volvi  agitarse. Una Africa toda de sal! De qu poda
servir eso?...

--Castro, esccheme--dijo en voz muy queda--. Yo pongo cinco francos y
doy cincuenta golpes, siempre doblando, sabe usted?...

Pero el otro no quiso saber nada, y rechaz el cartoncito que le tenda
ocultamente.

Spadoni, ofendido, cerr los ojos, queriendo aislarse y no escuchar
estas cosas sin importancia para l. Si el sabio hablaba todas las
noches, l perdonara la hospitalidad del prncipe, yendo en busca de
otros amigos.

De pronto, una palabra le sac de su altivo aislamiento, hacindole
abrir los ojos. El profesor hablaba del oro arrastrado por las lluvias
hirvientes de la creacin planetaria y que estaba disuelto en el mar.

--Slo hay unos miligramos por tonelada de agua; pero con el que existe
en los ocanos se podra formar una mole tan enorme, que, repartida
proporcionalmente entre los mil quinientos millones de habitantes que
tiene la tierra, nos tocara  cada uno un lingote de cuarenta mil
kilos,  sean cuarenta mil toneladas de oro.

El pianista avanz su rostro, estupefacto. Qu deca el profesor?

--Y teniendo en cuenta--prosigui Novoa--el curso del oro antes de la
guerra, el lingote que nos corresponde  cada uno de los humanos
representa ciento veinte millones de francos.

Fu cortado el silencio por un ruido estridente. Castro volvi la
cabeza, creyendo que Spadoni roncaba. Al ver sus ojos desmesuradamente
abiertos, comprendi que era un suspiro emocionado, una exclamacin de
sorpresa.

--Doy mi parte por cien mil francos en billetes--dijo con voz grave.

Y mientras los dems rean, l qued con la mirada fija en Novoa. El
mar!... quin dira que el mar!... Aquel sabio saba mucho; y l, con
repentina veneracin, se propuso escucharlo siempre.

       *       *       *       *       *

Una noche, Atilio y el prncipe comieron solos. El pianista se haba
fugado  Niza, al salir del Casino, con sus amigos los ingleses, que
jugaban al _poker_ en el land. Novoa estaba invitado  comer por un
colega del Museo, y no volvera hasta media noche.

Miguel record sus impresiones de la tarde. Haba ido al Casino para
asistir  un concierto clsico, osando arrostrar la curiosidad
obsequiosa de los empleados y el miedo  tropezarse con algunas de sus
antiguas amistades. Desde la escalinata exterior  las puertas del
teatro tuvo que responder  una serie de profundos saludos de los
funcionarios, unos con kepis y dorados botones, otros de levita solemne,
erguidos y dignos como notarios de comedia. La gente que paseaba por el
atrio se fij inmediatamente en l. El prncipe Lubimoff! Todos
recordaban su yate, sus aventuras, sus fiestas, repitiendo su nombre
como un eco de gloriosa resurreccin. Haba tenido que pasar  toda
prisa entre los grupos, con la mirada vaga, fingindose abstrado, para
no ver ciertas sonrisas conocidas, ciertos rostros invitadores que le
hacan evocar visiones dulces del pasado.

Busc un asiento de los ms ocultos en la sala de espectculos, un
rincn de divn junto  la pared; pero tambin aqu le persigui la
curiosidad. En torno del atril del director estaban los msicos de ms
renombre, los que se engalanaban con el ttulo de solistas de S. A. S.
el Prncipe de Mnaco. Algunos de ellos haban navegado en el _Gaviota
II_ formando parte de su orquesta. Durante unos compases de espera, el
primer violn, al mirar  la sala para reconocer  sus entusiastas,
descubri  Lubimoff, participando inmediatamente su sorpresa  los
otros solistas. Todos le sonrieron, dedicndole con los ojos lo que
surga de sus instrumentos, y el pblico acab por fijarse en este seor
medio oculto que poco  poco iba atrayendo las miradas de la orquesta
entera.

Al terminar el concierto sali apresuradamente, temiendo que le cortasen
el paso ciertas amigas antiguas que haba descubierto entre la
concurrencia. Cruz el atrio violentamente, hendiendo los grupos que no
le dejaban avanzar. Aqu haba llamado su atencin un personaje de
ademanes majestuosos y aspecto excesivamente brillante, con sombrero
hongo, pero de seda gris bien peinada, gabn de color de miel con
bocamangas de terciopelo del mismo tono y guantes y zapatos blancos. Las
patillas grises estaban unidas al bigote; la raya del peinado descenda
hasta la nuca, y por encima de las orejas avanzaban, brillantes de
cosmticos, dos mechones recortados y teidos.

--Cre que era un general ruso  un personaje austriaco vestido de
invierno, con una elegancia digna de la Costa Azul, y eras t, querido
coronel. An no te haba visto fuera de Villa-Sirena.

Toledo se ruboriz, no sabiendo si enorgullecerse  afligirse por estas
palabras.

--Alteza, siempre me ha gustado vestir bien y...

--Quin era la seora que hablaba contigo?...

--Era la Infanta. Me contaba que haba perdido siete mil francos que le
enviaron de Italia, que no tiene con qu atender  los gastos de su
vida, y...

--Una flaca con un gran sombrero de _cow-boy_?... No, no es esa. Te
pregunto por la otra.

La otra slo la haba visto de espaldas, pero atrajo momentneamente
su atencin por su esbeltez y su aire de seoro.

--Alteza--dijo don Marcos titubeando--, era la duquesa de Delille.

Un silencio. Y como si con esto le hubiese pillado su prncipe en falta
y necesitara excusarse, se apresur  aadir:

--Es muy buena con la Infanta. Le regala trajes para sus hijos, creo que
hasta le presta su ropa... Una hija de rey! Una nieta de San
Fernando!... Yo soy un viejo soldado de la legitimidad, y no puedo menos
de agradecer que...

Miguel cort su protesta con un gesto. Basta: no quera oir ms. Y se
dirigi  Castro. Tambin lo haba visto cerca de la salida del Casino
hablando con otra dama.

--Y yo te vi igualmente--dijo Atilio--, pero ibas impetuoso y con la
cabeza baja, abrindote paso lo mismo que un toro acosado. Quieres
saber quin es esta seora? Te interesa?...

Lubimoff levant los hombros; pero su indiferencia era falsa. En
realidad, le haba interesado, aunque ligeramente, esta desconocida,
rubia, alta, con un aspecto de vigor esbelto, de gil soltura, como las
gimnastas y las amazonas.

--Pues es la Generala--continu Castro, sin parar mientes en la falta
de curiosidad de su amigo--. Este generalato no hay que tomarlo en
serio. Es un apodo carioso. Creo que lo invent la de Delille, pues te
advierto que las dos son muy amigas. Es generala como otros pueden ser
coroneles.

Don Marcos no repar en esta maldad. Atilio se mostraba esta noche de
mal humor, con los nervios excitados, deseoso de morder. Deba haber
perdido en el juego.

--La llaman la Generala por su carcter algo varonil, por la rudeza
con que trata  veces  las gentes. Una mujer extraordinaria! Una
verdadera amazona!... Tira  las armas, hace gimnasia, nada en los ros
en pleno invierno, y adems tiene una voz como un suspiro de brisa,
gorjea al hablar como un pjaro, parece que va  desmayarse  la menor
emocin lo mismo que una nia tmida... Quieres saber quin es?... Se
llama Clorinda; un nombre de poema y de comedia antigua. Yo la llamo
siempre doa Clorinda; creo que sin esto le falto al respeto,  pesar de
su juventud. Tal vez tiene dos  tres aos menos que su amiga Alicia.
Las dos se detestan, y no pueden vivir separadas. Una semana por mes
chocan, se insultan, cuentan la una de la otra los mayores horrores;
luego se buscan. Cmo ests, corazn mio? Me guardas rencor, mi
ngel?

El prncipe sonri al ver cmo imitaba las palabras y gestos de las dos
seoras.

--Clorinda es americana--continu Castro--, pero americana del Sur, de
una pequea Repblica donde sus padres, abuelos y bisabuelos han sido
presidentes, hombres de guerra y padres de la patria. Su generalato no
es sin fundamento. All en su pas la admiran por su hermosura y por los
grandes xitos que le suponen en Europa, con ese agrandamiento y
desorientacin de la distancia. Su retrato resulta una propiedad
pblica; figura en todos los paquetes de caf y todos los prospectos de
su pas. Es la belleza nacional; y cuando envejezca, siempre existir un
rincn del mundo donde la consideren eternamente joven. Se cas en Pars
con un joven francs, soador, algo artista y algo enfermo del pecho.
Por esto mismo lo am la Generala. Con un hombre fuerte  impetuoso
se hubiesen matado los dos  los pocos das. Ahora es viuda. No la creo
muy rica; la guerra debe haber disminudo sus rentas, pero tiene para
vivir con desahogo. Hasta me imagino que debe sufrir menos apuros que la
de Delille. Es mujer de buena cabeza.

Call un momento.

--Pero de tan raras ideas! Tan acostumbrada  imponer su voluntad!...
La conoc en Biarritz hace algunos aos. Aqu la he visto muchas veces
en las salas de juego: saludos, conversaciones insignificantes. Cuando
una mujer apunta, no admite galanteras que la distraigan. Hoy es la
primera vez que hemos hablado largamente. Sabes lo que me ha preguntado
en seguida?... Que por qu no estoy en la guerra. En vano le he dicho
que yo soy neutral y le he demostrado que la guerra no me interesa. Si
yo fuese hombre, sera soldado. Y si hubieras visto su mirada al
decirme esto!...

Lubimoff dedic una sonrisa despectiva  esta mujer.

--Para ella--sigui diciendo su amigo--, todos los hombres deben
trabajar en algo, producir, ser hroes. A su pobre marido, dulce como un
cordero enfermo, lo ador porque pintaba unos cuadros paliduchos y haba
conseguido modestas recompensas en varias Exposiciones. Los hombres como
yo son para ella una especie de figurantes alquilados para animar los
salones, los casinos, los balnearios, para sostener la conversacin y
ser galantes con las damas; pero no le interesan. Me lo ha dicho esta
tarde, una vez ms.

--Y  ti te duele su opinin?--dijo el prncipe.

Call Atilio, como si pesase sus palabras antes de hablar.

--S, me duele--dijo al fin resueltamente--. Por qu negrtelo? Esa
mujer me interesa. Cuando no la veo, no me acuerdo de ella. He pasado
meses y aos sin que volviese  mi memoria. Pero as que la encuentro,
me domina... la deseo. Yo, sin ser t, he tenido tambin mis
satisfacciones amorosas. Pero esta mujer es tan distinta  las
otras!... Adems, el placer de vencerla, esa necesidad de dominacin
que hay en el fondo de nuestros deseos amorosos!... Cada vez que
hablamos, y ella con su voz de pjaro y su sonrisa compasiva marca la
enorme distancia que existe entre los dos, quedo triste, mejor dicho,
desalentado, como si necesitase alcanzar algo  que no llegar nunca por
ms que me esfuerce. Hoy debera estar alegre: hace meses que no he
tenido una tarde igual. He jugado, y mira... mira! Diez y siete mil
francos.

Haba sacado de un bolsillo interior un fajo de billetes azules,
arrojndolo sobre la mesa con cierta furia.

--Llegu  ganar hasta veintisis mil. Una suerte de amante desesperado,
de marido infeliz... Y sin embargo, no estoy contento.

El prncipe volvi  sonreir, como si una verdad palmaria acabase de
demostrar la certeza de sus afirmaciones. La mujer! Aquella Clorinda,
generala de mil demonios, era una verdadera mujer, que con slo breves
minutos de conversacin haba perturbado  Castro y tal vez acabase por
quebrantar la vida dulce, sin placeres violentos pero sin tristezas
desesperadas, que llevaban los huspedes de Villa-Sirena.

--Y t, Atilio--dijo con tono de reproche--, te emocionas por esa
especie de virago de voz suave... T crees en el amor como un colegial.

Castro adopt un tono framente agresivo. De l poda decir el prncipe
lo que quisiera; pero llamar virago  la otra!... con qu derecho?
Ocult, sin embargo, la verdadera causa de su enfado, fingindose herido
por la alusin  su credulidad.

--Yo no creo en nada; creo tal vez menos que t. S que todo lo que nos
rodea es falso, convencional; mentiras que aceptamos porque nos son
necesarias momentneamente. T admiras, como si fuese algo divino 
inconmovible, la msica y la pintura. Pues bien; que se modifique un
poco la forma de nuestro odo, y las sinfonas de Beethoven sern
verdaderas cencerradas; que se cambie el funcionamiento de nuestra
retina, y todos los cuadros clebres habr que quemarlos, porque nos
parecern lienzos manchados por un juego de nios... que se transforme
nuestro cerebro, y todos los poetas y los pensadores resultarn pueriles
idiotas. No; no creo en nada--insisti rabiosamente--. Para vivir y
para entendernos necesitamos que haya arriba y abajo, derecha 
izquierda; y tambin esto es mentira, pues vivimos en el infinito que no
tiene lmites. Todo lo que consideramos fundamental no es mas que un
cuadriculado que inventaron los hombres para que sirva de marco  sus
concepciones.

El prncipe se encogi de hombros, mirndole con extraeza. A qu vena
todo esto, con motivo de una mujer?...

--Todo mentira--prosigui--; pero no por ello voy  vivir como una
piedra  un rbol. Yo necesito falsedades dulces que me canten hasta la
hora de la muerte. La ilusin es una mentira, pero deseo que venga
conmigo; la esperanza otra mentira, pero quiero que marche ante mis
pasos. Yo no creo en el amor, como no creo en nada. Cuanto digas contra
l lo s hace muchos aos; pero debo darle con el pie si me sale al
paso y quiere acompaarme? Conoces t una quimera que llene mejor el
vaco de nuestra existencia, aunque sea poco durable?...

Miguel acogi la vehemencia de su amigo con un gesto sardnico.

--Sabes por qu parezco ms joven de lo que soy?--continu Atilio, cada
vez ms exaltado--. Sabes por qu ser joven cuando otros de mi edad
sern ya viejos?... Me finjo irnico, parezco escptico, pero poseo un
secreto, el secreto de la eterna juventud, que guardo para m... Puedo
revelrtelo. He descubierto que la gran sabidura de la vida, lo ms
importante, es pasar el rato; y lleno el vaco que todos llevamos
dentro con una orquesta: la orquesta de mis ilusiones. Lo necesario es
que toque siempre, que no queden los atriles vacos; una vez terminada
una partitura, hay que colocar otra nueva. A veces, la sinfona es de
amor... Las mas han sido hermosas pero breves. Por eso las he
reemplazado con otra interminable, la de la ambicin y la codicia, cuyos
compases son infinitos como las estrellas del cielo, como las
combinaciones de las cartas. Juego. Veo en el girar de la ruleta un
castillo que ser mo, un castillo ms suntuoso que todos los que
existen; un yate superior al que t tenas; fiestas interminables. La
baraja me hace contemplar magnificencias como no las soaron los
cuentistas persas. Sus colores son montones de gemas preciosas. Las ms
de las veces pierdo y la orquesta me acompaa en sordina, con una marcha
fnebre de hermosa desesperacin; pero  los pocos compases, esta marcha
se convierte en himno triunfal: la salida del nuevo sol, la resurreccin
de la esperanza.

Ahora la mirada del prncipe era de piedad. Est loco, parecan decir
sus pupilas.

--Esta tarde, mi orquesta--continu--me ha hecho conocer una nueva
sinfona, algo que no haba odo nunca. Mientras ganaba dinero, no pens
una sola vez en m. Nada de palacios, ni de yates, ni de fiestas.
Pensaba nicamente en la Generala, y pensaba con verdadero odio,
deseando vengarme de ella. Quera ganar cien mil francos...(qu sabe
uno!... tal vez los gane maana!) y luego de ganarlos comprar un collar
de perlas  la salida del Casino (los cien mil completos) y envirselo
con un simple annimo que dijese as, poco ms  menos: Homenaje de
antipata de un hombre intil y despreciable.

Una carcajada del prncipe despert con sobresalto al coronel, que, como
buen madrugador, se haba adormecido en su asiento. Luego, al notar que
Su Alteza no se fijaba en l, se desliz fuera del _hall_, como si le
atrajese algo ms importante que aquella conversacin de los dos amigos,
que parecan ignorar su presencia.

--Pero qu encuentras t en el amor?--dijo Miguel--. Porque yo creo que
t sabes lo que es verdaderamente el amor. Todas esas ilusiones de los
adolescentes, todos los idealismos de los poetas, no son mas que caminos
tortuosos que conducen  un mismo trmino, al nico: el acto carnal. Y
no ests fatigado de l? no te acobarda su monotona?

La voz del prncipe tom cierta entonacin lgubre, como si clamase
sobre los escombros de su vida entera. Haba encontrado centenares de
mujeres de las que levantan  su paso una muda explosin de deseos. La
resistencia femenil le era desconocida. Es ms: haban corrido  l,
haciendo espontneamente la mitad del camino, acosndole sin orden,
obligndolo, por un pundonor varonil,  sobrepasarse en sus fuerzas con
una prodigalidad que haca doloroso el placer... Y todas eran iguales!
El comprenda el espejismo de la ilusin en los que admiran desde lejos
lo que no pueden conseguir. Es la curiosidad por lo secreto, el deseo
que infunde el obstculo, las fantasas mentales que inspiran los
trajes, los adornos, todo lo que cubre el cuerpo femenino, dando  su
monotona la seduccin de un misterio continuamente renovado. Para l,
ay! eran todas como si marchasen desnudas. Nada poda excitar ya su
inters: todo lo conoca.

--Adems--y su voz se hizo ms sorda--,  ti solo te lo confieso. El
amor y la mujer me hacen pensar en la miseria de nuestra existencia, en
el inevitable final, en la muerte. Desde que vivo emancipado de sus
engaosas seducciones, me siento ms alegre, ms seguro de m mismo;
gozo con ingenuidad del momento que pasa... No quiero hablarte de las
vergenzas fsicas de esos cuerpos que pretendemos divinizar, de las
impurezas diarias  mensuales que les hace sufrir la vida con sus
exigencias. La mujer es menos sana que el hombre. La Naturaleza lo ha
querido as. Djala sin los cuidados de la higiene moderna, y resultar
una bestia inmunda, roda por internas suciedades... Pero no es eso lo
que me hace huir de ella.

Call, aadiendo poco despus con tristeza:

--No puedo estar al lado de una mujer sin encontrarme con la imagen de
la muerte. Cuando acaricio su cabellera sedosa, tropiezo con un crneo
pulido, duro, amarillento, como los que asoman  flor de tierra en los
cementerios abandonados. Un beso en la boca, un mordisco en la barbilla,
me hacen ver el maxilar seo con sus dientes, casi igual al de los
antropoides que estn en los museos. Los ojos morirn; la nariz de
graciosas alillas y ventanas sonrosadas se disolver igualmente; lo
nico slido y cierto son las cuencas negras y la grotesca chatez de la
calavera. Los pechos turgentes no pasan de ser simples tumores engaosos
que disimulan la fnebre jaula del costillaje; las piernas que nos
parecen adorables columnas son agua y piltrafas que se disolvern,
dejando al descubierto dos largas flautas de cal. Creemos adorar la
suprema belleza, y abrazamos  un esqueleto. Nos horroriza la imagen de
la muerte, y toda mujer la lleva dentro, obligndonos  adorarla.

Ahora era Castro el que miraba con ojos de asombro. Est loco,
parecan decir sus pupilas, fijas en el prncipe.

--Lo que t tienes, Miguel, es que ests ahito--dijo despus de un largo
silencio--. Me recuerdas  esas personas que, al sentarse  la mesa,
disimulan con ascos su inapetencia. Las carnes asadas, de suculento
perfume, son para ellas cadveres, envolturas de pus; los frescos
vegetales, las dulces frutas, concreciones del estircol y de todos los
zumos malolientes que vigorizan la tierra. El pan y el vino les hacen
pensar en las manipulaciones de su elaboracin... Pero si sus sentidos
despiertan, si resucitan sus necesidades, lo ven todo como si acabase de
salir el sol y encuentran un encanto inefable en lo mismo que les
repugnaba... Qu me importa que una mujer lleve dentro un esqueleto?
Tambin lo llevo yo, y esto no me impide encontrar muy agradables los
placeres de la vida y considerar que de todos esos placeres el ms
interesante es... el encuentro de dos esqueletos.

Castro rea con una conmiseracin afectuosa contemplando  su amigo.

--Ests harto, lo repito; tienes la inapetencia y las visiones fnebres
de los que sufren una dolorosa indigestin... T te restablecers. Eres
joven an para permanecer en esa atona: el apetito volver  ti. Deseo
que no encuentres la mesa puesta como en el pasado, que la dificultad te
exalte, que la negativa te haga sufrir; y entonces... entonces!...




V


Nunca haba visto don Marcos tan enfadado  su prncipe como esta maana
al anunciarle que la duquesa de Delille le esperaba abajo, en el _hall_.

--Debas haberle dicho que me he ido; un pretexto cualquiera, un
almuerzo en Niza... Pero estis de acuerdo, seguramente. Cmo proteges
 tu Infanta!...

El coronel, rojo de emocin, intent refutar estas acusaciones. Si la
duquesa se presentaba de pronto en Villa-Sirena, era tal vez porque l
se haba negado  recibir sus encargos para el prncipe.

Al bajar ste al _hall_, encontr  Alicia de pie junto  una ventana,
mirando los jardines y el mar. Estaba de espaldas, como la haba visto
al salir del concierto. Cuando volvi la cabeza, Miguel se dijo que no
la habra reconocido seguramente de encontrarla en otro lugar. Era una
hermosa mujer, pero no se pareca  la que haba visto por ltima vez en
aquel estudio de la Avenida del Bosque, lleno de chineras y malsanos
perfumes. Varios aos haban pasado por ella, y sin embargo pareca ms
fresca, ms joven. Haba perdido aquella luz turbia  inquietante que
agrandaba sus ojos, dndoles una fijeza antinatural. Su tez, de una
blancura mate y enfermiza, estaba coloreada ahora por el sol y el aire
libre. La antigua esbeltez ondulante y ligera se haba espesado, dando 
su organismo la calma y la estabilidad de los cuerpos que empiezan 
cristalizarse en su forma definitiva.

No pudo continuar el prncipe este rpido examen, molestado por la
sonrisa y los ojos de Alicia. Pareca, por su aire tranquilo, que
hubiese estado all mismo la tarde anterior. Adems, Miguel se sinti
repentinamente preocupado por el modo de iniciar la conversacin. Le
hablara en ingls  en francs? La tuteara como antes?... Ella
resolvi sus dudas hablndole en espaol, y de t, lo mismo que cuando
eran muchachos.

--Como es imposible ponerse en comunicacin contigo--dijo Alicia
sentndose, despus de estrechar su mano--, me he decidido  hacer esta
visita. No es muy correcto que una seora venga  visitar  un hombre
tan malfamado como t; pero habrn venido tantas aqu antes que yo!

Y estas palabras fueron acompaadas de una risa maliciosa. A
continuacin se puso seria, y dijo con timidez:

--Vengo por negocios... por un asunto de dinero.

Queriendo retardar la exposicin de estos negocios, habl de las
dificultades que la haban obligado  presentarse en Villa-Sirena sin
anunciar su visita. El prncipe poda tener confianza en la exactitud
con que su chambeln cumpla sus rdenes. Una buena persona el tal
coronel, pero intratable, lo mismo que un perro feroz, cuando alguien
pretenda que desobedeciera  su amo. Ella le haba pedido intilmente
que anunciase su visita; hasta se neg  aceptar una carta para su
seor.

--Hubiera podido escribirte; pero tem que no contestases  me enviaras
simplemente  entenderme con tu apoderado en Pars. Hace tanto tiempo
que no nos vemos! Ha sido tan rara nuestra amistad!... Por eso,
finalmente, me decid anoche  venir  sorprenderte en tu retiro, con la
esperanza de que no me pondras en la puerta.

Miguel sonri, haciendo un gesto de escandalizada negativa.

--He venido por mi deuda... por los prstamos que me hizo en otro tiempo
tu madre... Yo ignoraba  cunto ascienden. Tu apoderado dice que son
ms de cuatrocientos mil francos. As debe de ser, cuando l lo
asegura. Yo peda en momentos de apuro, y la princesa, que era tan gran
seora, daba y daba, sin que la una ni la otra nos fijsemos en las
cantidades... Ahora comprendo que fu enorme su bondad.

Lubimoff qued sorprendido por esta noticia. Luego fu recordando que al
morir su madre haba dejado una larga nota de todos los prstamos hechos
por ella, y que el nombre de Alicia figuraba entre los deudores. Pero
los papeles quedaron en poder de su administrador, sin que l se
acordase ms de este asunto.

Comprendi inmediatamente el motivo de la visita de Alicia. Su apoderado
quera reunir dinero, y falto de los envos de Rusia, realizaba todo lo
que l posea en Occidente: crditos  su favor, adelantos hechos  sus
protegidos, fianzas en depsito, hasta los prstamos de la princesa,
que, segn disposicin suya, slo deban exigirse en caso de ineludible
necesidad.

El estrujamiento general impuesto por las circunstancias haba alcanzado
 Alicia. Haca cuatro meses que la administracin Lubimoff le enviaba
carta tras carta, reclamando el pago de su enorme deuda. La ltima nota
del apoderado era amenazante, en vista de su silencio. Anunciaba una
accin ejecutiva ante los tribunales. La administracin guardaba muchas
cartas de ella dando las gracias  la princesa por sus bondades. Adems,
todos los pagos haban sido hechos por medio de cheques, cobrados por la
misma duquesa.

--Un verdadera insolente tu administrador... El otro da te vi en el
Casino; te vi de espaldas, cuando huas de la gente. Me diste miedo: me
imagin en aquel momento que eras otro, muy diferente del que yo conoc,
y que nunca nos entenderamos. Despus he pensado que no debes ser tan
fiero como pareces... y he venido.

Miguel, silencioso, pareca hablar con sus pupilas fijas en Alicia. Y
para qu haba venido? Qu negocios deseaba proponerle?

Ella sonri con una expresin de gracioso cinismo.

--He venido para decirte que no puedo pagar ahora... y tal vez nunca;
para suplicarte que esperes... no s hasta cundo, y que ese antiptico
que administra tu fortuna no me moleste con sus insolencias.

Y como el prncipe permaneciese inmvil, ella continu:

--Estoy arruinada.

--Yo tambin--dijo Miguel--. Todos estamos arruinados. Los que fabrican
para la guerra son los nicos ricos en este momento.

--Oh! t arruinado!--protest Alicia--. Lo tuyo no es mas que un apuro
del momento. Lo de Rusia se arreglar un da  otro. Adems, t eres el
prncipe Lubimoff, el famoso millonario. Si yo tuviese tu nombre, quin
me negara un prstamo?...

Perdi de pronto la sonrisa audaz que haba preparado para esta
entrevista. Sus ojos se hicieron ms obscuros; su boca se arque hacia
abajo.

--Mi ruina es verdadera... Mira.

Seal el tringulo de carne que dejaba libre el escote de su traje. Un
collar de perlas descansaba sobre el blanco pecho. Miguel acab por
fijarse en estas perlas, atrado por la insistencia de ella. Falsas,
escandalosamente falsas; todas descascarilladas, opacas y amarillentas
como gotas de cera. El entenda un poco de esto; haba regalado tantos
collares!... Luego, Alicia le mostr las manos. Dos sortijas de factura
artstica, pero sin una piedra, de escaso valor intrnseco, eran lo
nico que adornaba sus dedos.

--Este vestido es del ao pasado--aadi con un tono sombro, como si
confesase la mayor de las vergenzas--. Ya no me fan en Pars. Debo
tanto!... Slo el sombrero es nuevo. Qu mujer, por pobre que se
considere, no compra un sombrero nuevo! Es lo ms visible, lo que cambia
incesantemente, lo que hay que defender. Por suerte, con esto de la
guerra no se usan las plumas... Estoy pobre, Miguel, pobre como t no
has conocido  ninguna mujer.

--Y tu madre?...

El prncipe hizo instintivamente esta pregunta. Despus tuvo la sospecha
de haber ledo aos antes, no saba dnde, tal vez mientras vagaba por
los mares, la noticia de la muerte de doa Mercedes. No estaba seguro;
pero la hija le sac de dudas.

--Pobre seora!... No hablemos de ella.

Pero habl para lamentar sus prodigalidades de devota. Haba dedicado
millones  la construccin en Espaa de un hospital enorme por consejo
de su capelln aragons, el astrnomo de los Campos Elseos. El mrmol
entraba en esta obra como simple material de albailera; la verja del
jardn era forjada por un clebre fundidor de arte de Pars dedicado 
fabricar estatuas de saln. Al marcharse el clrigo, fatigado de tanta
largueza, el edificio monstruoso quedaba sin terminar y la preciosa
verja  pedazos en el suelo, como hierro viejo. Luego, el monseor
canalizaba la generosidad de la santa dama en otro sentido. Era
necesario propagar la fe por medio del buen libro, y surga en Pars
una nueva casa editorial, inaudita, inverosmil, en la que los paquetes
de libros eran almacenados en estantes de caoba y las hojas plegadas
sobre tableros de laca.

--Los curas se llevaron casi todo lo mo--continu Alicia--. Tal vez
para cobrar comisiones, sugeran  mam los gastos ms absurdos.

Numerosos campanarios repicaban en los dos hemisferios gracias  doa
Mercedes. Una fundicin de campanas trabajaba nicamente para sus
regalos. Adems, se senta arrastrada, por una especie de debilidad
amorosa, hacia todos los bienaventurados desprovistos de renombre.

--Se dedic en los ltimos aos  lanzar santos. Todos los que
encontraba en el calendario poco conocidos  de nombre raro le hacan
sentir el deseo de remediar una gran injusticia. Haca escribir sus
vidas, les dedicaba iglesias, se carteaba con los seores de Roma para
sacar adelante  muchos difuntos que esperaban intilmente siglos y
siglos la hora de su santificacin.

Lubimoff acab por reir del tono rencoroso con que Alicia hablaba de
estos placeres msticos de su madre. Famosa doa Mercedes!... Y ella
acab por reir igualmente.

--As fu gastando todas nuestras rentas, que eran enormes. Deba
haberme dejado una verdadera fortuna ahorrada en los Bancos. Una seora
que inverta tan poco en el regalo de su persona!... Y sin embargo, tuve
que pagar grandes cantidades por todos los encargos que haba hecho
antes de morir. Ten la seguridad de que el monseor y los otros son
mucho ms ricos que yo.

--Y tus minas? y tus tierras de Amrica?

La duquesa repiti su gesto de desesperacin. Como si no tuviese nada!
Pobre, absolutamente pobre.

--T dices que ests arruinado, y la escasez de dinero slo la sufres
desde hace dos aos, tal vez menos. Yo no veo un cntimo de mi fortuna
desde mucho antes de la guerra. Todos se ocupan de Rusia, del
bolcheviquismo, porque es algo que toca de cerca al viejo mundo. Y lo
de Mjico, que data de los tiempos de paz europea?...

Sus tierras se haban perdido lo mismo que si fuesen bienes muebles que
pueden ser trasladados y ocultados. Una revolucin agraria, cuyos ecos
apenas llegaban al viejo continente, las haba devorado, suprimiendo
todo vestigio de la antigua propiedad. Los mestizos se las repartan 
su gusto, para trabajarlas  para dejarlas ms incultas que antes.
Contra quin poda reclamar, si estas tierras estaban en provincias que
cambiaban  cada momento de dueo y el gobierno de Mjico no ejerca
sobre ellas ninguna autoridad?...

Las minas de plata, base de la enorme fortuna de tres generaciones de
Barrios, an estaban en peor situacin.

--Uno de los titulados generales, un indio, se ha fortificado en el
territorio de mis minas y desde all desafa  los gobernantes de la
capital. Me dicen que todos los meses saca medio milln de francos en
barras de plata. Las corta en rodajas, les pone su marca, y hace dinero
para pagar  su gente. Figrate si le faltarn partidarios con esa
moneda de plata pura, ms valiosa que la de los pases civilizados!...
Nunca acabarn con l; no tiene mas que ahondar en lo mo, para crear
ejrcitos. Esta mala broma viene prolongndose varios aos; y yo, que
vivo en Europa, cada vez ms pobre, estoy pagando una guerra
interminable al otro lado de la tierra.

A pesar de que el prncipe nunca se haba ocupado de sus propios
negocios, quiso darle consejos. Deba ir all; pedir proteccin; ella
haba nacido en los Estados Unidos.

--Ya lo he hecho--contest--. Tengo en Nueva York quien se ocupa de mis
asuntos. Pero van  hacer una guerra slo por mi?... El viaje tal vez
lo emprenda ms adelante. Ahora no; me siento sin fuerzas... Tengo
preocupaciones terribles en estos momentos, y an seran ms grandes si
me alejase de Francia.

Sus ojos se nublaron; una expresin dolorosa contrajo su rostro. Hizo un
ademn como si buscase el pauelo en su bolso de mano. Miguel se acord
de aquel joven que Castro haba visto en los ltimos aos al lado de
Alicia. Tal vez era ste el que provocaba su emocin y le impeda hacer
el viaje.

El amor!--se dijo mentalmente--. El amor, cuando ya ha pasado la
juventud!

Quiso torcer el curso del dilogo, y le pregunt por el duque de
Delille. Saba que estaba en la guerra; hasta crey recordar que lo
haban herido en los primeros combates. Viva an?...

Al hablar Alicia de su marido, tom una expresin grave, con gran
extraeza de Miguel. En otros tiempos le trataba con cierto desprecio.
Haba aceptado la libertad de su esposa, con todas sus consecuencias, 
cambio de una pensin enorme. Vivan aparte, y aunque ella encontraba
muy dulce esta independencia, no poda menos de sentir una antipata
femenil hacia este marido acomodaticio y poco dado  los celos trgicos.
Pero ahora sus ideas parecan cambiadas, y se apresur  hablar, como si
temiese ver en Lubimoff la misma sonrisa que ella dedicaba otras veces
al duque.

--S; fu  la guerra. Ya sabes que es mayor que yo: ms de veinte aos.
Su edad le excusaba de tomar las armas; pero se acord de que en su
juventud haba sido oficial, y fu de los primeros en acudir. Quin lo
hubiese credo de un hombre que pareca sin preocupaciones y se burlaba
de todo lo que no tocase  sus egosmos!...

Los alemanes lo haban recogido moribundo en uno de sus victoriosos
avances al principio de la guerra. Estaba cubierto de heridas. Despus
de dos aos de cautiverio lo haban canjeado como intil, y viva
internado en Suiza, con un brazo menos.

--Pobre hombre!... Me escribe todos los meses. Pesca en el lago de
Ginebra, y piensa en m ms que nunca pens. Sus cartas casi son de
amor. Cmo transforman las desgracias nuestro carcter! Dice que ve la
vida de otro modo; tiene la esperanza de que despus de este cataclismo,
que nos habr hecho mejores, podremos juntarnos y ser felices. Ah, si
yo quisiera!...

Su tono era irnico al mencionar esta felicidad quimrica, pero mostraba
al mismo tiempo respeto y admiracin. El duque cazador de una gran dote,
acomodaticio y sin escrpulos, estaba olvidado. Ahora slo vea al
combatiente de cabeza blanca, al invlido, que, segn los mdicos, no
poda alcanzar una larga existencia despus de las operaciones sufridas.
Y ella procuraba mantener sus esperanzas, contestando breve y
afectuosamente  sus largas cartas de desterrado.

--Entonces, es por tu marido por lo que no realizas el viaje?--pregunt
Miguel, fingiendo hacer su pregunta de buena fe.

Alicia se agit ante tal suposicin. Pobre Delille!... Ella senta
otras preocupaciones. Su marido no era el nico que haba ido  la
guerra. Otros con menos aos y con razones ms poderosas para amar la
existencia haban sufrido la misma suerte. Los duelos ocultos de esta
poca!...

Los ojos de la duquesa se humedecieron y el gesto de su boca fu
francamente doloroso.

Es el pequeo amante, no hay duda--se dijo Miguel--. El chiquillo que
vi Castro.

Como si adivinase los pensamientos de l y quisiera desviarlos, Alicia
volvi  hablar del motivo de la visita y de su situacin.

El prncipe movi la cabeza cuando ella le fu describiendo su asombro
al ver que la riqueza no era algo infinito  inmutable, y que se
deshaca... se deshaca! sin que hubiera recurso alguno para evitar su
desmoronamiento.

--He malvendido, he tomado el dinero que quisieron darme, sin poner
atencin en las condiciones. Todas mis joyas se fueron; unas las vend
en Pars, otras aqu mismo... T dices que ests arruinado. No; t no
sabes lo que es eso: yo s que lo s. Mi naufragio es ms antiguo que
el tuyo; mi buque era mas pequeo... No quiero fatigarte con la relacin
de mis pobrezas. Ya no tengo casa en Pars. Unicamente si mis negocios
se arreglasen volvera all. No tengo ms casa que la de aqu, una
villa que compr en mis buenos tiempos. No sonras; est hipotecada
dos veces: cualquier da me echarn de ella. La tal casa era muy
agradable en otros tiempos, cuando yo tena dinero; pero ahora, con las
escaseces de la guerra!... No hay carbn, la lea es cara; por las
noches hace fro, y se necesita gastar una fortuna para que funcione el
antiguo calorfero. Adems, no tengo ms servidumbre que mi antigua
doncella, el jardinero y su mujer, que se ocupa de la cocina. Por eso
todas las piezas estn cerradas, y Valeria y yo hacemos nuestra vida en
dos habitaciones del primer piso. All comemos, all dormimos... Valeria
es una muchacha de Pars, una seorita que yo protejo. Figrate si ser
pobre para que yo la proteja!

--Pero t juegas--dijo el prncipe.

Ella pareci escandalizarse de estas palabras, que sonaban como una
recriminacin.

--Juego; qu quieres que haga? Necesito defenderme, ganar mi vida, y
de qu otro modo puede ganarla una mujer como yo?... S lo que vas 
decirme: que he perdido mucho. Cierto; mi collar de perlas, el
verdadero, lo vend aqu, y muchas otras joyas; he perdido grandes
cantidades, de las que no quiero acordarme... Pero entonces no saba lo
que s ahora... ahora precisamente que tengo poco dinero para jugar!

Lubimoff sinti asombro ante la fe con que hablaba esta mujer de sus
conocimientos actuales.

--Adems--continu con tristeza--, qu sera de m si me faltase el
juego? T no debes haber olvidado cmo era yo cuando nos vimos la ltima
vez. No te pasaran inadvertidos ciertos gustos...

Se acord Miguel de la invitacin  la pipa, de aquel perfume que
llenaba el estudio del palacete de la Avenida del Bosque.

--Todo aquello se acab; el juego y otra cosa me lo hicieron abandonar.
Ahora lo recuerdo con desprecio. Por eso vivo en Monte-Carlo: tengo la
corazonada de que la suerte volver  buscarme aqu y no en otra parte.
T no juegas?

Se irrit Miguel ante esta pregunta. No le haba dicho que estaba
arruinado? Iba  imitarla  ella, que empeoraba su situacin perdiendo
los restos de su fortuna?

--Arruinado!--exclam Alicia--. Tu mala poca no puede ser larga. Eso
de Rusia acabar por entrar en orden. Las grandes naciones tienen all
muchos intereses para no preocuparse de arreglarlo todo... Lo mo es lo
que no se compondr en mucho tiempo. No me queda otra esperanza que
poder dar un golpe en el Casino de doscientos mil  trescientos mil
francos, y con esto esperar  que cambien las cosas.

El prncipe se encogi de hombros. Conoca  los jugadores. Esta mujer,
dominada por su quimera, iba  olvidar el objeto de su visita, divagando
sobre los caprichos posibles de la suerte, como Spadoni  como el mismo
Castro.

--Y qu deseas de m?

Alicia pareci despertar, y otra vez su sonrisa fu audaz y graciosa,
como al principio de la entrevista, una sonrisa de solicitante que llega
con la firme voluntad de conseguir lo que quiere. Ya haba dicho en el
primer momento cul era su pretensin: que no la molestase ms el
apoderado del prncipe por aquella deuda olvidada.

--La pagar algn da, si puedo... Lo ms seguro es que no la pague
nunca. Dala por perdida, y dile  ese seor antiptico que no me escriba
ms.

Miguel, seducido por la sencillez con que esta mujer emita su enorme
deseo, imit el tono de su voz.

--Est bien; se le dir  ese seor antiptico que no te moleste, que se
olvide de ti.

Y ri como un nio, sin fijarse en que se trataba de sus propios
intereses, pensando nicamente en la cara que pondra su grave apoderado
al recibir tal orden.

--Siempre te he credo bueno y generoso--dijo ella--. Gracias, Miguel!
Algunas veces he discutido con la Generala acerca de ti, para hacerla
comprender que eres un hombre de corazn.

--Ah! Doa Clorinda es enemiga ma? Si no la he visto nunca!...

--Es una mujer rara. Para ella, todo el que se divierte y no hace cosas
grandes es un hombre antiptico. Precisamente nos peleamos ayer para
siempre. No hablemos de ella. Tengo algo ms que pedirte...

Ms?... El prncipe la mir con asombro; pero Alicia se apresur 
decir que era un consejo lo que solicitaba.

La guerra haba trastornado su existencia con una rapidez asombrosa. Los
valores sociales estaban invertidos: las fortunas que parecan ms
slidas se venan abajo.

--Esto pasar, no es cierto?... Es imposible que dure.

--S, es imposible--dijo l con gravedad.

A los dos les pareca vivir en otro mundo, rodeados de las incoherencias
de una pesadilla. Ellos teniendo que preocuparse del dinero, que haba
sido hasta entonces algo natural en su existencia, como lo es para todos
el sol, el aire  el agua; vindose obligados  perseguirlo en su fuga
por caminos que desconocan!... No, esto no era lgico: un breve
capricho del destino. Sus vidas volveran  ser como antes, con la
regularidad de las leyes naturales, que parecen desviarse un momento,
pero tornan al fin  su ordenado curso.

Ms necesitada y ms vieja en esta vida de apuros econmicos, ella no
poda imitar la calma con que aceptaba Lubimoff su momentnea ruina.

--Pasar, es seguro; pero mientras tanto, cmo puedo vivir?... Acabas
de librarme de una congoja moral con el olvido de esa deuda. Te lo
agradezco. Pero yo necesito trabajar, yo quiero ganar dinero! Qu me
aconsejas?...

El qued estupefacto. A qu trabajo poda dedicarse Alicia?... Su
pregunta era para ser contestada con una risa. Pero ella estaba frente 
l, grave, convencida de su voluntad para el trabajo, y esperando el
luminoso consejo, como si de l dependiese su destino.

Afortunadamente, la misma Alicia, no pudiendo sufrir este silencio,
empez  exponerle sus propias ideas. El revoltijo presente justificaba
las ms desatinadas resoluciones. Una gran seora poda adoptar medios
de existencia que aos antes hubieran provocado escndalo. Ella conoca
en Niza muchas damas rusas que daban grandes fiestas en sus salones
antes de la guerra, y ahora, cadas en la pobreza, se ingeniaban para
ganarse el pan  su modo. Una iba  abrir una tienda de sombreros,
contando con sus antiguas amistades para formarse una clientela. Otra
haba convertido su villa del Paseo de los Ingleses en casa de
huspedes. Slo quera admitir personas distinguidas, militares de los
pases aliados, pero de coronel en adelante. Tratara  sus pensionistas
como visitas, con toda la distincin de una gran seora que recibe;
solamente que ahora sus das de recepcin iban  ser todos los de la
semana.

--Qu te parece si yo convirtiese mi villa en casa de huspedes?...
Podras t ayudarme con algn dinero para renovar muebles y lo que
hiciese falta?... Huspedes de marca nada ms: generales, embajadores
retirados que vienen en busca de sol...

El prncipe contest con una carcajada.

--Pero ests loca!... Te haran todos la corte. A las pocas semanas, tu
establecimiento sera un infierno.

Alicia no insisti, encontrando muy justa la observacin. La rusa de
Niza era vieja y horrible comparada con ella. Adems, le pareca regular
y lgico que todos los huspedes se enamorasen de su persona.

La Generala le haba sugerido otro proyecto. Poda instalar en
Monte-Carlo una casa de t, muy elegante. El atractivo de verla  ella
en el mostrador hara correr  la gente. Para esto necesitaba tambin el
apoyo de una capitalista.

Otra risotada de Lubimoff.

--El t de la duquesa de Delille!... Sera gracioso: pero una vez
agotada la curiosidad, no tendras otros parroquianos que los que se
interesasen por tus gracias. No; eso no es negocio.

Ella mostr un desaliento algo cmico; qu hacer?... Una seora deseosa
de trabajo no encontraba ocupacin en este mundo dirigido y acaparado
por los hombres. Slo le quedaba como recurso el juego. Era un placer
emocionante que lo haca olvidar sus preocupaciones, y al mismo tiempo
una esperanza. Diariamente abra con el juego una ventana  la Fortuna,
por si se dignaba acordarse de ella. Quin sabe si alguna tarde
plegara sus alas de oro sobre una mesa del Casino, dejndose acariciar,
como un guila domada, por las finas manos de Alicia!...

--En los primeros meses de la guerra--continu--no necesitaba
distracciones; tena bastante con la realidad de los acontecimientos.
Las angustias que he pasado!... Pero  todo se acostumbra una; las
mayores emociones, al prolongarse, acaban por ser montonas. No siempre
se puede estar con los nervios en tensin. Y esta guerra es tan
larga... tan aburrida! Poda haber apelado  la caridad para distraerme;
entrar en un hospital, cuidar heridos. Pero nunca he sido hbil para
estas cosas, y no quiero servir de estorbo, por pura vanidad, como otras
muchas... Adems, estamos acostumbradas  mandar,  ser las primeras, y
por grande que resulte el espritu de sacrificio, acaba una por
marcharse, no pudiendo sufrir el verse mandada por mujeres ms hbiles,
ms tiles, pero que hasta ahora han sido inferiores  nosotras... Ah
tienes  Clorinda: los dos primeros aos fu enfermera; estaba de lo ms
hermosa  interesante con su vestido blanco y su capita azul. Ella se
siente atrada por todas las cosas grandes: herosmos, sacrificios,
etctera; pero acab pelendose con sus superiores y renunci  su bello
papel.

Alicia, con la mirada y el gesto, pareca apiadarse de su inutilidad.

--Qu poda hacer yo? Cada vez era mayor mi ruina. En Pars me
molestaban de cerca mis acreedores; por eso me vine  Monte-Carlo, y
jugu para distraerme y para vivir. Hay el amor, me deca un viejo
acadmico amigo mo, con intenciones egostas, para ser el primero en
aprovecharse del consejo. Imagnate t: el amor-pasin, el amor
generoso, como nico remedio de las tristezas de la vida, y  estas
horas! Ojal pudiera ser!... Pero me siento vieja; yo tengo dos mil
aos... T eres ms joven, pero cuentas siglos tambin. El amor 
nosotros!...

Lubimoff sonri al principio del tono de irona y desengao con que
hablaba ella. S; eran muy viejos. Los grandes remedios, tiles para la
mayora de la humanidad, no obtenan ninguna influencia sobre ellos, que
estaban como anestesiados por la hartura y el cansancio... De pronto, un
deseo indiscreto conmovi al prncipe. Quiso aprovechar esta ocasin
para hacer una pregunta que se le haba ocurrido varias veces.

--Pero t--dijo con una franqueza varonil, como si Alicia fuese un
camarada--, t crees an en el amor. Me han hablado de un muchacho, casi
un nio, que llevabas  todas partes antes de la guerra. Realmente
empezamos  ser viejos--aadi sonriendo--, y sentimos necesidad de
rozarnos con la juventud... Era tu amante?... Es l quien motiva tus
preocupaciones?

La duquesa palideci ante estas preguntas, mostrndose indecisa. Luego
quiso hablar. Se notaba en ella el apresuramiento del que desea
sincerarse; pero  su palidez sucedi una oleada de rubor. Por dos veces
quiso decir algo, y al fin hizo un esfuerzo para contener sus palabras,
sonriendo con una malicia forzada.

--No hablemos de eso. Que cada cual guarde sus secretos.

Y para que el prncipe no reincidiese en su curiosidad, sigui
ocupndose del juego. Pero l no la escuchaba, sumido en sus
pensamientos. Haba acertado; aquel efebo era su amante, y sufra por
l. Tal vez estaba herido  prisionero. Este era el gran obstculo que
se opona  su viaje, lo que la tena inmovilizada en Europa, por esa
supersticin que nos hace creer que permaneciendo cerca podemos conjurar
mejor el peligro. Y pareca muy enamorada!... Aqu el prncipe hizo
mentalmente una serie de exclamaciones.

Cerca de los cuarenta aos, con un pasado que era toda una historia,
sentir esta pasin tan vehemente, tan juvenil!... Creer todava en el
amor!

Miguel la mir con unos ojos que casi eran de odio. Le molestaba su
apasionamiento por el muchacho, sin acertar  definir el motivo; tal vez
por la indignacin que inspiran las gentes aferradas  los errores
nefastos, aceptndolos como verdades consoladoras. Lo cierto es que le
molestaba la conducta de ella.

Y esta repentina animadversin contra Alicia acab por hacer que se
fijase otra vez en lo que estaba diciendo.

--Si tuviese el mismo dinero que antes, cuando tu madre viva an, y
nos encontrbamos en Monte-Carlo!... Pero entonces yo no saba lo que s
ahora. Jugaba por aturdirme, por saborear la emocin de la prdida, que
en realidad no me afliga mucho. Slo apuntaba con placas de mil
francos. Crea denigrante tocar otras con mis manos, y adems nunca las
arriesgaba solas. Siempre las pona formando columna.

--Cunto llevas perdido?...

Ella encogi los hombros, haciendo un mohn desdeoso:

--Quin puede saberlo!... Vengo aqu hace ms de doce aos. Ni los del
Casino llegaran  calcular el dinero que les he dado. Antes no llevaba
yo cuenta alguna; cuando me haca falta dinero telegrafiaba  Pars.
Adems tena  tu madre, tena  la ma, que acababa por ceder  mis
peticione. No quiero saber cunto he perdido: me dara rabia... Deben
ser millones.

La sonrisa de conmiseracin con que la escuchaba Miguel pareci
enardecerla.

--Pero entonces yo no saba... Ahora necesito ganar, y juego de otro
modo. Lo que me falta es capital. Si yo tuviese capital para
trabajar!...

Esta ltima palabra convirti la sonrisa de l en franca carcajada.
Trabajar!... Pero la duquesa sigui hablando seriamente de su
trabajo. Lamentaba la escasez de sus medios. Unos treinta mil francos
era el nico capital de que poda disponer. A veces disminua de un modo
alarmante: los treinta mil bajaban  ser una simple unidad. Luego
resurgan los ceros, y el producto del trabajo se hinchaba, iba
subiendo ms all de los treinta mil; pero como si esta cifra resultase
fatdica para Alicia, la ganancia volva  descender al nivel ordinario.

--Anoche estuve de suerte: llegu  ganar catorce mil francos. Pero la
semana pasada fu mala. Total, que estoy siempre en los treinta mil:
imposible ir ms all. Y es que no me arriesgo, tengo miedo, y no
aprovecho las buenas series como deben aprovecharse, doblando, siempre
doblando. Temo que un golpe se lo lleve todo. Si tuviese capital para
trabajar!... Si entrase en el Casino una tarde con ciento cincuenta 
doscientos mil francos!... As hay que ir para dominar  la suerte. Debo
hacer el gran juego... Yo apuntando ahora con fichas de cien francos y
hasta de veinte, como una prestamista retirada!... Por eso la Fortuna no
me reconoce y pasa de largo.

El prncipe movi la cabeza. Se negaba  ayudarla en sus locuras. No
era mejor que guardase esos miles de francos, en vez de perderlos
rpidamente, como le ocurrira el da que menos lo esperase?

--T no eres jugador: lo s--dijo ella--. Nunca te sentiste atrado por
esa voluptuosidad. Por eso ignoras la fuerza misteriosa del juego y das
consejos sobre lo que no entiendes. Si yo dejase de jugar, sentira
inmediatamente mi miseria; entonces sera pobre de verdad. Mientras
juegas, siempre tienes dinero  mano; ganas, pierdes, pero nunca te
falta lo que necesitas para la vida. Y si pierdes definitivamente,
encuentras lo necesario para recomenzar. Yo no s como es, pero un
jugador nunca carece de dinero. Una simple moneda rehace su situacin en
cinco minutos. El pobre que no juega es el que ve siempre sus bolsillos
vacos, sin esperanza ni remedio.

Miguel sigui protestando con la mirada. Conoca todo esto: eran las
palabras de Spadoni y del mismo Castro, pero con la fantica certeza de
las mujeres, que llevan siempre  los asuntos de dinero un alma mstica
dispuesta  creer en los presentimientos y las influencias misteriosas.

--Para el juego no cuentes con mi ayuda... Adems, yo soy pobre. En este
momento el coronel debe tener en su caja menos dinero que t. Casi
siento la tentacin de pedirte prestados tus treinta mil francos.

Los dos rieron ante la idea de este prstamo. Ella que haba venido 
suplicarle como deudora!...

--Ignoro lo que podr hacer por ti; no s cul es mi situacin; pero
har cuanto pueda. Esperemos; hay que tener paciencia. Estos tiempos no
pueden durar.

--No; no pueden durar.

Otra vez les sorprendi lo extrao de aquella pobreza que haba cado
inesperadamente sobre ellos. Pero era lgico que continuase la vida del
mundo con la normalidad de siempre, despus de estas anomalas
particulares?...

Se sentan aproximados por la solidaridad de la desgracia: se
encontraban de pronto como hermanos cados al pie de una cspide en cuya
altura se haban evitado antes, con irresistible hostilidad, chocando
rudamente.

Miguel experimentaba ahora un motivo de atraccin completamente nuevo.
Desde su adolescencia haba odiado  la hija de doa Mercedes por su
orgullo, por la superioridad aplastante que conservaba aun en esos
momentos de amor en los que casi todas las mujeres se empequeecen
voluntariamente para refugiarse, como una esclava feliz, en los brazos
del hombre. Ella slo saba dar su cuerpo en forma de limosna altanera,
lo mismo que una diosa.

Y ahora, al verla llegar humildemente, impetrando su auxilio sin el
rencor de la altivez humillada, ocultando su miedo con una alegra de
buena amiga que desea olvidar lo pasado, sinti desvanecerse sus
antiguas prevenciones.

El haba sido siempre el protector, el amoroso  estilo oriental,
incapaz de interesarse por otras hembras que las de su harn, que todo
lo deben  su munificencia, desde el chapn  los penachos del turbante,
las joyas que adornan su pecho, las confituras que las nutren, la pipa
que fuman, el instrumento que acompaa sus cantos. No le interesaba
Alicia como mujer. Ni ella ni otra! Pero senta una simpata de
compaerismo al verla necesitada de su proteccin; algo parecido  lo
que le inspiraban Castro, el coronel y los otros habitantes de
Villa-Sirena. Hasta pens que la desgracia era aceptable, ya que serva
para devolver  las personas su verdadero carcter. Esta Alicia tan
odiosa en su primera juventud, poda llegar  ser una amistad tolerable
ahora que se vea libre de las influencias de la vanidad y de su mala
educacin.

Un estrpito de mugidos de vapor, gritos y silbidos cort sus
reflexiones. Era un tren de soldados que pasaba.

Ella tambin volvi  la realidad con este incidente. Pareci fijarse
por primera vez en el lujo discreto y slido de aquella vasta pieza. Se
levant para ver de cerca algunos cuadros modernos de pintores clebres
que adornaban los muros. Para ella, las firmas de los artistas eran ms
interesantes que los lienzos. Valuaba su mrito con arreglo  la fama de
caros que tenan sus autores.

--Lo que vale todo esto!--exclam con admiracin.

--Con tal que pueda conservarlos!--dijo Miguel escpticamente--. Bien
podra ser que me obligasen  venderlos.

La duquesa, desde una ventana, contempl los jardines, escalonados hasta
el mar. Muchas veces, yendo de paseo con su amiga Clorinda, haba hecho
detenerse en el camino al carruaje de alquiler para contemplar las
arboledas de Villa-Sirena. El coronel, tan galante en el Casino, tan
besador de manos, se mostraba intratable, como un dragn guardador de
tesoros, cuando le proponan una visita, aunque slo fuese  los
jardines. Sin permiso del prncipe nadie franqueaba la verja.

--Y al llegar t de Pars, ni siquiera me he aproximado  tu propiedad.
Me dabas miedo. Si hubieses podido ver qu aire de salvaje tenas la
otra tarde! Cree que he necesitado un verdadero esfuerzo para venir...
Pero ahora somos amigos, no es eso? amigos para siempre... S galante
con una parienta que viene  visitarte, y ensame tus dominios.

Lubimoff no pudo ocultar su contrariedad. Qu deseaba ver Alicia?...
Iba  examinar  aquella hora matinal las habitaciones,  curiosear en
los dormitorios,  estorbar  Novoa, que tal vez trabajaba en la
biblioteca?... Pens en la sonrisa irnica de Castro al sorprenderle
guiando por los pisos altos  una mujer. Apenas haba entrado una en
Villa-Sirena, empezaban las molestias para su dueo.

Como si adivinase Alicia estos pensamientos, sonri graciosamente. No
deseaba ver la casa: se contentaba con visitar los jardines.

--Bastante has hecho recibindome aqu--continu--. Conozco la
limitacin de mis derechos: estoy en territorio hostil. Esta es la casa
de los enemigos de la mujer.

El prncipe fingi no entenderla. Alguien haba hablado; tal vez era
Castro, que no ocultaba nada  doa Clorinda.

Pasearon por los jardines. Alicia se detuvo ante un pedazo de tierra
cultivada, de la que empezaban  surgir algunas hortalizas.

--Aqu es donde t trabajas? Ya s que te diviertes cultivando tu
huerta, como otros prncipes rusos hacen zapatos.

Tambin esto?... Ah, Castro charlatn!

En el jardn griego, uno de los bancos de mrmol sostenido por cuatro
victorias aladas atrajo la atencin de ella, hacindola permanecer
inmvil y pensativa.

--Te acuerdas del banco de los viejos?--dijo de pronto.

Miguel no supo qu contestar  esta pregunta; pero pasados unos segundos
se acord, como si los ojos fijos de ella le sugiriesen la visin de
aquella noche en que la haba abandonado brutalmente.

--Cmo te burlaras de m! Qu tonta deb parecerte!... S; una tonta
insufrible. Yo era Venus; era el centro del mundo; todo lo existente,
seres y cosas, se haba fabricado para mi persona. Tena por misin
hacer sufrir al mundo mis caprichos, y el mundo deba agradecerme de
rodillas que me fijase en l... Qu quieres! La juventud, el orgullo
pueril de la primavera, que se cree eterna. Y despus... despus! Si
yo te contase todos mis desengaos, mis dolores, aun en la poca en que
no me preocupaba del dinero!... El invierno borra las ilusiones verdes.

--Pero t no eres vieja!--exclam Miguel--. Todava inspiras pasiones 
los jvenes. Te engaas  ti misma  quieres burlarte de m. An hay
muchos hombres que al verte...

--Tal vez--repuso ella--; pero t, hijo mo, no ests entre ellos.
Confisalo: nunca te he gustado.

El prncipe no quiso confesar nada y desvi la conversacin. Le
molestaban estas alusiones al pasado. Alicia volva  serle antiptica
cada vez que intentaba resucitar sus antiguas gracias de perturbadora de
hombres.

Vagaron ms de media hora por los diversos planos de los jardines. De
vez en cuando, Miguel, al pasar por un claro de la arboleda, lanzaba una
mirada cautelosa hacia la villa. Nadie en las ventanas; pero l
presinti una agitacin interior  causa de esta visita. Le espiaban,
estaba seguro. Atilio, detrs de los visillos, segua indudablemente sus
paseos entre los rboles. Tal vez Spadoni, que haba pasado la noche en
Villa-Sirena, saltaba de la cama, perdiendo dos horas de sueo, para
contemplar esta novedad estupenda. Hasta Novoa habra suspendido su
lectura para mirar hacia el jardn.

Alicia not esta soledad. Ni invitados ni servidores. Ella y el prncipe
parecan marchar por un parque encantado.

Al dirigirse hacia la verja encontraron  don Marcos que sala
apresuradamente del pabelln del jardinero.

La duquesa di su mano  Miguel, que la bes ceremoniosamente.

--Espero que nos veremos en el Casino.

Hizo l un signo de negacin. Se aburra en las salas de juego: no
quera entrar en ellas.

--Me hubiera gustado encontrarte all... Estoy segura de que me daras
la suerte.

Luego qued indecisa. No pensaba volver  Villa-Sirena, donde slo
vivan hombres; tena la conviccin de que era all un estorbo.

--Ven  verme una maana. El coronel sabe dnde vivo. Ven, y te reirs
viendo cmo est instalada la duquesa de Delille... Es algo interesante.

Avanz hasta el coche de alquiler que esperaba fuera de la verja. Antes
de subir  l, se volvi para afirmar con un tono de graciosa amenaza:

--Si no vienes, no me vers ms. Creer que deseas romper conmigo, que
me encuentras molesta y antiptica... Te espero.

Agit una mano  guisa de despedida, mientras el carruaje se iba
alejando.

--Ya era hora!--exclam Miguel al verse solo.

Una visita de hora y media, que le haba hecho permanecer en nerviosa
tensin, midiendo sus palabras, evitando las expansiones demasiado
afectuosas, dando consejos sin inters alguno y dejando en silencio los
recuerdos del pasado. Prefera la confianza y el abandono de sus
conversaciones con los compaeros.

Al pensar en stos renaci su inquietud. Cmo iba  sonreir Atilio al
sentarse  la mesa! Escuchaba ya su voz irnica: Nada de mujeres! Y
la primera que se presentaba lo haca marchar ante su paso, confuso pero
obediente, lo mismo que un prior que rompe la clausura para recibir 
una reina.

La inquietud le hizo hablar al coronel, que iba silencioso  su lado,
acompandole desde la verja al edificio. Dnde estaba Castro?...

--En la biblioteca, con lord Lewis. El lord ha llegado mientras Su
Alteza estaba en el jardn. Viene  almorzar.

Simptico ingls! Ocurrrsele escoger este da, espontneamente,
despus de tantas invitaciones intiles. Estando l presente, Castro
slo hablaba del juego. Y corri en busca de Lewis.

Era hijo de un gran historiador, al que su patria haba premiado con el
ttulo de lord. Pero este ttulo corresponda por herencia al hijo
primognito, y nicamente Toledo, dado  exagerar la vala de sus
amistades, llamaba al segundn lord Lewis. Para Atilio, era el Decano.
Llevaba veinticinco aos en Monte-Carlo, y los viejos empleados del
Casino, al ver su triste calvicie inclinada sobre las mesas, recordaban
al _gentleman_ de otros tiempos, elegante, alegre, vigoroso. Haba
venido  la Costa Azul en una de sus correras de personaje byroniano, y
en ella se qued, no queriendo ver ms mundo. La pasin del juego era la
nica voluptuosidad inagotable para este hombre que las haba gustado
todas y estaba aburrido de la mayor parte de ellas.

El verdadero lord Lewis, personaje grave que sostena el prestigio del
nombre paterno, tena numerosos hijos y haba servido  su pas en altos
puestos coloniales. El, poco  poco, iba perdiendo sus antiguas
relaciones, para no ser mas que un jugador en Monte-Carlo.

--Veinticinco aos!--haba dicho melanclicamente un da al prncipe--.
Y jams podr hacer otra cosa! Ya es tarde para emprender un nuevo
camino. Mi vida termin, y aqu me enterrarn, estoy seguro; aqu
quedar todo lo que hered de mi padre, todo lo que me legaron varias
tas viejas... Algunas veces, viendo claro, he emprendido un viaje de
huda... Pero al estar lejos siento una indignacin feroz. Recuerdo que
he dejado aqu ms de un milln, pienso que no debo resignarme  esta
prdida, y para rescatarla, vuelvo en seguida  jugar, y vuelvo 
perder, y as continuar hasta que muera. Adems, hay el castillo...

Miguel conoca este castillo. Estaba en un picacho de los Alpes
Martimos,  la vista de Monte-Carlo, cerca del pueblo de La Turbie y de
los restos del Trofeo de Augusto, que marcan el emplazamiento de la
antigua va romana.

En sus primeros aos de vida en la Costa Azul, el elegante Lewis haba
adquirido por unos miles de francos las ruinas de una fortaleza seorial
que guardaban la tradicin dramtica de guerras con los condes de
Provenza, asaltos y asesinatos de familia. El hijo del historiador, ms
aficionado  los deportes que  la literatura, consider como un
homenaje filial la reconstruccin  la vista del Mediterrneo de un
castillo como los que su padre haba descrito al relatar las leyendas de
su pas. Invirti en ello una parte de su fortuna, dedicando la otra al
juego. Con lo que gane--se deca--acabar el castillo. Y como pensaba
ganar sumas fabulosas, inici la reconstruccin en proporciones
gigantescas, dirigindola l mismo con arreglo  las fantasas
arquitectnicas estudiadas en los dibujos de Gustavo Dor. El castillo
haba quedado  medio construir, y as subsista muchos aos. Por un
lado las torres estaban completas y los muros ostentaban ventanales
gemneos con vidrieras de colores. En el extremo opuesto se pudra el
maderamen de los andamios; las paredes, sin terminar, descendan en
ngulo recto, y el viento y la lluvia penetraban en los futuros salones,
faltos de un cuarto muro que los cerrase, completamente visibles como
los decorados de teatro.

Cuando sus amigos no lo encontraban en Monte-Carlo, era que careca de
dinero y estaba en su castillo contemplando melanclicamente todo lo
que le quedaba por hacer. Viva en una ala, la menos inacabada, y
entretena su soledad batallando con los rsticos vecinos, con los
proveedores, con todos los del pas, que se consideraban obligados 
molestarle y explotarle de mil modos.

Al llegar de Inglaterra una remesa de mil  dos mil libras esterlinas,
bajaba arrogantemente desde su picacho al Casino. Un gran deber llenaba
su existencia, y deba cumplirlo. Esta vez iba  triunfar! Y cuando,
despus de emocionantes fluctuaciones--creciendo algunas veces su
capital, como si fueran  realizarse sus esperanzas--, acababa por
perderlo todo, Lewis volva  su refugio de la cumbre, llevando una
existencia de cenobita, en espera de nuevos envos, cada vez ms
espaciados y trabajosos.

El prncipe le haba visitado una vez en esta fortaleza nueva y ruinosa,
para invitarle  un largo viaje en su yate. Pero Lewis no quiso aceptar.
Deba seguir el duelo con el Casino para recuperar su dinero; tena la
obligacin de terminar su obra.

La guerra le despert por unas semanas de esta quimera tenaz. Su hermano
haba muerto poco antes; pero quedaban sus innumerables sobrinos,
jvenes que haban abandonado los placeres y comodidades de la alta
sociedad para ofrecer sus vidas. Unos, pertenecientes  la marina, se
embarcaban en buques pequeos, torpederos y submarinos, buscando los
mayores peligros; otros ingresaban como oficiales en el ejrcito de
tierra. Hasta una sobrina suya, de precaria salud, haba sido
condecorada en la lnea de fuego por sus abnegaciones de enfermera.

--Y yo, miserable egosta--deca al hablar con el coronel en el
Casino--, soy simplemente un jugador en Monte-Carlo. Debera ir all,
donde estn los hombres; pero no puedo... no puedo! Mi vida termin;
soy un muerto que come y duerme para seguir jugando. Y pensar que
algunos parientes ms viejos que yo estn en el ejrcito!...

A los cincuenta y cuatro aos, la conciencia de su decaimiento moral y
las continuas prdidas haban agriado su carcter. Adems, en las
tardes de mala suerte, visitaba con frecuencia el _bar_ del Casino,
buscando la inspiracin en una serie de _whiskys_ tomados de pie y 
toda prisa. Fornido, algo cuadrado, con la cabeza pequea, los ojos
intensamente azules, el bigote rubio y canoso, Atilio le encontraba
cierta semejanza con un jabal, tal vez por su acometividad y aspereza
en momentos de mal humor. Jugaba con la cabeza hundida entre los
hombros, las fuertes manos sobre la bayeta verde, sin mirar  nadie, sin
permitir que nadie le hablase, pues esto desorientaba sus combinaciones.
En los das nefastos, al discutir con los empleados  sus vecinos de
mesa sobre una jugada dudosa, las cleras de Lewis alteraban la calma
discreta de los salones. Insultaba  los _croupiers_, invitndoles 
salir  la plaza, mientras distenda sus bceps de boxeador; era preciso
llamar  uno de los altos directores para que le apaciguase con todas
las reflexiones paternales que merece un cliente asiduo.

Este hombre, que en su juventud no haba credo en Dios ni en el diablo,
viva sometido  supersticiones que regocijaban  Castro. Odiaba  los
rostros desconocidos, por estar seguro de que ejercan sobre l una
influencia malfica. Bastaba que viese uno al otro lado del tapete verde
 detrs de su asiento, para que empezase  rugir por lo bajo, hasta que
al fin se pona de pie, trasladndose al _bar_, seguro de que un
_whisky_  tiempo cortara la mala suerte. Su camarada ntimo, el nico
que poda vivir con l varios das seguidos, era un conde francs, ms
viejo que Lewis, y al que se designaba nicamente por su titulo, como si
no tuviese apellido, como si fuese el conde por antonomasia. Este no
jugaba nunca, pero saba tanto,  pesar de que muchos le tenan por
loco!... Treinta aos antes haba salido un da de su casa en Pars,
diciendo que iba  comprar tabaco, y an no estaba de vuelta. Su mujer
haba muerto sin verle, y sus hijos, con un sinnmero de nietos nacidos
y crecidos durante su ausencia, deseaban que nunca acabase de hacer su
compra.

Mientras Lewis jugaba, el conde, sentado en un divn, lea plcidamente
algn volumen, sin prestar atencin  la curiosidad del pblico, que se
fijaba en su gran cabellera blanca echada atrs, sus bigotes enormes y
alborotados, sus ojos redondos, verdes y fosforescentes como los de un
pajarraco nocturno. Castro senta excitada su curiosidad por los libros
del conde. Eran siempre volmenes nuevos, de los que no se ven en
ninguna librera, publicados por editores de ignorada existencia;
concienzudos tratados sobre los nctares y ambrosas de la vida
contempornea (opio, cocana, morfina, ter), formularios para entrar un
relacin directa con las potencias misteriosas (espritus, larvas y
diablos familiares), viejos libros de magia puestos al da por brujos
modernos.

No se dignaba dar consejos  su amigo sobre el juego: su pensamiento
estaba puesto en cosas de mayor alcance; pero Lewis se crea ms seguro
cuando, al levantar sus ojos, lo encontraba leyendo en un rincn.
Estando l all, siempre ganaba,   lo menos no perda. Su presencia
era suficiente para conjurar el poder nefasto de los infinitos enemigos
que el ingls presenta en torno de la mesa. Adems, estaba enterado de
lo que acariciaba el conde con una mano oculta mientras continuaba su
lectura.

Al sufrir sin interrupcin varios das de prdida, Lewis se mostraba
suplicante:

--Conde, _my dear_ conde, si quisiera usted prestarme el rosario de
Satn!...

El sabio personaje pareca dudar. Pero como se lo peda su mejor amigo,
entregaba el rosario, dejando una de sus manos sin empleo; un rosario
como todos, pero de gruesas cuentas rojas y con los dieces negros. Lo
ms importante era el grupo de objetos que colgaba en el lugar de la
ausente cruz: un elefante de marfil adquirido por el conde en la India,
una moneda autntica del emperador Constantino encontrada en unas
excavaciones en la Anatolia, y un falo de oro con un resorte engendrador
de viles contorsiones.

La mala suerte quedaba vencida. Algunas veces haba perdido Lewis
mientras pasaba ocultamente las cuentas del diablico rosario por debajo
de la mesa; pero siempre perda menos que cuando estaba privado del
maravilloso talismn. El slo quera acordarse de una tarde en que,
ayudado por esta joya impdica y sacrlega, lleg  ganar ochenta mil
francos.

Si la ganancia se cort, fu por culpa del conde. Era infiel como una
mujer coqueta; desapareca de pronto, repitiendo la misma fuga
inexplicable con que haba asombrado  su familia. A Lewis no lo
abandonaba para comprar tabaco; pero los libros recin adquiridos
hablaban de un narctico empleado en Asia que haca ver el porvenir, de
una gitana de Granada que poda matar  las personas con solo el deseo y
unas palabras misteriosas, y all se iba, bajo la fe de annimos autores
que nunca haban salido de Pars. Jams le faltaba dinero para estos
viajes misteriosos; sin duda su familia tena inters en mantenerlo
lejos. Tardaba en reaparecer tres meses  cinco aos; hasta que el
pblico rumor haca saber  Lewis que su amigo viva en Cannes  en
Niza, y le enviaba carta tras carta, invitndolo  trasladarse 
Monte-Carlo. Hasta iba en busca suya, y el conde se dejaba traer, con
sus libros de misterios y su prodigioso rosario, sin hablar una palabra
de lo que haba descubierto en sus viajes.

Al ver el prncipe  Lewis despus de dos aos de ausencia, tuvo que
disimular su triste sorpresa. Slo los ojos, claros, reposados y dulces,
recordaban la perdida frescura del _gentleman_ elegante y vigoroso.
Haba adelgazado de un modo alarmante, con un enflaquecimiento de
enfermedad. Su crneo pareca haberse empequeecido, y sobre su calvicie
se desplomaban como ruinas algunos mechones cenicientos y espaciados.

Una observacin del coronel renaci en su memoria. Toledo haba
estudiado la decadencia de los jugadores. As como iban llegando  los
ltimos lmites del desaliento y la desesperacin, se encogan y
arrugaban. Su sombrero se haca ms grande: cada da bajaba ms, hasta
descansar en las orejas; el cuello de la camisa se dilataba igualmente,
como si fuese  dejar escapar un pecho angustiado.

Durante el almuerzo, Lewis, Castro y Spadoni sostuvieron la
conversacin. Hablaron del juego y del Casino, pero nadie se atrevi 
preguntar al ingls si haba ganado. Tema supersticiosamente esta
pregunta, como algo que llamaba  la desgracia. En cambio, habl de la
fortuna de los otros, de las grandes ganancias conseguidas en una noche.
Guardaba en su memoria todo lo que le haban contado  lo que l haba
credo ver durante veinticinco aos de vida en Monte-Carlo. Un americano
se haba ido con un milln; un ingls haba ganado diez mil libras
esterlinas con cinco luises prestados... As continuaba relatando los
prodigios vistos en el Casino. Y an haba quien aseguraba que todos,
absolutamente todos los jugadores acaban fatalmente por perder?...

El pianista escuchaba con ojos de asombro y de codicia los relatos del
Decano. Castro se mostraba ms escptico. Haba odo contar estas
ganancias inauditas y otras muchas, pero sin presenciar una sola de
ellas, y eso que llevaba tambin bastantes aos viniendo  Monte-Carlo.
Era verdad que haba visto ganar en una noche hasta quinientos mil
francos... Pero al da siguiente cambiaban las cosas, y el triunfador
perda lo ganado y adems lo suyo, teniendo que pedir el vitico de
costumbre para volverse  su pas.

--Yo creo--dijo--que todas esas historias las inventa la seccin de
propaganda del Casino. Me han contado que tiene  sueldo un novelista de
folletn, el cual debe lanzar todas las semanas un cuento de esta clase
para enardecer  los jugadores.

Acogi el prncipe con una sonrisa la invencin de su amigo, pero Lewis
no aceptaba paradojas en asuntos tan respetables, y grit que todo lo
que l contaba lo haba presenciado. Menta sin darse cuenta al hacer
esta afirmacin. En realidad, haba visto lo mismo que Atilio: grandes
ganancias seguidas de prdidas mayores; pero experimentaba la necesidad
de lo maravilloso, y estaba dispuesto  creerlo todo de antemano. Tena
el alma del fantico, que cuando le cuentan un milagro afirma  los
pocos das con sinceridad: Yo lo vi con mis ojos.

Repetidas veces espi el prncipe  Castro, esperando sorprender en l
una mirada irnica, algo que le revelase sus impresiones acerca de la
visita que haba recibido en la maana. Pero la presencia de Lewis
pareca haber borrado en l todo recuerdo que no tuviese relacin con
el juego.

Al terminar el almuerzo hablaron en el _hall_, mientras tomaban el caf,
de los que jugaban ms fuerte en las salas privadas. El nombre de
algunos era pronunciado con respeto, como si fuesen maestros dignos de
admiracin.

--Ese sabe jugar--decan como nico comentario.

Lo gracioso para Miguel era que Lewis tambin figuraba entre los
maestros que saban jugar, y todos ellos perdan, lo mismo que los
ignorantes. Su nico mrito estribaba en ir retardando el momento de la
ruina final, en prolongar la anonadadora emocin, envejeciendo como
prisioneros  la sombra de los peones del principado.

Mir  Castro una vez ms, como  un enemigo astuto que disimula su
pensamiento, y se aventur  hacer una pregunta:

--Y mi parienta la de Delille, cmo juega?

Atilio fij los ojos en l sin malicia alguna, extrandose del inters
que mostraba por la duquesa; pero no pudo hablar, pues se le adelant
Lewis. Odiaba  las mujeres, especialmente en la mesa de juego. Slo
servan de estorbo, interrumpiendo con sus gestos y sus nerviosidades
las meditaciones de los hombres.

--Juega como una bestia--dijo con brutalidad--, juega como una mujer...
El dinero que lleva perdido tontamente!...

Castro intervino, como si quisiera evitar que esta conversacin se
prolongase.

--Y el conde?--pregunt  Lewis--. Dnde esta? El coronel se interesa
mucho por l.

Don Marcos lanz una exclamacin de asombro y de reproche. Tena su
opinin formada desde mucho antes sobre el tal personaje. Un
demente!... No poda olvidar su breve dilogo una tarde en el Casino,
despus que Atilio los present  los dos. Al conocer la nacionalidad de
Toledo haba hecho grandes elogios de su pas. Oh, Espaa! Su lengua
interesante! Y cuando el coronel iba  agradecerle tanta amabilidad,
qued estupefacto y con el aliento cortado.

--Porque usted debe saber, indudablemente, que el espaol es la lengua
usual del diablo, despus del latn. En espaol estn escritos los ms
poderosos conjuros. Oh, los nigromantes de Toledo! Los sabios brujos
de Salamanca!

El viejo soldado de la tradicin se alteraba al recordar al conde y su
rosario. Por esto, cuando Lewis declar que no saba nada de su amigo,
repuso seriamente:

--Yo s dnde est: en una casa de locos.

Son de pronto el estrpito de un tren que pasaba ante Villa-Sirena con
acompaamiento de gritos y silbidos. Ms ingleses que iban  Italia.

Esto les hizo ocuparse de la guerra. Lewis, que haba bebido mucho en la
mesa, recordando al hablar del juego la inutilidad de su vida, cay de
pronto en una tristeza densa, de ebrio melanclico y digno.

--Dos sobrinos mos murieron en la batalla naval de Jutlandia. Seis
hijos de mi hermano han muerto en Francia en una sola tarde: pertenecan
al mismo batalln. Todos jvenes, animosos, deseando hacer algo. Y yo
soy el nico varn que queda en la familia; soy el intil, el viejo, el
que no sirve para nada. Ah, miseria!...

Todos callaron, comprendiendo que la desesperacin y la vergenza de
este hombre, que pareca llorar sobre las ruinas de una vida sin objeto,
exigan el silencio. Novoa movi la cabeza como si aprobase sus
palabras.

--Mi familia ha terminado. Tantos jvenes que haba en ella!... La vida
es rara. Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y
de pronto, las horas valen meses, los das son aos, y pasan en unos
minutos cosas que en otras ocasiones necesitaran siglos. Todos
muertos! Slo queda mi sobrina Mary, la enfermera. Est aqu; la han
enviado sus jefes casi  la fuerza para que descanse y se reponga. Pero
se escapa  Mentn,  Niza, all donde hay heridos, queriendo reanudar
su servicio. Si  lo menos se casase!... Mas no: morir como los otros.
Y yo quedar solo, y ser lord, el tercer lord Lewis: lord Lewis el
historiador, lord Lewis el gobernador colonial, y lord Lewis el
intil...

Aqu intervinieron todos con una protesta afectuosa. Sus desgracias de
familia eran enormes, pero no deba atormentarse de tal modo.

--Con su permiso, prncipe--dijo el ingls, desviando la conversacin--,
un da traer  mi sobrina para que conozca sus jardines. Ama tanto
estas cosas! Es la nica de la familia que ha heredado el alma de mi
padre.

Despus de esto, Lewis mostr deseos de marcharse. Necesitaba olvidar, y
saba dnde le esperaba el olvido. Sus pies de jugador sintieron el
mismo irresistible deseo de actividad que los del ebrio cuando piensa en
el mostrador del _bar_. Castro y Spadoni cruzaron con l varias miradas.

--Si fusemos  dar una vuelta por el Casino?--propuso uno.

Y los tres desaparecieron.

El coronel tambin se fu, y el prncipe pas el resto de la tarde
conversando con Novoa, paseando por sus jardines, viendo la puesta del
sol, y finalmente leyendo en el _hall_, al pie de una lmpara que
extenda su enorme pantalla rosa sobre una alta columna.

Castro lleg solo, mucho antes de la hora de la comida. Estaba triste;
silbaba, y su sonrisa era un rictus hostil. Mala tarde! Lo haba
perdido todo. Al da siguiente tendra que solicitar un nuevo prstamo
de su pariente para volver al trabajo.

Miguel sinti otra vez la necesidad de hablarle de la visita de la
maana. Era mejor una explicacin franca que evitase alusiones 
ironas.

--S, la he visto--dijo Castro--. Os segu desde una ventana cuando
paseabais por los jardines.

Le mir el prncipe, asombrado de su laconismo. Esto era todo lo que se
le ocurra decir? Ahora hubiese preferido sus burlas.

--Qu tiene de particular que haya venido?--dijo al fin con
brusquedad--. Es natural; pobre mujer! Te advierto que has empezado por
conquistar  una enemiga.

Se haba encontrado en el Casino con la Generala. Ella y Alicia
acababan de reconciliarse una vez ms, y para afirmar con una
confidencia ntima la amistad rehecha, la de Delille le haba contado su
entrevista con el prncipe.

--Doa Clorinda, que no te poda ver, por considerarte un frvolo, un
vago pernicioso, hace de ti los mayores elogios,  causa del perdn de
esa deuda enorme y de tu propsito de ayudar  la duquesa. Dice que eres
un caballero digno de otros tiempos, un gran corazn...

Miguel encogi los hombros. Lo que le importaba  l la tal doa
Clorinda!... Esto exasper  Castro.

--Por qu no haba de venir aqu tu parienta?--dijo con aspereza--. T
te aburres entre hombres; no lo crees, pero es as. A todos nos ocurre
lo mismo. Resulta necesario hablar de vez en cuando con una mujer,
aunque sea nicamente por amistad. Lo que t pretendiste al llegar de
Pars es imposible.

--Crees acaso que voy  enamorarme de Alicia?

Y el prncipe ri largamente, como si no se cansase de celebrar lo
absurdo de tal suposicin.

--Eso t lo sabrs--contest Atilio--. Lo que yo digo es que no podemos
ser por mucho tiempo los enemigos de la mujer. Mira al coronel; es tu
chambeln, tu ayudante, el hombre que te obedece ciegamente. Pues
hasta ese te abandona. Fjate: siempre que puede, vive en el pabelln de
la portera. Necesita hablar con la hija del jardinero, una mocosa que
l ha visto andar  gatas, pero que ya tiene diez y seis aos y no
ofrece mal aspecto. Trabaja en una sombrerera de Monte-Carlo, y sigue
las modas lo mismo que una seorita. El coronel cuida de la renovacin
de sus zapatos de altos tacones, de sus faldas cortas, de sus boinas y
sombreritos, de sus collares de falso mbar. En esto emplea todo el
dinero que t le permites que tome como recompensa. A veces la sigue de
lejos por las calles, admirando su contoneo provocativo, sus
pantorrillas al descubierto, siempre con medias de seda... Cultiva
pacientemente su jardn. Sonre como un imbcil al pensar en su futura
cosecha.




VI


Un domingo, al levantarse de la cama, el prncipe sinti deseos de
cantar. Tal vez fu por seguir maquinalmente  unos pjaros que desde la
salida del sol estaban gorjeando en los aleros de Villa-Sirena,
engaados por la tibieza de un da primaveral en pleno invierno.

Mir por una ventana de su dormitorio. El Mediterrneo, sin una sola
vela, se extenda, largamente ondulado, hasta juntarse con el cielo. Las
gaviotas volaban en crculos, desplomndose  continuacin con las alas
encogidas para dejarse llevar por las aguas. Los fondos de arena
removidos por las corrientes aclaraban el azul del borde de la costa,
dndole un tono opalino de ajenjo. En torno del promontorio hervan las
espumas, blancas, luminosas, incesantemente renovadas, entre las cabezas
de los escollos.

El prncipe oy voces encima de l. Castro y Spadoni se hablaban de
ventana  ventana. La precoz belleza del da les haba hecho saltar del
lecho con misterioso aviso. Admiraban el cielo, sin un vapor que
enturbiase las distancias. Las montaas haban adquirido un relieve
extraordinario: parecan ms grandes y ms prximas. Por encima del
Cap-Martin descendan los Alpes italianos, y en sus ltimas
estribaciones,  ras del agua, blanqueaban las poblaciones fronterizas:
Vintimiglia y Bordighera.

Por un capricho atmosfrico, flotaba en mitad del cielo sereno una nube
compacta, alargada, semejante  una isla cubierta de nieve. Su blancura
pareca irradiar una luz interior.

--La conozco--dijo Atilio con acento de conviccin al msico, que no se
cansaba de admirarla--. La he visto muchas veces. Cuando el da se
muestra demasiado limpio, los directores del Casino temen que la
clientela se aburra de tanto sol, de tanto azul: azul en el mar, azul en
el cielo. Que suelten la nube grande, ordenan por telfono. Habr
usted reparado que esa nube siempre aparece por detrs de las montaas.
Es donde el Casino tiene sus almacenes. Aqu no perdonan detalle para
entretener  los parroquianos.

Miguel oy dos mugidos: uno de sorpresa, otro de indignacin. Luego el
ruido de una ventana al cerrarse. El pianista, molestado por esta broma
matinal, volva  su lecho para dormir hasta la hora del almuerzo.

Apresur el prncipe sus operaciones de limpieza. Senta la necesidad de
salir, como si sus jardines le pareciesen estrechos. A lo lejos sonaban
las campanas de Monte-Carlo, ms lejos an respondan las de Mnaco, y
este repiqueteo haca vibrar la frgil y clara atmsfera como una copa
de cristal.

Baj las escaleras lentamente, procurando no hacer ruido, y al llegar 
la verja respir satisfecho. No haba encontrado  ninguno de sus
compaeros, ni siquiera al coronel. Quera marchar solo hacia la ciudad,
como si le atrajese la alegra matinal del domingo, que se convierte al
llegar la tarde en tedio abrumador.

Fuera de la verja le salud una muchacha que esperaba el paso del
tranva. Era pequea, pero sus pies estaban montados en violento ngulo
sobre unos zapatos de tacones agudos. Su falda apenas pasaba de la
rodilla, dejando al descubierto unas medias bien repletas de carne
transparentada por el fino tejido. Sobre su jersey de seda color salmn
ostentaba un collar de enormes cuentas de falso mbar. El pelo, cortado
en forma de melena de paje, se ahuecaba bajo una graciosa boina de
terciopelo. El profundo respeto con que le salud hizo que la
reconociese: la hija del jardinero. Pero al mismo tiempo le miraba
hipcritamente, con una curiosidad mal disimulada, como si sus pupilas
estableciesen una separacin entre el amo venerado por sus padres y el
buen mozo al que adoraban las mujeres y del que haba odo contar tantas
cosas.

El prncipe sigui adelante, despus de saludarla como  una seorita de
su mundo. Estaba alegre esta maana, y ri en su interior al pensar en
lo que dara que hacer  los hombres, ms adelante, este capullo de
malicias y ambiciones. Luego se acord de don Marcos y de lo que le
haba contado Atilio. Pobre coronel! Meterse, con sus aos,  domador
de fierecillas!...

Camin ligeramente hacia Monte-Carlo. Pasaba ante las villas y los
jardines como si sus pies tomasen nuevo impulso al tocar el suelo, como
si en la atmsfera primaveral se hubiesen disminudo las leyes de la
gravedad.

Dentro de la poblacin se detuvo ante las gradas de la iglesia de San
Carlos. Por la puerta salan resplandores de cirios, perfumes de flores,
susurros de rgano, voces de doncellas. Su alma, pueril y ligera como la
maana, sinti deseos de ir en pos de las familias endomingadas que
suban la escalinata. El era catlico por su padre, cismtico por su
madre, y nada por su propia voluntad. Pero se sinti repelido por esta
penumbra olorosa de cueva abierta moteada de luces, y sigui adelante,
aspirando con delicia el aire libre.

--Oh, lady!... Buenos das!

Una mano de mujer, descarnada y larga, estrech la suya con una rudeza
varonil. El sol haca brillar los botones dorados sobre el pao color
kaki de un uniforme de soldado ingls. Mas el uniforme, en vez de estar
rematado por unos pantalones, tena como final una falda corta sobre
polainas de cuero rojo.

Era la sobrina de Lewis. Haba estado dos tardes en Villa-Sirena
correteando por sus jardines. Miguel contempl una vez ms su enfermiza
delgadez, que iba tomando el aspecto miserable de la consuncin. La
correa que le cruzaba pecho y espalda, unindose por ambos lados  la
cintura, se hunda en el pao, como si detrs de su trama no encontrase
la resistencia de un cuerpo. El rostro avanzaba con una agudeza de
cuchillo bajo la visera de la gorra militar. Su epidermis, rugosa y
macilenta en plena juventud, marcaba todas las aristas y oquedades del
hueso. Pareca no tener edad; lo mismo poda ser de veinticinco que de
sesenta aos. Lo nico que se conservaba fresco en ella eran los ojos,
unos ojos que an tenan el resplandor ingenuo de la adolescencia, y
miraban de frente, con la serena confianza de la virgen fuerte.

Los horrores de la guerra haban pasado sobre este organismo como una
llamarada que seca cuanto toca, lo apergamina, y acaba convirtindolo en
polvo. Pareca una momia, tostada por el resplandor de los incendios,
estremecida por las lgrimas y los quejidos de millares de seres. Lo
que esos odos habrn escuchado!, se dijo Miguel. Y comprendi el gesto
triste de su boca plida, que colgaba con desaliento entre dos profundos
surcos verticales. Lo que esos ojos habrn visto!, continu pensando.
Pero los ojos no queran acordarse, y le sonrean, contentos del momento
presente.

Acababa de salir de un gran hotel convertido en hospital y esperaba el
tranva para ir  Mentn. Haban llegado all nuevos heridos, y la
escasez de enfermeras obligaba  los mdicos  admitir sus servicios.
Por el momento no la molestaran ms preocupndose de su falta de salud.
Al pensar en el rudo trabajo que la esperaba, en las noches de vigilia y
los combates con la muerte para salvar  unos cuantos hombres, mostr un
gran regocijo. Deseaba cuanto antes hacer su corto viaje, como si se
dirigiese  una fiesta; y al ver que se aproximaba el tranva, estrech
otra vez varonilmente la mano del prncipe.

--Seguir abusando de su autorizacin. La prxima vez saquear an ms
sus jardines. Flores... muchas flores! Si viera usted qu alegra
sienten los pobrecitos cuando las coloco junto  sus camas! Algunos
mdicos se enfadan; encuentran frvolo esto... Pero lo que yo digo: ya
que hemos de morir, muramos con un poco de poesa, rodeados de algo que
nos recuerde la belleza de lo que perdemos. Esto no hace mal  nadie.

Lubimoff sigui su camino, pero con menos ligereza. Esta amazona de la
caridad pareca haber desgarrado el velo rosa que alegraba su visin.

Todo era lo mismo, pero ligeramente ensombrecido, como los paisajes que
se contemplan  travs de un vidrio ahumado. Fijaba su atencin en cosas
no vistas hasta entonces. Todos los grandes hoteles se haban convertido
en hospitales. Sus terrazas, sus largos balcones, estaban ocupados por
hombres que tomaban el sol; hombres cuya cabeza era una bola blanca,
ceida de vendajes que slo dejaban visibles los ojos y la boca; hombres
incompletos, como esbozos escultricos, sin una pierna, sin un brazo;
otros, tendidos, inmviles, amputados, lo mismo que los cadveres en la
sala de diseccin, pero que todava respiraban.

En las aceras fu tropezando con militares de diversas naciones:
oficiales franceses, ingleses, servios y algunos rusos convalecientes,
que recordaban con su presencia la desvanecida cooperacin de su pas.
Desfilaba toda la variedad de uniformes de los ejrcitos de la
Repblica: el azul horizonte de las tropas continentales, el color
mostaza de las tropas marroques, la gorra de cuartel amarilla de la
Legin Extranjera, el fez rojo de los argelinos y de los tiradores
negros.

Nadie estaba entero. Este pas de sol, de perspectivas azules y
risueas, pareca poblado por una humanidad superviviendo  un
cataclismo. Oficiales elegantes, de esbelto talle, arrastraban una
pierna, avanzaban con precaucin un pie elefantaco, se doblaban,
avejentados, apoyndose en un garrote. Hombres atlticos temblaban al
andar, como si su esqueleto bailotease dentro de la envoltura de un
cuerpo vaciado por la consuncin. Las manos carecan de dedos; los
brazos se haban acortado y eran aletas  informes muones; las mejillas
ocultaban bajo placas de algodn el zarpazo de la granada, igual  una
cicatriz cancerosa; la horrible oquedad de la nariz desaparecida se
disimulaba con un tapn negro sujeto  las orejas. Otros llevaban todo
el rostro cubierto con una mscara de vendajes, sin dejar visibles mas
que los ojos, los pobres ojos, que parecan sentir miedo por adelantado
y algn da habran de familiarizarse con el horror de un rostro que fu
joven meses antes y ahora era igual  una visin de pesadilla.

Algunos se mantenan intactos, disponiendo de la fuerza y la agilidad
de todos sus miembros. Vistos de espaldas, conservaban la esbeltez
vigorosa de la juventud... Pero marchaban en fila, agarrados del brazo,
los ojos perdidos en la noche, golpeando las losas con un palo que haba
venido  reemplazar el perdido sable y les acompaara hasta su muerte.

Y esta procesin de resignadas tristezas, este carnaval doloroso, vena
de los jardines, reconfortado por la alegra matinal, sintiendo renovada
su voluntad de vivir. Otros se dirigan hacia el Casino y sus terrazas,
pasando entre las palmeras brasileas, de lisos y huecos fustes forrados
de piel de elefante; entre los cactos sostenidos por soportes de hierro
formando madejas de reptiles verdes erizados de pas; entre los nopales,
altos como rboles; entre las higueras del Himalaya, con el cuerpo de
torre y una copa inmensa que pareca hecha para proteger la inmvil
meditacin de los fakires; entre todas las vegetaciones de la Amrica
tropical y la Amrica templada, de la China, Australia, Abisinia y El
Cabo. Un pequeo arroyo bajaba en zigzag por las quebradas verdes del
csped, formando remansos entre bambes y palmeras japonesas, hasta
desembocar en un lago minsculo con bordes de follaje, tranquilo,
gracioso, frgil, como uno de esos centros de mesa en los que el agua
est representada por una lmina de cristal.

Miguel se detuvo en lo alto de los jardines para contemplar de lejos el
Casino. Nunca haba apreciado, como ahora, la frivolidad y el mal gusto
de este palacio, que era el corazn de Mnaco. Si el monumento de
confitera--frase de Castro--cerraba sus puertas, todo Monte-Carlo
quedara en una soledad de muerte, lo mismo que esas ciudades que fueron
puertos en otros siglos y ahora duermen, despobladas, lejos del mar que
se retir.

Era obra del arquitecto de la Opera de Pars, una construccin
recargada, chillona y pueril, toda ella de un tono de manteca tierna,
con techos policromos, torrecillas cargadas de balconajes, hornacinas
con estatuas innominadas, y muchos frisos de azulejos, muchos mosaicos
dorados. En los ngulos haba escudetes de cermica verde imitando 
cabujones de esmeralda. La simulacin del oro y las piedras preciosas
era el motivo ornamental ms saliente de esta casa, famosa en el mundo
entero.

La prosperidad del establecimiento haba aadido al cuerpo principal,
flanqueado de cuatro torres, una ala extensa, en la que estaban los
mejores salones. Varias cpulas desiguales, verdes y amarillas,
revelaban la existencia de stos remontndose por encima de la
balaustrada final. En esta balaustrada aparecan sentados unos cuantos
ngeles  genios de bronce enteramente desnudos, con alas doradas,
ofreciendo al extremo de sus brazos negros unos atributos de oro, cuya
significacin nadie llegaba  adivinar. Otras estatuas de mujeres medio
desnudas, blancas  metlicas, se guarecan en los hornacinas de los
muros, y tambin resultaba un misterio su nombre y su significacin.

Aunque el palacio pretenda deslumbrar y acariciar con sus oros y sus
tiernos colores, las gentes que iban  l apenas se fijaban en tales
magnificencias.

--Los que llegan--deca Castro--entran corriendo: desean sentarse cuanto
antes  las mesas de juego. Los que salen todo lo ven obscuro; y aunque
el Casino fuese hermoso como el Partenn, lo tomaran por una cueva de
ladrones.

El prncipe mir  la derecha del edificio, donde quedaba visible una
faja de mar cortada por varias palmeras japonesas de tronco estoposo y
copa esfrica. All, en la entrada de las terrazas que bordean el
Mediterrneo, se yerguen los dos nicos monumentos de la ciudad,
dedicados  la gloria de dos msicos por el simple hecho de que algunas
de sus obras fueron estrenadas en el teatro del Casino. Labrados en
mrmol, Berlioz y Massenet saludan vagamente con sus ojos sin pupila 
las muchedumbres cosmopolitas que van llegando  la casa de juego. Son
_croupiers_ honorarios, deca Castro.

Massenet, lo acepto--pens Miguel--. Fu feliz, tuvo dinero, conoci la
gloria en vida. Pero Berlioz, que pas sus aos luchando con la propia
pobreza y el desvo del pblico, haciendo guardia despus de muerto 
los millones del Casino!...

Luego mir ms cerca, fijndose en la plaza que se abre ante el
edificio. Un jardn redondo ocupa su centro. Las gentes lo apodan el
queso, por su forma, y algunos especializan llamndolo el
_camambert_. En torno de su baranda y en los bancos adosados  ella
viva el alma de Monte-Carlo, se encontraban las gentes, cambiando
chismes y murmuraciones, pidiendo noticias  los que salan del Casino,
comentando la fortuna  la desgracia de los jugadores clebres.

En las inmediaciones no haba otros comercios que joyeras, sucursales
del Monte de Piedad y tiendas de sombreros para mujeres. Las jugadoras
modestas sentan el capricho de un sombrero caro  la salida del Casino;
los que necesitaban continuar sus combinaciones con nuevo capital no
tenan mas que dar unos cuantos pasos para empear la alhaja; en los
escaparates de las joyeras, el collar de perlas de un milln, las
esmeraldas de trescientos mil francos, se exhiban durante el invierno,
exacerbando el capricho femenil, y en verano emigraban  los balnearios
clebres, para continuar su deslumbradora y muda tentacin. Los joyeros,
de perfil semtico, esperaban detrs de sus mostradores las compras ms
que las ventas, y ofrecan tranquilamente por la alhaja adquirida all
mismo el ao anterior la cuarta parte de su precio.

El prncipe adivin de lejos la personalidad de muchos que en esta hora
matinal ocupaban ya los bancos frente  la escalinata del palacio. All
permanecan todo el da los condenados del juego, los malditos,
sufriendo el ms atroz de los tormentos al vivir junto  las puertas del
santuario sin poder entrar en l. Haban perdido hasta la ltima moneda,
y los directores de la casa, que repatran generosamente  los jugadores
arruinados, les entregaban el vitico para el regreso  su pas. Pero se
jugaban este socorro, lo perdan, y como los deudores del Casino no
pueden volver  l hasta que han cumplido sus compromisos, quedaban
clavados en la plaza para siempre, con la ilusoria esperanza de un
dinero que todos ellos ignoraban de dnde podra venir. Se reunan
hombres y mujeres con la fraternidad de la miseria, espiaban  los
compatriotas ms felices para asaltarlos con sus peticiones, discutan
entre ellos nmeros y colores, lograban reunir algunos francos despus
de rebuscar en el fondo de todos los bolsillos, y como emisario de sus
ilusiones diputaban  algn camarada tan pobre como ellos, pero que an
no haba tomado el vitico y tena libre la entrada.

Vi Miguel cmo se iba extendiendo una ola de gente al pie de las
palmeras japonesas, junto al monumento de Massenet. Acababan de llegar
varios tranvas de Niza. Todos los viajeros corran, deseando penetrar
cuanto antes en el abigarrado palacio, como si la fortuna les aguardase
en los salones y pudiera huir de un momento  otro, cansada de esperar.

Mir el reloj que coronaba la fachada. Las diez. Iban  empezar los
diarios oficios, y los devotos residentes en Monte-Carlo acudan
tambin, unindose  los venidos de fuera. Todos subieron  la vez las
gradas de mrmol, siguiendo sus tres caminos de alfombra sujeta por
varillas de bronce que brillaban al sol.

Y estamos en guerra!--pens Miguel--. Y muchos de los que se han
levantado temprano para hacer el viaje, lo mismo que los que viven aqu,
tienen hijos, hermanos  maridos que en este momento se baten y tal vez
mueren!...

La voluntad de vivir, la voluntad de gozar, la ilusin de la ganancia,
obraban como anestsicos, se sobreponan  las preocupaciones, haciendo
que todos olvidasen, para concentrar su existencia en el momento
presente.

Esta precipitacin general hacia el juego abierto disgust al prncipe y
le hizo detenerse en la suave pendiente de los jardines. Le repugn
confundirse con la muchedumbre que vagaba por los alrededores del
Casino.

Su deseo de no seguir adelante le sugiri una idea. Si fueses 
sorprender  Alicia en su casa?... Lo agradecera tanto!

Dos veces ms haba estado en Villa-Sirena. Un encuentro en la calle con
el prncipe, cuando ella iba con su amiga Clorinda, sirvi de pretexto
para que las dos visitasen el refugio de los enemigos de la mujer y
sus hermosos jardines. Miguel encontr  la Generala menos hostil y
dominadora que la haba imaginado; pero no pudo comprender el
apasionamiento de Castro. A pesar de su hermosura le pareci estar
hablando con un hombre. Con ambas seoras haba venido tambin Valeria,
la joven francesa protegida por Alicia, seorita de compaa en los
tiempos de esplendor y que ahora slo acompaaba su pobreza por gratitud
y fidelidad. Luego, la de Delille haba vuelto sola por segunda vez,
para hacerle varias consultas sobre su porvenir, desprovistas todas
ellas de buen sentido, y aceptar finalmente un prstamo de cinco mil
francos. La suerte le era contraria en el juego; necesitaba nuevas
herramientas de trabajo. Aquel capital que la irritaba con su
terquedad, no queriendo subir ms all de los treinta mil, haba odo
finalmente sus quejas, pero fu para desplomarse con una rapidez
fulminante, dejando slo leves escombros de su existencia.

Despus de recibir esta ayuda, la duquesa se haba mostrado quejosa.

--Soy yo quien viene siempre  buscarte: no te dignas visitar mi casa.
Como soy pobre!...

Al recordar esta protesta humilde, el prncipe no vacil ms. Y
volviendo la espalda al Casino, empez  subir las calles en pendiente
hacia el lmite fronterizo que separa Monte-Carlo de Beausoleil; calles
que ostentan nombres primaverales: de las Rosas, de los Claveles, de las
Violetas, de las Orqudeas.

Entr en una corta avenida formada por una doble hilera de verjas de
jardn. Las casas slo se dejaban ver  travs de columnatas de palmeras
y del follaje duro de los grandes magnolieros. Iba leyendo los nombres
de los propiedades en pequeas lpidas de mrmol rojo fijas en las
entradas de las verjas. Villa-Rosa: aqu era. Empuj el entreabierto
portn de hierro, sin que una voz ni un ladrido acogiesen su presencia.
Vi un jardn abandonado en parte, con una vegetacin parsita al pie de
los rboles sin podar, cubriendo el espacio que antes haban ocupado los
arriates de flores. El resto estaba mejor atendido, pero era una huerta
con pequeos rectngulos de verduras comestibles sometidos  un cultivo
intensivo.

Lubimoff fu avanzando, sin encontrar  nadie, y se le ocurri que el
hortelano deba ser un hombre acompaado por un perro con los que se
haba cruzado en la entrada de la avenida.

Subi los cuatro peldaos de la casa. Tambin aqu la puerta estaba
entreabierta, y empujndola se vi en un recibimiento del que arrancaba
la escalera para los pisos superiores.

Nadie. Todas las puertas de las habitaciones inmediatas se resistieron 
su mano. Silencio absoluto, como si la casa estuviese deshabitada. Pero
este silencio fu interrumpido por una voz que descenda escalera abajo:
una voz tenue, entonando una cancin en ingls, lenta y triste. El canto
iba acompaado de golpes sordos, iguales  los que producen las manos
sacudiendo y ahuecando algo blando y voluminoso.

Miguel crey reconocer la voz de Alicia. Tosi varias veces sin
resultado; no poda oirle. Fu  gritar avisando su presencia, pero se
contuvo, sintiendo un deseo que le hizo sonreir. Si la sorprendiese en
aquel piso superior, nica parte de la casa que habitaba ella ahora! No
dud ms... Arriba!

En el primer rellano vi varias puertas, pero una sola estaba sin cerrar
y por ella salan los ecos de la cancin y los golpes. Una mujer con el
cuerpo doblado sobre una cama extenda sus dos brazos para ahuecar el
colchn con fuertes palmadas. Su instinto le hizo presentir la
existencia de alguien detrs de ella, y al volver el rostro, lanz un
grito de sorpresa viendo  Miguel en el hueco de la puerta. Este no
qued menos asombrado reconociendo  Alicia en aquella mujer; una Alicia
que vesta una bata lujosa, pero vieja, con guantes ajados en las manos
y un velo arrollado en torno de sus cabellos.

--T!... eres tu!--exclam ella--. Qu miedo me has dado!...

Luego fu tranquilizndose, y sonri  Miguel mientras ste murmuraba
excusas. No haba encontrado  nadie; la verja y la puerta estaban
abiertas. Ella,  su vez, tambin se excus. Era domingo; Valeria, su
acompaante, se haba ido  Niza para almorzar con una familia amiga;
su doncella y la mujer del hortelano estaban en misa; el viejo habra
salido un momento para ver  sus amigos...

Y despus de estas mutuas explicaciones quedaron los dos en silencio,
mirndose indecisos, no sabiendo qu decir, pero sin dejar de sonreirse.

--T haciendo tu cama!--dijo l para romper el penoso mutismo.

--Ya lo ves. Esto resulta algo diferente de mi dormitorio de Pars.
Tampoco es mi estudio que t conociste. Los tiempos nuevos!

Miguel movi la cabeza con grave asentimiento. S; los tiempos nuevos.

--De todos modos--continu ella--, hay que confesar que tiene cierta
originalidad ver  la duquesa de Delille,  la loca Alicia, haciendo su
cama.

El prncipe volvi  aprobar con un gesto mudo. Realmente, era original:
no se poda ver todos los das.

Alicia insisti en sus explicaciones. No le haba costado ningn
esfuerzo ocuparse en los trabajos de su casa. Ella misma limpiaba su
dormitorio, para evitar un quehacer  la vieja doncella. No quera
admitir la ayuda de Valeria. Cada una corra con el arreglo de su propia
habitacin, ya que la servidumbre era escasa. Adems, entraba en la
cocina algunas veces, y hasta por su gusto habra ayudado al jardinero
en el cultivo de la pequea huerta.

--Vivimos en guerra; las cosas cuestan muy caras, y yo soy pobre.
Debemos volver  la existencia primitiva... Pero no me atrevo  trabajar
en el jardn, por los vecinos. Curiosean desde sus ventanas; hasta hay
un seor brasileo que parece enamorado de m.

Ella misma admiraba su laboriosidad. Quin poda haber supuesto aos
antes tales cualidades en la duea del lujoso palacete de la Avenida del
Bosque, que los ms de los das se levantaba  las tres de la tarde?...

--Todo se lo debo  mam. Me eduqu en un colegio de Inglaterra cuando
era de moda sustituir el ejercicio fsico de los _sports_ con los
trabajos domsticos. Creo que esto se llama el corintianismo... Y me
encuentro mejor que nunca. Antes necesitaba subir algunas maanas, con
Valeria y Clorinda, al _Tennis de la Festa_ para jugar hasta rendirme.
Ahora, despus del arreglo de mi habitacin y de ayudar  las otras, no
necesito los deportes. Hago la gimnasia del pobre.

Un largo silencio. Miguel miraba la habitacin: un dormitorio de mujer,
todava en desorden, con ropas sobre las butacas, esparciendo un perfume
de carne femenil bien cuidada. A travs de una puertecita vi un extremo
del inmediato gabinete, con una mancha de humedad en el pavimento de
mosaico, resto del bao matinal. Flotaba en el ambiente un perfume de
agua de Colonia y de licor dentfrico. Unos botecitos en desorden
dejaban escapar vagas exhalaciones de esencias ms preciosas. Y
revueltos con los objetos de tocador y las ropas ntimas, distingui
cartones de los que dan en el Casino  los clientes para apuntar las
jugadas; unos con marcas rojas  azules en sus columnas, otros
perforados por un alfiler de sombrero  falta de lpiz. Vi tarjetas ms
grandes que tenan pintada la ruleta, con indicacin de sus nmeros y
colores, y libros, muchos libros de los que se venden en las papeleras
y kioscos de peridicos: luminosos tratados para ganar indefectiblemente
 todos los juegos. Sobre la chimenea, medio oculta por varios
peridicos de modas, haba una ruleta pequea, una ruleta verdadera,
empleada indudablemente en el estudio y comprobacin de las teoras. En
la mesilla de noche estaba abierto el ltimo ejemplar de la _Revista de
Monte-Carlo_, conteniendo estadsticas de todos los nmeros gananciosos
durante la semana anterior en las diversas mesas; lectura interesante,
con misteriosas acotaciones, que haba desvelado  Alicia tal vez hasta
la madrugada.

Mientras tanto, ella hizo desaparecer gilmente todo lo que crea
perjudicial para su buen aspecto despus de esta sorpresa. Cuando Miguel
volvi  mirarla, los viejos guantes haban volado de sus manos y el
velo estaba oculto, no poda saber dnde, dejando en libertad la
cabellera medusiana, negra, lustrosa, un tanto spera, que ergua su
vigor en desordenados y gruesos rizos.

Prolongaron el silencio con una sonrisa penosa, como si ninguno de los
dos encontrase el medio de salir de esta situacin.

--Contina--dijo Miguel--. Una vez que vengo, no quiero servirte de
estorbo.

Ella, como si viese en tales palabras un reto  su timidez, y ganosa al
mismo tiempo de mostrar sus habilidades, se inclin sobre el lecho para
reanudar el trabajo. Lubimoff se anim con esta demostracin de
confianza. No era galante dejar que trabajase sola: l la ayudara.

--T!... t!--exclam Alicia riendo, como si la proposicin lo
pareciese inaudita.

El prncipe fingi enojo. S, l... Era un marino, y su vida de
aventuras le obligaba  saber un poco de todo. Ms de una vez, en sus
exploraciones de tierras desiertas, haba tenido que improvisarse un
lecho con mantas junto  los tizones de la hoguera.

Haba pasado al lado opuesto de la cama, imitando con una exageracin
cmica todos los movimientos de la duquesa. Las palmadas de sta las
repiti con una violencia que hizo gemir el lecho. Al tirar ella del
colchn hacia arriba para ahuecarlo, l lo levant completamente con sus
poderosas manos.

--No sabe!... no sabe!--gritaba Alicia con un regocijo infantil.

Luego, fijndose en sus dedos agarrados fuertemente  la tela, aadi:

--Pero suelta eso, demonio! Me vas  romper el colchn, y en estos
tiempos de pobreza!...

Rean los dos, encontrando muy divertido este trabajo.

--Toma--dijo ella autoritariamente; y le envi al rostro una sbana que
sostena por el extremo opuesto.

Miguel se vi envuelto en una nube de batista impregnada de perfume
femenino. Fu por un instante nada ms, pero  l le pareci algo
extraordinario, de duracin sin lmites, ms all del tiempo y del
espacio. Tuvo el presentimiento de que este hecho insignificante iba 
datar en su vida. Sinti cmo resucitaba el pasado en su interior con
una fuerza nueva que tal vez era la excitacin de la abstinencia. Crey
ver la sonrisa irnica de Castro, y tambin se vi  s mismo, con
lstima y con asombro, viviendo como un solitario all en Villa-Sirena y
predicando la hostilidad  la mujer. Sus odos zumbaban; sus ojos,
cegados momentneamente, contemplaron un cielo inmenso de color de rosa,
el mismo rosa plido y jugoso de la carne femenil. Algo entraba por su
nariz, en doble columna embriagadora, que estremeca su cerebro,
reflejndose con la violencia de un latigazo al otro extremo de su
organismo. Cuando la sbana hubo cado sobre el lecho, Miguel apareci
intensamente plido, con una luz agresiva en sus pupilas. Ella,
creyndole enfadado por su broma, ri maliciosamente, apoyando las manos
en el colchn. El jadear de esta risa entreabra el escote de su bata,
dejando ver en perspectiva horizontal el secreto de unas redondeces
blancos y trmulas perdindose en misteriosa penumbra.

De pronto, se vi el prncipe al otro lado de la cama, junto  Alicia.
Los dos acabaron por sentarse maquinalmente en el borde, dejando  sus
espaldas la sbana olvidada. Tom una mano de ella sin darse cuenta de
lo que haca. Luego se aproxim tanto  su rostro, que uno de los rizos
de la revuelta cabellera le cosquille en una sien. No senta deseos de
hablar, pero al ver de cerca los ojos de ella, rompi el dulce silencio.

--T has llorado!

La mujer protest con una sonrisa violenta, al mismo tiempo que
palideca balbuceando excusas. No; tal vez era el polvo sacudido por la
limpieza  el esfuerzo de su trabajo. Pero l segua examinando sus
ojos, ligeramente enrojecidos.

--Estabas llorando cuando yo llegu--continu, con una curiosidad
insistente  inquieta.

Ahora la protesta de Alicia tom la forma de una risa agria, estridente,
que nada tena de natural. Y por una de esas gradaciones que son el
secreto de los grandes actores, la carcajada se hizo opaca, se convirti
en suspiro, luego en lamento; y desasiendo ella su mano de la del
prncipe, se cubri los ojos y lade la cabeza, mientras un estertor
oprima su pecho.

Lloraba. Haba bastado que Miguel sorprendiese su llanto reciente, para
que nuevas lgrimas afluyeran  sus ojos, reanudando la pasada angustia.
Se entreg  su dolor con una delectacin cruel, juzgndolo preferible
al torturante fingimiento que le haba impuesto esta visita inesperada.

Qued silencioso el prncipe unos instantes.

--Es por ese muchacho?--se atrevi  preguntar con voz insegura, como
si tambin sufriese una inexplicable emocin.

Contest ella con un leve movimiento de cabeza, sin apartar las manos de
sus ojos. Miguel no necesitaba verlos. Haba adivinado la verdad al
sorprender en sus crneas las huellas del llanto. Slo poda llorar por
l: la falta de noticias; la inquietud al pensar que estaba prisionero,
muy lejos, sufriendo toda clase de privaciones, y que tal vez no lo
vera nunca.

--Cmo le amas!...

El prncipe se sorprendi de su propia voz y del tono con que dijo estas
palabras. Respiraban despecho, envidia, tristeza por los aos que pasan,
transmitiendo  los que vienen detrs los insolentes privilegios de la
juventud.

Los habitantes de Villa-Sirena se hubiesen sorprendido igualmente al
oirle hablar de este modo. La misma sorpresa hizo que Alicia olvidase
sus preocupaciones de mujer hermosa, levantando la frente y apartando
las manos. Tena el rostro enrojecido, los ojos trmulos y chorreantes.
De un rizo de su cabellera penda una lgrima. Adivin que deba estar
horrible; pero qu le importaba?...

--S, le amo; es lo que ms amo en el mundo... Por l sigo viviendo. Sin
l me matara... Pero no es lo que t te imaginas... no lo es.

El rubor no poda manifestarse en aquel rostro arrebolado por el llanto;
pero su gesto, sus ojos, el tono de su voz, repelan con indignacin y
vergenza la sospecha del prncipe.

Sigui hablando en voz baja, apresuradamente, sin atreverse  mirarlo,
como la penitente que desea terminar cuanto antes una confesin penosa.
Varias veces, al conversar con el prncipe, haba tenido la verdad
junto  sus labios, y siempre en el ltimo momento la retiraba, por un
escrpulo de mujer que teme recordar sus aos al hablar del pasado. Pero
 quin poda revelar su secreto mejor que  Miguel?... Lo consideraba
como de su familia; la haba recibido amigablemente en su desgracia,
cuando tantos le volvan la espalda. Adems, entre un hombre y una mujer
no slo puede existir el amor, como ella haba credo en sus tiempos de
loca juventud. Haba otras cosas menos vehementes, ms plcidas y
duraderas: la amistad, el compaerismo, un afecto fraternal...

Hizo una pausa, como para tomar fuerzas.

--Es mi hijo.

Miguel, que esperaba una revelacin extraordinaria, algo monstruoso,
digno de aquel pasado de locuras, no pudo contener su sorpresa:

--Tu hijo!

Ella movi la cabeza: S, mi hijo. Y sigui hablando con los ojos
bajos, siempre en un tono de penosa confesin. Remontaba el curso de su
existencia. La sorpresa, la clera ante esta jugarreta cruel del amor,
que haba venido  interrumpir sus mejores aos!... Su indignacin fu
semejante  la de los ciudadanos de la antigua Grecia que se amotinaron
al saber que estaba encinta una cortesana considerada como una gloria
nacional, una beldad que las muchedumbres venan  ver de muy lejos
cuando se exhiba desnuda en las fiestas religiosas. Necesitaban matar
al sacrlego. Ella se tena tambin por una obra de arte viviente y
quiso borrar el sacrilegio con la muerte. Los crmenes intentados para
despojarse de la vergenza que lata en sus entraas! Los tormentos de
la ocultacin, la vida de placer seguida lo mismo que antes, pero con
dolorosos esfuerzos para que no adivinasen su secreto!... Al regresar de
las fiestas, librndose de la opresin que aplastaba su creciente
exuberancia, eran las cleras homicidas, los puetazos locos sobre el
globo de su vientre para aniquilar al rebelde que se empeaba en vivir,
el revolcarse sobre la alfombra con un histerismo homicida...

Su voz lloraba al hacer estas evocaciones.

--Pero y tu marido?--pregunt Miguel.

--Entonces nos separamos. El poda tolerar en silencio mis amores,
poda fingir no verlos... pero un hijo que no era suyo!...

Record la actitud digna,  su modo, del duque de Delille. Su familia
abundaba en maridos engaados: casi era esto una tradicin de nobleza,
una distincin histrica. No crea deshonroso vender su nombre al
casarse para aumentar las comodidades de su existencia. Su nombre le
perteneca como una herramienta de trabajo. Pero le era imposible
enajenarlo, dndoselo  un intruso para que continuase la estirpe. Sus
antepasados haban tenido muchos hijos naturales; pero  ninguna de sus
alegres abuelas se le ocurri jams introducir en la familia un bastardo
en cuya formacin no le correspondiese  su marido la ms pequea
iniciativa.

Se haba separado el duque de ella, aceptando todas sus exigencias,
menos sta. Era un hijo adulterino que deba desaparecer... Y nadie,
aparte de los dos y de la doncella--que todava la acompaaba ahora--,
se haba enterado de este nacimiento.

--Tuve pocas de felicidad--sigui diciendo Alicia--. Conoc
satisfacciones que no haba sospechado... Escapaba de Pars; muchos me
crean viajando con un nuevo amante. No; iba  ver  mi pequeo,  mi
Jorge, primero en Londres, despus en Nueva York, siempre en grandes
ciudades. Poda vivir con l, jugar  ser mam con una mueca viviente
que cada vez se haca ms grande... ms grande! Te acuerdas de la
noche en que te invit  comer? Acababa de regresar de uno de estos
viajes, y sin embargo, haz memoria de las tonteras que dije. Me crea
Venus, me crea Helena pasando ante el banco de los viejos. Y para
entregarme sin escrpulo  mis expansiones de madre, recordaba  mis
dolos. Tambin Helena haba tenido hijos, y los hombres continuaban
matndose por ella. Venus no haba escapado  la maternidad, y los
dioses y los mortales seguan adorndola,  pesar de que un retoo suyo
revoloteaba por el mundo. La maternidad no era una abdicacin ni una
decadencia; poda continuar bella y deseada como las otras, despus de
un incidente que haba credo irremediable. Y segu mi vida. Ay!
Cuando me acuerdo que algunas veces acort el tiempo que me haba
propuesto pasar junto  mi hijo para seguir  algn hombre que apenas me
interesaba!... Ahora que no lo tengo, pienso en las horas que pude vivir
 su lado y fueron dedicadas al primero que excit mi curiosidad... Es
mi remordimiento ms terrible, lo que me roe durante la noche y me
obliga  pensar en el juego como nico remedio. Soy bien digna de
lstima, Miguel.

Pero Miguel, mientras la escuchaba, pareca dominado por una
preocupacin tenaz.

--Y el padre? Quin es el padre?

El tono de su voz casi fu igual al de antes: un tono de curiosidad
hostil, de agresivo despecho.

Volvi  repetirse su sorpresa al ver que ella levantaba los hombros.

--No lo s; no me importa. Otras mujeres, en caso semejante, atribuyen
la paternidad al hombre que ms les interesa. Como si esto pudiera
asegurarse! Yo no he escogido  nadie en mi recuerdo. Todos iguales,
todos olvidados. Mi hijo es mo, slo mo.

Tena la majestuosa indiferencia de la selva fecunda  impasible que
abre sus entraas al polen esparcido en el aire como una lluvia de amor.
La nueva planta emerge, es suya, y la retiene, sin mostrar inters por
conocer el origen ni el nombre del germen errante arrastrado por el
azar.

Hubo un largo silencio.

--Un da, al llegar  Nueva York--continu ella--, hice un
descubrimiento terrible. Vi  mi Jorge casi tan alto como yo, fuerte,
con un gesto de hombre serio,  pesar de que an no tena once aos. Me
avergenzo slo de pensarlo; mas no debo mentir: lo odi. Venus poda
tener un hijo, ya que este hijo es eternamente nio y se conserva 
travs de los siglos como esos bebs graciosos que se visten  capricho
y sirven de diversin y orgullo. Pero el mo, con su armazn de
gigante, sus manos fuertes y su cara grave!... Iba  envejecerme antes
de tiempo; me obligaba  renunciar  la juventud de conservarlo al lado
mo; jams pasara por la abdicacin de declarar que era su madre... Y
hu de l, dejando que transcurriesen varios aos, sin ocuparme de otra
cosa que de facilitar los medios para su completa educacin. Ay! cmo
me ha castigado la suerte por este egosmo!...

Call unos momentos para secar nuevas lgrimas que inflamaban sus ojos y
enronquecan su voz.

--Se present en Pars cuando yo menos lo esperaba. Haba muerto el
amigo venerable encargado de su educacin all en Amrica. Vi  un
hombre,  un verdadero hombre, y eso que an no haba cumplido diez y
seis aos. Mi primer movimiento fu de contrariedad, casi de clera.
Tendra que decir adis  mi juventud, modificar mi vida por este
intruso!... Pero algo haba en mi interior que me impidi tomar una
resolucin cruel: enviarlo otra vez al extranjero  hacerlo entrar en un
colegio de Pars. Me acostumbr inmediatamente  su presencia; necesit
verlo en mi casa; me pareci que mi vida tomaba junto  l una
serenidad, una alegra profunda y discreta que nunca haba sospechado.
T no sabes lo que es eso, Miguel; no podras comprenderlo por ms que
yo te lo explicase... Te juro que fu la mejor poca de mi vida. No hay
amor como ese. Adems ramos tan excelentes compaeros!... Yo me sent
repentinamente de su edad; no: ms joven an que l. Jorge me daba
consejos con su cordura precoz, y yo le obedeca como una hermana mas
pequea. Se dejaba arrastrar por su mama  un mundo de placeres y
elegancias que le deslumbraba despus de su vida sobria y atltica junto
 un educador severo. Me apoyaba orgullosa en su brazo, riendo de las
equivocaciones del mundo. Lo que hemos bailado el ao antes de la
guerra, sin que nadie sospechase el verdadero afecto que me ligaba  mi
acompaante!

Alicia hizo una pausa para saborear mejor sus recuerdos. Sonrea
vagamente al pensar en el error maligno de las gentes.

--Todos los t-tangos de los Campos Elseos vieron  la duquesa de
Delille bailando con su nuevo capricho amoroso. Y yo, Miguel, te lo
confieso, me enorgulleca con este error. Continu siendo la hermosa
Alicia, rejuvenecida por la fidelidad de un adolescente que la
acompaaba  todas partes con el entusiasmo del primer amor. Me pareca
esto preferible al papel resignado y pasivo de madre. Adems, nuestros
comentarios alegres al estar solos! Muchos de mis antiguos adoradores
sintieron renacer el pasado por envidia sorda, por la instintiva
rivalidad del hombre maduro ante el adolescente, y me asediaban con sus
galanteras. Mi Jorge me amenazaba riendo: Mam, tengo celos. Quera
que su madre no llamase la atencin de ningn hombre, para que fuera
toda de l. Otras veces protestaba yo con ms motivo. Sorprenda las
miradas codiciosas de muchas mujeres de mi mundo fijas en l; la
invitacin agresiva de algunas, que, por ser ms jvenes, se
consideraban con derecho  arrebatrmelo. Y l, tan bueno, burlndose
conmigo de estas pasiones que despertaba, comunicndome otras que yo no
poda adivinar!... T no conoces tal vez esta juventud que llega detrs
de nosotros. Parece de otra carne y otra sangre. Nuestra generacin es
la ltima que ha tomado en serio el amor, dndole una importancia
enorme, haciendo de l la principal ocupacin de una vida. T y yo no
podemos ser ya comprendidos: resultamos monstruos. Mi hijo slo se
interesaba por una mujer: su madre; y aparte de ella, los automviles,
los aeroplanos, los deportes... Todos estos muchachos fuertes 
inocentones parecan adivinar lo que les esperaba...

Fu extinguindose la momentnea serenidad con que haba hecho el relato
de este perodo feliz. Sigui hablando con voz sorda, entrecortada por
sollozos. De pronto, la guerra. Quin poda imaginrsela un mes
antes?... Y su hijo se avergonzaba de no correr como todos los hombres 
las estaciones de ferrocarril para incorporarse  un regimiento. Una
maana la haba aterrado con la noticia de su enganche como voluntario.
Qu poda hacer ella? Legalmente, no era su madre. Jorge llevaba el
nombre de un matrimonio de viejos criados que se haban prestado  esta
fingida paternidad. Adems, haba nacido en Francia, y nada tena de
extraordinario que, como tantos adolescentes, quisiera defender su
patria antes de ser llamado  las armas por la ley.

La duquesa vivi algunos meses en un villorrio del Medioda, cerca del
campo de aviacin donde se amaestraba su hijo. Dese prolongar hasta el
ltimo extremo su vida con l. Si se hubiese hecho soldado cuando
vivan separados y ella renegaba de su maternidad!... Pero iba 
perderlo en el momento ms plcido de su existencia, cuando se crea al
lado de Jorge para siempre.

--No tard mucho en ser piloto. Cmo aborrec la facilidad con que
dominaba el manejo de los aparatos! Sus progresos me inspiraron orgullo
y clera. Estos jvenes sienten un verdadero fanatismo por la aviacin,
nacida despus de ellos y que han visto crecer ante sus ojos de
colegiales... Se march, y desde entonces no vivo. Tres aos, Miguel,
tres aos de tormento! Bien he pagado toda mi vida anterior. Aunque mis
faltas hubiesen sido ms grandes, las tendra expiadas con exceso.
Puedes compadecerme. Son dolores que t no conoces.

El primer ao de soledad lo haba vivido Alicia esperando las cartas que
llegaban con intermitencias del frente de la guerra. Muy contadas
alegras. Jorge haba venido  Pars una sola vez con permiso, pasando
media semana junto  ella. De tarde en tarde reciba tambin la visita
de camaradas del aviador, acogiendo sus noticias con lgrimas y
sonrisas. Su hijo alcanzaba la Cruz de Guerra despus de un combate
areo. La madre haba recortado el pequeo prrafo que haca referencia
 este hecho, clavndolo con dos alfileres en la seda que tapizaba su
dormitorio. Pasaba las horas contemplando con una fijeza hipntica estos
breves renglones. Bachellery (Jorge), aviador, ha dado caza ms all de
nuestras lneas  dos aviones enemigos y...

Este Bachellery (Jorge) era su hijo, su hijo! Nada le importaba que los
dems lo ignorasen. Su orgullo pareca crecer en el misterio. En sus
entraas se haba formado aquel mocetn hermoso, fuerte  inocente como
los hroes de las leyendas. Todos los hombres conocidos en su vida
anterior se empequeecan y afeaban; eran seres inferiores, procedentes
de otra humanidad, cuya existencia deba olvidar.

De pronto, el accidente estpido y ciego que haca caer la noche sobre
ella. El aviador sala una hermosa maana en su aparato de caza,
elevndose  travs de las nubes en busca del enemigo, con la alegre
confianza de un joven paladn marchando al encuentro de las aventuras.
Repentinamente, un pequeo desarreglo en el motor, un descuido de los
encargados de su preparacin, algo de poca importancia en tiempo
ordinario... Y tena que descender, imposibilitado de seguir su vuelo;
pero el viento y la desgracia le hacan tocar tierra en las lneas
alemanas.

--Cien metros ms ac, hubiera cado entre los suyos... Qu quieres!
Era yo demasiado feliz; deba conocer el verdadero dolor... Te confieso
que en el primer momento casi sent alegra: una alegra egosta de
madre. Prisionero! Esto representaba la seguridad de su existencia; ya
no me lo mataran en un combate areo; ya no estaba en peligro de morir
despedazado  quemado debajo de su aparato roto. Pero luego!...

Luego, esta seguridad, que colocaba  su hijo al margen de la guerra,
era su tormento. Envidi la poca en que arrostraba el peligro
diariamente, pero con libertad. Los peridicos hablaban de las miserias
de los prisioneros, de su hacinamiento en ftidos barracones, del hambre
que sufran. La vida de comodidades de la madre result un continuo
remordimiento. Al sentarse  la mesa, al contemplar su mullido lecho, al
percibir en invierno la tibia caricia de la calefaccin, viendo los
cristales floreados por la escarcha, crea estar usurpando indignamente
algo que era de otro. Su hijo! su pobre hijo viviendo como un perro
sin dueo, tendido en la paja, atenaceado por el tormento del hambre!
Haber producido un ser--ella que se crey durante aos y aos el centro
de lo existente, disfrutando de todas las comodidades--, y este pedazo
de su vida agonizaba bajo el suplicio de una miseria como slo la
conocen los mayores abandonados!... Nunca pudo imaginarse que la suerte
le reservase esta irona.

Se agit en los primeros meses con el cario agresivo  irracional de la
hembra que ve sus cachorros en peligro. Corri de ministerio en
ministerio, valindose de todas sus relaciones sociales. Pero eran
tantas las madres!... No iban  emprender una gestin diplomtica slo
para ella. Todos los das enviaba  las oficinas encargadas del socorro
de los prisioneros grandes paquetes de vveres destinados  su hijo. Al
final se negaban  admitirlos. No poda ocuparse el servicio nicamente
en socorrer  un simple protegido de la duquesa de Delille. Haba miles
y miles de hombres que estaban en su misma situacin. Y ella no poda
gritar: Es mi hijo! Nada adelantaba con esta revelacin escandalosa.
Y sigui entregando sus paquetes regularmente, aunque no fuesen para
Jorge. Serviran para saciar el hambre de otros. Conoci la magnanimidad
de los inmensos dolores; hizo sus ddivas como una madre que, al rezar
por su hijo desahuciado, reza por los dems enfermos, creyendo que con
esta generosidad sern mejor atendidas sus splicas.

Adems, la duda cruel!... Los empleados, al tomar sus paquetes,
sonrean tristemente. Era casi seguro que se los apropiaran los
guardianes. Todos los comestibles de precio que destinaba  su hijo iban
 servir para que los reservistas de Alemania encargados de la custodia
de los prisioneros cenasen alegremente, con una alegra de mastines
feroces, brindando por la gloria de su kaiser y el triunfo de su pueblo
sobra el mundo entero. Dios mo! Qu hacer?...

Muy de tarde en tarde, llegaba  sus manos, con enorme retraso, una
tarjeta postal revisada por la censura alemana. Cuatro lneas nada ms,
escritas como los nios escriben en la escuela, bajo la mirada del
maestro que est  sus espaldas. Pero era la letra de su Jorge. Bien de
salud. No nos tratan mal. Envame comestibles. Pasaba largas horas
contemplando estos renglones tmidos y mentirosos. Adquiran para ella
una nueva fisonoma; decan otra cosa: la verdad. Recordaba los relatos
de cautivos moribundos venidos de aquellos campamentos de suplicio, y
los renglones parecan balbucear, con el gemido de un nio enfermo:
Mam... hambre. Tengo hambre!

Hubo momentos en que crey perder la razn. Todo lo que le rodeaba haca
surgir en su memoria la imagen de aquel Jorge elegante, cuidado por ella
con mimos infantiles. Haba vigilado su guardarropa, se preocupaba del
mrito de sus sastres, tena que sufrir sus protestas varoniles cuando
pretenda vestirlo interiormente de telas finsimas y encajes, lo mismo
que ella. Por las maanas iba  sorprenderlo en su lecho, como  un
pequeuelo, y besaba con devocin aquella carne de atleta, que era su
propia carne, metamorfoseada. Todo le pareca mezquino y pobre para este
mocetn hermoso como un dios antiguo; cuidaba de su cama, de su tocador,
de su persona, con el fanatismo de una amorosa; registraba sus
bolsillos, para renovar incesantemente los regalos de dinero. Suyas
seran las minas mejicanas, las tierras de la frontera, todo cuanto ella
poseyese. Y ms tarde--no quera pensar cundo--, lo casara con una
mujer que fuera de su agrado; su nacimiento obscuro iba  realzarse con
la seduccin de una riqueza enorme... Pero el mundo se desplomaba de
pronto en una demencia furiosa, y este prncipe de la suerte, cuya madre
haba conferenciado tantas veces con su jefe de cocina, imaginando
sorpresas gastronmicas dedicadas  l, lloraba desde una llanura
glacial remota y triste: Mam... hambre. Tengo hambre!

--Tres veces fu  Suiza, Miguel... Hasta propuse en Pars que me diesen
los medios de pasar  Alemania, ofrecindome como espa, pero se rieron
de m... Tenan razn: qu iba  espiar yo! Mi hijo... lo que yo quera
era ver  mi hijo. En Suiza encontr dos invlidos que acababan de ser
canjeados y procedan del campo en que estaba mi Jorge. Conocan al
aviador Bachellery. Haba intentado escaparse cinco veces; gozaba cierta
fama entre sus compaeros de miseria por la altivez con que haca frente
 los guardianes ms crueles... Sus ltimas noticias eran inciertas;
haban dejado de verle, pero crean que estaba ahora en otro campo de
prisioneros, un campo de castigo, muy lejos, cerca de Polonia, donde se
aglomeran los rebeldes y los peligrosos bajo una disciplina cruel,
sufriendo terribles correcciones.

Su voz tembl de clera al decir esto. Vea  su hijo arrastrando
cadenas, recibiendo golpes lo mismo que un esclavo. Ah! no ser ella un
hombre, para que la dejasen  solas con el lgubre histrin de los
puntiagudos bigotes que haca gemir de dolor  tantos millones de
mujeres!...

--Y pensar que ha habido exaltados que mataron  jefes de gobierno
buenos  insignificantes!... Y ni uno solo se le ocurri suprimir al
kaiser! Que no me hablen de los anarquistas... No creo en ellos.

Esta explosin de ira se desvaneci inmediatamente. Otra vez su dolor
desesperado la hizo gemir. Record una fotografa que haba visto en los
peridicos: el suplicio del poste, aplicado por los alemanes en los
campos de castigo; un francs, con el uniforme andrajoso, amarrado  un
madero como si fuese una cruz, en plena llanura cubierta de nieve,
sufriendo durante horas y horas un fro homicida. Era la pena mortal
aplicada hipcritamente, con refinamientos salvajes. No se podan
distinguir los rasgos fisonmicos de aquel pobre Cristo con la cabeza
cada sobre el pecho. Tal vez era su hijo. Y si no era Jorge,
seguramente que haba sufrido tambin el mismo suplicio.

--Cmo vivir en esta angustia interminable!... No me han dejado volver
 Suiza: me niegan el permiso. Nada s, y hay momentos en que mi cabeza
parece que va  romperse. Por eso evito estar sola, por eso juego y
necesito ver gente, hablar, huir de mis pensamientos... Despus slo he
recibido una postal de mi hijo, sin fecha, sin el lugar de procedencia,
que dice casi lo mismo que las otras. La letra es suya, y sin embargo
parece de distinta mano. Ay! lo que me dice su letra!... Lo veo como
al otro, como al infeliz amarrado al poste, cubierto de andrajos, con
una delgadez esqueltica... Mi hijo!

Lubimoff tuvo que oprimir sus dos manos fuertemente, tirar de ellas para
sostenerla y que no se arrojase sobre la cama con histricas
convulsiones. Se arrepinti de haber venido, provocando con su
curiosidad una confesin que despertaba las tristezas de esta mujer.

Ella, que le miraba sin verle, con los ojos desmesuradamente abiertos,
acab por concentrar sus pupilas, fijndose en la emocin de Miguel.
Esto la hizo serenarse un poco.

--Feliz t, que no conoces este suplicio. Es interminable: no tiene
remedio. Cuando pienso en l, creo que voy  morir. No saber nada! no
poder nada!... Necesito distraerme, pensar en otras cosas. Hay que
vivir; no podemos llorar  todas horas. Pero si llego  interesarme por
algo, inmediatamente surge el remordimiento. Me insulto yo misma: Mala
madre, que lo olvidas! Raro es el da que como sin llorar. Me atormenta
la idea de que l sera feliz con los sobras de mi mesa, con lo que
comen los domsticos, quin sabe si con lo que le dan al perro! Y
Valeria y Clorinda, al ver mis lgrimas, no pueden explicarse un dolor
tan insistente. Ignoran mi secreto; creen, como todo el mundo, que se
trata de un simple protegido  de un pequeo amante: no comprenden esta
desesperacin por un hombre... Por eso juego tanto; es lo nico que me
preocupa verdaderamente y me hace olvidar por unas horas; es mi
anestsico. En otros tiempos jugaba por el placer de la emocin, por el
gusto de reir con la suerte, porque me halaga el asombro de los
curiosos vindome aventurar con indiferencia cantidades enormes. Ahora
es por l, slo por l.

Alicia record el mal estado de su fortuna. Estaba ya quebrantada
seriamente aos antes, pero ella tena la esperanza de una pronta
reconstitucin. Adems, los tiempos anteriores  la guerra haban sido
la mejor poca de su existencia. Tena  su hijo; se dejaba llevar por
la vida, sin pensar en los negocios. Luego, al perder  Jorge, se haba
consumado al mismo tiempo su ruina.

--Si yo tuviese la riqueza de antes! Conozco el poder del dinero;
hubiese removido con l  los hombres y hasta  los gobiernos. Habra
escrito al kaiser   Hindenburg, envindolos un milln, dos millones,
lo que pidieran. Ya que ustedes restablecen la esclavitud y saquean los
pueblos, ah va dinero. Devulvanme  mi hijo. Y lo tendra ya  mi
lado. Pero soy pobre!... Si supieras cmo amo ahora el dinero, slo
por l! Sueo con dar un golpe; ganar en dos  tres das quinientos mil
francos  un milln. Qu alegra la ma cuando llego del Casino con
unos miles de francos! Para enviarle paquetes... para que mi pobrecito
coma. Escribo  los proveedores  busco yo misma, acordndome de las
cosas que ms le gustaban. T eres rico  ignoras las dificultades del
momento presente. Lo que escasean las cosas! lo caras que cuestan!...
Yo, antes, tampoco saba nada de esto... Y le envo paquetes de vveres
de los mejores; y siento orgullo al decirle con mi pensamiento: Es con
el dinero que ha ganado mam para ti... es con mi trabajo. No sonras,
Miguel. As es. En qu otra cosa puedo yo trabajar?... Lo nico que me
apesadumbra es la direccin de estos envos. Para el aviador
Bachellery, prisionero en Alemania. No s ms, y son tantos los
prisioneros! Casi todos mis envos deben perderse; pero alguno llegar 
sus manos. No crees t que alguno llegar?

Miguel acogi esta pregunta ansiosa con un vago gesto de conformidad.
S, tal vez; era casi seguro.

Alicia mostr de pronto cierta confianza. Ocho meses que nada saba de
l; pero otras madres estaban en el mismo caso. No deba desesperar.
Hombres dados por muertos en las primeras batallas volvan  sus casas
despus de un largo cautiverio. Adems, era lgico que un hijo de ella
muriese de hambre y de miseria lo mismo que un mendigo?...

Lubimoff asinti otra vez. Verdaderamente, no era lgico.

--Hay momentos en que siento una alegra inexplicable: el aviso
misterioso de que voy  recibir una buena noticia; la misma corazonada
de los das en que llego al Casino segura de ganar... y gano. He escrito
al rey de Espaa, que se ocupa de la suerte de los prisioneros y muchas
veces hasta consigue que los devuelvan  su patria. He hecho que le
escriban un sinnmero de amigos. Si me devolviese  mi Jorge!... Espero
 lo menos una buena noticia, saber dnde est, convencerme de que vive.
Me bastara con que le internasen en Suiza, como  los grandes heridos,
y yo ira  vivir con l. Qu felicidad que estuviese en Lausanne  en
Vevey,  orillas del lago, como est mi marido!

El recuerdo del duque la hizo sonreir con una bondad melanclica.

--Te advierto que no lo olvido. Todo lo que me sobra de los envos 
Jorge lo meto en un paquete va Ginebra. Para el teniente coronel
Delille. Ay! Este s que llega. Pobre viejo! Sus respuestas son casi
de amor... Yo le regalo salchichones y botes de conservas, en recuerdo
de los mazos de flores de veinte luises que me envi cuando pretenda mi
mano... Qu tiempos, Miguel! Quin poda imaginarse este trastorno de
las personas y las cosas!...

Hablaba ya con ms tranquilidad, como si el recuerdo de su hijo hubiese
retrocedido  un segundo plano de su memoria.

--Todo me anuncia una buena noticia. La desgracia no puede durar tanto
tiempo, no te parece? Es como la mala suerte en el juego: acaba por
pasar; lo que importa es tener fuerzas para resistirla... Debera
sentirme satisfecha. La emocin apenas me ha dejado dormir esta noche...
He pasado de los treinta; ya sabes: esos treinta mil francos que
parecan antes el lmite de mi suerte. Anoche gan ochenta mil. Tu amigo
Lewis estaba furioso. Cree que esto slo les ocurre  las mujeres: ganar
jugando  capricho, burlndose de las reglas.

Adivin ella en la mirada del prncipe su extraeza por esta alegra
despus del llanto reciente.

--No puedo permanecer sola. Los recuerdos!... Tal vez me has odo
cantar mientras subas. Es una cancin inglesa que cantaba mi hijo. Por
las maanas iba yo  escucharla detrs de su puerta, como una enamorada
que se contenta con la voz mientras espera la presencia del hombre
amado. Siempre que estoy sola la repito maquinalmente; me imagino que es
Jorge el que canta, y se me llenan los ojos de lgrimas, pero son de
ternura, lgrimas dulces... Al hacer mi cama he credo oirle, lo mismo
que cuando iba y vena por su dormitorio y yo le espiaba al otro lado de
la puerta. Mi voz era su voz. Por eso al entrar t me temblaron las
piernas. Supuse por un momento que t eras l. Qu emocin cuando le
vea!... Porque yo le ver. La desgracia no puede durar eternamente. No
crees t que le ver?...

Sus ojos entornados sonrean  una lejana visin de esperanza. Y Miguel,
que haba permanecido silencioso mucho tiempo, habl para infundirle
nimo. Pobre mujer! S; vera  su hijo. A la edad de l se resisten
todas las fatigas. Volvera; an seran felices los dos, comentando el
infortunio presente como un mal sueo.

--Adems, yo te ayudar. Hay que proceder activamente para que te
devuelvan tu hijo. Escribir al rey de Espaa. Lo conozco; almorz en mi
yate una vez que estuve en San Sebastin. Tengo buenos amigos en Pars,
hombres polticos, diplomticos; les escribir  todos... Y en ltimo
trmino, si no queda otro recurso, buscar por medio de un gobierno
neutral hacer llegar una carta  Guillermo II. Tal vez me atienda: debe
acordarse de m, de su visita  mi buque...

Ahora fu ella la que oprimi sus manos. Le miraba fijamente, con los
ojos turbios de lgrimas, sonriendo al mismo tiempo para expresar su
gratitud.

--Qu bueno eres!--exclam despus de un largo silencio--. El da que
estuve por primera vez en Villa-Sirena me convenc de mi gran error.
Qu mal nos conocamos! Ha sido necesaria la desgracia para vernos
tales como somos. Primeramente me ofreciste remediar mi pobreza; ahora
quieres devolverme  mi hijo...

Se dej arrastrar por una afectividad impulsiva. Lubimoff vi cmo se
inclinaba su cabeza, y sinti inmediatamente el contacto de su boca en
una mano. Dos besos ruidosos y una voz que gema: Gracias... gracias!
El prncipe se puso de pie. Le era imposible tolerar este gesto humilde.
Pero al mismo tiempo ella se irgui igualmente; quedaron sus ojos 
idntico nivel, y como si quisiera completar la reciente caricia, se
abalanz sobre el prncipe, le tom la cabeza entre sus manos y le bes
la frente.

Una oleada de perfume carnal, semejante  la otra que le haba envuelto
al recibir la sbana en pleno rostro, volvi  conmover su organismo. Se
daba cuenta del alcance de esta caricia: un simple beso de gratitud, un
arrebato de madre que expresa sus sentimientos con excesiva vehemencia.
A pesar de esto, la turbacin que le dominaba, cruel y voluptuosa  la
vez, le impuls  abrir los brazos para abarcar y apropiarse lo que
tena  su alcance... Pero sus manos vidas se perdieron en el vaco.

Ella, arrepentida de su acto, se haba echado atrs, retrocediendo unos
cuantos pasos. Estaba en el hueco de la puerta, dispuesta  continuar su
huda. Se arreglaba maquinalmente los cabellos y secaba sus lgrimas,
mientras el rubor se extenda por su rostro.

--Qu loca soy!--murmur--. Perdname. Es tanta mi gratitud al saber
que quieres ayudarme!...

Seal al mismo tiempo el balcn. Abajo, en el jardn, sonaba la voz del
hortelano llamando  su perro para que no continuase ladrando junto  la
escalinata de la villa, como si olfatease la presencia de un intruso.

--Vmonos--orden Alicia con gravedad--. Las criadas van  volver de
misa. No me gusta que nos vean aqu, en mi dormitorio. Podran creer...

Lubimoff, al serenarse, admir el gesto pudoroso, la tmida inquietud
con que ella deca esto. Resurgi en su recuerdo la mujer del estudio
de la Avenida del Bosque; hizo memoria de sus audaces teoras.
Realmente era la misma?...

Mientras bajaban, ella volvi la cabeza para hablarle, como si adivinase
sus pensamientos.

--Debes reirte de m. Cun lejos est la Alicia de otro tiempo!... Soy
menos mala que pareca, no es cierto?... Dime que no me crees mala;
dime que slo me tienes por loca: una loca sin suerte...

Abri sus salones del piso bajo para dar  la visita un aspecto de
regularidad, pero el fro de las piezas abandonadas, los muebles
enfundados, el olor de cueva hmeda, les hizo salir al jardn,
continuando su conversacin al pie de la escalinata, como dos personas
que prolongan su despedida.

La antigua doncella de la duquesa y la jardinera encargada de la cocina
pasaron repetidas veces ante ellos con diversos pretextos. Saludaban al
seor mudamente, con ojos de adoracin y dulce sonrisa. Este buen mozo
era el prncipe Lubimoff, del que tanto se hablaba?... Haban odo su
nombre muchas veces en aquella villa, y las dos le veneraron como un
ser providencial, todopoderoso, que poda con un gesto hacer resurgir la
perdida abundancia...

Miguel no quiso prolongar su visita.

--Ven  verme--dijo ella en voz baja, acompandole hasta la verja--.
Ahora lo sabes todo. T eres el nico. Ser muy dulce para m que
hablemos, que me consueles y me ayudes.

Las horas siguientes las pas el prncipe silencioso y preocupado.
Tantas novedades de una vez!... La existencia de aquel hijo que nunca
haba podido sospechar; la amorosa feroz convertida en madre; sus
lgrimas, su tormento silencioso que arrastraba como cadena expiatoria 
travs de una vida loca... Y por encima de todas estas sorpresas, la que
l haba experimentado en su interior, la resurreccin del hombre de
otros tiempos, la nueva cada en la servidumbre carnal, el doble
latigazo recibido en su estructura nerviosa al aspirar el perfume del
suave lienzo y al sentir en su frente la huella de sus labios...

Deseaba olvidar todo esto, y para conseguirlo concentr su atencin en
las revelaciones que ella le haba hecho y en sus dolores de madre.
Infeliz Alicia! Al verla empobrecida y llorosa, sin otra ayuda que la
que l pudiese concederle, empez  sentir por esta mujer un afecto
duradero. Era el cario del poderoso por el dbil al que protege; un
amor paternal que no tena en cuenta la semejanza de edades ni la
diferencia de sexos; una ternura en la que entraba por mucho cierta
lstima dulce. Se conmovi al recordar el beso humilde con que haba
acariciado sus manos; casi un beso de mendiga. Pobre! Esto bastaba para
que se creyese obligado  no abandonarla nunca. El orgullo de Alicia, su
ansia de dominacin, le haban enfurecido en otro tiempo. Acostumbrado 
proteger generosamente  las mujeres, pero sin someterse nunca  su
voluntad,  considerarlas  todas como algo agradable  inferior, no
poda transigir con este carcter soberbio. Eran los dos igualmente
poderosos y triunfadores para llegar  tolerarse. Pero ahora!...

Renaca en su memoria tal como la haba contemplado en el dormitorio,
con los ojos acuosos, agrandados por el dolor, y una perla pendiente de
sus lagrimales, trgicamente bella, como las vrgenes que tienen sobre
las rodillas el cuerpo del hijo crucificado... _Mter dolorosa!_

Pero una segunda persona que pareca hablar en el interior del prncipe
con fra clarividencia protest de esta imagen. No era una madre
dolorosa. La madre no abandona  su hijo: renuncia  todas sus vanidades
por l; abdica su presente y su porvenir, como si no tuviese ms vida
que la de este pedazo de su propia carne; le da el jugo de sus pechos y
todas sus horas; sigue minuto por minuto su desarrollo, batindose con
la enfermedad, burlando al peligro; no espera para amar el esplendor de
la adolescencia triunfante... mientras que la otra!...

La otra era Venus dolorosa. Hasta en sus momentos ms desesperados se
mantena bella, y su dolor resultaba un nuevo medio de seduccin. Era
madre, pero segua siendo mujer: la terrible mujer perturbadora odiada
por el prncipe.... Atencin, Miguel!

Con una sonrisa de superioridad respondi mudamente  estas reflexiones.

Acaso voy  enamorarme de ella!--se dijo--. La quiero como no cre
nunca que podra quererla. Pero slo es un amigo, un compaero digno de
lstima, que debo proteger.

A la hora del almuerzo, Spadoni no se present en Villa-Sirena. Atilio
le haba visto en el Casino con sus amigos los ingleses de Niza.
Estaran almorzando juntos en el Hotel de Pars, para hablar de nuevas
combinaciones. La ltima consista en jugar cuatro en diversas mesas,
siguiendo un sistema comn que el pianista juzgaba infalible.

Despus de tomar el caf, todos los habitantes de la lujosa villa
parecieran agitados por una comezn que no les dejaba continuar en sus
asientos. Castro se march el primero, anunciando que iba al Casino. Le
avisaba el corazn una gran tarde. Tena entre ojos  un _croupier_
que empezaba su servicio  las tres y media. Conoca su modo de tirar la
bola. Cada uno tiene su especialidad: unos son de mano larga; otros de
mano corta. Este la haca caer con frecuencia en el 17: su nmero.

Novoa se fu detrs de l, pero con menos franqueza. Balbuce
ruborosamente al despedirse del prncipe. Tal vez ira  pasar la tarde
con sus amigos de Mnaco; tal vez hiciese un pequeo viaje por el camino
de Niza hasta Cap d'Ail  Beaulieu. Era la confusin del seor que no
sabe mentir.

El prncipe qued solo. Mir un rato el mar; luego cambi de ventana,
contemplando sus jardines. Oprimi el botn de un timbre para que
acudiese don Marcos. No saba qu decirle, pero necesitaba verlo para no
estar solo. Se present una de las criadas viejas, anunciando que el
coronel se haba ido  Monte-Carlo.

--Este tambin!--dijo el prncipe.

Tom su sombrero y su gabn para escapar al tedio de una tarde de
domingo pasada  solas. Adems, una fuerza indefinible tiraba de l
igualmente hacia la inmediata ciudad. Avanz por el jardn, dejando 
sus espaldas la villa. Le pareci ms grande al quedar abandonada, y
que su silencio ceudo  irritado equivala  una protesta muda. Para
eso la haban construdo, gastando tan enormes cantidades?... Por la
carretera inmediata se deslizaban tranvas y carruajes repletos de gente
de Monte-Carlo que iba en busca de un pedazo de mar sonriente, de un
grupo de pinos, de una altura panormica.

Y el poseedor de los jardines famosos de Villa-Sirena los abandonaba
para irse  una poblacin de la que huan los otros!... Lubimoff se
acord del hermoso plan de vida elaborado meses antes: una comunidad de
laicos encerrada en este rincn paradisaco; msica, astronoma,
agradables conversaciones, trabajos higinicos. Y los monjes se
escapaban con toda clase de pretextos; l, que era su jefe, tambin
senta una necesidad inexplicable de imitarlos, y hasta Toledo, fiel
admirador de aquella propiedad que consideraba la mejor obra de su
existencia, pareca sufrir la misma fiebre ambulatoria.

Se volvi cerca de la verja para contemplar su hermoso dominio, como si
le pidiese perdn. Un silencio de palacio encantado: los jardines
dormitaban como bosques de ensueo. Crey ver al final de una larga
avenida el revoloteo de dos grandes pjaros. Eran Estola y Pistola, con
sus fracs de faldones excesivamente largos, corriendo hacia el final
del promontorio. Para los dos solos se haba construdo Villa-Sirena.
Podan jugar con un regocijo gimnstico de adolescentes por aquellos
jardines que envidiaban los curiosos pegados  la verja; podan romper
en sus carreras las plantas raras tradas del otro lado del planeta,
saltar de roca en roca en busca de los pececillos que dejaban las olas
en los minsculos lagos de las oquedades de la piedra, hasta que sus
fracs quedasen bien mojados y sus zapatos rotos, para desesperacin del
coronel, que todos los das pasaba revista  su gente.

Miguel no quiso preguntarse adnde iba. Su paseo era seguramente con un
fin determinado, pero consider inoportuno pensar en l.

Vi de pronto dos corrientes de gento que, viniendo en opuestas
direcciones, se encontraban y confundan, subiendo juntas una escalinata
corta y anchsima partida por dos pasamanos y cubierta por tres
alfombras rojas.

Estaba ante las puertas del Casino. Por un lado iban llegando los que
acababan de descender del ferrocarril; por otro, los que haban recogido
los tranvas en todos los pueblos de la Costa Azul, desde Niza 
Monte-Carlo.

Cantaba aquella tarde un tenor italiano clebre, y una parte de la
muchedumbre, despreciando el juego por el momento, se aglomeraba en el
teatro.

Lubimoff se vi atendido inmediatamente por dos graves seores de levita
y corbata negras, con la cabeza descubierta: dos inspectores del Casino.

--Desolados, prncipe! Todo lleno; hasta en los pasillos hay gente.

Pero como era l, uno de los dos lo acompa hasta el palco de los
ministros de Mnaco. El gobernador del prncipe soberano le conoca y
quiso cederle el mejor lugar; pero Miguel se mantuvo en segundo trmino,
por miedo  la curiosidad del pblico.

Era un teatro sin pisos altos; una sala de espectculos ms ancha que
profunda, con filas de butacas todas iguales y al mismo precio, y un
escenario que serva para los conciertos y excepcionalmente para las
representaciones teatrales. El mismo arquitecto de la Opera de Pars
haba repetido su abrumadora ostentosidad en esta sala: oro por todas
partes, molduras, caritides, espejos inmensos. No haba un palmo de
pared que no fuese de estuco labrado y dorado. En el muro del fondo,
sobre las filas de butacas que se elevaban en acentuado declive, haba
cinco palcos, los nicos: el del prncipe soberano y los de sus
dignatarios.

Miguel escuch  los cantantes, mientras examinaba la apretada masa de
pblico que poda distinguir desde su asiento. Reconoci  muchos en
esta contemplacin  vista de pjaro. Vi en las primeras filas una
cabeza gris, con los cabellos partidos de la frente  la nuca y peinados
hacia adelante hasta confundirse con unas patillas  la austriaca. Era
el coronel, que escuchaba con cierta autoridad, balanceando el crneo
para conceder su aprobacin al clebre tenor. Pero no estaba solo: le
vi ladear el rostro hacia una cabellera rizada y una sarta de gruesas
cuentas de mbar. Ah, traidor!... Indudablemente, la hija del
jardinero. Por esto se haba dado tanta prisa en huir: una exigencia de
la aprendiza, deseosa de escuchar  aquel artista del que tanto hablaban
las seoras. Cuando el grueso ruiseor quedaba oculto entre bastidores,
el coronel ofreca  su protegida un cucurucho lleno de caramelos.
Caramelos en tiempo de guerra! Un verdadero derroche que slo se poda
permitir un enamorado.

En el entreacto, el prncipe se march furtivamente, temiendo
encontrarse con don Marcos y que su presencia le amargase una tarde
feliz. Adems, no le interesaba la pera ni aquel cantante tan alabado.

Atraves el gran atrio de columnas de jaspe que sostienen una galera
con balaustres rematados por candelabros de bronce. En un extremo, sobre
tableros, estaban las ltimas noticias. El prncipe las ley sin
curiosidad. Nada; lo de siempre. Sigue la montona guerra de
trincheras. El terreno ganado  perdido  metros. Esto no acabar
nunca...

Se desliz entre los grupos que paseaban durante los entreactos,
evitando que le viese el coronel. Pobre Toledo! Iba gravemente
orgulloso al lado de aquella protegida que poda ser su nieta. Miraba
hostilmente  los jvenes, mientras la muchacha,  sus espaldas,
lanzaba ojeadas  todos los hombres con uniforme.

El prncipe tuvo que abrirse paso  travs de un grupo inmvil y
compacto. Eran oficiales convalecientes, franceses, canadienses,
australianos, ingleses, y revueltas con ellos, enfermeras de varios
tipos; unas con velos monacales y aspecto frgil; otras varoniles, con
corbata y levita de botones dorados, sin otra prenda femenil que la
falda... Algunas ms viejas, de pelo corto, cara roja y grandes anteojos
de concha, exigan un detenido examen para que de su aspecto hbrido
pudiera surgir la conviccin de que eran mujeres. Se amontonaban ante
las tres dobles mamparas que dan acceso  las salas de juego. Todo el
que perteneciese  las fuerzas de mar y tierra de cualquiera nacin no
deba pasar de aqu: los militares slo podan entrar en la sala de
espectculos y el atrio del Casino. Y estas gentes, que en sus lejanos
pases haban odo hablar muchas veces de Monte-Carlo, al verse en l
por los azares de la guerra, se amontonaban junto  las mamparas con una
curiosidad infantil, admirando instantneamente, al abrirse y cerrarse
aqullas, la rpida visin de los salones dorados, puestos en fila y
llenos de pblico. Despus se retiraban, cediendo el sitio  otros
camaradas. Ya haban visto; ya podan afirmar que Monte-Carlo no
guardaba secretos para ellos.

Los empleados de levita negra abrieron una de las mamparas, saludando al
prncipe como  un antiguo conocido.

Era la primera vez que entraba en los salones de juego despus de su
vuelta. Crey que caa con milagrosa regresin en el mundo anterior  la
guerra; que todas las cosas que afligan  la humanidad quedaban al otro
lado de la puerta, como queda una accin dramtica, falsa pero
emocionante, sobre el escenario de un teatro que abandonamos.

Hasta encontr cierto atractivo en la arquitectura de estos salones, por
ser algo familiar que le recordaba pocas agradables de su existencia.

Estaba en la sala del Renacimiento, pero toda su atencin fu atrada
por la pieza inmediata, la rotonda central del Casino, el llamado saln
de Schmit, al que convergen los otros salones y que parece prolongarse
por debajo de las portadas divisorias hasta el fondo del edificio.

Un silencio rumoroso surga de las aglomeraciones humanas en torno de
las mesas verdes. Todos al hablar lo hacan en voz baja, como en una
iglesia. De vez en cuando, este susurro se cortaba con un largo
rechinamiento, con un ruido igual al de los guijarros de una costa
arrastrados por la ola. Eran las raquetas de los empleados, que barran
el pao verde, llevndose las monedas, las fichas, todos los despojos de
la prdida, chocando unas con otras las piezas de metal y las de falso
hueso. La voz de los _croupiers_ se elevaba sobre este silencio febril
de colmena bullente como la del oficial que ordena una maniobra. Hagan
sus juegos... El juego est hecho?... No va ms. El silencio
perda su envoltura rumorosa; se iba adelgazando. Los pechos respiraban
con menos fuerza; los cuellos se estiraban para ver mejor sobre el
hombro vecino; algunas mujeres permanecan sobre un pie nada ms,
echando atrs el otro, como bailarinas que se inclinan para tocar el
suelo con las manos. Todos se apretujaban, sin reparar en el sexo  que
pertenecan las carnes inmediatas; y en esta pausa de rostros alargados,
cejas fruncidas, bocas rgidas y miradas convergentes sonaba, aumentado
por un eco diablico, el correteo de la bolita de marfil por la ranura
circular del borde de madera, mientras la rosa de colores de la ruleta
iba girando como un kaleidoscopio en sentido inverso.

De pronto, un golpe seco. La bola haba terminado su fuga circular,
cayendo en un nmero. Se prolongaba el silencio; los rostros parecan
estirarse an ms; los puos se apretaban convulsivamente. Otra vez el
ruido de guijarros movidos por la ola. Las raquetas barran el campo
verde. Mal nmero para el pblico. Cuando se elevaba en torno de la mesa
un ahogado rugido, la respiracin de cien pechos descongestionados, los
_croupiers_ tardaban varios minutos en reanudar el juego, para pagar 
los gananciosos y resolver cuestiones entre los que reclamaban la misma
puesta. Al terminar una partida, se disgregaban los grupos de una mesa
para trasladarse  otra; pero la orla de gente continuaba siendo
compacta, por los nuevos aportes de curiosos.

Descenda de la claraboya central un resplandor acaramelado. Fuera
brillaba el sol sobre el mar azul; aqu, la luz era de bodega: una luz,
segn Castro, semejante  la del saln de sesiones de un Congreso de
diputados. Esta luz amarillenta, igual al oxidado fulgor del oro viejo,
pareca aumentar la suntuosidad de las salas. Era la arquitectura
majestuosa y rica que convence al pueblo y  los ricos improvisados. Las
columnas y pilastras, de nix y de bronce, sostenan un techo magnfico,
cortado circularmente por la cristalera de la claraboya. En los cuatro
tringulos de la bveda estaban representados escultricamente el Aire,
la Tierra, el Fuego y el Agua, como si los tales elementos tuviesen
alguna relacin con la industria que daba vida al vasto palacio.

Cuatro araas de metal, enormes y rutilantes, completaban la pesada
suntuosidad. All donde no haba dorados  espejos, ocupaban las paredes
vistosas pinturas. Estos cuadros y todos los que adornaban al Casino
eran objeto de las burlas de Miguel. Algunos resultaban aceptables; los
ms parecan viejsimos,  pesar de que no tenan ms de cuarenta aos,
pero con una vejez sin nobleza, lo mismo que si hubiesen pasado sobre
ellos varios siglos de desprecio y olvido.

Atilio explicaba  su modo la presencia de tales lienzos. Eran obra,
segn l, de aficionados arruinados por el juego, que el Casino se vea
en la obligacin de proteger.

El prncipe empez  encontrar figuras conocidas entre este pblico
incesantemente renovado, que cada mes resultaba distinto. Todo el mundo
pasaba por all. El pavimento, de diversas maderas ensambladas, era uno
de los caminos ms frecuentados de Europa. Semejante al antiguo Foro de
Roma, punto de convergencia de las rutas del mundo entero, este saln
atraa  las gentes desocupadas del planeta. Soaban todos con poder ir
alguna vez  arrostrar una moneda en la gran casa de juego mediterrnea.
El hombre de otros continentes, al desembarcar en el viejo mundo,
inscriba Monte-Carlo en su itinerario de viaje. Pero este ro humano
que se deslizaba incesantemente, recibiendo el aporte de nuevas olas,
iba dejando aguas muertas, plantas desarraigadas, troncos desmochados,
en las sinuosidades de sus ribazos.

Lubimoff casi salud  ciertas personas que le miraban con afectuosa
sorpresa, lo mismo que si viesen en l  un resucitado.

Un vejete de barba corta y dura sobre un rostro de cadavrica palidez se
inclin profundamente  su paso, sin que su modestia sufriese al no
recibir contestacin. Era el hombre ms buscado y halagado por las damas
que frecuentaban el Casino. Llevaba una especie de solideo negro en la
cabeza, el sombrero en la diestra y una medalla de esmalte con el
Corazn de Jess en una solapa. Atilio y Lewis tambin le haban buscado
muchas veces. Miguel estaba seguro de que era amigo de la duquesa de
Delille, y en ms de una ocasin habra visto sus lgrimas. Facilitaba
dinero al cinco por ciento... cada veinticuatro horas, y entretena sus
ocios estudiando de lejos  los recin llegados, por si se ofrecan como
nuevos clientes.

Tambin sonrieron al prncipe algunas damas de aspecto serio, todava de
buen ver, amplias de formas por un extremo y enjutas por el otro, como
personas que se medicinan contra la obesidad y no obtienen un resultado
regular. Estaban sentadas en los divanes de los ngulos, conversando
entre ellas, mirando  los grupos de jugadores con un aire de empleadas
que descansan despus de cumplido su deber. Haban llegado  Monte-Carlo
muchos aos antes, con joyas, con miles de francos, con un hombre que
sufra sus desigualdades de humor y encima daba dinero; y todo se haba
volatilizado en las mesas del Casino. Pero ellas seguan agarradas al
escollo de su naufragio, tal vez para siempre, viviendo de los residuos
de otros y otros, que, siguiendo la misma ruta, venan  chocar y 
perecer. Se ofrecan  los forasteros como personas experimentadas en
los misterios de la casa; aconsejaban  las parejas en viaje de amor qu
nmero deban jugar, como si poseyesen el secreto. Adems, se
presentaban en el Casino  primera hora, para ocupar los mejores sitios
en las mesas, y luego cedan su silla  un jugador rico, cliente fijo,
que las recompensaba con generosidad si le favoreca la suerte.

An tuvo otros encuentros. Pasaron junto  l unas cuantas viejas, pero
de una vejez incapaz de arrostrar el aire libre y la luz del sol. Esta
ancianidad se acentuaba bajo adornos extraos que no recordaban ninguna
moda: trajes de colorines desteidos que parecan cortados de un
cortinaje viejo y oliendo  casa ruinosa, sombreros monumentales 
turbantes esfricos fabricados con gasas de mosquitero. Unas eran de
esqueltica delgadez, otras de lvidas adiposidades; pero todas llevaban
el rostro escandalosamente cubierto de bermelln y crculos acarbonados
en torno de los ojos moribundos.

--Un luis, mi prncipe--murmur la ms atrevida--. Tengo la seguridad de
que me dar la suerte.

Le temblaba al hablar la dentadura postiza, demasiado grande. Un hedor
de tumba acompaaba la sonrisa de sus labios pintados.

Miguel saba quines eran por los relatos de Toledo. El coronel,
admirador de las majestades cadas, aceptaba su conversacin con
melanclica deferencia. Una haba sido amante de Vctor Manuel; otra ms
vieja recordaba entre suspiros los tiempos de Napolen III y de Morny.
Todas iban  morir en este Monte-Carlo, ltimo rincn de la tierra que
poda recordarles sus esplendores de sesenta aos antes. Algunas, en
memoria de sus joyas desaparecidas, ostentaban serenamente unos adornos
grotescos y brbaros de latn y cuentas de vidrio. Segn el paradjico
Castro, haban muerto haca muchos aos, pasaban la noche en el
cementerio de Mnaco, y vistindose con los harapos de los otros
cadveres suban al Casino, por la fuerza de la costumbre, para
contemplar una vez ms el escenario de su remota juventud.

El prncipe les di unos cuantos billetes y sigui adelante, mientras
ellas corran  jugar este dinero, despus de agradecer el regalo con
una sonrisa de calavera, ltimo resto de la gracia profesional.

Pronto dej de fijarse en todos los parsitos que vivan pegados  los
engranajes de la formidable mquina, nutrindose con las migajas de su
trituracin. Se sinti interesado por el pblico de jugadores, siempre
igual en apariencia y siempre distinto. Los haba que avanzaban apoyados
en bastones: bastones de enfermo, con contera de goma, nicos que eran
admitidos en las salas de juego, por temor  las disputas. Vi damas
gelatinosas de torpe paso; seores tullidos apoyados en el brazo de un
jayn con casaca galoneada, que los conduca paternalmente hasta la
ruleta, acomodndolos en su asiento. Algunas paralticas llegaban en un
carruajito infantil hasta la escalinata, y all eran izadas  una silla
de manos y llevadas  travs de los salones hasta su lugar preferido. En
ciertos momentos pareca este palacio del juego un balneario clebre, un
Lourdes milagroso. Llegaban, como llegan los enfermos incurables  otros
lugares, empujados por la esperanza; pero esta esperanza no era la de la
salud, que les dejaba indiferentes. Lo que les galvanizaba era la
esperanza de la fortuna, la ilusin de la riqueza, como si esta riqueza
pudiera servir de algo  sus pobres cuerpos, faltos de los apetitos que
amenizan la existencia.

Resumi el prncipe mentalmente la vida pasional de los humanos en dos
placeres que eran el motor de todas sus acciones: el amor y el juego.
Los haba que conocan igualmente la doble atraccin; Castro, por
ejemplo. El slo haba sentido inters por el amor  ignoraba el placer
del juego. Al levantarse de la mesa, siempre con ganancia, no
experimentaba la tentacin de volver. Pero viendo  los ancianos, los
valetudinarios y los incurables arrastrarse hacia la ruleta como  una
piscina milagrosa, los excus compasivamente. Qu otro placer les
quedaba sobre la tierra? Cmo llenar el vaco de una existencia que se
prolongaba tenazmente?...

Lo que no poda comprender era el gesto apasionado, la mirada dura de
otros jugadores sanos y fuertes. Hombres jvenes se movan entre las
mujeres en torno de la mesa con una brusquedad hostil; disputaban con
ellas speramente, tratndolas como  enemigos. Las mujeres perdan de
golpe su frescura y su gracia: se masculinizaban contemplando las filas
de naipes del treinta y cuarenta  el volteo loco de la rueda de
colores. Tenan un gesto de luchador, con la boca tirante, los ojos
feroces, y avisadas por el instinto de esta transformacin, apenas se
separaban del juego sacaban del bolso de mano el espejito, los polvos,
el colorete, para remediar y borrar su pasajera decadencia.

Las de aspecto ms digno y correcto se mostraban  veces las ms
atrevidas. Podan entregarse  un vicio sin miedo al comentario, sin
riesgo de ser criticadas, en un lugar donde todas las mujeres hacan lo
mismo y el juego figuraba como algo oficial, digno de respeto.

El prncipe sonri acordndose de lo que le haba contado Toledo das
antes: la desesperacin de una seora cuarentona que vena de Niza con
sus dos hijas todas las tardes y haba acabado por perder cincuenta mil
francos.

--Ojal me hubiese echado un amante!--gema la matrona con ojos
lacrimosos--. Mejor hubiera sido entregarme al amor.

Entr Miguel en otros salones sin claraboya. Los racimos de bombillas
elctricas, al iluminarlos con un resplandor absurdo, hacan pensar en
el sol ardiente y el mar azul que existan al otro lado de los muros de
oro y jaspe. Sobre las mesas, el alumbrado era de petrleo: dos enormes
pantallas abrigando cada una cuatro quinqus que pendan de unas cadenas
de bronce de varios metros fijas en el techo. As, si se cortaba la
corriente elctrica, no haba peligro de que los clientes sintiesen la
tentacin de apropiarse el dinero de la banca.

De tarde en tarde sonaba una campanilla, agitada discretamente por uno
de los empleados de levita negra que dirigan el juego. Una ficha, una
moneda  un billete haba cado bajo de la mesa. Y se presentaba con una
prontitud escnica, como si esperase entre bastidores, un lacayo de
casaca azul y oro llevando en las manos una linterna sorda y un gancho
para huronear entre las piernas de los jugadores, hasta que encontraba
el objeto perdido.

Una disciplina de buque de guerra, donde cada cosa est en su lugar y
cada hombre en el sitio de sus funciones, se notaba en las vastas salas.
Varios seores respetables, con la solapa condecorada, paseaban entre
las mesas con aire de oficiales de servicio, para convencerse de que
todo iba perfectamente. All donde las voces suban de tono se
presentaban con paso rpido para cortar los discusiones. Cuando dos
puntos se disputaban una misma puesta, resolvan inmediatamente el
pleito pagando  los dos. El dinero acababa al fin por volver  la casa.

Segn Atilio, estaba perforado el Casino por galeras secretas, puertas
invisibles y hasta trapas, lo mismo que el escenario de una comedia de
magia; todo para el mejor servicio y evitar molestias  los clientes.
Algunas veces, un enfermo se desmayaba en la mesa  caa muerto por una
emocin demasiado violenta. Al instante se abra el muro ms prximo,
vomitando una camilla y dos bomberos, que hacan desaparecer el cuerpo
importuno como por encantamiento. Los de la partida inmediata no
llegaban  enterarse.

En otras ocasiones era un suicidio. Lubimoff conoca una mesa llamada
del suicida,  causa de un ingls que haba querido morir
teatralmente, disparndose un pistoletazo al perder la ltima moneda.
Las piltrafas de su cerebro salpicaron la bayeta verde, las caras de los
vecinos y hasta las levitas de los _croupiers_. Siempre hay gentes de
poco tacto, que no saben vivir en sociedad!... Pero los bomberos surgan
de la pared, llevndose al muerto, limpiando de sangre la alfombra y la
mesa, y poco despus, del valo de gente apretujada contra el tablero
verde surga la voz sacramental: Hagan sus juegos... El juego est
hecho?... No va ms.

El prncipe se acord del famoso banco de los suicidas en los jardines
del Casino. Una leyenda para peridicos. No exista. Cuando se mataban
varios en un mismo banco, la administracin lo haca cambiar de sitio
inmediatamente. Tambin era una exageracin folletinesca lo de la
abundancia de suicidios: dos  tres por ao nada ms. Segn Castro,
haba pasado de moda esto de matarse en Monte-Carlo; resultaba una falta
imperdonable de buen gusto; lo discreto era irse lejos y desaparecer
sin ruido. Adems, la polica de la casa tena buen ojo para conocer 
los desesperados, y les facilitaba un billete de ferrocarril,
aconsejndoles que se matasen buenamente en Marsella,  cuando menos en
Niza  Mentn.

Estaba Miguel cerca de la mesa del suicida, junto  la entrada de los
salones privados, cuando not cierto revuelo en el pblico. Se buscaban
los grupos para transmitirse una noticia; los antiguos clientes se
agitaban con una emocin profesional. Algo importante estaba ocurriendo.
El prncipe conoca el significado de estas rfagas de curiosidad: un
jugador ganaba  perda de un modo extraordinario.

Cierto nombre llegando vagamente  sus odos hizo que su atencin se
concentrase.

--La duquesa de Delille... Doscientos mil francos...

Todos los que tenan permiso para jugar en los salones privados se
precipitaban hacia la gran puerta de cristales que da acceso  ellos.
Miguel sigui esta corriente.

Se vi en una pieza enorme, de techo altsimo. En uno de sus lados se
abran cuatro grandes balcones sobre las terrazas y el Mediterrneo. A
causa de la guerra estaban cubiertos con unas telas obscuras para
ocultar la luz interior. El muro de enfrente lo llenaban varios espejos
gigantescos. En lo alto, diez y seis caritides blancas y pechugonas,
encorvadas bajo el peso del techo, sostenan anchas bandas de cristales
de roca con bombillas elctricas que dejaban caer un resplandor lunar.

Los curiosos pasaban indiferentes ante las primeras mesas de juego, para
agolparse en torno de la ltima, la del treinta y cuarenta, al pie de
un gran cuadro en el que tres buenas mozas desnudas, sobre un fondo de
arboleda obscura igual  los jardines de Boboli, representaban _Las
Gracias florentinas_.

All estaba el fenmeno. Avanzando su cuello entre los hombros de dos
curiosos, vi  Alicia sentada  la mesa, con aspecto pensativo. Todas
las miradas convergan sobre ella. Ante sus manos se amontonaban varios
fajos de billetes y muchas fichas formando pilastras: fichas ovaladas de
quinientos francos y rectangulares de  mil, llamadas jaboncillos en
el lenguaje del Casino,  causa de su forma.

Ella levant de pronto la cabeza, como si el instinto le avisase una
presencia interesante, y sus ojos se dirigieron rectamente hacia Miguel.
Le salud con una sonrisa de felicidad. Pareci besarle con la mirada. Y
todos, con esa sumisin de las muchedumbres cuando se sienten dominadas
por el entusiasmo  el asombro, siguieron sus ojos para conocer al
hombre que era acogido de este modo por la herona. El prncipe sinti
halagada su vanidad, lo mismo que cuando un artista clebre le saludaba
desde la escena y segua cantando con la mirada puesta en l, para
dedicarle sus gorgoritos; lo mismo que cuando, de joven, un matador de
toros le diriga un gesto amistoso antes de dar la estocada final.
Alicia pareca brindarle su gloria.

Pero inmediatamente volvi  recogerse en su ensimismamiento. No estaba
sola. Alguien invisible y poderoso se ergua detrs de su asiento,  se
inclinaba para soplar en su odo el consejo certero, la resolucin
inesperada, la audacia original. Sus ojos, animados por una luz
fosforescente, contemplaban lo que nadie poda ver. Su boca muda se
estremeca con nerviosas contracciones, lo mismo que si hablase  un ser
misterioso que no necesitaba del sonido para oir. Miguel adivin junto 
ella la potencia demoniaca de las horas inolvidables, la que proporciona
 los artistas el acorde maestro, la palabra luminosa, la pincelada
suprema; la que sugiere la matanza final en las batallas  la astucia
decisiva en los negocios acompaados de quiebras y suicidios.

Se haba lanzado al gran juego. Avanzaba con mano negligente una columna
de doce fichas rectangulares rematada por otra oval: doce mil quinientos
francos, la cantidad mxima que puede arriesgarse al treinta y
cuarenta. El pblico, con la idolatra que inspiran los vencedores, se
interesaba por la duquesa, como si cada uno esperase participar de sus
ganancias. Todos presentan su triunfo. Y cuando efectivamente ganaba,
un murmullo de satisfaccin, un resuello de desahogo iba elevndose del
valo de curiosos que se opriman contra los respaldos de las sillas
ocupadas por los jugadores. De tarde en tarde perda, y el profundo
silencio era de simptica conmiseracin. Algunas veces, despus de haber
avanzado la pilastra de fichas, entornaba los ojos como si escuchase 
su colaborador invisible, mova la cabeza en seal de asentimiento y
retiraba su puesta. Surga de nuevo el murmullo de satisfaccin al
convencerse el pblico de que haba retirado su dinero  tiempo, lo que
equivala  un triunfo negativo.

Muchos calculaban con ojos de codicia las cantidades que se amontonaban
ante sus manos.

--Ya est en los trescientos mil... Tal vez tiene ms... Ojal llegue 
ganar millones!... Qu gusto ver saltar al Casino!

A estos comentarios en voz baja se unan las exclamaciones laudatorias
de algunas viejas, adorando con sus ojos  la victoriosa. Qu
simptica!... Una gran seora. Y tan bella!... Que la suerte le
acompae!

Se movi un hombro negro sobre el cual asomaba su cabeza el prncipe, y
ste vi la cara de Spadoni junto  sus ojos. No mostraba el pianista la
menor sorpresa, como si se hubiese separado de l pocos minutos antes.
Ni siquiera lo salud. El asombro que dilataba su rostro, el escndalo y
la envidia que le infunda esta fortuna insolente, necesitaban
expansionarse con una protesta.

--Ha visto, Alteza?... No sabe jugar. Va contra todas las reglas; va
contra la lgica. No sabe... no sabe!

Inmediatamente volvi sus ojos  la mesa, olvidando al prncipe, al oir
un nuevo rugido del pblico. Faltaba poco para que algunos saludasen con
aplausos los repetidos triunfos de la duquesa. Los que haban perdido en
los das anteriores se regocijaban con una alegra de venganza. Qu
tarde!... Esto se ve pocas veces! Sonrean dndose con el codo al
notar las idas y venidas de los inspectores, la presencia de altos
empleados que se esforzaban por ocultar sus impresiones, la cara larga
de los que volvan de la caja central con nuevos paquetes de placas de
mil francos para pagar  aquella seora que por tres veces haba dejado
 la mesa sin dinero. La noticia de su fortuna circulaba por todo el
edificio. A aquellas horas los seores de la administracin deban estar
hablando en su despacho del piso alto de esta mala jugarreta que se
permita con ellos el azar. Algo extraordinario y emocionante, igual al
soplo de una revolucin, se extenda hasta los ltimos rincones. Los que
carecan de permiso para entrar en las salas privadas pedan noticias 
los que salan de ellas, repitindolas con la exageracin del
entusiasmo. En los guardarropas, en los gabinetes de aseo, en los
pasillos interiores, en los subterrneos, en todos los recovecos donde
criados, camareras y bomberos viven bajo una eterna luz artificial, esta
novedad sacuda la calma dormitante del personal subalterno. Era una
emocin igual  la que circula por los corredores medio desiertos de una
Cmara de diputados mientras en el hemiciclo rebosante se defienden los
ministros en peligro de muerte. Iba creciendo la noticia al ir de grupo
en grupo, con esa satisfaccin mezclada de inquietud que inspiran  los
humildes los malos negocios de sus patrones.

--Parece que arriba una duquesa ha ganado un milln... No; ahora dicen
que son dos millones.

Y al dar la vuelta completa al edificio, los dos millones haban
engendrado uno ms. Media hora despus eran cuatro para todos los
modestos servidores que envejecan viviendo del juego, sin haberlo visto
nunca de cerca.

Miguel sinti de pronto una gran clera contra aquella mujer afortunada.
Despus de la sonrisa de saludo ya no le haba mirado ms. Sus ojos
pasaron repetidas veces sobre l de un modo maquinal, sin llegar 
verle. Era uno de tantos curiosos espectadores de su triunfo. En el
mundo slo existan en aquel momento la baraja y ella.

Su despecho le hizo sentir una indignacin de moralista. Nada le
importaba que Alicia se olvidase de l. Lo repiti mentalmente varias
veces: nada le importaba. No eran amantes ni exista entre ellos un
afecto profundo. Pero el hijo!... Se acord de la escena de la maana,
con sus gemidos y sus lgrimas. Y la madre estaba all, entregada por
completo  la voluptuosidad del azar, insensible  todo lo que no fuese
su torpe aficin. Si alguien la hablaba del aviador prisionero, tendra
que hacer un esfuerzo para recordar que exista, y horas antes lloraba
sinceramente pensando en su cautiverio!...

Era demasiado para el prncipe. Su severidad no poda aceptar esta
indiferencia. Y con los codos se abri paso entre la muchedumbre,
despegndose de la espalda de Spadoni, que segua con ojos de
hipnotizado los tesoros crecientes de la duquesa.

Lubimoff di un paseo por el saln. Despreciaba el egosmo de Alicia,
pero careca de fuerzas para marcharse. Necesitaba estar cerca de ella;
quera convencerse de hasta dnde poda llegar su insensibilidad.

Se tropez con un seor que caminaba entre las mesas agitando las manos
detrs de su espalda y mascullando frases ininteligibles. El amigo
Lewis.

--Ha visto usted cmo juega?--dijo con acento de clera al reconocer al
prncipe--. Como una bestia, como una verdadera bestia.... No deban
dejar entrar  las mujeres.

Toda la tarde haba estado perdiendo, de acuerdo con las reglas y la
experiencia. No le quedaba dinero ni para sus _whiskys_: tendran que
fiarle en el _bar_. Pero recordando de pronto que la de Delille era
parienta de Lubimoff, aadi:

--Siento mucho ofenderla; pero juega como una imbcil.

Y le volvi la espalda, para continuar su monlogo furibundo.

Don Marcos pas rpidamente sin ver al prncipe, abrindose paso entre
la masa de curiosos, con su autoridad de personaje decorativo. Acababa
de abandonar apresuradamente  la hija del jardinero. La noticia haba
circulado por el teatro, logrando que muchos renunciasen al final de la
pera, para presenciar esta suerte inaudita, que era para ellos un
espectculo de mayor inters.

En una mesa de ruleta encontr  Clorinda que jugaba parcamente,
teniendo  Castro detrs de su asiento.

La Generala haba presenciado la primera parte de la victoria de su
amiga. Va  perder, esto no puede durar, pensaba  cada golpe. Luego
se haba retirado de la mesa, explicando su actitud  Castro y  otros
amigos. No poda presenciar con tranquilidad cmo Alicia haca un juego
tan arriesgado. Era una emocin superior  sus fuerzas.

--Yo deseo que gane mucho, muchsimo--aada con una generosidad de
buena amiga--. La pobre lo necesita tanto! Van tan mal sus asuntos!

Haba acabado por sentarse  otra mesa, con la vaga esperanza de que se
acordase tambin de ella la suerte; pero los murmullos que venan del
treinta y cuarenta anunciando nuevas victorias la ponan nerviosa,
atribuyendo  esto la prdida de varias piezas de veinte francos. Cuando
vi perdidos doscientos, su irritacin necesit desahogarse en alguien.
All estaba Atilio, que la segua  todas partes, acogiendo con
sonriente adoracin las agresividades de su mal humor.

--Castro, mrchese; no permanezca detrs de m. Ya sabe que me trae mala
suerte. Vyase  otro sitio.

Y el prncipe vi cmo su amigo, con un gesto de enfado, se separaba de
la viuda, dirigindose al _bar_.

Quiso seguirle. Hablando con Atilio olvidara la irritacin que le haba
causado la otra mujer. Pero al dirigirse al fondo del saln tuvo una
nueva sorpresa.

En un ngulo escasamente iluminado vi  Novoa que ocupaba un divn con
Valeria, la acompaante de la duquesa. Ah, embustero! Este era el que
iba  pasar la tarde en Mnaco  paseando por el camino de Niza. Tal vez
esto ltimo no era falso. Habra esperado  Valeria, que regresaba de su
almuerzo.

Deban estar los dos desde mucho tiempo antes en la penumbra de este
rincn, insensibles  lo que les rodeaba, sordos  los comentarios de la
gente.

El, vuelto de espaldas al prncipe, no pudo verle. Ella tampoco, pues
tena sus ojos fijos en Novoa, con una gravedad afectuosa de muchacha
que ha hecho estudios serios, tiene su ttulo de bachillera y puede
comprender  un hombre de ciencia.

Miguel oy un fragmento de lo que deca el joven catedrtico.

--...Y cuando las corrientes glaciales del Polo llegan all, ocupan el
lugar de las aguas calientes, que suben  la superficie...

Explicaba la formacin del _Gulf Stream_! Nadie lo hubiese credo al
ver detrs de sus lentes unos ojos acariciadores y tmidamente amorosos.
Ella escuchaba con un fervor de admiradora; pero Miguel, que conoca 
las mujeres, crey adivinar su verdadero pensamiento. Sopesaba, con su
malicia de muchacha pobre y sola, lo que haba de marido posible en este
hombre ignorante de todo lo que no se aprende en los libros; calculaba
las modificaciones que son necesarias para hermosear  un descuidado
varn que siempre lleva la corbata mal hecha y es incapaz de sentarse
tirando antes de sus pantalones para evitar unas rodilleras grotescas.

Lubimoff pas ms de una hora, muellemente hundido en un silln del
_bar_, oyendo  Castro. Las ramas de los grandes rboles de la terraza
araaban dulcemente los vidrios de las ventanas en la penumbra del
crepsculo.

Atilio exterioriz su melancola lamentando la parquedad del t.
Almendras tostadas y patatas fritas al vapor eran todas las delicadezas
gastronmicas que podan ofrecer con motivo de la guerra en este lugar
visitado por los ricos.

El pblico le inspiraba las mismas reflexiones tristes. Haba gente,
pero muy poca comparada con la que acuda  Monte-Carlo aos antes.
Llegaban entonces trenes de lujo directamente de Londres, de Viena, de
Berln, de todos los extremos de Europa. La plaza del Casino era una
Babel; en torno del queso paseaban todas las razas y sonaban todos los
idiomas. Ahora resultaba lamentable la ausencia de los rusos, jugadores
fogosos, y tambin de los austriacos y los turcos. Los ltimos en sentir
la atraccin de Monte-Carlo eran los alemanes; pero Castro los haba
visto llegar en masa en los ltimos aos, aportando al juego el mismo
sistema reposado, metdico y minuciosamente cientfico que aplican  la
disciplina de cuartel,  la organizacin de la industria   los
trabajos de laboratorio.

Se les conoca apenas entraban en las salas. Al sentarse  la mesa se
rodeaban de libros y papeles: estadsticas de los nmeros ms
favorecidos en los ltimos aos, manuales del perfecto jugador, clculos
propios, logaritmos que ellos solos podan entender.

--Defendan el dinero con mayor tenacidad que los otros--continu
Atilio--, con una paciencia de bueyes testarudos  incansables; pero
acababan perdiendo, igual que los dems. Quin no pierde aqu?... Hasta
el Casino, que gana siempre, pierde ahora. Antes de la guerra, su renta
era de cuarenta millones por ao. Actualmente saca en limpio tres 
cuatro millones nada ms, y como tiene que cubrir unos gastos enormes,
se ve obligado  hacer emprstitos para seguir viviendo, lo mismo que un
Estado.

Miguel se fij en los que pasaban por el _bar_. Slo entraba un hombre
por cada diez mujeres.

--Tambin es la guerra--dijo Castro--. No se ven mas que hembras,
hembras por todas partes! Pero aqu, si se acuerda uno de los tiempos de
paz, siempre fu superior la proporcin femenina. Los hombres, menos
numerosos, juegan ms fuerte, arriesgan con mayor audacia su dinero;
pero en torno de las mesas, tres cuartas partes del pblico estn
compuestas de mujeres. La mujer, cuando teme al amor  est desengaada
de l, se entrega al juego con una vehemencia pasional. Es el nico
recurso que encuentra para desahogar su imaginacin. Adems, hay que
tener en cuenta sus aficiones al lujo, que no estn casi nunca de
acuerdo con sus recursos, y todas las necesidades de la mujer actual que
no conocieron sus abuelas... Mira; fjate.

Seal discretamente  una seora entrada un aos, pintarrajeada y
modestamente vestida,  la que acosaban con manoteos y gestos de splica
otras dos, jvenes y elegantes. Se adivinaba que haban entrado all
nicamente para tratar un asunto, lejos de la curiosidad de las salas de
juego.

--Solicitan un prstamo, y ella se resiste--continu Castro--. Tal vez
es el segundo  tercero de la tarde. Esa dama es una rival del vejete
que lleva en la solapa el Corazn de Jess. Famoso usurero! Empez de
mozo de caf, y debe tener unos dos millones, despus de treinta aos
de honrada industria. Todo lo que posee lo destina al pueblo de La
Turbie, que le ha nombrado su bienhechor. Regala imgenes de santos, ha
reconstrudo la iglesia... Atencin: la dama se ablanda. El prstamo va
 realizarse.

Las tres mujeres haban desaparecido detrs de una puerta de caoba que
daba entrada  los gabinetes de necesidad para seoras. La prestamista
guardaba sus caudales en las enaguas, y le era preciso remangarse para
hacer sus negocios. Poco despus sali rpidamente hacia el saln de
juego. Necesitaba continuar su vigilancia sobre algunas deudoras, por si
estaban ganando. Las dos jvenes la siguieron, llevando sus bolsos de
mano todava abiertos para contar con la vista los billetes acabados de
recibir.

Castro, que ms de una vez haba sufrido la humillacin de operaciones
semejantes, empez  discurrir con amargura sobre el vicio que sostiene
la existencia de este edificio enorme y de todo el principado. El jugaba
por la ganancia, jugaba porque era pobre; pero tantos ricos venan
all, con riesgo de perder la base de su bienestar!...

--El juego es un empleo de la imaginacin. Por eso habrs notado que los
hombres de imaginacin, los escritores, los verdaderos artistas, rara
vez juegan. Muchos dan escndalos por sus vicios exagerados hasta la
monstruosidad, pero ninguno se ha distinguido como jugador. Tienen
asuntos ms interesantes  que aplicar su potencia imaginativa.... En
cambio, la gran masa de los humanos siente el encanto del juego, y
cuanto ms vulgar es un individuo, con ms fuerza le atraen las
seducciones del azar. Nuestros actos estn guiados por el deseo de
conseguir un mximum de placer con una parte mnima de sufrimiento y de
trabajo; y qu mejor que el juego para obtenerlo?... Todos obedecemos 
la esperanza y hacemos aquello que nos parece ms ventajoso. Adems, nos
conviene exagerar la probabilidad de que ocurra aquello que queremos
ardientemente, y acabamos por tomar nuestros deseos por realidades....
Los que entran todos los das aqu tienen la corazonada de que saldrn
llevndose mil francos,  veinte mil,  cien mil, y lo regular es que
salgan con los bolsillos vacos. No importa; al da siguiente volvern,
guiados de la mano por las mismas ilusiones.

Ces de hablar, como si le afligiese la consideracin de que estaba
haciendo su propio retrato. Luego aadi:

--Sin estas ilusiones que nuestra imaginacin ama porque la arrullan
dulcemente, la vida resultara irresistible. Es tal vez una felicidad
que nuestras esperanzas no sean matemticamente exactas y que en nuestro
destino tenga tanta influencia la suerte. Adems, la vida es breve, el
porvenir incierto; si la fortuna ha de venir  nosotros, conviene
abrirle el camino para que llegue velozmente; y qu mejor camino que el
juego?... Cuando ponemos nuestras esperanzas muy lejos en el tiempo,
valen muy poco. Si debemos ganar, que sea pronto y de una vez. Nuestra
vida no es mas que un juego de azar. Todos somos jugadores, aun los que
no han tocado jams una carta. Las profesiones, los negocios, el mismo
amor, puro juego, puro azar, asunto de suerte. La habilidad  la
inteligencia pueden hacer los juegos de nuestra vida ms favorable, pero
el azar no pierde por esto sus derechos y la buena suerte del individuo
realiza lo ms importante. Para llegar  rico, hasta en los negocios que
parecen ms seguros hay que ser favorecido por un concurso de
circunstancias extraordinarias, de golpes de azar constantemente
felices. Jams un hombre se ha hecho rico  clebre solamente por lo que
vale.

Lubimoff, uno de los grandes ricos del mundo pocos aos antes, asinti
con movimientos de cabeza  esta afirmacin.

--Hasta los gobiernos cultivan la esperanza pblica por medio del
azar--continu Castro--. Raros son los que no autorizan una lotera. El
que adquiere un billete compra un poco de esperanza, la posibilidad, si
tiene imaginacin, de fabricarse por unos das toda clase de ilusiones
magnificentes y de experimentar una profunda ansiedad en el momento del
sorteo. El mejoramiento de nuestro bienestar material por el propio
esfuerzo resulta laborioso y difcil. Pero hay un medio de proporcionar
una felicidad relativa  los humildes: darles la esperanza de llegar 
ricos, de emanciparse de toda servidumbre, de realizar el ideal de
libertad que todos sienten. El Estado se muestra por principio enemigo
del juego; lo considera inmoral, por estar basado en lo incierto; pero
toda operacin de comercio, financiera  de industria representa un
azar, muchas veces la ruina de uno de los contratantes, y es un juego
casi igual  los de aqu.

Sonri Atilio irnicamente antes de continuar.

--Que hablen contra el juego los moralistas hasta cansarse... Lo cierto
es que las sumas que se arriesgan en las carreras de caballos y en los
casinos aumentan de ao en ao con una progresin rpida, ms rpida que
la progresin de la fortuna pblica. El desarrollo de las buenas
costumbres no ejerce ninguna influencia en su disminucin. En cambio,
las complicaciones de la vida moderna, con sus crecientes necesidades,
favorecen la pasin del juego y hasta la agravan.

El prncipe le interrumpi. Tal vez era cierto lo que deca, pero qu
vicio deprimente el juego! Los seres ms razonables se dejaban dominar
por l, hasta perder su inteligencia ordinaria.

--Es cierto--confes Atilio--. En los juegos es donde se muestra la
debilidad humana y la tendencia que tenemos  la supersticin. Qu de
manas, como si el pasado pudiera influir en el presente!... Qu de
intiles esfuerzos para domar  la suerte!... Se han derrochado ms
tesoros de imaginacin para inventar nuevos sistemas de juego que para
encontrar el movimiento perpetuo, y con igual inutilidad. Todas esas
combinaciones maravillosas conducen al jugador infaliblemente  la
prdida, con ms  menos rapidez, pero siempre con certeza... Y qu fe
la nuestra! La considero superior  la de los mrtires de las
religiones. Cuando uno cree poseer una combinacin segura para ganar,
resulta intil disuadirle. Nada le puede convencer. Es curioso que el
fracaso del sistema y la prdida consiguiente no descorazonen nunca al
buen jugador. Inmediatamente acogemos una nueva combinacin, la
verdadera esta vez, que nos permitir conseguir la fortuna... A una
esperanza sucede siempre otra esperanza, y as vamos viviendo, hasta que
llegue la muerte.

La melancola de estas ltimas palabras fu breve. Castro pareci
acordarse repentinamente de algo que le hizo sonreir.

--Y qu incoherencias en la vida de los jugadores! Arriesgan el dinero
sin miedo y no hay gente ms avara. Fjate en las mujeres que juegan con
mayor pasin. Todas mal vestidas; algunas llegan hasta el descuido en su
persona. El dinero lo necesitan para jugar, y dejan para el da
siguiente la compra de lo necesario. Hay hombres que pasan toda la tarde
con el sombrero bajo el brazo, por ahorrarse los cincuenta cntimos que
cuesta dejarlo en el vestbulo del Casino. Hoy, al entrar, he visto  un
viejo que espera  un amigo suyo todos los das junto al mostrador del
guardarropa. Depositan juntos sus sombreros y gabanes; as, cada uno
slo paga veinticinco cntimos. Luego, en la ruleta, los he visto
manejar  fajos los billetes de mil francos.

Los jugadores que entraban eran interpelados desde las mesas.

--An sigue ganando?...

Se referan  la de Delille. Las noticias no eran acordes. Unos parecan
indignados: S; continuaba ganando con una suerte insolente. Se haba
desvanecido el entusiasmo del primer momento. Una punta de envidia lata
en las miradas y las palabras. Otros,  impulsos del mismo sentimiento
egosta, se complacan en marcar un descenso en esta suerte maravillosa.
Perda y ganaba. Sus buenos golpes ya no eran tan seguidos como al
principio; pero de todos modos, si se retiraba inmediatamente, tal vez
se llevase trescientos mil francos.

Atilio y el prncipe vieron  Lewis de pie ante el mostrador, bebiendo
uno de aquellos _whiskys_ que serenaban su nimo y le permitan reanudar
las retorcidas combinaciones que haban de devolverle su herencia
paterna y restaurar su castillo.

Le llamaron para enterarse de la suerte de la duquesa. Lewis se encogi
de hombros con una expresin de escndalo y de protesta. Era absurdo
ganar de tal modo jugando tan mal.

--Debe tener oculto en sus faldas el rosario del conde--dijo Atilio con
gravedad.

Qued Lewis perplejo, como si tomase en serio estas palabras. Despus se
ruboriz, con una correccin britnica, al acordarse de los extraos
adornos del rosario de su amigo. De repente empez  lanzar violentas
carcajadas: Ah, mister Castro!... Le pareca tan chistosa la
suposicin de _mister_ Castro, que tosi, asfixindose de tanto reir, y
fu en busca de un nuevo _whisky_ para recobrar su serenidad.

Volvieron los dos amigos al saln de _Las Gracias florentinas_.

El prncipe vi  Novoa y  Valeria en el mismo divn, continuando su
conversacin, pero cada vez ms abstrados, fijos los ojos en los ojos,
como si estuviesen en un lugar desierto.

Lleg cerca de ellos sin que le viesen, y pudo oir un fragmento de lo
que deca la acompaante de Alicia.

--No conozco Espaa; pero me interesa tanto!... Yo adoro todos los
pases de amor, donde los hombres son desinteresados, donde no exista la
dote y una mujer puede casarse aunque sea pobre.

Dej caer una ojeada de lstima el prncipe al pasar junto al sabio.




VII


Un nuevo personaje intervino en la vida de los habitantes de
Villa-Sirena. El coronel anunci con entusiasmo  este amigo que le
haba hecho conocer doa Clorinda.

--Es un teniente espaol de la Legin extranjera. Vive en el hotel que
el prncipe de Mnaco ha destinado  los oficiales convalecientes. Se
llama Antonio Martnez, nombre vulgarsimo que dice muy poco; pero es un
gran soldado, un hroe, y no s cmo sobrevive  sus heridas.

La Generala, que llevaba la cuenta de todos los militares de cierta
notoriedad llegados  Monte-Carlo, haba querido conocer  este
teniente, tomndolo luego bajo su proteccin. La duquesa de Delille
tambin se interesaba por l, y las dos, orgullosas de ser sus
madrinas, lo exhiban en el atrio del Casino, alquilaban carruajes
para pasearlo por los lugares ms hermosos de la Costa Azul, le
regalaban los comestibles mejores y las pasteleras de tiempo de guerra
que conseguan encontrar. Enfermo del pecho  consecuencia de los gases
asfixiantes de los alemanes, haba recibido, adems, en la cabeza un
casco de granada, y sufra de tarde en tarde accidentes nerviosos que le
hacan caer al suelo privado de conocimiento. Los mdicos hablaban con
tristeza de su estado. Tal vez vivira aos, tal vez morira en una de
estas crisis; lo importante era que llevase una existencia plcida, sin
profundas emociones. Y las dos seoras, que conocan su verdadero
estado, lo lamentaban cuando l no estaba presente. Tan joven! tan
afectuoso y tmido! Sobre el pecho de su uniforme amarillo mostaza
llevaba, con los cordones rojos, smbolo de herosmo dado  los
batallones extranjeros, la Cruz de Guerra y la Legin de Honor.

Clorinda, que se consideraba con mayores derechos por haberle
descubierto, pens un instante en llevarlo  vivir con ella, para
atender mejor  su cuidado. Pero estaba en el Hotel de Pars; no
dispona de una villa entera, como Alicia. Y sta, aunque tentada por
las insinuaciones de su amiga, no se atrevi  instalar al convaleciente
en su domicilio. La gente era maliciosa, y ella, sin decir el por qu,
tema ahora mucho sus comentarios.

Mientras tanto, las dos llevaban  todas partes al teniente, protestando
de que no le permitieran entrar con ellas en los salones del Casino, 
causa de su uniforme. Una tarde, doa Clorinda, con toda la autoridad de
su carcter, lo llev  Villa-Sirena. Era una vergenza que el hermoso
edificio y sus vastos jardines estuviesen dedicados  cinco hombres que
no servan de nada  la humanidad. Muchas veces lo haba convertido
imaginariamente en un sanatorio poblado de militares invlidos, con ella
al frente como directora y protectora. Pero sus insinuaciones no
causaban efecto alguno en el prncipe. Un egosta, se deca, volviendo
 su antigua opinin.

Ya que le era imposible ocupar la villa con una tropa de
convalecientes, llev al oficial espaol paro que conociese sus
jardines, sin solicitar antes el permiso de Lubimoff.

Este pudo contemplar de cerca al hroe de que tanto le haba hablado don
Marcos en los ltimos das. Nada vi en l que revelase sus hechos
extraordinarios. Era un muchacho, pronto  ruborizarse cuando le
obligaban  contar sus actos en la guerra. Despojado de su uniforme y
sus insignias honorficas hubiese parecido un pobre dependiente de
comercio, resignado con su modestia  incapaz de salir de ella. Su
aspecto contrastaba con las hazaas que al fin se decida  confesar en
fuerza de preguntas. Tena veintisiete aos y pareca mucho ms joven,
pero con una juventud enfermiza, debilitada por las heridas y los
sufrimientos.

Lubimoff, que odiaba la fanfarronera de los hroes jactanciosos, se
sinti desconcertado primeramente y luego atrado por la sencillez de
este oficial. De no conocer por don Marcos la autenticidad de sus
proezas, las habra credo falsas.

Algo intimidado en presencia del famoso dueo de Villa-Sirena, confesaba
su origen humilde sin orgullo y sin timidez. Era un pobre, hijo de
pobres. Haba intentado estudiar una carrera, pero la necesidad de
ganarse el sustento le hizo abandonar los libros, rodando por las ms
diversas ocupaciones. Era tan difcil en Espaa conquistar el pan!...
Despus de hacer la guerra en Marruecos como espaol, haba vagado por
diversas repblicas de la Amrica del Sur, siempre en lucha con la
miseria y la mala suerte.

--All donde tantos brutos se hicieron ricos--deca--, yo slo conoc
una pobreza igual  la de mi patria... Cuando estall esta guerra me
indign, como muchos, de la conducta de los alemanes, de sus atrocidades
en los pases invadidos. Estaba entonces en Madrid. Una noche, varios
contertulios de caf convinimos en ir  pelear por Francia. El que se
hiciese atrs pagara diez duros. Todos se arrepintieron de su decisin,
menos yo. No crean ustedes que fu por evitarme el pago de la apuesta.
Yo tengo mis ideas, y he ledo algo. Soy republicano... y Francia es el
pas de la gran Revolucin. Ingres en un batalln de la Legin
extranjera que se organizaba en Bayona, compuesto en su mayor parte de
espaoles. Quedan ya muy pocos: los ms han muerto; los restantes viven
esparcidos en los hospitales  han quedado intiles para siempre. Yo
conoca la guerra, una guerra de montaa contra los moros del Rif, y sin
buscarlo haba llegado en mi patria  teniente de la reserva. Tal vez
por esto fu sargento en la Legin  las pocas semanas... pero las
asperezas de la realidad! Nunca me imagin que nos recibieran con
msica: Francia tiene otras cosas en que pensar; pero fu triste ver tan
mal interpretado nuestro entusiasmo. Los hombres llamados  las armas
por las leyes del pas y que se batan obligatoriamente nos miraban con
recelo. Para los otros regimientos ramos gente mala, tal vez escapados
de presidio. Qu hambre sufriras en tu casa--me dijeron en el
frente--, cuando has venido aqu para poder comer!... Y entre nosotros
haba estudiantes, periodistas, jvenes de familias ricas, enganchados
por entusiasmo... Pero no hablemos de esto. En todos los pases hay
seres groseros, incapaces de comprender lo que va mas all de los
egosmos materiales.

Su historia militar estaba circunscrita  la guerra de trincheras,
interminable y montona,  los ataques  corta distancia. Haba llegado
tarde  la batalla del Marne; y l, que se imaginaba asistir  combates
gigantescos, viendo moverse millones de hombres y funcionar caones
inmensos, slo presenci una serie de luchas entre pequeas fuerzas
ocultas en el suelo, encuentros cuerpo  cuerpo que hacan ganar unos
cuantos metros de tierra. La vida en los Dardanelos era el peor de sus
recuerdos. No quera hacer memoria de esta campaa horrible. La lucha en
Francia le pareca algo plcido comparada con aquella pelea en unos
escasos kilmetros de costa, teniendo el mar  la espalda y al frente
unas lneas inconquistables.

Despus de decir esto callaba, y el coronel tena que insistir con
cierto orgullo paternal para que Martnez siguiese hablando.

--Heridas, muchas heridas--aada con sencillez--. He perdido de cuenta
los hospitales que llevo conocidos en tres aos, los viajes que he hecho
por Francia en vagones de la Cruz Roja. Cuando no morimos del primer
golpe, somos como caballos de corrida de toros. Nos arreglan el pellejo
fuera del redondel, nos fortalecen un poco, y otra vez  la plaza, hasta
que recibamos la cornada final.

Toledo, impacientndose por la modestia del joven, explicaba sus
heridas. Las tena de todas las pocas. Unas eran de combatiente
moderno, producidas por cascos de proyectil explosivo, por balas de
fusil de repeticin, y hasta aquella tos que cortaba de vez en cuando
sus palabras la deba  los gases asfixiantes. Otras eran de cuchillo,
de culatazo, de pedrada, de mordisco, recibidas en los encuentros
nocturnos, en las sorpresas, donde los hombres luchaban lo mismo que en
los albores de la vida del planeta.

El prncipe Lubimoff no poda menos de admirar  este joven, pequeo,
moreno, de aspecto insignificante. Pareca imposible que un organismo
humano pudiera resistir tanto golpe, que en su cuerpo dbil cupiesen
tantos quebrantos, sin que l se viniera abajo.

Con la solidaridad de todos los que arrostran el peligro, repela la
gloria individual. Hablaba de la Legin como el soldado habla de su
regimiento, como el marino habla de su buque, creyndolo el mejor de
todos. Vea la guerra entera  travs de la Legin. Todos los franceses
eran valerosos. Adems, nadie poda adivinar por dnde atacara el
enemigo, y all donde emprenda la ofensiva encontraba quien le hiciese
frente, cortndole el paso. Pero la Legin extranjera!...

--Los que combaten en el frente son hombres--deca--, hombres arrancados
 sus familias por las necesidades de la patria; nosotros somos
guerreros. Por esto en las operaciones difciles, donde hay que
sacrificar carne, nos echan siempre por delante. Yo no soy mas que uno
de tantos. La Legin!... Cada seis meses cambia de coronel: se lo
matan, y otro viene  ocupar su puesto, destinado  morir lo mismo. Y
cmo nos odia el enemigo!... Nosotros tenemos un orgullo. Entre los
prisioneros que hay en Alemania no existe uno solo de la Legin
extranjera. El que cae en manos de los _boches_ sabe que es hombre
muerto: nos colocan fuera de toda ley... Y nosotros... nosotros,
siempre que podemos...! Hasta cuando nos insultamos de trinchera 
trinchera nos enorgullece ser de la Legin. Una noche, los de enfrente,
al oirnos hablar en espaol, empezaron  gritar en nuestro idioma.
Deban ser alemanes procedentes de la Amrica del Sur. Ah, macabros!
Ya caeris en nuestro poder, y entonces...! Nos amenazaban con los ms
atroces suplicios. Y nos apodan siempre macabros, no s por qu.

La duquesa de Delille admiraba al hroe, sintiendo al mismo tiempo
cierto malestar por los horrores adivinados detrs de sus palabras. La
guerra! Cundo terminara la guerra?...

Encogi sus hombros el teniente, sonriendo. Los que vivan lejos del
frente deseaban la paz con ms impaciencia que los que arriesgaban su
vida en l. Haban acabado por acostumbrarse al roce con la muerte. La
guerra durara lo que fuese necesario: cinco aos, diez aos; lo
importante era conseguir la victoria.

Pero Toledo, temiendo que la conversacin se desviase de su hroe,
volvi  insistir en sus hazaas.

--Soy uno de tantos--dijo Martnez--. Para hombres valientes, la Legin.
All s que los hay. Y los que han muerto!... Al principio haba en
ella soldados de todos los pases. Pero los americanos se fueron desde
que su Repblica intervino en la guerra, y lo mismo los italianos y
polacos. En cambio, muchos rusos, al disolverse sus regimientos, se han
incorporado  la Legin... Lo mo nada tiene de extraordinario. Y qu
de recompensas por lo poco que he hecho! Llevo dos galones, siendo un
extranjero... Adems, no puedo olvidar el momento en que me llam mi
coronel, una semana antes de que lo matasen: Martnez, el general me ha
dado cuatro cruces de la Legin de Honor para nuestra Legin. Una es
tuya. Y me la puso en el pecho frente  todo un batalln de hombres
valerosos que presentaban sus armas. Esto no puede olvidarse: llena una
vida.

As era. El coronel Toledo lo afirmaba, hmedas las crneas y moviendo
la cabeza. Luego, con un egosmo celoso, lo arranc  aquellas damas,
ocupadas momentneamente en conversar con el prncipe y sus amigos.

Paseando por los jardines, don Marcos miraba  su hroe con ternura
protectora, lo mismo que un artista agotado contempla la ascensin de
otro fresco y triunfante.

--Juventud... juventud!--deca--. Usted, Martnez, es la Espaa que
viene; yo la Espaa que fu y no resucitar nunca. Estoy convencido de
que el mundo va por otros caminos.

Sostena frecuente correspondencia con muchos voluntarios espaoles de
la Legin. Se preocupaba de ellos con carios de madrina, envindoles
chocolate, comestibles selectos, todo lo que poda extraer de la
despensa de Villa-Sirena sin detrimento del servicio. Algunas cartas
llegadas del frente le hacan llorar y reir de emocin. Un voluntario le
peda el envo de una buena navaja de Espaa, por haber roto la suya en
un encuentro nocturno. Otro soaba con una pistola browning. Quin le
dara una browning? Slo dispona de un revlver de ordenanza, arma
insegura que le fall dos veces en el asalto de una trinchera,
impidindole matar al enemigo que acababa de herirle.

Con Martnez poda expansionarse el coronel, dando suelta  sus
profecas favorables para los aliados.

En presencia de Atilio y de Novoa era menos locuaz, temiendo sus
comentarios. Por el gusto de hacerle rabiar le recordaban el entusiasmo
de los tradicionalistas espaoles en pro de Alemania. Castro hasta
finga extraarse de que no fuese germanfilo, como todos sus amigos
polticos.

--Yo estoy donde debo estar--contestaba don Marcos con dignidad--. Soy
un caballero, y estoy con las personas decentes.

Este era su argumento supremo. La humanidad se divida para l en
personas decentes  indecentes, lo mismo que las naciones, y Alemania
estaba excluda de toda decencia.

Le haca sufrir como patriota el contemplar  Espaa al margen de la
contienda, esforzndose por no saber lo que ocurra en el resto del
mundo, encogindose con la cabeza bajo el ala, lo mismo que ciertas aves
zancudas que creen evitar el peligro no vindolo. Su pas no figuraba,
por fortuna, entre las naciones indecentes, pero tampoco era decente, y
dejaba escapar la ocasin de cierta gloria que haca estremecerse al
coronel.

Desde tres meses antes, una idea fija perturbaba sus mejores momentos.
Los aliados haban entrado en Jerusaln. Gran alegra para el viejo
soldado catlico! Pero esta alegra le haca sonreir despus
amargamente. Una nacin protestante libertando por tercera vez el
sepulcro de Cristo!...

--Imagnese usted, amigo Martnez, si Espaa hubiese estado con las
naciones decentes. Esa gloria nos corresponda  nosotros, que somos la
nacin ms piadosa. Hasta yo,  pesar de mis aos, habra ido  la
cruzada. Los espaoles entrando victoriosos en Jerusaln! Qu me dice
usted de esto?...

Pero el oficial contest con una sonrisa plida. S... tal vez. Se
vea que no le importaban gran cosa la entrada en Jerusaln y el vaco
sepulcro de Cristo. Don Marcos, algo ofendido con el hroe, se repleg
en su mentalidad de hombre medioeval. Decididamente, eran de dos pocas
distintas. Juventud... juventud! Usted es la Espaa que viene; yo la
Espaa... _etctera_.

S; el mundo iba por otros caminos. El mismo se olvid  los pocos das
de esta empresa de Jerusaln, angustiado por el mal cariz de la guerra
en Occidente. Los alemanes, libres del peligro que representaba Rusia 
sus espaldas, concentraban en Francia, despus de ajustar la paz con los
bolcheviques, la totalidad de sus tropas para llegar  Pars. Los
aliados, frente  esta ofensiva aplastante, slo contaban con sus
antiguas fuerzas y las que pudiese aportar la reciente intervencin de
los Estados Unidos.

Don Marcos tena acerca de este auxilio una opinin determinada y firme.
Empezaba por sentir contra los Estados Unidos cierta antipata, que
databa de la guerra de Cuba. Podan poseer una gran flota, porque los
buques se adquieren con dinero y este pueblo es inmensamente rico: pero
un ejrcito?... Toledo slo crea en los ejrcitos de las monarquas,
haciendo excepcin de Francia, porque en ella las glorias de la
tradicin militar van unidas  la historia de la primera Repblica.

Al principio de la guerra, hasta le haba irritado la importancia que
todos daban al presidente Wilson. Unos y otros contendientes se dirigan
 l, apelaban  su juicio, protestaban de las barbaries del adversario.
El mismo Guillermo II le cablegrafiaba extensamente para sincerarse con
embustes, como si juzgase preciosa la conquista de su opinin.

--Ni que fuese ese hombre el centro de la tierra! Un presidente de
Repblica que slo cuenta con unos miles de soldados.... un
catedrtico... un iluso!...

El slo comprenda los jefes de Estado con uniforme, el pecho cubierto
de condecoraciones, las dos manos en la empuadura del sable y bajo sus
ojos un ejrcito inmenso, pronto  pegar para imponer sus rdenes. Y
este seor de chaqu y sombrero de copa, con sus lentes y su sonrisa de
clrigo letrado, era ahora el hombre en el que convergan las miradas de
esperanza de medio mundo, el poder decisivo que unos deseaban atraerse y
otros no queran irritar!...

Atilio Castro, que se burlaba del coronel, estando siempre en desacuerdo
con sus opiniones, pareca impresionado por tal prodigio histrico.

--Estos ya no son sus tiempos, don Marcos. Vamos  ver cosas muy nuevas.
Amrica, que hace un siglo era una simple colonia de Europa, tal vez la
proteja ahora y la salve. Por lo pronto, asistimos al curioso
espectculo de que un antiguo profesor de Universidad sea el rbitro de
la tierra.... Qu dira Napolen si viese esto noventa y cuatro anos
despus de su muerte!

Toledo asenta dolorosamente. S; sus tiempos haban pasado. La
democracia, la Repblica, todas aquellas cosas que le hacan sonreir
antes, como algo pasajero y anacrnico privado de fuerza, eran mucho en
el mundo y tal vez acabasen por apoderarse de su direccin. Hasta l
mismo experimentaba su influencia irresistible. Cuando vi cmo el
presidente de la gran Repblica americana protestaba del torpedeamiento
de los buques indefensos, de los crmenes de los submarinos, acabando
por declarar la guerra al Imperio alemn, don Marcos afirm con un
balbuceo de confesin:

--Ese Wilson... ese Wilson es una persona decente.

Para l, era imposible decir ms.

Aceptaba al hombre por su adoracin instintiva al poder personal, pero
se neg  creer en la fuerza militar de los Estados Unidos. Era un pas
de libertad, donde todos se consideran iguales, lo que imposibilitaba,
segn Toledo, la creacin de un ejrcito serio.

El prncipe y Castro hablaban algunas veces en su presencia de la guerra
de Secesin, la primera guerra en la que se haban movido millones de
hombres, aplicndose adems un sinnmero de inventos, de los que
procedan todos los progresos del armamento moderno. Toledo escuchaba,
con la duda que inspiran los sucesos lejanos. Esta lucha haba sido
entre ellos: una guerra de milicias; pero levantar un ejrcito de
millones de hombres en un pas que no tena el servicio militar
obligatorio, y hacer que este ejrcito atravesase el Ocano con toda su
inmensa impedimenta, llegando  tiempo para salvar  Europa en
peligro?... Ilusiones! Lo que all llaman _bluff_!

Don Marcos se aferraba  esta palabra para mantener su incredulidad.
Aquel pueblo estaba acostumbrado  realizar cosas enormes; todo lo vea
en grande: ciudades, edificios, industrias, riquezas, pero luego lo
aumentaba considerablemente al anunciarlo y describirlo. Esto lo saba
todo el mundo, y su esfuerzo guerrero que deba aplastar al militarismo
alemn y restablecer la paz en la tierra, aunque bien intencionado, no
pasara de ser un _bluff_ ms.

Castro aprobaba las palabras del coronel por primera vez, sin ningn
intento de burla. El Presidente haba declarado la guerra, pero el pas
no pareca dispuesto  seguirle.

--Enviarn dinero, armas, vveres, todo el poder de su riqueza y su
produccin... pero un gran ejrcito? Dnde lo tienen? Cmo va  tomar
las armas un pueblo inmenso, acostumbrado  que el soldado sea
voluntario, y que vive en la mayor prosperidad? Qu va  ganar con
ello?...

Lubimoff, que haba estado all muchas veces, contestaba con un gesto
ambiguo:

--Tal vez!... Pero si quieren de verdad entrar en la guerra, quin
sabe! Todo puede suceder en aquel pas, aunque parezca imposible.

El coronel acab por sentir el entusiasmo irrazonado de las gentes.
Desde el principio de la guerra, la gran masa, que cree en los
vaticinios misteriosos y las intervenciones sobrenaturales, tena
siempre un pueblo favorito, un pueblo de moda, en el que concentraba sus
esperanzas.

Primeramente haba sido Rusia, con sus millones y millones de hombres,
el rodillo compresor ruso, que no tena mas que ir avanzando para
laminar  Alemania. Pobre rodillo! Al quedar hecho pedazos, la veleta
del entusiasmo haba girado del lado de Inglaterra. Ahora era Amrica,
tanto ms milagrosa y omnipotente cuanto mal conocida.

Sonaba en todas las conversaciones el nombre de un americano, lo mismo
en los ts elegantes que en los cafetuchos del pueblo; el nico
americano conocido en Europa: el inventor Edisson. El lo arreglara
todo. Se haba mantenido hasta el presente invisible y mudo, pero al
entrar su pas en la guerra iban  verse cosas prodigiosas. En unas
cuantas horas, fuerzas invisibles  implacables pulverizaran los
ejrcitos invasores; los submarinos iban  estallar como proyectiles
bajo una luz helada que los perseguira en las profundidades ocenicas;
los aviones que bombardean las ciudades indefensas descenderan atrados
por una succin elctrica, como el pjaro vuela hacia la boca de la boa.
El taumaturgo representaba para las imaginaciones ms que todos los
soldados y todos los buques de su pas.

Y Toledo, que adornaba su dormitorio con retratos de Joffre y de Foch,
pero crea al mismo tiempo que en la victoria del Marne haba
intervenido Santa Genoveva, patrona de Pars, se sinti atrado por
estos milagros del mago americano, que todos anunciaban como cosa
segura. La ciencia le infunda respeto y miedo al vivir algo apartada de
la religin; por eso crea ciegamente en sus prodigios, como el devoto
cree en el inmenso poder del diablo.

Otras veces resucitaba su incredulidad. La guerra slo puede resolverse
con soldados. La fuerza haba estado igualada hasta entonces entre ambos
contendientes; pero ahora Alemania traa nuevas divisiones, las del
frente oriental, para dar el golpe decisivo. Faltaba de este lado otro
peso equivalente  mayor, el chorreo final que llena el vaso, lo
desborda  inclina la balanza. Poda ser Amrica... pero llegaban sus
fuerzas con tanta lentitud! eran tan grandes los obstculos!... Algunos
batallones del ejrcito permanente americano haban desfilado ya por
Pars. Despus transcurran los meses sin que el hilillo continuo de
auxilios se convirtiese en torrente.

En toda la Costa Azul vea Toledo militares heridos de diversos pases.
Slo de tarde en tarde llegaba  vislumbrar algunos uniformes
americanos, mdicos y sanitarios de las ambulancias que no parecan
tener mucho trabajo. Los diarios hablaban de fuerzas de los Estados
Unidos que haban ocupado un sector del frente... pero tan escasas!

--Lo del milln de hombres  los dos millones antes que acabe el ao,
todo _bluff_--deca el coronel--. Yo entiendo un poco de eso, y es ms
fcil construir un rascacielos de cien pisos que trasladar un milln de
soldados de un hemisferio  otro.... Y la gran ofensiva que va 
empezar!... Y Francia que no puede ms, despus de cuatro aos de
herosmos desangrantes!...

Todos los das se paseaba por el atrio del Casino esperando con
impaciencia los grandes papeles con gruesos caracteres manuscritos que
los empleados iban fijando en los tableros. El slo buscaba en los
ltimos telegramas el principio de la ofensiva anunciada por los
enemigos. Esta amenaza haba quebrantado su fe en la victoria y le tena
en perpetua angustia. Ay! con tal que los americanos llegasen antes y
en cantidades enormes!...

Por deber menta descaradamente ante los amigos que le rodeaban en el
atrio solicitando sus opiniones de hombre de guerra.

--Triunfaremos; y Guillermo tendr que pegarse un tiro.

Lo nico que crea de verdad era lo del tiro, en caso de una derrota
alemana.

--Conozco bien al kaiser--segua diciendo--. No es mas que un teniente;
un teniente que se ha hecho viejo, conservando los aturdimientos y las
petulancias de la juventud. Pero tiene el pundonor del oficial que, al
verse perdido, se lleva el revlver  la frente. Ustedes vern cmo
termina as, en caso de una derrota.

Haca versos, msica, pintura, daba su opinin en todas las cuestiones,
imponindola, como uno de esos oficiales jvenes que al entrar en un
saln burgus lo llenan con sus arrogancias y suficiencias, enardecidos
por el silencio de los contertulios, que temen un lance de honor. Era
un eterno teniente encanecido bajo una corona imperial y perturbado por
los incesantes triunfos de su vanidad. Pero si la suerte le volva la
espalda, tendra el mismo gesto decisivo del oficial que se juega los
fondos confiados  su custodia  comete otros delitos contra el honor.

--No lo duden; mi teniente sabr serlo cuando llegue la hora mala. Es un
loco, un histrin vanidoso, pero conoce la vergenza del hombre de
guerra. Lo repito: se pegar un tiro.

Y oa en su imaginacin el imperial pistoletazo.

Lo que disgustaba  don Marcos era no poder hablar de esto ni de los
peligros de la ofensiva cuando estaba en Villa-Sirena. Los amigos del
prncipe vivan como huspedes de hotel. Su nmero slo era completo en
las primeras horas de la maana. Rara vez se sentaban todos  la mesa.
Una fuerza exterior pareca buscarles dentro de la villa, empujndolos
hacia Monte-Carlo. Hasta el prncipe almorzaba  coma muchas veces en
el Hotel de Pars, avisando  ltima hora por telfono.

Este desarreglo domstico lo aceptaba Toledo como algo providencial. La
servidumbre haba experimentado una baja irreparable con la partida de
Estola y Pistola. Una maana se le presentaron, balbucientes y
emocionados, sin sus fracs largos de faldones. Se marchaban: deban
pasar la frontera en la misma tarde para presentarse en su cuartel.
Haban recibido orden del cnsul.

No pareca entusiasmarles su nueva condicin; pero don Marcos, por deber
profesional, quiso fortalecerlos con un pequeo discurso. Tambin l, 
su misma edad, haba partido  la guerra voluntariamente. Respeto  los
jefes... amarlos como  padres... el honor... la bandera...

La aparicin del prncipe cort su arenga. Los dos muchachos besaron la
mano de su seor, como si se despidiesen de l para la eternidad, y no
supieron, en su turbacin, dnde guardarse los billetes que les fu
dando. Estola y Pistola convertidos en soldados!... Hasta  estos dos
adolescentes los arreaban hacia la muerte! Y el caso le pareci 
Miguel tan extraordinario, tan falto de razn, que al mismo tiempo que
los compadeca experimentaba deseos de reir.

Media hora despus ya no se acord de ellos. El coronel sabra organizar
un nuevo servicio con mujeres, ya que la guerra no permita otros
domsticos. Adems, l se aburra en Villa-Sirena, encontrando un nuevo
gusto  la vida en Monte-Carlo.

Los desocupados que paseaban en torno del queso le vean entrar en el
Casino con aspecto preocupado, como un jugador que acaba de descubrir
una combinacin nueva. El pblico de los salones le haba visto tambin
aproximarse  las mesas, como si le interesasen las peripecias de la
fortuna. Pero en vano esperaban algunos que avanzase una puesta,
imaginndose que slo poda jugar cantidades enormes.

Sus ojos parecan ver detrs de l, y apenas la duquesa de Delille
abandonaba su asiento para trasladarse  otra mesa, el prncipe le sala
al paso con la mano tendida y una sonrisa juvenil.

Permanecan inmviles en el lugar del saludo, hasta que, avisados por el
instinto de las miradas curiosas fijas en sus espaldas, iban  sentarse
en un divn rinconero, y all continuaban su conversacin. De pronto, el
murmullo del pblico en torno de una mesa la haca correr  ella con una
curiosidad profesional, abandonando momentneamente  Lubimoff.

Alicia tena la sonrisa amarga y orgullosa de una reina destronada. En
los das anteriores la gente slo haba hablado de ella. Hasta Niza y
Mentn volaba su nombre. Las familias monegascas que no pueden entrar en
el Casino pedan noticias de su suerte  la hora de la comida. En cafs
y restoranes sonaba su apellido mezclado con los de los generales que
dirigan la guerra. Frente al carteln de las ltimas noticias, las
gentes interrumpan sus comentarios sobre la prxima ofensiva,
preguntndose: Cmo le fu ayer  la duquesa de Delille? Por las
tardes, al llegar al Casino, los curiosos corran para verla mejor y los
amigos la saludaban, besando su mano con orgullo. Era una ovacin
silenciosa de ojeadas y sonrisas, igual  la que saluda la entrada de
una tiple clebre en el teatro de sus triunfos.

Cerca de dos semanas dur su batalla con el Casino; ganaba, perda,
volva  ganar. Su trabajo empezaba  las tres de la tarde,
prolongndose hasta media noche, y transcurra la hora del t, luego la
de la comida, sin que ella se enterase. Al terminar el juego se
marchaba, apoyada en un brazo de Valeria, saludando  todos con una
amabilidad extenuada y victoriosa. Algunas veces, como una enferma que
se deja nutrir  regaadientes, aceptaba los _sndwichs_ y la taza de t
que su acompaante haca traer  la mesa de juego.

Una noche--noche memorable!--se cerr el Casino sin que ella cesase de
ganar. Cont los billetes que le haban dado los altos empleados con una
sonrisa amarillenta y opaca. Cuatrocientos de  mil. Se salan de su
bolso de mano y del bolso de Valeria. Hasta su amiga la Generala tuvo
que prestarle ayuda, guardando varios fajos.

--Si no cierran los hago saltar--dijo con la vanidad de los
triunfadores.

Clorinda la acompa en el coche hasta su casa, dndole consejos
prudentes: Retrate, guarda el dinero. Es imposible ir ms all.
Valeria, en el curso de la noche, repiti lo mismo: No deba ofender 
Dios insistiendo.

Alicia se neg  oirlas. Su inspiracin no se haba agotado. An le
quedaban grandes cosas que hacer, y cuando llegase el momento de
retirarse, lo vera antes que los dems.

Miguel haba asistido  esta lucha, irritante para l. Todas las tardes,
al entrar en el Casino, se insultaba en su interior, como si cometiese
un acto vil. Por qu asista  los hechos de esta loca?... Ella no
pareca enterarse de su presencia: una mirada al principio, una sonrisa,
y en las horas restantes slo tena ojos para el juego y para los
_croupiers_. A pesar de esto, el prncipe llegaba puntualmente.

Para excusarse, haca memoria de unas palabras de la duquesa. Al da
siguiente de su primera y ruidosa ganancia, se haba levantado al verle
entrar en el saln, tirando de sus dos manos para hablarle aparte.

--T me das la buena suerte--susurr en su odo--. Estoy segura de que
es as. Gano desde que somos amigos. Ven, ven siempre! Que te vea cada
vez que levante los ojos.

Slo de tarde en tarde los levantaba: tena otras cosas ms urgentes en
su pensamiento. Pero Miguel, para acallar su despecho, se deca que
estaba all por cumplir una palabra. Adems, quin poda saber si lo
que ella deca era cierto!... La tendencia  la supersticin que
acompaa  los jugadores, el ambiente del Casino, la misma suerte de
Alicia, haban acabado por influir en la incredulidad del prncipe.

Pretenda vengarse de estas largas esperas y de su indiferencia
contemplndola con ojos despiadados.

--Qu fea est!...

Fea, como todas las mujeres que juegan y parecen sufrir el peso de la
edad aceleradamente, bajo el aplastamiento de la emocin. Cada prdida
era un ao ms que caa sobre su cabeza, cada ganancia un gesto violento
que desbarataba la regularidad de su rostro. Lubimoff se complaca en
notar las arrugas que una atencin intensa iba formando en torno de sus
ojos; el afilamiento de su nariz, las dos profundas grietas que
estiraban los extremos de su boca, dndola una expresin de prematura
vejez. Todas sus preocupaciones femeniles desaparecan en el transcurso
de las horas. Su sombrero se ladeaba; los bucles de su cabellera
intentaban escapar, erizados y estremecidos por las corrientes de humana
electricidad que serpenteaban entre sus races. Pareca tener diez aos
ms.

Pero una segunda voz interior emita otra opinin. S, muy fea... pero
tan interesante! Seguramente que al levantarse de la mesa volvera 
ser la Alicia de siempre.

Al entrar en el Casino una tarde, husme el acontecimiento
extraordinario. Las gentes hablaban, se pedan noticias, corran todas 
una misma mesa.

El amigo Lewis pas junto  l sin detenerse.

--Tena que ocurrir.... No sabe jugar.... Lo esperaba.

Un poco ms all le sali al paso Spadoni.

--Nunca ha querido oirme... Hace su capricho... no sigue un sistema. Ya
ha rodado al suelo.

Todos los jugadores hablaban como si lamentasen una muerte, pero con una
compuncin hipcrita, rugiendo interiormente de envidia triunfante al
ver desvanecida aquella buena suerte absurda que amargaba sus noches.

Avanz Lubimoff su cabeza entre dos hombros, viendo  Alicia al mismo
tiempo que est levantaba sus ojos. Se cruzaron sus miradas. Ella le
contempl con desaliento, como si se quejase, hacindolo responsable de
su desgracia. Por qu me has abandonado?

El prncipe huy: le haca dao verla con aquel aspecto humilde y
rabioso de cordero en peligro, que bala de pena y se defiende.

Al anochecer volvi al Casino. An haba quien se ocupaba de la duquesa,
pero en voz baja, con ademanes tristes, como si hablase de un moribundo.
Los curiosos haban disminudo en torno de la mesa. Vi  Alicia en el
mismo lugar. Detrs de su asiento se ergua Valeria, con el rostro
triste, mientras doa Clorinda se inclinaba sobre su amiga, hablndola
al odo. Adivin sus palabras. La incitaba  levantarse: maana tendra
ms suerte. Pero ella pareca no oir, mantenindose con los ojos fijos
en unas cuantas placas de quinientos francos y de mil, que era todo lo
que le restaba. De repente se impacient, y volviendo la cabeza dijo una
palabra, una nada ms, algo muy gordo, pero no nuevo en aquella amistad
ntima que se rompa todas las semanas. Doa Clorinda dej caer otra
inmediatamente, con acompaamiento de una pualada de sus ojos, y se
alej, altiva y desdeosa, mientras Valeria miraba al techo con
desesperacin.

Volvi  huir Miguel. Le daba miedo la cara de Alicia, la agresividad
nerviosa de su voz, que no haba odo, pero que se dejaba adivinar en el
estremecimiento de sus labios.

Vag una media hora por los salones, escuchando de lejos las palabras de
los que se ocupaban an de la duquesa. Una tarde haba bastado para
llevarse las ganancias de muchos das de xito. Su infortunio resultaba
tan inaudito como su buena suerte. No haba acertado una sola vez.

Sinti de pronto en su espalda el contacto de una mano nerviosa. Volvi
los ojos: era Alicia, pero con un gesto vido, con una expresin
atrevida  implorante  la vez.

--Tienes dinero?...

Este rostro, esta voz, no eran nuevos para Miguel. Antes de la guerra,
el Casino haba sido el lugar de sus victorias ms fulminantes 
inesperadas. Mujeres glaciales que le trataban con visible despego,
mujeres de reconocida virtud que repelan con su aspecto toda audacia,
se haban acercado  l con repentina decisin, solicitando un prstamo
y preguntando acto seguido  qu hora poda ofrecer el prncipe una taza
de t en Villa-Sirena. Record al coronel, que consideraba el juego como
el peor de los enemigos de la mujer. Serva para que perdiesen toda
vergenza. En unas cuantas horas quedaban demolidos los prejuicios de su
vida anterior. Para seguir jugando ofrecan espontneamente lo que nunca
haban querido conceder.

Lubimoff acogi con extraeza esta demanda brusca. Llevaba encima muy
poco dinero: l no era jugador. Cuanto necesitaba?...

--Veinte mil francos.

Dijo esta cifra como poda haber dicho cien mil  cinco mil. Para ella,
era lo mismo en este momento. Adems, en los ltimos das haba perdido
la nocin de los valores.

Miguel contest riendo. Se lo imaginaba, acaso, viniendo al Casino con
veinte mil francos en la cartera, lo mismo que un usurero  un comprador
de alhajas?

--Pide prestado--dijo la duquesa--. A ti te darn lo que exijas.

El sigui riendo de esta absurda proposicin, pero vencido de antemano
por la sencillez con que Alicia la formulaba.

--Y t?... Por qu no pides t?

Oh, ella!... En el orgullo de su triunfo, se haba olvidado de pagar
varias deudas contradas antes de su racha de buena fortuna. Ahora era
intil pedir. Estaba en un mal momento, todos la consideraban cada 
incapaz de rehacerse.

--Y se engaan, Miguel; siento la inspiracin de la suerte. Vas  ver
cmo me levanto con unos cuantos golpes. Es mi secreto. Si te lo digo me
abandonar la fortuna....Hazme ese favor!... Pide los veinte mil al
vejete que est all mirndonos. No te los puede negar: eres el prncipe
Lubimoff.... Si te parece bien, haremos sociedad: partir contigo mis
ganancias.

Miguel conserv su sonrisa, mientras se escandalizaba interiormente de
esta proposicin. En qu cosas pretenda mezclarle esta mujer!... El
pidiendo dinero  un prestamista del Casino!...

Pero,  semejanza de ciertos enfermos que realizan los actos ms
contrarios  su voluntad, cuando se apart de Alicia, haciendo gestos de
protesta, sus piernas le llevaron maquinalmente hacia un divn donde
estaba encogido el vejete de la barba dura, con la placa del Corazn de
Jess en la solapa, el sombrero en una mano y un gorro de seda sobre la
calva.

--Necesito veinte mil francos.

Qued dudando el prncipe ante el hombrecito, que se haba puesto de
pie, sorprendido y receloso al ver que le hablaba tan alto personaje.
Era realmente su voz la que acababa de sonar?... S, era su voz, pero
l experiment una inmensa extraeza, como si fuese otro el que haba
hablado. Sinti deseos de retirarse sin esperar la respuesta del gnomo,
pero ste contestaba ya, balbuceando:

--Prncipe... tal cantidad!... Yo soy un pobre. Hago de vez en cuando
un favor  personas distinguidas, dos  tres mil francos... pero veinte
mil!... veinte mil!...

Al mismo tiempo que murmuraba la cifra con un acento de ternura, sus
ojos astutos penetraron en Lubimoff lo mismo que una sonda. Esta mirada
irrit  Miguel, haciendo que se interesase por la operacin, como si de
ella dependiese su honor. Sin duda, el usurero pensaba en Rusia, en los
desmanes de la revolucin, en la imposibilidad de cobrar su prstamo
aunque el gran personaje le ofreciese toda su fortuna.

--Usted debe conocerme--dijo con voz irritada--. Soy el prncipe
Lubimoff; soy el dueo de Villa-Sirena. Necesito veinte mil: ni uno
menos. Si usted no puede...

Iba  volverle la espalda, pero el enano le detuvo con humildad,
considerando intiles en la presente ocasin todas las excusas y
retardos que haca sufrir  sus clientes, como un suplicio  fuego
lento. Se escurri entre los grupos, suplicando  Su Alteza que
esperase un instante. Tal vez no posea toda la cantidad y necesitaba
pedir un refuerzo  la caja del Casino; tal vez iba  ocultarse por un
instante en los gabinetes de aseo, sacando los billetes de los diversos
escondrijos de su traje y hasta de sus zapatos.

Sinti Miguel una mano discreta que rozaba su diestra, introduciendo
entre los dedos un rollo de papeles. El vejete haba vuelto sin que l
le viese llegar, surgiendo entre dos grupos, pequeo y vivaracho, como
surge un diablillo de teatro del fondo de su escotilln.

--Conoce usted al coronel?... Maana se avistar con usted para el pago
y los intereses.

El prncipe le volvi la espalda sin otro saludo, dejando al usurero
satisfecho de su laconismo descorts. Un gran seor no poda hablar de
otro modo. Con hombres as le gustaba tener negocios.

Alicia, que haba seguido la escena desde lejos, sali  su encuentro,
avanzando disimuladamente una mano.

--Toma.

La diestra de Miguel ofreci los billetes con tal rudeza, que esta
entrega casi fu un manotn agresivo.

Su vergenza por el acto reciente se exteriorizaba en confusas
protestas.

--Las mujeres!... Lo que me has obligado  hacer!...

Ella, con los billetes en la mano, slo pensaba ya en el juego.

--Vas  presenciar grandes cosas... Ya sabes que formamos compaa:
llevas la mitad.

Se alej sin darle las gracias, dominada de nuevo por aquel demonio
invisible que cantaba en su oreja nmeros y colores.

Lubimoff tambin se march. Tema encontrarse otra vez con el
prestamista y recibir su saludo familiar; se imaginaba que todo el
pblico de los salones haba seguido atentamente su entrevista con el
vejete, sonriendo cuando reciba el dinero.

Sali del Casino. Jams volvera  l: lo juraba!

Castro, al que haba visto de lejos jugando en una mesa, volvi 
Villa-Sirena  la hora de comer. Tena mal gesto; pero olvidaba su
propio infortunio para consolarse con el relato de las desgracias de
Alicia:

--Despus de perderlo todo en el treinta y cuarenta, apareci  ltima
hora con ms dinero: un fajo de billetes de mil francos... Y ella, que
no siente predileccin por la ruleta, se lanz  la ruleta. Qu modo de
jugar! Al principio acert unos plenos, dos  tres, pero luego nada:
perder y ms perder! Se lo ha dejado todo en la mesa. No la vi salir,
pero me han contado que pareca una muerta, apoyada en el brazo de
Valeria... Aseguran que sufre del corazn... Lo que yo digo: no es
jugador todo el que pretende serlo; se necesita un organismo fuerte. La
Generala juega menos, pero tiene ms serenidad, unas entraas slidas.

Miguel durmi mal. Estaba indignado contra Alicia. En vez de lamentar su
desgracia, la consideraba lgica. Una mujer metida  ganar dinero!...
Las mujeres slo pueden conseguirlo de manos del hombre, y es intil que
lo busquen por s mismas, ni aun apelando al juego. El juego tambin es
empresa de hombres.

Y en esa penumbra mental que separa el sueo de la vigilia, el prncipe,
tendido en su cama, record una de las escenas de su mejor poca, cuando
su yate estaba anclado en el puerto de Mnaco. Fu una noche, al salir
de un banquete en el Hotel de Pars. Como estaba algo ebrio, se apoy en
los brazos de dos mujeres hermosas que se disputaban, sonrientes y sin
xito, el dominio de su voluntad. Detrs de l marchaban, lo mismo que
un squito, sus amigos, sus parsitos brillantes, varias damas
invitadas, toda su corte. Haban entrado en el Casino. El no era
jugador; le fatigaba permanecer inmvil ante una mesa; crea pueril
preocuparse por el rodar de una bolilla de hueso  las combinaciones de
unas cartulinas pintadas. Hay en la vida tantos placeres ms
interesantes!... Pero aquella noche, orgulloso de su poder, sinti
deseos de reir una batalla con la fortuna. La fortuna es hembra, y l
la domara en fuerza de dinero, lo mismo que  las otras. Los ricos
acaban por vencer al destino impalpable.

Puso ante l una cantidad enorme para entablar la lucha, y la fortuna no
quiso su dinero; antes bien, empez  darle el suyo con una prodigalidad
desdeosa. El multimillonario dese perder y no pudo. Variaba su juego
caprichosamente, cometa errores voluntarios, y el xito le sala
siempre al paso. Al fin se cans. Esto fu antes de la guerra, y en vez
de las fichas de hueso que representan cien francos, se jugaba con
hermosas monedas de oro de igual valor. Tena ante l numerosas y
deslumbrantes columnas de dicho metal; fajos de billetes...

--Quin quiere dinero?

Empez  arrojarlo como una lluvia enloquecedora. Corrieron todas las
mujercitas que palidecen y se crispan en torno de las mesas por la
suerte de un luis nico. Se empujaban, rodando sobre la alfombra,
lastimndose mutuamente con las manos y los pies por alcanzar una gota
de este man ureo. Algunas se abofetearon y araaron mientras sus
diestras opriman el mismo billete de mil francos, desgarrndole.
Volteaban los sombreros por el suelo; las cabelleras se esparcan en
toda su integridad  se desmenuzaban en una nube de bucles postizos.

--A m, prncipe...  m!...

Con las manos ganchudas saltaban en torno de l lo mismo que un corro de
posedas.

--Quin quiere dinero?...

Los altos empleados intervinieron con una contrariedad sonriente, por
ser quien era el autor del escndalo. Alteza, por favor!... Las
partidas van  suspenderse; esto no se ha visto nunca. Pero l sigui
arrojando dinero, hasta agotar sus ganancias--ms de sesenta mil
francos--, y los juegos se reanudaron con ms pblico que antes. Todas
las que haban recogido algo en el suelo  en el aire corrieron 
exponerlo  una carta   un nmero.

Lubimoff saboreaba este recuerdo como un triunfo. Podra repetirlo
siempre que quisiera; estaba seguro de ello. Reconoca que, al final,
todos los jugadores acaban perdiendo, y l no se tena por un ser de
excepcin. Pero su voluntad dominaba en los primeros momentos  la
fortuna, y... retirndose  tiempo, antes de que ella se rehiciese, con
una maldad de hembra brava!...

El prncipe acab por dormirse pensando en Alicia.

--La pobre!... No sabe; Lewis tiene razn; no sabe... Qu va  saber
una mujer hermosa que slo ha pensado en ella!... Debo ayudarla. Yo soy
un hombre. Tal vez maana... maana...

Al da siguiente,  la hora del desayuno, don Marcos experiment una
gran sorpresa y no menos inquietud. El prncipe, que nunca se preocupaba
del dinero de la casa, dejando que su chambeln se entendiese
directamente para los gastos con el administrador de Pars, le pregunt
qu cantidades tena disponibles.

El coronel hizo un clculo mental. No crea guardar ms all de quince
mil francos. Estaba esperando un envi del apoderado.

--Dmelos--orden Lubimoff.

Y  continuacin, como si recordase algo repentinamente, habl con
indiferencia de la deuda contrada en la tarde anterior. Toledo qued
absorto al saber que deba entenderse con el viejo usurero para la
devolucin de los veinte mil francos y el pago de unos intereses
inauditos que podan doblarse en pocos das. Record el almuerzo en que
haba propuesto Su Alteza una vida solitaria y dulce. Dnde estaban
ahora los feroces enemigos de la mujer? Porque el coronel adivinaba en
estos derroches del prncipe, en su repentina aficin al juego, la obra
de una influencia femenil. Y l que no osaba jugar mas que algunas
monedas de tarde en tarde, pensando en las enormes sumas confiadas  su
lealtad!...

Mientras corra al Banco en que estaba depositado el dinero de la casa,
el prncipe pase por los alrededores del Casino, esperando con
impaciencia la apertura de las salas. A primera hora era escaso el
pblico y muy contadas las mesas que funcionaban. Slo acudan los
jugadores rabiosos, despus de haber pasado la noche en claro, deseando
probar cuanto antes sus nuevas combinaciones, y las personas achacosas,
con la esperanza de encontrar libre un buen asiento.

La impaciencia hizo entrar  Lubimoff en el atrio, despus de meterse
disimuladamente en un bolsillo el fajo de billetes que le present
Toledo. Los empleados del primer turno iban llegando con paso lento,
como funcionarios que entran en su oficina. Las mujeres dedicadas  la
limpieza y los mozos en mangas de camisa acababan de barrer el aserrn
esparcido sobre el pavimento. Todos le examinaron de reojo, avisndose
su presencia con discretos codazos. El prncipe  aquella hora, cuando
los de su mundo estaban an en la cama!... Instintivamente miraron en
todas direcciones, esperando descubrir  alguna seora vestida con
recato para este disimulado encuentro matinal. La fama del personaje
slo les permita suponer una cita de amor.

A las diez se abrieron las mamparas, y Miguel entr empujando  los
primeros jugadores, gente modesta y tmida. Sufra la nerviosidad, la
impaciencia, la sorda clera de las maanas en que se haba batido.
Pisaba con fuerza; sus manos se arqueaban como si pretendiesen
estrangular el aire. Al mismo tiempo senta la confianza orgullosa del
tirador, seguro de que dar en el blanco. Despreciaba de antemano  la
suerte, vencida por l. Ah, perra! Iba  vrselas con un hombre.

De un tirn arranc la silla en que haba puesto otro su mano, y se
sent  una mesa de ruleta, entre dos viejas, sucias y mal vestidas, con
aspecto de brujas. Los empleados cruzaron su asombro en forma de
discretas ojeadas. El prncipe apuntando, y  aquella hora!...

--Hagan sus juegos...

Empez la partida. Miguel no tena combinacin alguna ni haba pensado
nada. Sus ojos vagaron sobre los treinta y seis nmeros. Pero slo fu
por un instante.

Este, pens. Y puso todo lo que poda poner, nueve luises, el mximum,
sobre el 13.

Rod la bolilla por el borde de caoba, y su cada final fu saludada con
un murmullo de asombro. El 13!

Unos cuantos billetes de mil empujados por la raqueta de un _croupier_
quedaron ante el prncipe, que permaneci impasible, guardando su gesto
duro y autoritario. Lo saba; estaba seguro de no equivocarse. Otra vez
el 13.

La gente hizo gestos de asombro. Qu locura apuntar dos veces al mismo
nmero! Pero al salir el 13 por segunda vez y cobrar el prncipe otro
mximum, un murmullo del pblico aplaudi al vencedor. Corran los
curiosos, dejando abandonadas las otras mesas. Esta maana iba  ser tan
famosa en el Casino solitario como las tardes y las noches ms clebres,
cuando luchan con la suerte los jugadores ricos.

Lubimoff cambi de nmero. Era absurdo insistir en el 13. Y puso nueve
luises al 17... Rod la bolilla. El 13 una vez ms. Perda.

Su gesto se hizo ms duro y agresivo. La suerte empezaba  reirse de l
por su falta de voluntad. Un dominador no debe sentir vacilaciones; suya
era la culpa, por haber abandonado el nmero. Los hombres deben insistir
hasta imponerse,  perecer sin abandonar su primera actitud. Al 13,
como antes!... Y sali el 17.

Crey por un momento que el suelo escapaba bajo sus pies; se sinti
flotar, rodeado de fuerzas misteriosas que rompan y ablandaban su
voluntad. Pas una mano por su frente, como si quisiera repeler muy
lejos esta flaqueza momentnea.

Ah, perra!, exclam mentalmente, insultando  la fortuna, seguro otra
vez de que iba  esclavizarla.

Y continu jugando.

       *       *       *       *       *

A las tres de la tarde sali del Hotel de Pars. Acababa de almorzar,
solo, sin fijarse en las miradas que le dirigan de las otras mesas,
evitando esos saludos amables que inician una conversacin.

Llevaba en la boca un grueso cigarro, y sus piernas, aunque firmes,
estaban agitadas interiormente por un cosquilleo voluptuoso. Haba
comido mal, dejando casi intactos los platos; en cambio haba bebido una
botella de Borgoa famoso, y varias copas de licor  continuacin de dos
tazas de caf.

Desde la escalinata del hotel abarc en una mirada destructora la plaza,
el Casino, los jardines. Pens con fruicin en la posibilidad de que un
acorazado cualquiera de los que guerreaban en los mares de Europa
fondease ante este palacio de confitera, envindole unas cuantas
granadas. Hermoso espectculo! Luego, con la imaginacin, hizo
descender  tierra la compaa de desembarco y sus ametralladoras, para
llevarse cautivos  todos los que llenaban la plaza, hombres y mujeres,
sin perdonar  los nios. Nada perdera con ello el mundo. Ciudad de
corrupcin! Qu demonio haba aconsejado  su madre la compra del
promontorio de Villa-Sirena, obligndolo  l  vivir junto  este
antro?... Hasta protest contra la difunta princesa, con la moralidad
spera  incorruptible de todo jugador que acaba de verse chasqueado.

Al pasear sus ojos por la alegre y bien vestida muchedumbre que l
destinaba  la esclavitud, vi  Alicia, sola y de pie, al borde de la
acera del queso, mirando al Casino.

--Vas  entrar?--dijo acercndose  ella.

Se indign la duquesa, como si le propusiera algo humillante, algo que
no haba hecho nunca. Entrar ella en el Casino?...

--Eso es una cueva infecta, y los empleados unos infectos, y los que
juegan... otros infectos.

Todo infecto!... Despus de esto se dieron las manos lo mismo que si
acabaran de reconocerse.

Cuando Miguel, insistiendo en sus buenos deseos, le habl del bombardeo
y el desembarco con ametralladoras que llevaba en su imaginacin, la
duquesa casi aplaudi. Por ella, que lo destruyesen todo, que se
llevaran prisionero hasta al mismo prncipe soberano, y si encima los
invasores le devolvan lo que haba perdido, mejor que mejor.

De pronto, como si le sirviesen de aviso estas caritativas fantasas de
Lubimoff, fij en l unos ojos escrutadores, unos ojos de enfermo
receloso que adivina en el vecino sus mismos sntomas.

--T has jugado.

Miguel movi la cabeza tristemente.

--Y has perdido--continu ella--; eso no hay que preguntarlo: se ve en
seguida... T jugando!...

Pero su extraeza fu corta.

--Has jugado por m: lo adivino... Te has dicho: Voy  ganar lo que esa
loca pierde; los hombres sabemos ms que las mujeres... Ah, pobrecito
mo, pobrecito mo, cmo agradezco tu buen deseo!... Y cunto fu?...

Al conocer la cifra hizo un gesto plaidero; pero sonri  continuacin,
como si este compaerismo en la desgracia le hiciese ms llevaderas sus
propias prdidas.

Quedaron un rato en silencio. Luego explic ella su presencia en la
plaza. Haba jurado la noche antes no acercarse ms al Casino; pero la
costumbre!...

--Estoy sola. Valeria se ha ido apenas termin el almuerzo. Anda como
loca por ese sabio que tienes en tu casa. Deben haberse dado alguna
cita. Slo habla de Espaa, porque all se casan las mujeres sin dote...
De la Generala no me hables, no quiero saber nada; est muerta...
muerta para siempre! Y yo me aburro en mi soledad, pienso en cosas que
me hacen llorar; salgo, y las piernas me traen hasta aqu sin que me d
cuenta.

Luego aadi, con una imploracin graciosa:

--Llvame  cualquier parte, adonde se te ocurra. Paseemos lejos de
aqu... Dnde podremos ir?

El prncipe mostr la misma indecisin. Se movan siempre en el mismo
crculo, desde sus casas al centro de Monte-Carlo, al Casino, y quedaban
como desorientados al pretender ir ms all. La guerra haba suprimido
los automviles particulares; era necesaria una autorizacin previa para
las excursiones. Slo se encontraban carruajes tirados por caballos
flojos, desechos de la movilizacin.

--Si fusemos  Mnaco?--propuso Alicia.

Mnaco estaba  la vista, al otro lado del puerto; un tranva lo liga
con Monte-Carlo cada veinte minutos, y no obstante, ella hizo su
proposicin lo mismo que si hablase de un pas remoto.

Los dos haban pasado varios aos aqu, viendo  todas horas la roca que
lleva en su lomo la vieja ciudad de los prncipes, pero como si fuese
una pintura de teln de fondo, sin ocurrrseles nunca llegar hasta ella.
Alicia recordaba vagamente una visita al palacio del soberano y otra al
Museo Oceanogrfico, sin poder dar forma  sus impresiones. Lubimoff
haba visto tambin desde el interior de su automvil jardines, casas
viejas y una gran plaza, el nico da que visit en su viejo castillo al
prncipe de Mnaco.

Decidieron el viaje con una alegra de colegiales, y cuando la duquesa
iba  llamar  un coche de punto, Miguel mostr cierta indecisin,
llevndose una mano  diversos bolsillos.

No tena dinero. Todo lo haba dejado en la ruleta, absolutamente todo.
En el hotel haba pedido que anotasen su almuerzo, entregando sus
ltimos francos  los camareros como propina.

Alicia acogi su preocupacin con grandes risas. Un Lubimoff no
teniendo con qu pagar  un cochero de punto!... Unicamente en
Monte-Carlo podan verse estas cosas.

--Yo pagar, pobrecito mo. Ser  cuenta de los veinte mil que te debo.
No;  cuenta, no: ser un regalo. T que tanto diste  las mujeres, deja
que sea yo la primera que costee tus necesidades. Qu lujo! Yo
entreteniendo al prncipe Lubimoff...

Haban ocupado un carruaje, que empez  descender la cuesta hacia el
puerto de La Condamine.

--Cmo nos mira la gente!--dijo Alicia--. Van  creer que te rapto. La
arruinada duquesa de Delille se lleva al prncipe multimillonario para
ser su amante y sacarle el dinero... Y no saben que soy yo quien paga!
Anda, rete un poco. Te parece mal que yo pague?... No encuentras eso
gracioso?...

Habl de su imprevisin y su alocamiento con cierto orgullo, como algo
que la colocaba sobre todas las gentes de costumbres regulares. La noche
anterior temi que no le quedase dinero para poder comer al da
siguiente. Pero Valeria haba pasado la maana haciendo preciosos
descubrimientos en los armarios: billetes de Banco perdidos entre las
ropas, placas del Casino olvidadas en los libros, hasta un papel de mil
francos envolviendo una vieja pastilla de jabn.

Ces repentinamente de enumerar estos hallazgos.

--Mira!... mira!

Estaban en el puerto. Ella seal  una dama que marchaba por el muelle,
entre las altas adelfas recortadas en forma de rboles. Era Clorinda. De
un banco se levant un seor que pareca esperar, saliendo  su
encuentro. Los dos reconocieron  Atilio Castro, viendo cmo se
saludaban l y la Generala, cmo seguan juntos su paseo, tan ocupados
en contemplarse mutuamente, que no fijaron su atencin en el carruaje.

Miguel sonri. El all, al lado de Alicia, que le haca cometer toda
clase de extravagancias; el otro esperando con una emocin de
adolescente la llegada de doa Clorinda. Pobres enemigos de la mujer!

--No me hables de ella!--exclam Alicia,  pesar de que su compaero no
haba dicho nada--. La detesto!... El pobre Martnez en el olvido. Me
lo disputa, me lo quita, y luego viene en busca de Castro, mientras el
otro infeliz vagar por Monte-Carlo. Qu mujer! El mal que me ha
hecho!... Ella tiene la culpa de todo.

Y ante la mirada interrogante del prncipe fu exponiendo sus quejas con
acento de conviccin. Su prdida tan rpida y completa no poda
explicarse lgicamente. Dos semanas ganando, y en unas cuantas horas
perderlo todo... cmo poda ser eso? La noche anterior, al retirarse
del Casino, una amiga respetable, una marquesa italiana, antigua
bailarina, muy experta en las cosas de la suerte y que llevaba treinta
aos jugando en Monte-Carlo, le haba descubierto la cruel verdad:
Duquesa, usted tiene alguna persona que la quiere mal: una amiga
envidiosa que frecuenta su casa y le ha echado una maldicin. Slo as
se comprende lo ocurrido. Hay que repeler la mala suerte,
devolvindosela  quien se la envi.

--Ya ves que la cosa resulta clarsima: una amiga envidiosa y que
frecuenta mi casa... Clorinda; no puede ser otra. Y maana mismo voy 
repeler la mala suerte, tal como me lo ha recomendado la marquesa. Otras
jugadoras siguieron sus consejos y les va muy bien.

Eran los Reyes Magos los que posean el privilegio de deshacer estos
conjuros perversos. Necesitaba purificar su villa, fumigar todas las
habitaciones donde hubiese entrado la Generala, quemando en una
cazoleta oro, incienso y mirra, los tres presentes de los monarcas
viajeros. Oro no lo haba: estaba oculto con motivo de la guerra; pero,
segn la marquesa-bruja, era lo mismo quemar trigo.

--Debo recitar al mismo tiempo una oracin en italiano, una splica muy
bonita  los tres reyes, casi una romanza, que dice... que dice...

No pudiendo acordarse, abri su bolso de mano. En el monedero guardaba
la plegaria, escrita con lpiz detrs de un cartn del Casino de los que
sirven para anotar las jugadas. Miguel mir el interior del bolso con la
curiosidad que inspiran siempre todos los objetos de la mujer que nos
interesa. Vi sobre el arrugado pauelo una carterita de piel, y
colgando de ella un fetiche de jugadora, una mano con el ndice y el
meique tendidos en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte. Pero
junto con la mano colgaba otro fetiche de oro, de forma tan inesperada,
tan inaudita, que Miguel desech como inverosmil lo que haba pasado
ante sus ojos en rpida visin.

Alicia se ech atrs, repeliendo su mano curiosa. No, no! Y cerr el
bolso con tanta rapidez, que casi le pill los dedos entre las valvas de
plata. Se defenda, ruborosa y sonriente; le miraba con ojos malignos,
encogindose al mismo tiempo como una nia avergonzada.

--Es un regalo de la marquesa... lo mejor que ella conoce para atraer 
la suerte. Se acab: no necesitas saber ms. Qu curioso!...

Y mientras ella se finga algo enfadada para evitar nuevas
explicaciones, Miguel record el rosario de Satn del amigo de Lewis y
sus extraos adornos.

El carruaje empezaba  ascender por la cuesta de Mnaco. Los buques y el
puerto parecan hundirse gradualmente  cada vuelta de sus ruedas. Una
sombra verdosa enfriaba este camino,  la vista del luminoso mar, de las
montaas amarillentas, que iban tomando un color rojizo bajo el sol de
la tarde.

Lubimoff explic  su compaera las singularidades del promontorio que
sirve de asiento al viejo Mnaco. En el lado de Medioda, entre las
rocas cubiertas de pitas y nopales, se aclimata la vegetacin de los
pases clidos con una facilidad verdaderamente sorprendente si se tiene
en cuenta la latitud geogrfica. Al visitar el palacio de los prncipes
haba encontrado en los antiguos fosos de la fortaleza, que son como
invernculos naturales, el mismo calor hmedo y pegajoso de las selvas
del Ecuador, con palmeras brasileas que ascendan  muchos metros en
busca de la luz. En cambio, sin salir del mismo pen, se descubran al
Norte, donde haba poco sol, helechos de los pases fros, vegetaciones
de los Vosgos, llegadas hasta all nadie saba cmo para arraigarse
frente al Mediterrneo.

Alicia, no queriendo aparecer menos instruda, habl de los jardines de
San Martino. No los haba visitado, pero sospechaba que estaban entre el
Museo Oceanogrfico y la Catedral. Valeria no saba hablar de otra cosa
en las ltimas semanas, describindolos como si fuesen los jardines ms
interesantes de la tierra. Los haba visto bien acompaada, y esto
influye mucho en la visin. Era sin duda Novoa el que le haba
descubierto este paraso.

--Si los encontrsemos!--dijo riendo Alicia.

El carruaje pas entre dos torrecillas con montera de tejas que marcan
la entrada al recinto de Mnaco. El puerto quedaba muy abajo, con sus
buques empequeecidos. Al otro extremo de la plaza de agua brillaban las
cpulas de los numerosos hoteles de Monte-Carlo, sus fachadas
policromas, los vidrios de balcones y miradores. No se llegaba 
distinguir la gente. Los automviles resbalaban como diminutos insectos
por la cuesta que desciende  La Condamine.

Entraron en una avenida asfaltada, entre dos masas de estrechos y
tupidos jardines, que conduce al Museo Oceanogrfico.

--Mralos!--dijo Alicia con expresin triunfante, al mismo tiempo que
daba con un codo al prncipe.

Cuando ste avanz la cabeza, slo pudo ver unos bultos que se ocultaban
en un sendero lateral.

--Eran ellos, no lo dudes--continu la duquesa, riendo--. Marchaban por
en medio de la avenida. Esa Valeria es muy lista; se ha vuelto al oir el
ruido de un coche, reconocindome al instante. Se llev al sabio como
si lo arrastrase.

Ces de reir, adquiriendo su rostro una gravedad melanclica.

--Felices ellos! Qu de ilusiones! Todos hemos pasado por lo mismo...
Lo malo es que deseamos marchar adelante en busca de algo ms, cuando
debamos quedarnos con lo que tenemos.

El prncipe asinti con la cabeza, repitiendo lacnicamente:

--Felices ellos!

Su voz era un _rquiem_. Estos encuentros sucesivos le hacan pensar en
la muerta comunidad de la que era jefe irrisorio. Primeramente,
Castro... Luego, Novoa. Hasta el coronel estara en aquel momento
paseando ante la tienda de una modista,  la espera de la chica del
jardinero. Quedaba Spadoni, pero su fidelidad vala poco. Para l no
exista otro femenino que el de la ruleta.

Se detuvo el carruaje ms all del Museo Oceanogrfico, donde empiezan
los jardines de San Martino. Alicia pag al cochero.

--Hay que hacer economas--dijo con gravedad--. Volveremos  pie.

Siguieron unos senderos tortuosos, subiendo y bajando por las quebradas
de la costa. Las pequeas mesetas haban sido convertidas en miradores
de piedra, desde los que se abarcaba un espacio inmenso. En algunos
amaneceres se poda distinguir el lejano perfil de las montaas de
Crcega. Como los jardines estaban  muchos metros sobre el
Mediterrneo, la lnea del horizonte era tan alta que obligaba 
levantar los ojos. Los pinos formaban ligeras y negras columnatas, entra
cuyos troncos suba el cortinaje obscuro del mar. Slo sus rumorosas
copas de agujas emergan en el azul difano del cielo. La vegetacin
baja se compona de plantas silvestres de acre perfume y vida dura,
insensibles  las emanaciones salitrosas; nopales, cuyas palas verdes
estaban rematadas por frutos rojos; pequeas pitas de retorcidas puntas
que se enredaban unas en otras como tentculos de pulpos verdes.

Admir Alicia este jardn. Era, segn ella, un jardn martimo, que
armonizaba con el Museo cercano y el paisaje. Los troncos parecan
mstiles de navo; las plantas amontonadas  sus pies tenan la forma
radiada y envolvente de los monstruos de las profundidades ocenicas.
Otras vegetaciones de origen extico evocaban la imagen de pases
clidos, de lejanos puertos olorosos poblados de muchedumbres amarillas
 cobrizas. A travs de los fustes rectos de la arboleda se vean cinco
goletas, inmviles en el horizonte, con el velamen cado.

Una cinta de humo acompaaba las evoluciones de un torpedero sutil
rondando como perro protector en torno de este rebao blanco y tmido.

Al asomarse  los balconajes de piedra se vea el mar  una profundidad
enorme. El acantilado rojo se hunda verticalmente en las aguas
ennegrecidas por la sombra  se resguardaba con desprendimientos de
rocas eternamente ceidas de espumas. A un lado avanzaba el Cap-Martin,
repeliendo el asalto de las olas, crculo de corderos blancos que se
sucedan incesantemente surgiendo de las praderas azules; ms all, la
costa de Italia, sonrosada por la melancola de la tarde; y en el
extremo opuesto, el Cap-d'Ail y el Cap-Ferrat, sobre cuyos
lomos--abullonados de verde por las arboledas y moteados de blanco por
las villas--empezaba  extenderse el sudario de oro que deba envolver
la muerte del sol.

--Hermoso!... muy hermoso!

La duquesa mostraba una alegra infantil. Se haban sentado frente al
mar, saboreando la rumorosa calma, en la que se confundan los
estremecimientos de los pinos, el profundo rodar de las espumas
invisibles, la respiracin de la llanura azul, los crujidos de la
tierra, rozada por los rosarios de hormigas, por las procesiones de
orugas, por la labor tenaz de los escarabajos, y conmovida al mismo
tiempo en sus entraas por el despertar de las races.

De vez en cuando sonaba la arena del tortuoso sendero bajo pasos
humanos. Eran invlidos  convalecientes que recorran los jardines  la
salida del Museo; vecinos de Mnaco que regresaban  sus casas despus
de haber tomado el sol en un banco; gruesas comadres que guardaban su
calceta en un bolso; ancianos apoyados en un bastn, que tal vez no se
haban embarcado nunca, pero tenan un aspecto de viejos marinos
genoveses. Tambin pasaban lentamente algunas parejas de enamorados.
Aparecan en una revuelta del sendero cogidos del talle, silenciosos,
mirndose. Al notar que en el banco haba otra pareja, se desasan,
improvisaban una conversacin cualquiera y ganaban cuanto antes la
revuelta inmediata, para repetir el tierno enlazamiento, no sin antes
saludar con una sonrisa al prncipe y  la duquesa, como si adivinasen
en ellos  otros enamorados.

--Y pensar que nunca habamos venido aqu!...--dijo Alicia--. T,  lo
menos, posees tus magnficos jardines; pero yo, instalada en una villa
que no es mas que una casa con unos cuantos rboles y teniendo por todo
panorama el edificio de enfrente, soy tan estpida, que me paso las
tardes en el Casino, obscuro y cerrado como una bodega. Qu horror!

Se estremeci al pensar en el Casino. Le pareca ahora imposible que
hubiese podido vivir en la penumbra  bajo la luz artificial, mascando
una atmsfera malsana,  las mismas horas en que este jardn extenda
ante el mar su magnificencia silvestre y luminosa.

--Hay muchas cosas bellas en el mundo--continu--para las cuales no se
necesita dinero. Pensar que si no hubisemos perdido no estaramos
aqu! Casi es mejor ser pobres.

Miguel ri de su vehemencia. No; ser pobre no resultaba agradable; pero
tena razn al decir que para gozar de muchas cosas hermosas no es
necesario el dinero.

--Nosotros mismos--aadi l, despus de una larga pausa--slo nos
conocemos verdaderamente desde que perdimos nuestra riqueza. Quin sabe
si de nacer pobres nos hubisemos entendido mejor en nuestra
juventud!... Muchas veces lo he pensado.

Era cierto; y desde que estaba aqu en el banco, al lado de ella,
pensaba lo mismo. La alegra de Alicia ante la tarde esplendorosa, su
entusiasmo al verse en este jardn rstico frente al mar, lejos de
ciertas gentes sin las cuales no crea antes tolerable la existencia,
lejos del juego, que era el nico remedio para el vaco de su vida, todo
esto halagaba al prncipe, como un descubrimiento de acuerdo con sus
gustos. La vea ahora muy distinta  como se la haba imaginado en otros
tiempos. Y l tambin apareca seguramente ante los ojos de ella de otro
modo que en el pasado. Una muralla enorme los separaba antes: la
riqueza, engendradora del orgullo y del afn de dominacin.

Sinti una necesidad de seguir hablando. Algo herva en su interior,
haciendo subir las palabras  la boca con una marea irresistible.

Vas  cometer una necedad enorme... Atencin!... Buscas complicar tu
existencia...

Era el antiguo Lubimoff el que hablaba en su interior; el Lubimoff
recin llegado de Pars para refugiarse en su Arca, lejos de todos los
afectos vanos que forman la felicidad de la mayora de los hombres; el
spero maestro de los enemigos de la mujer.

La voz ronca y plaidera no levant ningn eco. El prncipe despreciaba
 este fantasma que an se mantena en su interior, gimiendo sobre
ruinas.

Haba permanecido hasta entonces aspirando con delicia el perfume de
aquella mujer, que al mezclarse con el perfume de la tarde pareca
comunicar su esencia  toda la Naturaleza. Vea el cielo, el mar, los
rboles, todo  travs de ella, como si llenase el espacio.

Tambin l haba hecho un descubrimiento. Pensaba con horror en la
solitaria Villa-Sirena, como la otra pensaba en el Casino. Le parecan
ms hermosos estos jardines de disfrute comn que los de su propiedad,
que todos le envidiaban. Cmo poda haberse paseado solo en torno de su
villa, por las avenidas magnficas y solitarias, cuando exista en el
mundo la voluptuosidad de sentarse en un banco pblico al lado de una
mujer,  caminar junto  ella pasando un brazo por su talle, lo mismo
que aquellos pobres soldados y marinos?...

Muy bien, prncipe!... Enamorado como un adolescente pasados los
cuarenta. Adelante con tus necedades, si eso te divierte!... Qu
diran los otros enemigos de la mujer?

Pero l no quiso oir esta ltima protesta de una mitad de su persona,
olvidada y hostil.

--Nuestra vida ha sido un engao--dijo en voz alta, con cierta
violencia, para no dejar traslucir su emocin--. T debes estar
convencida de ello... Y tambin te das cuenta de que yo pienso lo
mismo... de que reconozco mi error... Porque yo... porque yo, desde hace
tiempo... yo te amo!... Ya est dicho: ahora rete si quieres.

Ella no quiso reir. Lanz una ligera exclamacin, le mir un instante y
volvi la cara, como si huyese de la interrogacin de sus ojos. Haba
presentido la llegada de esto de un momento  otro, pero la sorpresa de
escucharlo en la realidad!...

Hubo un largo silencio.

--Qu contestas?--pregunt al fin con timidez el famoso prncipe
Lubimoff, adorado por tantas mujeres.

Alicia volvi  mirarle.

--No es una broma?... No es un capricho que te ha sugerido la
hermosura de esta tarde tan... potica?

Miguel protest con el gesto. Considerar capricho aquella decisin
grave que vena preparada por largas y penosas contradicciones
interiores, lo mismo que un gran pensamiento!...

--Si yo fuese como las ms de las mujeres, te contestara: A cuntas
has dicho lo mismo? Pero esta pregunta es estpida. Se puede haber
dicho Yo te amo  una mujer con toda sinceridad, y algn tiempo
despus repetir lo mismo  otra, con ms sinceridad an... No quiero
preguntarte  cuntas has dicho lo mismo; tal vez no lo has dicho 
ninguna. T no necesitabas esforzarte, fingiendo la comedia del gran
amor, para conseguir tus deseos: te esperaban anhelantes; te bastaba
arrojar tu pauelo de sultn... Pero  m!... Haz memoria, Miguel: de
muchachos nos odiamos; despus, cuando yo quise, t no quisiste... y
ahora que ya empezamos  ser viejos!... ahora que slo poseo los restos
de lo que fu, que carezco de libertad, pues tengo... lo que t sabes!
Es un disparate, y por eso ro. No: nunca!

El prncipe habl  su vez. Se haban odiado, era cierto, y este odio lo
consideraba ahora como una felicidad. Qu desgracia la suya si hubiesen
unido por el matrimonio sus dos enormes fortunas y sus dos orgullos
todava ms enormes!...

--Nos hubisemos separado una semana despus; tal vez el mismo
da--continu Miguel--. Hasta tengo la sospecha de que te habra pegado.

--Y yo  ti--dijo la duquesa--. No cabamos juntos en ninguna parte. Era
preciso que uno se sometiese al otro, y ninguno de los dos comprenda
este sacrificio.

--Lo mismo--sigui l--puedo decirte de aquella noche en que comimos
juntos. Celebro mi conducta absurda y ridcula. Si hubiese cedido, algo
irreparable existira ahora entre nosotros; no nos hubiramos vuelto 
encontrar, no estaramos aqu diciendo lo que decimos.

Ella asinti.

--Es cierto; no estaramos aqu. T guardaras un recuerdo espantoso de
mi persona; s bien cmo era yo entonces. Tampoco habra ido  buscarte,
aunque en ello me fuese la vida. Gracias  tu fuga de aquella noche
podemos ser amigos, amigos eternos, hermanos si quieres; pero por qu
me hablas de amor?... Eso no es de nuestra edad. Ya pas. Qu ves en m
ahora que no tuviese de joven?

--Veo tu desgracia.

La voz del prncipe son grave y profundamente sincera al decir esto.

Haba reflexionado mucho, antes de contestarse  s mismo, cuando se
haca una pregunta igual  la de Alicia. Estaba seguro de haber empezado
 amarla el da que se present en Villa-Sirena  pedir el perdn de su
deuda, confesando su ruina. Pobre duquesa de Delille, acostumbrada 
gastar millones al ao, propietaria de minas preciosas, y teniendo que
vivir del juego, como una aventurera!... Despus, junto  su lecho,
viendo sus lgrimas, escuchando el gran secreto de su vida, aquella
maternidad oculta que la haca llorar, se haba dado cuenta
definitivamente de este amor. En los ltimos das, al contemplarla
victoriosa en el Casino, su pasin se ensombreca; la apreciaba menos.
Luego, al verla arruinada y enferma de tristeza, su afecto iba
renaciendo; y para auxiliarla, hasta se converta en jugador, l, que
era incapaz de hacer esto ni por su propia salvacin!...

--T no puedes comprenderme: eres mujer. Muchas veces en mi vida, otras
mujeres me han dicho, despus de un acto suyo inexplicable: No te
esfuerces; los hombres nunca llegan  entendernos... Yo digo lo mismo:
una mujer tampoco puede comprender  un hombre... Te amo ahora porque me
inspiras lstima, y la lstima conduce  la ternura, y la ternura es el
verdadero amor, un amor que yo no haba conocido nunca. Cada uno ama 
su modo. La mayora de las mujeres necesitan el orgullo en el amor; que
el amado infunda admiracin y envidia por su valenta, por su hermosura,
su riqueza  su talento. El hombre ama casi siempre por lstima, por la
tierna conmiseracin que le inspira la mujer. Nunca se siente ms amante
que cuando la cabeza femenil se apoya en su pecho con el abandono de la
debilidad... Y cuando la mano de l se hunde en su cabellera, encuentra
un crneo pequeo y delicado (ms pequeo siempre que se lo imagina),
una cabeza que contiene palabras celestiales, gracias irresistibles,
acciones grandiosas, pero rara vez guarda las energas de pensamiento
que dan la superioridad al hombre. Sus miembros adorables no pueden
defenderla. Y el hombre, al considerarla tan hermosa y tan dbil, siente
crecer su amor con la lstima y el deseo de proteccin.

--No--dijo ella--. Tambin la mujer conoce la conmiseracin en su amor.
El hombre que le era indiferente le interesa de pronto, al verlo
infeliz; la que odiaba ayer vuelve al amante odiado, cuando lo considera
en peligro. Nunca pone tanta ternura en su voz como al decir:
Pobrecito mo!...

El prncipe hizo un gesto de aceptacin. Sea en buena hora! Pero volvi
inmediatamente  lo que le interesaba.

--Hoy somos desgraciados; yo tanto como t, pues he perdido lo que me
haca sobresalir sobre los dems hombres, y tal vez no lo recobre
nunca... Pero tu situacin es todava peor; eres mujer, eres ms pobre,
y yo me siento atrado hacia ti y te digo lo que nunca hubiese dicho de
seguir los dos en nuestra antigua posicin, encerrados en nuestro
orgullo.

Sigui hablando en un tono arrullador, aproximndose ms  ella, casi
en su odo, aspirando el perfume de la boa de piel que llevaba en el
cuello y pareca guardar concentrada toda la esencia de su cuerpo.

Repiti lo que haba pensado en las noches, mientras luchaba con sus
antiguas preocupaciones; lo que haba resumido enrgicamente poco antes,
mientras vena silencioso en el carruaje, al lado de ella. Habl del
porvenir. An podan ser felices: era un amor reposado y durable lo que
l la ofreca; un amor de otoo, un amor para siempre, sin
complicaciones dramticas, plcido, tranquilo, dulcemente montono, como
las veladas junto al fuego.

La mujer ri con una expresin dolorosa.

--T olvidas quin soy; hablas lo mismo que si el pasado no existiese,
como si t no fueses t, como si yo no tuviera todas esas historias que
pesan sobre mi nombre. De hacerme otro esa proposicin, quin sabe!...
Estoy cansada y me seduce un porvenir de reposo. Pero t!... Es
imposible contigo: acabaramos mal. Prefiero que seamos amigos, sin nada
de amor. Resulta ms seguro y durable.

Al ver su gesto desalentado, Alicia continu hablando. No le asustaba
vivir con l por lo que pudieran decir las gentes. Era cierto que tena
un marido, y dominado ahora por un amor senil, iba  negarse  aceptar
el divorcio. Pero el caso que ella poda hacer de este obstculo y de
los comentarios de su mundo!... Mayores audacias contaba en su historia.

--Es que no quiero... No me preguntes el motivo: no sabra explicrtelo;
mejor dicho, no me entenderas. Repito lo que te han dicho otras: T
eres un hombre, y no puedes comprender  las mujeres. No, no quiero. Te
hablar ms claro: con otro hombre que llegase  interesarme... no s.
Somos tan dbiles! sentimos tales sorpresas en nuestra voluntad! Pero
contigo, no... Nos conocemos demasiado: es imposible.

Miguel habl con un tono de despecho y tristeza.

--No te intereso: bien lo veo.

Alicia volvi  reir tan expansivamente, que golpe con una de sus manos
las dos manos juntas del prncipe.

--Tonto!... Crees de verdad que no me interesas? Si me fueras
indiferente, te habra buscado en otro tiempo?... estara aqu ahora
contigo?

Se mostr desconcertado el prncipe. Entonces!... Y se esforz por
descubrir qu obstculo poda oponerse  su deseo. Si era por las cosas
de su vida anterior, l las olvidaba. El prncipe Lubimoff tena
igualmente muchas historias que convena no recordar...

--Dejemos en paz al pasado. T eres otra mujer. Conozco tu existencia en
los ltimos aos; adems, me contaste la otra maana lo que has sido
desde que tu hijo vivi  tu lado... Yo te tomo  partir del momento en
que reconociste la seriedad de la vida, al verte junto  un hombre
formado con tu propia carne. Olvido  la Venus de otros tiempos,  la
Helena del banco de los viejos. Te deseo tal como eres actualmente,
Venus dolorosa, que lloras, sufres, y necesitas un consuelo, una
proteccin.

Ella ces de sonreir. Su boca se crispaba con un msero gesto de
gratitud; sus ojos estaban hmedos.

--No--dijo con voz humilde--. Es imposible,  causa de eso mismo. Mi
hijo! cmo me ha cambiado mi hijo!... Yo s lo que significa todo eso
de amor. No somos dos adolescentes que se engaan con ilusorias purezas
y hablan del alma y del cielo, mientras sus cuerpos se buscan con un
impulso natural. Si yo acepto tu amor, s lo que esto significa
inmediatamente, tal vez antes de que salga un nuevo sol. Puedes
imaginarte tal cosa?... Mi hijo, que no s dnde est, que tal vez ha
muerto, que por lo menos sufre en este momento lo que una mendiga no
permitira que sufriese un hijo suyo, y yo, mientras tanto, entregndome
 un gran amor,  una pasin de esas que devoran los das y el
pensamiento entero, como si an viviese en la primera juventud, ah,
no!... qu vergenza! Conozco lo que un amor entre nosotros exige
fatalmente, y me da espanto, me siento sin fuerzas para muchas cosas que
antes consideraba sin importancia. T lo has dicho: soy otra.

El prncipe se reanim al conocer el obstculo. Su hijo viva; estaba
seguro de ello. El haba escrito al rey de Espaa y  sus amigos
influyentes de Pars; hasta haba enviado cartas  Alemania por
mediacin de personajes diplomticos. Lo encontraran de un momento 
otro; l conseguira que volviese al lado de su madre. Por qu iba 
estorbar el pobre mozo el porvenir de los dos? Su hijo conoca la vida;
los aos pasados al lado de su madre le haban familiarizado con las
irregularidades que tanto abundan en el mundo de los dichosos. No
considerara extraordinario que ella, sometida  un matrimonio que era
una equivocacin, rehiciese su existencia discretamente con un hombre al
que conoca desde su adolescencia. Adems, lo amara como  un hermano
menor. Contaba con poderosos amigos, capaces de ayudarle si deseaba
trabajar. Los restos de su fortuna seran para l cuando muriese.

Alicia agarr una de sus manos con la ternura del agradecimiento. Cun
bueno eres!... Pero de pronto sec sus lgrimas, sus ojos brillaron con
una energa que pareca dirigirse contra ella misma, y continu con voz
dura:

--No, no quiero. Veo lo inmediato: lo que va  ocurrir entre nosotros si
me dejo arrastrar por tus hermosas palabras; veo  mi hijo... mejor
dicho, no le veo, no s qu es de l, ignoro si vive... Te digo que no.
Es intil que insistas.

Se hizo un largo silencio. Pas un soldado con la cabeza vendada bajo el
kepis y una flor en una oreja, sonriendo  una muchacha rubia que se
apoyaba en su brazo y canturreando los dos. El prncipe y la duquesa se
separaron un poco en el banco y permanecieron en silencio: l mirando al
suelo, preocupado y cejijunto; ella con los ojos en la raya del
horizonte, siguiendo la lenta marcha de las goletas, que haban combado
sus alas bajo la brisa precursora del crepsculo.

La tenacidad con que Miguel pona su vista en el suelo hizo que Alicia
se equivocase. Sus piernas quedaban algo descubiertas por el
arrugamiento de la falda corta; unas piernas finas, que mostraban la
blancura de su carne  travs de las mallas de seda de color habana.

--Miras mis medias?--pregunt ella, pasando repentinamente de la
tristeza  la risa--. Fjate. Eso que llevan al lado no son adornos, son
zurcidos. Mi doncella me las arregla muy bien. Qu quieres! Somos
pobres.

Y sin duda, para distraer  su enfurruado acompaante, sigui con
acento regocijado la enumeracin de su miseria. Ay, la guerra, con sus
atroces encarecimientos! Las medias de seda eran malas, se rompan con
slo usarlas una vez, y nicamente podan adquirirse  precios
fabulosos. Prefera prolongar la existencia de las que guardaba de sus
tiempos de riqueza, por ser ms slidas. Lo mismo poda decir de los
trajes. Haca dos aos que su guardarropa ignoraba las renovaciones,
antes tan frecuentes.

--Somos pobres--repiti con jocosa solemnidad--. Adems, nos gusta el
juego, y, como todos los jugadores, perdemos miles de francos y
economizamos en las pequeas cosas que alegran la existencia.

Aguardaba una ganancia enorme y definitiva para ocuparse de su
embellecimiento personal.

Pero el prncipe, con los ojos y el gesto, di  entender lo poco que le
interesaban estas confidencias. Era intil que pretendiese desviar la
conversacin. Miguel insista en su demanda, ofendido por la negativa de
Alicia. Tal vez con otro hombre se habra mostrado ms clemente.

Ella comprendi que deba volver  lo que interesaba  su acompaante, y
dijo con varonil franqueza:

--Yo s lo que tienes. Te voy  hablar como un camarada, sin
preocupaciones de sexo, lo mismo que te habl aquella noche en mi
estudio. Conozco la vida que llevas; s igualmente lo de los enemigos
de la mujer: una invencin necia. T lo que necesitas, despus de
varios meses de soledad manitica, es una mujer. Escoge en torno de ti;
las encontrars, cuando quieras, ms jvenes, ms hermosas que yo, que
empiezo  verme tal como soy. Por qu te fijas en m? Por qu turbar
mi tranquilidad, cuando ya me he olvidado de esas cosas?...

Sonri el prncipe amargamente ante el remedio. Lo haba pensado muchas
veces. El censor que llevaba dentro repeta el mismo consejo: Busca una
hembra, y todo pasar inmediatamente; una hembra que slo te inspire un
inters momentneo; nada de mujeres y de complicaciones pasionales. Haz
lo mismo que recomendaste  Castro. Muchas veces haba entrado en el
Casino con el aire resuelto del matarife que va  escoger en el rebao
la res diaria. Examinaba la tropa femenina de las salas de juego,
ocupada en mirar con un ojo la bayeta verde, mientras espiaba con el
otro  los hombres que circulaban  sus espaldas.

Senta una atraccin carnvora ante determinadas mujeres; una por el
rostro, otra por el talle  la estatura, algunas por su fealdad original
 su desarmona incitante, que obraban sobre sus nervios como los
manjares picantes  cidos obran sobre el paladar. No tena mas que
hacer una sea  decir una breve palabra  muchas que, vindose
observadas por el famoso personaje, sonrean dispuestas  seguirle. Pero
experimentaba de pronto la antipata que inspiran las cosas repetidas
hasta la saciedad, el vaco de lo que se conoce hasta el cansancio. Nada
nuevo poda esperar; se horrorizaba pensando en el parloteo vano de una
desconocida que desea hacerse interesante; en las mentiras de un
sentimentalismo repentino y falso; en la grotesca animalidad del
acoplamiento que dara fin  tanta molestia. No; le era imposible. Una
sola vez, con la desesperada energa del enfermo que traga un
medicamento repugnante, haba seguido  uno de estos animales hermosos,
para sentirse poco despus arrepentido de su vileza y avergonzado de su
fracaso.

--Eres t; t, y ninguna ms--dijo sombramente--. T,  nadie.

Alicia habl con el mismo tono grave. Saba por experiencia lo que era
esto. Deseamos con mayor anhelo lo que nos es imposible conseguir;
hacemos un objeto nico de todo lo que est fuera de nuestro alcance.

Pero estos razonamientos exasperaron  Lubimoff, hasta hacerlo injusto.

--Te conozco--dijo avanzando en el banco, al mismo tiempo que la miraba
de cerca con unos ojos apasionados y agresivos--. S cmo sois las
mujeres: todas vanidosas y vengativas. No puedes olvidar la noche en que
quisiste y yo no quise, y ahora te das el placer de mi suplicio; gozas
hacindome sufrir...

--Oh, Miguel!--interrumpi ella con un tono de protesta.

Lubimoff sigui hablando rencorosamente, y esta indignacin conmova 
Alicia ms que los ruegos humildes de poco antes. Era la imploracin
desesperada del desahuciado que quiere volver  la vida normal.

--Te amo... te necesito. Yo te tendr!

Sobre el lomo del Cap-d'Ail descenda la esfera anaranjada del sol. Su
borde interior tocaba ya la lnea ondulante de los jardines y los
edificios. Por un momento concentr sus rayos en haz  travs de la
columnata de un _belvedere_, como si se asomase  un arco de triunfo
antes de morir. Una luz azul que pareca emerger del mar iba repeliendo
en los jardines el oro desmayado de la tarde.

--No!... no quiero!

La voz de Alicia rasg el rumoroso silencio con un temblor de sorpresa
para convertirse inmediatamente en sordo y prolongado rugido, como si
algo pesase sobre su boca. Miguel haba echado sus dos brazos sobre los
hombros de ella, dominndola, inclinando su busto, oprimindolo contra
su pecho. Su boca buscaba la otra boca que pretenda resistirse, huyendo
con violentas contorsiones del cuello. Finalmente, ces el rugido de
protesta. Las dos cabezas permanecieron inmviles.

--Oh, Miguel... Miguel!--suspir ella, librndose por un momento de la
caricia para volver  someterse  aquellos labios que la perseguan con
avidez.

Hablaba como una vencida. Haba vuelto de golpe  su pasado,
estremecindose al contacto de tantas cosas olvidadas que una larga
abstinencia haca completamente nuevas. Esta boca ardorosa y dominadora
la despertaba de un sueo que haba durado aos. Su renacimiento vena
de ms lejos que el de Miguel.

Se olvid de lo que la rodeaba. Sus ojos continuaron abiertos, pero se
haban borrado de ellos el mar, el cielo dulce del ocaso, hasta las
ramas de pino que formaban un dosel silvestre sobre sus cabezas.

De pronto volvi  contemplarlo todo, encorvndose al mismo tiempo para
repeler al hombre.

--No, no quiero... Esa mano!... Pueden vernos. Qu locura!

El prncipe era un atleta, pero la emocin debilitaba sus fuerzas.
Adems, stas se esparcan en una doble actividad, queriendo dominar 
la mujer y explorarla  la vez en sus misterios, con la furia del
imperativo sexual. Ella se contrajo y se irgui varias veces, dctil y
reptilina, consiguiendo al fin escapar de la cadena de los brazos
masculinos mientras lanzaba un suspiro de fatiga y satisfaccin.

Lubimoff, vuelto  la realidad, vi  Alicia de pie ante l, acabando de
alisar su vestido en desorden, llevndose luego las manos  su
cabellera, al torcido sombrero,  la boa que se deslizaba de sus
hombros.

--Vmonos--dijo con un laconismo de enfado.

La sigui el prncipe, cabizbajo, arrepentido de su violencia. A los
pocos pasos, ella pareci conmoverse por este mutismo que representaba
un arrepentimiento, y volvi  sonreir:

--Ya s que en adelante no debo verte  solas... Olvidaba que eres un
marino, acostumbrado  bajar en los puertos con premura, sin querer
perder tiempo.

Marcharon lentamente, con una placidez igual  la del sereno crepsculo.

Al salir de los jardines hicieron un alto frente al Museo. Volver por
el mismo camino!... Miguel descubri  un lado del edificio una
escalinata rstica tallada  trechos en la roca y completada en las
oquedades con peldaos de ladrillos. Descenda hasta la ribera del mar
formando diversos tramos, y  su final, un camino siguiendo el borde de
la costa conduca al puerto.

La mujer vacil bajo el arco de entrada.

--Te advierto--dijo amenazando con un dedo  Miguel--que si vuelves 
las tuyas, pido socorro. Me prometes ser hombre serio?... Palabra?...
Bueno; marcha delante: no me fo.

El se lanz por la escalera como un explorador. El palacio del Museo
pareca desdoblarse as como iban descendiendo. Adems del edificio 
flor de tierra, haba un segundo edificio costa abajo, que asentaba sus
muros de piedra con grandes ventanales sobre las rocas del acantilado.

En una revuelta, el prncipe se detuvo para esperar  su compaera.
Descenda lentamente, dejando entre los dos una separacin de varios
peldaos. Tena los pies ms arriba de la cabeza de Lubimoff, y  ste
le bast elevar un poco los ojos para ver aquellas medias cuyo
zurcimiento haba explicado la duquesa.

Vi algo ms, que le hizo estremecerse; y con la ligereza de un muelle
que se dispara, salv en varios saltos los escalones que existan entre
ambos.

--Miguel... que grito!--exclam ella al verle llegar, extendiendo las
manos para rechazarle y queriendo huir al mismo tiempo.

Haba abarcado en sus brazos la parte baja del adorable cuerpo. No poda
ascender ms: las manos de Alicia repelan su cabeza con un impulso
nervioso. Y l, con la incoherencia de la pasin, bes sus pies y el
arranque de sus piernas; bes su falda all donde pudo, en los ngulos
redondeados de sus rodillas, en la suave curva del vientre.

Ella se irrit al sentirse inmovilizada, sin poder huir.

--Djame!... Esto es ridculo. Acabemos!

Y el sombrero del prncipe rod de escaln en escaln, bajo un golpe de
aquellas manos finas que se defendan  ciegas.

Este incidente le devolvi su serenidad. S; efectivamente, era
ridculo. Y como viese en Alicia la intencin de desandar el camino,
volviendo  los jardines, Miguel, para inspirarle confianza, corri
escalera abajo, sin volver la cabeza, sin preocuparse de si ella le
segua.

Se juntaron al borde del mar, en un ancho camino que serpenteaba entre
las rocas sueltas orladas de espuma y las paredes casi verticales del
acantilado. Las mesetas y oquedades de la piedra haban sido
aprovechadas, en este promontorio de escasas superficies horizontales,
para construir algunos edificios que albergaban  las familias de los
empleados de Mnaco. En el filo del acantilado apareca, como una
cabellera verde, la lnea bordeante de los jardines altos, cortada 
trechos por viejas obras de fortificacin.

Eran bastiones en declive, con garitas salientes en sus ngulos, iguales
 los que se ven en los viejos grabados  en las decoraciones de teatro.
Enormes lpidas de piedra con caracteres latinos cantaban la gloria de
los diversos prncipes soberanos que haban hecho construir estas
costosas obras de defensa, ahora anacrnicas  intiles. Lubimoff
esperaba ver surgir de las garitas algn granadero de uniforme blanco y
vueltas de grana, llevando sobre el negro mostacho y la peluca con
polvos una mitra de oro.

Caminaron lentamente en el crepsculo. Arriba, la luz anaranjada del
ocaso enrojeca suavemente las aristas de la roca, las arboledas, las
fachadas blancas. Al borde del mar, la sombra era azul, una sombra de
noche lunar. El cielo ensangrentado por la puesta del sol permaneca
invisible para ambos detrs del pen de Mnaco. Slo podan contemplar
el cielo de la parte de Italia, cada vez ms obscuro, ms denso,
preparndose  dar paso  las primeras punzadas luminosas de las
estrellas.

Se cruzaron con varios pescadores que regresaban  sus viviendas
cargados de cestos y redes.

Alicia experimentaba inquietud en algunas revueltas completamente
solitarias. Luego, al ver una casa  un transeunte que se iba
aproximando, reanudaba su conversacin. Lo que ella tema era un alto en
el camino, sentarse con el prncipe en el pequeo parapeto que bordeaba
la costa. Mientras siguiesen marchando!...

Dej sin protesta que Lubimoff pasase un brazo por otro suyo, apoyndose
en l. Se expresaba con tanta humildad!... Pareca arrepentido de sus
atrevimientos; le peda perdn con su plida sonrisa. Adems, le hablaba
de su hijo con un optimismo acariciador. Todos los temores de ella eran
infundados; su hijo volvera: estaba seguro de ello. Iba  recibir
buenas noticias de un momento  otro; tal vez aquella misma noche.

Era un hombre, y por mucho que amase  su madre acabara por amar  otra
mujer con mayor vehemencia, crendose una vida aparte, como todos los
dems.

--Y t, que an puedes considerarte joven, que tienes derecho  largos
aos de ventura, quieres renunciar  todo, como una vieja?... Por qu?
Qu adelantas con eso?...

Ella bajaba la frente sin saber qu contestar, y su turbacin era tal,
que no hizo el menor movimiento cuando el brazo de Miguel dej de
apoyarse en el suyo para ceir su talle. As avanzaron, estrechamente
ligados, formando un solo cuerpo, dando paso tras paso instintivamente,
sin saber hacia dnde marchaban. El, con los ojos puestos en ella,
espiaba su rostro, esperando la cada de una mirada, de un monoslabo de
aceptacin. Alicia tema encontrarse con estos ojos implorantes, y
entornaba los suyos.

--Di que s--murmur Lubimoff--, di que quieres. Por algo nos hemos
encontrado; por algo viniste  buscarme. Vamos  rehacer unas vidas que
se torcieron por nuestra vanidad y nuestro orgullo. Seamos, aunque algo
tarde, lo que debimos ser.

--No--suspiraba Alicia--, no puedo... Mi hijo!...

Y  continuacin se apresur  murmurar, como arrepentida:

--S; tal vez... ms adelante... Pero ahora, no. Qu vergenza!...
Cuando yo est tranquila, cuando no sienta esta preocupacin que me
destroza... Te quiero; te basta con eso? Te quiero...

Estas dos palabras le bastaban al prncipe. El, que haba llegado con
tantas mujeres  los mayores extremos de dominacin, sin sentirse nunca
ahito, se contentaba con la breve frase, que tena para sus odos una
msica dichosa.

Fu subiendo su brazo ms arriba del talle de Alicia, mientras con la
otra mano reclinaba su cabeza en uno de sus hombros.

Son un beso, un largusimo beso, sin que se detuviese la marcha de los
dos. La mujer no opuso resistencia, y poco despus, su boca, animada por
un despertar febril, se uni  este beso, hacindolo ms apasionado, ms
vibrante  interminable. Ya no senta miedo; seguan caminando, y  su
enamorado le era imposible repetir las osadas del jardn. Es ms: se
confesaba interiormente, con cierta vergenza, el deleite que esta
caricia andante resucitaba en ella.

--Te quiero--suspir, sin saber lo que deca--, te quiero; pero lo
otro, no!... Ammonos como si fusemos muchachos. Es ridculo  nuestra
edad... pero tan dulce!

En aquel momento, el alma de Lubimoff era igual  la suya. Este simple
beso le pareci el mayor de los placeres que haba conocido. Encontraba
 la vida un encanto nunca sospechado. Crey contemplar el paisaje ms
hermoso de la tierra. Qu interesantes las viejas fortificaciones! Qu
grande hombre Alberto de Mnaco al construir esta ruta asfaltada y
solitaria, para que l marchase prendido por su boca  la boca de una
mujer!...

Caminaban lo mismo que si estuviesen ebrios, en continuo zigzag, desde
el parapeto al corte del acantilado, labios con labios, los ojos
tocndose, como si nada existiese ms all,  imaginndose buenamente
que marchaban en lnea recta. Desde lejos les hubiesen credo dos
adversarios que luchaban, tambalendose con los empujones de la pelea.

El, dominado repentinamente por el deseo, qued inmvil y se neg 
seguir adelante.

--No... no!

Alicia protestaba ante el peligro, quebrantada an su voluntad por las
emociones recientes, pero esforzndose por mantener su negativa.

La boca de l se haba separado de la suya. Sus ojos brillaban con un
estrabismo agresivo. Las manos bajaron  lo largo del cuerpo femenil,
ganchudas como garras.

--No quiero; te he dicho que no quiero!... Sigamos!

Ella se agit entre sus brazos con una agilidad de gimnasta, y al salir
de este encierro son un crujido de tela desgarrada.

--Mira, brbaro!... mira lo que has hecho!

Estaba inmvil, con la boa de piel cayndose de uno de sus hombros,
mientras buscaba en el otro el rasguo que acababa de sufrir su vestido.

Miguel, colocndose  sus espaldas, vi que tena una manga casi suelta,
dejando ver la blanca carne del brazo y la deliciosa oquedad de la axila
con su fino musgo.

Se arrepinti de su violencia, de sus maneras, que rompan al acariciar,
como las de un marinero ebrio.

Otra vez se apiad Alicia de su confusin infantil.

--No vale la pena. Es un vestido de hace dos aos; est tan viejo, que
se rompe con solo mirarlo... Inconvenientes de pasear con una pobre.

Despus la preocup este rasguo tan visible. Iba  entrar en
Monte-Carlo,  pie  en tranva; qu diran vindola en tal estado!

--Un alfiler; tienes un alfiler?

Esta peticin aument el remordimiento del prncipe. Dnde puede
encontrar un hombre un alfiler?... Mientras Alicia buscaba en sus ropas
intilmente, l pens en regresar al Museo  escalar los peascos hasta
una de aquellas casas donde vivan los empleados del prncipe. Habra
dado cien francos por un alfiler... pero se acord de que no tena nada
en sus bolsillos.

Empez  registrarse lo mismo que ella, aunque tena la certeza de que
la rebusca era intil.

De pronto sonri triunfante.

--Toma el alfiler.

Era el de su corbata; una perla famosa, muy admirada por las mujeres, y
que no haba querido dar nunca, por ser regalo de la princesa Lubimoff.

Tuvo que encargarse l mismo de arreglar la rotura de la espalda,
suspirando de angustia.

--No sabes--deca riendo Alicia--. Cuidado, que me pinchas. Qu torpe!

Pero l acab por sentirse contento de su torpeza. Acariciaba el desnudo
brazo con sus dedos, se estremeca al rozar aquel pliegue de la carne
que guardaba en su sombra aterciopelada cierto misterio sexual.

--Quieto!--chill ella--. No vuelvas  las andadas; mira que me
enfado... Bien est as... Vmonos!

Se ech atrs la boa para ocultar el torpe remiendo y la perla, que
resaltaba con una magnificencia incoherente. Volvieron  marchar, sin
que Miguel intentase nuevas audacias. El ltimo incidente le haba hecho
circunspecto. Insultbase en su interior, considerndose un brbaro,
incapaz de vivir entre verdaderas seoras.

Al llegar  la ltima revuelta salieron de la penumbra azul del
acantilado. Sobre sus cabezas tenan el ngulo final del baluarte y una
garita de piedra; enfrente el puerto, con su boca flanqueada de dos
torrecillas luminosas, y en la ribera opuesta la altura de Monte-Carlo,
sus edificios enormes, sus cpulas charoladas, que reflejaban el ltimo
fuego rosa del crepsculo.

Los dos se detuvieron instintivamente. En mitad del puerto, el yate
blanco del prncipe de Mnaco estaba inmvil, tirando de su boya. Junto
al muelle cercano unas cuantas tartanas cabeceaban, moviendo su mstil
nico, y un vapor espaol, ostentando su bandera neutral, descargaba
sacos de arroz y toneles de vino. La presencia de varios grupos de
hombres diseminados frente  las embarcaciones les impuso prudencia.
Dejaban de estar solos. Haban entrado de nuevo en la vida.

--Qu corto el camino!--exclam el prncipe.

Lo mismo pensaba ella. S, qu corto!

No deban marchar juntos. Era preciso despedirse all, lejos de la
gente.

Alicia lo tendi sus dos manos.

--Nada ms?--suspir Miguel.

Vacil la duquesa un instante. Luego, con una agilidad de muchacha, como
si an fuese la amazona endiablada del Bosque de Bolonia, salt hacia l
con los brazos abiertos.

--Toma... toma... y toma.

Fueron tres besos rpidos, fulgurantes, que slo duraron un segundo;
tres besos que hicieron pensar  Lubimoff si lo ignorara an todo en la
vida, pues nunca haba sentido el estremecimiento que circul por su
cuerpo desde el cerebro  los pies.

--Ms!... dame ms!

Ella ri de su gesto implorante.

--Se acabaron las locuras... Otro da, quin sabe!... Ahora vuelvo 
mis preocupaciones. Me da miedo entrar en mi casa; siento terror y
esperanza. Ay, la noticia que puedo recibir de un momento  otro!...
Di: t crees de verdad que no le ha pasado nada?... t crees que podr
volver?...




VIII


Spadoni entr en la habitacin de Novoa con el propsito de hacerle
hablar. Crea ahora fervorosamente en la ciencia del profesor, y al
verlo predispuesto al juego y reflexionando sobre sus misterios,
esperaba de l, con la simplicidad del creyente, algo milagroso, un
descubrimiento genial que los enriqueciese  los dos. Por esto el
pianista se levantaba antes que de costumbre, para sorprender al
catedrtico durante sus ocupaciones de limpieza personal. Consideraba
estas horas las mejores para una confidencia.

--La palabra azar--dijo Novoa--carece de sentido; mejor dicho, no existe
el azar. Es un invento de nuestra debilidad y nuestra ignorancia.
Decimos que un fenmeno es debido al azar cuando sus causas nos son
desconocidas  nos parecen inaccesibles al anlisis. Ignoramos las
causas de la mayor porte de los hechos, y salimos del paso atribuyendo
stos al azar.

El msico abri sus ojos de odalisca, contrayendo  la vez el rostro
aceitunado con un gesto de atencin y respeto. No entenda bien las
palabras del sabio, pero las admiraba de antemano, como un preludio de
revelaciones ms practicas y de inmediata aplicacin.

--Todo fenmeno--continu Novoa--, por mnimo que parezca, tiene una
causa, y un hombre de cerebro infinitamente poderoso, infinitamente
informado de las leyes de la Naturaleza, sera capaz de prever todo lo
que puede ocurrir dentro de unos minutos  dentro de unos siglos. Con un
hombre as sera imposible jugar  ningn juego. El azar no existira
para l. Poseyendo el secreto de las pequeas causas que hoy escapan 
nuestra inteligencia y de las leyes que rigen sus combinaciones, sabra
perfectamente todo lo que puede surgir del misterio de la baraja  de
los nmeros de la ruleta. No habra quien le resistiese.

--Oh, profesor!--suspir admirado el pianista.

Haca votos mudamente por que su ilustre amigo siguiese estudiando.
Quin sabe si llegara  ser ese hombre todopoderoso, y, apiadndose de
l, lo llevara  la rastra de su gloria!

Novoa sonri de la candidez de Spadoni y sigui hablando.

--El nmero de hechos que atribumos  ese azar (que no es mas que una
causa ficticia creada por nuestra ignorancia) vara, del mismo modo que
vara la ignorancia, segn los tiempos y segn los individuos. Muchas
cosas que son azar para el iletrado no lo son para el hombre estudioso.
Lo que hoy es azar no lo ser tal vez dentro de algunos aos. Los
descubrimientos cientficos acabarn por restringir considerablemente el
dominio del azar al disminuir nuestra ignorancia.

Se dilat el rostro del pianista con un gesto de ilusin.

--Usted es un sabio, profesor, un gran sabio!... No mueva la cabeza; yo
s lo que digo. Y tengo la seguridad de que si contina estudiando estas
materias importantes, encontrar una martingala que...

Le interrumpi el espaol, sealando  una baraja sobre una mesa
prxima. Se adivinaba que haba hecho estudios durante la noche, antes
de acostarse. Esta baraja era para Spadoni un testimonio de laboriosidad
cientfica, ms digno de respeto que todos los libros procedentes de la
biblioteca del prncipe que estaban olvidados en los rincones. El
catedrtico se preocupaba ahora de los misterios del azar, y Spadoni
estaba convencido de que encontrara algo mejor que todo lo que llevaban
inventado los simples jugadores.

Pero su esperanza se desvaneci ante el gesto desalentado de Novoa.

--Mire usted esta baraja: unos cuantos pedazos de cartn, y sin
embargo, resulta inmensa como el universo! Hace sufrir el vrtigo del
infinito, lo mismo que cuando se mira arriba con el telescopio  abajo
con el microscopio. Sabe usted cuntas combinaciones pueden hacerse con
una baraja de cincuenta y dos cartas?... No s cmo decrselo: ni el
diccionario ni la aritmtica conocen esta cifra por intil, pues est
mas all de los clculos humanos. Inventemos la palabra: ochenta
undecillones,  sea un 8 seguido de sesenta y siete ceros... Dos hombres
que se pusieran  jugar con una baraja de cincuenta y dos cartas y
jugasen una partida por minuto, siendo en cada partida el juego
diferente, slo llegaran  agotar todos las combinaciones posibles
despus de cien millones de siglos.

Se hizo un largo silencio, como si el ambiente de la habitacin quedase
agobiado por el peso de estas cifras inconcebibles. Spadoni bajaba la
cabeza.

--Ahora, dgame usted--continu el profesor--qu puede un pobre ser
humano, con todos sus clculos de probabilidades, contra este infinito.

Y agarrando un puado de cartas, las dej caer de nuevo sobre la mesa,
como una lluvia susurrante de colores.

--Todo depende del azar--aadi--,  mejor dicho, del error. Perdemos
por error y ganamos por l igualmente. Nuestro error es el resultado de
una infinidad de errores infinitesimales debidos  otra infinidad de
pequeas causas, cuyo anlisis no podemos intentar siquiera. Estas
pequeas causas son independientes las unas de las otras, y como es el
azar quien las dirige, obran tan pronto en un sentido como en otro.
Cuando el error infinitesimal es positivo, nos hace ganar; cuando es
negativo, perdemos.

Spadoni movi la cabeza afirmativamente, aunque sin entender gran cosa.
Lo nico claro para l era lo de los errores infinitesimales que hacen
perder. Los conoca; eran  modo de microbios, de grmenes malficos,
adheridos  l para siempre. Y deseaba que su sabio amigo encontrase un
antisptico para exterminarlos.

--Adems--dijo Novoa--, si existen probabilidades de ganancia, estas
probabilidades son proporcionales  las fortunas de los jugadores. Un
jugador pobre tiene menos probabilidades de ganar que otro que disponga
de capitales.

--Entonces, nosotros...?--pregunt melanclicamente el msico.

--Nosotros estamos abajo y hemos nacido para vctimas. El juego es una
imagen de la vida: los fuertes triunfan sobre los dbiles.

Spadoni qued pensativo.

--Yo he visto--dijo--jugadores ricos que acaban arruinndose como los
dems...

--Porque no se retiran  tiempo, cuando la fuerza de resistencia de sus
capitales hace llegar la hora de la ganancia. Tambin, en la vida, los
grandes devoradores, los hombres de espada, los multimillonarios, los
gobernantes, son  su vez devorados por una nivelacin final: la muerte.
Pero antes de esto triunfan por los medios poderosos que la suerte ha
puesto en sus manos. Nosotros los pobres no triunfamos jams un da
entero. Querer ganar una fortuna enorme con un pequeo capital equivale
 querer perder el pequeo capital.

Los dos quedaron desalentados; pero Novoa pareca haber sufrido el
contagio de las ilusiones de su compaero, y sinti la necesidad de
reanimarse con una fantasa de jugador.

--Sabe usted, Spadoni, cunto puede ganarse con mil francos? Anoche me
entretuve haciendo el clculo.

Y seal un pedazo de papel lleno de cifras que asomaba entre los
naipes. Lo mismo que el pianista!...

--Con mil francos, siempre doblando durante ciento cuarenta y tres
partidas (unas cuatro horas), se puede ganar un bloque de oro cien mil
millones de veces ms grande que el sol.

--Oh, profesor!...

Se miraron los dos con unos ojos de ardor mstico, como si realmente
estuviesen contemplando este bloque inconmensurable. Qu representaba
al lado de tal visin la ganancia de unos cuantos miserables
millones?...

       *       *       *       *       *

Toledo se iba dando cuenta poco  poco de las paulatinas
transformaciones de su amigo el sabio.

Le preocupaba mucho el adorno de su persona; haba pedido al coronel que
lo recomendase  su sastre de Niza; haca frecuentes viajes  esta
ciudad slo para sus compras.

Adems, jugaba. Don Marcos le sorprendi repetidas veces junto  una
mesa del Casino, de pie y meditando antes de arriesgar alguna de las
fichas que formaban breve columna oprimidas por su diestra. Pareca
deslumbrado por la facilidad de sus ganancias. Eran pequeas cantidades,
pero tan considerables en comparacin con las que haba recibido por
sus trabajos anteriores! Media hora le bastaba para ganar el sueldo de
un mes. Una tarde haba llegado  reunir tres mil francos: ms de medio
ao de trabajo en la ctedra y el laboratorio....

Monte-Carlo le pareca un pas interesante y la vida en l un descanso
plcido, que resaltaba sobre la monotona parda y laboriosa de su
existencia anterior. El Museo Oceanogrfico poda aguardarle: no se
movera durante su ausencia de la punta del pen de Mnaco. Los
estudios de la fauna martima no iban  progresar en unos cuantos meses.
Y cuando el director le vea entrar de tarde en tarde, con un aire
decidido, en el ambiente reposado y silencioso del Museo; cuando
reparaba en sus trajes flamantes, en la exactitud con que segua las
modas masculinas, balanceaba la cabeza melanclicamente. No era el
primero. Ah, Monte-Carlo!... Los viejos profesores miraban con un ceo
de profeta  la ciudad de enfrente. Jvenes llegados de diversos lugares
de la tierra para estudiar los misterios del Ocano acababan por hacer
clculos matemticos sobre las probabilidades de la ruleta.

--Y adems, tiene el amor--deca Castro al comunicarle Toledo sus
impresiones sobre Novoa--. Cuando no juega est al lado de esa Valeria.

Eran novios. El profesor lo haba comunicado misteriosamente  todos sus
amigos, luego de rogar  cada uno que guardase el secreto. Despus de
sus ftiles galanteos de estudiante, ste era el primero, el gran amor
de su existencia. Le inquietaba un poco la humildad de su situacin.
Qu dira Valeria, cuando fuese su esposa, al enterarse de lo poco que
ganaba como sabio?... Pero inmediatamente pona su esperanza en el
juego, aquella fortuna no sospechada que se le ofreca ahora
diariamente.

--Que siga esto unos cuantos meses--afirmaba ante el coronel--, y habr
reunido un capitalito antes de terminar el perodo de mis estudios.
Todos los das guardo algo, y eso que ahora gasto ms que nunca. Hay que
ser _chic_, como mi novia.

Toledo se limitaba  contestar con una sonrisa equvoca.

La dicha de Novoa iba acompaada de cierto orgullo. Tena  su futura
compaera por una gran dama, de mayor capacidad intelectual y ms serios
estudios que todos las de su clase. Era pobre, y por eso viva en un
estado casi de servidumbre. Pero vindola en trato familiar con la
duquesa de Delille, la consideraba tan importante como la otra, acabando
por confundir las cosas de ambas en un inters comn. Y como doa
Clorinda era ahora adversaria implacable de Alicia, y Atilio admita
ciegamente las ideas y caprichos de la Generala, una sorda animosidad
empez  surgir entre los dos hombres, que hasta entonces se haban
tratado con amable indiferencia.

--Las mujeres!--murmuraba Toledo al observar este odio progresivo--.
Bien deca el prncipe...

Pero otras preocupaciones ms importantes atormentaron al coronel. Se
haba iniciado la temida ofensiva. Los telegramas de la guerra eran
lacnicos y tristes. Retrocedan los aliados ante el avance alemn. Sus
lneas no se rompan, pero vacilaban, se encorvaban bajo los abrumadores
golpes del enemigo. Todos los das se perdan docenas de pueblos y
grandes espacios de terreno.

Don Marcos protestaba de la imprevisin de los generales con una clera
de primario, uniendo sus quejas  las del vulgo.

--Ya lo anunci yo--deca con suficiencia en los corrillos del atrio del
Casino, donde le escuchaban por su condicin de militar--. El kaiser ha
aglomerado en Francia todas las tropas que tena en Rusia. Quien no
esperaba esto?... Y los nuestros son indudablemente inferiores en
nmero.

El bombardeo de Pars acab de desorientarle en sus apreciaciones de
estratega. Mentira!, dijo trente al tabln de los telegramas, al leer
que los primeros proyectiles haban cado sobre Pars. No era posible:
lo afirmaba l, que estaba bien enterado del alcance de la artillera
moderna. Y al conocer la existencia de caones que tiraban a ms de cien
kilmetros, qued desconcertado. Qu tiempos! qu guerra esta!

Cuando le consultaban las seoras en el Casino  en el Hotel de Pars,
mostraba un optimismo inquebrantable ante las malas noticias.

--Eso no es nada: va  venir la reaccin. Los nuestros se retiran para
tomar mejor la ofensiva.

Al quedar solo, se desplomaba esta seguridad, dejando al descubierto una
fe vacilante, igual  la de los otros.

--Van  llegar hasta Pars, si Dios no lo remedia--se deca--. Ser
necesario un milagro, otro milagro como el del Marne.

Porque el buen coronel segua creyendo firmemente que la primera batalla
del Marne haba sido un milagro de Santa Genoveva, de Juana de Arco  de
otra personalidad bienaventurada que poda intervenir en los combates de
los hombres, como intervenan los falsos dioses cantados por Homero. No
pele Santiago en las batallas de Espaa siempre que los cristianos
atacaban  los moros?...

--El prodigio ha resultado intil--deca amargamente--. Habr que
repetirlo; habr que empezar otra vez, despus de cuatro aos de guerra.

Con el bombardeo de Pars se haba acrecentado muchsimo en unas semanas
la poblacin de la Costa Azul. Los trenes llegaban desbordantes de
fugitivos. Las calles de Niza estaban repletas de forasteros como en los
aos de paz, cuando se celebraban las fiestas de Carnaval. Monte-Carlo
vea aumentar considerablemente su pblico y se abran nuevas salas en
el Casino.

Pasaba Toledo la tarde y las primeras horas de la noche en el atrio,
esperando siempre buenas noticias, aceptando las malas con un optimismo
gil que encontraba excusa y justificacin  todo.

Se iba agrandando el crculo de sus amistades. Todos los das encontraba
rostros conocidos que no haba visto en mucho tiempo: estrechaba manos,
devolva saludos. Usted aqu!... El can disparado sobre Pars 
fabulosas distancias poblaba los salones de juego con una muchedumbre de
buen aspecto, casi tan numerosa como la de los aos tranquilos.

Don Marcos segua anunciando la reaccin, la contraofensiva para el da
siguiente, como si estuviese en misteriosa correspondencia con el
Cuartel General. Y la clera que despertaba en l este fracaso diario de
sus vaticinios iba  desplomarse sobre los que jugaban.... La vida, la
indecente vida, con sus apetitos que no conocen la moral, con sus
egosmos brutales!

En torno del coronel, las gentes parecan afligirse un instante leyendo
las malas noticias. Luego, los ms, entraban en las salas de juego. Tal
vez era por inconsciencia, tal vez por un ansia de aturdirse pidiendo al
azar las ilusiones del alcohol; pero la bolita de marfil giraba sin
descanso en numerosas ruletas, los naipes no cesaban de caer en doble
fila sobre las mesas del treinta y cuarenta, la aglomeracin en torno
de los tableros verdes iba en aumento.

Era un pblico nervioso, discutidor, irascible, que perda con facilidad
sus buenas maneras por un simple incidente. La acometividad de los
lejanos combates se esparca como un soplo feroz en torno de las mesas;
las mujeres tenan ademanes belicosos. Cada caonazo contra el lejano
Pars pareca aumentar el arroyo de dinero que chorreaba sobre
Monte-Carlo.

Cuando Toledo intentaba exponer sus opiniones y planes estratgicos en
Villa-Sirena, encontraba un pblico menos atento que el del atrio del
Casino. El prncipe tenia cosas ms interesantes en que pensar. Novoa
mostraba una alegra egosta, como si considerase este perodo el mejor
de su existencia y las desgracias del mundo sirviesen para dar un sabor
ms intenso  su dicha misteriosa. Spadoni escuchaba las cosas de la
guerra lo mismo que si le hablasen de fbulas lejanas.

El estaba por la realidad,  interrumpa al coronel para contarle cosas
ms interesantes. Ahora despreciaba al Casino, para frecuentar el
_Sporting-Club_, donde se reunan los jugadores ms audaces, empleando
con preferencia fichas de cinco mil trancos. Un griego que haba sido
simple marinero en sus mocedades tronaba all como un personaje de
epopeya, admirado por las damas en traje de baile y los graves seores
puestos de frac que se reunan en este crculo aristocrtico. Haba
aprendido  leer y escribir siendo ya maduro, pero posea una fortuna
enorme. La noche anterior, en cuatro horas de talla, haba ganado un
milln doscientos mil francos. Spadoni lo haba visto con sus ojos, 
imitaba el gesto del hroe al levantarse de la mesa llevando un cestito
de mimbre entre las manos; un msero cestito que contena, como si
fuesen barreduras del suelo, montones de papeles azules, montones de
fichas de cinco mil francos. Que no le hablasen  l de generales y
batallas! Este era un hombre!

Castro haba escuchado una noche al coronel con un silencio de mal
augurio y los ojos framente agresivos. De pronto, interrumpi los
planes estratgicos de don Marcos.

--Y  usted cundo lo ascienden?

Muchos de los generales clebres en la actualidad eran simples coroneles
al iniciarse la guerra. Ya era hora de que Toledo diese un salto en el
escalafn.

Y el pobre don Marcos, lastimado por esta burla cruel, contest
dignamente:

--Me contento con lo que soy, seor de Castro.

Saba perfectamente lo que era: coronel, y no deseaba ser mas. Y en su
pensamiento repiti varias veces que no deseaba ser ms.

A pesar de que en Villa-Sirena cada uno se preocupaba de sus propios
asuntos, mostrndose distrado en sus relaciones con los otros
huspedes, el mal humor de Atilio iba haciendo penosa la vida comn.

Toledo presenta el motivo de esta conducta. Doa Clorinda le trataba
mal indudablemente, y l,  su vez, se vengaba de sus humillaciones y
disgustos mostrndose spero  irnico con los amigos. El coronel haba
tenido que calmar  aquella seora cuando la encontraba en el Casino
comentando las noticias de la guerra. Senta hostilidad contra todos los
varones sin uniforme; faltaba poco para que los insultase.

--Emboscados! cobardes!... Si yo fuese hombre!...

Aunque no lo era, necesitaba hacer algo; y se consuma de impaciencia
por no poder emplear su actividad en el frente, bajo el silbido de los
proyectiles. Al fin di con el medio de ser til.

Quiso marcharse  Pars. Cuando todos los que podan escapar se
apresuraban  hacerlo, ella ira  instalarse en su antigua casa,
desafiando con su presencia el can y los aviones enemigos.

Castro se atrevi  insinuar tmidamente la ineficacia de este
sacrificio. El coronel aadi, con su competencia profesional, que le
pareca un disparate; pero ella no estaba dispuesta  modificar sus
deseos.

Pona en la suerte de la guerra un apasionamiento nervioso, una
vehemencia igual  la que perturbaba sus relaciones amistosas.

--De no triunfar los aliados, mi vida ser imposible. Cmo se burlaran
esos canallas!... Prefiero morir.

Los canallas eran sus amigos de antes de la guerra, gentes de diversas
nacionalidades que simpatizaban, por snobismo  por inters personal,
con los alemanes. La Generala, de un amor propio que infunda miedo,
deseaba morir, y lo deseaba de veras, antes que ver triunfantes  los
que haba escogido como enemigos.

--Si yo fuese hombre!...

Y Atilio, que buscaba las ocasiones de estar cerca de ella en el Casino,
 exageraba la belleza de ciertos lugares para inducirla  paseos
solitarios, hua apresuradamente ante estas palabras, en las que
adivinaba un insulto.

Luego, al verse en Villa-Sirena, su amorosa sumisin se converta en
hostilidad para los dems.

Haba descubierto que odiaba  Novoa,  mejor dicho, que deba odiarlo
lgicamente. Doa Clorinda estaba reida con Alicia, y aquella
marisabidilla que tanto entusiasmaba al profesor era la acompaante y
protegida de la duquesa. Por esto l deba ser enemigo de Novoa, como
dos hombres que no se han hecho ningn dao particularmente, pero
pertenecen  dos naciones en guerra.

Adems--y esto no quera confesrselo--, le daba cierta envidia el aire
satisfecho y triunfante del sabio. Novoa no sufra repulsas y desvos;
era la mujer la que lo buscaba, esforzndose por halagar sus aficiones,
fingiendo un inters cientfico por cosas que nada le importaban; todo
para conservarlo bajo su dominacin. Hombre feliz y antiptico!...

Como ocurre siempre que se vive en roce continuo con una persona que
empieza  no ser grata, Atilio descubri casi  diario numerosos motivos
de molestia, que expona  Toledo.

Su amigo el profesor pretenda burlarse de l, y no estaba dispuesto 
tolerarlo. Un da haba tenido que aguardar media hora en casa de su
peluquero. El profesor ocupaba su silln y empleaba  su manicura. Un
atrevimiento! Quera sin duda rivalizar con l, y por esto se haca
vestir por su mismo sastre de Niza. Otra insolencia! Adems, no saba
llevar la ropa... Hasta sospechaba que, para ser grato  su novia y  la
protectora de sta, deba permitirse hablar mal de cierta dama, y si l
llegaba  saberlo!...

Pero el coronel no prest atencin  tales amenazas. Las tristes
novedades de la guerra quitaban toda importancia  los asuntos de su
vida corriente.

Los alemanes seguan avanzando hacia Pars. El retroceso de los aliados
continuaba bajo los repetidos golpes del enemigo. Las ilusiones de
Toledo disminuan por momentos. Ya dudaba de todo. Los invasores eran de
una superioridad numrica aplastante.

Slo tenia una esperanza. Si llegase  ser verdad el auxilio prometido
por los Estados Unidos! Si no resultase un _bluff_, como crean
muchos!... Ahora, con la imaginacin, slo vea la Amrica del Norte,
sus puertos llenos de muchedumbres en armas, las azules planicies del
Ocano aradas por miles de buques que venan  desembarcar en Europa
ejrcitos interminables. Y como transcurran semanas sin que se
realizasen sus ilusiones, daba consejos  Wilson desde las arboledas de
Villa-Sirena  entre las columnas de jaspe del atrio del Casino.

--En qu piensa ese seor?... Por qu no vienen? Si no se apresuran,
todo habr terminado antes de su llegada.

La discordia y la guerra le tocaron de ms cerca, dentro de sus
dominios, hacindole considerar por unas horas la conflagracin general
como un asunto de secundario inters.

No supo ciertamente cmo se fu iniciando la pelea; pero una noche,
durante la comida, not que Castro y Novoa, con estudiada frialdad,
cruzaban sus palabras lo mismo que si fuesen espadas. El prncipe no
poda adivinar esta animadversin de sus dos amigos, pues nunca, en su
presencia, abandonaban las formas corteses. Adems, ocupado en sus
propios pensamientos, no se di cuenta de que el profesor se haba
vuelto algo pendenciero, excitado sin duda por la hostilidad de Atilio.
Novoa hizo una leve alusin  la belicosa Generala, que pretenda
marcharse  Pars, como si su presencia pudiese influir en la guerra.
Castro vi en esto un reflejo de la enemistad de la duquesa.
Indudablemente, Valeria se haba redo con l de los entusiasmos de doa
Clorinda. Y cerr contra la protegida de Alicia, una hambrienta, una
pedantuela, que se rozaba con seoras y slo era una domstica. El no
comprenda los amores sentimentales con mujeres de esta clase... Sinti
tentaciones de atacar igualmente  la de Delille, pero se contuvo
recordando que era parienta del prncipe.

Los dos hombres quedaron silenciosos y plidos, mirndose como enemigos.

Al da siguiente, Atilio, antes de marcharse al Casino, llam aparte 
don Marcos. Tal vez tuviese pronto un lance de honor: poda contar con
l para que le apadrinase?

El coronel se irgui, frunciendo las cejas con un gesto grave. Llevaba
varios aos sin cumplir esta solemne funcin, para la cual pareca haber
nacido. Su ltimo duelo databa de ocho aos antes: un encuentro en la
frontera italiana entre dos seores que se haban abofeteado por una
trampa de juego.

An se hizo ms sombro su rostro mientras se inclinaba en seal de
asentimiento, llevndose una mano al pecho. Como en don Marcos todas las
acciones se acoplaban con detalles de indumentaria, y crea imposible
realizar un acto sin el uniforme correspondiente, record en seguida
cierta levita olvidada mucho tiempo en su ropero,  la que l llamaba
la levita de los desafos; una prenda negra, de corte napolenico y
largos faldones, que sacaba  luz siempre que era padrino y le
perteneca por su carcter militar dirigir el combate.

--Acepto. Un caballero no puede negar este servicio  otro caballero.

Y aceptaba con verdadero agradecimiento, pensando en la conveniencia de
airear, fuera de su prisin alcanforada, aquella vestidura grave como la
muerte.

Pero en la misma tarde le busc Novoa. Este hablaba tmidamente, sin la
elegante indiferencia de Castro, con cierta sospecha de que pudiera
estar haciendo una necedad. Tal vez tuviese pronto un lance de honor.

--Como no entiendo de eso, coronel, usted ser mi padrino... Mis
estudios han sido otros; pero cuando se insulta  una seora, cuando veo
atropellada  una joven indefensa, me considero tan hombre como el ms
valiente.

Don Marcos di un salto... Ah, no! Sus ojos se abran  la verdad.
Olvid el oreo de su levita; poda seguir embalsamada en su encierro. Y
como el profesor era menos temible que el otro, descarg en l su
indignacin. Pensar en batirse por unas nonadas, cuando millones de
hombres daban su sangre por grandes ideales!... Y l, que haba
recordado tantas veces como acciones heroicas sus trabajos de padrino,
hizo un gesto repelente, lo mismo que si le propusieran algo contra su
honor.

Pocos das despus, Novoa habl al prncipe con una brevedad que
ocultaba mal su emocin. Estaba muy agradecido al dueo de Villa-Sirena;
nunca olvidara la dulce existencia en este retiro; pero necesitaba
volver  su antiguo alojamiento. Nuevos trabajos cientficos le
obligaban  vivir en Mnaco; el director del Museo se quejaba de sus
ausencias.

Y se march, para instalarse en una pobre casa de la ciudad vieja,
renunciando  las comodidades y abundancias de aquel palacio regentado
por el coronel.

A pesar de tales excusas, el prncipe manifest sus dudas  Toledo. No
vea con claridad en esta fuga. Tal vez exista otro motivo que l no
llegaba  adivinar.

--S; tal vez--contest sonriendo don Marcos--. Debe ser asunto de
faldas.

Asinti Miguel. Indudablemente, era por Valeria. Viviendo en Mnaco se
consideraba ms libre para sus entrevistas con aquella muchacha.

--Ay, las mujeres!--exclam el prncipe--. Qu poder tienen sobre
nosotros!

--Y cmo perturban las relaciones entre los hombres!

La voz de Toledo al decir esto era tan desolada como fu la del prncipe
al enumerar  sus amigos las ventajas de vivir alejados de la mujer. En
cambio, Miguel aceptaba ahora la dominacin femenil, y casi envidi 
este sabio porque volva  su antigua modestia para encontrar con ms
frecuencia  Valeria.

El era menos dichoso. Transcurran los das sin que consiguiese repetir
su paseo con Alicia por los jardines de Mnaco.

--Te amo--deca ella--. Puedes creer que no olvido aquella tarde... Ms
adelante haremos la misma excursin. Ahora no; s cul sera el final.
Me es imposible... Pienso en mi hijo.

No dudaba Miguel de esto ltimo; pero algo ms que la inquietud por el
ausente ocupaba el pensamiento de ella. Volva  entregarse al juego con
las cantidades encontradas en su casa. Hasta sospech el prncipe si
habra vendido  empeado el alfiler con que repar el desgarrn de su
vestido. Despus de regalarle la perla de la princesa Lubimoff, no la
haba visto ms. Alicia pareca insensible  los primeros esplendores de
la primavera.

--Un da iremos--dijo, al recordarle l los jardines de San Martino--.
Te lo prometo. Pero necesito verme libre de preocupaciones; haberlo
perdido todo  ganado todo. Debo aprovechar el tiempo... Ya ves; ahora
la fortuna parece que vuelve  acordarse de m.

Ganaba poco, pero ganaba; y esto le haca esperar la repeticin de
aquella racha de buena suerte que haba conmovido al Casino.

Por las noches se retiraba contenta. Tena tres mil  cuatro mil francos
ms; pero qu era esto?... Se lamentaba de la escasez de su capital.
Quera hacer el gran juego, para recuperar todo lo perdido. As, poco 
poco, no llegara nunca. Si pudiese reunir otra vez aquellos treinta
mil francos, que suban  bajaban, pero mantenindose siempre fieles!...

Miguel permaneca en el Casino horas y horas, cerca de la mesa de ella,
atisbando una ocasin propicia, sin poder conseguir mas que breves
conversaciones en un descanso del juego  al tomar el t en el _bar_ de
los salones privados.

Una maana fu  sorprenderla en su villa. Eran las diez. Encontr 
Valeria, que acababa de ponerse el sombrero y pareca contrariada por
esta visita. Tal vez iba  Mnaco; tal vez su hombre de ciencia la
aguardaba en alguna callejuela de Monte-Carlo.

--La duquesa se fu  la fbrica--dijo sonriendo--. Debe estar ya en
pleno trabajo.

El Casino era la fbrica para los jugadores, y llamaban de buena fe
trabajar  sus angustias y cabildeos en torno de las mesas.

Sin duda haba pasado gran parte de la noche haciendo nmeros, para
correr al Casino  la hora de su apertura, con los ojos cargados de
sueo, sin fijarse en el adorno de su persona, como si le faltase el
tiempo para poner en prctica alguna portentosa combinacin acabada de
inventar.

Siempre que la encontraba, el prncipe, con una astucia pueril, aluda 
la suerte de su hijo. Slo as lograba que saliese de sus preocupaciones
de jugadora que la tenan en perpetua distraccin, hablando y sonriendo
automticamente, con una mirada de sonmbula.

Lubimoff le mostr una tarde varios telegramas y cartas de Madrid, de
Pars, de Berna. Reyes y ministros se ocupaban en averiguar la suerte
del aviador desaparecido. Hasta de Berln llegaba la promesa, por
conducto de una Legacin neutral, de buscar  este joven en todos los
campos de prisioneros. Sospechaban que deba estar confinado en Polonia
en un campamento de castigo.

Alicia se lanz con vehemencia  medir el tiempo, como si la anhelada
noticia fuese  llegar de un momento  otro.

--Por Dios te lo pido, Miguel! Escribe, telegrafa hoy mismo. Diles 
esos seores tan buenos que me contesten directamente. Podra llegar el
telegrama  la carta  tu villa mientras t estas fuera, y yo sin
saber nada horas y horas!... No; que se dirijan  m. Todos los das, al
salir, le encargo  mi jardinero que si llega un telegrama me lo traiga
al Casino. Figrate mi impaciencia!... Di que vas  hacer eso.
Promteme que no lo olvidars.

Lo nico que poda olvidar el prncipe eran sus asuntos personales
cuando estaba al lado de Alicia. Slo pensaba en el descubrimiento de
aquel cautivo, del que dependa su felicidad.

--El da que sepa con certeza que vive!... Vers entonces cun distinta
soy. No te aburrir con mis tristezas: encontrars  otra mujer.

Y efectivamente, su sonrisa, sus miradas prometedoras, le hacan
encontrar otra vez  la Alicia que haba marchado junto  l por el
camino de la costa con la boca pegada  la suya en un beso interminable.

Al quedar solo, le asaltaban sus propias tristezas y preocupaciones.
Haba recibido noticias de Rusia por varios fugitivos que acababan de
librarse de la persecucin revolucionaria. Los que administraban sus
bienes all haban sido asesinados. El palacio Lubimoff serva de
residencia  un comit bolchevique. Sus minas eran propiedad nacional,
aunque nadie las trabajaba; sus tierras estaban repartidas; varios
personajes obscuros, antiguos ropavejeros y comerciantes de lquidos
alcohlicos, se haban hecho dueos de sus casas, no saba cmo. Y al
mismo tiempo que estas noticias inquietantes para su porvenir, llegaban
otras que le heran en sus mejores recuerdos. Una gran dama de la corte,
con la que haba tenido unos amores de grata memoria, venda ahora
peridicos en las calles; otra muy elegante, que lanzaba las modas en
Petersburgo, barra la nieve y haba perdido varios dedos por el fro.
Poda contar  docenas sus amigos muertos; unos, en montn,  tiros de
revlver, en el fondo de una mazmorra; otros, fusilados. Varios haban
perecido de hambre, como moran aos antes los de abajo, que ahora
tomaban su desquite.

Todos estos horrores despertaban su egosmo, hacindole encontrar nuevos
encantos  su situacin. El mundo haba cado en una demencia
sanguinaria. En Oriente y Occidente los hombres se agitaban como fieras,
mientras l permaneca tranquilo junto al ms risueo de los mares, con
una pasin, con un deseo que llenaba su existencia, poco antes vaca,
resucitando los entusiasmos y las vehemencias de la juventud. A la misma
hora en que tantos miles de seres moran en masa, borrndose pueblos
enteros de la superficie del planeta, l viva sometido  una mujer, y
encontraba muy dulce esta servidumbre...

Una tarde, en el _bar_ de los salones privados, Alicia le habl con
resolucin. Necesitaba hacer el gran juego. Ya estaba harta de
trabajar con pequeas cantidades, consiguiendo ganancias modestas.
Adems, despreciaba el Casino, con sus puestas limitadas, su ruleta y su
treinta y cuarenta, juegos casi mecnicos en los que no se ve enfrente
 un banquero, sino  simples empleados, lo que da la impresin de estar
luchando con una mquina formidable, pero de funcionamiento montono,
sin fantasa, sin alma. Ella necesitaba el _baccar_. Tena reunidos
otra vez treinta mil francos:  la gran ganancia  nada! Prefera
perderlo todo y acabar de una vez.

--Esta noche en el _Sporting_. No digas que no: te necesito. Tengo la
corazonada de que esta noche va  ser decisiva para m... y tal vez para
ti. Colcate enfrente: que yo te vea. Acurdate que en las tardes buenas
t estabas cerca. Me dars la suerte... No muevas la cabeza; te digo que
me dars la suerte.

Lo afirm con tal conviccin, que Miguel desisti de su negativa.

--Ven; t ganars: te lo prometo. Vas  ganar, sea cual sea el
resultado. Si me dejan limpia, maana pasearemos por los jardines de
Mnaco, como la otra vez. Y si gano... si gano lo que yo deseo!...

No necesit decir ms. Su mirada y su sonrisa entusiasmaron  Miguel. Le
vera en el club.

Aquella noche, Castro y Toledo se sorprendieron al notar que el prncipe
se sentaba  la mesa vestido de _smoking_ lo mismo que ellos.

--El patrn no se queda en casa--dijo Atilio al coronel--. Va  la
pera, como nosotros.

Fu al teatro del Casino para distraerse hasta media noche. No supo con
certeza qu personas le hablaron en los entreactos ni qu manos
estrech. Tuvo que hacer un esfuerzo repetidas veces para acordarse del
ttulo y del autor de la pera. Lo mismo le daba esta msica que otra.
Era un arrullo que meca sus pensamientos, calmando su emocin: una
emocin compuesta de miedo y de esperanza.

En el primer acto, dese que Alicia lo perdiese todo, absolutamente
todo; as sera ms suya, dependera en absoluto de l, con una
esclavitud dulce. Luego, en los actos sucesivos, pens en la
desesperacin de Alicia despus de esta prdida. Era una apasionada, que
pona en el juego vanidades de artista. Lamentara tal vez, ms que el
dinero desaparecido, su fracaso personal. No; era preferible que ganase.
Pero qu larga resultaba esta msica!... con qu lentitud marchaba el
reloj!...

Pasadas las once, cuando fu aclarndose en el atrio el pblico salido
de la pera, Miguel se meti en un ascensor, que le hizo bajar  las
entraas del suelo, y sigui despus un subterrneo, cuyo estuco
policromo reflejaba el brillo de las luces elctricas. Marchaba por
debajo de la plaza del Casino, cruzada en aquel momento por numerosos
carruajes. Otro ascensor le subi  un gran saln con columnas. Era el
_hall_ del Hotel de Pars. Vi damas vestidas de _soire_, seores
puestos de _smoking_, la concurrencia habitual de los hoteles de lujo,
que se pone su uniforme para comer y se queda haciendo la digestin en
los profundos sillones, mirndose sin decir nada  hablando en voz baja,
lo mismo que en una iglesia, hasta que la rinde el sueo.

Salud de lejos  varios conocidos que se incorporaron deseosos de
entablar conversacin, fingi no ver  ciertas damas que le sonrean,
moviendo la cabeza para llamarle, y entr en un segundo ascensor,
hundindose de nuevo en la tierra. Este subterrneo era curvo y sus
paredes decoradas con pinturas pompeyanas. Se extenda por debajo de dos
hoteles y sus jardines. De nuevo una caja ascendente lo llev ms arriba
de la superficie del suelo. Abri una puerta de cristales. Un viejo
lacayo con casaca azul, calzn corto y medias blancas se inclin algo
sorprendido al reconocer despus de una breve vacilacin al prncipe
Lubimoff. Estaba en el _Sporting-Club_.

Haca aos que no haba entrado all: desde antes de la guerra. El no
era jugador, y slo su inters por algunas mujeres le haba hecho pasar
las noches en esta sociedad elegante, que, como muchas de su clase, no
era mas que un garito.

Los salones resultaban pequeos despus de media noche; se caminaba
pisando colas de vestidos femeninos; haba que valerse de hbiles
deslizamientos para pasar entre los grupos. Todos fumaban, las mujeres
ms que los hombres, y la atmsfera se enrareca con el humo del tabaco
y el vaho de los bustos desnudos, algo sudorosos bajo su capa de
blanquete. Al olor de la carne femenil se una un perfume moribundo de
flores marchitas. Los ricos despreciaban las muchedumbres del Casino,
encontrando en el amontonamiento de este club un signo de distincin.
Jugaban entre ellos, considerndose  cubierto de una mala vecindad en
la mesa, de roces con personas sospechosas que resultaban frecuentes en
los salones pblicos. Para entrar aqu era preciso ofrecer garantas;
padrinos que respondiesen de la honorabilidad del presentado.

El prncipe conoca bien  esta concurrencia brillante. Se encontraban
en ella individuos de familias reales, herederos de coronas que estaban
de paso en la Costa Azul, banqueros famosos, millonarios de todas las
partes del mundo, damas clebres por su nacimiento, por su hermosura 
por sus joyas, muchas cocotas famosas y vetustas, y algunas jvenes y
frescas que deseaban llegar pronto  la vejez, como si esto fuese una
condicin de la celebridad. Todas ellas se haban exhibido sobre
escenarios para mostrar conejos amaestrados, para bailar mediocremente,
para cantar sin voz, y entraban en el club bajo el ttulo vago de
artistas.

Miguel avanz  travs de una atmsfera caldeada por las respiraciones y
los desfallecientes perfumes. Tuvo que fijarse en dnde pona sus pies,
lo mismo que en otra poca. Ahora, los vestidos femeninos eran muy
cortos y las piernas se mostraban descubiertas con tranquilo impudor. La
guerra recortaba las faldas, como si las mujeres, obligadas  correr en
pleno campo, hubiesen tomado por modelo  la antigua cantinera. Pero
casi todas, para no romper enteramente con la majestuosa tradicin,
haban aadido al faldelln de moda una cola estrecha y aguda como una
lengua, que segua sus pasos.

Una dama sali al encuentro de Lubimoff, y ste tard en reconocerla.
Haca tantos aos que no haba visto  Alicia vestida de _soire_! Su
traje databa de antes de la guerra, pero era rico y la duquesa lo
llevaba con el mismo garbo que en sus tiempos de opulencia. El largo
collar de perlas adquira un aspecto de autenticidad sobre su persona,
as como los dems adornos. Se adivinaba en ella un arreglo
extraordinario con motivo de su visita al club.

Lo frecuentaba poco; este pblico, compuesto de antiguos amigos, hablaba
demasiado, estorbndola en sus clculos de jugadora. Prefera el Casino,
con sus vastos salones y su muchedumbre abigarrada que se expresa en
diversas lenguas. Era plebeya en su juego: tena la supersticin de que
la fortuna acude ante todo all donde sus devotos forman masa. La
corazonada de su buena suerte y el juego del _baccar_, que nicamente
funcionaba all, le haban decidido  faltar por una noche  sus
costumbres habituales.

El prncipe la felicit por su hermoso aspecto, por su traje, por sus
perlas...

--Falsas, escandalosamente falsas, hijo mo--dijo riendo y mirando en
torno de ella--. Pero bien sabes que la mayor parte de las que llevan
las otras no son mejores. Ay, las perlas! Si se juntasen todas las que
se lucen en el mundo, resultara que el mar no tiene espacio para haber
producido la dcima parte.

Se llev  Miguel hacia el _bar_. Quera pedirle un favor. A las doce
empezaba la partida de _baccar_; ella haba solicitado la banca, pero
los reglamentos del club se oponan  su pretensin. Pobres mujeres!
Hasta en el juego estaban condenadas  una inferioridad degradante.
Podan perder su fortuna confundidas en la masa de los puntos, pero
les estaba vedado ser banqueras. Los legisladores de esta sociedad y de
otras semejantes teman sin duda que las mujeres fuesen ms dadas  la
trampa que los hombres. Ella, la duquesa de Delille, no poda ser igual
al marinero griego que tallaba todas las noches con una suerte
inverosmil, haciendo incurrir al pblico en sospechas y malos
pensamientos.

--Exigen un hombre que talle por m, que aparezca como banquero, aunque
todos sepan que el capital es mo, y he pensado que t puedes hacerme
ese favor. Me gusta que vayamos juntos... juntos en este negocio que es
para m de vida  muerte! Adems, estoy segura del xito si t tallas.
Y qu acontecimiento! Cmo acudirn los puntos! El prncipe
Lubimoff haciendo de banquero!...

Pero no pudo continuar. Miguel la interrumpi con un gesto rotundo de
negativa. Era intil cuanto dijese. Se indignaba solamente ante la
suposicin de que le vieran sentado  la mesa verde jugando un dinero
que no era suyo y teniendo  Alicia  sus espaldas. Adems, estaba
seguro de perder.

La duquesa se separ de l apresuradamente. Pasaba el tiempo, y de un
momento  otro iban  adjudicar la banca. Crey de nuevo en su buena
estrella al ver  un joven deslizndose tmido entre los grupos.

--Spadoni!... Spadoni!

Palideci el pianista al escucharla. Oh, duquesa!... Temblaba y
balbuceaba de emocin. El tallando en el _Sporting-Club_, ante el
pblico elegante de las noches de pera, manejando miles de francos, con
todas las miradas fijas en su persona... Era el coronamiento de una
carrera: despus de esto, morir.

Dos jugadores haban solicitado la banca: el clebre griego y un
industrial de Pars que se estaba enriqueciendo fabulosamente con la
fabricacin de material de guerra. Spadoni su present tambin, llevando
en un bolsillo los quince mil francos necesarios para tomar la banca.
Haba que echar suertes entre los tres solicitantes. Un empleado del
club trajo una botella de mimbre que contena diez bolas numeradas, y
despus de agitarla, arroj tres sobre la mesa: una para cada uno.
Alicia, metida entre ellos con una familiaridad varonil, casi palmote
de alegra. La suerte haba favorecido  Spadoni; de l era la banca.
Mas el pianista, respetuoso de los privilegios que merece el genio, se
excus modestamente y pidi perdn con la mirada y la sonrisa  su rival
el griego.

Era un hombre obeso, casi cuadrado, de tez morena y lustrosa, bigote
negro y unos ojos algo oblicuos, de fijeza agresiva, que recordaban los
del jabal. Sus abuelos haban sido piratas en el Archipilago, y l,
viendo cortada esta carrera heroica, hizo el contrabando en su juventud.
Spadoni, algo intimidado por la majestad del grande hombre, balbuceaba
excusas con los ojos fijos en su pechera brillante ornada de perlas y en
el chaleco de seda gris que cubra su recio vientre. El griego le
contest con un mugido de mal humor, alejndose luego de hacer una
reverencia  la duquesa casi igual  las que haba visto en el teatro.
Aunque apenas saba leer, estaba enterado de cmo hay que tratar  una
dama que declara la guerra.

Las doce de la noche. Ces el juego en las mesas de ruleta y treinta y
cuarenta. El pblico se fu aglomerando en la sala del _baccar_. Haba
circulado la noticia: el pianista Spadoni, considerado por todos como un
parsito armonioso, iba  ocupar el mismo sitio que era las otras noches
del griego; pero en realidad, la banca perteneca  la duquesa de
Delille.

En torno de la mesa se form una triple fila de personas, oprimidas
pecho contra espalda, incrustndose unas en otras para ver mejor sobre
los hombros inmediatos.

Spadoni sonrea, pero acab por intimidarle la curiosidad irnica fija
en su persona. Muchos de los que le contemplaban eran importantes
personajes que siempre le haban infundido gran respeto. Por fortuna,
senta  sus espaldas  la duquesa, sentada con un aire de patrona,
vigilndole autoritariamente. Si cometa algn error, esta gran dama era
capaz de pegarle... Animo y adelante!...

El _croupier_ colocado enfrente para cobrar y pagar barajaba los naipes
antes de introducirlos en un doble cajoncito, del que deba extraerlos
el banquero. Pobre banquero! Considerando el pblico extraordinaria su
elevacin, quera reir  toda costa. Al sentarse en su asiento
presidencial, los curiosos encontraron muy graciosa la timidez del
pianista, y una risa franca salud su presencia. Hizo una pregunta en
voz baja al _croupier_, y se repiti la explosin de regocijo. Las
mujeres se mostraban las ms expansivas al pensar que su burla, pasando
por encima de Spadoni, poda herir  la que lo haba puesto all. El
gesto de extraeza del msico ante esta hilaridad slo sirvi para
prolongarla escandalosamente. Todos rean por contagio viendo su cmico
asombro. De pronto, una voz ruda cort el regocijo general.

--Banco!

La voz del griego. Se haba sentado  la derecha de Spadoni con el aire
enfurruado del que contempla una enorme injusticia y cree necesario
repararla. No poda tolerar que este personaje grotesco ocupase el mismo
sitio donde l era admirado todas las noches. Tampoco consideraba
admisible que una dama se mezclase en negocios que slo pertenecen  los
hombres. Senta la extraeza y el escndalo del que presencia un
desorden en el ritmo de las cosas naturales. El mundo estaba
trastornado: los aprendices queran ser maestros; ya no se respetaban
las categoras; era preciso terminar de una vez. Banco!

Se estremeci el prncipe. Los quince mil francos de Alicia estaban en
peligro. Aquel hombre no quera que la banca continuase. Si ganaba,
desapareca de golpe todo el capital puesto por Alicia; si perda, se
doblaba el dinero de sta... Pero iba  ganar indudablemente. Cuando un
hombre de tan buena suerte se atreva  hacer esto!...

Qued aterrado Spadoni al oir la voz del grande hombre. Instintivamente
torci sus ojos hacia la duquesa, pero los apart en seguida, ms
aterrado an por su rostro inmvil y una mirada dura que pareca herirle
por la espalda, como si l fuese el culpable.

El doble cajoncito, completamente listo, aguardaba junto  sus manos.
Di cartas  derecha  izquierda, y luego extrajo las suyas.

Mostr el griego sus cartas, arrojndolas sobre el tapete. Ocho. Un
murmullo de aprobacin se elev en torno de la mesa. Los admiradores de
su buena suerte se regocijaron como de un triunfo propio. Tom las
cartas del lado opuesto, que le ofreca el _croupier_, y las mostr
despus de examinarlas rpidamente. Ahora el murmullo fu de asombro.
Ocho tambin! Iba  ganar. Era casi imposible que el banquero tuviese
un punto ms alto.

Spadoni, plido, con la frente barnizada de sudor, descubri sus naipes.
El pblico los salud con un rugido sordo: Nueve!

Los mismos que rean de l encontraron natural este resultado. La
suerte protege siempre  la inocencia.

Y mientras el griego entregaba quince mil francos al _croupier_
depositario de la banca, el pianista se inclin modestamente. Algunas
jugadoras supersticiosas reconocieron que la duquesa haba procedido con
gran cordura al confiar su suerte  este simple.

Los ojos de Alicia buscaron  Miguel en el triple valo de cabezas. Le
sonri levemente. Haba perdido ya la dura inmovilidad con que acababa
de arrostrar este momento de emocin. Se senta muy segura de su
triunfo. Y deseosa de asombrar  los curiosos con una calma
imperturbable, sac de su bolso una cigarrera de oro, una larga boquilla
de marfil, y empez  fumar.

Despus de este primer xito, el pianista jug con cierta autoridad. La
duquesa, inmvil  sus espaldas, pareca comunicarle su fe. Hizo varias
tallas, siempre ganando, y al aumentar considerablemente el dinero de la
banca, se excit la codicia de los jugadores. Los que rieron de la
torpeza de Spadoni fruncan ahora las cejas con un inters agresivo,
tomando parte en el juego. As como aumentaba el capital, eran ms
gruesas las puestas. Todos presentan una gran partida emocionante. El
banquero se haba olvidado de la duquesa y de su propia humildad. Crey
que lo que ganaba era de l; se imagin haber descubierto el secreto
mencionado por Novoa y que iba  conseguir aquellas fabulosas ganancias
calculadas tantas veces cuando escriba docenas y docenas de ceros sobre
un papel. Qu noche! Y no estar all su amigo el sabio, para que
presenciase su triunfo!...

Lubimoff su retir de la mesa. Le haca dao la serenidad forzada de
Alicia, su manera de fumar mientras contemplaba con ojos felinos la
marcha del juego. Iba  cambiarse la suerte de un momento  otro: esta
ganancia continua  insolente no poda seguir. El griego se esforzaba
por ocultar su clera, jugando y perdiendo como un simple punto. Le
era imposible gritar banco! hasta que empezase otra talla, quedando
agotados los naipes del doble cajoncito. Pero continuaba en su puesto,
con una arrogancia de domador, convencido de que al fin llegara 
sujetar  la burlona casualidad. Tena ms dinero que Alicia y su
representante: poda resistir, y acabara por vencerlos.

El prncipe se fu al _bar_, entretenindose en beber lentamente dos
mixturas americanas, dulces y amargas al mismo tiempo, muy cargadas de
alcohol. Quera embriagarse un poco, para sentirse al mismo nivel de
aquella mujer que tan desesperadamente jugueteaba con la suerte.

Se vi solo. Todo el club estaba reconcentrado en la sala del _baccar_.
Miguel lament que Castro no estuviese en el _Sporting_. Hubieran
charlado como en la tarde que Alicia logr asirse por primera vez  las
alas de oro de la Quimera. Tal vez su ausencia era por orden de la
Generala. El tambin haba venido aqu arrastrado por una mujer.

Un sordo rumor lleg de la sala de juego. Vi poco despus algunos de
los curiosos que entraban en el _bar_, detenindose ante el mostrador
para beber. Hablaban con grandes aspavientos de asombro. Al oir el
nombre del griego repetido muchas veces, fij su atencin. Haba gritado
banco! al empezar una nueva talla, cuando la banca posea ciento
cuarenta mil francos. Slo aquel hombre de suerte era capaz de tal
atrevimiento. Tuvo ocho, pero el pianista mostr luego sus cartas. Nueve
otra vez. Y el _croupier_ haba barrido para la banca los ciento
cuarenta mil del griego. Qu noche! Y pensar que era el tonto de
Spadoni el que realizaba tales prodigios!...

Algunas mujeres pasaron ante la puerta del _bar_ con aire de mal humor,
gesticulando entre ellas. Se mostraban escandalizadas  irritadas por la
fortuna de la de Delille,  pesar de que ninguna de ellas haba perdido
un cntimo en el juego. Una suerte as no era natural; deba haber
trampa. No podan decir cmo era la trampa, pero exista indudablemente.

Despus pas el griego, seguido de dos admiradores, sudoroso, con la
pechera arrugada y el chaleco subido, dejando ver la camisa entre sus
picos y la cintura del pantaln. Levantaba los hombros con desprecio. El
mundo estaba trastornado: ya no haba lgica. Por eso las cosas de la
guerra marchaban tan mal!...

Y se alej hacia el pasaje subterrneo, para volver al Hotel de Pars.
No quera ver mas: esta noche era para los locos.

Tampoco el prncipe deseaba ver, y continu en su silln, pidiendo un
nuevo _cocktail_. Desfilaban ante las puertas los que huan amargados
por la suerte ajena y los que llegaban atrados por la noticia del
suceso.

Permaneci solo, como un espectador que se queda en el vestbulo de un
teatro y escucha los lejanos estremecimientos del pblico. Transcurran
largos intervalos de silencio. Despus, un rumor, un suspiro colectivo,
el abejorreo de un comentario en voz baja alrededor de la mesa. Segua
ganando Alicia?... Iba  verla aparecer como el otro, encogindose de
hombros ante los absurdos de la suerte?...

An pidi un vaso ms; y contemplando las espirales de humo de su
cigarro, fu adormecindose. De pronto se incorpor, creyendo haber
recibido un fuerte golpe en la espalda. Pura ilusin! Estaba solo. Sus
ojos, al mirar en torno de l, se fijaron en el reloj. Las dos. Y se
puso de pie, dirigindose con lentitud  la sala del _baccar_.

Haba disminudo el pblico, pero todos los que quedaban intervenan en
el juego. La enorme suma reunida por la banca era una tentacin. No
haba miedo de que los gananciosos quedasen sin cobrar! Hasta los
mirones que pasan la noche de pie, participando de la emocin ajena,
arriesgaban su dinero de luis en luis, esperando que cambiase en favor
del pblico esta racha de suerte que nicamente soplaba del lado de la
banca.

Lo primero que vi Miguel fu un enorme montn de billetes de mil
francos, de placas de cinco mil, de fichas y papeles de distintos
valores. Era una fortuna. Luego se fij en Alicia, inmvil en su
asiento, tal como la haba dejado, con un rostro inexpresivo de
caritide. Slo sus ojos iban maquinalmente de aquel montn de riquezas
 las manos del banquero. Fumaba... fumaba. En un platillo que un lacayo
haba colocado reverentemente al lado de la victoriosa haba un montn
de cigarrillos consumidos, con boquilla de oro. Pareca embrutecida por
su xito, por la monotona de aquella buena suerte incesante.

El pianista mostraba cierta somnolencia en sus gestos y en su voz. El
triunfo le pareca inspido despus de la fuga del admirable griego.
Igualmente haban desaparecido otros jugadores clebres, como si no
quisieran autorizar con su presencia esta fortuna absurda. Los nicos
contrincantes serios eran unos ingleses residentes en Beaulieu, que
tenan abajo sus automviles. Les interesaba este juego extraordinario,
como si fuese un deporte original; queran luchar contra la buena suerte
de la banca, con una tenacidad britnica, nicamente por el gusto de
vencerla. Ellas, huesudas y distinguidas, con amplios escotes y largas
colas, lanzaban un oh! de asombro cada vez que el _croupier_ se
llevaba con la raqueta las fuertes puestas, mientras ellos sacaban del
bolsillo interior del _smoking_ nuevos puados de billetes, saludando su
derrota con metlicas risas.

Spadoni perdi en un golpe veinte mil francos. Lubimoff tuvo el
presentimiento fatal del marino que percibe bajo sus pies el temblor del
buque que va  abrirse, del soldado que adivina el principio de la
derrota.

Un segundo golpe; y la banca perdi otra vez.

Miguel se aproxim con cierta cautela  la silla que ocupaba Alicia.

--Son las dos. Ya es hora de retirarse--murmur, dejando caer sus
palabras sobre la cabellera que estaba al nivel de su pecho--. Va 
llegar la mala: la siento venir. Dile  Spadoni que se levante.

Ella elev sus ojos para mirarle con extraeza. Pareca ebria; no
acertaba  entender sus consejos. Y manifest su negativa con leves
movimientos de cabeza. Tena fe en la propia suerte.

La suerte se encarg de reanimar acto seguido su confianza. El banquero
ganaba otra vez, llevndose todas las sumas depositadas en ambos paos
de la mesa. Pero esto no convenci al prncipe. Continuaba sintiendo
miedo, y su inquietud le hizo ser brutal.

Se coloc  espaldas de Spadoni para hablarle discretamente, mientras
miraba en otra direccin. Deba levantarse en seguida, dando por
terminado el juego. Ya era hora.

El banquero torci la cara y mir hacia arriba para reconocer la voz
prudente que le daba consejos desde lo alto. Ah, Su Alteza! Acompa
este descubrimiento con una sonrisa de orgullo, satisfecho de que el
prncipe Lubimoff hubiese presenciado la hazaa ms grande de su vida.

Y sigui tallando.

Lubimoff se irrit. Este idiota, sumergido en su gloria, no lo entenda:
y si le entenda, se negaba  obedecerle. La voz del prncipe fu
cayendo con una lentitud temblorosa sobre la cabeza que estaba debajo.
Spadoni, pianista de los demonios! (Aqu dos  tres juramentos en
diversos idiomas.) Si no le obedeca inmediatamente, iba  sacarlo de un
zarpazo de su asiento,  darle una pateadura,  arrojarlo por una
ventana...

--La ltima!--dijo el msico.

Cuando dej de tallar muchos respiraron, satisfechos de que terminase un
juego que pareca un maleficio. Otros contemplaban con asombro y envidia
el enorme montn de la banca mientras el _croupier_ lo pona en orden,
formando fajos de billetes, alineando columnas de fichas de diversos
colores.

Corri de boca en boca la cifra: cuatrocientos noventa y cuatro mil
francos! Slo faltaba una pequea cantidad para medio milln. Pocas
veces se haba visto una ganancia tan rpida.

Spadoni, como si fuese el dueo de tales riquezas, las fu metiendo en
un cestillo de mimbre. Temblaba de emocin. Iba  pasar entre los
curiosos sosteniendo contra su pecho el tesoro, lo mismo que otras
noches haba visto pasar  su grande hombre con aire de vencedor. Qu
valan al lado de esto los aplausos que llevaba recibidos como
pianista!...

Unos manos vidas le arrebataron el cestillo.

--No: yo!... yo!

Era la duquesa; ya no tena por qu fingir indiferencia. Aquel dinero
era suyo. Se haba transfigurado al salir de su mutismo expectante; sus
ojos brillaban con un resplandor triunfal; tena la frente sudorosa; le
latan las mejillas, intensamente plidas. Llevando el cestillo ante
ella con los brazos extendidos, pas entre los grupos, lentamente, con
una majestad hiertica, dirigindose hacia la caja del club.

Permaneci Spadoni junto al prncipe. Tambin sudaba, mientras su rostro
tena la palidez de la emocin.

--Qu noche, Alteza!... Qu noche!

Miraba  todos con orgullo, pero sonrea humildemente al dueo de
Villa-Sirena para que olvidase su resistencia de momentos antes y las
terribles amenazas con que la haba acogido.

Al poco rato volvi Alicia hacia ellos, guardando un papel en su bolso
de mano.

El entusiasmo del msico hizo explosin.

--Oh, duquesa!... Divina duquesa!

La besaba en uno de sus brazos desnudos; luego en un hombro. Alicia
sonri ante este homenaje pblico. El pobre pianista, hiciese lo que
hiciese, no comprometa.

--Gracias, Spadoni; cuente con mi gratitud. Vaya pensando lo que desea:
una casa, un yate, tal vez un piano con teclas de brillantes...

Miguel la escuch asombrado. Hablaba de buena fe: pareca enloquecida
por su fortuna.

Pero el msico se alej de ellos. Necesitaba estar solo. Al lado de la
duquesa tenia que compartir su gloria, contentndose con un jirn. Y fu
 reunirse con los ingleses de Beaulieu, que deseaban conocerle de cerca
y beber con l una botella de champaa, proclamndolo el fenmeno ms
interesante que haban encontrado en sus viajes.

Alicia y el prncipe se dirigieron hacia el guardarropa.

--He depositado las ganancias en la caja del club--dijo ella mostrndole
el recibo--. De noche no voy  llevarme tanto dinero  mi casa. Maana
vendr para pasarlo al Banco. Necesito que alguien me acompae. Envame
al coronel: es hombre de guerra y debe tener revlver.

Luego, acordndose de algo importante, su rostro tom una expresin
grave.

--Intil es decir que maana arreglaremos cuentas. No creas que olvido
lo que te debo: veinte mil francos del otro da, los trescientos mil de
tu madre... Todo se pagar.

Miguel expres con una larga risa el asombro que le causaba esta
promesa. Decididamente, la ganancia le haba perturbado el cerebro. Un
piano con teclas de brillantes para el otro; ahora centenares de miles
de francos para l. La fortuna recin adquirida en dos horas le pareca
extraordinaria y tan inmensa como su buena suerte.

--Lo que yo quiero--aadi en voz baja, cesando de reir--, lo que yo
deseo de ti, bien lo sabes...

Ella le hizo callar con una mirada acariciante y un siseo discreto que
equivala  una promesa.

Haban bajado la gran escalera del club; estaban en el vestbulo, ella
envuelta en una capa de seda con bordados de oro y ricas pieles, que le
recordaba sus salidas de la Opera de Pars; l con el gabn abierto y un
sombrero flexible forrado de seda.

Los empleados del vestbulo, enterados de lo que haba ocurrido en los
salones, corrieron  la cancela de cristales, con la esperanza de la
regia propina. Un carruaje para la seora duquesa!

Pero ella dese marchar  travs del silencio de la noche. Estaba
entumecida por su larga inmovilidad; necesitaba, como todos los que se
consideran dichosos, prolongar el goce de su triunfo con un largo paseo.

Baj la escalinata exterior apoyada en un brazo de Miguel. Pasaron entre
los cocheros y los escasos chfers que formaban grupos esperando  sus
patrones y clientes.

Se sumieron en la fresca atmsfera nocturna, con los ojos fatigados an
por la esplndida iluminacin, con la piel ardorosa por el ambiente
enrarecido de los salones. Los dos se fijaron en que la noche era de
luna, una pobre luna menguante que empezaba  caer detrs de la negra
barrera de los Alpes. La amenaza submarina tena la ciudad  obscuras.
Un macilento farol con los vidrios pintados de azul dejaba filtrar 
largos trechos su breve radio de luz funeraria.

A los pocos pasos se acostumbraron  esta penumbra. El suelo de las
calles estaba partido en dos fajas: una, de blancura turbia y vagorosa,
reflejo de la luna moribunda; otra, negra, con la tonalidad densa y
pesada del bano. Instintivamente, marchaban por la acera obscura, como
si temieran ser vistos. Torcieron por una calle curva y en cuesta, la
misma que atravesaba subterrneamente el corredor pompeyano que horas
antes haba seguido el prncipe.

Oan an  sus espaldas las conversaciones de los cocheros ocultos en la
revuelta de la calle, las voces de los empleados del club llamando  los
carruajes por el nombre de sus dueos, los pataleos de los caballos que
sacudan su espera dormitante, los primeros ronquidos de los automviles
al reanudar su funcionamiento. Miguel, que caminaba silencioso, con el
deseo de alejarse cuanto antes, buscando la soledad absoluta, tuvo que
detenerse al ver que ella haba hecho lo mismo. Se anticipaba  sus
pensamientos: no quera ir ms lejos.

--Necesito recompensarte--murmur--. Te dije que al venir ganaras de
todos modos, aunque yo perdiese. Toma... toma.

Sus brazos desnudos, escapando de la sedosa capa, se cerraron sobre los
hombros de l, formando un anillo apretado: su boca sumisa, buscando la
otra boca, se entreg humildemente, con un deseo de dar la felicidad.

Pas por el fondo de la calle un vivo resplandor, sacndolo todo de la
penumbra con fugaz relieve, lo mismo que un relmpago. Era el reflector
de un automvil. Ella ni se movi; no tema que la sorprendiesen: las
gentes eran fantasmas sin ninguna realidad. En el mundo slo existan en
estos momentos ellos dos y aquel montn de papeles y piezas de marfil
guardado en una caja de acero.

Se acord Lubimoff toda su vida de esta noche. Los relojes estaban locos
indudablemente, lo mismo que su cabeza, que pareca dar vueltas,
siguiendo el ritmo de una msica dulce. Tuvo la sensacin de que pasaron
varias veces por el mismo lugar, andando y desandando el camino, sin
saber lo que hacan. Qu importaba?... Lo interesante era estar juntos.
Hubo un momento en que despertaron, vindose sentados en un banco de la
plaza del Casino. De esto estaba seguro el prncipe. Haba mirado el
reloj de la fachada. Las tres! Era imposible: crey firmemente que slo
iban transcurridos unos minutos desde su salida del club... Y tuvieron
que alejarse, molestados por la curiosidad de un burgus que haca de
polizonte en tiempo de guerra; un miliciano del prncipe de Mnaco con
traje civil, llevando un brazal de colores en la manga y un revlver al
costado.

Volvieron  marchar por las calles solitarias   lo largo de los
jardines pblicos, cerrados  estas horas. Ella echaba su busto atrs,
con la capa abierta, abandonndose sobre un brazo que sostena su talle,
ofreciendo la garganta en tensin, la barbilla prominente, el rostro
casi horizontal,  una lluvia de besos. Contemplaba  su acompaante, de
abajo  arriba, con unos ojos empaados por el amor. Las caricias de
ella eran ascendentes, suban con lentitud voluptuosa, como suben de las
profundidades azules las flores y las estrellas marinas en busca de la
luz.

Contestando  la splica muda de aquellos ojos que la imploraban desde
lo alto, murmur repetidas veces, con una voz vagorosa, como si hablase
en sueos.

--S; har lo que t quieres... Lo que t quieras!

El, ms agresivo en su pasin, hunda su brazo libre en el clido
encierro de la capa, apoderndose de las desnudeces que dejaba
indefensas el escote del vestido.

Caminaban tambalendose cuando crean marchar en lnea recta; se
detenan los dos al mismo tiempo en ciertos sitios, sin saber por qu.
Su tardo paso pona en conmocin las villas. Los perros de los
jardines ladraban furiosamente  los intrusos, incrustando sus hocicos
entre los hierros de las verjas. Estos aullidos les parecan una msica
brbara pero agradable; consideraban con benevolencia todo lo que les
rodeaba; se crean seores de la vida, como en aquellos instantes eran
seores de la noche. Slo ellos existan en el mundo.

Miguel, obedeciendo  un obscuro impulso, la habl de su hijo. Iba 
recobrarlo de un momento  otro, y su felicidad sera completa...
Inmediatamente se arrepinti de haber evocado este recuerdo, que poda
disolver el hechizo en que vivan. Pero ella no mostr emocin alguna.

--S; lo recobrar--murmur--. Estoy segura. Me acompaa la buena
suerte... Ya era hora, despus de sufrir tanto.

Y volvi  entregarse al momento presente. Los dos se sorprendieron al
verse en la calle donde estaba Villa-Rosa. Despus de vagar  la
ventura, el instinto haba acabado por llevarlos hasta all.

El prncipe, enardecido por el largo paseo de caricias y abandonos, se
mostraba apremiante.

--Djame entrar--murmur--. Nadie me ver... Me marchar antes que
llegue la aurora...

Alicia se revolvi, como si despertase. Fu su primera negativa en toda
la noche. El jardinero la esperaba seguramente. Valeria tal vez no
estara dormida. Ah, no!...

Lubimoff, en su desesperacin, habl de marchar juntos  Villa-Sirena.

--Tan lejos!--continu Alicia, cada vez con ms serenidad, como si
hubiese despertado definitivamente--. Adems, aquello es un cuartel; una
casa llena de hombres. Y ese Castro que todo se lo cuenta  la
Generala! No, no ir nunca. Qu locura!

El gesto de tristeza, el ademn desalentado del prncipe, la
conmovieron. Su mano se pase por el rostro de l con una caricia
maternal.

--Pobrecito mo!... No pongas esa cara! Ten un poco de paciencia.
Maana; te juro que ser maana.

Ella, que en otro tiempo haba arrostrado con tranquilo impudor las ms
atroces murmuraciones, dud y balbuce al hablar del da siguiente.
Pareca una jovencita luchando entre su amor y el miedo  perder su
porvenir social.

Maana!... Poda venir maana  las tres de la tarde.... A las tres,
no; mejor  las cuatro. Valeria habra salido  esta hora seguramente.
Ella enviara  su doncella  Niza para unas compras; el jardinero y su
mujer estaran ocupados fuera de la casa.

--Pero por Dios! s prudente.... Si puedes evitar que te vean los
vecinos, mucho mejor.

Y el famoso prncipe Lubimoff asinti  estas recomendaciones muy
emocionado, como un muchacho que organiza su iniciacin amorosa y se
conmueve prematuramente ante su misterio.

Quiso acompaarla hasta la verja de la villa,  pesar de sus
protestas.

--Si fueses otro, bueno! Es natural que un amigo me acompae  estas
horas; pero t!... Temo que todos adivinen nuestro secreto.

Unicamente cuando se hubo cerrado la verja, perdindose en la obscuridad
el adorable bulto de Alicia, se decidi el prncipe  alejarse.

Tuvo que marchar  pie hasta la lejana Villa-Sirena, y sin embargo le
pareci breve el camino. Le acompaaban recuerdos y promesas. Nunca
haba andado tan ligeramente. Crey avanzar en una atmsfera en la que
se haban disminudo las leyes de la gravitacin, en un planeta sumido
en eterna noche primaveral, donde el aire, los rboles obscuros y las
cosas perdidas en la penumbra vibraban con un ritmo potico.

Durmi penosamente, pero se levant tranquilo y animoso. El encargo de
Alicia resucit en su memoria. Necesitaba un hombre de guerra, y con
revlver si era posible, para que la escoltase en el traslado de su
fortuna de la caja del club al Banco. El coronel, muy emocionado por
este golpe de la suerte, sali  cumplir el servicio. Pobre duquesa!
Dios acaba por proteger  los buenos.

Toda la maana la pas Miguel ocupado en el arreglo de su persona. Sus
intentos de vida simple y campesina en el retiro de Villa-Sirena no le
haban hecho olvidar los cuidados higinicos  que estaba acostumbrado
desde la niez. Pero ahora se trataba de algo ms; quera acicalarse,
realzar con exquisiteces interiores su individualidad fsica, que
consideraba de repente un poco maltratada por los aos.

Hizo que el viejo ayuda de cmara rebuscase en el guardarropa de su
pasado. Se acord de prendas interiores que haban merecido elogios
femeninos. Senta el mismo deseo de novedad y seduccin de una mujer que
se adorna para una entrevista esperada mucho tiempo. Escogi adems un
traje que no haba llevado nunca en Monte-Carlo, un sombrero nuevo, una
corbata discreta. Recordaba los miedos de ella, sus splicas para que
se deslizase inadvertido.

Mientras haca todo esto, un sentimiento de zozobra, de desconfianza en
s mismo, empez  agitarle. Era una inquietud igual  la del estudiante
antes del examen,  la del autor que aguarda entre bastidores,  la del
hombre que va  batirse. Llevaba tantas semanas de desear intilmente!
Haca tanto tiempo que haba renunciado al amor!... Y pensando en
Alicia senta al mismo tiempo anhelo y miedo.

El coronel regres  la hora del almuerzo. La operacin estaba hecha.
Daba la noticia con un laconismo modesto, como si acabase de realizar
algo importante. Miguel casi le envidi porque haba visto  Alicia.
Cmo estaba?

--Hermosa, hermosa como siempre. Algo plida... Despus de una emocin
como la de anoche! Pero alegre, muy contenta; hablando  cada momento
del marqus. Se adivinaba su gran afecto.

Almorzaron solos. Spadoni iba por el mundo despus de su triunfo. Tal
vez estaba en Beaulieu con sus nuevos amigos los ingleses. A Castro lo
haba encontrado Toledo entrando en el Hotel de Pars, donde viva doa
Clorinda. Sin duda almorzaban juntos para hablar de la ganancia de la
duquesa. Atilio hasta haba fingido no entender cuando el coronel le
habl del suceso. Envidias!

Lubimoff se encogi de hombros. Todas las personas eran para l
fantasmas, y las malas pasiones una ilusin. No haba mas que dos
realidades: l y lo que le esperaba.

Se visti, despus del almuerzo, con unas precauciones que le hicieron
sonreir por su minuciosidad absurda. Hasta cambi de corbata, buscando
otra de colores ms apagados. Las dos y media.... Se contempl de pies 
cabeza en un espejo: traje gris obscuro, zapatos amarillos, un fieltro
blanco de anchas alas echado sobre los ojos para evitar el sol. Nadie
haba visto as al prncipe. De lejos podan confundirle con un viajero
de los que visitan de pasada la Costa Azul y vienen  conocer una tarde
la ruleta de Monte-Carlo, marchndose en seguida.

Las tres. Sali de Villa-Sirena. El camino era largo y quera hacerlo 
pie. Este ejercicio robustecera su voluntad, disipando las dudas que le
asaltaban de nuevo. Pens en el gesto ntimo realizado tantas veces en
otra poca, como algo ordinario y maquinal. Su caviloso aislamiento en
los ltimos meses pareca haberle entumecido. Sinti la desconfianza del
atleta que ha descuidado sus ejercicios y sospecha si no volver 
encontrar su antiguo vigor. El miedo ante la simple idea de un fracaso
le devolvi la confianza. No era posible.... Adelante!

Al llegar  la ciudad subi por unas largas escaleras de piedra hasta
las calles de Beausoleil. Esta desviacin en su camino la consideraba
oportuna para cumplir las recomendaciones de prudencia que le haba
hecho ella.

Entrara en la calle de Alicia por su parte alta, desprovista de casas.
As evitaba el cruzarse con los vecinos que  estas horas descendan al
centro de Monte-Carlo.

A travs de los solares en construccin y de las escalinatas que se
desarrollan pendiente abajo distingui la inmensidad del mar, y en su
orilla la arboleda de los jardines, la larga masa del Casino  vista de
pjaro, con sus tejados verdosos y las cpulas amarillas de sus salones,
la gran plaza, el jardincillo circular del queso, y en torno de l
numerosas personas del tamao de hormigas.

El prncipe sinti lastima por estos pigmeos. Desdichados! Se
preparaban  jugar,  encerrarse entre paredes, bajo la luz artificial,
sin otra ilusin que la del dinero. A l le esperaba algo mejor: iba 
conocer por unas horas la nica embriaguez interesante de nuestra
existencia. Luego ri con lstima de cierto demente que tena su mismo
rostro y haba querido fundar el grupo de los enemigos de la mujer.
Abominar del amor, querer vivir sin la mujer; pobre prncipe
Lubimoff!...

Las cuatro. Pasando entre pequeas huertas, entr en la calle de Alicia.
El techo rojo de Villa-Rosa asomaba entre rboles, casi  sus pies.
Sigui bajando. Las piernas le temblaban levemente y se detuvo un
instante para serenarse, llevando una mano  su pecho. Despus de una
revuelta, se le apareci la calle en toda su parte habitada, rectilnea
y suavemente pendiente hasta desembocar en una de las avenidas de
Monte-Carlo.

No vi  nadie, y apresur su marcha para deslizarse en Villa-Rosa antes
de que asomase algn vecino. Pas rpidamente ante los jardines, con el
aspecto de un hombre que teme llegar tarde al juego. Encontr
entreabierta la verja de entrada. Muy bien: Alicia se haba ocupado en
facilitarle el paso.

Entr resueltamente en el pequeo jardn, y le pareci distinguir sobre
unas matas el rostro azorado del jardinero asomando un momento para
volver  ocultarse con precipitacin... Algo rara la curiosidad de este
hombre y su gesto despavorido! Pero hua, y el prncipe alab su
prudencia.

Fu subiendo, con palpitaciones de emocin, los cuatro escalones de la
puerta. Cada uno de ellos despert en su pensamiento una perspectiva
suavemente rosada como la carne femenil, una nueva visin inconfesable
que le volva de golpe  su pasado. Percibi en el ambiente, con el
recuerdo ms que con el olfato, un perfume conocido: el perfume de ella.
Vi vagamente todo lo que le rodeaba, como si se esfumasen sus
contornos. Le zumbaron los odos; el deseo le galvaniz con dura
tensin, lo mismo que en sus mejores tiempos. Y con un ademn de
vencedor empuj la puerta, que slo estaba entornada.

Una mujer sali  recibirle en el vestbulo, una mujer cuya presencia le
hizo dar un paso atrs.

Valeria!... Qu haca all? Qu farsa era esta?...

La joven intent hablarle, y l tambin quiso hablar al mismo tiempo.
Pero no pudieron.

Otra mujer apareci abriendo rudamente una puerta... Era Alicia, con las
ropas en desorden y el pelo alborotado. Viendo al prncipe, levant las
manos y avanz, muda  impetuosa, como si pretendiese abrazarlo. Al
fin!... Nada le importaba la presencia de Valeria; no la vera. En
cambio le pareci que Alicia era distinta: ms alta que nunca, ms
plida, con unos ojos que de pronto le infundieron miedo.

El abrazo cay sobre l, y  continuacin todo un cuerpo que pareca
derrumbarse, falto de fuerzas. Sinti contra su pecho un pecho jadeante;
los brazos de ella eran de una frialdad cadavrica; una lluvia clida
humedeci su cuello.

--Miguel!... Miguel!--gema Alicia.

No pudo decir ms. Se ahogaba. Un estertor hizo ondular su garganta,
como si por dentro de ella rodase una bola dolorosa.

El prncipe tuvo que apelar  toda su fuerza para sostener este cuerpo.

Son junto  l una voz con el mismo acento montono y bajo que si
hablase en la habitacin de un moribundo.

Era Valeria que tambin lloraba, sintiendo de nuevo el contagio de las
lgrimas.

--Ha muerto!... Muri hace un mes!

Y le mostr un pequeo papel azul: un telegrama de Madrid, llegado media
hora antes.




IX


Spadoni, despus de saludar  Novoa en la plaza del Casino, habl de los
ensueos que agitaban sus noches y de sus decepciones al despertar.

--Usted tiene la culpa, profesor. Cuando estbamos juntos en
Villa-Sirena, yo escuchaba esas cosas tan interesantes que usted sabe y
luego me dorma en paz. Ahora no encuentro all con quin conversar. El
prncipe y Castro se muestran de un humor insufrible; apenas hablan y no
se acuerdan de m. Yo llevo, como usted dice, una vida interior,
siempre  solas con mis pensamientos, y cuando paso all la noche,
duermo mal, sufro de ensueos, muy hermosos al principio, pero luego muy
tristes. Ay, qu buenas veladas las nuestras cuando hablbamos de cosas
cientficas!

Novoa sonri. Para el msico, el juego y sus misterios eran cosas
cientficas. Todas las paradojas que l se haba gozado en exponerle las
guardaba en su memoria como verdades indiscutibles. Intent atajarlo en
su mana, para pedirle noticias del prncipe, pero Spadoni continu:

--El sueo de anoche fu horrible, y sin embargo no pudo empezar mejor.
Yo posea el secreto de los errores infinitesimales; haba dominado las
leyes ocultas del azar, y era el rey del mundo. Tena un tren especial,
compuesto de vagn-alcoba, vagn-saln, vagn-comedor, vagn-piscina,
qu s yo cuntos vagones lujosos! un verdadero palacio rodante que me
esperaba en las estaciones, sin que la mquina cesase de echar vapor,
pronta  partir en cualquier momento. Me apeaba de mi tren en todas las
ciudades clebres por sus juegos, como el que baja de su automvil. Al
verme llegar temblaban los dueos de los Casinos, los empleados y hasta
las mesas verdes. Viva el vengador!, gritaban en el atrio los que
haban perdido su dinero. Pero yo pasaba adelante, impasible como un
dios, sin hacer caso de estas ovaciones de la canalla. Figrese usted
lo que le costara ganar al poseedor del secreto de los errores
infinitesimales! Mis doce secretarios colocaban en las diversas mesas un
milln  dos, siguiendo mis instrucciones. Empiece el juego. Yo me
paseaba como Napolen, dando rdenes  mis mariscales. A la media hora,
la caja se declaraba en quiebra y el Casino en bancarrota. Se va 
cerrar!, gritaban los empleados, como en una iglesia cuando termina el
culto. Y  la salida, los mismos hambrones que me haban aclamado se
arrojaban contra los valientes de mi escolta, pretendiendo matarme, con
repentino odio. Les haba cerrado el lugar donde estaba sepultada su
fortuna. Ya no podan volver al da siguiente  perder ms dinero con la
ilusin del desquite. Me llevaba su esperanza.

--Exacto--dijo Novoa.

--Tambin tena un yate, ms grande que el del prncipe Lubimoff; algo
as como un acorazado de primera clase. Lo necesitaba para todo mi
squito: los secretarios, la compaa de bravos encargada de defenderme,
y un sinnmero de aburridos que, encontrando muy interesante mi persona,
me seguan por todo el planeta, como aquel misntropo que segua  un
domador de ciudad en ciudad, esperando que sus fieras lo devorasen. Ya
no quedaba funcionando en Europa ningn Casino: el de San Sebastin lo
haban dedicado  convento; el de Ostende serva de laboratorio para
nuevos cultivos de ostras; en todas las poblaciones de baos de mar  de
aguas medicinales, las gentes slo se preocupaban del cuidado de su
salud, y cuando queran distraerse jugaban en los paseos  la rayuela y
 otros juegos de nios. Yo viajaba mientras tanto por Amrica y
Oceana, haciendo quebrar una tras otra todas las grandes casas de
juego. Los periodistas me seguan, formando un segundo squito ms
numeroso que el mo. Los diarios, el cable, las agencias telegrficas,
me anunciaban con una anticipacin ruidosa. Va  llegar el invencible
Spadoni! Y las empresas de juego, considerando su muerte prxima,
hacan dinero con su agona, vendiendo asientos  precios fabulosos 
todos los que deseaban presenciar mi triunfo. En los Estados Unidos, un
rey de no s qu artculo daba cien mil dlares por una silla, para
seguir de cerca mi juego irresistible. Jams se pag tanto por ver los
pelos de un concertista  los brillantes de una tiple.

--Y Monte-Carlo?--pregunt Novoa, interesado por estos delirios del
jugador.

--A l llegamos. Lo haba guardado para el final, pensando en el dinero
que dej aqu. Cuanto ms engordase la vctima, mejor sera mi venganza.
El negocio que hizo Monte-Carlo!... Como no quedaba juego en el mundo,
todos los jugadores acudan  este pas. La ciudad se haba dilatado,
llegando hasta las cumbres de los Alpes; los cuarenta millones que
ganaba el Casino en los aos buenos, eran ahora cuatro mil. Los
accionistas se casaban con personas de sangre real: dos reyes de los
Balkanes se hacan la guerra, disputndose la mano de una hija del
cuarto vicepresidente de la sociedad explotadora. El equilibrio europeo
estaba en peligro: las grandes potencias soaban con anexionarse 
Mnaco en nombre de los intereses histricos y de los derechos tnicos,
pues todas ellas haban tenido y tenan numerosas gentes de su raza
viviendo en este pedazo de tierra... Pero de pronto llegaba el
invencible.

Spadoni, como si an estuviese soando, mir el Casino, la plaza, la
entrada de las terrazas, el arranque de la avenida que desciende al
puerto. Lo vea todo tal vez lo mismo que en su imaginacin.

--Qu de gente! Desde medio ao antes no se hablaba en el planeta de
otra cosa. Ir? No ir? La Agencia Cook haba anunciado en todos
los pases un viaje econmico en caravana para presenciar este
acontecimiento mundial. El P. L. M. daba billetes de ida y vuelta 
precios reducidos, y todo Pars estaba aqu. Los dueos de hoteles y
restoranes, por agradecimiento, colgaban mi retrato un el lugar ms
visible de sus comedores, siempre repletos. Los diarios publicaban mi
biografa, y al hablar de mis riquezas se vean obligados  romper sus
columnas, colocando una lnea de ceros  todo lo ancho de la pgina, y
aun as, les faltaba espacio. Haba olvidado decirle que me vi en la
necesidad de fundar un Banco, slo para mis tesoros. Y siempre que el
Banco de Londres  el Banco de Francia se vean en un apuro, me enviaban
atentas cartitas para que los sacase del atolladero.

Novoa ri de la sencillez con que el pianista contaba sus grandezas.
Pareca obsesionado an por su ensueo.

--Mi yate tuvo que fondear fuera del puerto, entre otros buques. Haba
muchos trasatlnticos: cuatro de los Estados Unidos, uno del Japn, otro
de la Amrica del Sur, varios de Australia y Nueva Zelanda, todos con
viajeros llegados del otro hemisferio para ver  Spadoni. Despus de
saludar con veintin caonazos  Mnaco, salt  tierra entre los
hurras! de los marinos extranjeros. Usted comprender que un hombre
como yo no poda llegar al Casino vulgarmente sentado en un automvil.
Quin no tiene automvil!... En el desembarcadero esperaba un simple
cochecito de un solo asiento, que iba  guiar yo mismo. Pero este
cochecito, de ruedas doradas, era tirado por seis mujeres, por seis
hermosas mujeres, todas ellas clebres, y cuyos retratos figuraban lo
mismo en los grandes diarios ilustrados que en los frascos de esencias 
en las cajas de fsforos.

El profesor extrem su regocijo. Notaba la satisfaccin con que el
pianista insista en este detalle de su entrada triunfal. El
envilecimiento de las seis mujeres elegantes y famosas pareca halagar
su misoginismo. Hablaba con una expresin framente vengativa, como si
presenciase la abyeccin de su mayor enemigo.

--Fu asunto de precio: yo no iba  regatear por milln ms  menos. Lo
nico que me ocasion disgustos fu escoger entre varios miles de
hermosas solicitantes. Tuve que arrostrar la enemistad de grandes
directores de teatro, de hombres de negocios, de ministros, que me
recomendaban  sus protegidas. Hasta un monarca me retir el ttulo de
duque que acababa de darme, porque rechac  su amiga predilecta... Las
seis vestan los ltimos modelos de la _rue de la Paix_. Los reporteros,
kodak en mano, sacaban instantneas de lo que iba  ser la ltima moda.
Adems, sus arneses estaban cubiertos de perlas, de brillantes, de toda
clase de pedrera rica, y cuidaban muy bien de no estropearlos, sabiendo
que al final de su trote se los podran llevar como un recuerdo. Yo
tena un gran ltigo para arrearlas: un ltigo de flores. Hay que ser
galante con las damas...

Sonri irnicamente. Novoa volvi  ver su expresin rencorosa de
misgino.

--Pero por dentro era de acero trenzado, y dejndolo caer sobre mi
hermoso tiro, nos pusimos en marcha. Lo que tardamos en remontar esa
cuesta  travs de la muchedumbre! Los extranjeros me aclamaban. Se oa
como un interminable abejorreo el crujido de las mquinas fotogrficas.
Todos queran llevarse la imagen del rey del mundo. Reconoc por sus
caras tristes  los vecinos de la ciudad. Los hombres me imploraban con
los ojos, como pobres cautivos; las mujeres me enseaban sus
pequeuelos; los ancianos se ponan de rodillas. Yo era el vencedor que,
al arruinar el Casino, talaba su patria, condenndolos  la miseria...
Esta plaza estaba negra de gente. Al bajar de mi vehculo vi la
escalinata del Casino ocupada por un cortejo grandioso. Delante,
monsieur Blanc; luego, su Estado Mayor de consejeros, primeros
accionistas, inspectores, y la corporacin entera de los _croupiers_,
todos vestidos de negro, con amplios chaqus de alpaca de corte fnebre.
En ltimo trmino gente conocida, cuya presencia me poda conmover...
Para hacerme recordar que yo haba sido un simple pianista, aqu me
aguardaban, batuta en mano, los directores de los conciertos y de la
pera; los profesores de la orquesta con sus instrumentos; los cantantes
espada al cinto  arrastrando colas femeniles, todos pintados y con
peluca; las muchachas del cuerpo de baile con piernas de fresa plida y
gasas horizontales en el talle... Estaban prontos  gemir, previamente
aleccionados por la empresa.

--Una palabra, seor Spadoni.

Era monsieur Blanc, que me llev aparte, entregndome un pequeo papel.

--Gurdeselo y no entre.

Mir el papel: un cheque de un milln. Pu! Qu puede hacer un hombre
con un milln?... Y al ver que lo arrugaba, tirndolo al suelo, el dueo
del Casino me di otro papel.

--Tome cinco y vyase.

Como tampoco me conmov, fu sacando cheques de todos los bolsillos:
diez millones, quince... cuarenta...

Mis doce ministros avanzaban con sus grandes carteras llenas de
billetes; mi escolta me abra paso entre el gento implorante de la
escalinata; mis caballos se impacientaban, relinchando y coceando al
darse cuenta de que algunos inteligentes se haban aprovechado de la
aglomeracin para manosear sus corvejones y sus ancas.

--Otra palabra, seor Spadoni: la ltima. Haremos una revolucin,
destronaremos a Alberto, y le daremos  usted la corona de Mnaco. Puede
casarse, si le place, con la hija de un emperador: el dinero lo arregla
todo. Nosotros lo tenemos, usted lo tiene...

--He dicho que no! Lo que yo deseo es entrar en el Casino para hacerlo
quebrar y llevarme las llaves.

Esta amenaza le arranc la suprema concesin.

--Ser usted mi socio; le dar el cincuenta por ciento de las
ganancias.... No quiere?... Sea el setenta y cinco.

Al ver que yo segua avanzando escalinata arriba sin escucharle, se
llev un silbato  la boca. Su cara fu la de Sansn agarrndose a las
columnas del templo. Antes morir, que ver quebrada su casa! Son un
estallido formidable, como si se rasgase el mundo. Haban minado con
todos los explosivos sobrantes de la guerra el Casino, la plaza, la
ciudad. Yo sub, aturdido, hasta las nubes, pero pude ver cmo
desapareca Monte-Carlo y hasta el pen de Mnaco, ocupando el mar, con
una ola gigantesca, el sitio de las tierras desaparecidas. Y cuando
volv a caer...

--Despert usted--dijo Novoa.

--S; despert al pie de mi cama, y o la voz de Castro en el pasillo
insultndome por haber cortado su sueo con mis gritos. No ra usted,
profesor. Es muy triste soar esas grandezas, como si uno las estuviese
tocando, y verse hoy tan pobre como ayer, tan pobre como siempre, y
adems con una mala suerte tenaz.

La pobreza y la mala suerte de Spadoni hicieron protestar  Novoa. An
se acordaban muchos de su fortuna asombrosa como banquero en el
_Sporting-Club_. Era una noche histrica. Adems, saba por Valeria que
la duquesa le haba hecho un buen regalo.

--Incomparable duquesa!--dijo con entusiasmo el pianista--. Siempre
gran seora. La pobre, en medio de su desesperacin, se acord de m.
Tome usted, Spadoni, y que tenga mucha suerte. Me regal veinte mil
francos. Si le pido cien mil, me los da lo mismo. Y que sea tan
desgraciada!...

Ante los ojos interrogantes del profesor, continu:

--Pues bien; de los veinte mil no quedan ni cien.

Corri en la misma noche al _Sporting_ para repetir sus hazaas. Nunca
se haba visto con tanto capital, ni  la vuelta de su viaje de
concertista por la Amrica del Sur. El terrible griego estaba all, y 
pesar de la admiracin que Spadoni tributaba  su gloria, lo trat con
implacable hostilidad. Banco!, dijo al verle en su silla de banquero
con quince mil francos delante. Y al presentar sus cartas, abati
nueve, mientras el pobre Spadoni slo tena cinco. Adis los quince
mil! Con el resto se haba defendido unos cuantos das como simple
punto, y ya no era mas que un recuerdo la generosa ddiva de la
duquesa.

--Si ella quisiera volver al trabajo! Estoy convencido de que yo sera
otra vez el de aquella noche, tenindola detrs de m. Pero quin se
atreve  hablarle del juego?

Los dos lamentaron la desgracia de Alicia. Desde el da en que lleg el
telegrama dndole cuenta de la muerte de su protegido, era otra mujer.
Spadoni atribua  un exceso de buen corazn este dolor tan vehemente
por un joven soldado que no perteneca  su familia. El profesor aprob,
pero con un aire enigmtico. En la explosin de su dolor, deba
habrsele escapado  Alicia una parte de su secreto delante de Valeria y
sta se lo habra hecho saber  Novoa.

Luego hablaron del aislamiento en que viva la duquesa.

--Hace un mes que nadie la ve--dijo Spadoni--. Las gentes empiezan 
olvidarse de ella; muchos creen que se ha marchado. Monte-Carlo es as:
muy chico para los que van al Casino y se rozan  todas horas; enorme,
como una gran capital, para los que no se acercan  las salas de
juego... El prncipe me pregunta por ella muchas veces. Parece que no ha
conseguido verla despus de la tarde del telegrama.

Novoa recobr su gesto enigmtico al oir el nombre de Lubimoff. Saba
por Valeria que haba ido repetidas veces  Villa-Rosa, sin conseguir
que su duea lo recibiese. Es ms; la duquesa se estremeca de miedo
ante esta visita. No quiero verle; di siempre que no estoy. Don Marcos
haba sufrido la misma suerte, teniendo que entregar su tarjeta, unas
veces  la confidenta de la duquesa y otras al jardinero. Varias cartas
del prncipe haban quedado sin contestacin. Alicia mostraba la firme
voluntad de no ver  su pariente, como si su presencia pudiera hacer ms
vivo aquel dolor que la tena alejada del mundo.

Spadoni, ignorante de todo esto, persisti en sus elogios  la duquesa.

--Hermoso corazn! Necesita siempre cerca de ella un desgraciado 
quien proteger. Despus de la muerte de su aviador, parece sentir un
gran afecto por ese teniente de la Legin extranjera, ese espaol tan
enfermo, que tal vez morir el da menos pensado, lo mismo que el otro.
Pasa los das en Villa-Rosa; all almuerza y come, y si la duquesa da
algn paseo por la montaa, siempre es con l. Slo le falta dormir en
la casa!... Cuando tarda en presentarse, ella enva inmediatamente un
recado al hotel de los oficiales.

El profesor se mantuvo silencioso, pero reconoci en su interior la
exactitud de lo que contaba Spadoni. Lo mismo le deca Valeria. Aquel
Martnez estaba  todas horas en Villa-Rosa, muchas veces contra su
deseo. La duquesa necesitaba su presencia, y eso que al verle prorrumpa
en lgrimas y sollozos. Pero el pobre muchacho, con una sumisin
admirativa, la acompaaba en su voluntaria soledad, profundamente
agradecido de que tan gran dama se interesase por l.

--Doa Clorinda es la que debe estar furiosa--continu el pianista, con
la alegra maligna que le inspiraban las rivalidades entre mujeres--. Ya
no tiene ninguna influencia sobre Martnez,  pesar de que fu ella la
que lo descubri. Se lo ha arrebatado la otra. Pasan semanas sin que la
Generala vea  su teniente; creo que ya ha renunciado  l. Se queja de
su antigua amiga por este acaparamiento, que considera peligroso. Hasta
me han dicho que la acusa de coquetear con el pobre muchacho, de excitar
su admiracin, y de otras cosas peores. Un absurdo, profesor! Las
mujeres son terribles en sus odios. Figrese usted: ese pobre oficial
que es casi un muerto...

Novoa se mantuvo silencioso para que el pianista no continuara hablando.
Tema que dijese algo terrible al repetir las murmuraciones de la otra
dama, con su alegra rencorosa de misgino. El, por sus relaciones con
Valeria, se consideraba unido  la duquesa y no poda tolerar nada
contra ella.

Se separaron despus de algunos minutos de palabrera indiferente.
Aquella noche Spadoni habl al prncipe de su conversacin con el
profesor, y esto le di pretexto para repetir lo que doa Clorinda
pensaba de su antigua amiga. Pero el pianista se arrepinti al instante,
viendo la mirada iracunda que le diriga Lubimoff.

Una infamia!--pens Miguel--. Calumnias de mujeres, que repite este
imbcil por odio sexual.

Comprenda que Alicia se sintiese interesada por aquel convaleciente. Su
juventud y su uniforme le recordaban al otro. Adems estaba solo en el
mundo, era un extranjero, un residuo de la guerra que todos consideraban
fatalmente condenado  muerte.

Pero  continuacin no pudo evitar un sentimiento de celos contra este
pobre joven obscuro y enfermo. Viva  todas horas cerca de Alicia,
mientras l no lograba verse admitido en su villa ni como simple
visitante. Por qu?...

Llevaba varias semanas haciendo conjeturas, atisbando una ocasin para
encontrarse con Alicia. Despus de la tarde en que la tuvo entre sus
brazos, secando sus lgrimas, conteniendo las contorsiones de su
desesperacin, besando su frente con un dolor fraternal, la verja de
Villa-Rosa se haba cerrado detrs de l para siempre. Ven maana,
gimi Alicia al despedirle. Y al da siguiente Valeria le cortaba el
paso con el aspecto confuso del que dice una mentira. La duquesa no
puede recibirle; la duquesa desea estar sola. Esta negativa
inexplicable se haba ido repitiendo en los das sucesivos, cada vez con
mayor sequedad. Ahora era el jardinero el nico que sala al sonar el
timbre, hablndole  travs de la verja.

Su despecho le hizo cometer un sinnmero de acciones pueriles y
envilecedoras. Rondaba por las cercanas de la villa como un celoso,
arrostrando la curiosidad de los transeuntes, valindose de los ms
absurdos pretextos para disimular su espera, ocultndose con
precipitacin cuando se abra la verja dando salida  alguien de la
casa. Esta vigilancia nicamente haba servido para despertar su clera.
Dos veces haba tenido que esconderse mientras el teniente Martnez,
erguido dentro de su uniforme viejo, que le vena muy ancho, galvanizada
su flacura de enfermo por un deseo de mostrarse sano y arrogante,
entraba en Villa-Rosa, por la puerta abierta de par en par, como si
fuese el dueo.

Los haba visto una tarde de lejos,  l y Alicia, en un coche de
alquiler que se alejaba por el otro lado de la calle, hacia las alturas
de La Turbie. Ella se preocupaba del herido, llevndolo maternalmente 
que respirase el aire de las cumbres. Y el prncipe como si no
existiese!...

En vano la escriba cartas, y su tormento an resultaba mayor al no
poder hablar con franqueza  sus allegados. El coronel, obedeciendo sus
insinuaciones, haba hecho intilmente varias visitas  la duquesa.

--Qu dolor tan inexplicable!--deca don Marcos--. No se comprende
tanta desesperacin por un joven aviador que no era mas que su
protegido. A no ser que...

Pero su respeto no le permita insistir en esta sospecha irreverente.

Con Atilio tampoco poda hablar. Para ste, el prisionero muerto en
Alemania era el mismo joven que l haba conocido en Pars antes de la
guerra: el amante de la duquesa, que la segua  todas partes y danzaba
con ella en los t-tango. Adems, Miguel senta miedo  lo que pudiera
aadir Castro, reflejando el pensamiento de la Generala.

Esta, en el primer momento, al conocer la desesperacin de Alicia, haba
querido olvidar los pasados rencores, yendo espontneamente  Villa-Rosa
para consolarla. Como era muy patriota, aquel muchacho muerto en
Alemania le pareca un hroe. Pero el repentino acaparamiento del
teniente espaol, aquella simpata vehemente que obligaba  Martnez 
pasar el da entero con la duquesa, devolvieron  dona Clorinda su
hostil frialdad.

El prncipe adivin lo que pensaban ella y su amigo, lo que tal vez
dira Castro si osaba hablarle de Alicia. Acababa de perder  su
amante, y mientras lo lloraba con una vehemencia teatral, se iba
preparando otro, igualmente joven... Un verdadero crimen; porque el
pobre Martnez estaba condenado  morir, y slo prolongaba sus das
gracias  una absoluta quietud. La ms leve emocin representaba la
muerte para l...

Lubimoff no poda decir la verdad. Su secreto era de Alicia. Unicamente
los dos saban quin era aquel prisionero muerto en Alemania; y mientras
ella callase, l deba hacer lo mismo.

Una noche, el coronel le di una noticia interesante. Al caer de la
tarde, cuando regresaba del Casino, haba visto desde el tranva  la
duquesa de Delille. Bajaba sola y vestida de luto de un coche de
alquiler, en el bulevar de los Molinos, frente  la iglesia de San
Carlos. Luego haba subido las gradas que conducen al templo: iba sin
duda  rezar por su protegido. Y don Marcos dijo esto con cierta
emocin, como si la visita  la iglesia borrase todos los comentarios
que llevaba odos en los ltimos das.

Miguel tuvo el presentimiento de que este aviso iba  sacarle de su
incertidumbre. En aquella iglesia encontrara  Alicia. Y al da
siguiente, en las ltimas horas de la tarde, empez  pasear por el
bulevar de los Molinos, sin perder de vista el templo nico de
Monte-Carlo, lugar de devocin para los jugadores y la gente rica, que
mantiene cierta rivalidad con la catedral del silencioso y aviejado
Mnaco.

Este continuo ir y venir acab por interesar  los comerciantes de la
calle y  sus dependientas, muchachas de alto y complicado moo que
parecen soar detrs de los escaparates, esperando un millonario que las
saque de su injusta obscuridad. El prncipe Lubimoff! Todos le
conocan, y era tal su fama, que inmediatamente cien ojos buscaron cul
poda ser el objeto de sus paseos. Indudablemente, una mujer. Los
balcones solitarios empezaron  poblarse de cabezas femeninas que
seguan sus evoluciones con el rabillo de un ojo. Se levantaron muchos
visillos, marcndose detrs de los vidrios pupilas interrogantes y bocas
sonrientes. Ser por m?... Esta pregunta muda pareca extenderse de
fachada en fachada.

Aburrido de tal curiosidad, subi por un doble gradero  la plazoleta
solitaria que precede  la iglesia, empleando all las mismas
estratagemas que cuando acechaba en las inmediaciones de Villa-Rosa. Se
asom al interior del templo, punteado de rojo por las luces de unos
cuantos cirios. Slo haba en l dos mujeres del pueblo arrodilladas y
vestidas de luto: esposas  madres de hombres muertos en la guerra. Al
volver  la plazoleta se entretuvo en leer y releer los ttulos de todos
los papeles expuestos en un kiosco de peridicos. Luego se alej por una
calle, volvi por otra, con aire indiferente, y se ocult detrs de una
esquina, procurando no perder de vista la entrada de la iglesia. Aqu
resultaba tolerable su espera: no haba transeuntes. La circulacin del
vecino bulevar permaneca invisible, como si se desarrollase en el fondo
de una zanja. Slo  travs de las ramas bajas de los rboles se vean
pasar los techos de carruajes y tranvas.

Cerr la noche y ella no vino.

Al da siguiente Miguel volvi, pero discretamente, sin despertar la
curiosidad de los tenderos, permaneciendo largas horas en aquella
plazoleta de ciudad vieja, sin otro testigo que la mujer melanclica
que ofreca sus peridicos en un kiosco sin parroquianos. Y tampoco
lleg.

El tercer da, cuando dudaba ya de la utilidad de esta espera, apareci
el busto de Alicia sobre el filo del ltimo peldao. Despus fu
surgiendo todo su cuerpo, con sobresaltos que marcaban el avance de sus
pies de grada en grada. Caa la tarde. En las fachadas del bulevar, por
encima de la masa verde de los rboles, el sol fugitivo trazaba una
pincelada de oro  lo largo de los tejados.

La reconoci con el corazn antes que con los ojos, lo mismo que cuando
la haba visto de lejos en un carruaje acompaando al oficial. Le
causaba extraeza su capota negra con un largo velo de luto descendiendo
por la espalda. La emocin de su presencia y la costumbre del acecho le
hicieron retroceder, y ella entr en la iglesia sin verle. Ah, ya la
tena!... Esta vez no podra escapar,  iba  decirle muchas cosas,
muchas!... Pero al mismo tiempo que repasaba en su memoria
rencorosamente las justas recriminaciones preparadas con anticipacin,
sinti miedo, un miedo irresistible  la brevedad de las respuestas de
ella, tal vez  su mutismo.

Dej transcurrir un largo rato. Luego le agit el deseo de verla otra
vez, aunque fuese de lejos, y entr en la iglesia cautelosamente,
queriendo evitar un encuentro prematuro.

Fu avanzando entre una doble fila de bancos desocupados. All en el
fondo estaban las mismas mujeres del otro da, siempre arrodilladas,
como si su dolor no conociese el tiempo. De la sombra surgieron poco 
poco los oros mortecinos de los retablos, y dos masas de colores, dos
haces de banderas, las de los pases aliados, que adornaban el altar
mayor.

Crey que Alicia acababa de huir por una salida ignorada al ver solas 
las dos implorantes en su silenciosa inmovilidad. Pero de una puerta
lateral sali ella, seguida de un aclito que llevaba dos cirios. Alicia
vigil cmo estos cirios eran encendidos y colocados en un candelabro
frente  la Virgen. Luego se arrodill, permaneciendo rgida sobre sus
rtulas.

Transcurri el tiempo. Miguel la vea igual  las dos mujeres del
pueblo: una masa negra inmovilizada por el rezo y la splica.
Unicamente, como signos especiales de su persona, distingua las suelas
de su elegante calzado, dos pequeas lenguas claras que se destacaban
sobre la corola negra de su falda. Tambin vea la blancura de su nuca
estremecindose de vez en cuando, como si quisiera repeler el enroscado
velo de luto.

Sinti desvanecerse el rencor que le haba hecho desear este encuentro.
Pobre mujer! El saba, y nadie ms, quin era aquel joven cuya muerte
vena  llorar en la iglesia. El recuerdo de la princesa Lubimoff surgi
en su memoria lo mismo que una imagen borrosa por el empolvamiento del
olvido. La princesa estaba demente, pero era su madre y le haba amado
tanto!...

Su egosmo se sublev en seguida contra esta emocin. Encontraba natural
que Alicia llorase  su hijo, pero no que se hubiera alejado de l sin
explicacin alguna.

Avanz hacia el altar mayor, con el deseo de verla de ms cerca. Un
ligero movimiento de la orante le hizo retroceder. Era mejor que no le
reconociese. Consider preferible aguardarla fuera de la iglesia, con la
ventaja de la sorpresa, sin dejarla tiempo para que inventase razones
justificantes de su conducta.

Empezaba  anochecer cuando sali Alicia, encontrndose con Miguel Fedor
que le cerraba el paso.

Ni el ms leve estremecimiento que delatase asombro.

--T!--dijo simplemente.

Estaba muy plida, tena los ojos enrojecidos y hmedos, como si acabase
de llorar.

Tal vez le haba visto dentro de la iglesia, y esperaba este encuentro 
la salida. La naturalidad con que acogi su presencia fu para l una
primera decepcin.

Necesitaba hablar cuanto antes, dar salida  las quejas y
recriminaciones que haba ido amontonando en los das anteriores. Eran
tantas, que abrumaban su pensamiento. Pero Alicia, como si temiese sus
palabras, se le adelant, hablando  su vez con acento montono y
triste.

Vena  este templo algunas tardes porque experimentaba de pronto la
necesidad de abandonar Villa-Rosa y sus terribles recuerdos. Ay, la
llegada del telegrama!...

--Ahora soy creyente--dijo con sencillez.

Rectific en seguida su afirmacin, por modestia, no por orgullo.
Deseaba ser creyente, pero en realidad no lo era. Se acordaba de su
madre, la sencilla doa Mercedes. Cunto dara por tener la confianza
en el ms all de la buena seora! Aquella fe que en otro tiempo
provocaba sus burlas le pareca ahora algo superior. No poder conocer
la resignacin de las almas humildes!... Persista en ella la
incredulidad de sus tiempos dichosos. Los que gozan las dulzuras de la
existencia no se acuerdan de la muerte ni piensan en lo que pueda haber
despus de ella. Nadie siente un alma religiosa en un baile, en un
banquete, en un encuentro de amor. Ella necesitaba creer, porque era
desgraciada. Se acoga  la religin como un enfermo desesperado implora
al curandero en el que no tiene fe, porque la razn le muestra sus
errores, pero que al mismo tiempo le halaga con una absurda esperanza al
haber sanado  otros milagrosamente.

--El dolor nos hace msticos--continu--. Lo que yo siento es no poder
serlo como lo son otros. Rezo, y la resignacin no viene  ayudarme.

Se revolva contra la nada de la muerte. Aquella carne de su carne
estaba pudrindose en un cementerio ignorado de Alemania! Y esto era
todo?... Ya no haba ms?... Morira ella  su vez y no volvera 
encontrar en una existencia superior aquel hijo en el que haba
concentrado toda su voluntad de vivir? Se borraran ambos en la
realidad, como dos puntos microscpicos, como dos tomos, cuya vida nada
significa?...

--Necesito creer--dijo con toda la energa de su egosmo maternal--. Mi
nico consuelo es esperar que volveremos  encontrarnos en un mundo
mejor; un mundo que no conozca las guerras ni la muerte... Pero de
pronto me falta la confianza, y slo veo la nada... la nada! Soy muy
digna de lstima, Miguel.

Estas palabras no conmovieron al prncipe,  pesar de la desesperacin
que Alicia pona en ellas. Su ansia de enamorado slo le dejaba pensar
en el presente.

--Y yo?--dijo con tono de reproche--. Me has abandonado en el mejor de
nuestros instantes. Eres desgraciada; razn de ms para que no me alejes
de tu lado. Yo puedo alegrar tu vida... Adivino lo que piensas. No, no
pretendo hablarte de amor. Tal vez ms adelante, pero ahora!... Ahora
quiero ser tu compaero, tu hermano, lo que t quieras que sea, pero al
lado tuyo. Por qu huyes de m? por qu me cierras tu puerta como  un
extrao?...

Continu desordenadamente sus quejas, sus protestas, sus rencores, por
aquel alejamiento inexplicable.

--Tengo yo alguna culpa de tu desgracia?--termin preguntando--. Soy
ahora otro hombre que la ltima vez que nos vimos?

Ella movi la cabeza tristemente. No podra convencer  Miguel por ms
que hablase; era superior  sus fuerzas el explicar sus nuevos
sentimientos. Pareca desalentada ante el obstculo que se haba
interpuesto entre los dos.

--Djame, olvdame; es lo mejor que puedes hacer... No; t no has
cambiado, pobrecito mo. Qu mal puedes haberme causado t, tan bueno,
tan generoso? Me has ayudado  conocer la terrible verdad; por ti la he
sabido; y aunque esto me mata, lo creo preferible  la incertidumbre...
T no tienes la culpa, t has hecho todo lo que yo te ped. Pero
atindeme, te lo ruego: no me busques, evita nuestro encuentro. Es el
ltimo favor que podrs hacerme. Slo lejos de tu presencia encontrar
cierta tranquilidad.

La voz de Miguel dej de ser suplicante, estremecindose con un temblor
de clera. Cmo poda ser l un obstculo para su tranquilidad? No
acababa de decirle que slo quera ser un compaero de su desgracia,
olvidado del amor, con un afecto neutro y dulce, igual al de la
amistad?... Ahora que era desgraciada, senta con ms vehemencia el
deseo de permanecer  su lado. Por qu capricho absurdo hua de l?

Alicia le mir con unos ojos lacrimosos que reflejaban las vacilaciones
de su pensamiento. Al fin pareci decidirse.

--T no has cambiado--dijo con voz sorda--, pero yo soy distinta. El
infortunio ha hecho de m otra mujer. Yo misma no me reconozco... Una
idea fija me domina. Tal vez es absurda; si te la digo, s que vas 
protestar con justa indignacin. No, t no tienes la culpa; pero es
mejor no verte. Tu presencia hace ms grande mi remordimiento. Vindote,
siento una vergenza inmensa, un deseo de morir, de matarme. Tengo la
sospecha de que soy yo la que ha asesinado  mi hijo... Recuerdo lo
pasado entre nosotros: reconozco el castigo.

La clera de Lubimoff se desvaneci ante estas palabras inexplicables.
Maquinalmente tom las manos de ella con una dulzura acariciante, lo
mismo que si fuesen las de una enferma en pleno delirio. Calma! qu
estaba diciendo? qu remordimientos eran esos? Las manos se dejaron
tocar  travs de los guantes con una pasividad resignada, pero de
pronto resucitaron, desprendindose violentamente de las de Miguel, como
si acabasen de recibir un profundo choque. No! no! Y el prncipe
tuvo la conviccin de que entre los dos exista una especie de flido
repelente, algo que no haba conocido hasta entonces: el miedo  su
persona.

Qued tan desconcertado y humillado por este movimiento retrctil, que
no supo qu decir. Ella aprovech su silencio para seguir hablando, pero
como si tradujese  solas una pesadilla, como si no viera al hombre que
estaba ante sus ojos.

--Cuando me acuerdo... qu vergenza! Mi hijo, mi pobre hijo viviendo
como un esclavo, sufriendo hambre, recibiendo golpes, l tan noble, tan
hermoso... y su madre aqu, haciendo la nia, extasindose con unos
amores ideales, dando paseos poticos por los jardines, cambiando
besos... un romanticismo de vieja. Las locuras del juego an podan
tolerarse. Jugaba pensando en l; el dinero era para l; pero el
amor!... Parece imposible que haya podido hacer todo eso mientras mi
hijo estaba prisionero y yo careca de noticias. Qu fuerza demoniaca
me empuj?... Y Dios me ha castigado; y si no es Dios, el que sea: la
fatalidad, un poder misterioso que nos hace expiar nuestras faltas,
llmese como se llame.

Miguel quiso interrumpirla, pero ella sigui hablando.

--S lo que vas  decir; es intil. Lo que t digas me lo he dicho yo
muchas veces para convencerme de que mi creencia es absurda. Y qu
probara eso? Todo lo que no conocemos es absurdo, y conocemos tan
pocas cosas!... No; mi remordimiento no se dejar convencer nunca; no
evitars que de noche entretenga mi insomnio haciendo clculos,
recordando fechas. Cuando empec  interesarme por ti, mi hijo viva
an, y yo lo olvid. Cuando nos pasebamos por los jardines de San
Martino, tal vez estaba agonizando de hambre, de sufrir martirios, y
yo, como una herona de novela, como una colegiala loca, besndome
contigo, hacindote promesas!... Adems, la llegada del telegrama en la
misma tarde que ibas  venir t, como algo definitivo en mi existencia!
No vea una intervencin superior, un castigo  mi maldad?

En vano intent el prncipe hablar otra vez.

--Por esto huyo de ti; por eso no he contestado tus cartas. T no tienes
la culpa; pero eres el remordimiento, y tu presencia resucita mi
crimen... Adems, me conozco; no soy mas que una pobre mujer, como quien
dice la debilidad, la inconsciencia, el olvido. Te aceptara como un
camarada de dolor, y como no me eres indiferente, tal vez acabase por
ceder  lo que deseas. Y eso sera horrible, ms horrible an que lo
otro; uno de esos atentados que cometen contra las leyes naturales los
que estn enloquecidos por la pasin... No me busques; no quiero verte.
Tengo la certeza de que he matado  mi hijo. Si hubiese sido una
verdadera madre, pensando slo en l, quin sabe!... tal vez vivira
an. Pero alguien quiso castigarme por mi conducta desnaturalizada, y lo
mat, para que yo despertase, cuando me crea ms feliz en mi torpe
enamoramiento.

Miguel ya no quiso hablar. Sus ojos miraron  esta mujer con lstima y
desaliento. Record  la princesa Lubimoff y sus extravagantes creencias
en el misterio;  la misma madre de Alicia con sus manas devotas.
Resultara intil cuanto intentase decir. Aquella certidumbre absurda y
dolorosa se abra entre los dos como una profundidad que slo el tiempo
podra rellenar.

El mutismo del prncipe sirvi para que ella perdiese la nerviosa
exaltacin que le haca expresarse con tanta vehemencia.

--Djame--murmur dulcemente--. De qu modo servirte? Ya no soy una
mujer, soy una vieja; tengo tantos siglos como el dolor. T necesitas
una amante, y yo soy simplemente una madre... una madre con
remordimientos.

Su renuncia al pasado, la conviccin de que slo era una madre
desesperada, cort su voz con un gemido, al mismo tiempo que sus ojos se
llenaban de lgrimas. Con una mano tmida apart Miguel el pauelo que
ella se haba llevado al rostro para ocultar su llanto. Murmuraba frases
incoherentes, con la intencin de consolarla; pero  continuacin, la
clera volvi  dominarle.

--Si realmente estuvieses sola--dijo con voz rencorosa--, yo podra
aguardar, y tal vez el tiempo acallase esos escrpulos absurdos que te
atormentan. Pero tu soledad es mentira. Un hombre entra  todas horas en
tu casa como si fuese suya, mientras yo debo alejarme, segn dices, para
que recobres la tranquilidad.

Alicia, por instinto femenil, se haba apresurado  llevar otra vez el
pauelo  su cara al sentirse libre de la mano de Miguel. Deba estar
fea con los ojos acuosos, la boca plida, la nariz enrojecida por el
llanto. Pero las palabras del prncipe produjeron en ella tal sorpresa y
tal deseo de repeler una suposicin injuriosa, que separ la arrugada
batista de su rostro.

--Te refieres  Martnez?... Pobre muchacho!

Abandonaba la alegre sociedad de sus camaradas, sus paseos en grupo,
hasta las fiestas  que eran invitados los oficiales convalecientes,
para aburrirse en Villa-Rosa al lado de una mujer que slo poda llorar.
Cuando ella deseaba venir  la iglesia, tena que obligarle  que se
marchase por una hora  dos al atrio del Casino con sus compaeros de
armas. Las visitas del joven invlido representaban tanto para
Alicia!... Eran como una caridad.

--Me forjo la ilusin de que es mi hijo. Sus pocos aos y su uniforme
ayudan  este engao. T no has tenido hijos; no puedes saber la
necesidad que sentimos, cuando los hemos perdido, de poner nuestro amor
hurfano en otros seres, imaginndonos que se parecen  los que
murieron. Yo necesito continuar siendo madre, ya que no puedo ser otra
cosa; y ese infeliz no conoci  la suya, no tiene  nadie en el mundo,
est solo como yo... Djame que busque un poco de ilusin all donde
puedo encontrarla. El pobre agradece tanto mi afecto! Se siente tan
feliz en mi casa! Acurdate: es un condenado  muerte, y slo un cuidado
maternal, un atmsfera dulce y plcida, podrn prolongar sus das.

Ella deseaba realizar esta obra tal vez por egosmo, por borrar de su
memoria con una larga accin generosa todo lo malo que haba hecho
antes. Quera que fuese su hijo, un hijo inventado por su dolor, al que
dedicara todo lo que era imposible hacer por el otro salido de sus
entraas.

Tambin call ahora Miguel, comprendiendo la inutilidad de su
insistencia. Conoca el carcter de Alicia. Detrs de su voz quejumbrosa
adivin la resuelta voluntad de mantener  su lado  aquel joven que
refrescaba sus sentimientos maternales y era  la vez un consuelo para
el remordimiento que se haba forjado.

La consideracin de su impotencia acab por irritarle, hacindole sentir
un cruel deseo de molestar  aquella mujer.

--Haces mal, Alicia. El mundo ignora tu secreto. Ya sabes lo que crea
antes de ti y de tu hijo. T misma reas, encontrando graciosos tales
errores... Ahora, el equvoco continuar con mayor razn. Muchos se
imaginan que has sustituido al joven que muri con otro joven.

Alicia perdi su triste serenidad.

--Qu infamia!--dijo--. Cmo pueden creer eso? Pobre Martnez!...
Tan bueno! tan respetuoso!

Luego continu con arrogancia:

--Que digan lo que quieran! Yo deseo olvidar al mundo; que el mundo se
olvide de m... Ya he muerto.

Pero Miguel insisti en su rencor:

--El otro era tu hijo, y yo lo saba. Este no lo es, y conozco el poder
de seduccin que ejerces, aun contra tu voluntad. Acurdate del banco
de los viejos.

Ay! Por donde ella pasase, la mirada del hombre se enganchara en el
ritmo de su cuerpo: y aquel joven, aquel extrao, iba  acabar...

No pudo seguir.

--T tambin!...--exclam ella--. Adis, Miguel! Siempre pensar en
ti, pero es mejor dejar de vernos. No me guardes rencor. Tal vez algn
da...

Y resueltamente le volvi la espalda, descendiendo las gradas hacia el
bulevar.

El prncipe qued inmvil unos instantes. Luego avanz hasta el borde
del ltimo escaln, pero slo pudo ver un carruaje con la capota
levantada, cuyos dos caballos emprendan el trote.

Y para llegar  esto haba deseado con tanta vehemencia su encuentro
con Alicia!... El despecho le hizo juzgarse duramente; no haba sabido
hablar. Despus record todos sus razonamientos y sus recriminaciones,
asombrndose del poco efecto que causaban en ella. Era indudablemente
otra mujer. Alguien la haba cambiado; alguien era el culpable de esta
absurda situacin.

Gran parte de aquella noche la pas reflexionando. No se le ocurra
censurar  Alicia. Hasta se arrepinti de sus palabras agresivas.
Infeliz! Una exaltacin de su sensibilidad la haca ver culpas y
remordimientos en todos sus actos anteriores.

Adems, las mujeres--continu dicindose--, al menor choque nervioso,
lo primero que pierden es la lgica.

Necesitaba concentrar su rencor en alguien que no fuese ella, y como
Miguel crea no haber perdido la lgica, hizo caer la responsabilidad de
todo sobre Martnez. Este era el nico culpable. De no entrometerse en
la vida de los dos, Alicia, al verse sola en su desgracia, habra
buscado ms que antes el apoyo del prncipe. Qu regalo les haba hecho
la Generala al presentar  este aventurero!

En vano su razn intent argir que no era el oficial el que iba en
busca de Alicia, sino sta la que lo conservaba en su casa, aislndolo
de sus antiguas amistades. Lubimoff no renunci  su rencor. Era
Martnez y nadie ms el que se colocaba entre ambos.

Hasta entonces slo haba fijado su atencin ligeramente en este
muchacho, al que Toledo llamaba el hroe. Eran tantos los hroes en
el momento presente! Su odio fu despojndolo del prestigio que le daban
sus hazaas y su desgracia. Lo vi sin uniforme, sin sus cruces y sus
heridas, tal como debi ser antes de la guerra: un pobre empleadillo, un
dependiente de comercio, que nunca haba puesto sus ilusiones amorosas
ms all de una modista  una dactilgrafa... Y ste era el personaje
interesante que se ergua enfrente de l!... Tiempos intolerables!

Pase al da siguiente toda la maana por sus jardines, resuelto  no
volver  Monte-Carlo. Senta despecho al recordar la ternura con que
Alicia haba hablado de su protegido. Era mejor no tropezarse con l.
Pero en la tarde le pes la soledad de su hermosa villa, que pareca
abandonada. Atilio, el pianista, hasta el coronel, todos estaban en el
Casino. El tambin quiso ir, para confundirse con aquel pblico que se
ocupaba al mismo tiempo de los incidentes de la guerra y de los azares
del juego.

En el atrio march hacia los grupos de lectores agolpados ante los
ltimos telegramas. La gente tena por buenas las noticias, ya que no
eran extremadamente malas, como en los das anteriores. Los aliados
haban detenido el avance del enemigo, inmovilizndolo sobre el terreno
que acababa de conquistar. Segua el bombardeo de Pars por los caones
de gran alcance... Y nada ms.

Un hombre haca comentarios en alta voz. Era Toledo, que, como todas las
tardes, daba su conferencia de estratega ante un semicrculo de
admiradores. Vuelto de espaldas al prncipe, iba soltando el chorro de
su lmpido optimismo, de su fe simple, que desgracias y reveses no
lograban conmover.

--Ahora ya los han clavado sobre el terreno: no avanzarn. Dentro de
poco ser el contraataque. Lo s; me consta.

Se frotaba las manos, guiando un ojo maliciosamente.

--Y los americanos llegan y llegan. Hay da que desembarcan diez mil.
Un pueblo maravilloso!... Lo que yo he dicho siempre: ese Wilson es un
grande hombre. Lo conozco bien.

Todos escuchaban con deleite esta voz de esperanza que refrescaba los
corazones antes de que se entregasen  las angustias de la ruleta y el
treinta y cuarenta. Hablaba con la autoridad de un hombre bien
relacionado y que puede saberlo todo. Conoca  Wilson; l mismo
acababa de declararlo. Adems, era un coronel--aunque nadie saba de qu
ejrcito--, un tcnico, incapaz de expresarse caprichosamente. Y
muchos se trasladaban sin perder tiempo  las salas de juego para
repetir sus comentarios, como personas bien informadas.

El prncipe se alej, temiendo cortar con su presencia este triunfo
profesional, que se repeta todas las tardes.

Al pasearse por el atrio, antes de entrar en los salones, vi junto 
una columna un grupo de oficiales franceses, todos convalecientes.
Privados de ir ms adentro,  causa de su uniforme, permanecan all,
mirando con cierta envidia  los civiles. Unos se mantenan erguidos,
sin dolencia visible, con una delgadez de aguiluchos, la nariz picuda,
los ojos audaces, el bigote alborotado; otros, de cara juvenil, se
encogan como valetudinarios, apoyados en sus bastones, con el pecho
hundido bajo las desmayadas arrugas del pao del uniforme, y haciendo
una larga pausa de reconcentrada voluntad cada vez que deseaban mover
sus piernas. Algunos haban llegado  Mnaco como incurables, despus de
un largo cautiverio en Alemania; los dems venan de los hospitales de
la lnea de fuego; y todos mostraban una desorientacin gozosa al verse
en este rincn paradisaco, donde las gentes parecan olvidadas del
resto de la tierra y los ojos femeninos les seguan con una expresin
enigmtica, entre amorosa y maternal.

La diestra de uno de estos militares se elev hasta su visera para
saludar al prncipe. Este se fij en el color amarillento del kepis,
luego en el uniforme del mismo color y la lnea policroma de las
condecoraciones. Era Martnez, el teniente de la Legin extranjera, que
le saludaba con cierta timidez, pero satisfecho al mismo tiempo de que
sus compaeros le viesen en buenas relaciones con un personaje famoso
del que tanto se hablaba en la Costa Azul.

Miguel devolvi el saludo maquinalmente y sigui adelante. Este momento
qued fijo en su memoria para toda la vida. Los aos y la cordura que
stos traen consigo parecieron desprenderse de l como las cortezas
secas de un rbol que renace. Se crey vuelto  la juventud. Fu por
unos instantes aquel capitn Lubimoff de la Guardia imperial,
atropellador de obstculos y desconocedor del escndalo cuando alguien
se opona  su voluntad.

Volvi  mirar de lejos el grupo de oficiales. Y este teniente de pobre
estatura, que pareca un tenedor de libros elevado por la movilizacin,
era su enemigo!... Crey verlo por primera vez. Perdido entre sus
compaeros an le pareci ms insignificante que en sus visitas 
Villa-Sirena.

Permaneci inmvil, con su mirada fija en el grupo. Vas  cometer un
disparate!, gritaba una voz en su interior. Y pas por su memoria la
imagen del duro Saldaa, bondadoso y tolerante con los dbiles, como
todos los que estn seguros de su fuerza. Una frase que no haba
recordado nunca cruz ahora su pensamiento: El caballero debe ser bueno
y no abusar nunca de su fuerza. Estaba seguro de que su padre le haba
dicho esto siendo l nio... Pero  continuacin, la dualidad que
exista en su interior se expres por medio de otra voz ms fuerte 
imperiosa, una voz femenina igual  aquella otra que le aconsejaba en su
juventud: Gasta, no te prives de nada, colcate sobre todos; piensa
siempre que eres un Lubimoff. Y vi  la difunta princesa, no de Mara
Estuardo, con su luto teatral, sino dominadora y todava bella, lo mismo
que cuando aterraba con sus cleras  su esposo el hroe y pona en
revolucin el palacio de Pars.

Maquinalmente se aproxim al grupo de oficiales, y sus ojos volvieron 
tropezarse con los de Martnez. Este vino hacia l con una sonrisa
interrogante. Miguel comprendi que le haba hecho un signo de
llamamiento sin darse cuenta de ello, por un impulso de su voluntad,
que pareca moverse completamente desligada de su razn. Tanto peor!...
Adelante!

Con cierto apresuramiento se fu llevando al joven hacia el vestbulo
del Casino, como si quisiera evitar la presencia de los grupos que
llenaban el atrio.

--Teniente, voy  decirle una cosa... Necesito... pedirle un favor.

Balbuceaba, no sabiendo cmo expresar un deseo que l mismo tena por
absurdo. Esta indecisin, unida  las vacilaciones de su voz, acab por
irritarle.

Se detuvieron junto  la cancela de cristales de la entrada. Martnez
haba perdido su sonrisa, mirando con asombro el gesto duro y la palidez
del prncipe.

--En una palabra--dijo ste con resolucin--: lo que yo tengo que
pedirle es que visite con menos frecuencia la casa de la duquesa de
Delille. Si se abstiene en absoluto de ir  ella, an ser mejor.

Y descans, respirando con cierto desahogo, despus de haber lanzado su
pretensin.

El asombro de Martnez fu en aumento. Dud un instante, fijos sus ojos
en los de Lubimoff. No era una broma: la mirada agresiva de este
personaje que siempre le haba tratado con amable indiferencia, la
sequedad de su voz, cierto temblor de su mano derecha, indicaban que
haba expresado todo su pensamiento, y que detrs de este pensamiento
lata un odio enorme contra l.

La sorpresa le hizo hablar con timidez. El visitaba  la duquesa porque
esta seora le peda que fuese  verla todos los das. Muchas veces
haba sospechado que su asiduidad pudiera resultar inoportuna; pero
todos sus intentos de alejamiento eran intiles. Apenas se ausentaba por
unas horas, aquella buena dama le haca buscar. Se mostraba bondadosa
con l como una madre.

De repente, se desvaneci su tono humilde. Sus ojos adivinaron en los de
su interlocutor algo que l mismo no haba pensado nunca. El teniente
pareci transfigurarse, creciendo hasta quedar al nivel del prncipe.
Brill su mirada con el mismo resplandor fulvo que la del otro; todo su
cuerpo se arque con la tensin de un muelle que va  saltar; las
alillas de su nariz se agitaron nerviosamente. El empleadillo tmido de
ademanes recobraba su gallarda de hombre de combate. Su voz son ronca
al seguir hablando.

El iba adonde le llamaban, adonde quera ir, sin reconocer  nadie el
derecho de mezclarse en sus actos. Era la duquesa la nica que poda
cerrarle la puerta de su casa. Por qu intervena el prncipe en los
asuntos de aquella seora sin consultar antes su voluntad?

--Soy su pariente--dijo Miguel, algo indeciso en su interior al invocar
este parentesco que muchas veces no haba querido reconocer.

Los dos se vieron al otro lado de la cancela, sobre el rellano de las
gradas del Casino, en pleno aire, frente  los rboles de la plaza y los
grupos de paseantes que daban vueltas en torno del queso. Tuvieron que
apartarse  un lado, para no impedir la circulacin de los que entraban
y salan.

--Adems--continu el prncipe--, mi deber es evitar murmuraciones. No
puedo permitir que, vindole  usted metido all  todas horas,
supongan...

Casi se arrepinti de sus palabras al notar el doble efecto que
producan en el joven. Primeramente se indign. Haba quien osaba
murmurar de aquella gran seora, tan santa para l? Pero esta protesta
fu acompaada de una irreflexiva satisfaccin, de un orgullo pueril,
como si agradeciera,  pesar de todo, que mezclasen su nombre con el de
la otra en absurdas suposiciones. Pareca que Martnez acababa de
descubrirse  s mismo, dando cuerpo y nombre  sentimientos obscuros
que hasta entonces slo haban latido dentro de l en una forma
larvaria.

El alma celosa del prncipe fu adivinando, con aguda percepcin, todo
lo que pensaba el otro, y esto aviv el incendio de su clera. Con qu
arrogancia asuma este empleadillo la defensa de Alicia! Cmo se
delataba su enamoramiento!...

--Si alguien se permite hablar de la duquesa--dijo el teniente--, si
murmuran porque me dispensa el honor de recibirme en su casa (el mayor
honor de mi vida!), yo me encargar de castigar al que invente eso,
aunque est muy alto, aunque se crea muy poderoso...

Lubimoff le escuch con impaciencia. Ahora era Martnez el que se
permita atacarle. Sus ltimas palabras significaban una amenaza para
l.

Adems, se sinti irritado contra su propia torpeza. Su accin
imprudente slo serva para que este joven abriese los ojos, pensando en
la posibilidad de muchas cosas que nunca haba podido imaginar, y que,
de imaginrselas, las habra rechazado inmediatamente, por desatinadas.
Y era l mismo quien vena  demostrarle que, segn la opinin de los
maldicientes, resultaban posibles tales cosas!...

El tono con que el oficial defenda  Alicia excit an ms su clera.
Adivinaba en l un gran orgullo, la vanidad del pobre muchacho que slo
ha conocido las aventuras de amor  travs de los libros, y de pronto se
ve en relaciones supuestas con una duquesa y rival de un prncipe. Qu
gloria para un advenedizo!

--Joven...--dijo la voz dura de Lubimoff.

Esta simple palabra fu seguida de una mirada de altivez, de
superioridad aplastante, que pareci barrer todo cuanto la guerra haba
puesto de extraordinario en Martnez: el uniforme, las condecoraciones,
las cicatrices gloriosas. Para l ya no exista el oficial; slo quedaba
el pobre vagabundo de aos antes yendo de un hemisferio  otro en busca
del sustento. Joven..., repiti con un tono que resucitaba todas las
castas y las gradaciones sociales de los siglos muertos, para que el
interpelado se diese cuenta de la enorme separacin entre su persona y
la del hombre que se dignaba darle consejos.

--Joven... acabemos. Y si yo le ordeno que no vuelva ms  esa casa?...
Y si le exijo que...?

No pudo terminar. Su voz amenazante, dura como un grito de mando,
indign al hombre vestido de uniforme. Haber arrostrado la muerte
durante tres aos entre miles de camaradas que estaban ya bajo tierra;
despreciar la vida como algo cuya fragilidad se ha revelado  cada
minuto; despojarse para siempre, en fuerza de aventuras angustiosas y
heridas atroces, de ese miedo que el instinto de conservacin pone en
todos los seres, para que ahora, en una ciudad de placer,  la puerta
de la ms lujosa de las casas de juego, un hombre rico y poderoso, pero
que no haba hecho nada til en su existencia, se atreviese 
amenazarle!...

--A m!...--dijo balbuceando de rabia--. Darme rdenes  m!...

Miguel sinti que una mano se agarraba  los botones de su chaleco. Era
como un pjaro tembln y agresivo, que se detena un instante en su
ciego impulso para seguir volando hacia arriba. Adivin la bofetada, 
instintivamente avanz su diestra. Las dos manos se encontraron cuando
la del joven revoloteaba cerca del rostro del prncipe. Este, ms
musculoso, contuvo la mano ofensora, la inmoviliz con dura presin, al
mismo tiempo que sonrea de un modo lgubre. Los ojos se lo
empequeecieron, volviendo sus vrtices hacia arriba con el crispamiento
de la sonrisa. Eran unos ojos asiticos. Su nariz se ensanch con una
aspiracin caballuna. As debieron sonreir en sus malos momentos los
remotos abuelos de la princesa Lubimoff...

--Basta: la doy por recibida--dijo con lentitud--. Designe  dos amigos
para que se entiendan con los mos.

Y soltando la mano de Martnez, le volvi la espalda despus de hacerle
un grave saludo. Los gestos de los dos haban sido rpidos. Slo uno de
los porteros con kepis que montan la guardia en el rellano de la
escalinata haba adivinado algo; pero su experiencia profesional le
aconsej permanecer impasible mientras no hubiese golpes.

Crey en una simple disputa por cosas del juego. Todo iba  arreglarse
con una explicacin y  olvidarse despus con una ganancia. Haba visto
tanto!...

       *       *       *       *       *

El prncipe Lubimoff vuelve  entrar en el Casino. Atraviesa el
vestbulo y el atrio llevando la cabeza alta, pero sin ver  nadie, con
la mirada perdida ante sus pasos.

Le parece que el tiempo ha vuelto de repente sus agujas atrs,
hacindole saltar en el pasado, volvindolo  la juventud. Marcha con
arrogancia. Se extraa de que el ruido de sus firmes pisadas no vaya
acompaado de un tintineo de espuelas y del metlico arrastre de un
sable. Al mismo tiempo empieza  ver rostros irreales, rostros que
desaparecieron de la tierra hace muchos aos: el cosaco venido de una
remota guarnicin de Siberia para vengar  su hermana; un amigo del
mismo regimiento del prncipe, que muri de una estocada en el pecho
despus de una cena tumultuosa, mientras lloraba Lubimoff, sbitamente
despertado de su homicida embriaguez; otros  los que asisti como
simple testigo, pero que murieron y resucitan ahora en su memoria, fra
 insensible al remordimiento y  la lamentacin.

--El coronel... Dnde diablos estar el coronel?

Atraviesa las salas de juego, buscando una cabeza de pelo canoso partido
en dos secciones brillantes por la raya que se tiende rgida de la
frente  la nuca. La ve al fin sobre el respaldo de un divn, entre dos
sombreros de mujer, cuatro ojos orlados de luto y unas mejillas con las
arrugas rellenas de pasta blanca y pasta rosa. El prncipe interrumpe
con su mudo llamamiento unas explicaciones de la guerra que hacen
estremecer  las dos damas.

--Coronel: un asunto de honor. Quiero batirme maana. Busca otro
padrino.

Toledo parece desconcertado por la orden. Su primer pensamiento vuela
hasta Villa-Sirena. Ve el negro levitn, la vestidura solemne del honor
pronta  salir de su encierro. Despus se desliza por esta alegra una
nube de duda. Un duelo!... Ser oportuno ahora que los hombres se
baten en masas de millones, dando su vida por algo ms alto y ms
general que los rencores individuales?... Sus creencias ahogan
inmediatamente este escrpulo. Un caballero debe estar  las rdenes de
otro caballero. Adems, es su prncipe. Y dispuesto  cumplir su
misin, pide el nombre del adversario.

--El teniente Martnez.

Don Marcos cree haber entendido mal; luego vacila sobre los pies y queda
mirando  Su Alteza con estupor. Instintivamente, sin darse el trabajo
de desenmaraar los confusos pensamientos que le asaltan, ve con la
imaginacin  la duquesa de Delille. Por qu ha abandonado el prncipe
sus prudentes doctrinas?... Se acuerda, como de un pasado dichoso, de
los tiempos en que florecan los enemigos de la mujer. No han
transcurrido mas que cuatro meses, y parece que sean siglos. Un duelo
en plena guerra... y con un oficial!... Y este oficial es Martnez, su
hroe!...

Levanta los hombros, inclina la cabeza, hace un gesto de inhibicin,
como siempre que su prncipe le da rdenes absurdas con un rostro duro
que le recuerda el de la difunta princesa en sus das borrascosos.

--Busco  don Atilio?... Ha tenido varios lances de honor; sabe lo que
es eso, y podr ayudarme.

Lubimoff acepta. En el _bar_ de los salones privados esperar  los dos,
para hablar de las condiciones del encuentro.

Permanece inmvil en su profundo silln, frente  una ventana dorada por
la luz del ocaso, en la que se tejen y destejen los hilos de sombra
proyectados por el ramaje inquieto de los rboles. Le parece de pronto
que su espera resulta demasiado larga. Se le ocurre que Castro no est
en el Casino y don Marcos le busca intilmente. De todo lo pasado apenas
se acuerda. La figura del oficial se ha hundido en la bruma gris que cae
sobre su memoria: no es ya mas que un contorno indeciso. Lo nico que
puede ver, con un relieve y un agrandamiento exagerados, como si
estuviese junto  sus ojos, es una mano: una mano que se agarra  su
pecho y sube hacia su rostro que nadie golpe jams. La indignacin le
hace salir de su hurao ensimismamiento. A l! Una bofetada al
prncipe Lubimoff!...

Cuando levanta los ojos ve  Toledo que se acerca, pero solo, con cierta
confusin, temiendo por adelantado la clera del prncipe. Este, que se
siente bondadoso y tolerante despus de sus violencias en la escalinata,
adivina lo que va  decirle. No ha encontrado  Castro. Y le absuelve
con una sonrisa benvola.

El coronel habla:

--Marqus: don Atilio no quiere.

Qu?... Y ante la mirada interrogante de Lubimoff, que no puede
comprender, que se resiste  comprender lo que escucha, Toledo repite,
cada vez ms confuso:

--Se niega  aceptar la representacin. Me ha dicho que busque  otro.
Tiene unas ideas especiales que...

Y se abstiene de exponer estas ideas. Calla, para no decir algo que el
prncipe no debe escuchar de su boca; acepta como un bien el silencio de
asombro que se interpone entre l y Lubimoff; teme que ste salga de la
estupefaccin en que le ha sumido su noticia.

Como desea alejarse, propone algo que le parece un remedio.

--Quiere Su Alteza que lo llame? Seguramente vendr. Tal vez hablando
los dos...

Y se aleja para buscar  Castro, mientras Miguel Fedor vuelve  quedar
inmvil en su asiento, sin comprender nada.

       *       *       *       *       *

Lo vi de pie ante su velador, con cierto apresuramiento en sus gestos y
ademanes, como un hombre que arrostra una situacin penosa y quiere
salir de ella cuanto antes.

El prncipe le invit  ocupar el silln inmediato, pero Castro slo
quiso sentarse ligeramente en uno de los brazos del mueble, para indicar
su deseo de que la entrevista fuese corta. Adems, habl l primero,
exponiendo rudamente su pensamiento, sin prembulos.

--Te habr dicho el coronel mi respuesta. No puedo... Bien sabes que soy
tu amigo: hasta me haces el honor de reconocerme como pariente; te debo
mucho; pero eso que me pides... no! Es un disparate, una locura.
Forzosamente habamos de terminar as; lo he presentido hace algn
tiempo. Tal vez tenas razn cuando hablabas de las mujeres y de la
necesidad de ser sus enemigos (si es que esto resulta posible). Pero de
nada puede servirnos recordar lo pasado: t ya no eres el Lubimoff que
deca aquellas paradojas. Yo estoy loco, te lo concedo; pero t lo ests
ms que yo, y por eso no te sigo.

Miguel le mir fijamente, sin abandonar su silenciosa inmovilidad,
esperando que continuase.

--Un duelo en plena guerra! Tiene eso sentido comn? T eres un seor
que permanece tranquilo en su palacio, con todas las comodidades que
pueden obtenerse en la poca presente, sin correr peligro alguno,
mientras media humanidad llora, sufre hambre, se desangra  muere. Y
porque ests un da de mal humor (t sabrs el motivo), quieres batirte
con un pobre muchacho que vive casi milagrosamente, que est enfermo y
dbil por haber hecho lo que t y yo no somos capaces de hacer?... Y me
pides que te represente en esa locura?...

El otro, siempre sumido en su asiento, dijo con voz sorda y rencorosa:

--Me ha insultado... ha querido abofetearme. He detenido su mano junto 
mi cara.

Esto hizo dudar un momento  Castro, que no tena idea de la importancia
del choque entre los dos hombres. Pero su indecisin fu corta.

--Algo hay que no comprendo y que t callas. La misma gravedad del
insulto me indica que hubo de tu parte un acto extraordinario.
Atreverse ese pobre muchacho respetuoso y tmido  querer abofetear 
un hombre como t!... Qu has hecho para excitarle hasta ese punto?

Lubimoff no se dign responder. Sin abandonar su enfurruada
inmovilidad, pregunt lacnicamente:

--Quieres  no quieres?

Castro, irritado por tal actitud, contest sin vacilar:

--Es un disparate, y no quiero.

Sigui la inmovilidad del prncipe ante esta negativa, pero Atilio crey
adivinar sus ideas en la mirada hostil fija en l. Le acusaba de
ingratitud al verse abandonado. Al mismo tiempo haca responsable  la
Generala, creyendo que sta haba podido influir en su decisin. Aquel
teniente era tan admirado por doa Clorinda!...

Como si contestase  sus ocultos pensamientos, Atilio sigui hablando.

--T crees que  m me interesa ese muchacho con el que deseas batirte?
Me es indiferente; hasta confieso que me es antiptico, por los grandes
extremos que hacen algunas seoras sobre su herosmo. Eso molesta
siempre  los que no somos hroes. Pienso en lo insignificante que
sera hace cuatro aos nada ms. De conocerlo entonces, tal vez lo
habra visto de tenedor de libros en un hotel  en la tienda de mi
camisero de Pars. Figrate qu amistad!... Pero ha pasado sobre
nosotros la guerra, trastornndolo todo, haciendo emerger  unos,
hundindonos  otros en lo ms profundo, sin la certeza de volver 
surgir, y ese muchacho es ahora alguien, es ms que t y que yo; ha
servido de algo, y para m es sagrado,  pesar de que me inspira envidia
y no admiracin.

El prncipe hizo al fin un movimiento de protesta. Luego levant los
hombros desdeosamente y volvi  sumirse en su inmovilidad. Aquel
aventurerillo ms que l, porque le haban agujereado el pellejo en los
combates!...

--No nos entenderamos aunque hablsemos toda la tarde--continu
Castro--. Yo he cambiado mucho, y t continas siendo el de siempre.
Creo que ayer encontr mi camino de Damasco. Me siento otro hombre.

Y por una necesidad de exteriorizar su gran perturbacin interior,
sigui hablando, sin fijarse en si el prncipe le escuchaba.

El encuentro haba sido cerca de la estacin de Monte-Carlo, junto  la
va frrea. El iba acompaando  dos seoras, una de las cuales le
interesaba mucho. (Miguel pens otra vez en doa Clorinda.) Un tren de
soldados volva de Italia; un tren sombro, sin estandartes, sin ramas
de rboles adornando las portezuelas. Eran franceses. Los haban enviado
 Italia como refuerzo, despus del desastre de Caporetto, y ahora los
volvan  llamar apresuradamente, para defender el propio suelo
amenazado.

--Nada de cnticos y de aturdido regocijo; todos silenciosos, cansados y
sucios, de una suciedad pica. Cada vagn pareca una jaula de fieras,
por su olor acre de cuadra de circo. Eran jvenes y tenan aspecto de
viejos: las barbas hirsutas, los uniformes manchados, las caras
apergaminadas por el sol, endurecidas por el fro, resquebrajadas por
los vientos. El calor les haba hecho despojarse de los capotes y
mostraban sus camisas de franela de un color indefinible, impregnadas
del sudor de tantas fatigas y emociones.

Se adivinaba en ellos al batalln predestinado que siempre llega 
tiempo para sostener los choques ms rudos; el que aparece puntualmente
en los lugares de mayor peligro, con esa mansedumbre heroica del fuerte,
que deja que le exploten, y trabaja, no slo por l, sino por todos los
dems que trabajan menos. Dnde no haban peleado estos hombres? En su
propio suelo, en el de los aliados, tal vez en Oriente, y ahora tornaban
otra vez  la tierra de sus primeros combates. Cuando crean haberlo
hecho todo, se enteraban de que an no haban hecho nada. En el tejer y
destejer de la guerra, era preciso empezar otra vez. Cuatro aos antes
se imaginaban haber decidido el triunfo en las riberas del Marne, y
ahora volvan de nuevo al Marne. Todos los inviernos, metidos en el
barro, hundidos en la trinchera bajo la lluvia, se decan: Este ser el
ltimo. Y llegaba otro invierno, y luego otro, y  continuacin otro,
sin que la vida cambiase. De aqu su gesto fatalista y resignado, un
gesto de hombres que se amoldan  todo y acaban por creer que su miseria
ser eterna, que nunca volvern los humanos tiempos de la paz.

Ces de hablar un momento y no hizo caso de la mirada de su amigo, que
pareca preguntarle qu inters poda tener para l este relato.

--Estbamos al borde de un terrapln, apoyados en la valla, y nuestras
cabezas quedaban al mismo nivel que las de los hombres agrupados en los
vagones. El largo convoy, cuya cabeza tocaba ya la estacin, iba
avanzando lentamente. Las dos seoras agitaban sus pauelos, sonrean 
los soldados, les enviaban palabras de saludo. Muchos permanecan
inmviles, mirndolas con ojos de fiera adormecida. Llevaban cuatro aos
de ovaciones, conocan la realidad, la terrible realidad que existe
detrs de ellas. Otros, ms jvenes  ms ardorosos, despertaban  la
vista de estas dos mujeres elegantes. Galvanizados por las sonrisas, se
erguan, pasaban una mano por sus arrugadas franelas, enviaban besos,
intentaban recobrar su apostura de los tiempos en que no eran
soldados... De pronto, uno de ellos olvid  las mujeres para fijarse
en mi, que tambin les saludaba con mi sombrero, dando vivas. Era una
especie de diablo rojo y amargo.

Castro le vea an, como si asomase su cabeza por una ventana del _bar_;
vera tal vez mientras viviese el pergamino blancuzco de su cara,
tirante sobre las aristas de los pmulos; la barba roja colgando de sus
mandbulas, como si fuese postiza, y sobre todo, sus ojos sarcsticos,
insolentes, de un color verde turbio, igual al de las ostras. Era el
soldado que critica, rezonga y habla contra sus oficiales mientras
cumple sus rdenes. En la vida civil deba haber sido el antiptico
rebelde que no concede su aprobacin  nada. Al cruzarse sus ojos con
los de Castro, experimento ste un sentimiento de repulsin. Adivin al
hombre con el que se tiene irremediablemente un choque en la calle, en
el tranva, en el teatro. Y sin embargo, nunca iba  olvidar su
encuentro de un segundo con este soldado que pasaba y se perda  lo
lejos, sin mas tiempo que el necesario para dejar caer cuatro palabras.

Despreci  las dos mujeres con su sonrisa irnica. Luego,  Castro, que
segua tremolando su sombrero, le seal el fondo del vagn, gritndole:

--An queda un sitio!...

Y no dijo ms.

--Dijo bastante, Miguel. Esa voz agria la estoy oyendo desde entonces:
la oir siempre, en mis mejores instantes, si contino aqu. Y la
mirada de sus ojos?... Adivin todos sus insultos mudos, la comparacin
rpida que hizo entre su miseria y mi aspecto de hombre fuerte y bien
cuidado. Yo era para l un cobarde que pasea con mujeres, mientras los
hombres estn con los hombres, dando su vida por algo importante.

--Bah! T eres un extranjero--interrumpi el prncipe, que pareca
fatigado por las palabras de su amigo.

--Yo vivo aqu, y la tierra en que vivo no puede serme extraa. Esta
guerra es por algo ms que cuestiones de terreno: interesa  todos los
hombres. Mira  los norteamericanos, que todos creamos muy prcticos 
incapaces de idealismos; saben que no van  ganar nada positivo, y sin
embargo entran en la lucha con todas sus fuerzas. Adems, hay el alma
de las mujeres. Creers que las dos que venan conmigo rieron el
insulto del rojo, encontrndolo muy oportuno?... Y no me hables de que
las hembras se sienten atradas en todas ocasiones por el guerrero. Tal
vez sea por el guerrero de los tiempos de paz, brillante y empenachado;
pero estos de ahora tienen un aspecto tan miserable!... No; existe algo
muy alto en todo lo que nos rodea, algo que t y yo no hemos sabido ver,
 causa de nuestro egosmo.

Su oyente volvi  levantar los hombros con indiferencia.

--Y cuando pienso  todas horas en mi encuentro de ayer, y veo el sitio
que me ofreca burlonamente el maldito rojo, como si yo fuese una
hembra, como si nunca pudiera sentirme capaz de ocuparlo, t me
propones que arregle un encuentro mortal con otro de esos hombres que se
consideran, no sin razn, superiores  nosotros!... No; ya lo sabes: no
acepto.

Haba abandonado el brazo del asiento y estaba de pie frente al
prncipe. Esto hizo un gesto de cansancio. Le aburran las palabras de
Atilio, aquella historia infantil del tren, del soldado rojo y de la
invitacin insolente. Eso slo poda conmover  doa Clorinda; l tena
asuntos mas inmediatos en que pensar. Ya que se negaba  servirle, poda
dejarlo solo.

--Adis, Miguel!--dijo Castro, con la conviccin de que este saludo iba
 ser algo ms que una despedida momentnea.

--Adis--contest el prncipe sin moverse.

Cerca ya de la puerta, Atilio retrocedi.

--S lo que significa mi negativa y lo que me toca hacer. Adis otra
vez. Cree que si me pidieses otra cosa...!

Pero el prncipe interrumpi sus palabras con otro gesto de
indiferencia, y Atilio se alej, disimulando su emocin.

Inmediatamente hizo su entrada don Marcos en el _bar_, como si hubiese
estado aguardando al otro lado de la puerta la salida de Castro. Nunca
le pareci al prncipe tan activo  inteligente su chambeln.

--Todo est arreglado, marqus.

Como tena la certeza de que Atilio no se dejara convencer, haba
buscado un segundo padrino. Pens un instante en ir  Mnaco para hablar
 Novoa. Luego se acord de sus relaciones con Valeria. Esta visita
equivala  hacrselo saber todo  la duquesa. Adems, el profesor no
entenda nada en tales asuntos y era compatriota de Martnez. Ya haba
bastante con que un espaol figurase enfrente del oficial!

--Tengo mi segundo--continu--. Ser lord Lewis.

Para l, era Lewis ms lord que nunca. Le estaba agradecido por la
prontitud con que haba aceptado su peticin. Ganaba dinero aquella
tarde y su humor era excelente. Hasta se levant de su asiento,
abandonando el juego para oir al coronel. Quiso llevrselo al _bar_,
afirmando que ante un _whisky_ se habla mejor, y Toledo adivin por su
aliento que ya llevaba bebidos algunos para celebrar su buena suerte.
Lewis estaba dispuesto  servir  su amigo Lubimoff. En punto  duelos,
slo conoca los del boxeo; pero se confiaba  la pericia del coronel y
apoyara cuanto dijese... Inmediatamente haba vuelto  su mesa.

Miguel di sus instrucciones  Toledo. Un encuentro en condiciones
duras, como aquellos que l haba presenciado en Rusia. No poda ser
menos: haba recibido una bofetada. Y dijo esto con voz fosca,
convencido ya de la completa realizacin de la ofensa.

Al anochecer sali del Casino, huyendo de las personas conocidas que
invadan el _bar_ y le obligaban  sonreir y sostener frvolas
conversaciones, mientras su pensamiento estaba lejos.

Siempre, en sus grandes cleras, cuando no poda apelar  una accin
inmediata y violenta, la excitacin nerviosa iba seguida en l de una
laxitud que ablandaba sus msculos y sus nervios.

Con verdadero placer entr en Villa-Sirena, encontrando una nueva
voluptuosidad en todos los detalles de su bienestar. Aguard leyendo la
llegada del coronel. A las nueve de la noche tuvo que comer solo. Luego
volvi  la lectura, pero en su dormitorio, acabando por acostarse con
el libro en la mano. Sonri con una sonrisa que pareca una mueca al
pensar que su fatiga nerviosa le haba hecho tenderse en la misma
postura de los muertos.

Fu pasando las pginas, sin perdonar una sola lnea, y sin embargo no
poda decir qu es lo que estaba leyendo. De pronto, su atencin se
concentraba para recordar. Algo le haba ocurrido; algo le esperaba.
Ah, s! Y despus de reconstruir en su memoria lo de aquella tarde 
imaginarse lo del da siguiente, volva  su lectura sin sentido.

Las pginas fueron desvanecindose como pedazos de niebla; sinti su
mano ms ligera: el libro acababa de caer sobre la cama. Instintivamente
busc el botn elctrico para hacer la obscuridad, y antes de perder
completamente la percepcin del mundo exterior oy sus primeros
ronquidos.

Una luz hirindole en los ojos le hizo incorporarse. Vi al coronel
junto  su lecho. El profundo silencio de la noche, que an pareca ms
absoluto sostenido por el rumor del mar, se rasgaba  lo lejos con el
jadeo de un automvil.

El prncipe se restreg los ojos. Qu hora era?

--La una--dijo don Marcos.

Todo estaba convenido. El encuentro sera al da siguiente,  las dos de
la tarde. No poda realizarse antes; an le quedaban muchos preparativos
por hacer. El lugar escogido era el castillo de Lewis. En el principado
de Mnaco resultaba imposible un encuentro: todo l era  modo de una
casa de vecindad, sin el menor lugar discreto para que dos hombres se
mirasen frente  frente con una pistola en la mano.

Lubimoff casi se levant de la cama  impulsos de la sorpresa. El tena
la eleccin de armas, como ofendido, y haba hablado  su representante
del sable, arma favorita de los duelos de su juventud. Toledo, por
primera vez, arrostr impvido la mirada furiosa de su prncipe.

--Marqus--dijo con dignidad--, no poda ser otra cosa! Hay que pensar
que ese pobre joven es un convaleciente, casi un invlido. Yo me admiro
de que haya obligado  sus padrinos  admitir la pistola. Sus
representantes no queran aceptar nada. Son de los que creen que este
duelo no debe realizarse.

Miguel se calm. Un sentimiento de equidad le hizo aceptar la decisin
de Toledo. Aquel enfermo no era un enemigo digno de su sable; haba que
establecer cierta igualdad entre los dos, y para eso serva la pistola,
nica arma que se presta  las sorpresas y caprichos del azar.

De todos modos lo matar, pens Lubimoff, acordndose de sus
habilidades de tirador.

--Advierto  su Alteza--sigui diciendo el coronel--que lo mismo da un
arma que otra. Ese joven y sus dos amigos conocen todo lo referente  la
guerra, pero no tienen nocin alguna de lo que son los duelos y de las
armas que se usan en tales lances.

Luego enumer las condiciones. Distancia, quince metros; una bala cada
uno, pero podran apuntar y hacer fuego mientras l, que iba  ser el
director del combate, contaba de uno  tres. Con un tirador como el
prncipe, estas condiciones resultaban graves.

Efectivamente; el prncipe las encontr aceptables.

--Buenas noches--dijo sumindose en la cama y remontando el embozo hasta
sus ojos.

El sueo volvi  apoderarse de l, una vez satisfecha su curiosidad.

Toledo hubiera querido hacer lo mismo, pero tena que cumplir antes
sagrados deberes de su ministerio, y vag por diversas habitaciones,
registrando muebles, subindose en las sillas para huronear en lo ms
alto de los armarios. Buscaba una caja de pistolas de desafo que le
haba regalado en Rusia uno de los generales amigos del difunto marqus.
Cuando al fin la encontr, tuvo que dedicar ms de una hora  la
limpieza de estas armas de lujo, que haban perdido su brillo de plata
en el olvido de un largo encierro.

Se senta fatigado, y al mismo tiempo la consideracin de su importancia
ahuyentaba su sueo. El alma de aquel drama que se estaba preparando
para el da siguiente era l, slo l. Faltos de su asistencia, ni Su
Alteza ni Martnez podran batirse. Lord Lewis y los dos militares que
representaban al adversario eran incapaces de una idea, y tenan que
seguirle como discpulos.

La conciencia de esta superioridad le hizo recordar todas sus gestiones
y triunfos desde media tarde  media noche.

Haba ido en busca de Martnez con cierta indecisin. Contra su deseo,
encontraba razonadas las protestas de Atilio. Tal vez era cierto cuanto
deca, y este duelo resultaba un disparate, una locura del prncipe.
Pero sus ideas tradicionales se encabritaron ante estos escrpulos. El
honor es el honor... Y experiment la alegra del que, luego de dudar,
se convence de que est en lo cierto, al oir que el teniente aceptaba la
reparacin por las armas con regocijo y con cierta prisa, como si
temiese que Toledo se arrepintiera, retirando su proposicin. Joven
heroico y pundonoroso! Don Marcos encontraba natural que procediese as.
Era de la misma tierra que l!...

Por un momento ocup su memoria la imagen de la duquesa. Tal vez era
ella la causante involuntaria de este choque, y el mozo se senta
animado por la vanidad. Iba  figurar en un duelo como los que haba
ledo en las novelas de su adolescencia; iba  ser protagonista de uno
de aquellos dramas elegantes que  l le parecan de otro planeta...
Pero el coronel desech  continuacin estas suposiciones, sugeridas por
la franca alegra con que Martnez aceptaba su reto, como si le invitase
 una fiesta.

A partir de aqu empezaron las desorientaciones de Toledo. El mundo
estaba cambiado, totalmente cambiado, y l marchaba de asombro en
asombro.

Para favorecer  su compatriota, quiso saber qu armas manejaba con
preferencia.

--Conozco tantas!--exclam Martnez.

En un asalto haba herido con la punta del sable  un alemn gigantesco
que le amenazaba con su bayoneta. Tuvo que forcejear contra una cosa
dura que cruja, envindole al rostro un cao de sangre. Luego, al
serenarse, vi que haba metido el arma por la boca de su adversario,
rompindole las vrtebras. Conoca tambin el revlver, pero no era
tirador. En otras armas era ms experto: la granada de mano, que le
haca recordar los juegos de pelota de su infancia; la ametralladora,
que haba manejado como simple sirviente; los explosivos arrojados con
honda. Hasta tena sus habilidades de artillero, pero artillero de
trinchera, para cargar morteros de tiro corto y enviar torpedos y
proyectiles asfixiantes  la trinchera inmediata.

Sonri desdeosamente al insistir don Marcos en la esgrima del sable. El
tena una esgrima suya: irse sobre el adversario y pegar antes que ste.
Pero en el cuerpo  cuerpo prefera el cuchillo. Con el revlver jams
se entretena en apuntar. No disparaba hasta verse junto al enemigo, y
as el tiro era seguro.

--Y la pistola de desafo?--pregunt el coronel.

--La desconozco. Me gustara verla: debe ser algo curioso.

La mirada de Toledo vag indecisa por el pecho de aquel oficial, como si
inventariase sus condecoraciones, detenindose en las estrellas que
moteaban la cinta rayada de su Cruz de Guerra. Cada una de ellas era
smbolo de una hazaa.

Cuando el teniente lo present  sus padrinos, continuaron las
desorientaciones de don Marcos. Eran dos capitanes muy jvenes. Toledo
les supuso veinticinco  veintisis aos de edad. Su uniforme muy ceido
al talle, su kepis de ltima moda, su apostura gallarda, placieron al
coronel, que los calific inmediatamente de militares de carrera. Deban
proceder de la Escuela de Saint-Cyr; su ojo de profesional no poda
engaarse: eran otra cosa que el humilde Martnez.

Uno de ellos ostentaba medio rostro quemado por los lquidos inflamables
de los alemanes; el otro lo tena surcado por una red de hilillos rojos
que eran vestigios de cicatrices. Los dos cojeaban; pero el uno
francamente, apoyado en su garrote, con un pie enorme cubierto de
envoltorios y metido en un zapato de fieltro; mientras su compaero, que
tena una pierna rgida, usaba calzado ajustado y brillante, afirmndose
con coquetera en un junco fino, que prestaba verdaderamente servicios
de muleta.

Sus primeras palabras fueron poco gratas para el coronel y Lewis. Qu
era aquello de un civil permitindose insultar  un soldado que estaba
convaleciente de sus heridas? Y qu monserga la de proponer un duelo
en plena guerra? El que desease morir  matar no tena mas que ir al
frente, como los dems... Pero Martnez, que an no se haba retirado,
intervino, entablando con ellos una rpida discusin. Queran  no
queran hacerle el favor que les haba pedido como camaradas? Los dos
manifestaron un pensamiento. Para ellos, lo lgico era haber dado fin 
la querella en la misma escalinata del Casino: dos trompazos  aquel
emboscado que no iba  la guerra y se permita molestar  los que
cumplan su deber. Hablaban como buenos conocedores de la fragilidad de
la existencia, como hombres que saben lo poco que cuesta quitarle la
vida  otro hombre  perder la propia, y ren, por instinto, de la
importancia, las ceremonias y las pretendidas equidades con que se rodea
en tiempos de paz un simple encuentro individual... Pero, en fin, ya que
su camarada tena empeo en que le representasen en esta farsa, le
daran gusto, aunque luego su complacencia les costase un arresto.

Apenas se hubo retirado Martnez, uno de los dos capitanes, el del pie
elefantaco con zapato de fieltro, confes su falta de idoneidad.

--Yo no he presenciado nunca desafos en Burdeos. Ignoro cmo son. Antes
de la guerra era comisionista de vinos en Mjico. Me embarqu con todos
los franceses que vivamos all, y por milagro no nos apres un corsario
_boche_. Empec como soldado de segunda clase; pero he hecho lo que he
podido... Si fuese un asunto comercial, dara mi opinin: pero en esto!
Tal vez mi camarada...

Otro Martnez! Don Marcos olvid al capitn del zapato de fieltro. Era
el Lewis de la parte contraria. Toda su atencin se concentr en el
capitn de botas brillantes y junquillo juguetn. Este deba ser un
adversario digno de l. Lstima que sus ojos claros tuvieran una
expresin irnica de hombre que todo lo toma  risa, y por debajo de su
bigote rubio, muy recortado,  la inglesa, vagase un ligero gesto de
insolencia!

Haba nacido en Pars; lo declar con orgullo  las primeras palabras; y
cuando don Marcos le fu sondeando astutamente para saber si era experto
en lances de honor y haba presenciado muchos desafos, dijo con
sencillez:

--Ms de cien.

No se haba engaado Toledo. Este era el hombre con quien tendra que
luchar. Luego pens en la cifra, apreciando al mismo tiempo la edad del
capitn. Ms de cien, y seguramente no pasaba de veintisis aos!...
Tuvo el presentimiento de que iba  habrselas con algn esgrimidor
ilustre cuyo nombre glorioso haba sido obscurecido momentneamente por
la guerra.

Ellos dos hablaron nicamente. Al principio, el capitn pareci
burlarse, con una gracia parisin, de los trminos solemnes y
altisonantes con que don Marcos trataba las cuestiones de honor. Pero su
grave y tenaz prosopopeya acab por vencer  este fisgn, que se puso 
su mismo tono, interesndose en el asunto y reconociendo su importancia.

En ciertos momentos, el coronel sinti dudas al escuchar cmo su
contrincante formulaba verdaderas herejas, revelando una ignorancia
absoluta de los grandes tratadistas que han codificado los encuentros
entre caballeros. Y este hombre haba asistido  ms de cien lances de
honor!... Despus se asombr de la prontitud con que se apropiaba los
textos citados por l, de la agilidad con que se haba asimilado sus
clsicos, volvindolos al revs, en apoyo de sus afirmaciones.

Cuando el encuentro fu concertado hasta en los menores detalles, el
capitn resumi sus impresiones con una sencillez que di fro  don
Marcos.

--Quedar herido uno de los dos,  tal vez los dos. No es cosa
extraordinaria. Quin no est herido en estos tiempos? La ciruga ha
adelantado mucho; es otra cosa que al principio de la guerra. El que no
muere en el acto, se salva casi siempre. Adems, los llevarn  la cama
y no quedarn abandonados das y das sobre el terreno, como ocurre en
los combates.

Pero el gesto de placidez con que hablaba de las heridas se fu
convirtiendo en una expresin torva.

--Supongo--continu--que no tendremos muertos; porque si mi camarada
Martnez, que es bueno como un cordero y al que quiero mucho, muere en
esta broma, yo mato  su prncipe a continuacin, sin regla alguna,
como se mata  un _boche_ en el frente.

Fu tan sincero el tono de estas palabras, que el coronel, impresionado
por ellas, no repar en lo extraas que resultaban dichas por un
especialista de las leyes del honor.

La conversacin se hizo ms ntima y cordial, como ocurre siempre que se
da por terminado un negocio arduo. Toledo tuvo que contarles su vida
guerrera--como l se la imaginaba,  travs de los aos--, y los dos
jvenes, que haban asistido  combates de millones de hombres,
mostraron el mismo inters de los nios que escuchan un cuento extico
ante este relato de obscuros encuentros de montaa, que ni nombre
tenan, y slo perduraban exageradamente en la memoria de don Marcos.

El capitn parisin, elegante y gracioso, habl igualmente de su pasado.

--Yo, antes de la guerra, trabajaba en la reventa de billetes de los
teatros del bulevar. No tengo otro oficio.

Hizo un esfuerzo el coronel para contener su sorpresa... S que haba
visto ms de cien duelos; pero era en las obras dramticas, sobre las
tablas, entre cmicos, que dan  los preparativos del encuentro una
lentitud ceremoniosa para prolongar la ansiedad del pblico. Debi
adivinarlo al oir sus disparates. Cmo se haba burlado de l!...

Pero inmediatamente sus ojos bajaron hasta el pecho de los dos jvenes.
Iguales  Martnez: la Legin de Honor, la Medalla Militar, la Cruz de
Guerra con estrellas. La del antiguo revendedor de billetes hasta se
mostraba cruzada por una palma de oro.

Ay! El mundo haba cambiado. Dnde estaban los tiempos de don
Marcos?... Luego pens en todo lo que haba hecho en su vida para
considerarse superior: asistir ceremoniosamente  varios duelos, muchas
veces sin resultado alguno. Pens tambin en lo que haban hecho y
haban visto estos jvenes en menos de cuatro aos. Su origen obscuro le
trajo  la memoria  numerosos guerreros de Napolen de nombre clebre y
peor origen. Algunos llegaron  ser reyes, mientras que estos pobres
capitanes, una vez terminada la guerra, tendran que volver, cargados de
gloria,  sus antiguas ocupaciones, batallando diariamente por la
conquista del pan.

Se separaron, conviniendo en verse despus de la comida, para firmar el
acta de las condiciones del encuentro. Los cuatro estaban de acuerdo.
Pero al mencionar dicha cifra, Toledo se fij en que slo eran tres.
Lewis haba asistido con cierta impaciencia  los largos exordios de la
entrevista en un divn del atrio del Casino.

--Un amigo me espera.... Vuelvo al momento.

Y se haba metido en las salas de juego, lugar vedado  los oficiales.

No poda el coronel hacerse ilusiones sobre la duracin de este momento,
 pesar de que iban transcurridas cerca de dos horas. Despus de
separarse de los capitanes, encontr  Lewis en una mesa de treinta y
cuarenta, teniendo ante sus manos un montn de placas de mil francos.
Al principio no entendi lo que Toledo le deca al odo. Tuvo que hacer
un esfuerzo para recordar.

--Ah, s; lo del duelo!... Usted tiene toda mi confianza; haga lo que
quiera, firmar lo que me presente, pero no me levanto aunque me
avisasen la muerte de Lubimoff. Qu da este, amigo mo! Si todos
fuesen as!

Y le volvi la espalda para aprovechar el tiempo, antes de que cambiase
el vuelo de la suerte.

El coronel haba comido en el Caf de Pars, rumiando mentalmente los
prrafos del acta del encuentro. La consideracin de que todos confiaban
en su pericia le haca ser muy exigente consigo mismo. Deseaba algo
conciso y brillante que inspirase respeto  aquellos muchachos
gloriosos. Y pas ms de una hora garrapateando papeles, rompindolos y
empezando otros, entre los restos de sus postres. Trabajo intil: los
dos firmaron en el gabinete de lectura del Casino, despus de pasar una
mirada rpida por el texto. A Lewis tuvo que sacarlo de las salas
privadas con toda clase de ruegos y astucias. El ingls se haba
olvidado de comer, para no enojar  la fortuna con su ausencia, y este
testarudo coronel vena  estorbarle con la maldita historia del
duelo!...

Firm sin mirar; di su palabra  los oficiales de que ira  buscarles
en un automvil para conducirlos  su castillo, y ech  correr
inmediatamente, no sin antes decir  don Marcos con un tono agrio:

--Hasta las cuatro nada ms. Si  las cuatro de la tarde no ha terminado
todo, les dejo que se maten  solas y me vuelvo aqu. Es la hora en que
empiezan las tallas magnficas. Lo de hoy va  continuar.

Huy, sonriendo con lstima de las gentes que se entretenan en cosas
menos importantes.

Al quedar solo, el coronel tuvo que ocuparse de los preparativos del
encuentro. Necesitaba un mdico. Buscara en la maana siguiente  un
viejo doctor de Monte-Carlo que visitaba de tarde en tarde al prncipe.
Necesitaba plvora y balas; tambin se propuso buscarlas al otro da.
Necesitaba dos cajas de pistolas, y slo tena una!...

Esto de las dos cajas lo consideraba esencial. Los padrinos del otro no
saban dnde encontrar la suya. No importa; l se encargaba de buscarla.
Lo indispensable era que hubiese dos, para que la suerte decidiese cul
deban emplear. Y en ello anduvo hasta cerca de la una de la madrugada,
preguntando en las porteras de los hoteles, haciendo levantarse 
gentes que ya estaban en la cama, subiendo  los salones del
_Sporting-Club_, hasta que un amigo americano le di una carta para
cierto compatriota manitico y sombro que habitaba una villa,
aislada, del Cap-Ferrat. Pensaba realizar al da siguiente esta gestin;
para eso haba alquilado un automvil, gasto enorme dada la carencia de
vehculos y de combustible, pero exigido por la importancia de sus
funciones...

Y ahora estaba en Villa-Sirena,  las dos de la madrugada, limpiando sus
pistolas con lentitud, como si fuesen joyas frgiles.

En el silencio de su dormitorio, lejos de los hombres, influenciado por
la misteriosa soledad de las altas horas nocturnas, que hacen perder sus
contornos  las cosas y  las ideas, se consider enormemente
engrandecido. No; su mundo no haba cambiado tanto como l crea. La
prueba era que estaba all, limpiando unas armas para un duelo.

       *       *       *       *       *

Al despertar el prncipe en la maana siguiente, no encontr  su
chambeln. El automvil de alquiler se lo haba llevado  las siete,
para que completase sus preparativos.

Vag Lubimoff por los jardines, detenindose ante los jaulones que
albergaban diversos pjaros exticos. Luego sigui con mirada distrada
las evoluciones de varios pavos reales extendiendo bajo el sol sus
mantos azul y oro de un negro seorial.

Su viejo ayuda de cmara interrumpi este paseo. Unos hombres con un
carro venan  buscar el equipaje del seor Castro.

Miguel no manifest sorpresa; podan entregarles todo lo perteneciente 
don Atilio. Pero el domstico aadi que los mismos hombres queran
llevarse igualmente lo poco que era de la propiedad del seor Spadoni,
noticia que asombr al prncipe. Tambin ste!... Qu motivo tena
para abandonarle?...

Pas su vista por una breve carta dirigida al coronel y firmada por
ambos. Castro arrastraba en su fuga al inconsciente pianista.

Est bien--pens--; que se vayan todos, que me dejen solo. Si creen
que con eso van  hacerme desistir de que cumpla mi voluntad!...

Despus reanud su paseo.

Slo le quedaban unas horas para verse enfrente de aquel joven tan
aborrecido por l. Lo iba  suprimir con frialdad, para que no
continuase siendo un estorbo; lo matara, estaba seguro de ello. Las
condiciones ideadas por el coronel eran suficientes para que un tirador
de su fuerza abatiese al adversario. Le bastaba un solo tiro.

Por un instante pens en ir al fondo de sus jardines, donde algunas
veces se entretena tirando. Era oportuno ejercitar el pulso; la pistola
ofrece sorpresas. Luego desisti, por parecerle indigno el aadir estos
preparativos  su evidente superioridad. Aquel adversario mediocre no
poda ejercitarse  estas horas; le faltaban los medios en Monte-Carlo,
donde no tena otras amistades que las de los compaeros convalecientes
y algunas damas.

El, en cambio!... Extendi su brazo musculoso, tenindolo rgido unos
segundos con la vista fija en el puo. Ni el ms ligero temblor:
colocara su bala donde quisiera. El pobre Martnez poda darse por
muerto... Y ningn asomo de remordimiento turb el infernal orgullo de
su fuerza implacable.

Era tan enorme la conciencia de su superioridad, tan absoluta su certeza
en el resultado, que al fin acab por sentir dudas: esa desazn que
infunde el misterio de lo que an est por realizarse.

Acudieron de golpe  su memoria relatos de combates en los que el dbil
triunfa inesperadamente del fuerte, por un obscuro dictado de la
justicia inmanente. Record muchas novelas en las que el lector suspira
de satisfaccin al ver que el hroe, simptico y modesto, puesto en
peligro de morir por el traidor de la obra, ms fuerte y malo que l,
no slo salva su vida, sino que adems mata por una feliz casualidad 
su adversario, con lo que se demuestra la existencia de algo superior y
equitativo que las ms de las veces parece que duerme, pero en ciertos
momentos despierta, dando  cada uno su merecido. Desde los tiempos de
David, el pastorzuelo descalzo, matando de una pedrada al desaforado
gigante vestido de bronce, la humanidad gustaba de estas historias.

La pistola era un arma caprichosa, ms dctil que otras  las soluciones
absurdas de la fatalidad. No caera l, con toda su maestra, bajo el
primer tiro del pobre teniente?...

Volvi  tender el brazo, como poco antes, contemplando su puo cerrado.
Luego sonri, con aquella sonrisa de sus antepasados que daba  su
rostro una fealdad moglica. Fbulas de la tradicin, invenciones de
los novelistas para halagar al pblico en su sensiblera igualitaria! El
fuerte siempre es el fuerte. Dentro de unas horas el estorbo quedara
anulado, sin emocin y sin remordimiento, como deben hacerlo los
hombres superiores.

Un estrpito procedente de la va frrea le sac de estos pensamientos.
Era un tren de soldados que avanzaba, como todos los otros, envuelto en
gritos, aclamaciones y silbidos. Rodaba hacia Italia, en sentido inverso
de los numerosos trenes que venan al frente francs. El prncipe se
dirigi  una terraza de su jardn, cuya muralla de piedras y flores
descenda hasta la va frrea. Los vagones parecieron desfilar
voluntariamente ante sus ojos, mostrndole en una curva uno de sus
lados, y luego la cara opuesta al llegar  otra curva, donde se perdan.

El uniforme de estos combatientes desorient por un momento al prncipe,
como una novedad inesperada. Iban vestidos de sarga negra, con el cuello
de la blusa abierto y los brazos arremangados. En la cabeza llevaban un
gorrito blanco con las alas levantadas, semejante  los barquichuelos de
papel que construyen los nios.

Los reconoci al fin; eran marineros de los Estados Unidos, un batalln
de fusileros de la flota que iba  Italia para que la bandera de las
rayas y las estrellas representase  la gran Repblica en las cumbres de
hielo de los Alpes y en los pantanos ardorosos del Vneto.

Con la celeridad de las visiones mentales, que muestran, superpuestas y
claras al mismo tiempo, un sinnmero de imgenes diversas, el prncipe
contempl los puertos de la Amrica del Norte visitados en su juventud,
colmenas acuticas en las que se reconcentran todo el trabajo y la
riqueza de la tierra; las ciudades monstruosas, interminables, pobladas
como naciones, donde la libertad y el bienestar de la vida parecen haber
llegado  sus ltimos limites... Y estos hombres abandonaban las
comodidades de una existencia sabiamente organizada, sus fructferos
negocios, su trabajo ampliamente remunerado, sus inmediatas esperanzas
de fortuna, para morir tal vez en el viejo mundo por ideas, slo por
ideas, pues no buscaban nuevos pedazos de terreno ni indemnizaciones!...
Y hasta ahora, el vulgo haba considerado  su pas como el ms
positivo, como el menos potico  idealista, llamndolo la tierra del
dlar!... Luego era verdad que las ideas generosas son algo ms que
palabras, ya que millones de hombres salvaban los mares para dar su
sangre por ellas!...

Los marineros, despus de atravesar el casero de Monte-Carlo entre
estandartes y aclamaciones, entraban en pleno campo, perdindose sus
gritos sin eco alguno. Por esto su atencin se concentr en aquella
terraza florida y en el hombre asomado  ella. Fu como una revista: los
vagones, uno por uno, se animaban al pasar ante el prncipe. De todas
las ventanillas surgan brazos arremangados agitando gorros blancos.
Sobre los techos, algunos mocetones manoteaban con los brazos extendidos
y las piernas abiertas, mientras el viento haca ondear los pliegues de
sus pantalones negros sobre unas polainas claras. Ms de mil bocas
fueron saludando al solitario de la terraza con silbidos alegres, hurras
 gritos ininteligibles, que servan de escape  una juventud
exuberante, hambrienta de peligro y de gloria, regocijada y curiosa 
travs de un mundo viejo que para ella era nuevo.

Lubimoff permaneca inmvil, acodado en la baranda, con la mandbula en
una mano, como si no viese este ro encajonado de hombres deslizndose
ms abajo de sus pies. Los ruidosos marineros, al alejarse, volvan la
cabeza, repitiendo sus gritos y saludos, como si quisieran despertar 
esta figura humana, rgida y adherida  la balaustrada lo mismo que si
formase parte de su ornamentacin.

Haba olvidado completamente sus ideas y preocupaciones de poco antes.
Slo vea este raudal de jvenes corriendo hacia el peligro y la muerte
por unos cuantos ideales, simples y hermosos como su salud primaveral.
Venan del otro lado de la tierra con la fe sencilla que realiza los
grandes milagros de la Historia; y mientras tanto, el prncipe Lubimoff,
que, en fuerza de rebuscar ideas superiores y sensaciones exquisitas,
haba acabado por no creer en nada, estaba all, en una baranda de su
jardn, calculando el medio ms seguro de matar  un hombre, un hombre
til, igual  estos que pasaban.

La imagen de Castro surgi en su memoria. Tambin ste haba
presenciado dos das antes el paso de un tren. Record su impresin, tan
honda y poderosa, que le haba impulsado  abandonar Villa-Sirena,
rompiendo con su pariente. Vi, tal como l se lo haba descrito, el
rostro amargo de aquel soldado rojo que lo insultaba con su desprecio.

--An queda un lugar!...

Los fusileros americanos continuaban sus silbidos, sus gritos de
exuberante juventud; pero  l le pareci que estas voces y estos
manoteos decan lo mismo que el otro, invitndole con irnica cortesa:
Ven; an queda un lugar! Algo ms se callaban, pero l lo oy en el
interior de su cerebro como el bordoneo de una campana remota. Se haba
considerado un hombre valeroso que, por distincin, por sibaritismo, por
refinada indiferencia, quera mantenerse al margen de las cosas que
apasionan al resto de los mortales. Pero el lejano campaneo protestaba,
zumbando la misma palabra: Cobarde! cobarde!

       *       *       *       *       *

Anduvo meditabundo por el jardn hasta que lleg Toledo, pasadas las
doce. Almorzaron apresuradamente, y el coronel hizo varias indicaciones.
Su sabidura en materia de duelos, frondosa y de infinitos brazos como
el rbol de la ciencia, tocaba con una de sus ramas  la cocina. Nada de
carnes ni de vino; deba guardar sereno el pulso. (Y al mismo tiempo
haca votos por que los tiros fuesen sin resultado, pues ambos
contendientes le inspiraban igual inters.) Unos huevos blandos, nada
ms; poco lquido. En el ltimo momento deba acordarse de aligerar su
vejiga. Terrible un balazo con derrame interior!... El pensaba en todo.

Subi  su habitacin, para revestirse con la levita de los desafos.
Haba llegado el momento de oficiar. Qued indeciso ante el espejo,
apreciando la falta de concordancia entre esta prenda majestuosa y el
sombrero hongo que le serva de remate. Ah, la guerra! Sonri ante la
suposicin absurda de haberse presentado as, cuatro aos antes--como
quien dice cuatro siglos--, en aquellos duelos de Pars, donde padrinos
y adversarios slo podan ir decentemente en busca de la muerte con
sombrero de copa de ocho reflejos.

A pesar de haber prescindido de este tocado solemne, sospech que poda
ofrecer un aspecto algo ridculo al verse en el automvil, sentado junto
al prncipe, con su larga levita y las dos cajas de pistolas sobre las
rodillas.

El carruaje se detuvo en el bulevar de los Molinos, frente  la casa del
mdico. Pasaban militares convalecientes, unos con los ojos inmviles,
dando golpes de bastn ante sus pasos, otros vacilantes por la debilidad
 las amputaciones.

Una voz femenina, suave y dulce, salud al prncipe. Era una enfermera
delgadsima que avanzaba llevando del brazo  dos oficiales ciegos.
Miguel y don Marcos reconocieron  la sobrina de Lewis. Ella les sonri,
mostrndoles los dos mocetones ingleses  los que serva de lazarillo;
dos Apolos rubios, tostados por el sol, con la nariz que descenda recta
de la frente, la dentadura brillante, el cuerpo esbelto y armoniosamente
membrudo, pero los ojos apagados y un gesto trgico en la boca, de
desesperacin, de protesta, al verse muertos en vida.

--Son mis dos _flirts_, Qu les parecen?

Bromeaba para alegrar  sus acompaantes, con aquel regocijo de virgen
atrevida y dolorosa que iba esparciendo un plido rayo de sol
septentrional por ambulancias y hospitales. Pareca fabricada toda ella
con pasta de hostia, frgil, anmica, de una blancura que clareaba  la
luz, lo mismo que un cristal turbio. Y se alej, guiando como nios 
los dos ciegos, desesperados y hermosos, que erguan toda la cabeza por
encima de la suya. Una leve presin de sus dedos poda aplastar este
cuerpo de fanal, todo luz, sin otra materia que la precisa para
transparentar y guardar la llama interior.

--Adis, lady!--dijo el prncipe.

Don Marcos se estremeci al oir su voz; una voz grave que no haba
conocido nunca, una voz temblorosa como un cntico sentimental en cuyo
fondo goteasen lgrimas.

Deposit el mdico sobre la rada alfombra del automvil su caja de
operaciones. Con sta ya eran tres. Slo entonces se decidi el coronel
 desembarazarse de sus dos cajas preciosas, colocndolas sobre la del
doctor.

Se lanz el carruaje montaa arriba, por un camino de violentos zigzags.
Al final de cada ngulo se mostraba Monte-Carlo, ms hundido, ms
pequeo, como una ciudad de caja de juguetes, con los tejados rojos y
muchas hormigas siguiendo el hilo de sus calles para aglomerarse en la
plaza. En cambio, el mar remontaba su lomo, creca en altura por
momentos, devorando con su mandbula azul y rectilnea un pedazo de
cielo  cada revuelta de la ascensin.

Sobre la cumbre iba agigantndose el volumen de una mole de albailera:
El Trofeo, ttulo que haba acabado por convertirse en La Turbie,
nombre medioeval del pueblecillo amurallado y pardo que se apretuja
alrededor del monumento. Dos columnas esbeltas de mrmol blanco adosadas
 la mampostera y un trozo de cornisa era todo lo que quedaba del ms
soberbio de los trofeos romanos; torre de treinta metros, con una
estatua gigantesca de Augusto en su remate, que marcaba sobre los Alpes
el lmite entre las tierras del Imperio y las Galias conquistadas.

El automvil, dejando atrs el villorrio de La Turbie, corra ahora por
la antigua va romana.

--Veo  las legiones--murmur gravemente don Marcos.

Era una mana. Nunca haba tenido suficiente imaginacin para ver  las
legiones por s mismo; pero despus de presenciar en una cinta
cinematogrfica un desfile de figurantes con las piernas desnudas y la
espada al hombro siguiendo al caballejo de Julio Csar, la vida militar
romana no guardaba para l misterio alguno, y cada vez que suba  La
Turbie repeta lo mismo: Veo  las legiones.

Minutos despus olvid su guerrera resurreccin para sealar varias
construcciones de un gris azulado que las haca confundirse con la
colina situada  sus espaldas. El castillo de Lewis. Fueron destacndose
de l torres sueltas unidas por puentes  la masa cuadrada del edificio;
torres albarranas que flanqueaban las puertas; techos agudos de
pizarra, con doble fila de buhardillas; techos que slo tenan el
costillaje de madera,  travs del cual se vea el espacio, como si su
relleno hubiese sido devorado por un incendio; muros  medio construir,
que bajaban en ngulo recto lo mismo que un cartabn de piedra clavado
en el suelo por su filo ms largo.

El castillo poda confundirse de lejos con una ruina abandonada. Lewis,
perdida la esperanza de poderlo terminar, declaraba de buena fe que as
era mejor, pues le evitaba el trabajo de adornarlo con ruinas
artificiales. Tena el aspecto de una fortaleza de leyenda, como las que
haba descrito su padre el historiador, hecha para los cielos grises,
para las selvas de hmedo verde, y pareca querer escapar de este
paisaje tostado por el sol, de vegetacin parsimoniosa, huyendo del
contacto con los olivos, los cactos y los leosos matorrales cubiertos
de rudas flores.

Descendieron del automvil en una planicie limitada por dos cuerpos de
edificio que formaban ngulo. Era el patio de honor, la plaza de armas
del futuro castillo. En los otros dos lados, unos muros que slo se
elevaban un metro sobre el suelo indicaban la traza de lo que podra ser
este patio algn da, si la suerte dejaba de mostrarse adusta con el
propietario. En el fondo abierto de la planicie estaba otro automvil de
alquiler, y junto  l los tres militares.

Acudi Lewis  saludar al prncipe. Haca poco que haban llegado, y
como tena prisa, se encar inmediatamente con el coronel.

Don Marcos era el orculo que haba que consultar para no perder tiempo.
Podran resolver el negocio all mismo?... No sera mejor detrs del
castillo, en un huerto rodeado de viejos olivares?...

El coronel, con una caja en cada brazo, fu examinando el terreno. Lo
nico que le preocup en los primeros instantes fu su propia persona.
Decididamente se vea ridculo. Aquellos tres oficiales, con sus
uniformes; el prncipe, con un traje de calle azul obscuro; el mdico,
vestido de viejo, como siempre; Lewis, con un gran sombrero de paja, sin
el cual no poda andar por su castillo, y l envuelto en su levitn
solemne, que pareca asustar  los palomos refugiados en los aleros y
los muros ruinosos!...

Despus de echar un vistazo detrs del castillo, se decidi por el
patio, limpio de rboles. Colocara  los contendientes de modo que sus
figuras no resaltasen sobre un fondo de pared.

Lewis,  pesar de sus prisas, crey necesario hacer los honores de la
casa. Una copa de _whisky_?... Como no le haban dado tiempo para
prepararse, y l habitaba ahora en Monte-Carlo, su despensa estaba
vaca. Pero esperaba dar con una buena botella buscando un poco. En qu
casa respetable no se encuentra _whisky_ para los amigos?

--Cuando terminemos, lord--dijo el coronel, escandalizado por esta
invitacin que atentaba contra los ritos.

Los cuatro padrinos y el mdico estaban en una sala del piso bajo,
adornada con trofeos de armas antiguas. Los dos adversarios haban sido
olvidados en el patio, como actores que esperan su turno para mostrarse.

Toledo abri las cajas de pistolas, dando  los dos capitanes la que
haba buscado aquella maana en el Cap-Ferrat. La suerte iba  decidir
cul de ambas emplearan.

--No es necesario--dijo el parisin--. Lo mismo da una que otra.
Dispngalo todo como mejor le parezca.

Protest don Marcos contra este deseo irreverente de acortar las
ceremonias. Era preciso: estaban all para un asunto muy grave.

Una pieza de cinco francos brillaba un su mano. Lo que le haba costado
adquirirla! De todas sus gestiones en la maana, sta haba sido la ms
larga y penosa. La moneda estaba oculta,  causa de la guerra. No se
encontraba mas que papel, y l no poda echar suertes con un billete de
cinco francos. Haba tenido que rogar  uno de los altos personajes del
Casino que le proporcionase este redondel precioso.

--Cara  cruz?

Y al favorecer la suerte  sus viejas pistolas, sinti un gran regocijo
interior. Empezaba  triunfar!

El mdico, mientras tanto, miraba afuera por la puerta del saln, con
cierta extraeza, casi con escndalo, fijando luego sus ojos en el
coronel. Al fin le llam aparte. Aquel teniente era el que iba 
batirse con el prncipe?... Lo conoca; un amigo suyo, mdico militar,
le haba hablado de l como de un caso asombroso de vitalidad. Era un
horrible disparate lo que estaban proyectando: casi un asesinato. Tal
vez cayese redondo antes de que sonase el primer tiro. Le haban hecho
una operacin audaz en el crneo; viva milagrosamente, poda morir de
un modo fulminante  la menor emocin.

Y don Marcos tuvo una respuesta heroica, digna de l.

--Doctor, para un hombre de stos, batirse no es una emocin.

Procedi con lenta gravedad  lo ms delicado de su ministerio: cargar
las pistolas. Los dos capitanes siguieron con mirada curiosa esta
operacin desconocida por ellos,  pesar de que se imaginaban haber
visto tanto. El parisin casi ri al contemplar cmo manejaba Toledo la
diminuta cuchara de marfil que contena la carga de plvora,
examinndola escrupulosamente antes de verterla en el can del arma,
con cierto miedo de haber echado un grano ms en uno que en otro. El
coronel estaba seguro de que este heroico burln se diverta con sus
precauciones meticulosas... Pero no podra negar que le interesaba la
novedad de la ceremonia.

Lewis sali para disponer que los automviles se alejasen hasta una
arboleda cercana. Un verdadero disgusto para los dos conductores.
Obedecieron  regaadientes, con el propsito de volver, aunque fuese
arrastrndose, y presenciar el espectculo.

Toledo dej las dos pistolas sobre una antigua mesa veneciana. Ya
estaban listas; que nadie las tocase: eran algo sagrado. Luego, su
mirada, al pasar sobre el muro inmediato, su anim con un resplandor de
inspiracin; y de una panoplia descolg dos espadas herrumbrosas,
saliendo con ellas al patio.

Abandonados de sus padrinos, los contendientes haban empezado 
pasearse, fingiendo que no se vean y sorprendindose mutuamente cuando
se miraban con el rabillo del ojo.

Los dos volvieron de golpe  la misma situacin de la tarde anterior,
como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si estuviesen an en lo
alto de las gradas del Casino.

Todo lo que el prncipe llevaba pensado en las ltimas horas y le haba
seguido hasta all, como un esbozo de remordimiento, se desvaneci de
golpe. Este caballerito era el que haba intentado abofetearle  l...
al prncipe Lubimoff!... Pronto iba  convencerse de lo que cuesta
semejante atrevimiento.

Pero su clera pareca menos violenta que en el da anterior, ms
razonada, como obra exclusiva de su voluntad; y esta blandura acab por
irritarle contra s mismo.

El otro era ms instintivo en su rencor. Al mirar al prncipe vea al
mismo tiempo la suave imagen de aquella gran dama, su protectora. Porque
era rico, haba querido atropellarle, tratndolo como  un siervo de sus
lejanas tierras... Todo lo mejor de la vida haba sido para l, y an
pretenda apoderarse de las migajas perdidas que tocan  los
infelices!... Ignoraba cmo se mata  un hombre en estos combates
reglamentados; pero deseaba matar, y senta la absoluta confianza en s
mismo que le haba empujado all en las trincheras en los das ms
crueles de peligro y de xito.

La presencia de don Marcos con una espada en cada mano turb sus
reflexiones y paseos, dejndolos inmviles. El coronel mir al cielo,
luego di varios pasos en distintas direcciones, para evitar que uno de
los contendientes quedase colocado frente al sol.

Finalmente clav en tierra con fiereza una de sus espadas. Le haba
parecido ms apropiado al carcter del lugar el valerse de estas armas
antiguas. Las encontraba ms en concordancia con el romntico castillo
de Lewis, que dos estacas  dos bastones. Pero su satisfaccin por este
hallazgo dur poco. Al levantar los ojos, vi al prncipe, vi 
Martnez...

Pobre coronel!... Hasta entonces haba procedido como el sacerdote que
se embriaga con sus propias oraciones y en propio incienso, sin pensar
 quin los dedica. Haba preparado este acto con el fervor ciego de un
profesional que reanuda sus funciones despus de varios aos de
inaccin, y slo piensa en ellas, no acordndose del que se las encarga.
Todo lo haba hecho con arreglo  los ritos, para que dos caballeros
pudieran matarse dentro de la ms estricta correccin; pero ahora, en el
momento supremo, se daba cuenta por primera vez de que estos dos hombres
eran su prncipe y Martnez, su compatriota, su hroe.

Se extra de cmo haba podido llegar hasta all. Experimentaba el
asombro del ebrio que recobra la razn entre los objetos rotos por su
feroz inconsciencia. Record las palabras de Castro y del mdico; cmo
no haba visto l que este duelo era un disparate? El arrepentimiento
cosquille en sus ojos con una sensacin hmeda; pero ya era tarde.
Deba continuar, aunque le faltase la serenidad.

Lo nico que haba olvidado en sus minuciosos preparativos era la cinta
mtrica, y vi en esta omisin un auxilio de la Providencia. Partiendo
de la espada fija en el suelo, empez  marchar para medir el terreno
con sus pasos. No fueron pasos; fueron zancadas enormes, verdaderos
saltos. Ahora s que estaba convencido de la ridiculez de su aspecto,
abiertos como alas los faldones del levitn  incesantemente repelidos
por unas piernas incansables. Quince pasos... Y clav la segunda
espada.

Por su gusto, hubiese ido hasta el otro extremo del descampado; tal vez
hasta donde aguardaban los automviles. Luego consider con turbacin el
terreno medido. Seguramente pasaba de veinte metros, una falsedad! una
villana!... Que Dios y los caballeros se lo perdonasen!

Otra vez sali  luz la pieza de cinco francos. Haba que sortear el
sitio de cada contendiente. El capitn parisin acogi la proposicin
con aire aburrido.

--Pero si le he dicho que haga lo que quiera!...

Lewis runruneaba de impaciencia por debajo de su bigote.

Cuando la moneda hubo marcado el lugar de cada uno, don Marcos coloc
al prncipe delante de una espada.

--Marqus: el sombrero--dijo en voz baja.

Lubimoff, comprendiendo esta indicacin, se despoj del sombrero,
arrojndolo  gran distancia. Su adversario no poda batirse con el
kepis puesto; su color amarillento y la cifra de la Legin bordada ms
arriba de la visera le daban una visualidad inadmisible. Su uniforme era
tambin una preocupacin para Toledo, que se esforz por suprimir en l
todos los detalles vistosos.

Asistido por uno de los capitanes, procedi  despojar  Martnez de sus
adornos de gloria, despus de colocarlo junto  la otra espada. Fu como
una degradacin. Le quitaron su kepis, luego las condecoraciones, el
cordn rojo que penda de su hombro, la correa avellanada que cruzaba su
pecho, el cinturn del mismo color que oprima su talle. El teniente
pareci ms pequeo y desmedrado dentro de su uniforme suelto y sin
adornos. El parisin, siempre alegre, lo comparaba  un pjaro
desplumado.

Crey necesario el coronel repetir en alta voz las condiciones del
duelo. El prncipe las saba y estaba avezado  estos encuentros.
Martnez era el que necesitaba sus indicaciones. Despus que l, como
director del combate, diese la voz de Fuego!, contara lentamente
Uno, dos, tres. Podan apuntar y disparar en este espacio de tiempo.
Mucha atencin, teniente! Don Marcos habl con una gravedad trgica.

--Si hace usted fuego antes del _uno_  despus del _tres_, ser
declarado feln.

Esto de ser declarado feln asust al joven. No saba con certeza lo que
era, pero le impresionaba el gesto del coronel al pronunciar la terrible
palabra. Ya no pens con tanta vehemencia en matar  su adversario; este
deseo pas  segundo trmino. Tampoco pens en que poda morir. Su nica
preocupacin fu calcular bien el tiempo, obedecer la orden, no
entretenerse en apuntar; hacer fuego antes del terrible _tres_, para que
no le diesen aquel ttulo horripilante y misterioso.

Don Marcos entr en el castillo y volvi  aparecer con las dos pistolas
cargadas. Di una al prncipe. Este no necesitaba lecciones. Puso la
otra en la diestra del teniente, y le indic cmo deba mantenerse, el
brazo doblado, el arma en alto, todo el cuerpo bien de perfil. Todava
insisti en sus indicaciones. Cuidado con equivocarse! Ya lo saba:
_uno... dos... tres_.

Qued en mitad de la distancia que separaba  los adversarios,
apartndose unos cuantos posos nada ms de la lnea de tiro. En aquel
instante deseaba morir, para que los dos resultasen indemnes.

Se despoj del sombrero con solemnidad,  hizo un gesto de tristeza.

--Seores...

Durante toda la maana, al ir de un lado  otro realizando sus
preparativos, no haba dejado de pensar en lo que dira en este momento,
fabricando una soberbia pieza oratoria, breve y conmovedora. Muchas
veces haba hablado en los duelos, mereciendo la aprobacin de los otros
padrinos, viejos generales, gentes expertas, acostumbradas  tales
actos. Pero la corta arenga de hoy iba  ser la mejor de sus obras.

Seores..., repiti. Vacilaba, no saba qu aadir, todo se haba
borrado de su memoria. Con una voz balbuciente fu diciendo lo que se le
ocurra, sin orden alguno, sin que una sola de sus palabras le recordase
las frases que haba cincelado horas antes. An era tiempo... un poco
de buena voluntad; los dos eran hombres de valor que haban hecho sus
pruebas... No es deshonrosa una explicacin en el ltimo minuto.

Sus palabras se perdieron en un silencio emocionante. Pero este silencio
no era absoluto. Alguien se mova  espaldas del coronel, dando con el
pie en el suelo. Era Lewis, que consultaba, enfurruado, su reloj. Ms
de las tres; ya estaran empezando las buenas series en el Casino.

Quiso terminar. Adems, le daba miedo la figura inmvil y rgida de su
prncipe con la pistola en alto. Nunca lo haba visto tan feo. Su color
era terroso, tena la mirada bizca y los pmulos salientes. En un
momento se haba transfigurado, como si el salvajismo de los remotos
abuelos, despertando en su interior, se le hubiese subido al rostro.

--Puesto que no hay avenencia posible....

Ahora crey el coronel haber atrapado la ltima parte de su fugitivo
discurso. Pero el hilo de brillantes palabras se le escapaba otra vez, y
obligado  improvisar, termin solemnemente:

--Adelante, seores! El honor... es el honor; y las leyes de los
caballeros... son las leyes de los caballeros.

Son  sus espaldas un murmullo de aprobacin. Era la voz del antiguo
revendedor de billetes de teatro. Bravo! Muy bien! Pero no quiso
enterarse. Con aquel hombre nunca se saba cundo hablaba en serio.

--Listos?...

El silencio de los dos adversarios di  entender al coronel que poda
seguir sus voces de mando.

--Fuego!... Uno...

Son un tiro. Martnez, que slo pensaba en el terrible _tres_, haba
disparado.

Vi enfrente al prncipe, que pareca mucho ms alto; vi el agujero
negro de su arma, y sobre este agujero un ojo de glacial ferocidad
escogiendo un punto en su persona para enviar la bala obediente. Y con
una arrogancia maquinal gir sobre sus talones, para no permanecer de
perfil, ofreciendo todo el ancho de su cuerpo.

Los cuatro padrinos no vieron esto. Sus ojos haban convergido en
Lubimoff, que era la muerte.

El tiempo se contrae y se dilata, segn las emociones de los hombres. Su
medida y su ritmo dependen del estado del alma humana. Unas veces galopa
vertiginosamente en los relojes, que parecen locos; otras se desploma,
se niega  seguir su marcha, y las milsimas de segundo abarcan ms
emociones que los meses y los aos de la vida ordinaria. Los cuatro
testigos experimentaron la misma sensacin que si el da se hubiese,
paralizado, quedando el sol inmvil para siempre. El tiempo no exista.

--Dos!--suspir don Marcos, y le pareci que sus labios no acababan
nunca de proferir esta palabra, como si estuviese compuesta de una
cantidad infinita de slabas.

Lewis haba olvidado la existencia del Casino; slo vea lo presente.
El capitn bordels, echando el cuerpo adelante, se apoyaba sobre su pie
herido, sin sentir ningn dolor; el otro juraba entre dientes, haciendo
vibrar su junco. El mdico, por instinto profesional, se inclin sobre
su caja de operaciones puesta en el suelo.

Iba  matarlo! Los cuatro estaban convencidos de que iba  matarlo. Una
implacable expresin de seguridad, de feroz aplomo, se desprenda de
aquel hombre inmvil, con el brazo tendido, duro  inconmovible. Era tan
fatal la expresin de su rostro de calmuco, con un ojo contrado y otro
muy abierto, que todos vieron una lnea ilusoria desde la boca de su
pistola al pecho del que estaba enfrente, un camino que la pequea
esfera de plomo iba  seguir con inexorable rectitud.

Orgulloso de su superioridad, el prncipe retardaba el momento de dar la
muerte, por una especie de coquetera salvaje. Tena al enemigo bajo su
zarpa, poda juguetear con l durante estos tres momentos que valan por
siglos.

En la vertiginosa superposicin de imgenes que volteaba dentro de su
pensamiento vi  la princesa, su madre, hermosa y arrogante, tal como
era cuando le relataba, siendo pequeo, las grandezas de los Lubimoff.
Luego vi  su padre, el general, sombramente bondadoso, diciendo con
su voz ronca: El fuerte debe ser bueno...

Al pensar en el padre, su pistola se desvi un poco, pero inmediatamente
rectific la puntera.

Un tren pasaba por su imaginacin con lentitud. Soldados franceses. Vi
 Castro y al rojo insolente que le ofreca un lugar. Otro tren avanz
en direccin inversa, un tren interminable, que iba saliendo de las
profundidades del Ocano. Hurras, silbidos, blusas negras, cuellos
azules, gorritos que parecan de papel. Buenas tardes, prncipe! Una
sonrisa luminosa de virgen anmica: lady Lewis con sus dos ciegos,
hermosos y trgicos...

Su pistola bajaba. Vi por encima de ella todo el cuerpo de su
adversario, guerrero obscuro, condenado  morir ms  menos pronto 
causa de las heridas recibidas por una tierra que no era la suya y por
una causa que era la de todos los hombres.

--Tres!--dijo el coronel.

Pero antes de que terminase esta palabra son un tiro. La hierba del
suelo se agit en ondas que se alejaron bajo el rebote de la bala
invisible.

Este guadaazo pas cerca de las piernas del director del combate; pero
don Marcos no estaba para reparar en ello. Un regocijo infantil le hizo
correr sin objeto. Su levita pareca reir con el aleteo de sus faldones.

Tan alegre estaba, que casi abraz  Martnez. Deba darse la mano con
el prncipe; era necesaria una reconciliacin.

El oficial se resisti al consejo. Tena sus dudas sobre el final del
combate; el prncipe haba disparado apuntando al suelo, y l no
aceptaba que le perdonasen la vida.

--Joven--dijo con autoridad don Marcos--, usted es novel en estos
asuntos. Djese guiar por los que saben ms, y dele la mano al prncipe.

Inmediatamente fu en busca de Lubimoff.

Lo vi en el mismo sitio. Haba arrojado la pistola y se cubra la cara
con las manos.

El nico que estaba junto  l era Lewis.

--Vamos, prncipe! qu es eso?... Serenidad! Tal vez una buena copa
de _whisky_...

Toledo oy un estertor angustioso, un jadeo de pecho oprimido.

Respetuosamente apart una de las manos del prncipe, dejando su rostro
al descubierto. Ahora era de un tono de ladrillo, abrillantado por el
sudor y las lgrimas.

Lubimoff lloraba.

El coronel record  la difunta princesa en sus das de humor
tormentoso, cuando, despus de una explosin de clera, se retorca,
pidiendo que la perdonasen, entre llantos histricos.

Al tirar suavemente de esta mano, se sinti seguido por el prncipe,
inerme y sin voluntad. Martnez aguardaba  pocos pasos.

--Dense las manos. Todo ha terminado. Los caballeros son siempre...
caballeros.

Se dieron las manos.

Y entonces ocurri algo inesperado que produjo un largo silencio de
sorpresa y de asombro.

Miguel dobl su cuerpo, se encogieron sus rodillas, se llev  la boca
aquella mano que tena en la suya, con el mismo gesto humilde de los
siervos de la estepa ante sus poderosos abuelos.

Luego la bes, mojndola con sus lgrimas.




X


Ocho das llevaba Lubimoff sin salir de Villa-Sirena. En sus
conversaciones con el coronel--nico compaero de esta vida
solitaria--haba evitado toda alusin  lo ocurrido en el castillo de
Lewis. Don Marcos, por su parte, se mostraba de una discrecin absoluta,
como si tuviese olvidado el duelo y el extrao final que le haba dado
el prncipe; pero ste adivinaba en su silencio muchas cosas molestas
para l.

Los otros padrinos deban haberlo contado todo. Qu de comentarios! Y
el miedo  encontrarse con las gentes, que sin duda repetan su nombre 
todas horas, le hizo permanecer recludo, esperando que le olvidasen.
Alguien perdera  ganara en el Casino una suma importante, y esto
bastaba para que los curiosos dejasen de hablar de l.

Empez  pesarle la soledad como un suplicio. Ya estaba fatigado de
pasear siempre por sus jardines, que le parecan estrechos y montonos.
Adems, la sobrina de Lewis, abusando de su autorizacin, llegaba cada
tarde con una escolta de ingleses heridos, siempre diferentes.
Correteaba con ellos por las avenidas entre los gritos de las aves
exticas, formaba grandes ramos de flores, y l tena que ocultarse en
los pisos altos huyendo de esta alegra infantil,  la que encontraba
algo de desesperado y fnebre.

Las noches le parecan interminables. Pensaba con nostalgia en las
plcidas veladas de los enemigos de la mujer, cuando Spadoni se
sentaba al piano  haca clculos infinitos, siempre doblando; cuando
Novoa expona sus paradojas cientficas y Castro relataba las aventuras
de su abuelo el Don Quijote rojo... Dnde estaran ahora estos
compaeros de soolienta felicidad?

Atilio le interesaba especialmente. Dos veces haba preguntado por l 
don Marcos, sin que ste se mostrase muy claro en sus explicaciones. No
le encontraba nunca en el Casino; se abstena sin duda de frecuentarlo
por miedo al juego. Presinti que el coronel saba algo ms y se negaba
 hablar por discrecin.

Una maana, el tedio del encierro galvaniz su decada voluntad. Por
qu no ir en busca de aquellos amigos? Tal vez si l daba el primer paso
conseguira reanudar las relaciones con ellos, restableciendo su antigua
vida.

Cuando iba  salir, el coronel le detuvo para hablarle otra vez de un
asunto que les haba ocupado la noche anterior. Qu respuesta deba dar
al apoderado de Pars?... Aquel nuevo rico comprador del palacio del
parque Monceau deseaba adquirir tambin Villa-Sirena. El administrador
comunicaba su ltima oferta: milln y medio de francos. No dara ms, y
era preciso contestar urgentemente, antes que su capricho se fijase en
otra adquisicin.

Miguel levant los hombros, como si le hablasen de algo sin inters.

--Di que no quiero vender... Mejor ser que no contestes. Veremos ms
adelante; yo pensar.

Al bajar del tranva, en Monte-Carlo, dej  su izquierda el Casino,
para seguir por los bulevares altos. Iba primeramente en busca de
Spadoni, por ser el que habitaba ms cerca. Adems, ste deba saber el
paradero de Atilio mejor que Novoa. Tal vez vivan juntos.

Conoca vagamente su domicilio por las burlas de Castro. El pianista era
guardin de una tumba sobre el barranco de Santa Devota.

Desde lo alto de un puente vi el prncipe  sus pies este barranco,
cuyas laderas estaban cubiertas de jardines, de villas lujosas y de
hoteles, teniendo por fondo el risueo puerto de La Condamine.

Sesenta aos antes era un lugar salvaje. Slo lo visitaban las
procesiones venidas desde el amurallado Mnaco para rendir homenaje 
Santa Devota en una iglesia blanca, que an pareca ahora ms diminuta
junto  las arcadas del puente del ferrocarril.

En los primeros tiempos del cristianismo, una barca, guiada por la
voluntad de Dios, que se dignaba conceder una protectora  los
habitantes de Puerto Hrcules, haba venido  encallar en esta ribera.
La barca contena el milagroso cadver de cierta cristiana de Crcega
martirizada por los romanos. Nadie saba su nombre, y la devocin
popular la llam Santa Devota. Una vez al ao, el da de su fiesta, al
cerrar la noche, gran parte del pblico del Casino abandonaba la ruleta
y el treinta y cuarenta para presenciar cmo los marineros de Mnaco
quemaban frente  la iglesia, al son de la msica, una barca vieja,
cerrando con esto  la santa patrona todo camino de retorno.

Los campos pedregosos de olivos y nopales estaban ahora cubiertos de
Palaces, grandes como cuarteles, y sostenan una segunda ciudad alta,
que, extendindose por la ladera de los Alpes, una Mnaco con
Monte-Carlo. Este terreno, vendido  precios enormes, era medio siglo
antes un lugar tan olvidado, que cualquiera de sus poseedores poda
disponer sin obstculo que le enterrasen en su propiedad.

Un oficial obscuro de Napolen, nacido en Mnaco y llegado  general en
los tiempos de Luis Felipe, haba hecho construir su sepultura en un
olivar sobre el barranco de Santa Devota. El juego haca surgir despus
Monte-Carlo sobre la salvaje meseta de las Espelungas; la lujosa ciudad
nueva se ensanchaba para unirse con el viejo Mnaco, cubriendo de
edificios todo el territorio del principado, y la sepultura del annimo
guerrero quedaba prisionera de este oleaje de grandes hoteles, palacios
y villas. El olivar de la tumba se venda  metros, haciendo la
fortuna de los herederos. Entre la sepultura y el borde del barranco
quedaba una meseta, desde la que se disfrutaba la visin de un panorama
magnfico, y un millonario de Pars se atreva  construir una casa de
estilo artista, con jardines en terrazas escalonadas, creyendo empresa
fcil conseguir el traslado del general al cementerio y la demolicin
de su capilla-tumba. Pero el muerto estaba en su propiedad, no poda
resucitar para deshacer sus disposiciones testamentarias, perturbadas
por el engrandecimiento inaudito del antiguo Mnaco, y no haba poder
humano que echase abajo su ltima morada.

Miguel haba visto muchas veces desde el puerto, sobre las alturas del
barranco, este panten que iba  servirle ahora para encontrar 
Spadoni. Era un simple dado de albailera, con las paredes
enjalbegadas, cuatro pinculos en sus ngulos y una cpula de tejas
negras. De lejos pareca un morabito, la tumba de un santn, ayudando 
esta semejanza los grupos de palmeras de los jardines inmediatos.

Castro le haba hecho reir muchas veces contndole la historia del
difunto general y sus ricos vecinos. Los propietarios de la villa no
podan dormir con un muerto al otro lado de la pared. Adems era un
muerto sin nombre, lo que le haca ms inquietante y misterioso. Nadie
llegaba  acordarse del apellido de este seor que haba mandado miles
de hombres y an impona su voluntad  los vivos. Alquilaron la villa
con todos sus lujosos muebles por un precio mdico, y al principio se la
disputaban las seoras que juegan en el Casino. Vivir en un pequeo
palacio adornado por famosos tapiceros de Pars, y con una vista
magnfica, todo por quinientos francos mensuales!... Pero las
arrendatarias se apresuraban  cederse unas  otras esta buena ocasin.
Tener que pasar despus de media noche frente al mausoleo del general,
cuando volvan del Casino! No poder abrir las ventanas sin encontrarse
con aquella sepultura!... Adems, la maledicencia femenil sealaba
sucesivamente  cada inquilina con el mismo apodo: la guardiana de la
tumba.

Entonces se present Spadoni. Castro tena una idea vaga de que pag el
primer mes, pero no estaba seguro de ello. Lo que saba con certeza era
que no pag ms. Los propietarios, residentes en Pars, haban acabado
por aceptar esta situacin, viendo en el pianista un cuidador gratuito
de aquella casa que les inspiraba miedo.

Descendi el prncipe por un amplio camino entre balaustradas de
jardines y muros de roca con penachos floridos pendientes de sus
intersticios. Al ver de cerca el morabito, comprendi la fuga de los
vecinos. El general haba sabido hacer las cosas. Los pinculos estaban
adornados con calaveras y tibias, lo mismo que la cruz de hierro que
remataba la cpula. Y estos smbolos fnebres, por la fuerza del
contraste, an resultaban ms impresionantes entre el esplendor verde de
los jardines inmediatos, bajo un cielo de crudo azul y un sol
deslumbrador, teniendo por fondo el gracioso puerto y la rizada planicie
del mar violeta. La puerta del mausoleo sin nombre no se haba abierto
en muchos aos, y los vientos amontonaban la tierra en su parte baja.
Entre la verja y las paredes se aglomeraba una vegetacin loca, una
selva minscula, en cuyas espesuras guerreaban y se devoraban los
insectos despus de enviar interminables expediciones volantes y
rampantes  todas las casas prximas.

Pas rozando el panten para llegar  la entrada de la villa, hermoso
edificio de arquitectura toscana. La puerta era de complicados herrajes;
los ventanales tenan vidrieras con figuras de colores; sobre el muro
gris estaban incrustados relieves de mrmol y escudos antiguos.

Golpe intilmente con un dragn de hierro que serva de aldaba. Al fin
apareci en un sendero inmediato, entre dos muros, una mujer greuda con
un nio en brazos. Era una vecina que prestaba sus servicios  Spadoni
cuando se quedaba en la casa. La presencia de un visitante representaba
para ella un acontecimiento.

--S que est--dijo--. No oye usted?

Lubimoff oy, efectivamente, amortiguado por los gruesos muros, el
tecleo de un piano.

La mujer, convencida de que el artista no llegara  enterarse de los
golpes del aldabn, desapareci en una revuelta del sendero. Poco
despus, su cabeza y el nio que llevaba en brazos surgieron sobre el
filo de un muro.

--Maestro!--grit--. Un seor que le busca. Una visita!

Y volvi arreglndose las faldas, como si acabase de bajar de una escala
de mano.

Se abri aquella puerta de quicio profundo, apareciendo en su hueco
Spadoni.

--Oh, Alteza!

Su sonrisa no expresaba asombro. Salud al prncipe como si lo hubiese
visto el da anterior.

Fu guindole por corredores y salones sumidos en una penumbra policroma
y que olan  polvo. Haca muchos meses que los ventanales de colores no
haban sido abiertos ni descorridas las cortinas. El concentraba su
existencia en una sola habitacin. Lubimoff choc con arcones y
armaduras, hizo vacilar dos enormes nforas japonesas, se enganch en
los numerosos salientes de este profuso decorado de estudio romntico
que haba estado de moda veinticinco aos antes.

Volvieron finalmente  la luz, una luz esplendorosa que entraba por tres
puertas abiertas sobre una terraza vecina al barranco.

Era el _hall_ de la villa, adornado con telas y divanes indostnicos.
El prncipe reconoci que Spadoni no estaba mal instalado en su tumba.
Un gran piano de cola era el nico mueble que se mantena limpio en esta
pieza invadida por el polvo. Sobre el atril permanecan abiertos varios
cuadernos de msica manuscrita.

Al ver que Lubimoff se fijaba en ellos, el pianista hizo un gesto
desesperado.

Era grande su pobreza: tena que dar conciertos para vivir, se vea
obligado  estudiar obras nuevas.

Habl de estos trabajos como si representasen la ms cruel imposicin de
la realidad, la mayor decadencia de su vida.

Varias damas organizadoras de obras benficas de la guerra haban
buscado su concurso. Tocaba gratuitamente, por patriotismo, pero las
buenos seoras siempre encontraban el medio de darle una cantidad. Era
tan enorme su miseria! Slo de tarde en tarde entraba en las salas de
juego. No poda ni apuntar en la ruleta, donde las puestas son de cinco
francos.

Quiso el prncipe leer los ttulos de las partituras, y Spadoni intent
ocultarlas con una precipitacin cmica.

--Verdaderas porqueras!... No hay que mirar eso, Alteza. En esta Costa
Azul, cuando las seoras entradas en aos no encuentran ya quien las
ame, se dedican  escribir romanzas  bailes de gran espectculo, y el
Casino acepta sus obras para no disgustarlas. Ese teatro de Monte-Carlo
resulta, en ciertos das, el templo de la imbecilidad musical... No;
mejor ser que conozca lo que damos esta tarde. Es la obra de una
millonaria que lo escribe todo, msica y versos.

Y ley en alta voz los ttulos de varas escenas pintorescas: _Dilogo
entre la mariposa y la rosa_, _Lo que la palmera le dijo al agave_,
_Plegara de la cigarra  nuestro padre el Sol_.

--Por suerte, Alteza, esta situacin deshonrosa no durar. Tengo un
medio... un medio!...

Olvidando el piano, las partituras y su degradacin musical, se lanz de
golpe en el mundo de las quimeras. Conoca el secreto del grande hombre,
de aquel griego que ganaba millones en el _Sporting_. Lo haba
sorprendido, con su propia malicia, despus de sonsacar ciertos datos 
un acompaante del personaje. Era una combinacin sencilla, como todas
las cosas geniales. Por ejemplo...

Y tendi su mano hacia una baraja que estaba en una mesa, sobre unos
cuantos volmenes encuadernados en rojo: las nueve sinfonas de
Beethoven.

Ah, no!... El prncipe le contuvo con brusquedad, para que no se
entregase  su mana demostrativa.

--Yo esperaba encontrar aqu  Atilio--dijo luego suavemente.

El msico pareci despertar.

--Atilio?... Ah, s! Vivi conmigo unos das, pero se fu.

Obsesionado an por su prodigiosa combinacin, habl distradamente, sin
conceder inters  sus palabras. Castro haba manifestado deseos de
vivir con l, se lo dijo un anochecer en el Casino, y Spadoni abandon
Villa-Sirena para acompaarle. Un amigo no puede hacer menos.

--Pero cundo se fu?... En dnde est?...

--Se fu anteayer, y debe estar en Pars. Un disparate su viaje!
Imagnese, Alteza, que en los ltimos das jug con una suerte
magnfica, hasta ganar veinte mil francos. Si hubiese seguido!... Pero
no quiso: tena prisa. Me di quinientos francos, y los perd
inmediatamente; era muy poco dinero para mi combinacin. Creo que va 
hacerse soldado; me habl de la Legin extranjera. De l se puede
esperar cualquier disparate. Un hombre que gana y huye!...

Luego, como si la mquina desarreglada de su cerebro funcionase
lgicamente por unos segundos, aadi, con una sonrisa maligna:

--Doa Clorinda tambin se ha ido  Pars. Se march dos das antes que
l... Oh, Alteza! cmo me acuerdo de aquello que nos dijo en un
almuerzo sobre las mujeres!... Las conozco, prncipe: todas ellas son
temibles enemigos.

Y sealaba rencorosamente _Lo que la palmera le dijo al agave_.

En vano el prncipe insisti en sus preguntas. No saba ms, no le
inspiraba curiosidad la suerte de Castro. Se haba ido  Pars para
hacerse soldado, y l tena tantos amigos soldados!...

La Generala, por ser mujer, le infunda ms inters, excitando su
maledicencia.

--Yo creo--dijo, con su sonrisa de misgino--que se fu por celos, por
despecho. La duquesa de Delille ha acaparado  ese teniente que le
present ella. Hasta parece que el tal teniente ha tenido un duelo...

El pianista palideci, mirando con espanto  Lubimoff. Su gesto fu
igual al del que habla en voz alta creyndose  solas, y nota
repentinamente que alguien le escucha. Qued confuso y balbuceando:

--No s... la gente dice tantas mentiras!... Cosas de mujeres!

Lubimoff sinti una confusin igual al darse cuenta de que hasta Spadoni
se haba ocupado con regocijo de su aventura.

Consideraba ya intil seguir hablando con este imbcil. Se levant, y el
msico, trmulo an por su indiscrecin, di muestras de igual
apresuramiento por terminar la visita.

--Y Novoa?--pregunt el prncipe al llegar  la puerta de la casa--.
Se ha ido tambin?...

No; ste segua en Mnaco, trabajando en el Museo cuando no tena
ocupaciones ms urgentes. Se encontraban muy de tarde en tarde. Cmo
podan verse, si l, Spadoni,  causa de su miseria, se abstena de
entrar en las salas de juego?...

--Contina jugando, Alteza; pero muy mal, con la timidez del novato, y
por eso pierde. No tiene la estofa de nosotros, los verdaderos
jugadores.

Se irgui el pianista al decir esto, como si no hubiese perdido nunca y
poseyera todos los secretos del azar.

--Le he enviado dos entradas para el concierto de esta tarde: una para
l y otra para esa seorita Valeria, acompaante de la duquesa. El
pobre! siempre haciendo tonteras como un enamorado!...

Pero su sonrisa de hombre superior, exento de tales humillaciones, se
cort al darse cuenta de que otra vez estaba diciendo algo molesto para
el prncipe.

Este pas de nuevo junto  la tumba, pero sin verla ni acordarse del
incgnito general. Castro se haba ido!... Castro quera hacerse
soldado!...

Luego de seguir el camino descendente de los Monegetti hasta la plaza de
Armas de La Condamine, tom la avenida de suave pendiente que sube hasta
Mnaco. Esta marcha le proporcionaba cierta voluptuosidad muscular
despus de su largo encierro.

Al verse entre los dos torrecillas que marcan la entrada de los
jardines, le asalt el recuerdo de Alicia. Un poco ms all haban
descendido del carruaje; detrs de los rboles estaba el banco en que la
habl por primera vez de su amor; abajo, al borde de las rocas, se
desarrollaba el solitario camino por el que pasaron como en volandas, al
amparo del crepsculo y con las bocas juntas. Luego, el rasgn de su
vestido, los cmicos y dulces apuros por repararlo, el alfiler con la
perla de la princesa... Slo haban transcurrido unas semanas, y estos
sucesos parecan de otra humanidad ms feliz, desarrollados en un
planeta distinto, envueltos en una luz que no era la de la tierra.

Se esforz por olvidar. Estaba ahora en una plaza asfaltada, frente  la
escalinata del Museo Oceanogrfico. Por primera vez repar en los
adornos arquitectnicos del blanco edificio. Haban adoptado como motivo
ornamental el manojo de retorcidas patas de los pulpos, el semicrculo
estriado de las conchas, la sombrilla filamentosa de las medusas. Se
fij en los grupos escultricos que simbolizan las fuerzas del Ocano 
las artes de los navegantes; ley los nombres esculpidos en los frisos,
ttulos de buques que se ilustraron por sus exploraciones cientficas.

Permaneci inmvil mucho rato, buscando un pretexto para justificar su
visita. Al fin subi la escalinata, vindose envuelto en una frescura
sonora de catedral, pero sin la ranciedad del ambiente cerrado, con un
tufillo salino procedente del mar inmediato. El conoca el palacio:  un
lado, el vasto saln de conferencias y asambleas cientficas, semejante
 un Parlamento, con lmparas de cristal helado que afectan las
distintas formas animales de las profundidades ocenicas; en mitad del
vestbulo, la estatua del prncipe Alberto vestido de marino y apoyado
en la baranda del puente de su yate; al lado opuesto y en los pisos
superiores, las colecciones recogidas durante los viajes de este
navegante de la ciencia: miles de peces y moluscos, esqueletos
gigantescos de cetceos, piraguas y herramientas de pesca de los mares
polares. En los pisos inferiores, debajo de sus pies, en aquel segundo
palacio que, adherido al acantilado, descenda hasta el mar, estaban los
acuarios, las bestias misteriosas del abismo continuando su existencia
entre burbujas de agua corriente, en sus jaulas de cristal.

Un portero de levita azul y kepis galoneado de rojo intent ofrecerle un
cartn de entrada, pero se contuvo al ver que se detena junto al
torniquete, preguntando por Novoa.

--Sali hace un momento. Tal vez lo encuentre en las inmediaciones del
Palacio. Casi todos los das, antes del almuerzo, da la vuelta  la
roca.

La roca, para los monegascos, es por antonomasia el pen en que est
asentado Mnaco, y dar su vuelta equivale  seguir el contorno de
jardines y abandonados baluartes que, partiendo del palacio de los
Prncipes, vuelve  l despus de abarcar toda la vieja capital.

Sigui exteriormente la cerca de los jardines de San Martino. No osaba
penetrar en ellos: tema encontrarse con el banco en que haban estado
aquella tarde. Avanz por las calles de la ciudad, estrechas, sin
aceras, pavimentadas de anchas losas, como en muchas poblaciones de
Italia.

Las viviendas, viejas y altas, recordaban los tiempos en que el suelo
era precioso dentro de una pennsula estrechamente ceida por sus
fortificaciones. Algunas casas estaban perforadas por tneles, y al
final del arco se vea la claridad y la blancura de la otra calle
paralela. Los edificios ms grandes eran conventos  colegios
religiosos. Sonaban lentas campanas sobre los tejados, como en un pueblo
de Espaa; quedaban en las calles muchos retablos con imgenes
alumbradas por un farolillo.

Al estremecerse las losas del pavimento bajo un paso humano, se
entreabran ventanas. Un carruaje provocaba la aparicin de muchas
cabezas. Los escasos transeuntes eran  veces cannigos de la catedral,
frailes descalzos con una corona de pelo en torno del crneo afeitado,
monjas con enormes mariposas almidonadas en la cabeza.

Slo un pequeo puerto separaba la vieja ciudad de aquella otra ciudad
situada en la cumbre de enfrente, con su Casino, sus hoteles, sus
orquestas y su muchedumbre de placer y de fortuna. Un corto trayecto de
tranva bastaba para hacerse la ilusin de haber saltado sobre dos
siglos. Lubimoff record la impresin de extraeza que despertaban al
atravesar la plaza del Casino estos frailes descalzos cuando bajaban en
grupo  Monte-Carlo.

Pas bajo una galera cubierta que formaba arco entre dos casas. Un gran
descampado, una llanura, se abri ante l. Era la plaza del Palacio.
Enfrente estaba la vivienda seorial de los Grimaldi, conjunto de
edificios de diversas pocas, que le record los palacios de algunos
prncipes soberanos de la antigua Italia. Era de color rosa obscuro,
cortado por el arquero de las _loggias_, y tena adosados unas torres
de sillares blancos con almenas hendidas. Tambin conoca l este
palacio, puramente de aparato y deshabitado, pues el prncipe reinante,
en las cortas visitas  sus dominios, prefera vivir en su yate.

Primeramente llam su atencin la guardia del edificio. Los soldados de
Mnaco, viejos gendarmes franceses, haban partido  la guerra, y una
milicia nacional se encargaba de sustituirlos. Estaba compuesta de
legtimos ciudadanos de la roca, descendientes de cuatro generaciones
de monegascos. Ellos solos podan contribuir  la defensa ideal del
principado, as como gozaban las ventajas de pertenecer  un pas, nico
en el mundo, donde nadie paga contribucin y todos al nacer tienen el
pan asegurado, gracias al Casino.

Lubimoff admir al guerrero de guardia, un viejo de bigote blanco,
cargado de hombros, casi jorobado, con gabn de color castaa y sombrero
hongo. Un brazal rojo y blanco en una manga era todo su uniforme.
Llevando al hombro su fusil antiguo, que an haca ms enorme y pesado
una bayoneta interminable, hubiera podido descansar junto  la garita
pintada con los colores de Mnaco; pero prefera moverse en incesante
paseo, mirando  todas partes por si alguien intentaba penetrar en el
alczar del ausente soberano. Otros padres de familia y hasta abuelos,
vestidos con sus trajes de domingo, esperaban pacientemente en un banco
que les llegase el turno de ejercer la honorfica funcin.

Lo ms notable de esta explanada era la artillera, una cantidad de
caones del siglo XVIII que estaban all decorativamente, como las
armaduras que adornan un saln... A ambos lados de la puerta del Palacio
se alineaban seis piezas enormes y magnficas, fundidas en un bronce
verde de estatua y cinceladas como obras de museo. Junto  sus bocas, el
metal se retorca formando la hojarasca de un capitel; su parte opuesta
la remataba una cabeza de medusa. El fuste de estas columnas huecas
estaba adornado con las tres flores de lis de la vieja monarqua
francesa, los agarradores de cada can eran dos delfines, y todas las
piezas ostentaban el lema pretencioso _Nec pluribus impar_ de Luis XIV,
con otro ms sombro: _Ultima ratio regnum_.

El prncipe sonri ante este lema.

Ahora, las piezas de artillera--se dijo--ya no son la ltima razn de
los reyes, pero lo son de los pueblos. Hemos adelantado poco.

Todos estos caones verdes tenan su nombre propio, lo mismo que un
buque  un regimiento. Uno se llamaba _Nern_, otro _Tiberio_; ms all
abran su redonda boca el _Robusto_ y el _Roncador_.

En los parapetos que cerraban por ambos lados la extensa plaza asomaban
sus gargantas, sobre el puerto  sobre el mar libre, otras piezas ms
modestas, pero igualmente enormes y vetustas. Las balas macizas de estos
caones formaban pirmides, y una vegetacin parsita se haba
introducido entre las pelotas de hierro.

Detrs del Palacio, como un teln de fondo, se elevaba la montaa
francesa de la _Tte du chien_, brillando en su redonda cumbre las
vidrieras del cuartel de los cazadores alpinos. La meseta de Mnaco era
simplemente el ltimo peldao de la gran escalera que los Alpes dejan
caer hacia el mar. Arriba se enredaban las nubes en los picachos,
cubrindolos momentneamente de una sombra tempestuosa; abajo, entre los
muros rosados y las torres blancas de los Grimaldi, se erguan la
palmera tropical, el cocotero, el pltano, dando  este castillo ligurio
un aspecto de hacienda brasilea.

Estaba Lubimoff en el parapeto que da sobre el mar libre, sentado entre
dos caones, cuando vi la llegada de Novoa por los baluartes que
dominan el puerto.

Al reconocer al prncipe apresur su blanda marcha, acercndose  l con
la mano tendida.

Simptico profesor! Nunca le parecieron  Miguel sus ademanes francos
con tanto atractivo como ahora. Celebraba mucho este encuentro,
creyndolo casual, y el prncipe no quiso hablar de su visita al Museo,
para que Novoa ignorase que haba venido en busca suya.

Maquinalmente empezaron  pasearse entre la fila de caones y unos
cuantos rboles que daban plida sombra  este lado de la plaza.

Era Lubimoff el que preguntaba, mostrando inters por la suerte de su
amigo y acogiendo sus quejas con una sonrisa bondadosa.

Novoa se mostr descontento. Este pas de vida dulce y alegre resultaba
fatal para el estudio. Pensar que all en su tierra se lo imaginaban
haciendo descubrimientos tiles en los misterios del mar! El Casino
extenda su influencia  todas partes, hasta al Museo Oceanogrfico.
Muchas veces, mientras estudiaba el _plancton_, le acometa una nueva
idea para desentraar los misteriosos saltos de las series del treinta
y cuarenta. Trabajaba por las maanas con el pensamiento fijo en
Monte-Carlo; y apenas llegada la tarde, senta un deseo irresistible de
ir all. Era intil que inventase pretextos para mantenerse fijo en la
roca. Haba perdido cantidades enormes para l, y necesitaba
recuperarlas. Pensaba con inquietud en el dinero recibido de su pas 
cuenta de la modesta fortuna heredada de sus padres.

--Algunos das, el buen sentido me dice que debo volverme  Espaa, y
deseo realizar inmediatamente este buen consejo. Por desgracia, hay
ciertas cosas que me retienen aqu y quebrantan mi voluntad.

--Las conozco--dijo Miguel sonriendo--. La primera de todas, el amor.

Novoa se ruboriz, aceptando luego con un cmico ademn de confusin las
palabras del prncipe. S; algo haba de eso, y el amor le proporcionaba
disgustos, lo mismo que el juego.

Lubimoff vi de pronto en sus ojos una expresin igual  la de Spadoni.
Tambin ste saba lo ocurrido, y al hablar del amor recordaba
inmediatamente aquel duelo absurdo. Pero Novoa era otro hombre, incapaz
de sentir el maligno placer de los maldicientes, que se regodean con las
torpezas ajenas. Adems, Miguel le tena por muy franco, y pronto se
convenci de ello.

Tranquilamente, sin pensar si con sus palabras molestara al otro, el
profesor aludi  lo ocurrido en el castillo de Lewis. Lo lamentaba como
algo ilgico y extemporneo, mas no por esto haba dejado de interesarle
la suerte del prncipe. Si se abstuvo de ir  Villa-Sirena, fu por no
parecer entrometido. Varias veces haba hablado con el coronel,
encargndole que saludase al prncipe de su parte.

Luego, como si se arrepintiese de la severidad con que juzgaba aquel
duelo, di explicaciones. La imagen de Castro haba pasado por su
memoria, hacindole mirar  su acompaante con una tolerancia fraternal.

--Yo comprendo muchas cosas. No soy hombre de armas, como usted, y sin
embargo, una vez sent deseos de batirme. Ahora me ro cuando lo pienso;
pero, en iguales circunstancias, volvera  hacer lo mismo... El poder
de las mujeres! Cmo nos transforman!...

El prncipe no protest al oir que Novoa le supona enamorado,
atribuyendo aquel duelo  la influencia de una mujer. Y sigui guardando
silencio, mientras el profesor, por una asociacin lgica, empezaba 
hablar de Alicia. Este sabio bueno y sencillo mostr una verdadera
alegra al comunicar ciertas noticias que juzgaba agradables para
Lubimoff.

Igual inters senta por su compatriota Martnez. El no odiaba  nadie.
Hasta tena olvidadas sus incompatibilidades con Castro, que le haban
hecho abandonar las abundancias de Villa-Sirena.

--Ese pobre teniente es menos feliz que usted, prncipe; el tal duelo ha
tenido malas consecuencias para l. Yo gozo de cierta intimidad con
personas allegadas  la duquesa de Delille... No necesito decir ms:
usted sabe que puedo estar enterado de lo que ocurre en Villa-Rosa. Pues
bien; despus del desafo, yo no s qu ha pasado, pero Martnez entra
en aquella casa con menos frecuencia. Transcurren das enteros sin que
se atreva  llamar  su puerta. Algunas veces va all, y la persona que
usted sabe me dice que la duquesa se niega  recibirle. Es ahora un
simple visitante, un amigo como otro cualquiera. La duquesa quiere
evitar la antigua intimidad; le enva regalos al hotel de los oficiales,
se preocupa de su bienestar, encarga  la seorita amiga ma que se
entere de si le falta algo, pero slo lo recibe de tarde en tarde. Se
acabaron los almuerzos y las comidas  diario, aquella vida comn, en la
que slo faltaba que durmiese en la casa... Y el pobre muchacho parece
triste, desesperado, por este cambio.

Se anim el profesor en sus confidencias al notar el agrado con que las
reciba el prncipe.

--Una persona--continu, con cierta vacilacin--que pasa algunas noches
por la calle de la duquesa... (qu diablo! por qu no decir la
verdad?) yo, que algunas veces rondo por las inmediaciones de la
villa, esperando  la seorita en cuestin, he sorprendido  Martnez
cerca de la casa, deslizndose junto  la verja, mirando  las ventanas.
Pobre muchacho!... Y me dicen que de da, cuando teme que la duquesa no
va  recibirlo, hace los mismos paseos.

Un doble sentimiento conmovi  Lubimoff: de rabia, por la conviccin de
que no se haba equivocado: aquel soldadito amaba  Alicia; de gozo, al
saber que ya no era recibido en la casa, como antes, y rondaba
intilmente en torno de ella. Representaba una alegra negativa, pero
alegra de todos modos, al ver  aquel jovenzuelo en una situacin igual
 la suya.

Novoa, hombre simple en sus gustos, que no poda comprender el amor mas
que ordenadamente, dentro de la regularidad de una equivalencia de
edades, ri de este apasionamiento del oficial como de algo grotesco.

--Qu absurdo! Enamorarse de ese modo de una mujer que casi puede ser
su madre!...

El prncipe se estremeci al oir esto, mirando fijamente  su
acompaante. No; no saba nada. Continuaba riendo de su propio
comentario, sin ninguna intencin oculta. El secreto de Alicia slo l
poda conocerlo.

An dieron varios paseos entre los caones y los rboles. De pronto,
empezaron  sonar las campanas de las iglesias y conventos de Mnaco,
conversando,  travs del ter cargado de luz, con las del fronterizo
Monte-Carlo.

Las doce. Novoa se inquiet. Era hombre de costumbres fijas, y adems,
los monegascos en cuya casa estaba alojado mantenan rigurosamente la
puntualidad en las comidas. No haber en Mnaco un restorn, para darse
el lujo de invitar al prncipe!... Este le propuso que lo acompaase 
la lejana Villa-Sirena para almorzar juntos. Se senta tan bien en su
compaa! le daba noticias tan interesantes!...

--Imposible!--se apresur  decir el profesor--. Tengo que ver  una
persona en Monte-Carlo as que acabe mi almuerzo. Me esperan.

Lubimoff no insisti, adivinando que la tal persona era Valeria.

Un carruaje nico estaba guarecido en la sombra menguada de los rboles.
Se haba quedado all despus de traer  unos extranjeros que
prefirieron,  la salida del Palacio, descender  pie por el antiguo
camino fortificado.

Miguel lo ocup, hacindose conducir  Villa-Sirena. Todo el resto del
da y gran parte de la noche transcurrieron para l dulcemente, mientras
rumiaba en su memoria las noticias adquiridas. No era mala la jornada.
De Atilio apenas se acord. Se haba ido  Pars; esto era lo nico
cierto. En cambio, el infortunio de Martnez le hizo canturrear
alegremente, y este regocijo enga al coronel.

--Lo que yo digo: Su Alteza debe salir y ver gentes. Tena la seguridad
de que el paseo de hoy dara buen resultado.

Al da siguiente, el prncipe an tuvo una sorpresa ms grata. Estaba
terminando de almorzar, cuando su ayuda de cmara anunci con tono
ceremonioso: El seor profesor Novoa.

Presintiendo Miguel algo muy interesante para l, recibi al espaol con
una efusin extraordinaria nunca vista por Toledo. Incomparable Novoa!
De veras que haba almorzado ya? El buen orden de los solitarios de
Mnaco!... Entonces, tomara caf con l.

Y di fin apresuradamente  su almuerzo para pasar al _hall_, donde
esperaban el caf y los licores. Era tan visible la impaciencia del
visitante por hablar con l sin testigos, que Lubimoff se di prisa en
inventar un pretexto para que don Marcos se alejase.

Cuando quedaron solos, Novoa dej su taza sobre un velador, di varias
chupadas al cigarro, mientras pareca concentrar su voluntad, y al fin
dijo con resolucin:

--Tengo un encargo que darle: me enva cierta persona... sospecho que
hago un mal papel. Un hombre como yo llevando recados de esta clase!...
Pero qu es lo que las mujeres no nos obligarn  hacer?... Adems,
entre hombres debemos ayudarnos. Usted, que es tan caballero, tambin
sera capaz de hacer por m...

Y el buen profesor hablaba como si se sintiera ligado con el prncipe
por una camaradera profesional, por una condicin idntica. Los dos
estaban enamorados.

Lubimoff, ansioso por conocer el encargo, hizo gestos de aprobacin. S:
no se equivocaba; era capaz de hacer en su favor cuanto le pidiese. Le
tena en este momento por el primero de sus amigos. Pero qu era el
encargo?...

Novoa continu, con cierta vacilacin. El da anterior, despus de su
encuentro con el prncipe, haba visto  aquella seorita... aquella
seorita acompaante de la duquesa. El se lo contaba todo; una mala
costumbre, pero los enamorados no siempre han de hablar de ellos
mismos...

--Estuvimos juntos en un concierto, y esta maana ha venido al Museo
para encargarme que le viera  usted inmediatamente. Yo me he resistido
 cumplir el encargo, pero usted sabe lo que son las mujeres. Adems,
esa joven tiene su genio... Total, que estoy aqu y repito lo que me han
dicho.

Call un momento, y despus de mirar  todos lados, aadi con tono
misterioso:

--Esta tarde, en San Carlos.

Haba llegado hasta all preocupado por la obscuridad del mensaje. Qu
San Carlos era ste? Un hotel?... un paseo?... Como habitante de
Mnaco, slo conoca el Casino en Monte-Carlo. Lo nico indudable para
l era que el mensaje de Valeria proceda de la duquesa.

Tuvo Miguel que ocultar la alegra que le causaron estas palabras.
Alicia le buscaba!... A pesar de su contento, sinti la necesidad de
pedir nuevos detalles. No le haban indicado una hora?...

--No, prncipe. Esta tarde, en San Carlos; ni una palabra ms. Esa
seorita casi se enfad porque le ped aclaraciones. Ya le he dicho que
la intimidad tiene su mal carcter... como todas. Me afirm que usted
entendera el recado inmediatamente.

Miguel hizo un gesto de aprobacin; s que lo entenda... Sabio amable!
En aquel momento le deseaba cuantas felicidades puede gozar un hombre.
De no conocer sus escrpulos y su altivez, hubiese pedido  don Marcos
todo el dinero que haba en la casa para entregrselo  manos llenas.
Pero ya que era imposible una ddiva material, hizo votos por que
aquella Valeria,  la que tena por una ambiciosa, pudiese embellecer la
vida del profesor. Tan optimista le hizo su contento, que hasta crey en
una equivocacin de su parte, adornando  la acompaante de la duquesa
con un sinnmero de virtudes ocultas.

Toledo haba vuelto, y el prncipe, que deseaba agradar  Novoa, le
habl de las exploraciones oceanogrficas, mostrando una viva curiosidad
por ellas, mientras su pensamiento estaba lejos.

Pero este halago result intil. El profesor vacilaba al responder  las
preguntas. Tena prisa; le esperaban... Sin duda, Valeria necesitaba
conocer pronto el resultado de su mensaje. Y el prncipe mostr tambin
cierta precipitacin al acompaarle hasta la verja de entrada, con
grandes extremos de amistad. Deba volver con frecuencia  Villa-Sirena;
era el nico amigo fiel. Lastima que se negase  vivir all, como en
otros tiempos!...

Al quedar solo, Lubimoff subi  las habitaciones del primer piso. Tema
que el coronel adivinase su contento. Una sensacin de orgullo y de
triunfo se mezclaba ahora con la alegra del primer instante.

Pens en su situacin. Don Marcos haba guardado silencio despus del
duelo, y l, influenciado por la soledad, se entregaba al desaliento,
creyndose objeto de las burlas de todos.

Ahora vea claro. Alicia deseaba volver  l, sintiendo un nuevo inters
por su persona. Todo lo indicaba as: el teniente casi expulsado de
aquella casa que dos semanas antes consideraba como suya; su protectora
evitando el verle, para lo cual espaciaba sus visitas. Adems, al
enterarse ella por Valeria de que su antiguo enamorado haba roto la
voluntaria clausura en Villa-Sirena, se apresuraba  darle una cita
inmediata, como si le urgiese reanudar sus relaciones con l.

Se felicit de la agresividad inexplicable que le haba impulsado 
ofender  Martnez. El, que en los ltimos das se arrepenta de esta
locura!... Lo que le haba pesado como un remordimiento era tal vez lo
ms cuerdo y ms oportuno de su vida. Alicia, al ver que, loco de celos,
realizaba un acto absurdo para muchos batindose por ella, se senta
indudablemente halagada en su vanidad y le miraba con nuevo inters.

Las mujeres!--pens Lubimoff--. Hay que conocerlas. Su admiracin va
instintivamente hacia el fuerte. Nada hay como una brutalidad oportuna
para conquistar su afecto. Siempre acaban por someterse con cierto
agradecimiento al hombre enrgico que las impresiona.

Este fu su primer instante dichoso despus de varios das. Volvi  ser
aquel prncipe Lubimoff que haba impuesto casi siempre su voluntad,
atropellando los obstculos, unas veces con su dinero, las ms con un
orgullo imperioso.

Satisfecho de su rudeza, sinti la necesidad de hermosearse para acudir
 la entrevista. Pensaba en los machos del reino animal, cuyos dientes,
garras y espolones van acompaados de crestas, melenas y plumajes que
inspiran  las hembras una admiracin mstica, convirtindolas en sus
esclavas. Lo mismo ocurra entre los humanos. La educacin, las leyes,
las tradiciones, no hacan mas que desfigurar el fondo brbaro de
nuestra existencia.

Una preocupacin le distrajo de estos pensamientos. A qu hora deba
presentarse en el sitio indicado? Se le ocurri que, al no mencionar la
hora, sta deba ser la misma del otro encuentro  la puerta de San
Carlos. Pero acab por creer en un olvido del profesor, y la
intranquilidad le hizo acudir  la cita mucho antes.

Pas ms de tres horas en ansiosa espera, vagando por las calles
inmediatas  la iglesia, inmovilizndose en las esquinas, cambiando de
sitio al notar la curiosidad de los transeuntes. Varias veces entr en
San Carlos, para ver siempre lo mismo: las vidrieras policromas cada vez
ms plidas, as como descenda la tarde; los haces de banderas; los
retablos rompiendo la sombra con el resplandor mortecino de sus oros, y
mujeres arrodilladas  inmviles: unas mujeres que parecan las mismas
de la otra vez, como si las semanas fuesen minutos.

Con la supersticin del que aguarda, se dijo que Alicia slo poda
presentarse al cerrar la noche, y el da le pareci interminable.

Al anochecer dud.

--No vendr.... Debe haberse arrepentido.

Estaba en la esquina de una calle curva y pendiente inmediata  la
iglesia. Desde all poda ver las gradas que comunican la plazoleta con
el hundido bulevar. Nadie suba por ellas; todos los carruajes pasaban
sin detenerse.

De pronto, tuvo la sensacin de que alguien se aproximaba  sus
espaldas. Percibi un leve paso, y al volver la cabeza vi  una mujer
enlutada.

Todo lo olvid: la larga espera, las dudas, la fatiga del interminable
plantn, recobrando de golpe su regocijo de triunfador. Estaba tan
seguro de los motivos que la haban inducido  pedirle esta entrevista,
que avanz  su encuentro con un aire galante.

--Oh, Alicia!--dijo, tendiendo  la vez sus dos manos.

Pero estas manos se agitaron intilmente en el vaco, sin encontrar
dnde asirse, y al fin cayeron con desaliento.

Lubimoff se sinti desconcertado ante la mirada de la mujer. Todas las
ideas que le haban seguido hasta all eran ilusiones y se desvanecan,
dejndole confuso enfrente de la realidad. Esta realidad no permita
dudas. Los ojos de ella le contemplaron fijamente, con dureza.

Alicia habl como si hubiese venido para un negocio con una persona poco
grata y quisiera terminarlo cuanto antes, vindose libre de su
presencia.

Exista entre los dos cierto asunto de dinero que ella necesitaba
resolver. No le haba escrito porque despus de los sucesos recientes
consideraba inoportuno el envo de una carta. Adems, ni ella poda ir 
Villa-Sirena ni quera recibirlo en su casa. Por esto, al enterarse el
da anterior de que haban visto paseando  Miguel--que ella se
imaginaba enfermo--, se atreva  citarlo all, para verse unos momentos
nada ms.

--Hablemos como si fusemos comerciantes; unos comerciantes que tienen
prisa y no malgastan sus palabras... Yo te debo dinero, y me es
imposible vivir tranquila mientras no te lo devuelva: trescientos mil
francos que me di tu madre, lo que me prestaste t en el Casino... tal
vez algo ms. Tengo bastante para pagar. Si no quieres ocuparte del
asunto, envame  Toledo.

Lubimoff qued absorto ante estas palabras inesperadas. Ella, despus de
hacer su proposicin, pareca ansiosa por marcharse. Ya lo haba dicho
todo; le molestaba seguir all con el prncipe; nada tena que aadir.

--No!--dijo Miguel enrgicamente.

Para eso le haba llamado? Era todo lo que tena que decirle, despus
de tanto tiempo sin verse?...

Haba tal resolucin en su negativa, se reflejaba de tal modo en su
rostro la dolorosa extraeza, que Alicia crey intil insistir.

--Est bien; no hablemos ms. Conozco tu carcter, y s que
permaneceramos aqu discutiendo muchas horas sin resultado. Yo buscar
el medio de devolverte lo que es tuyo.... Adis, Miguel!

Intent detenerla el prncipe tomando suavemente una de sus manos, pero
ella la retir con nerviosa retraccin.

--Y te marchas!--dijo l con desaliento--. Yo que crea, al venir
aqu...

La humildad de su voz pareci irritar  la duquesa, hacindola detenerse
cuando empezaba  volverle la espalda.

--Qu es lo que creas?--pregunt con indignacin--. Tu inconsciencia
me asombra. Ah, Miguel! Siempre sers el mismo; nicamente existes t:
slo deben tenerse en cuenta tus deseos. Me has hecho mucho dao,
mucho!... y ahora me dices, como un nio: Yo que crea... Qu
esperabas despus de tus locuras?... Sbelo bien: te aborrezco. Tu
presencia me es odiosa. Te aborrezco!

El pobre Lubimoff volvi  ver su conducta como en las horas de
voluntario encierro. Ay! dnde estaban las engaosas fantasas que le
haban acompaado hasta all? Su tristeza, su arrepentimiento, fueron
tan visibles, que Alicia modific el tono de sus palabras.

--Tal vez no te aborrezco; pero estoy segura de que me inspiras lstima:
una lstima semejante  la que siento por m misma. Somos dos pobres
locos, Miguel; nuestras desgracias vienen de lejos.

Al recordar sus vidas, Alicia pens en los constructores que sufren un
grave error cuando asientan los cimientos de un edificio, y siguen
adelante con la ilusin de que su obra es rectilnea, sin reparar en que
est desviada completamente por defectos de su base.

--Nuestros principios fueron equivocados. De continuar el mundo como
antes, tal vez hubiramos permanecido de pie y triunfadores. El ambiente
nos amparaba: ramos sus hijos.

Pero el cataclismo universal les haba hecho perder su centro de
gravedad para siempre. Estaban ladeados, con grietas que nadie podra
recomponer, prximos  derrumbarse.

--Nosotros somos de otra poca, y no hay quien sostenga nuestra
fragilidad. Te tengo lstima, Miguel; y t debes sentirla por m, por
m,  quien has hecho tanto dao!

El prncipe,  pesar de su humilde encogimiento, protest. Haba sido
imprudente: era cierto. Aquella agresin en el Casino y el maldito duelo
representaban un escndalo estpido. Pero qu dao irreparable era este
que tan profundamente la afliga? Cmo su locura, que slo le
perjudicaba  l, hacindole objeto de comentarios y risas, poda
desesperarla de tal modo?...

Le interrumpi Alicia con un gesto desalentado, como si considerase
imposible hacerle comprender sus pensamientos.

--Mira--dijo sealando la puerta de la iglesia--. Antes, poda entrar
ah. Recuerda la ltima vez que nos vimos en este sitio. Yo vena de
rezar, de hablar con mi hijo; era tal vez una ilusin, pero las
ilusiones nos ayudan  vivir. Y ahora no puedo; el remordimiento me
espera donde hace unas semanas encontraba la esperanza. Y esto te lo
debo  ti,  ti, que me arrebatas la ltima felicidad que yo me haba
inventado...

Ya no miraba al prncipe con ojos hostiles. Su voz temblorosa, su mirada
hmeda, eran de una pobre mujer que se esfuerza por contener su emocin.
Miguel balbuce contuso, desorientado. El haba podido hacer tanto mal?
Cundo?... cmo?...

Alicia, sorda  sus preguntas, slo pensaba en ella y en su desgracia.

--Tena un hijo, y lo perd--sigui diciendo--. Era mi esperanza, mi
nica razn de vivir... El infortunio me hizo buscar un consuelo. Qu
sera de nosotros si no tuvisemos el poder de engaarnos fabricando
nuevas ilusiones?... Y tuve un segundo hijo, un hijo inventado por m,
triste, condenado  morir, pero joven como el otro, desgraciado como el
otro, falto de una madre que alegrase sus ltimos das... Yo he querido
ser esa madre. Unicamente puedo sentir la dulzura protectora de la
maternidad; mi papel de mujer ha terminado: slo puedo ver un el hombre
 un hijo, y t me privas de este ltimo consuelo! t te has llevado
mi pobre alegra!

Lubimoff empez  comprender. Alicia hablaba de Martnez; y sinti de
nuevo la comezn de los celos.

--Cuando nos vimos aqu la ltima vez, yo me haba buscado un refugio
plcido dentro de mi dolor. Rezaba por mi hijo en la iglesia, hablaba
con l, le describa cmo era el hermano en desgracia que an tena en
el mundo, pero que tal vez no tardase en ir  buscarle. Luego, al volver
 casa, encontraba al otro, y mi ilusin era tan enorme, que los
confunda  los dos en uno solo, imaginndome que todo era mentira, el
tiempo y la guerra, que mi hijo viva an, que haba vuelto de su
cautiverio y estaba  mi lado. No se parecen (estoy segura, aunque evito
mirar los retratos de Jorge), pero yo los veo iguales; es el uniforme,
la desgracia, la vecindad de la muerte. Adems, ese pobre muchacho era
tan bueno!... Tmido, contentndose con cualquier cosa, mirndome con la
dulzura de un animalillo manso, l, que es tan fiero! venerndome como
 una criatura descendida de un mundo superior... Yo era su madre. Sus
palabras y sus gestos respiraban un respeto profundo. No era una mujer
para l: era algo as como los ngeles... Y t, con tu desatinada
intervencin, has trastornado todo esto. Ya no es mi hijo: termin mi
ensueo. Debo privarme de su presencia, y slo de tarde en tarde
encuentra abierta una casa que yo le hice considerar como suya... Por tu
culpa, ese muchacho, en el que vea  un hijo, es ahora simplemente un
hombre, y yo, su madre, he vuelto  ser una mujer.

El rostro de Lubimoff se puso ensombrecido y terroso, como en la tarde
del duelo. Iba comprendiendo.

--Qu hiciste, Miguel!--sigui ella, con su voz gimiente--. Has
despertado con tu locura  ese pobre. Al batirse contigo, pens que se
bata por m y que yo no soy mas que una mujer. Me vi de pronto bajo
otra luz, como si hasta entonces hubiese estado adormecido. Casi puedo
ser su madre; pero las mujeres de mi clase prolongamos nuestra juventud,
la detenemos artificialmente, y nos desean  la edad en que las de abajo
se entregan  la vejez... Adems, comprendo la vanidad de su entusiasmo,
esa vanidad que existe en todos nuestros sentimientos. Yo soy para l lo
desconocido, lo misterioso, una gran seora, una duquesa, que la
confusin de nuestra poca coloca  su alcance. Pobre muchacho! Hace
unas semanas rea en mi presencia con una simpleza infantil, me miraba
tranquilamente, sin que por sus ojos pasase la sombra de un mal
pensamiento. El era feliz, yo tambin lo era; mientras que ahora!...

Se imagin el prncipe  Martnez persiguiendo  Alicia con sus deseos
de enamorado. Lo matar: debo matarlo, dijo mentalmente. Pero su
clera homicida slo dur un instante. Pasaron por su memoria las
diversas escenas del duelo: l besando la mano del oficial, en un
arrebato de inexplicable humildad, que le atormentaba como un
remordimiento. Qu hacer ahora? Despus de lo ocurrido, este hombre era
para l algo sagrado. Y se abandon otra vez  su desaliento, mientras
Alicia segua hablando.

--Mi ensueo se desvaneci. Mi hijo ha vuelto  ser mi hijo y el otro es
un hombre. Imposible confundirlos de nuevo en una sola persona. Ya no
puedo rezar; me da vergenza dirigirme con el pensamiento  mi verdadero
hijo; me asalta el recuerdo de lo que le cont; me aterro al hacer
memoria de que sigo hablando con el otro,  pesar de lo que me ha dicho,
de lo que leo en sus miradas, de que conozco sus verdaderos deseos. El
mal que me has hecho! Perd un hijo, y slo puedo acordarme de l con
remordimiento; me invent otro, y me lo has quitado.

Luego, como si se quejase contra algo superior que haba regido sus
destinos, aadi:

--Qu suplicio! No poder conocer la amistad reposada, la maternidad
tranquila. Siempre el amor salindome al paso!... Yo, que en mi
juventud consider como nica finalidad de la vida inspirar admiracin y
deseo, bien castigada estoy... Busqu en ti el apoyo del amigo, y me
deseaste en seguida. Quise engaar mi anhelo de maternidad cuidando  un
infeliz que tal vez muera pronto, y este hijo afectivo me habla de amor.
Es que las mujeres no podemos conocer la tranquilidad y la confianza en
que viven los hombres?...

El prncipe la interrumpi con voz rencorosa.

--No lo veas: rompe con l; cirrale tu puerta para siempre. As
recobrars la paz, y yo... yo ser tu amigo, ser lo que t quieras, me
bastar con verte.

Ella acogi con un gesto de incredulidad las ltimas palabras. Le
haban prometido tantas veces los hombres ser simples amigos! Adems,
conoca bien  Miguel, y no se tom la pena de contestar. Lo nico que
le interesaba era el consejo de que repeliese definitivamente al herido,
no vindolo ms. Sus ojos volvieron  humedecerse.

--Echar  ese pobrecito!... T no puedes comprender ciertas cosas; t
mandas en los afectos con la misma arrogancia que disponas antes de las
personas. Crees que puedo abandonarlo? Soy su madre  pesar de todo, y
una madre ya sabes cmo tolera y perdona. El infeliz no tiene la culpa
de sus malos pensamientos: fuiste t quien se los sugiri. Adems, eso
pasar; yo tengo la esperanza de que se desvanecern sus disparatadas
ideas.

La suposicin de abandonar al invlido excit su piedad, dando  sus
palabras un tono amoroso.

--Qu sera de l! No conoce  nadie: est solo en el mundo; los otros
oficiales viven en su patria, tienen familia... Antes poda ir en busca
de Clorinda; ahora la Generala se ha marchado, y slo le quedo yo, la
nica!... Y quieres que lo olvide? T no le conoces bien: eres su
enemigo. Yo recuerdo con delicia su poca de inocencia. Era igual  mi
hijo; no, tena algo ms: un agradecimiento, una veneracin
reconcentrada que yo no haba conocido nunca. Olvidas la fragilidad de
su existencia. El hace lo mismo: no conoce su verdadera situacin;
siente las ilusiones de una juventud sana; cree contar con muchsimos
aos. Pobre! El esfuerzo que me cuesta fingir enfado, repelerle
indignada por los deseos que ha puesto en m... en m, que slo quiero
ser su madre!

Este tono de dulce lstima hiri  su oyente. Alicia pareca sentir el
remordimiento del que presencia las ltimas horas de un condenado 
muerte y tiene que negarle la satisfaccin de su postrer capricho. Se
lamentaba como la enfermera que no puede dar al moribundo lo que pide
entre hipos de agona.

Miguel crey adivinar el secreto de las ltimas entrevistas entre la
dama maternal y su ahijado. Tal vez ella le hablaba de su salud, dejando
por un momento de halagarlo en sus ilusiones, descubrindole el peligro
en que estaba su existencia; y el otro, con el ardor suicida de la
pasin, imploraba lo mismo que un nio que ha puesto toda su felicidad
en la conquista de un juguete: Una vez; una vez nada mas!

Estaba convencido de que as era en la realidad. Lo lea en los ojos de
ella, que  su vez pareci adivinar lo que pensaba el prncipe,
ruborizndose levemente.

--El mal que me has hecho!--repiti--. Debo alejarlo de m, y no puedo
separarme de l. Sera un crimen que lo dejase abandonado  su destino.
T no sabes lo que significa para m esta lucha continua... A veces lo
veo cuando ronda mi casa; lo contemplo oculta detrs de los visillos de
una ventana, y me dan ganas de llorar. Parece tan triste!... Me acuerdo
de mi hijo, que tambin vivi solo, ms abandonado an que l, que tal
vez se interes por alguna mujer, ansiando muchas cosas sin llegar 
poseerlas, y siento deseos de llamarle, de gritar: Ya que eso es tu
ilusin, nio mo, el ltimo anhelo de tu vida, toma!... toma, y s
feliz! Pero pienso en su salud, pienso en otras muchas cosas, y
contengo mis impulsos, y lloro, dejndole que vague en torno de mi casa
creyndose olvidado, cuando le recuerdo  todas horas. Ay! Que Dios me
d fuerzas! Que no pierda la calma, y pueda resistir  mi bondad
absurda!... Algunas veces lo dudo.

--Oh, Alicia!...

El prncipe lanz esta exclamacin con tono desesperado. Su
presentimiento pasaba  ser una realidad; vea ya  aquel jovenzuelo
moribundo poseyendo lo que l no haba podido alcanzar. Sus ojos
reflejaron una clera homicida.

Esta expresin hostil molest  Alicia, transformndola en otra mujer.
Reaparecieron en ella la mirada dura y la voz cortante que haban
acompaado su llegada.

--Acabemos. He venido para devolverte tu dinero. No quieres recibirlo?
Insistes en tu negativa?... Yo encontrar el medio de que lo aceptes.
Buenas noches, Miguel!

Efectivamente, haba cerrado la noche, y el prncipe la vi perderse en
la penumbra de la calle por donde haba llegado; una calle sin otra luz
que la de un macilento reverbero azul.

Pens un momento en cerrarle el paso, suplicante y humilde... No iba 
verla ms: estaba convencido de ello. Pero al mismo tiempo tuvo la
percepcin de la inutilidad de su insistencia. Quera ser olvidada por
l; aquella entrevista slo haba sido para suprimir todo lo que quedaba
entre los dos como rastro del pasado... Y dej que se alejase.

A partir de este da, la existencia del prncipe careca de objeto. Algo
se haba roto en su interior: la voluntad, desmenuzndose en polvo, que
envolva sus sentidos como una niebla. Qu hacer?... Ni el ms angosto
sendero quedaba abierto ante su iniciativa. Alicia le odiaba como si
fuese un enemigo. Adis para siempre!... Quedaba el otro, pero este
hombre era invulnerable para l.

Le bastaba recordar lo ocurrido en el castillo de Lewis, para ver
cortados todos sus intentos de accin. Maldijo aquel sentimentalismo
eslavo, confuso  incoherente, igual al de su madre, que no le permita
insistir en la maldad, hacindole caer, cuando menos lo esperaba, en
exageradas sumisiones. Ay, sus lgrimas de arrepentimiento! Aquel beso
en la mano del adversario!... Si evitaba el volver al Casino, era por no
encontrarse con Martnez y aquellos dos capitanes que haban presenciado
el incomprensible final del duelo... Ya no saba imponer su voluntad; la
antigua dureza de su carcter se haba disuelto en la catstrofe de sus
deseos.

Volvi  encerrarse en Villa-Sirena, para no ver  nadie. Odiaba  las
gentes y al mismo tiempo pensaba con cierto miedo en las disimuladas
sonrisas que podan saludar su paso, en los comentarios que surgiran 
sus espaldas.

Don Marcos era el nico compaero de esta soledad; y Lubimoff, que en
los primeros das slo cruzaba con l contadas palabras, acab por
desear que volviese pronto de Monte-Carlo, al cerrar la noche, para oir
sus noticias, que en otro tiempo hubiese considerado insignificantes.
Entablaban largas conversaciones sobre lo que ocurra en el Casino 
sobre los acontecimientos del mundo. Era la curiosidad del preso  del
enfermo, que agranda el inters de las cosas con una desorientacin
producto de la inmovilidad y del encierro.

El coronel conceda cada vez menos importancia  los sucesos de la vida
ordinaria. Toda su atencin la haba concentrado en las costas del
Atlntico y la opuesta ribera ocenica.

--Siguen llegando!--deca alegremente, luego de saludar  su
prncipe--. Contina el desembarque de los americanos: una verdadera
cruzada. Son centenares de miles; son millones... Y pensar que muchos
ignorantes consideraban un _bluff_ lo del envo de los ejrcitos de
Amrica!

Se indignaba de buena fe contra la tal ignorancia, olvidado ya de sus
escepticismos de meses antes.

--Un gran pas!... Y ese Wilson, qu hombre!

Ahora crea al pueblo americano capaz de realizar todo lo que se
propusiera, por inaudito que fuese; pero sus ideas tradicionales le
impedan sentir un largo entusiasmo por algo colectivo y abstracto, sin
fisonoma humana. El antiguo partidario de la monarqua absoluta
prefera  los individuos: un hombre que pensase por los dems,
imponindoles sus rdenes. Y  las pocas palabras, su entusiasmo por la
democracia americana lo recoga para depositarlo reconcentrado sobre la
cabeza de Wilson.

--El primer hombre del mundo!

Se humedecan sus ojos con un fervor de idlatra al leer los discursos
del Presidente; agotaba todo su lxico de palabras laudatorias para
expresar su admiracin por este personaje que haca desnudar la espada 
un gran pueblo, desinteresadamente, en defensa de la justicia y la
libertad, y profetizaba al mismo tiempo un porvenir de paz para los
humanos, sin naciones rapaces que amenazasen la vida de los humildes y
los dbiles.

Una noche encontr algo nuevo para hacer patente su admiracin.

--Qu poeta!

Lubimoff,  pesar de su melancola, empez  reir. El presidente Wilson
un poeta!...

Don Marcos, balbuceando ante la risa de su prncipe, intent explicarse.
No encontraba la palabra exacta para precisar su pensamiento, pero
insisti, considerndolo justo. Un poeta era para l un vidente que dice
cosas muy hermosas sobre el futuro de los hombres; un profeta que suea
en la cumbre, abarcando con la mirada lo que no puede ver el vulgo
hormigueante  sus pies; un ser que, al hablar, sea en la forma que sea,
consigue que parpadeen de emocin los ojos de los que le escuchan,
mientras un escalofro corre por sus espaldas.

Se enred su lengua al decir esto, pero  travs de los balbuceos surga
una firme conviccin, incapaz de rectificarse.

--En fin, yo me entiendo. Para m, es un poeta: un hombre con alas...
con unas alas muy largas.

Volvi  reir el prncipe. Wilson con alas!... Se imagin al Presidente
con un sombrero de copa, sus lentes, su sonrisa bondadosa, y salindole
de la espalda del chaqu dos tringulos enormes de plumas iguales  las
que llevan los ngeles en los cuadros de la pintura religiosa. Gracioso
coronel!...

Luego qued pensativo, mientras su rostro tomaba una expresin grave.

--Tienes razn--dijo--. Le veo con alas, unas alas tal vez demasiado
largas. Gran cosa para volar, pero cuando se ha de vivir entre los
hombres, marchando sobre el suelo!... Temo que le arrastren; temo que se
las pisen algn da encontrndolas molestas...

Y no hablaron ms.

El prncipe quiso romper esta clausura que se haba impuesto
voluntariamente. Por qu seguir en Villa-Sirena, cerca de unas personas
que ocupaban  todas horas su pensamiento y no deseaba ver?... Lo mejor
era volverse cuanto antes  Pars. Los caones de largo alcance seguan
tirando sobre la capital; casi todas las semanas, escuadrillas de
aviones alemanes hacan una excursin nocturna sobre ella, arrojando
explosivos. Tal viaje ofreca el aliciente de la emocin y del peligro 
este solitario, atormentado en su robustez por una existencia inmvil y
montona, sin otra novedad que el rumiar de nuevo sus recuerdos.

Todas las maanas, al levantarse, formulaba el mismo propsito: Me voy
 Pars. Pero el viaje se iba retardando de semana en semana. Era la
abulia del enfermo que hace proyectos de vida activa, y apenas intenta
realizarlos, vuelve  caer sin fuerzas, y los aplaza para un porvenir
indefinido.

Los detalles ms insignificantes se agigantaban ante su voluntad
enferma. Deba ir  Niza para que le reservasen un sitio en la oficina
de coches-camas. Pensaba en enviar  don Marcos; luego desista,
encontrando preferible ir l mismo. Y pasaban las semanas sin realizar
este breve viaje, preliminar del viaje  Pars, parecindole ambos
igualmente largos. El, que por tres veces haba circunnavegado el
planeta, se encoga de cansancio al pensar en la lentitud de los trenes
impuesta por la guerra, en las diez y seis horas de ferrocarril.

Una tarde, aburrido de sus magnficos jardines, siempre iguales, del
silencio de su casa desierta, de las distracciones crecientes del
coronel, que constantemente tena algo que hacer en Monte-Carlo  en el
pabelln del jardinero, se lanz  pie hasta la ciudad y tuvo un
encuentro.

Sus pasos le llevaron maquinalmente hacia los bulevares altos, cerca de
la calle donde estaba Villa-Rosa. Al darse cuenta quiso retroceder, y
entonces fu cuando vi venir por la acera opuesta al teniente Martnez,
en la misma direccin que segua l momentos antes.

Le pareci ms alto, ms fuerte, como envuelto en un halo de gloria. Su
uniforme era el mismo, rapado y envejecido por varios aos de guerra,
pero el prncipe lo vi enteramente nuevo y con un brillo deslumbrador.
Todo en su persona resultaba magnfico y pareca iluminar las cosas con
su contacto. Tal vez su rostro estaba ms exange y anguloso, pero
Miguel se imagin que irradiaba cierto esplendor interno, compuesto de
satisfaccin y de orgullo. Una especie de mscara impalpable, de
envoltura astral, le hermoseaba, dndole una segunda fisonoma,
apolnica y triunfadora.

Se cruzaron sin saludarse. El teniente fingi no verle, mientras
Lubimoff le segua con una mirada interrogante. Qu es lo que haba de
nuevo en este hombre? Dud de su falta de salud, de su peligrosa
situacin que tanto preocupaba  los mdicos. Todo mentiras, para
interesar  las damas! Se fij en la firmeza arrogante de su paso, en el
aire de jovenzuelo con que agitaba el junco que le serva de bastn.

Al perderlo de vista an lo vi mejor. Su imaginacin fu evocando
vigorosamente ciertos detalles sobre los que haba resbalado insensible
su mirada. Algo surgi con un relieve doloroso en su memoria: varias
rosas, un pequeo grupo de rosas que el militar llevaba sobre el pecho,
entre dos botones de su uniforme. Un oficial con flores! Eso era lo que
haba herido sus ojos desde el primer instante, con tal extraeza, que
perturb su visin. Ay, estas flores!...

Pas el resto del da pensando en ellas. Al tenderse en su lecho, la
obscuridad simplific la maraa de pensamientos y dudas que se revolva
en su cerebro. Lo vi todo con una nitidez fra y cortante. Ya ha
sido!

Salt de la cama y encendi luz, paseando furiosamente por su
dormitorio.

--Ya ha sido!...

Repeta las mismas palabras con una obsesin cruel: se arrepinti de su
generosidad, como si fuese un crimen. Por qu no lo mat? Luego
volva  su afirmacin con un acento plaidero, considerando irreparable
lo que ya haba sido. Y por mucho tiempo, en la lobreguez que invadi de
nuevo el dormitorio, sonaron las maldiciones del prncipe, alternadas
con rugidos de orgullo y angustias de llanto.

Al da siguiente persisti su conviccin. La gracia pueril de la maana,
que infunde optimismos, fu muda para l. Cmo saber la historia de
este suceso sospechado y temido, pero que nunca crey llegara 
realizarse?...

Una desesperada curiosidad le hizo pasar el da entero en Monte-Carlo.
Volvi  encontrarse con Martnez. El oficial sigui adelante, apartando
su mirada para no verle; pero el prncipe crey sorprender en sus ojos
una expresin fugitiva de lstima generosa, la conmiseracin hacia un
rival desgraciado  inofensivo. Tambin llevaba flores: indudablemente
distintas  las del da anterior.

Lubimoff repiti mentalmente sus lamentos de la noche: S, ya ha sido.
Imposible la duda. Pero no se le ocurri matarlo, ni arrepentirse de su
generosidad. Todo intil! Slo pens con envidia en las gentes de
abajo, en los impulsivos que sienten con simpleza sus pasiones, sin el
estorbo del honor y la palabra empeada; en los hombres que saltan por
encima de leyes y costumbres, y cuando quieren matar, matan.

Lo haba visto ms demacrado que nunca, con unos ojos de fiebre: pero
ay, aquella mscara impalpable de vanidad juvenil, de triunfo, de
satisfaccin, que irradiaba en torno de su cabeza un nimbo de gloria!...

En la noche, Toledo se vi repelido bruscamente por su prncipe al
intentar comunicarle una carta que haba recibido de Pars. El
administrador se impacientaba: peda una contestacin  Su Alteza sobre
la venta de Villa-Sirena.

--No s; djame en paz... Lo mejor ser que trate esto directamente. Ir
maana  Niza para arreglar mi viaje  Pars... Maana no; pasado
maana.

No pudo explicarse por qu concedi un da ms  su inaccin: fu un
diferimiento maquinal, sin motivo alguno. Al da siguiente, despus del
almuerzo, se arrepinti, pero ya era tarde para encontrar al chfer que
le haba servido la tarde del duelo, y que don Marcos acababa de
ascender al rango de proveedor de Su Alteza.

Adnde ir, seguro de no tropezarse con las personas que ocupaban su
recuerdo?... Cuando empezaba  caer la tarde se dirigi  las terrazas
del Casino. Un concierto al aire libre atraa enorme concurrencia. No
era fcil que Martnez y la otra se exhibiesen ante esta muchedumbre.

Se imagin vivir en los tiempos de paz; haber retrocedido  uno de
aquellos inviernos privilegiados que empujaban hacia la Costa Azul  los
ricos del planeta. Las dos terrazas estaban llenas de gente de buen
aspecto. El caoneo de Pars y los ataques de los _gothas_ mantenan en
Monte-Carlo  muchas damas elegantes que en otro tiempo hubiesen
considerado perdido su honor al permanecer en esta ribera calurosa
pasado el invierno.

Faltaban sillas; gran parte del pblico estaba sentado en las
balaustradas y las escalinatas. En torno del kiosco de la orquesta haba
una masa de suaves colores, formada por los sombreros femeninos, los
trajes primaverales, los inquietos abanicos. Frente  las terrazas se
extenda el mar entre promontorios color de rosa. Las velas lejanas
parecan arder, enrojecidas por el sol moribundo. La msica se
amplificaba voluptuosamente al resbalar sobre la epidermis violeta del
Mediterrneo y el cristal opalino de la tarde.

Nadie pensaba en la guerra; era una calamidad de otras tierras y otros
cielos. Hasta los convalecientes con uniforme, que vivan esta hora
dulce, respirando la brisa salada, escuchando los quejidos de los
violines y rodeados de mujeres vistosas, parecan no acordarse. Muchos
ojos seguan el avance por la lnea del horizonte de un rosario de
vapores pintarrajeados, como bestias fabulosas,  los que daban escolta
varios torpederos. Pero el arrullo de la msica penetrando al mismo
tiempo por los odos quitaba toda significacin  este medroso disfraz
de los buques y  la lentitud recelosa con que se deslizaban frente  la
costa del placer.

Cuando, despus de las siete, termin el concierto, las terrazas se
despoblaron. Unicamente siguieron en los bancos algunas parejas, que
retardaban el instante de la separacin conversando quedamente en el
silencio azul del crepsculo.

El prncipe pudo marchar de un extremo  otro del paseo ms bajo, sin
tener que sufrir el contacto de la muchedumbre.

De pronto se detuvo, con una sensacin de sorpresa y dolor, como si
acabase de recibir un golpe en el pecho. Por la amplia escalinata que
pone en comunicacin  ambas terrazas descenda una pareja. Su instinto
los reconoci  los dos antes que su mirada. Un militar, el teniente
Martnez... y ella!

Iba de luto, lo mismo que la haba visto junto  la iglesia; pero
caminaba con menos resolucin, encogida y temerosa al verse en este
sitio ocupado poco antes por casi todos los vecinos de la ciudad.

Hablaban mientras descendan con lento paso. Abstrados en contemplar el
mar, no torcieron su vista hacia el sitio en que permaneca inmvil
Lubimoff. Tomaron una direccin opuesta al llegar abajo, y el prncipe
pudo seguirles.

Sinti que un poder extraordinario de adivinacin aguzaba sus
facultades; una doble vista que le permita ver y estudiar los rostros
de los dos,  pesar de que marchaba  sus espaldas.

Ay, este paseo! Era el ansia de luz y de aire libre que se experimenta
despus de un encierro dulce; la necesidad insolente de mostrar la
propia dicha en pblico, cuando empiezan  resultar pesadas las horas
felices, por su montona repeticin; el deseo de prolongar  la vista de
todos la intimidad secreta, con el incentivo de tener que fingir,
ocultando los verdaderos sentimientos.

Miguel consider indiscutibles sus adivinaciones. Era el oficial, sin
duda, quien haba propuesto este paseo. El orgullo de marchar por un
lugar pblico con una dama clebre, pensando al mismo tiempo en sus
nuevos derechos!... Ya no pudo dudar ms de la imagen que le haba hecho
rugir en el silencio de la noche... Haba sido!... Haba sido!

El aspecto de ella repela toda duda. Marchaba con cierto desaliento,
como el que se ve obligado  seguir adelante contra sus fuerzas. Vi su
rostro sin verlo. Era triste, profundamente triste, con la melancola
del cado que tiene conciencia de su abyeccin y la considera sin
remedio, por ser obra de un fatalismo irresistible, por estar sus causas
ms all del radio de la voluntad.

Ladeaba la cabeza hacia su acompaante para mirarle. Deba ser una
mirada de prisionera agradecida que quiere olvidar las miserias del
remordimiento y se siente contenta sensualmente en la vergonzosa
esclavitud. Mientras su alma se encoga ante el recuerdo, su cuerpo se
inclinaba con una atraccin material hacia aquel otro cuerpo, buscando
instintivamente el contacto que haca reflorecer su juventud con una
nueva primavera; primavera triste, como lo son las sorpresas del
destino, pero ms dulce que las horas cenicientas de la soledad.

El odio, la repugnancia, la indignacin por la dicha ajena, hicieron
detenerse al prncipe. Para qu seguirlos?... Podan volver la cabeza y
verle. Se avergonz al pensar en un encuentro. Miserables!... Deba
existir alguien en lo alto que castigase estas cosas.

Y se alej de ellos, caminando hacia el otro extremo del paseo para
bajar al puerto de La Condamine.

Iba  salir de la terraza, cuando ocurri algo  sus espaldas que le
hizo detenerse. Los grupos sentados en los bancos se levantaban
precipitadamente, y luego de hablar corran hacia el mismo sitio de
donde vena l. Oy gritos, gentes que se llamaban. Una noticia pareca
circular por los dos planos del jardn, haciendo surgir personas de los
senderos, de los grupos de palmeras, de las murallas de vegetacin.

Lubimoff se dej arrastrar por esta alarma, volviendo sobre sus pasos.
Vi de lejos una mancha creciente y bullidora, un grupo al que se iban
uniendo las filas serpenteantes de curiosos que bajaban corriendo las
escalinatas. El jardn, momentos antes despoblado, vomitaba personas por
todas sus aberturas.

Al aproximarse al grupo, pudo oir los comentarios de varios curiosos
sueltos que instruan  los que llegaban.

--Un oficial convaleciente... Iba paseando con una seora... De pronto,
cae redondo... lo mismo que si lo hubiese herido un rayo... Ah est.

S; all estaba Martnez, en el centro de la masa humana, como una pobre
cosa, tendido en el suelo, guardando la misma actitud de su cada, con
el cuerpo en forma de Z: la cabeza en ngulo recto sobre su pecho, las
piernas dobladas trazando otro ngulo. Lubimoff avanz hasta asomar sus
ojos sobre la primera fila de mirones estupefactos. Un ronquido
continuo, un estertor de pobre bestia agonizante sala de su boca
espumosa. En el cuerpo inmvil, la nica manifestacin de vida era aquel
aullido repitindose con una regularidad cronomtrica, sin cambiar de
tono.

Los oficiales abandonaban  sus compaeras para meterse en el centro del
corro. Al reconocer  Martnez, su sorpresa tomaba una expresin
acariciante y fraternal.

--Antonio!... Antonio!

Se inclinaban sobre l para hablarle al odo, como si durmiese; pero
Antonio no escuchaba. Uno de sus ojos permaneca oculto en la tierra del
paseo; una piedrecita haba saltado sobre los prpados del otro. Todo un
lado de su uniforme estaba blanco de polvo. El feroz ronquido era lo
nico que responda  los cariosos llamamientos.

Un mdico militar salido de la masa tomaba sus manos, examinando su
pulso con un gesto de impotencia. Le haban dado muchos ataques como
ste; deseaba que no fuese el ltimo...

Arrodillada en el suelo vi  Alicia, absorta por la sorpresa, mostrando
las sinuosas lneas de su dorso bajo las ropas de luto, olvidada de todo
lo que exista en torno de ella, fijos sus ojos en aquel hombre que
minutos antes marchaba  su lado hablando, sonriendo, convencido de que
la vida es una felicidad, y ahora estaba tendido en el polvo, anguloso y
flcido, como una pobre cosa que se vaca entre estertores.

Se levant, avisada por el instinto, no queriendo permanecer  la vista
de la gente en aquella postura. Sus ojos enormes, inexpresivos,
asustados, fueron mirando alrededor, sin reconocer  nadie. Al
encontrarse un momento con los de Miguel parpadearon, suplicantes. Pero
el prncipe se ocult detrs de la primera fila de curiosos, agachando
su cabeza, y los ojos de ella siguieron adelante en su visin circular,
nuevamente apagados, creyendo sin duda en un error de la ilusin.

Al quedar de pie Alicia, las gentes se la mostraban. Esta era la dama
que acompaaba al oficial. Algunos la reconocan, repitiendo su nombre:
la duquesa de Delille. Por instintiva repulsin,  por el cobarde
deseo de no verse mezclados en historias, nadie la hablaba, dejndola
sola en el centro del grupo, con sus ojos estupefactos que imploraban un
auxilio, sin saber cul.

Personas de buena voluntad empezaron  desarrollar sus iniciativas
autoritarias.

--Aire!... dejen aire!

Daban empellones para hacer mayor el crculo en torno del cado; pero
inmediatamente se volvan hacia ste, ordenando socorros intiles, y
otra vez se estrechaba el espacio, llegando los pies de los ms
avanzados junto  la boca aulladora del moribundo.

Una jovencita haba trotado espontneamente hasta el _bar_ de la entrada
del Casino, volviendo con un vaso de agua.

--Antonio!... Antonio!

Los arrodillados compaeros le llamaban en vano, pugnando por entreabrir
sus mandbulas y obligarle  beber. Su boca repela el lquido, para
seguir repitiendo el doloroso rugido.

Empezaron  llegar seoras de las salas de juego, atradas por la
noticia. Todas conocan  la duquesa; y la miraron con cierta
hostilidad, despus de contemplar al moribundo. El prncipe oy
fragmentos de sus comentarios: Un pobre que viva milagrosamente... La
ms leve emocin... Esa mujer...

Ms all del grupo correteaban los guardias del jardn transmitindose
rdenes. Haban aparecido los bomberos, aquellos bomberos que, segn el
rumor pblico, se filtraban mgicamente  travs de los muros del Casino
para llevarse  los jugadores cados en las salas.

Esta vez les faltaba la camilla. Los curiosos se apartaron para abrir
paso  una extraordinaria novedad. Un carruaje de alquiler iba avanzando
por las terrazas, lugar vedado  los vehculos.

Lubimoff vi cmo se elevaba la duquesa repentinamente sobre las cabezas
del gento. Acababa de subir al carruaje y se mantuvo de pie en l, con
la mirada perdida y un rostro inexpresivo de sonmbula. Tal vez haba
hecho esto sin reflexin; tal vez el mdico militar la invit  subir,
creyndola de la familia del enfermo. Varios hombres con uniforme
levantaron el cuerpo innime del oficial.

Continuaba su ronquido desgarrador.

Y entonces, ante la muchedumbre, que no poda ver con sus ojos
estupefactos, Alicia procedi como si estuviese sola. Acababa de dejarse
caer en el asiento,  hizo que pusieran sobre sus rodillas aquel cuerpo
igual  un cadver. Ella misma, mientras lo sostena con un brazo, dobl
con el otro la aulladora cabeza, hacindola descansar en uno de sus
hombros.

El carruaje se puso en marcha lentamente hacia el hotel de los
oficiales, seguido de una gran parte del pblico. El mdico iba  pie,
recomendando al cochero que marchase despacio.

Miguel la vi pasar, rgida, los ojos agrandados por el asombro, la boca
crispada por el dolor, con aquel moribundo en sus rodillas. Su actitud
era la misma de la madre divina al pie de la cruz, pero con algo impuro
y vergonzoso en su pena que haca inadmisible la imagen. Oh, Venus
dolorosa!

No pudo continuar sus pensamientos. Se sinti empujado rudamente por una
mujer con uniforme. Era Mary Lewis que corra, abriendo todo el amplio
comps de sus piernas, para alcanzar al carruaje. Esta amazona del bien
siempre llegaba  tiempo para encontrarse con el dolor.

Lubimoff vi como se alejaba poco  poco el vehculo con su orla de
gento. La marcha hasta el hotel iba  resultar interminable; todo
Monte-Carlo presenciara su paso.

Se sinti triste, muy triste. Aquel oficial era su enemigo; pero la
muerte!...

Alicia le inspiraba menos conmiseracin. Sonri con una sonrisa perversa
al contemplar por ltima vez el carruaje y su squito que iba en
aumento.

Como escndalo, no era flojo el que acababa de dar la duquesa de
Delille.




XI


Dos das despus, Lubimoff vi salir, una maana, al coronel, vestido de
negro.

Iba al entierro de Martnez. El y Novoa, como espaoles, tenan el deber
de acompaar al hroe en su ltimo viaje sobre la tierra.

A la vuelta relat al prncipe sus impresiones, con una concisin
dolorosa. Unos cuantos oficiales convalecientes haban seguido al
fretro. El profesor y l eran los nicos acompaantes con traje civil;
pero aquellos muchachos heroicos y amables le obligaban  presidir el
duelo, por ser coronel y compatriota del difunto.

Describi el cementerio de Beausoleil,  media falda de la montaa en
cuya cumbre est La Turbie. A causa de la guerra, haban tenido que
ensancharlo con varias mesetas formando escalinata, y desde estas
explanadas se abarcaba un paisaje magnfico: Monte-Carlo y Mnaco 
vista de pjaro, Cap-Martin avanzando sobre las olas, y el infinito del
mar subiendo y subiendo, hasta confundirse con el cielo. Un monumento
con un gallo en su cspide, arrogante y victorioso, guardaba los restos
de los combatientes muertos por Francia. Don Marcos an estaba conmovido
por sus propias palabras, dichas en medio de un profundo silencio ante
la puerta de esta tumba comn que iba  tragarse para siempre el cadver
de Martnez.

--Habl para hombres--dijo Toledo con orgullo--, para hombres
estropeados por la guerra; un pblico de hroes... No ha habido en el
entierro una sola mujer.

Esto fu lo ms interesante para el prncipe: Ni una mujer. Y volvi
 preguntarse una vez ms qu sera de Alicia.

Al caer la tarde, cuando estaba paseando por sus jardines, vi venir 
lady Lewis precedida del coronel.

Se refugi el prncipe en su casa. La enfermera llegaba indudablemente
con un grupo de convalecientes ingleses, deseosa de corretear entre los
rboles, de coger flores, y l se senta falto de fuerzas para escuchar
su parloteo de pjaro herido y alegre, aquel contento tenaz que se
prolongaba,  travs del dolor, hasta los umbrales de la muerte.

Suba el prncipe la escalera para ocultarse en sus habitaciones altas,
cuando le alcanz el coronel; y antes de que ste le hablase, lo
interpel con violencia. No quera ver  la enfermera... Que pasease con
sus ingleses por todos los jardines: poda disponer de ellos como si
fuesen de su propiedad; pero que le dejase tranquilo.

--Marqus--dijo Toledo--, la lady viene sola y necesita hablar con Su
Alteza. Tiene algo importante que decirle.

El prncipe y la enfermera ocuparon unos sillones de junco fuera de la
casa, en una plazoleta rodeada de frondosos rboles. Una fuente rea
bajo el desgrane de su perezoso surtidor.

La luz verdosa reflejada por la arboleda haca  lady Lewis ms dbil y
exange. Los restos de su vida parecan concentrarse en sus ojos antes
de huir perdindose en el espacio como un flido incautivable. El
prncipe iba olvidando su reciente clera. Pobre lady!...

Volvi  sentir por ella ternura y respeto. Su miseria fsica acababa
por convertir la lstima en esa admiracin que inspira siempre el
sacrificio desinteresado.

Ella, acostumbrada  vivir entre los grandes dolores,  presenciar
catstrofes, tena en poco las conveniencias que rigen la vida
ordinaria, y habl inmediatamente, con cierta rudeza militar, del motivo
de su visita.

Vena de parte de la duquesa de Delille. Haba pasado los dos ltimos
das en Villa-Rosa, durmiendo all para no abandonar un solo momento 
Alicia. Su desesperacin primeramente y luego su abatimiento le
inspiraban miedo. Haba intentado matarse.

--Pobre mujer!... Al fin se seren, viendo la verdadera luz,
reconociendo su camino. Estoy satisfecha de haberlo logrado con mis
palabras.

Los ojos interrogantes de Lubimoff quedaron fijos en la inglesa. Qu
luz y qu camino eran estos?... Pero otra cosa le interesaba ms: la
causa de su visita, aquella misin que le haba encargado la duquesa
para l.

Lady Lewis adivin sus pensamientos.

--Me ha pedido que le vea, prncipe; es su ltimo deseo al huir del
mundo. Le suplica que se olvide de ella, que no la busque nunca, y sobre
todo que la perdone por el dao que le ha causado involuntariamente. Su
perdn es lo que reclama con ms vehemencia... Cuando yo le diga que
usted no la odia, esto le devolver la tranquilidad que necesita para su
nueva vida.

Miguel qued absorto. Perdonar?... Alicia no le haba causado ningn
dao. Era l mismo quien se atormentaba con sus deseos y sus
desilusiones. De persistir en sus ideas de meses antes, cuando abominaba
de las mujeres, no habra sufrido la menor alteracin en su cuerda
existencia. Adems, dnde estaba? no poda verla?...

Estas preguntas las interrumpi lady Lewis. Continuaba sonriendo
dulcemente, pero su voz revel la firmeza de una voluntad
inquebrantable.

--La duquesa ya no vive en Monte-Carlo; he arreglado todo lo referente 
su viaje. Soy la nica que conoce su paradero, y no lo revelar  nadie.
No la busque, deje que marche en paz hacia la verdad; imagnese que ha
muerto... como han muerto otros, como mueren y seguirn muriendo en
nuestra poca tantos miles de seres  cada nuevo sol... Perdone y
olvide. Pobre mujer!... es tan desgraciada!

Lubimoff comprendi que resultaran intiles todas sus preguntas. Su
curiosidad, por insinuante que fuese, se estrellara contra esta
reserva. Alicia haba desaparecido para siempre... para siempre!

Esto le hizo considerarse ms triste, ms slo. Experiment junto  esta
amazona del dolor humano una confianza igual  la que haba debido
sentir la de Delille en los dos ltimos das. Era un deseo de confesarse
con ella, un impulso instintivo de abrirle el alma, como si de esta
mujer que llevaba  los lechos de muerte un regocijo frvolo de pjaro
pudiese surgir el consejo de la suprema sabidura.

Movi el prncipe la cabeza, murmurando palabras de afirmacin: S;
perdonaba. No quera dejar sobre la otra el ms leve peso de su dolor;
lo guardaba todo para l... Pero  continuacin no pudo resistir el
empuje de este mismo dolor deseoso de exteriorizarse, y sinti extraeza
ante las palabras que se le escapaban, atropellando su voluntad.

--Yo tambin, lady, soy muy desgraciado!

La enfermera no manifest asombro ante tal confidencia. Continu
sonriendo, y dijo lacnicamente:

--Lo s.

Su sonrisa se fu transformando en un gesto de dulce piedad, de
conmiseracin protectora, como si el prncipe fuese un nio necesitado
de sus consejos.

Haba adivinado su desgracia mucho antes de que la duquesa le hablase en
sus horas de desesperada confesin. Se crea desgraciado por
contrariedades de amor; pero esta desgracia slo era la envoltura de
otra ms verdadera y profunda que resida en l, slo en l.

Intentaba mantenerse apartado de sus semejantes, ignorando las
preocupaciones de stos, enquistado en su egosmo, queriendo prolongar
sus goces de los aos tranquilos al margen de la humanidad, que sufra
una de las mayores crisis de su historia. Era comprensible este
alejamiento en un cobarde, dominado por el instinto de conservacin;
pero l era valiente. Poda tolerarse en un hombre cargado de hijos, que
siente  todas horas el imperioso deber de su subsistencia y sufre
miedo; pero l estaba solo en el mundo.

--Todos somos desgraciados, prncipe. Quin no conoce ahora el dolor y
la muerte?

Y habl montonamente de las propias desgracias, como si recitase una
oracin, mientras su sonrisa se iba borrando: aquella sonrisa que
animaba la fealdad anmica de su rostro con una luz vagorosa de aurora.

Seis hermanos suyos haban muerto en una tarde. Pertenecan al mismo
batalln, y ella reciba la noticia de las seis muertes al mismo tiempo.
Treinta y dos individuos de su familia estaban bajo tierra. Muy pocos
de ellos eran militares; llevaban una existencia de placeres antes de la
guerra, disfrutaban de grandes riquezas y ttulos: su vida resultaba tan
dulce como la del prncipe Lubimoff... pero al verse llamados por el
deber!...

Nadie escoge su lugar antes de venir al mundo; ninguno puede decidir
cul ser su patria y cul su linaje. Nacemos arriba  abajo,  capricho
del azar, y amoldamos la historia de nuestra existencia al sitio que nos
design el acaso. Tampoco puede nadie escoger su poca. Los que nacen en
perodos de paz, cuando la humanidad permanece en calma y el salvajismo
prehistrico dormita dentro del caparazn formado por las
civilizaciones, son dichosos; tan dichosos como los que vienen  la vida
en una casa poderosa y se ven exentos de batallar por la subsistencia.

--Pero cuando nacemos en una poca de locura--continu--, debemos
resignarnos y amoldarnos  ella, sin huir el hombro  la carga penosa.
Tenemos el deber de sufrir para que otros sean felices despus, como
sufrieron los antepasados por nosotros.

Su dolor al recibir la noticia de aquella muerte en masa de sus
hermanos!... Ella no se tena por un ser extraordinario; era simplemente
una mujer como todas, y llor, entregndose  la desesperacin. Luego,
una idea iba esparciendo por su pensamiento cierta frescura bienhechora.
Si hubiesen hombres inmortales!... Entonces s que resultara horrible
la desesperacin, al pensar que el muerto poda haberse librado de la
muerte mantenindose lejos del peligro. Pero nadie era inmortal.

Morir bajo el proyectil  bajo el microbio, era morir lo mismo. Slo
variaba la postura, y para muchos ofreca mayor seduccin volver  la
tierra de un modo fulminante, en plena embriaguez heroica, con una idea
generosa en el pensamiento, que extinguirse lentamente entre sbanas,
frente  una pared, manchado y envilecido por todas las suciedades de
una materialidad que empieza  disgregarse.

Era el santo miedo, guardin de nuestra conservacin, el que perturbaba
 las gentes, ocultndoles la terrible verdad que existe al trmino de
toda vida. Las gentes cuerdas consideraban una locura el ir al encuentro
de la muerte. Muy bien si la muerte fuese algo inmvil que slo pone su
mano en el que se le acerca... Pero si el hombre no va en su busca, ella
corre con pasos de cien leguas en busca del hombre. Quin puede
adivinar el momento del encuentro?... Lo mejor era despreciarla, no
concederle el tributo de un recuerdo continuo, engendrador de angustias
y miedos.

Adems, la muerte en el lecho resultaba una muerte infructuosa y
estril. A quin poda servir, aparte de los herederos?... La otra
muerte por una idea, aunque fuese errnea, representaba una afirmacin,
un acto de energa y de fe, y con la suma de tales actos se va tejiendo
la historia noble de la humanidad.

El prncipe admir la sencillez con que esta mujer casi moribunda
ensalzaba el herosmo de la vida despreciando  la muerte.

Haba colocado su pensamiento en lo alto, ms all de los egosmos y los
deseos que forman la trama de la vida ordinaria. Si todos hiciesen lo
que les conviene nicamente, la humanidad en masa no tendra por qu
considerarse superior  los animales.

La lady posea un ideal: sacrificarse por sus semejantes; servirles aun
 costa de su existencia. Casi se congratulaba de la guerra, que la
haba ayudado  encontrar el verdadero camino. En tiempo de paz hubiese
hecho lo que todas: uniendo su suerte  la de un hombre, para tener
hijos y constituir una familia. El egosmo amoroso resume el mundo en
dos seres; el egosmo de la madre no reconoce nada interesante ms all
de su prole. Unicamente cuando llega la vejez y se han desvanecido las
perspectivas ilusorias de la vida se reconoce la gran verdad,  sea que
hay que interesarse y sacrificarse por todos los que existen... Pero la
piedad de la vejez es infructuosa y corta. Mary Lewis se consideraba
feliz por haberse lanzado desde el primer momento en la buena direccin,
sin el largo rodeo de los otros para llegar tarde  la verdad.

--Yo he tenido mi novela, como todos.

Dijo esto con sencillez, pero al mismo tiempo la poca sangre que le
restaba anim su rostro con tenue rubor, como si fuese  confesar algo
extraordinario.

Un hombre estudioso la amaba; un antiguo secretario de su padre el
gobernador colonial. Slo una vez se haban confesado este amor. Luego
continuaron su vida como siempre, guardando cada uno su secreto,
poniendo la realizacin de sus ilusiones en un porvenir indeterminado...
Pero llegaba la guerra.

El haba corrido de los primeros  alistarse como voluntario: Mary, soy
soldado. Y Mary haba respondido: Hace usted bien. Se escriban de
tarde en tarde breves cartas. Tenan cosas ms importantes que hacer. El
no posea la hermosura y la fuerza del hroe, como los hermanos de lady
Lewis. Hasta sospechaba sta que su aspecto era poco militar,  causa de
los torpes movimientos de una vida vegetativa acostumbrada  encorvarse
sobre la mesa de escribir. Pero cumpla su deber, y ms de una vez le
haban citado por sus fras audacias.

Nunca se realizaran los deseos de los dos. Aunque ella alcanzase 
vivir despus de la guerra, continuara su existencia presente en los
hospitales civiles, en los pases remotos azotados por las epidemias. El
tal vez se casase con otra,  tal vez permanecera fiel  su recuerdo,
dedicndose por su parte  remediar el dolor de los hombres. Mas
viviran alejados, yendo adonde les llamase su deber, pensando  todas
horas uno en el otro, pero sin verse, como los monjes letrados y las
religiosas apasionadas que en otros siglos llenaban su existencia con
una amistad espiritual sostenida desde sus lejanos monasterios.

Miguel volvi  admirar esta abnegacin. Lady Lewis perteneca al
pequeo grupo de elegidos que desconocen el egosmo y ansan
sacrificarse por el bien;  las eternas santas que existieron antes del
nacimiento de las religiones, y que continuarn floreciendo lo mismo
cuando la duda haya acabado de arruinar las creencias actuales.

--Usted es un ngel--dijo el prncipe.

--No--protest ella-: yo soy una amorosa, una gran amorosa.

Lubimoff sonri con cierta lstima.

--Amorosa usted, lady?...

Ella sigui hablando, como si le molestase la extraeza de su oyente.
Qu era el amor de los otras mujeres comparado con el suyo? Ponan su
ternura, su deseo de sacrificio, en un solo hombre. Ms all de l no
encontraban nada digno de inters. Ella amaba  todos los hombres, 
todos! hasta aquellos enemigos que haba cuidado muchas veces en las
ambulancias del frente. Estaban engaados; y si realmente haban sido
perversos y deseaban continuar sindolo, ella slo les vea en su estado
actual, tendidos en una cama, con las carnes rotas, amenazados por la
muerte. Eran unos desgraciados nada ms, y esto bastaba para que
olvidase su origen.

Deseaba el triunfo de los suyos, porque los otros representaban la
exaltacin de la fuerza brutal, la divinizacin de la guerra, y ella
quera que no hubiese ms guerras. El amor imperando sobre el mundo
entero!... Harta desgracia era que los hombres no pudieran suprimir con
igual facilidad la pobreza, el dolor y la muerte, divinidades negras que
nos toman al nacer y con las que batallamos hasta el ltimo momento.

--Yo amo todo lo que vive: las personas, los animales, las flores. Qu
es al lado de esto el amor entre hombre y mujer, que las gentes
consideran el nico amor y no es mas que el egosmo de dos seres
apartados de sus semejantes, viviendo slo para ellos?... Mi amor
tambin es un egosmo, lo reconozco; tal vez algo peor: un orgullo. Si
usted conociese mis alegras cuando he salvado de la muerte  uno de mis
_flirts_,  uno de esos pobres heridos que no ver ms!... No me admire,
prncipe, no me compadezca. Soy nicamente una pobre mujer: nada de
ngel! Adems, muy mala; tengo mis remordimientos, como todos.

--Usted, lady!...--volvi  exclamar el prncipe con un gesto de
incredulidad.

Y ella, para que el otro no dudase, se apresur  contar el gran pecado
de su existencia. Viajando por Andaluca haba visto al borde de un ro
unos muchachos que intentaban ahogar  un perro vagabundo, arrojndole
piedras. Mary cay sobre ellos, loca de clera, apalendolos con su
quitasol. Uno de los chicuelos llor, arrojando sangre por las
narices... Este mal recuerdo haba perturbado muchas de sus noches.
Ahora no poda ver  un nio sin acariciarlo con la vehemencia del
remordimiento.

Tambin haba sostenido disputas en varios pases con los carreteros que
golpean  sus bestias, con los dueos de hotel que no le permitan
guardar en su habitacin los perros y gatos sin dueo encontrados en las
calles.

Antes de la guerra, su lstima era toda para los animales. La humanidad
sabe defenderse. Pero ahora, las matanzas de seres uniformados desviaban
su dulce ternura hacia los hombres. Estaban ms faltos de cario y
proteccin que las pobres bestias.

El recuerdo de sus _flirts_, que  estas horas se removan en sus camas
cubiertos de vendajes, ansiosos de la presencia de lady Lewis, 
permanecan en un banco con los ojos inmviles vueltos hacia el sol,
negndose  pasear por faltarles el suave apoyo de su brazo, le hizo
abandonar su asiento. Adis, prncipe! Los enamorados la esperaban.

Puesta de pie, record el motivo de su visita, hablando de nuevo con
aquel tono que revelaba su firme voluntad.

Era intil que buscase  la duquesa. La pobre, despus de tantas
desorientaciones en su vida, acababa de encontrar el verdadero sendero,
el mismo que ella, ms afortunada, haba seguido en plena juventud. La
virgen dolorosa habl con naturalidad del pasado de Alicia. Lo conoca
todo. En el silencio de Villa-Rosa, la otra se haba confesado
desesperadamente, sin que la enfermera sintiese escndalo ni asombro.
Qu representaba esta catstrofe moral de una simple persona, cuando el
mundo vea  cada minuto los ms inauditos crmenes!...

--Parti esta maana, y est muy lejos... muy lejos!--dijo la lady--.
Es posible que jams vuelvan  verse... Yo le escribir que usted la
perdona, y esto le proporcionar la tranquilidad que necesita en su
nueva existencia.

El prncipe la fu acompaando hacia la salida de sus jardines. Durante
el camino volvi  lamentarse. Necesitaba exteriorizar el desaliento en
que le haba dejado la resistencia de la inglesa  decirle el paradero
de Alicia.

--Soy muy desgraciado, lady.

--Lo creo--contest ella--. Mis desgracias son ms grandes que las de
usted, pero las sobrellevo mejor.

Para Mary, la vida era  modo de una balanza. En un platillo caa el
infortunio: nadie se libraba de este peso; pero haba que equilibrar el
espritu colocando en el platillo opuesto algo grande, un ideal, una
esperanza. Ella haba encontrado el contrapeso necesario: el amor  todo
lo existente, el sacrificio por los semejantes, la abnegacin en todos
los momentos.

Qu tena el prncipe para contrabalancear las sacudidas del
destino?... Nada. Segua viviendo como en los aos de paz, pensando
nicamente en l. Era todava como haban sido los dems hombres antes
de que la guerra los sacase de su individualismo egosta, haciendo
reflorecer las virtudes de la solidaridad y el sacrificio. Por eso
bastaba un simple obstculo  sus deseos, un desengao amoroso, algo que
slo puede perturbar la vida de un adolescente, para que se considerase
desgraciado... Ah, si tuviera un ideal superior! Si pensara menos en
l y ms en los hombres!

Se estrecharon los manos junto  la verja.

--Adis, lady!--dijo el prncipe inclinndose.

De estar don Marcos presente, hubiese reconocido esta voz. Era la misma
de la tarde del desafo, cuando encontr  la inglesa con los dos
ciegos; una voz hermosamente grave, en la que parecan gotear lgrimas.

Toledo slo apareci algunos instantes despus, saliendo del pabelln
del jardinero, para encontrarse con el prncipe, que regresaba pensativo
hacia su villa.

Lubimoff habl para darle una orden con tono duro.

--Me marcho  Pars... Quiero salir maana; arregla lo necesario.

Luego, al fijar sus ojos en el coronel, continu, con voz ms dulce:

--Creo que nunca volver aqu... Voy  vender Villa-Sirena.




XII


Don Marcos desciende por los jardines pblicos hacia la plaza del
Casino, en conversacin con un militar.

Ya no es el ceremonioso coronel que besaba manos viejas y nobles en los
salones de juego y asista como inevitable comensal  los almuerzos de
todas las familias linajudas de paso en el Hotel de Pars. Nada recuerda
en su persona los levitones forrados de terciopelo, los sombreros de
seda blanca y dems esplendores de su elegancia original. Va sobriamente
vestido de obscuro, y su aspecto tiene algo de rstico; revela al hombre
que vive en el campo, gusta de cultivar la tierra y se siente cohibido
al volver  la existencia urbana. Lleva puestos los guantes, lo mismo
que en sus buenos tiempos; pero ahora es por necesidad. Sus manos le
recuerdan cierto exiguo jardn en torno de una villa diminuta, con
cinco rboles, doce rosales y unos cuarenta arbustos ms, que conoce uno
por uno, dndoles nombres propios, cuidndolos y regndolos
fervorosamente hasta encallecer sus dedos.

El militar tambin marcha como un hombre de campo, mirando  todos lados
curiosamente. Un spero bigote cubre su labio superior, uno de esos
bigotes duros y agresivos que surgen despus de largos aos de continua
rasura. Su uniforme es viejo, desteido por el sol y las lluvias. El
pao amarillento tiene el color neutro de la tierra. Su brazo derecho
pende inerte del hombro y se mueve al ritmo del paso, con el vaivn de
las cosas inanimadas. La mano va cubierta de un guante cuya rigidez
acusa el relieve de algo duro y mecnico. La otra mano se apoya en un
garrote, y una pipa humea en su boca. Sobre sus bocamangas casi se
confunde con el color de la tela un breve y nico galn de oficial.

--Diez meses y veinte das--dice Toledo--que Su Alteza sali de aqu...
Qu de cosas han ocurrido!

El militar es el prncipe Lubimoff: un Lubimoff que parece ms fuerte,
ms sereno y decidido que el del ao anterior,  pesar de su brazo
artificial. La cabeza tiene las mismas canas de antes, discretamente
esparcidas; pero el bigote, al crecer libremente, ha surgido casi
blanco.

Las patillas del coronel son de la misma tonalidad. Con la desaparicin
de sus elegancias cesaron igualmente los cuidados de tocador, y el gris
discreto de un teido prudente ha dejado paso al blanco de una franca
vejez.

Don Marcos seala la plaza hacia la que se dirigen los dos.

--Si hubiese visto Su Alteza esto la noche del armisticio!

La noticia del triunfo haca correr  todas las gentes. Bajaban de
Beausoleil, suban de La Condamine, llegaban del pen de Mnaco. Por
primera vez despus de cuatro aos, se iluminaban de arriba  abajo las
fachadas del Casino, de los hoteles y cafs. La plaza estaba repleta de
gente. Todos parpadeaban deslumbrados, despus de la larga noche en que
les haba tenido sumidos la amenaza submarina. Unos cuantos instrumentos
de cobre rugan la _Marsellesa_, y la muchedumbre, siguiendo las
banderas de los pases aliados, daba vueltas en torno del queso, como
las falenas alrededor de la luz, no queriendo salir de la plaza.

De pronto se haba formado una larga lnea danzante, una farndula, que
empez  correr y saltar, agrandndose en cada una de sus contorsiones.
Todos se agregaban  ella, por el contagio del entusiasmo; el oficial
una su mano con la del soldado; las graves seoras levantaban las
piernas y perdan el sombrero; las seoritas tmidas gritaban, con los
cabellos sueltos; los rostros femeninos tenan esa expresin de locura
entusistica que slo se ve en los das de revolucin. Los cojos
saltaban, los ciegos crean ver, los mancos se agarraban con sus
muones  la fila serpenteante. La _Marsellesa_ pareca un himno
milagroso, comunicando  todos una nueva fuerza. La paz!... la paz!

En una de sus evoluciones, la cabeza de la humana serpiente remontaba
las gradas del Casino, La farndula quera meterse en el atrio, en las
salas de juego, para arrastrar entre sus anillos al pblico,  los
_croupiers_,  las mesas. Toda actividad interesada deba cesar en esta
hora de generosa alegra.

--Ay, los jugadores! Qu enfermedad la del juego, marqus! Al llegar 
la plaza se quitaban el sombrero ante las banderas, faltaba poco para
que llorasen, cantaban una estrofa de la _Marsellesa_. Viva Francia!
Vivan los aliados!... Y  continuacin se metan en el Casino para
apuntar su dinero al mismo nmero de la fecha celebre   otras
combinaciones sugeridas por la paz.

Los porteros, con aire de viejos gendarmes, formaban en masa
heroicamente para rechazar con sus pechos, sus panzas y sus puos la
farndula revoltosa que pretenda introducirse en el solemne palacio.
Parecan indignados. Cundo se haba visto tamaa insolencia?... Buena
era la paz, y el pueblo deba regocijarse; pero meterse en el Casino
como un motn danzante, para interrumpir el funcionamiento de una
industria honrada!... Y haban acabado por repeler gradas abajo aquella
fila de seoras desgreadas por el entusiasmo, de militares condecorados
que olvidaban repentinamente sus enfermedades v sus heridas.

       *       *       *       *       *

El prncipe y Toledo llegan  la plaza y se dirigen  la izquierda del
Casino, donde est el Caf de Pars.

Lubimoff se sienta  una mesa, en un ngulo saliente del caf que las
gentes apodan el Promontorio. El coronel permanece derecho. Ha pasado
la tarde con el prncipe, y necesita volver  su casa. Ya no tiene la
independencia de antes; alguien vive con l, y su nueva situacin le
impone obligaciones ineludibles.

Ve con la imaginacin la casita que habita en lo alto de Beausoleil,
rodeada de un pequeo jardn. Todo es suyo por escritura pblica. Pero
la suerte de su propiedad no le inquieta: nadie se llevar sus paredes
y sus rboles. Lo que le tiene nervioso es cierto suboficial americano,
joven y membrudo, que siente la mana de pasear en torno de su vivienda,
y ciertos ojos claros que le siguen hambrientos desde una ventana,
cierta boca carnuda que le sonre, ciertas manos que l cree haber
sorprendido de lejos arrojando una flor, y cuya propietaria le grita
furiosa todos los das para convencerle de que ha visto visiones.

Don Marcos se ha casado.

Pocas semanas despus de marcharse el prncipe, un gran cambio se
realiz en su existencia. Villa-Sirena era ya de aquel nuevo rico,
constructor de autocamiones y aeroplanos, que tambin haba comprado el
palacio de Pars. El coronel, al darle posesin, slo se acord de
alabar los mritos del jardinero y su familia.

Lubimoff, antes de marcharse al frente, se haba ocupado de la suerte de
su chambeln, asegurndole una pensin de diez mil francos al ao y
enviando adems cierta cantidad para que comprase una casa. Ya que
deseaba morir en Monte-Carlo, deba tener su pequea Villa-Sirena.

Al poco tiempo de jardinear en su propiedad, viendo abajo la plaza del
Casino, Toledo fu en busca de Novoa. Era su mejor amigo; adems, era
espaol, y tena el deber de servirle en la circunstancia ms importante
de su vida. Lo necesitaba como padrino de boda. El profesor qued
estupefacto al enterarse de que se casaba con la hija del jardinero.
Una muchacha que poda ser su nieta!... Era desafiar al destino, correr
 sus aos en busca de la desgracia que ya presagiaba su nombre.

--Piense usted, don Marcos, que la juventud tiene sus derechos.

--Y la vejez sus deberes--contest el coronel con bondad, resignndose
ante el porvenir.

Ahora, de pie ante el prncipe, balbucea con timidez y confusin porque
va  abandonarlo.

--Me espera Mad: la pobrecita sale muy poco. Le gusta que la lleve por
las tardes al concierto en las terrazas. Son las cinco.

Y cuando el prncipe asiente con un movimiento de cabeza, echa  andar
precipitadamente. Luego, ms lejos, casi empieza  correr cuesta arriba,
jadeando y sin sentir el cansancio. Desea llegar  su casa pronto, y
tiene miedo de llegar. Mad slo le convence cuando est al alcance de
sus gritos. Se estremece pensando que puede de nuevo ver visiones.

       *       *       *       *       *

Al quedar solo el prncipe, se borran poco  poco de sus ojos el vaso
que tiene delante, las mesas inmediatas, el gento sentado en torno del
queso. Su visin se contrae y se hunde, para contemplar otras imgenes
que guarda su memoria.

Lleg en la maana  Monte-Carlo. Slo van transcurridas unas horas, y
ha visto tanto!...

Recuerda unas frases de su amigo Lewis; frases tristes, dichas en uno de
los almuerzos en Villa-Sirena: La vida es rara y desigual en su curso.
Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de
pronto, las horas valen meses, los das son aos, y pasan en unos
minutos cosas que en otras ocasiones necesitaran siglos... Qu de
muertes en el espacio relativamente breve que le separa de su ltima
salida de Monte-Carlo!...

Lubimoff ve en su memoria el corto y agitado perodo despus de su
llegada  Pars: su ingreso en la Legin extranjera, el grado de
subteniente concedido al antiguo capitn de la Guardia imperial, su ida
al frente despus de haber distribudo y colocado el milln y medio
producto de la venta de Villa-Sirena, la dura vida de campaa, los
combates, la muerte acompaando con una generosidad lgubre los avances
de la ofensiva triunfal. Recuerda su encuentro con un legionario que le
llama y al que tarda en reconocer: Atilio Castro! Un Castro que ya no
sonre irnicamente, que contempla la vida con gravedad y parece
convencido ahora del valor de sus acciones. Como pertenecan  distintas
compaas, ya no se vieron ms. Un anochecer lo encontr despus de un
combate, pero tendido en el suelo entre otros cadveres, con la frente
rota, la masa cerebral al descubierto. El rictus de la muerte era en l
una sonrisa serena. Pobre Castro!... Qu sera de doa Clorinda?...

El prncipe deja de pensar en esto. Otros cadveres le atraen. Evoca una
visin reciente: su llegada  Monte-Carlo despus de haber vivido mucho
tiempo en un hospital. Al bajar del tren, Toledo examina con emocin el
brazo mecnico que disimula imperfectamente el brazo amputado. Ha
sufrido varios meses las consecuencias de una herida fatal y estpida,
recibida sin gloria pocos das antes del armisticio.

Sube  la risuea casita de don Marcos, que ser, la suya mientras
permanezca aqu. All abajo, avanzando sobre el mar, encuentra el
promontorio de Villa-Sirena, que es de otro, y vuelve la vista para
evitar que renazcan ciertos recuerdos. Esto hace que tropiece con los
ojos de Mad, la seora de Toledo; unos ojos que consideran sin duda ms
interesante al prncipe Lubimoff bigotudo, avejentado y con uniforme,
que cuando era el elegante amo de sus padres. Pobre coronel!... Y huye
de la mirada tentadora, de la boca carnuda y purprea que parece
desafiarle al sonreir.

Despus del almuerzo sigue un camino que asciende por la montaa
formando ngulos; ve un muro de piedra, pasa una puerta, contempla un
instante un monumento rematado por un gallo enorme.

Toledo se descubre. Paz  los hroes! Luego seala la entrada de la
fnebre construccin.

--El pobre Martnez est ah.

Bajan por unas gradas de piedra  una segunda seccin del cementerio,
escalonado en la montaa. En esta meseta slo hay tumbas  ras del
suelo, losas sepulcrales guardadas por un rectngulo de cadenas 
simplemente con orlas de flores. Un instinto esttico parece influir en
la parquedad de los ornamentos. Desde estas explanadas se ve una gran
extensin de costa verde moteada de blanco por las villas y las
poblaciones; los Alpes de color de rosa, los cabos de rocas purpreas,
el azul profundo y denso del Mediterrneo, el azul flido y suave de un
cielo sin nubes. Y las tumbas sonren en esta Naturaleza esplendorosa,
difundiendo, al entreabrirse bajo la accin del calor, un ligero vaho de
sebo, un tufillo de estearina lquida.

Busca el coronel entre ellas, leyendo los nombres.

--Aqu, marqus.

Seala una losa con una simple inscripcin: Mary Lewis.

--Lo mismo que un pjaro, Alteza. Un amanecer la encontraron muertecita
en su cama del hospital. No di un grito, no se quej; se fu como haba
vivido... Las enfermeras cuentan que el cadver sonrea; un cadver
ligero como una pluma.

En torno de la tumba se ennegrecen varias coronas, lo mismo que si las
hubiese chamuscado un incendio. Toledo rebusca entre estas ofrendas de
las compaeras de la difunta, hasta sealar un manojo de rosas frescas
que empiezan  marchitarse.

--Debe ser de lord Lewis--sigue diciendo--. Cuando le va mal en el
Casino, sube  ver  su sobrina. Su Alteza sabr seguramente que, con la
muerte de lady Lewis, l es ahora lord... verdaderamente lord.

Levanta el prncipe sus hombros. Vanidades humanas en este lugar, que
da  todas ellas un carcter grotesco!...

Don Marcos adivina su impaciencia, y mientras descienden dos escalinatas
ms, va dando explicaciones.

--La inglesa se fu antes que la otra; por eso la enterraron arriba.
Han muerto tantos en los ltimos meses!...

Llegan  la ltima meseta del cementerio, la ms baja, un campo cuadrado
de tierra rojiza, en el que no hay losas, ni columnas truncadas, ni
cadenas. Pequeos montculos que afectan la forma de un fretro indican
el lugar de las sepulturas. Algunos tienen cruces de madera. De una de
stas pende el retrato de un soldado joven en el centro de una corona
depositada por sus padres.

Dos hombres asoman su busto  ras del suelo y vuelven  hundirse despus
de vaciar sus palas: abren una tumba para alguien que va  llegar.
Miguel se fija en el campaneo lgubre que viene de abajo, desde una
iglesia de la ciudad invisible,  travs del ter vibrante y luminoso.

El coronel insiste en sus explicaciones.

--Es una sepultura provisional, sin losa, sin nombre. Con motivo de la
guerra, era imposible enviar la muerta  Pars. Estar aqu el tiempo
que exige la ley, y luego, esa seorita que es su heredera la trasladar
al panten del cementerio de Passy, donde est enterrada su madre.

Duda un poco examinando los montculos, y al fin se detiene ante uno de
ellos, quitndose el sombrero.

--Aqu es.

Lubimoff no puede contener su extraeza. Aqu?... Ve un tmulo de
tierra sin adorno alguno, sin nada que lo diferencie de los otros, y que
no le infunde ninguna emocin. Mira con inquietud  su acompaante. No
se habr equivocado?... No estarn ante la sepultura de un pobre
militar muerto de sus heridas?

El coronel, ofendido por la duda, repite con energa: Aqu es. Se
acuerda de que fu el nico hombre que figur en el entierro. Tres
enfermeras, la seorita Valeria y l, nada ms, siguieron el fretro
hasta estas alturas.

Pobre duquesa de Delille!... Se conmueve Toledo al recordar su muerte
inesperada. Lady Lewis la haba enviado al frente. Su nacimiento en los
Estados Unidos facilit que la admitiesen en el personal sanitario de
las divisiones americanas que se batan en Chteau-Thierry.

Escuchando el prncipe las explicaciones de don Marcos, recuerda una
confesin de Alicia. Era torpe de manos; su voluntad, ansiosa de hacer
el bien, flaqueaba por falta de medios materiales en el momento de la
accin. Sin duda por esto la haban expedido  las pocas semanas otra
vez  la Costa Azul, para que prestase sus servicios en un hospital ms
tranquilo que las ambulancias del frente.

Toledo no la haba visto. Viva en las inmediaciones de Monte-Carlo sin
que l lo sospechase. La primera noticia que tuvo de ella fu la de su
muerte; una muerte que deja pensativo al coronel siempre que la
recuerda.

Se infect con un instrumento de ciruga que acababa de ser empleado en
una operacin. Tal vez fu por torpeza de sus manos; tal vez... quin
sabe! Don Marcos cree que la duquesa estaba cansada de vivir.

--Una muerte horrible, marqus. Yo no la vi: celebr no verla. Me
contaron que estaba negruzca  hinchada. Adems, pas muchas horas de
suplicio, apoyndose en la cabeza y los talones, hecha un arco, sobre la
cama, con el cuerpo dilatado por los ms atroces sufrimientos. El
ttanos. Morir as una gran dama tan hermosa, tan elegante!... Pero en
medio de tales suplicios tuvo serenidad para dictar sus disposiciones
testamentarias. La seorita Valeria ha heredado Villa-Rosa y varios
centenares de miles de francos: todo lo que gan ella una noche en el
_Sporting_. En cuanto  Su Alteza...

Le interrumpe el prncipe con un ademn. Sabe hace tiempo, por las
cartas de don Marcos, que Alicia se acord de l en su ltimo instante,
dejndolo heredero de sus minas de plata en Mjico, de todo lo que
posea al otro lado del mar: nada por el momento, tal vez en el porvenir
una fortuna casi igual  la que Lubimoff tena antes en Rusia.

Permanece con los ojos fijos en la sepultura. Ve sobre las laderas del
tmulo un musgo fino, un bosque minsculo que abre sus ramajes al soplo
de la primavera, y entre cuyas hojas se mueven diminutas flores. Unas
mariposas negras  verdes moteadas de rojo aletean sobre esta selva
rumorosa de vida naciente, como aletearon las monstruosas aves
prehistricas sobre las primeras vegetaciones del planeta.

Miguel establece una relacin entre estos insectos y el espritu que
habit el organismo que se deshace cerca de sus pies, bajo un metro de
tierra. Sus colores variados y desacordes le hacen pensar en el alma de
la muerta. Tambin, minutos antes, otra mariposa blanca revoloteando
sobre las flores tradas por Lewis le ha hecho ver el alma pueril y
sublime de lady Mary.

Ahora, sentado en el caf, su emocin es mayor que en el cementerio. Ve
las cosas  travs del recuerdo, espiritualizadas, limpias de los
sedimentos de la realidad.

Pobre Alicia! pobre engaada de la vida!... La Venus triunfadora, la
Helena del banco de los viejos, la beldad centro de lo existente,
ansiosa de admiracin ms que de amor, est en un msero cementerio,
entre cadveres de soldados, y tal vez aceler con voluntaria torpeza su
salida de un mundo en el que no encontraba lugar, repelida por sus
propias acciones.

Nuestra existencia no es mas que un resultado de la voluntad. Formamos
la vida  nuestra imagen; en vano nos quejamos contra el destino: somos
lo que queremos ser. Alicia slo poda terminar de un modo
extraordinario, de acuerdo con su existencia anterior. El tambin ha
vivido como no viven los dems hombres, y morir con una muerte distinta
 la de ellos.

No siente dolor ni despecho. Se extraa de haber podido odiar  Martnez
y deseado  esta mujer con tanta vehemencia. Slo conoce ahora la
melancola de una tristeza enorme con el recuerdo de estos seres que ya
no son, que empiezan  morir segunda vez al quedar olvidados por los que
les conocieron. Unicamente pueden inmortalizarse en la memoria del
prncipe, pobre memoria destinada  perecer  su vez dentro de unos
aos.

Intenta con la imaginacin atravesar la masa de tierra que cubre  la
muerta; pretende ver en la ms densa de las sombras. Slo han
transcurrido unos meses de descomposicin: su personalidad an no se ha
disuelto enteramente. La ve como era en la vida y al mismo tiempo como
es ahora. Su carne se deshace en arroyuelos ptridos que corren por los
pliegues de las ropas chamuscadas. Forzosamente sonre  todas horas en
la obscuridad: ya no tiene labios. Sus ojos sirven de abrigo  las
prolficas moscas de la tumba, que engendrarn millones de millones de
destructores. Y este anonadamiento de algo que existi, pens y am est
an en sus preliminares.

A los devoradores de las partes blandas sucedern los irresistibles
artfices del hueso. Miriadas de trabajadores microscpicos laborarn el
esqueleto, limpindolo de las ltimas impurezas adheridas  su
andamiaje, desmontando las sabias articulaciones, raspando el cemento
que adhiere las vrtebras. Un da, la mandbula inferior se despegar,
rodando hasta la cavidad abdominal, una mandbula cuyos dientes
conocieron el esplendor de la sonrisa y la caricia del beso. Otro da,
el crneo, al partirse en piezas el espign que le sirvi de soporte,
rodar tambin, confundindose con el polvo de los costillares, con los
huesecillos de los pies que marcaron el ritmo de un paso ondulante.
Dentro de unos siglos, las revoluciones y las guerras tal vez sacarn 
la superficie este crneo. Por qu no?... Lubimoff acaba de ver en el
frente numerosos cementerios removidos por el can, con los muertos
emergiendo de la tierra, tal como los levant el estallido de las
granadas... Y cuando alguien, en lo futuro, con la eterna curiosidad del
prncipe shakespiriano, tome en su diestra el crneo de Alicia, no podr
decir si perteneci  una dama   una moza de posada, si fu de una
beldad  de una negra...

Miguel evoca con irnica tristeza sus ilusiones y sus deseos
concentrados en esta nada, y siente la necesidad de olvidar el cadver.
Sus ojos, que miran hacia dentro, ven la minscula vegetacin, los
pintarrajeados insectos, todo lo que la primavera ha puesto sobre una
tumba sin nombre. Esto es lo que una vida que se consider superior 
las otras ha dejado como nico rastro de su existencia. Tal vez en la
corola de las florecillas hay una gota del alma de Alicia, y las
mariposas la beben para continuar su ebrio revuelo sobre las tumbas.

La primavera! El prncipe levanta su pensamiento sobre el dolor
individual. Recuerda lo que ha visto en un pedazo de mundo asolado por
la bestialidad de los hombres: ciudades en ruinas; pueblos que slo
levantan sus muros un metro sobre el suelo, como las urbes descubiertas
despus de un cataclismo; granjas incendiadas; campos interminables
esterilizados, perforados, vueltos al revs por un caoneo de cinco
aos; muchas tumbas... miles de tumbas... millones de tumbas. Las
mujeres, vestidas de negro, van por los caminos titubeando  travs de
los escombros y de los embudos abiertos por los proyectiles monstruosos.
Perdieron sus hijos, vieron fusilar sus maridos; ahora exploran el suelo
en busca de su casa que fu...

Pero el invierno de la guerra ha terminado; ya llega la primavera de la
paz. Y la misma mano verde que pone florecillas y mariposas sobre la
tumba annima cuelga olorosas guirnaldas de los muros ennegrecidos por
el incendio, tapiza con terciopelo vegetal las pendientes abiertas por
las explosiones, hace gorjear los pjaros y rebullir los insectos sobre
las sepulturas, gua la serpenteante enredadera por el leo negro de
las cruces, como si quisiera convertirlas en tirsos...

Ay! La tierra ignora nuestros dolores.

       *       *       *       *       *

El prncipe sale de su abstraccin, y ve al coronel que le saluda de
lejos.

Ya est de vuelta, acompaado de _madame_ Toledo, cuya cabeza apenas le
llega al hombro. Durante el camino ella ha mirado atrs muchas veces,
con la esperanza de verse seguida por el suboficial americano.

Al reconocer al prncipe en el caf, olvida al otro, y parece suplicarle
con los ojos que abandone su asiento y vaya con ella  las terrazas.

Se alejan los dos hacia el concierto, y Miguel vuelve  caer en su
meditacin... Recuerda su dilogo con don Marcos poco antes, cuando
bajaban del cementerio.

Toledo parece inconsolable. La guerra no ha terminado bien para l. Se
muestra escandalizado por el carcter absurdo de su final. Qu tiempos!
El fugitivo refugiado en Amerongen le desconcierta y le irrita.

--Y yo que le haca el honor de compararlo con un teniente!... Yo que
le consideraba capaz de pegarse un tiro!...

Treinta aos aterrando al mundo con el estrpito de su sable y sus
bigotes fanfarrones; treinta aos de titularse seor de la guerra,
haciendo temblar  los pueblos con su ceo, sus actitudes heroicas y sus
frases teatrales; treinta aos de preparar millones de hombres para el
matadero, obligando  los pueblos  vivir armados en plena paz, y cuando
apunta la desgracia para l, cuando considera su existencia en peligro,
huye vergonzosamente al extranjero, abandonando  los suyos, lo mismo
que un comerciante que hace quiebra fraudulenta.

--Es la mentira mayor que ha conocido la humanidad--grita indignado el
coronel--, la estafa ms grande de la Historia!

Matarse no prueba nada: don Marcos lo sabe perfectamente. Pero hay en
la vida tantas cosas que no prueban nada y sin embargo son bellas y
lgicas!... La desesperacin de los que se suicidan por amor tampoco
prueba nada, y sin embargo ha inspirado  la poesa y  las otras artes
sus mejores obras. El marino, al perder su buque, se mata; todo hombre
de honor que considera su falta irremediable apela  la muerte, para
caer en una postura digna.

--Y ese emperador--sigue diciendo Toledo--que ha organizado el
exterminio de diez millones de hombres desea llegar  viejo... Ah,
sinvergenza!

El honor militar tal como haba venido entendindose  travs de los
siglos lo desconocan tambin sus generales. Estos especialistas del
incendio de poblaciones, estos tcnicos del fusilamiento de campesinos,
estos artfices del terror, al ver prximo el desastre, se marchaban
tranquilamente  sus castillos, como oficinistas que abandonan el
trabajo.

De todos estos compaeros del seor de la guerra, el nico digno de
respeto era un hombre civil, un comerciante, un judo, el armador
Ballin, de Hamburgo, que al ver arruinado el Imperio no quera
sobrevivirle y se pegaba un tiro. Mientras tanto, los mariscales de la
estrategia fracasada se dedicaban tranquilamente  educar sus perros,
escribir sus Memorias y cuidar su salud.

Napolen, en una de sus ltimas batallas, colocaba su caballo sobre una
bomba; luego pretenda envenenarse en Fontainebleau. Llamaba  la
muerte, y nicamente se decida  vivir, como un fatalista, al
convencerse de que la muerte no quera nada de l. El otro Napolen, el
de Sedn, poda haberse refugiado en Blgica, abandonando  sus tropas,
como lo haba hecho el triste Csar germnico; pero, enfermo y
desfalleciente sobre su caballo, prefera galopar solo  lo largo de una
carretera barrida por los caones, esperando la granada que lo hiciese
pedazos.

As entenda Toledo el honor militar, as haba sido aceptado en todas
las pocas.

Su clera era implacable contra los generales del Imperio, prontos 
correr en la hora mala, y que slo pensaban en su reputacin, lo mismo
que los cmicos. Rotas sus lneas, cercados por los aliados, podan
haber cado noblemente, peleando hasta el ltimo momento, de acuerdo con
sus antiguas bravatas. Pero preferan solicitar un armisticio y
entregar sus armas, para que los imbciles que tanto los haban admirado
pudieran seguir creyendo en su divinidad de invencibles y en que s se
retiraban  sus tierras era nicamente por consideraciones de poltica
interior.

Lgubres comediantes, como su amo, hasta el ltimo minuto!...

Y don Marcos, pensando en el miedo que estos hombres han hecho sufrir al
mundo durante treinta aos, grita colricamente:

--Embusteros!... embusteros!

       *       *       *       *       *

Otra vez sale el prncipe de su abstraccin. Alguien se ha detenido ante
l, y oye una voz conocida.

--Alteza, qu alegra verle!... El coronel acaba de anunciarme su
llegada.

Es Spadoni: el Spadoni de siempre, como si slo hubiesen transcurrido
unas horas desde su ltima entrevista con el prncipe, como si fuese
ayer cuando ruga de indignacin estudiando al piano _Lo que la palmera
le dijo al agave_.

No quiere sentarse: tiene prisa; ha venido solamente para estrechar la
mano de Su Alteza. Ya le ver despus con ms detenimiento en el Casino.
El tiene por indudable que el prncipe va  entrar en el Casino. A qu
otro lugar puede ir una persona decente en Monte-Carlo?...

Pasa una rpida mirada por su uniforme, admira su rudo aspecto de
soldado.

--He sabido las hazaas de Su Alteza; le preguntaba siempre al
coronel... Un hroe!

Lubimoff no tiene tiempo para repeler estos elogios. Spadoni pasa 
ocuparse de algo ms interesante. La guerra, los hroes... cosas
nebulosas y sin sentido. El est por la realidad, y empieza  hablar de
un nuevo personaje admirado por l, un portugus que juega fuerte, y
cuyo nombre, desde hace unos das, parece llenar las salas,  causa de
sus ganancias.

--Yo lo observo; adems, es amigo mo y creo poseer su secreto.
Imagnese, prncipe...

El prncipe se inquieta, adivinando que le va  describir con toda
clase de detalles la combinacin del portugus, que ya considera suya.
Pero el pianista mira hacia el Casino, balbucea, y acaba por interrumpir
su relato. Alguien se aproxima, y l slo quiere hacer partcipe de su
secreto al prncipe. Se despide de l, con la promesa de revelarle la
combinacin preciosa en un divn de los salones privados, cuando entre
en el Casino.

Piensa Lubimoff en su existencia de los ltimos meses, en sus aventuras
de soldado, en su herida, en todo lo que le ha ocurrido  l y al mundo
entero mientras este msico permaneca fijo en Monte-Carlo sin admitir
otra realidad que el revoloteo de la Quimera.

El amigo Lewis tiende una mano al prncipe. El es quien ha cortado con
su aproximacin la facundia del pianista. Los jugadores evitan
comunicarse sus secretos, por rivalidad profesional. El tiempo, que
parece haber olvidado  Spadoni, dejndolo lo mismo que lo vi Miguel
por ltima vez en su villa de la tumba, se ha ensaado con Lewis,
avejentndolo, como si los meses valiesen aos para l.

Est triste por las prdidas que sufre y por los recuerdos. Aquella
sobrina que era toda su familia!... Lubimoff sabe por el coronel que no
ha heredado nada de ella. La enfermera gast toda su fortuna en
ambulancias y hospitales. Su ttulo es lo nico que corresponde  Lewis.
Se cumpli su profeca: ya es el tercer lord Lewis, con el apodo de el
Intil que l mismo se ha dado.

Examina al prncipe con una mirada errante, detiene los ojos en su brazo
rgido, estrecha despus con efusin su mano izquierda.

--Usted es un hombre, Lubimoff. Usted sabe hacer las cosas...

Y en estas palabras hay un reproche contra l, que no puede despegarse
de Monte-Carlo, que aqu vivir y morir haciendo siempre lo mismo.

Sin embargo, este es un gran da. En la maana ha recibido la visita de
un amigo que viene  vivir con l no sabe por cunto tiempo, tal vez por
dos das, tal vez por dos aos; un gran amigo del que no tena noticia
alguna y muchas veces ha credo muerto: el conde, el famoso conde.

Ha llegado hasta el caf con Lewis, que no puede separarse de l; ha
dado su mano al prncipe como si lo hubiese visto el da antes, sin
reparar en su uniforme ni en su mutilacin. Permanece silencioso en su
silla, pasndose una mano por la cabellera blanca y crespa, fijando sus
ojos redondos, de fulgor nocturno, en la gente que circula en torno del
queso.

Lewis cree que debe sentirse contento. Da de sorpresas! Primeramente
el conde, despus el coronel, que le avisa la presencia de Lubimoff...

Evita hablar de su sobrina; incorpora su tristeza  las tristezas de
todos... La paz le ha sorprendido: quin poda esperarla tan pronto, 
continuacin de la fase ms angustiosa de la guerra?...

El conde abandona su inmovilidad para hablar.

--Todo el mundo. Los grandes tratadistas anunciaron desde el principio
que la guerra terminara en el otoo de 1918. Era cosa sabida. Yo lo he
dicho siempre, y usted, Lewis, me lo ha odo muchas veces.

Su admirador hace un gesto de extraeza. Pero no puede poner en duda la
ciencia de su sabio amigo, y prefiere admitir que es l quien ha
olvidado las afirmaciones del otro. Adems, no debi entenderlas. Estos
depositarios del porvenir nunca exponen sus verdades con claridad: se
niegan  decir las cosas como los simples mortales.

Empieza  decaer la conversacin. El ingls piensa en el Casino. Iba 
entrar en l, cuando le avis don Marcos la llegada del prncipe. Tiene
 su lado al conde, que vuelve de un viaje misterioso y guarda
seguramente el rosario de Satn en cierto bolsillo del pantaln
huroneado continuamente por su diestra.

--Despus nos veremos en el Casino. Supongo que usted entrar un
instante... A ver si hoy me trata bien la suerte, despus de tan
agradables encuentros.

Y se aleja con el conde hacia el Palacio, donde pasar el resto de su
vida como en una crcel.

Lubimoff se fija en dos soldados italianos que le contemplan desde la
acera del queso. Son dos _bersaglieri_ vestidos de gris, con
sombreritos redondos cargados de plumas de gallo. Al notar que el
prncipe les mira, se desconciertan, vuelven la espalda avergonzados,
se alejan, pero antes sonren y se llevan una mano al empenachado
sombrero.

Recuerda el prncipe una noticia que le di don Marcos, y los reconoce.
Estola y Pistola convertidos en guerreros!... Han venido con licencia 
ver  sus familias, y en la noche subirn  la casa del coronel para
saludar  su antiguo seor. Parecen ms altos, ms vigorosos. Unos
cuantos meses de guerra han bastado para hacerles saltar de la
adolescencia  la madurez. Todo hombre lleva dentro un soldado...

Cuando intenta levantarse para dar un paseo por las terrazas, ve venir
hacia el caf  un seor que le saluda con violentos manoteos y 
continuacin se asegura los lentes sobre la nariz.

El prncipe tarda en reconocerle; adivina quin es por el timbre de su
voz ms que por su rostro... El amigo Novoa! Los meses transcurridos
han dejado en l mayor huella que en los dems. Ya no es el varn
preocupado de las pompas mundanales, que consultaba al coronel sobre los
mritos de sastres y sombreros. Ha vuelto  la esclavitud del pantaln
con rodilleras y la corbata de nudo hecho; lleva la barba muy crecida y
revuelta. Sigue siendo joven en la voz, en los ojos, en sus ademanes
vivaces y torpes, pero va disfrazado de anciano.

Este se alegra ms que los otros de ver al prncipe. No cesa de alabar 
la casualidad, que ha hecho venir  Lubimoff y que acaba de hacerle
encontrar  don Marcos.

--Si tarda usted dos das, prncipe, no tengo el placer de verle. Me voy
 mi tierra pasado maana. Ya tengo bastante de Monte-Carlo. Lo que
dejo aqu!... Dinero, ilusiones...

Miguel se muestra discreto. Cree oler en su amigo el desengao
inesperado, la decepcin, que necesitamos olvidar para que no contine
atormentndonos. Se acuerda de Valeria, y no ve en la persona del
catedrtico el menor vestigio que denuncie el roce con la mujer. Es una
ruina, un tronco seco; el pjaro que cantaba en sus ramas debe haber
volado hace mucho tiempo.

Novoa muestra igual discrecin. Contempla el uniforme del otro, su manga
ocupada por un brazo falso; pero slo habla de lo sucedido en los
ltimos meses de un modo general, con vagas lamentaciones.

--Las cosas extraordinarias que han pasado! Cuntos amigos muertos! La
vida acaba de ser como uno de esos dramas en los que perecen todos al
final del ltimo acto.

El prncipe adivina que Novoa piensa en Alicia y se abstiene de
nombrarla para no molestarle. Efectivamente, piensa en la duquesa, pero
sta slo es un punto de partida para llegar  otra mujer que ocupa su
recuerdo.

Al fin habla, dando expansin  su melancola. Puede contrselo todo al
prncipe, porque es el nico que conoce su secreto. (Lo mismo le ha
dicho al coronel y hasta  Spadoni, al lamentar su desgracia.) Y
prorrumpe en desesperadas recriminaciones contra Valeria.

Es otra mujer. Ya no la preocupan los pases de amor, donde las mujeres
se casan sin dote. Despus de muerta la duquesa, es una candidata al
matrimonio, que ofrece con la cesin de su mano ms de trescientos mil
francos. El profesor se ha visto repelido y olvidado. Sus viles
splicas ante la realidad, sus esfuerzos vergonzosos para remediar lo
que consider en el primer momento un pasajero capricho femenil!... No
quiere acordarse de tales momentos.

--Todo termin, prncipe. Ahora anda loca por un oficial americano, y
acabar casndose con l. Aqu no hay ms hombres que los americanos.
Todo es para ellos: hasta el amor. La ltima modistilla se considera
deshonrada si no tiene un soldado de los Estados Unidos para pasear de
noche... Todas las tardes, ella y el otro bailan en los hoteles de La
Condamine,  aqu mismo, en el Caf de Pars.

Se interrumpe, como si alguien le hubiese tocado en la espalda. No ve 
nadie detrs de l, pero sus ojos,  travs de los grupos que ocupan las
mesas, encuentran algo que hace temblar su voz.

--Esa es, prncipe.

Miguel no la hubiese reconocido. Ve cmo entran en el caf dos seoras,
escoltadas por dos oficiales americanos. Una de ellas es Valeria,
vestida con un lujo estrepitoso y vido, como si quisiera resarcirse
instantneamente de sus aos de modestia y privaciones.

Empiezan  brillar, enrojecidos, los cristales del caf, resaltando
sobre la luz suave del atardecer. Una tras otra, se encienden las
grandes lmparas del interior. Llegan hasta Miguel lamentos voluptuosos
de violines.

--La vida ha cambiado mucho desde que usted se fu, prncipe. Todos
sienten un hambre feroz de divertirse. Lo primero que ha resucitado con
la paz es el tango.

Despus, Novoa piensa en l.

--Qu puedo hacer aqu?... Estoy pobre; cuanto tena en mi tierra lo he
dejado en el Casino. Ya he estudiado bastante los misterios del Ocano.
Lo caros que me cuestan!... He soado un poco, y voy ahora  reanudar
all mi trabajo mal pagado de jornalero de la ciencia.

Otra vez piensa en ella.

--Ha visto usted?... La pobre duquesa, que la hizo cuanto es, arriba en
su sepultura, y ella aqu bailando, unos meses despus de su muerte.

Siente la spera indignacin, la escandalizada moralidad de todos los
despechados.

De tal modo aumenta su clera, que se levanta de la silla. No quiere
continuar en el caf. La otra le ha visto, y puede creer que la
persigue, que espera su salida para suplicarle. Nunca; bastante tiene
con ciertas humillaciones que no quiere recordar.

Se despide apresuradamente. Van  verse dentro de poco; don Marcos le ha
invitado  comer en su casita de Beausoleil, convencido de que su
compaa ser agradable al prncipe.

Toma la mano artificial de ste, y no parece notarlo. Sus ojos y su
pensamiento estn puestos en los vidrios del caf, inflamados en plena
tarde,  travs de los cuales pasa el cadencioso susurro de los
violines. Todava, al alejarse, repite su protesta.

--La pobre duquesa olvidada arriba... y la otra... qu escndalo!
Celebro irme pronto. No la ver ms.

       *       *       *       *       *

Al quedar solo, el prncipe abandona su mesa. Don Marcos va dando
indudablemente la noticia de su llegada  todos los que encuentra, y l
teme que se presenten otras personas menos interesantes.

Al caminar, se da cuenta de algo que no ha visto antes, cuando le
acompaaba el coronel. La bandera de los Estados Unidos flota sobre
todos los edificios. Hay en la va pblica tantos rtulos en ingls como
en francs. Soldados americanos por todas partes. El uniforme de
Lubimoff y los de otros combatientes franceses se pierden en la gran
inundacin de hombres vestidos de color mostaza. Pasan incesantemente
los automviles ligeros del ejrcito americano. Son innumerables; se les
encuentra en las calles, en los caminos de la costa, subiendo como
hormigas roncadoras las faldas de los Alpes. Una vida robusta, alegre,
confiada, una vida de veinte aos parece reanimarlo todo. El concierto
en la terraza lo da una banda de msica americana. Los que transitan por
las calles silban maquinalmente danzas del otro lado del Ocano,
canciones de marcha de los soldados de la Unin. La gente se detiene en
las plazas para admirar la agilidad de los americanos en mangas de
camisa que se envan la pelota y la devuelven luego de captarla entre
sus guantes de esgrima.

Mnaco parece conquistado por las tropas de la gran Repblica; una
conquista bonachona y simptica, que hace sonreir  los sometidos. Lo
mismo Niza y toda la Costa Azul. El prncipe recuerda su breve
permanencia en Pars pocos das antes. Tambin ha visto americanos por
todas partes. Cuntos son?... Qu fuerza sobrehumana ha podido crear
en unos meses ese ejrcito que, todava recin nacido, parece llenarlo
todo?...

Un pueblo acaba de levantarse sobre los pueblos de la tierra. Jams se
conoci en la Historia una ascensin semejante. Predomina por la
simpata, por sus actos generosos, por la fuerza benfica de su
actividad; no por el terror, base de todas las grandezas del pasado.

Lubimoff recuerda las dudas de un ao antes. Nadie poda creer que un
pueblo sin ejrcitos improvisase una fuerza militar igual  las de la
vieja Europa. Y con slo unos meses los Estados Unidos creaban y
enviaban dos millones de hombres para decidir el xito de la lucha y la
suerte del mundo.

Llegados  ltima hora, haban pagado con largueza su parte  la muerte.
En cinco meses de guerra perecan ciento veinte mil americanos,
proporcin exorbitante comparada con la de otras naciones durante cinco
aos de combate.

Miguel, en su silencioso entusiasmo, enumera lo que acaba de hacer por
la humanidad este gran pueblo, tenido hasta poco antes por egosta y
positivo, y que se presenta como el ms romntico y generoso.

Dos grandes guerras eran los incidentes ms notables de su historia:
una, interior, por la supresin de la esclavitud; otra, exterior, para
impedir la divinizacin de la guerra, la hegemona brutal de un pueblo
sobre todos, la exaltacin de un imperialismo mstico.

Por primera vez en la Historia una democracia haba intervenido en la
suerte del mundo, sometido eternamente  los arreglos de los reyes. Las
repblicas modernas haban vivido hasta ahora una vida interior y
modesta. Las guerras de la Revolucin francesa eran defensivas. La
Repblica de la Convencin peleaba por existir, porque todos los
monarcas deseaban suprimirla. La Repblica americana se haba lanzado 
la lucha voluntariamente, sin que ningn peligro inmediato la amenazase,
por un imperativo de su conciencia indignada ante los crmenes alemanes,
por un deber de su grandeza y su fuerza democrticas.

Antes de armarse, antes de intervenir en el choque europeo, cuando viva
en paciente neutralidad, por ella se ganaban los batallas. Esta guerra
era distinta  las otras. Contra Alemania, preparada durante largos aos
para la lucha, y que haba movilizado guerreramente todas sus fuerzas
industriales y comerciales, los aliados se batan en los primeros meses
como se bate un pueblo valeroso, pero atrasado, frente  una nacin
moderna. Mucho valor, grandes herosmos, algunas veces intiles, ante la
fuerza ciega y mecnica de los inventos industriales aplicados  la
destruccin.

Si esta desigualdad iba disminuyendo, era debido en gran parte  la
Repblica del otro lado del mar. Sus capitanes del dinero hacan
prstamos enormes  los aliados; sus capitanes de la industria
facilitaban la fabricacin del material monstruoso exigido por los
demoniacos adelantos militares; sus buques, desafiando la amenaza
submarina, traan  Europa el pan, escaseado por la guerra. Y cuando al
fin, agotada su paciencia, intervena directamente en la lucha, qu
generosidad la suya!...

Los combatientes de Amrica batallaban por ideales simples y robustos:
el derecho  la vida de los dbiles, la dignidad y la libertad de los
hombres, la desaparicin de las guerras, la inteligencia entre los
pueblos, el derecho soberano reglamentando la vida de las naciones;
cosas que hacan sonreir poco antes  los escpticos del viejo mundo.

Todos los Estados de Europa tenan fronteras que rehacer, pedazos de
tierra que exigir. Los Estados de Amrica no pedan nada, no queran
nada.

Cada uno de los contendientes, al pensar en la victoria, calculaba las
indemnizaciones que debera cobrar para compensarse de sus esfuerzos y
sacrificios. La Repblica americana gastaba ms que todos los pueblos.
El sostenimiento de cada uno de sus soldados le costaba tanto como siete
soldados de los otros pases, y sin embargo entraba en la guerra y se
retiraba de ella sin exigir un reembolso especial.

Lubimoff admiraba su enorme poder despus del triunfo. Jams Imperio
alguno del pasado alcanz tal grandeza: ni la misma Roma.

Era el nico pas de la tierra industrial y agrcola  la vez. Formaba
un mundo aparte dentro del mundo. Poda aislarse del resto del planeta,
sin que su vida sufriese. En cambio, el mundo experimentara una
sensacin de vaco si la gran Repblica le volva la espalda.

Sus ciudadanos en armas iban  retirarse sin jactancia y sin ruido, lo
mismo que haban llegado, y sin que ella pidiese nada por su esfuerzo.
Desapareceran como en las antiguas leyendas las hadas y los
encantadores, que, luego de hacer el bien, tornan  sus misteriosos
dominios.

Pasaran los aos: la Historia hablara de este esfuerzo, nico por su
intensidad y su carcter generoso, y en la Costa Azul y en otros lugares
quedara de esta hazaa mundial un recuerdo desfigurado. Los nios de
hoy, convertidos en viejos, haran memoria de cmo aprendieron  jugar 
la pelota con unos soldados llegados de una tierra de prodigios al otro
lado del mar; las muchachas, hechas abuelas, se acordaran
nostlgicamente del novio americano que tuvieron.

Vuelve el prncipe otra vez  calcular la grandeza de este pueblo, el
nico que puede hacer milagros, como los hacen las religiones en su
primera poca de exaltacin.

La gran Repblica es la acreedora del mundo. Todas las naciones
vencedoras le deben sumas fabulosas; Inglaterra es su deudora por miles
de millones, Francia lo mismo. Los pueblos ms modestos, Blgica, Servia
y otros, han podido vivir gracias  sus prstamos enormes. An no se
sabe todo; han de pasar aos antes de que se conozca la extensin de su
generosidad. Este pas, que ama el anuncio y la propaganda ruidosa en
sus negocios comerciales, es conciso y modesto al hablar de sus actos
desinteresados.

Para seguir viviendo desahogadamente despus del cataclismo, la
humanidad iba  necesitar su apoyo  su benevolencia.

Se ha desviado el centro poltico de la tierra--piensa Lubimoff--. Ya
no est en Pars; tampoco est en Londres. Permaneci en Berln algn
tiempo, con temblores de inestabilidad, y ahora ha saltado el Ocano.

El hombre todava desconocido que en lo futuro vaya  instalarse en la
Casa Blanca por cuatro aos, catedrtico, abogado, negociante 
agricultor, pesar sobre los destinos del mundo ms que todos los
gobernantes que llenan la Historia con el estrpito de la gloria
guerrera. Su poder se basar en algo ms permanente y slido que la
fuerza de los ejrcitos. Tendr detrs de l el trabajo y la riqueza,
que crean los ejrcitos; la fuerza democrtica, que es la fuerza de la
opinin.

Ve claramente Miguel el poder irresistible de esta fuerza.

Alemania,  pesar de sus continuos triunfos militares en los primeros
aos de la guerra, ha acabado por caer vencida. Tena en contra suya la
opinin. El espritu democrtico del mundo entero se alz contra el
Imperio.

Este triunfo de la democracia empieza  verse por todas partes.

Ya no queda un solo emperador en Europa--sigue pensando--. Los
Imperios vencidos quieren ser repblicas. Todos los reyes olvidan  sus
abuelos de derecho divino y pretenden hacerse perdonar su corona
imitando la vida simple de un presidente.

Este aspecto inesperado del mundo le comunica una nueva voluntad de
vivir.

Sabe desde hace algunos meses--desde que abandon Villa-Sirena--que el
prncipe Miguel Fedor Lubimoff resulta un personaje pasado de moda. Tal
vez, cuando transcurran los aos, otros sern como fu l. En el mundo
todo vuelve, y las pocas de paz y abundancia producen fatalmente
hombres de su especie. Pero ahora existe una humanidad renovada por el
dolor y el sacrificio, una humanidad deseosa de vivir, que ambiciona
algo nuevo, sin conocerlo exactamente, y trabaja por conseguirlo.

Miguel se contempla con lstima. Qu va  hacer?... De qu puede
servir  sus semejantes?...

Recuerda su almuerzo en la casita de don Marcos. Todava le duelen, como
algo vergonzoso, las atenciones del coronel en la mesa, partiendo su
carne, cuidndole como  un nio, esforzndose por suplir la ausencia de
su brazo.

Adis, prncipe Lubimoff!... Aunque quisiera continuar su existencia
egosta, dedicada por entero al placer, le sera imposible. Es un
invlido: se ve muy viejo... Slo Mad, que no sabe en realidad lo que
desea, puede fijarse en l.

Adems, se considera pobre. Por primera vez recuerda con cierta
satisfaccin la herencia que le ha dejado Alicia. No representa nada en
este momento, pero quin sabe si algn da!... Se forja la ilusin de
que las minas de Mjico pueden reemplazar  su perdida fortuna de Rusia;
y entonces!... Siente un deseo vehemente de recuperar la riqueza para
hacer el bien; un anhelo que tiene algo de remordimiento. Sabe la
ineficacia del esfuerzo individual para remediar las miserias humanas:
una gota perdida en el Ocano, un grano de arena en la playa. Pero qu
importa?... Se contenta con hacer la dicha de cincuenta desgraciados
entre los centenares de millones que pueblan la tierra.

Luego piensa en su situacin actual. Desde la maana ha resuelto su modo
de vivir. Huir del pobre coronel,  causa de Mad. Que otros se
encarguen de su infortunio!... Se instalar en Niza, en una pensin rusa
que dirige una gran dama empobrecida. Hablarn por las noches de los
tiempos en que ella era rica, hermosa y deseada; de los bailes de la
corte de Petersburgo, en los que tantas veces danzaron juntos. Lubimoff
hasta tiene la sospecha de que uno de sus duelos fu por esta patrona de
casa de huspedes.

Los restos de su fortuna le proporcionan una renta para vivir en modesto
bienestar. Ser uno ms entre los nufragos que se retiran  la Costa
Azul para acordarse, bajo las palmeras, de sus triunfos olvidados. Su
viejo ayuda de cmara le acompaar en este destronamiento.

Tiene ya una ocupacin para llenar sus horas. Quiere ser un contemplador
de la vida. Celebra haber nacido en la ms interesante de las pocas.

Algo va  ocurrir; algo nuevo en la Historia.

Todava dura la gran polvareda del combate. Es una niebla que desorienta
y no permite dominar el contorno entero de las cosas. Los mismos actores
del drama reciente estn ciegos. Pasarn aos sin que esta niebla caiga
y se desvanezca, dejando visible el mundo nuevo.

Reaparecer entonces la misma decoracin de antao, con las lneas
cambiadas? Habrn resultado intiles tantos esfuerzos sangrientos para
suprimir la violencia, el egosmo, la ferocidad prehistrica como bases
maestras de la sociedad?

El prncipe piensa con amargura en una decepcin posible. Ver resurgir
inclume la bestialidad primitiva despus de un cataclismo aceptado como
una renovacin!... Contemplar la quiebra de tantos espritus generosos,
de tantas inteligencias nobles que aspiran al triunfo del bien, que
desean  los hombres en paz y  los pueblos en dulce sociedad,
trabajando contra la guerra, como las corporaciones higinicas trabajan
para evitar las enfermedades!...

La fe en el porvenir le anima de pronto. El mundo no puede ser
eternamente igual: las grandes convulsiones, cuando pasan, no dejan el
suelo lo mismo que lo encontraron. Van los hijos  degollarse siempre
porque sus padres y sus abuelos se degollaron?... Es preciso que se
miren con hostilidad por haber nacido  un lado y  otro de un monte, un
ro  un bosque que la poltica bautiz frontera?

Todos tenemos dos patrias: el lugar donde nacimos y el Estado de que
forma parte. Por qu no ensanchar generosamente esta concepcin con una
tercera patria? No llegar una poca bendita en que los hombres se
hablen de semejante  semejante, sin pensar en si la Historia les ordena
odiarse y matarse?... Amando mucho  su tierra natal no podrn ser al
mismo tiempo ciudadanos del mundo?...

       *       *       *       *       *

El prncipe est apoyado en una balaustrada sobre las terrazas y el
puerto. Su paseo meditabundo le ha trado hasta aqu sin que l se diese
cuenta.

Vuelve la espalda al mar y  los grupos que empiezan  aclararse abajo,
despus de terminado el concierto. Pasan cerca de l los msicos
americanos, seguidos por un enjambre de chicuelos que acompaan su
retirada.

Contempla una brecha del horizonte, entre los Alpes y el promontorio de
Mnaco, por donde acaba de ocultarse el sol. Sobre el espacio rojizo
brilla una estrella que tiene las facetas y la luz de una piedra
preciosa.

Lubimoff piensa en los abuelos de la poesa que la cantaron hace tres
mil aos. Homero la llamaba _Kalistos_. Astro unas veces del alba y
otras del ocaso, Lucifer, Vspero  estrella del pastor, acab por
recibir el nombre de Venus,  causa de su blancura luminosa, igual  la
del diamante sobre un pecho femenil.

Siente el prncipe en sus ojos una agradable caricia al contemplar este
planeta de dulce fulguracin. Su nombre simboliza la belleza y el amor.
Se imagina  los que pueblan esta gota celeste perdida en el espacio.
Deben ser de esencia ms pura que la nuestra, limpios completamente de
un pasado de animalidad originaria, seres etreos como los ngeles de
todas las religiones.

Despus sonre con amargura.

Otra estrella brilla en el cielo, ms hermosa y ms grande que sta. No
es blanca, es azul, de un suave azul: el color de la poesa y del
ensueo. Centellea en el fondo negro de la inmensidad con el fulgor
misterioso de los enormes diamantes azulados que colocan en sus tiaras
los monarcas orientales. Los que la contemplan deben sentir en sus
rganos visuales el roce aterciopelado del divino misterio. Tal vez los
poetas de otros mundos la cantan como un refugio de seleccin, adonde
van  descansar nicamente las almas puras y escogidas; tal vez ha dado
origen  religiones y es objeto de culto, teniendo altares, lo mismo que
los tuvo el sol.

Y este diamante azul del espacio, este mundo de suave luz, que
contemplan los habitantes de los otros planetas como una estrella
potica en la que todas las criaturas llevan una existencia inmaterial,
es la Tierra, nuestro pobre globo, donde acaban de perecer doce millones
de hombres en los campos de batalla, donde han muerto otros tantos
millones por las emociones y las pestes que son consecuencia de la
guerra, donde se han consumido seiscientos mil millones en humo, en
incendios, en acero estallado.

Se acuerda Lubimoff de sus impresiones, horas antes, frente  una tumba
que empieza  desfigurarse con los primeros balbuceos de la primavera,
La inmensidad no nos conoce, as como tampoco nos conoce la tierra que
nos sustenta.

Estamos solos en el infinito, sin otro apoyo que el de nuestras
mentiras, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas. El hombre slo puede
contar con el hombre...

Y repite lo que en la maana dijo de la Tierra.

El cielo ignora nuestros dolores.

       *       *       *       *       *

Vuelve lentamente hacia la plaza.

De todos los cafs, de los restoranes, de los hoteles surge el vaivn
musical de los cadenciosos violines. Pasan detrs de los grandes vidrios
enrojecidos por una luz interior las parejas enlazadas, siguiendo el
ritmo de la msica. Bailan... bailan... bailan.

La juventud no hace otra cosa. La danza es una especie de rito sagrado,
prohibido durante la guerra; y todos se dedican ahora  bailar, con el
fervor del fantico que al fin ve triunfante su perseguida religin.

El prncipe recuerda su paso reciente por Pars. Nunca vi las mujeres
mejor vestidas, con un hambre tan manifiesta de placer y de lujo. El
tango de los violines del bulevar es contestado como un eco por el tango
de los violines de toda la Costa Azul y de las estaciones veraniegas que
empiezan  abrirse. El ideal femenil, en este momento, no va ms all de
bailar la danza de moda con un guerrero de los Estados Unidos.

Se desvaneci la pesadilla; todo olvidado. Para muchos no queda otro
recuerdo de la guerra que los uniformes, ms numerosos que antes en los
ts donde se baila.

Miguel circunscribe su pensamiento  esta costa, que fu siempre el
dominio de los felices.

La guerra la ha trastornado y ensombrecido durante cuatro aos. Recorre
con la imaginacin los salientes y los golfos de su ribera, encontrando
en todos ellos un cementerio.

En Mentn hay miles y miles de negros bajo tierra. Los combatientes de
Africa, cuyos padres slo conocieron la lanza y el taparrabos, han
venido  caer como tiradores moribundos en esta playa de millonarios
europeos. En el Cap-Martin dejaron los ingleses  sus muertos; en Mnaco
los hay de todas las nacionalidades; en el Cap-Ferrat duermen los belgas
bajo coronas que ya son viejas; en Niza estn los cadveres americanos;
y en todas partes, desde el Esterel  la frontera italiana, franceses...
franceses... franceses.

Son incontables los cadveres. Si todos se levantasen  un tiempo,
huiran despavoridos los que vienen  dilatar su existencia bajo la
palmera y el olivo en la orilla roja del mar violeta.

Pero la vida quiera vivir. Es una primavera interminable, y cubre todo
cuanto toca con el musgo vido del placer, con la enredadera veloz de la
ilusin.

Los cementerios, de una blancura agresiva, parecen esfumarse y se
pierden en el risueo paisaje como una nota sin importancia. La suavidad
del cielo y del ambiente los convierte en jardines. Un cadver ocupa
tan poco sitio y la tierra es tan grande!... Los hoteles que fueron
hospitales redoran sos rtulos, desinfectan sus habitaciones, envan
anuncios  los grandes diarios de la tierra. Ya pueden venir las gentes
 soar y  procrear entre las paredes que se estremecieron con gritos
de dolor  ronquidos de agona. La msica empieza  gemir dulcemente 
lo largo de la costa feliz, entre el susurro de las olas y los
estremecimientos de los naranjos de epitalmico perfume. El viejo pastor
de los Alpes que despus de sesenta aos an no ha salido de su asombro
ante el Monte-Carlo surgido  sus pies, en una meseta antiguamente
desierta, lo ver crecer todava con nuevos palacios, con nuevas torres,
ensanchando su opulencia como una ciudad de ensueo.

El paso de la muerte ha aguzado la voluntad de vivir. Todos encuentran
un nuevo sabor al placer, viendo en lontananza cmo se aleja el negro
harapo de la adversaria.

Lubimoff se detiene en el centro de la plaza. Empieza  obscurecer. Por
una oreja le entra el balanceo musical de una danza inventada por los
negros de la Amrica del Norte para regocijo de los blancos; por la
opuesta penetra al mismo tiempo otra msica negra: el tango de la
Amrica del Sur. En las calles inmediatas suenan nuevas orquestas all
donde hay un establecimiento pblico, caf, hotel  restorn, con un
rtulo ingls en su puerta, para atraer  los hroes del momento:
_Dancing_.

Mira  la montaa que cierra el fondo de la plaza y guarda tumbas en su
flanco. Luego mira  lo alto....

La tierra y el cielo ignoran nuestros dolores.

Y la vida tambin.

                  FIN

    Monte-Carlo.--Enero-Julio 1919.

       *       *       *       *       *

EDITORIAL PROMETEO.--VALENCIA


OBRAS DE V. BLASCO IBAEZ, director literario de esta
Editorial.--NOVELAS: Arroz y tartana. Flor de Mayo. La Barraca. Entre
naranjos. Snnica la cortesana. Caas y barro. La Catedral. El Intruso.
La Bodega. La Horda. La maja desnuda. Sangre y arena. Los muertos
mandan. Luna Benamor. Los argonautas (2 tomos). Los cuatro jinetes del
Apocalipsis. Mare nostrum. Los enemigos de la mujer. El prstamo de la
difunta. El paraso de las mujeres. La tierra de todos. La reina
Calafia. Novelas de la Costa Azul. _5 pesetas volumen._--CUENTOS: La
Condenada. Cuentos valencianos. _5 ptas. vol._--VIAJES: En el pas del
arte. Oriente. _5 pesetas volumen._--ARTCULOS: El militarismo mejicano.
_5 ptas._

La vuelta al mundo, de un novelista (2 tomos). _10 ptas._


V. BLASCO IBAEZ. SUS NOVELAS Y LA NOVELA DE SU VIDA, por Camilo
Pitollet.--Profusa ilustracin con retratos, estancias, actos, etc., de
Blasco Ibez, desde su poca de estudiante hasta el presente. _5 ptas._


NOVSIMA HISTORIA UNIVERSAL, dirigida por LAVISSE & RAMBAUD. Traduccin
de V. BLASCO IBEZ.--Escrita por individuos del Instituto de Francia,
dirigida  partir del siglo IV por ERNESTO LAVISSE, de la Academia
Francesa, y ALFREDO RAMBAUD, del Instituto de Francia, profesores de la
Universidad de Pars.--Ms de 20.000 retratos, cuadros, armas, monedas,
monumentos, etc. Historia grfica del Arte. Historia del traje en
numerosas lminas de colores. Mapas, planos, etc.--Se han publicado los
tomos I al XIII. En prensa el XIV.--Precio de cada tomo, _10 pesetas_
lujosamente encuadernado en tela.


NOVSIMA GEOGRAFA UNIVERSAL, por ONSIMO Y ELSEO RECLS. Traduccin de
V. BLASCO IBAEZ.--Seis volmenes en 4., con ms de 1.000 grabados.
Numerosos mapas.--_7'50 ptas._ el tomo encuadernado en tela.


LA NOVELA LITERARIA.--Amplia y selecta coleccin dirigida por Blasco
Ibez, que cuenta con el apoyo de los novelistas de todos los pases
para esta obra de difusin literaria. Todos los volmenes llevan un
estudio biogrfico del autor de la obra escrito por Blasco
Ibez.--Novelas de Paul Adam, Barbusse, Bazin, Bourges, Bourget,
Duvernois, Frapl, Harry, Hermaut, Huysmans, Jaloux, Lavedan, Louys,
Margueritte, Miomandre, Regnier, Rosny, Tinayre y otros muchos maestros
de la novela contempornea. _4 ptas. vol._





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providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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